El inglés amante del té no entendía qué demonios estaba haciendo en frente de esa puerta; de todos las personas que podía haber ido a buscar en ese momento ¿Por qué había tenido que decidirse por aquel bastardo come hamburguesas? ¡Por Dios y por Su Majestad! ¡Estaba tocando fondo!
Después de un largo rato de haber caminado en círculos frente a la entrada de aquella inmensa casa blanca, los hombres vestidos de negro habían comenzado a mirarlo extraño, sobre todo porque llevaba rato hablando solo y gritando todas las maldiciones que se le habían podido ocurrir en ese momento.
Cada cierto lapso de tiempo les preguntaba a los vigilantes ¿En verdad estoy en Washington D.C? Y estos asentían con la cabeza, y para suerte de estos, los lentes de sol ocultaban cada vez que giraban los ojos, puesto que llevaba aproximadamente dos horas repitiendo la misma interrogante, y ya estaba comenzando a volverse una molestia. Lo peor de todo era ¡Ese tipo raro era un país muy importante y si se atrevían a ponerle un dedo encima la cantidad de problemas que le causarían al señor Jones podrían; incluso, convertirse en una crisis de magnitud internacional!. Se consolaban en esos momentos pensando "Nos aumentarán el sueldo" o "Tal vez me asciendan de cargo", puesto que, los seres humanos podemos llegar a ser muy básicos, y ni siquiera es necesario ser narrador omnisciente para saber las cosas que pasan por sus mentes.
Volviendo al tema, Arthur había desperdiciado mucho de su valioso tiempo por culpa de su indecisión y de su orgullo de caballero inglés; y, de lo segundo, no le quedaba mucho en verdad, así se jactara a diario de lo maravillosa que era su aristocrática vida. Él sabía, así no lo admitiese, que no valía más que un par de libras esterlinas; ya que su consciencia, si es que la tenía, no era para nada pura y así intentase engañarse a sí mismo, era peor que Francis.
Entre pensamientos y dudas se ocultó el sol, se tiñó el cielo de rojo carmesí y del mismo matiz anaranjado que toman las hojas de los árboles durante el otoño; aquella estación que comenzaba a decorar el paisaje y a enfriar el ambiente, para que, el invierno terminase de pintar el panorama con alba nieve y a ensombrecer prematuramente los días, convirtiéndolos en noches. Noches como aquellas que presenciaba, esas que aparecen azules y majestuosas frente a los ojos de los incrédulos, como al pescador o al marinero los reta el impetuoso mar.
Aquellos colores, le recordaban a su querida, gélida y grisácea Londres, que a pesar de todas sus horas de lluvia, siempre lograba esbozarle una sonrisa en el rostro en aquellas tardes en las cuales su única compañía era una taza de English Breakfast Tea marca Twinings y las lágrimas de las nubes, que seguramente eran causadas por él.
Tantas memorias, tantos sollozos y tantos amigos que había perdido, no le quedaba nadie que lo quisiera, ya que las hermanas Malvinas probablemente preferían a Argentina que a él, y probablemente ese sentimiento se haya acrecentado después de que decidió explorar sus territorios para encontrar petróleo. ¡Pero qué idiota era! ¡Seguro pensaban que era un ladrón o un pervertido! Ahora sí que estaba solo…
– ¡Hey Iggy! ¿Qué haces ahí parado mirando mi White House? –gritaba un rubio– Si querías verme solo tenías que llamarme, después de todo ¡Soy el héroe! ¿O no?
– ¡Yo no vine a verte!, tenía asuntos que discutir con tu jefe –respondió Arthur con su típico tono de voz arrogante– ¿Sabes que el mundo no gira alrededor de los Estados Unidos de América, o no?
– ¡Todos dependen de mí! ¡Porque sacarlos de apuros es mi misión! –dijo Alfred– ¡Además ya sé que viniste a verme! Ciertos agentes me informaron que llevas desde las seis de la mañana aquí parado y que has asustado a casi todas las personas con esa boca de pirata, no sabía que conservabas ese vocabulario ¡Capitán!
– Jones, el sarcasmo no va contigo, y no deberías andar despierto a estas horas, mañana tenemos una reunión y…
– Y entonces tú también deberías irte a la cama, en vez de regañarme –interrumpió el joven de ojos azules– ¡No eres mi hermano mayor ni nada por el estilo!
