¡Hola chicas!
Bueno, aquí tenéis el último capítulo... antes de que los chics vayan a Hogwarts. ¡Muchas gracias por seguir fieles a la historia!
Un Abrazo!
Jane
CAPÍTULO 4
EL CALLEJÓN DIAGÓN
Cuando quisieron darse cuenta, las vacaciones casi habían llegado a su fin, pues era septiembre. Hacía una semana que Sirius y Alice se habían ido de casa de los Potter y Marian pensó que esa podía ser su oportunidad para hablar con James sobre su nueva situación en Hogwarts. Al fin y al cabo, en unos días estarían compartiendo clases y cuanto antes supiera lo que pensaba su hermano sinceramente sobre todo aquello, mejor.
Una mañana, aprovechando que sus padres habían ido a Londres porque seguían liados con el problema de las termitas del tejado, bajó al salón para hablar con su hermano. James estaba leyendo en el sofá el libro que su hermana le regaló por Navidad, "Historia del Quidditch".
- Hola Jimmy. ¿Qué haces? – comenzó ella sentándose a su lado mientras echaba una ojeada a lo que James estaba leyendo.
- ¿No lo ves? – dijo él sin apartar la vista del libro. Ella bajó un poco la cabeza. Parecía que aquel no era un buen momento, cuando James la sorprendió cerrando el libro para atenderla – qué te pasa… - dijo en tono fraternal dándole suavemente con el libro en la cabeza.
- Nada – James alzó una ceja, pues estaba claro que no se lo creía - bueno… - la chica no sabía como empezar – como han estado Sirius y Alice todo el mes aquí… - él la miraba con impaciencia – no me has dicho lo que te parece que vaya a ampliar estudios este año.
James se sorprendió mucho. Durante todo el verano, pensó que a su hermana ya no le importaba su opinión para nada. Desde que empezó sus estudios en Hogwarts, notaba que Marian estaba cambiando bastante. Ya no era la niña pequeña que adoraba a su hermano mayor y por lo tanto, en un golpe de inicio de madurez, llegó a la conclusión de que ese cariño no había desaparecido, sino que se estaba transformando.
- Bueno enana… - él tampoco sabía qué decirle – te mentiría si te digo que no me fastidió un poco al principio – Marian le miró de sopetón haciendo que James esbozara una pequeña sonrisa – pero durante todo el verano, he podido reflexionar sobre el asunto y me he dado cuenta de que si para ti es tan importante y te va a beneficiar en algo, no soy quien para impedírtelo – el ceño fruncido de Marian se transformó en una amplia sonrisa.
- ¿De verdad Jimmy?
- ¡Claro enana! – contestó pellizcándole su pequeña nariz – además, aunque te parezca mentira, Sirius ha estado convenciéndome de que no es tan malo tenerte en nuestro curso – la sorpresa de Marian se hizo notar exageradamente.
- ¿Como? ¿Que Black te ha estado convenciendo para que aceptaras la situación? – la chica no daba crédito.
- Pues sí. A su manera, pero sí – Marian dejó caer su espalda en el respaldo del sofá. No se lo podía creer. James Continuó con la explicación divertido ante el gesto de ella – me dijo que así sería más fácil… ¡gastarte bromas! – él empezó a reírse con malicia.
- ¡Pero que tonto eres Jimmy! – Marian cogió un cojín y comenzó a atacar con él a James.
- Venga Mari, hablamos de Sirius – James intentaba parara los golpes de su hermana - No puede estar un día sin hacerte alguna de las suyas – ella tiró el cojín y se cruzó de brazos recordando lo que le hicieron a sus ositos. Por un momento, creyó que Sirius se había comportado como una persona normal – pero estoy muy contento de que hayas conseguido el premio a la excelencia académica – continuó James guiñándole un ojo.
Ella recordó al instante que Sirius siempre hacía ese gesto cuando la tomaba el pelo al igual que pensó en el dibujo que le había regalado. Por harte de magia, se le olvidó el mosqueo.
Habían quedado aquella mañana con sus respectivos amigos para encontrarse en el Callejón Diagón y así comprar todas las cosas que les harían falta para el nuevo curso. El Callejón Diagón, era un espacio mágico oculto en la ciudad de Londres, donde todos los magos y brujas compraban túnicas, varitas, libros… era una especie de centro comercial mágico en el cual, también se encontraba el banco Gringotts.
