La chica de tez parda se encontraba sentada a la orilla de la playa, el sol iluminaba su cabello negro y la brisa marina lo hacía ondear. Malos recuerdos atormentaban su mente, y arruinaban por completo lo que era el paisaje de un día perfecto, en el que, incluso las olas estaban tranquilas e impasibles; si todo era así ¿Por qué ella estaba tan alterada? Debía ser porque el clima era demasiado maravilloso, y no es porque eso fuera malo, es que porque preferiría que fuese una tormenta tropical la que recibiera al pervertido francés que la iba a visitar esa mañana.

Se cansó de mirar con el ceño fruncido hacia el horizonte, y se recostó en la suave y casi blanca arena, cerró los ojos y comenzó a imaginarse nadando con delfines; minutos después estaba sumida en sus pensamientos, estaba relajada, hasta que empezó a sentir una mano acariciando su rostro; reconocía ese fuerte olor a perfume y la tersidad de sus manos, quien la estaba tocando sólo podía ser ese hombre.

Entonces abrió los ojos y lo cacheteó, pero este solamente exclamó:

–Bonjour! Ma chérie. Comment ça va?

–Me iba de maravilla hasta que te conocí Francis –respondió ella–

–Mon amour, ¿Por qué siempre dices cosas tan hirientes? –preguntó él–

–Porque tú no das razones para que no lo haga –indicó la joven–

–Eres tan cruel, pero eres tan hermosa, eres tan frágil, pero tan ruda, ¡Me encantas! –gritó el rubio– ¡Te besaría en este momento!

–¡Ay Francis, si te atreves yo te…!

Y los labios de Bonnefoy se posaron sin previo aviso sobre los de la belleza tropical, la cual, trató separarse primero, pero su intento fue inútil, y ya no le quedaba más remedio que dejarse llevar por la lengua y los dedos del francés.

Después de un largo rato, se separaron, me atrevo a alegar que fue para respirar, y la isleña no dudo en aprovechar aquel instante para comenzar a quejarse por los abusos de Francia:

–¡Eres un depravado! ¿Quién te dio permiso para tocarme?

– Tú, porque no hiciste nada al respecto –señaló él– incluso puedo decirte que estabas disfrutando el momento

– ¿Quién te dijo eso? ¡Es que eres muy fuerte y yo muy débil! ¡Sabes que siempre he sido pequeña! ¿Por qué siempre abusas de mí? –chilló la morena, comenzando a llorar–

Sus ojos castaños se llenaron rápidamente de aquel líquido salado y transparente, y esto no le agradaba para nada a Francis, ¡Se había convertido en un monstruo como Arthur! ¡Había hecho sollozar a una mujer! ¡Tenía que hacer algo al respecto! ¿Pero qué? Si la tocaba empeoraría todo pero no sabía hacer otra cosa. O ¡Tal vez sí!. A todas las mujeres les gustaba su idioma, seguro que si decía algo lindo la haría sentirse mejor, y así como si estuviese declamando una poesía comenzó:

– Ma petite Seychelles, souffrir n'est pas jolie; et toi, tu es une belle fleur pour moi. Je ne peux pas permettre qu'une rose pleure! Je ne suis pas comme tous les hommes!. Alors, je suis un idiot, pardon moi, parce que, dans il fond de mon cœur, je t'aime.

La chica comenzó a reírse, como si todas las palabras que acababa de decir el rubio se asemejasen más a un chiste que a una confesión de amor, sabía que él era un tonto, pero hasta ese momento, no sabía cuánto.

– La idea no era que te mofaras de mí, pero al menos ya no estás triste –dijo él–

– Es que eres tan idiota, que eres tierno –respondió ella– me recuerdas un poco a Iggy…

– Mon dieu! ¡Si eso es un halago no quiero que me insultes! –exclamó el hombre de ojos azules– ¡Sabes que odio que me compares con ese tipo! No nos parecemos en nada, el es ruin, soez, antipático, carente de clase, no tiene sentido de la estética, sus cejas son demasiado grandes, sus piernas son demasiado gruesas, su espalda no es suficientemente ancha, sus ojos son verde esmeralda; en cambio, yo soy noble, elegante, decente, mi rostro es hermoso, mi cabellera rubia es envidiable, mis ojos son de un maravilloso azul zafiro ¿Necesito seguir explicándote las diferencias entre nosotros?

– No, ya entendí que no lo soportas, después de todo, él tampoco te tolera a ti; ¡La animadversión entre ustedes es tan absurda que me parece entretenida! –exclamó la insular– ¿Cuándo va a cesar esta estupidez?

– Probablemente nunca, él es muy orgulloso y yo demasiado terco; no debería admitir estas cosas frente a una dama – respondió el europeo– De todas formas, sé que también me aborreces, así que vine a estas islas a desperdiciar mi precioso tiempo contigo, que eres más hermosa que un anochecer en París.

Las mejillas de la pelinegra se colorearon rápidamente de un rosado claro, semejante al de los cerezos en flor. No le atraía en lo absoluto ese hombre, pero siempre decía las frases que una mujer quisiera escuchar salir de la boca de su pareja de ensueño.

– ¿Por qué eres tan cursi? –preguntó la joven–

– Porque eres bella –declaró Bonnefoy– tanto como esta rosa

Y de una parte de su ridículo atuendo azul, sacó una rosa color granate, que hacía juego con un par de lazos nuevos que extrajo de su otro bolsillo, porque los de la chica estaban desteñidos; ya fuera por la salada agua del mar o por usarlos casi a diario desde que se los regaló cierto inglés.

