El vuelo 151, proveniente de Washington Dulles International Airport, estaba retrasado alrededor de una hora; no era un hecho sorprendente, esas cosas solían suceder muy a menudo, pero, lo que probablemente inquietaba a la chica, era el hecho de haber estado esperando desde la una de la tarde y ver en su reloj de pulsera que eran las nueve y media. "Llegará a las diez. De IAD a LGW hay aproximadamente ocho horas en avión, más el retardo de una hora… definitivamente llegará a las diez." Pensaba una y otra vez, hasta que una de tantas repeticiones de la acción, gritó a los cuatro vientos:

¡Santo cielo! ¿Soy tarada o qué? ¡Esto es lo que me gano por haber tomado el vuelo de ayer en la mañana! ¿Para qué? ¡Para poder esperarlo como una idiota desde que despegó el avión de los Estados Unidos! ¡Claro que no llega, esto es Europa, está a un océano de distancia de América! ¡No vuelvo a escuchar los consejos de Francis! ¡Ese grandísimo bastardo del vino!

Muchas personas la miraron como si fuera una loca, y se dijo a sí misma "Cuando vea a Bonnefoy lo mato. En serio lo mato".

No es que la culpa fuese totalmente del francés, ella había tomado la decisión de ir a Londres. Sin embargo, él fue quien le dijo "Arthur fue a visitar a Alfred, y regresará el día después de la junta, deberías ir a visitarlo. Tal vez te invite a tomar té con leche y después ¿Quién sabe? Oh la-là!". Pero, ¿Qué le iba a decir? Únicamente le dirigía la palabra por obligación en las reuniones de la Mancomunidad de Naciones, y su jefe siempre se encargaba de mantener sus vínculos económicos; ni siquiera era lógico recibirlo en el aeropuerto. Aunque, podía decir que era una completa coincidencia que su vuelo hiciera escala en Gatwick… Y se repetía a sí misma, de una forma indudablemente sarcástica "Claro, porque Arthur es estúpido y no sabe que soy dueña de Air Seychelles".

Transcurrieron entre pensamientos irracionales y momentos de incomodidad, los treinta minutos que restaban, veía como en la inmensa pantalla de "Arrivals" se anunciaba la llegada de el tan esperado vuelo de American Airlines. ¿Por qué estaba tan impaciente? ¡Sólo iba a recibir a un compañero de trabajo en el aeropuerto! ¡Eso era él, un compañero de trabajo!

Pasó entonces un cuarto de hora, y el inglés no hacía acto de presencia. "Está esperando el equipaje" pensaba ella, cuando una mano fría tocó su hombro y una ronca voz exclamó:

– De todas las personas que no me esperaba en mi país el día de hoy…

– ¡Arthur! –gritó la isleña– Yo, vine a…

– Resolver asuntos nada relacionados conmigo –interrumpió él– No te preocupes, ya estoy acostumbrado a que nadie venga a visitarme.

Intentó él inglés esbozar una sonrisa; pero fue totalmente inútil, estaba abatido y no lo podía ocultar.

Al ver tal expresión de tristeza en aquel rostro, la chica supo inmediatamente lo que debía admitir, y para ello se tragó todo su orgullo y dijo:

– Iggy, eso no es cierto. Yo vine a verte

– ¿Por qué? –preguntó él, cabizbajo e incrédulo–

– Porque te extraño –respondió ella, mirándolo fijamente a los ojos– Tal vez no me creas, y no me interesa si lo haces o no.

– ¡Sigues siendo la misma de siempre!

Se rió por un momento y luego, regresando a su habitual seriedad, agregó:

– Te invito a tomar el té conmigo esta noche. Sé que no es la hora adecuada, pero, no estás obligada a ir; hazlo solamente si…

La sureña no permitió al británico culminar su frase. Colocó su dedo índice sobre los labios de este y luego aceptó su propuesta con la palabra más simple que pudo haber dicho en aquel instante:

– Sí.

Kirkland tomó con una mano su única maleta y con la otra, la de la joven. No eran una pareja, mas él, seguía siendo un caballero y no la soltó hasta que se subieron juntos a la lujosa limusina real; y, que, por la mirada de cansancio y desagrado del chofer, se puede inferir que llevaba un par de horas esperando a "Sir Arthur".

Por otra parte la morena comenzó a recordar las palabras del francés "…Tal vez te invite a tomar té con leche y después ¿Quién sabe? Oh la-là!".

Aquella frase retumbó en su cabeza y surcó su mente por un largo lapso de tiempo: inclusive, intentaba calmarse pensando cosas absurdas como "Todavía falta la leche" y "¿Qué demonios significa "Oh la-là"?.