James y Marian viajaron por la red Flú al Callejón Diagón para encontrarse allí con sus padres ya que estos estaban ya en Londres. La red Flú, eran un método mágico para viajar. Marian se colocó en el interior de una gran chimenea que había en el sótano de la casa especialmente para ello, cogió un poco de polvos flú y los tiró al suelo con fuerza pronunciando el sitio donde quería ir. Era importante pronunciar alto y claro pues de lo contrario, podría ir a parar a otra chimenea en un lugar diferente.
- ¡AL CALLEJÓN DIAGÓN! - Una humareda inundó el sótano haciendo que James tosiera.
- ¡Siempre los tira con demasiada fuerza! - se quejó mientras se disponía a entrar en la chimenea y repetir el mismo proceso que su hermana.
Aterrizaron en una de las chimeneas de La Estancia Hollín. Este, era un lugar del Callejón Diagón equipado con grandes chimeneas para facilitar el viaje a aquel lugar. Marian calló por una y al instante apareció James por otra chimenea distinta. Una vez que se quitaron el hollín de la cara y de la ropa, se dispusieron a buscar a sus padres los cuales, les esperaban allí mismo.
- ¡James, Marian! ¡Estamos aquí! – llamó la voz del Señor Potter. Ellos acudieron al sitio.
- Hola papá – dijo Marian terminando por quitarse el polvo de la túnica.
- Hola cielo. ¿Qué tal el viaje? Lo habéis hecho muy bien – era la primera vez que James y Marian viajaban por la red flú solos.
- ¡Pues claro que sí! – exclamó James un poco ofendido por la duda de su padre – esperé a que Marian viajara antes y cerré la casa con el hechizo muggle que me enseñaste. – los Señores Potter esbozaron una sonrisa al ver a su hijo tan orgulloso de sí mismo.
- No era un hechizo James – explicó su padre divertido – como no podéis usar la magia fuera de la escuela, has cerrado la casa con un artilugio muggle que se llama llave – James se quedó pensativo, pero rápidamente se encogió de hombros si entender mucho, lo que provocó la risa de su padre. Marian, no se enteraba de nada.
- Bueno, vamos al Caldero Chorreante – dijo la Señora Potter metiendo prisa – esta noche nos alojaremos allí y mañana volveremos a casa ya que tenemos que solucionar mañana a primera hora unos asuntos aquí en Londres.
- ¡Estupendo! ¡He quedado allí con los chicos! – exclamó James saliendo de su ensimismamiento. Tenía muchas ganas de verles.
El caldero chorreante era la posada del Callejón Diagón. Era un sitio bastante cuidado. Tenía un recibidor y un restaurante en la planta de abajo. Arriba, estaban las habitaciones.
- ¡James, estamos aquí!
La voz de Peter Petigrew se hizo eco en toda la sala. James se olvidó de su familia y corrió hacia la mesa donde estaban Sirius y Remus también. Remus alzó la mano en señal de saludo a Marian y esta le correspondió con el mismo gesto. Esta vez parecía que el chico tenía mejor aspecto.
- ¡Hola chicos! ¿Que tal el verano? – los cuatro estaban contentísimos.
- ¡Menudo cuarteto! – dijo el Señor Potter divertido al ver aquella estampa. Luego se dirigió a su hija – ¿Y tus amigas Marian?
Ella echó un vistazo por toda la estancia, pero no estaban allí. Se encogió de hombros y se fue con sus padres a tomar algo en la barra. Mientras, los chicos hablaban en una mesa muy animadamente, ajenos a todo lo que ocurría en el local.
- Tienes muy buen aspecto Remus – dijo James al ver al chico de ojos dorados sin sus habituales ojeras.
- ¡No voy a estar enfermo siempre! – exclamó el aludido guaseando un poco.
- Es que a ti lo que te gusta, es que te cuiden las chicas Rem… - Sirius le guiñó un ojo.
Remus puso los ojos en blanco ante la ocurrencia del peliazul. Estaba claro que Sirius se refería al mareo que tuvo el curso pasado después de las vacaciones de Navidad y por el cual, Marian tuvo que socorrerle.
- ¿Te has cortado el pelo Sir? – preguntó James al fijarse más en el chico.
- ¡Ya era hora Jimmy! Creí que no te ibas a dar cuenta nunca – protestó Sirius.