– Solía serlo… –susurró con tristeza el británico– Solía ser el hermano mayor de tantos, y ahora no me queda nada, todos me detestan…
– Iggy, no estés triste, no te odio, y estoy seguro de que los demás tampoco –sonrió el americano– Vamos a mi habitación, no quiero que te emborraches y termines en la cama de una loca que conozcas en un bar, ¡Son peligrosas esas arpías! ¡He escuchado que se aprovechan de los hombres y los dejan sin dinero! ¡No puedo creer que cosas así sucedan!
– No sé, pero como lo dices, me hace pensar que fuiste tú quien cayó en la trampa; pero no entiendo algo, ¿Cómo te sorprenden estos acontecimientos, Mister las Vegas? –dijo Kirkland tomando de la mano al chico– Omitiendo todas las idioteces que dijiste, pienso que tienes razón, y ya es demasiado tarde para regresar al hotel…
Entraron a la casa presidencial, los pasillos de ese lugar no se compararían jamás con el palacio de Su Alteza, pero no podía negar, que quien había diseñado ese lugar, tenía buen gusto.
Después de recorrer los pasajes de la morada, habían llegado al fin a su destino, la habitación de Alfred, y era tal como la imaginaba: desordenada, con las paredes repletas con afiches de los súper héroes de DC-comics y Marvel, una colección de Happy Meals y botellas de Coca-Cola en el suelo. ¡Era inconcebible cuanto tiempo había desperdiciado pensando en aquella estancia!
– Arthur, deja de soñar despierto, y entra –exclamó Jones– ¡Ronald McDonald's no come!
"Ronald McDonald's no come, pero tú sí has devorado todos sus hamburguesas." Pensó antes de penetrar en aquella pieza, que parecía un submundo dentro de la Casa Blanca.
El estadounidense cerró con llave la puerta, lo cual causó una extraña reacción en el inglés; pero el menor agregó:
– No quiero que mi jefe me encuentre contigo, después pensará que estoy vendiéndote sueños, ¡No respeta mis pasatiempos! Además el slogan nuevo está excelente "We super size combos, and we super size dreams too" ¿Qué piensas Iggy?
– Que con razón tantos tarados creen en el mito del sueño americano, en verdad que necesitas buscarte un hobby productivo –respondió– como…
– ¿Cómo conquistar territorios? –interrumpió el joven– O tomar el té sin compañía mientras cae la lluvia. ¡Los héroes no hacemos cosas tan patéticas!
Esas palabras fueron como espadas clavadas en el corazón del británico, el dolor no era algo que no podía seguir ocultando, llevaba demasiado tiempo conteniéndolo, ya no aguantaba más, y las lágrimas comenzaron a salir por sí solas, recorrieron todo sus mejillas y terminaron en sus labios, los cuales, el americano, diré que por instinto, secó con sus dedos, haciendo sonrojar al inglés.
– Solías ser tan grande, Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte –le susurró al oído– pero, eras un despiadado; nadie te respetaba, solo te temían. ¿Quieres ser así de nuevo? Si te transformas en eso de nuevo, no sentiré ningún aprecio por ti, porque la verdad, sigo queriéndote, Iggy.
Acto seguido, Arthur besó a Alfred, en aquel instante aconteció lo que el mayor había estado anhelando por cientos de años, y el menor no hizo nada para detenerlo. ¿Lo amaría de verdad?. No era el momento de pensar, y menos de darle lugar a las dudas, iba a dominar a ese corcel indomable, así fuera la única noche que pasaran juntos, él sería el pirata imponente, porque sabía que el héroe se dejaría someter, lo sentía y no iba a desperdiciar una oportunidad de sentirse como si fuera rey del mundo por última vez.
Gemidos, sudor, cuerpos desnudos, suspiros, piel contra piel; el calor los invadió a ambos, sabían que no era correcto, pero ya no había vuelta a atrás. Intentaron reprimir sus gritos de placer, pero fue totalmente inútil, ya sus cuerpos se habían dejado llevar por todas esas sensaciones que los deleitaban e invadían todos los rincones de su ser; repitiendo la acción hasta el amanecer. Cuando salió el sol no se dirigieron la palabra, solo se vistieron, actuaron como si nada hubiese sucedido, no se dijeron adiós, solo salieron de la habitación, tomaron dos caminos distintos y se reencontraron en la sala de juntas, donde se encontraban varias naciones esperándolos. Nada había cambiado en lo absoluto…