Mientras tanto el inglés admiraba el sombrío y majestuoso paisaje de su querida Londres, ansioso por regresar a su hogar, en donde había dejado su corazón y su juego de té de porcelana china; ahí estaba, "The Buckingham Palace", inmenso y regio. De todos los castillos donde había vivido, ninguno se podría comparar con este.

– ¡La reina no está! –exclamó repentinamente Arthur–

– ¿Cómo lo sabes? –preguntó la pelinegra–

– Ondea al viento la Bandera de Unión, y no el estandarte real –respondió él– desde la muerte de nuestra querida Diana, es una tradición que la Union Jack sea colocada en el asta cuando Su Majestad no se encuentra en casa.

– ¡Oh! Aún no me acostumbro a sus costumbres victorianas, "Sir Kirkland" –dijo ella, con cierto toque de maldad y sarcasmo–

El rubio la miró con indignación, pero no hizo comentario alguno con respecto a las impertinentes palabras de su compañera.

La chica, que notó como fue fulminada por los esmeraldas ojos del inglés, se sintió apenada, puesto que, esos hábitos que ella consideraba demasiado antiguos para el siglo XXI, eran parte de la vida diaria de Arthur.

Probablemente él se encontraba en uno de esos estados que los psicólogos suelen llamar negación. Tal vez le tenía miedo al cambio, o simplemente estaba a gusto con su estilo de vida y no tenía intención alguna de salir de aquella burbuja de cuentos de hadas en la que había crecido. Vivir como un rey debía ser algo maravilloso, a lo que nadie querría renunciar; pero, él no era el único que vivía aún en una fantasía medieval.

Los Países Bajos, Luxemburgo, Bélgica, Noruega, España, Suecia, Dinamarca, Liechtenstein, Mónaco y Andorra; eran los compañeros europeos del Reino Unido en esta crisis, porque, así hubiesen superado la época de las monarquías absolutistas e incluso hayan adoptado regímenes monárquicos parlamentarios, siguen llevando coronas en sus cabezas, vistiendo pomposos trajes y bailando el vals de las flores junto a sus reyes o a sus príncipes. Mientras tanto, un idiota se encarga de ser el verdadero jefe de las naciones.

Definitivamente al rubio lo único que le faltaba era llevar un sombrero de copa, un reloj de bolsillo y un monóculo para hacerla sentir como si estuviese haciendo una regresión temporal.

Esa sensación no disminuyó en lo absoluto cuando un mayordomo abrió la puerta, le extendió la mano, la ayudó gentilmente a salir del automóvil y no la soltó en todo el recorrido desde la limusina hasta la puerta del estudio de Arthur. Esto pareció desagradarle bastante a Kirkland, quien frunció el ceño e hizo varios ademanes para indicarle a su sirviente para que soltara a la isleña; la cual, se encontraba demasiado asombrada con tantos lujos que ni siquiera notó las insinuaciones del empleado, ni los celos del británico de cabellos áureos.

Acto seguido entraron juntos en aquella sombría oficina, que ella relacionó con esas novelas policíacas en las que sus autores se dedicaban a mofarse de los trabajadores de Scotland Yard.

Un silencio reinó en la habitación, hasta que la joven, en un intento casi absurdo de entablar una conversación, exclamó:

– Me siento como en el despacho de Sherlock Holmes.

– No sabía que leías esa clase de historias –respondió él–

– Siempre has tenido pinta de detective –dijo la chica, que luego sonrió–

– No entiendo la relación entre lo primero y lo segundo –la miró, confundido–

– Sherlock Holmes siempre me ha parecido inteligente y atractivo, creo que me gusta –se sonrojó un poco–

– Todavía no comprendo en qué punto concuerdan tus argumentos.

– En que tú me recuerdas a él –le indicó la morena al despistado inglés–

Las mejillas de ambos se tiñeron de un carmesí intenso, ambos parecían afónicos, o pretendían serlo; y, con esto, regresó el mutismo a la escena; en la cual, minutos atrás parecía haber desaparecido por completo.

Tal vez se habían equivocado de palabras, probablemente se habían excedido en su uso, o, por el contrario, no habían utilizado la cantidad suficiente.

La sureña, quien prefirió no dejar que sus labios emitiesen sonido alguno, señaló con su pequeño dedo índice una taza de porcelana, que se encontraba sobre el escritorio de su compañero de negocios.

Él, que era bastante perspicaz cuando le convenía, comprendió lo que pretendía decirle Seychelles con ese gesto.

En seguida salió de la habitación. Minutos después, aproximadamente diez; regresó con una bandeja de plata, que sobre ella tenía un par de tacitas, una tetera, una azucarera y otro recipiente del cual ella desconocía su contenido; todas esta vajilla, era, por supuesto, de cerámica.