- Es que como te he visto hace una semana… - James se quedó evaluando el nuevo aspecto de su amigo – ¡Ya se porqué te lo has cortado! – el resto de los chicos se miraron sin comprender – ¡Para que no te moleste el pelo en los partidos de Quidditch! – James hizo un gesto como si hubiera descubierto Marte.
- Tú solo piensas en lo mismo James – protestó Remus divertido ante la cara de perro herido de Sirius – a mí me parece que te queda muy bien Sir – este le agradeció el gesto para luego volver a mirar con cara de malas pulgas a James.
- Bueno, ¿y tú que tal Peter? ¿Que hiciste en el verano?- preguntó James cambiando radicalmente de tema ya que no se imaginaba otro motivo por el cual Sirius se cortaría el pelo.
- Fui a Bélgica a ver a unos familiares que tiene mi madre. La verdad es que fue un rollo porque no entendía nada de lo que decían. El francés es un idioma bastante…
- ¡Cursi!- exclamó Sirius haciendo que todos comenzaran a reír.
- ¡Marian! – por la puerta apareció una chica pelirroja.
- ¡Lily! – Marian saltó de la silla y se dirigió a abrazar a su amiga a la cual casi tira al suelo – ¿Qué tal el verano? Te tengo regañar por no haber venido a casa.
- Bueno Mari, ya sabes la situación que hay en mi casa… - dijo señalando disimuladamente hacia unos Señores y una chica de unos 14 años que miraban el local extrañados. Eran sus padres y Petunia, su hermana mayor.
Los padres de Lily eran muggles, al igual que su hermana Petunia. Los Señores Evans estaban encantados con que su hija Lily fuera bruja, pero su hermana Petunia odiaba todo lo referente al mundo mágico y por ello, la consideraba un bicho raro. Petunia era muy delgada, tenía una larga melena rubia y una nariz aguileña que la hacía bastante fea. Lily era mucho más guapa que ella así que en realidad no parecían hermanas. Petunia miraba el lugar con asco mientras le tiraba del bolso a su madre para que se fueran de allí.
- Papá, mamá, esta es Marian Potter. La amiga de Hogwarts que me invitó este verano a su casa.
Lily dijo la última frase con un hilillo de voz mientras bajaba un poco la cabeza. Sus padres no la habían dejado ir porque Petunia se había empeñado en que se quedara. Quería por todos los medios apartar a su hermana de ese mundo y sus padres cayeron en la trampa.
- Por fin te conocemos Marian – dijo el Señor Evans con una sonrisa. Era un hombre alto y con el pelo corto de color bastante claro. tenía un semblante muy agradable, al contrario que Petunia, la cual miraba a Marian como si la fuera a fundir en cualquier momento.
- Sí. Lily nos ha hablando mucho de ti – se apresuró a apuntar la Señora Evans. La madre de Lily era pelirroja y muy guapa y tenía unos ojos verdes preciosos que Lily había heredado.
- Encantada de conocerles – dijo Marian con mucha solemnidad – si son tan amables – le señaló hacia la barra – me gustaría que conocieran a mis padres.
Los Señores Evans se mostraron un poco nerviosos ante aquella propuesta. Sabían que los padres de Marian eran magos y por lo tanto, igual se sentirían incómodos ante gente no mágica como ellos. Marian insistió.
- Papás – ellos se dieron la vuelta – estos son los padres de mi amiga Lily. Los Señores Evans - Los padres de Marian esbozaron una gran sonrisa ante la ocasión, pues siempre les gustaba conocer a los padres de los amigos de sus hijos.
- Charlus y Dorea Potter – el Señor Potter se apresuró a estrecharle la mano al padre de Lily – ¡Encantados de conocerles!
Los Señores Evans se quedaron bastante sorprendidos ante la reacción tan agradable y amistosa de los Señores Potter. Estos les invitaron a tomar algo con ellos y se quedaron charlando mientras Marian, Lily y Petunia se dirigían a una mesa para charlar mientras esperaban a Alice y Laura.
- Bueno Petunia, ¿tu también eres bruja? – Petunia torció el gesto ante la pregunta de Marian. No quería saber nada de ese mundo y solo estaba allí por sus padres.
- ¡Por supuesto que no!- su respuesta fue contundente y a Marian casi se le escapa una risita al ver cómo la fea nariz de Petunia se había arrugado haciéndola más fea.