– Espero que te gusten, fueron los más bonitos que encontré en Champs-Élysées – dijo Francis–

– Eres predecible, pero eso te hace dulce –confesó la morena– lo que no entiendo es ¿Cuál es el objetivo de tu visita? Me mandaste esa absurda carta hace unos días, pero no diste explicación alguna.

– No tengo ninguna motivo, o tal vez sí, pero, es tan trillado, que me apena incluso llamarme a mí mismo el país del amour. Lo que voy a decir, te parecerá absurdo –advirtió antes de terminar de hablar– La verdad es que, te extraño…

La sureña se acercó lentamente al rostro del francés, le dio un dulce beso en la mejilla, posó sus brazos en el pecho del rubio y empezó a desabotonarle la escandalosa indumentaria azul. Él, comenzó a acariciarla, y sus labios instintivamente iniciaron a recorrer el cuello de la chica, quien dejó que el rubio la acostara delicadamente sobre la arena.

– ¿En verdad quieres hacer esto? Tus manos tiemblan y no siento cariño en tu mirada, la cual encierra muchas dudas –le susurró al oído– seré un degenerado, pero jamás un idiota.

– No seas como Kirkland, nunca has sido de los que piensa antes de actuar, ¡No lo hagas ahora! ¡Sé el bastardo que solías ser antes!

– ¿Eso piensas que era? ¿Incluso piensas que lo fui esa tarde? O ¿Acaso no la recuerdas? –preguntó, enfadado–

–Yo… lo recuerdo…

Y sobre sus cabezas, comenzaron a caer gotas de agua, como aquel día en que lo conoció…

Flashback

Una tarde lluviosa en la playa, las olas estaban agitadas, y los rugidos que venían del cielo, a los que llaman truenos, asustaban a una pequeña niña de ojos marrones y cabellera azabache que llevaba un vestido celeste con flores. Los refulgentes rayos la espantaron hasta que sucumbió al llanto y al temor. Estaba sola y aterrorizada, le temía a las tormentas, porque era verdaderamente espeluznante ver furiosos al mar y a las nubes.

–Quisiera un abrazo –se dijo a sí misma– esto es feo, quiero irme de aquí

Súbitamente un extraño y fuerte aroma se aproximó a su nariz, y un cálido cuerpo la envolvió, giró su cabeza para ver quién la abrazaba. Era un joven que parecía un príncipe, cabello áureo y penetrante mirada añil, su piel era color durazno y además era suave, no entendía por qué, pero ya no tenía miedo.

–¿Quién eres? –interrogó la niña–

– Soy Francis Bonnefoy, a tus servicios –respondió él–

– Me agradas, eres como un príncipe –exclamó la pequeña, haciendo ademanes infantiles con las manos–

– Y tú eres como una princesa, una damisela en peligro que necesita ser rescatada por un elegante caballero de los peligros de este inmenso mundo –gritó el francés–

– Entonces ¿Soy linda? –preguntó ella–

– Eres una chiquilla hermosa –susurró él– tan preciosa como las estrellas.

– ¿Te quedarías conmigo esta noche? –rogó la morena con los ojos llorosos–

¡Estoy muy asustada! Y ¡Siempre estoy sola!

– Permaneceré a tu lado todo el tiempo que sea necesario, mientras no llores, ma petite princesse…

La infante posó su cabeza sobre el pecho del francés y se quedó dormida a los pocos minutos. Él, admiró toda la noche la belleza en la que se convertía una niña mientras habitaba el mundo de los sueños y las fantasías; era algo incomparable, su rostro se transformaba en algo angelical y la rodeaba un aura de inocencia y ternura que no había presenciado antes. Acarició su pelo, sus mejillas, sus labios y sus orejas; pero no se atrevió a tocar otro rincón de su cuerpo, no le haría daño, no abusaría de ella, la protegería así le costara la muerte. Para él, la diminuta Seychelles se había convertido en su hermana menor, y nadie se la arrebataría de sus brazos jamás…

Fin del Flashback

Los recuerdos que invadían su mente definitivamente la habían confundido. No entendía a Francis, ni por qué había cambiado tanto desde el día en que lo conoció.

– ¡Perdóname, pero necesito estar a solas! –gritó la ojimorena–

– No me iré, porque sé que le temes a las tormentas –respondió él– Aun eres una chiquilla.

La envolvió entre sus brazos como lo hizo cuando era una niña, y la besó en la mejilla, haciendo que se ruborizara.

– Te odio –dijo ella–

– Pero yo no…

Y la abrazó con más fuerza. Esta vez no la iba a dejar ir…


Notas de la autora (Para los que no entienden ni un poquito de francés :3)

Bonjour! Ma chérie. Comment ça va?: ¡Buenos días! Mi querida ¿Cómo estás? (Los franceses son un tanto posesivos, todo es suyo :X!)

Mon amour: Mi amor.

Ma petite Seychelles, souffrir n'est pas jolie; et toi, tu es une belle fleur pour moi. Je ne peux pas permettre qu'une rose pleure! Je ne suis pas comme tous les hommes!. Alors, je suis un idiot, pardon moi, parce que, dans il fond de mon cœur, je t'aime: Mi pequeña Seychelles, sufrir no es hermoso; y tú, tú eres una bella flor para mí. ¡No puedo permitir que una rosa llore! ¡No soy como todos los hombres!. Ahora, soy un idiota, perdóname, porque, en el fondo de mi corazón, yo te amo. (Si Francis me dijera algo así creo que se me pararía el corazón y moriría al instante O__O)

Champs-Élysées: la avenida Campos Elíseos, es la más famosa de París En ella se encuentran muchas tiendas de marcas reconocidas a nivel mundial y el Arco del Triunfo.

Mon dieu!: ¡Dios mío!

Ma petite princesse: Mi pequeña princesa