Colocó entonces la bandeja sobre la mesa, luego sirvió té en ambas tazas, después les echó dos cucharaditas de azúcar, inmediatamente le llevó una a la ojimorena y por último le preguntó:

– ¿Te gusta el té con leche?

– Pues, me gusta la leche y me gusta el té; pero, jamás los he tomado juntos –le respondió, ligeramente ruborizada–

– Siempre hay una primera vez para todo

Con esa frase, lo que había sido un leve enrojecimiento facial, se transformó en un rostro completamente escarlata, repleto de vergüenza y nerviosismo.

El caballero, que estaba completamente inmerso en su hora del té, buscó uno de los recipientes y comenzó a verter lentamente el líquido blanco en la bebida de la morena. Lo cual, causó en la chica una reacción bastante interesante. Comenzó a morder su labio inferior de una manera realmente provocativa, un acto que el hombre, no pudo evitar notar.

– Parece que en verdad te encanta la leche –le susurró seductoramente al oído–

Ella permaneció en silencio. Mientras él colocaba el envase sobre el escritorio; ella con una de sus manos logró soltarse el cabello. Después él se acercó a ella de nuevo; la cual tomó un sorbo del té con leche, y, accidentalmente un pequeño chorro de este se vertió sobre su cara, y que se escurrió lentamente por un sendero que empezó en su boca y que terminó en su cuello.

Cierto rubio, no permitiría que se desperdiciara algo tan importante como su bebida preferida; así que, con su lengua, recorrió el camino que había transitado anteriormente el brebaje; pero, en el sentido opuesto, culminando un instante innegablemente erótico, con un apasionado beso, que supo a gloria; o, lo que era para él lo mismo, a té con leche.

La isleña, extremadamente sorprendida, derramó; con un movimiento muy brusco, la infusión sobre su vestido y sus pardos muslos. Sabía lo que iba a suceder; pero, le daba pena admitir, que esperaba que el británico comenzara a lamer sus piernas, lo cual, no tardó mucho en ocurrir.

– ¿Qué demonios estás haciendo? –preguntó ella, mientras reprimía sus gemidos–

– Disfrutando la hora del té con una hermosa dama –respondió él, con un sensual tono de voz–

– ¡Detente! –gritó la chica– Tú amas a Alfred…

– Primero, a ese idiota traga hamburguesas decidí olvidarlo. Segundo, yo sólo voy a tener sexo contigo, ¿Quién dijo que tenía que amarte para hacerlo?

Está de más decir, que aquel comentario le costó al británico la pérdida de una pieza imprescindible de su vajilla favorita y un par de cachetadas de la hermosa morena; la cual, rompió en llanto después de abofetearle.

El inglés, que todavía no se había perdonado por la primera vez que había hecho llorar a la pelinegra; la envolvió con sus brazos, en su más sincero gesto de amor, preocupación y desesperación.

Ella, que había sido criada por la nación del romance un largo período de su vida, era bastante perceptiva y notó todos los sentimientos que Arthur expresó con algo tan simple como lo es un abrazo.

Paulatinamente, sus preciosos ojos azabache dejaron de llorar. Unas cuantas lágrimas aún se resbalaban por sus cachetes; pero, el rubio, que era todo un caballero, las secó con sus suaves manos, y luego, casi por acto reflejo; de una manera muy tierna, la besó.

Al finalizar ese instante, que fue casi mágico, ambos se pidieron perdón. Ella recogió sus listones y; decidida a irse de la habitación, caminó lentamente hacia la puerta, sin embargo, justo en el momento en que empezó a girar la perilla, una álgida mano la agarró por el brazo, seguido por un cuerpo que se apoyó contra el suyo, y, por unos labios que comenzaron a besar la parte trasera de su sensible cuello.

La joven permitió que él le suministrara una, casi adictiva, dosis de placenteras caricias que iniciaban su camino en sus pechos y que culminaban su travesía; estratégicamente, en su vientre.

– Arthur –suspiró– no sigas tentándome y déjame ir…

Él, obedeció al pie de la letra aquellas palabras de rechazo, vio como se desvanecía la mujer entre las sombras de su palacio, como lo abandonaba, así como él le había hecho a ella una vez, aquel día, que, debido a sus errores, ella decidió emanciparse de él.

Cuando la silueta femenina desapareció por completo en la oscuridad; Arthur, abatido, sacó de uno de los armarios tres botellas de ron; que, bebió, una tras otra, en cuestión de minutos, sin dejar ni una sola gota de licor en los recipientes.

Y así, a los fragmentos de porcelana se sumaron, cientos de vidrios rotos…