En aquel momento, la puerta del caldero chorreante se abrió y por ella aparecieron Alice y Laura con túnicas nuevas y algunas bolsas en la mano.
- ¡Chicas! – exclamaron las dos a la vez mientras se encaminaban hacia la mesa donde estaban Marian, Lily y Petunia.
- ¡Hola! ¿Que tal el verano? – Lily estaba pletórica. Se notaba que estaba deseando volver a Hogwarts.
- ¡Muy bien! ¡Italia es un país genial! – dijo Laura presumiendo de sus vacaciones.
- ¿Os gusta mi túnica nueva? – preguntó Alice dando una vuelta para mostrar mejor la prenda.
- Es muy bonita Al, ¿te la has comprado en la tienda de Madame Malkin? – preguntó Marian casi sabiendo la respuesta.
La tienda de Madame Malkin, era la única tienda donde vendían túnicas nuevas en el Callejón Diagón. Por otro lado, también había otra tienda pequeña, donde vendían túnicas de segunda mano.
- ¿Vamos a comprar? – dijo Lily – es que si no, se nos va a hacer tarde.
- Sí. Además, mi hermano me rompió la varita y tengo que volver a la tienda del Señor Ollivander a comprar una. Si no hubiese venido el idiota de Black… – Marian enfurecía cada vez que se acordaba de ello.
- ¿Tu varita rota? ¿La rompió Potter? ¿Black en tu casa?– preguntó Laura sin comprender.
- Sí, Black estuvo todo el mes de agosto en mi casa. ¡Ese chico es como tener un garbanzo en el zapato! ¡Es un incordio! Alice lo sabe bien porque vino a pasar unas semanas a casa también – Alice le guiñó un ojo en señal de complicidad.
- ¿Pero James y él son inseparables no? - pregunto de nuevo Laura.
- Sí, la verdad es que a veces no se si la hermana de James soy yo o Black - Todas empezaron a reír.
- ¿Y lo de tu varita? – preguntó esta vez Lily.
- Es una larga historia… - contestó Marian para zanjar el tema.
Los chicos también iban a salir de compras en aquel momento. Ambos grupitos no se habían hecho el menor caso a pesar de estar prácticamente en mesas contiguas. Estaba claro que la guerra seguía en pie. James y Marian fueron donde estaban sus padres y los Señores Evans, los cuales parecía que mantenían una conversación muy animada y les pidieron dinero para comprar todos los materiales. Marian sacó la lista de cosas que mandaban todos los años desde el colegio para empezar a comprar.
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:
— El libro reglamentario de hechizos (clase 3), Miranda Goshawk.
— Una historia de la magia 3, Bathilda Bagshot.
— Teoría mágica, Adalbert Waffling.
— Guía de transformación para principiantes Vol. 3, Emeric Switch.
— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.
— Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.
— Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.
— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin
Trimble.
- El mostruoso libro de los mostruos.
RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (acero, medida 4).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.
Los alumnos también pueden traer una lechuza, gato o sapo.
Lily se fijó en que Marian tenía la misma lista que ellas. En realidad, tenía dos listas. Al ver el gesto curioso de Lily, Marian supo que era el momento de comunicar a sus amigas "La noticia del verano".
- Pero Mari, esa es la lista de tercer curso. Debes haber cogido la de tu hermano por error – comentó Lily muy extrañada mientras señalaba la lista de tercer curso.
- No, esta lista también es mía – los ojos de Lily comenzaron a abrirse progresivamente – ¡Chicas! – Marian llamó de una voz a Laura y Alice, que caminaban un poco más adelante – venid un momento por favor.
En cuanto se acercaron, a Marian empezó a latirle el corazón muy deprisa pues no sabía como se lo iban a tomar sus amigas. De hecho, no se lo había dicho ni siquiera a Alice cuando estuvo en su casa en el valle de Godric, pues quería que lo supieran todas a la vez.
- Tengo que daros una noticia – las tres la miraban con impaciencia – el año pasado… - dudó – … el año pasado solicité una ampliación de estudios para hacer segundo y tercer año en este mismo curso y me la han concedido así que ¡este año estaré en clase con vosotras en clase! – Marian abrió los brazos en plan "Sorpreeesa" ante las bocas abiertas de sus amigas.
- ¡¿Cómo?! – exclamó Laura sin creer lo que estaba escuchando. Marian bajó inmediatamente los brazos.
- Venga Mari, es broma ¿no? – dijo Alice con todo el convencimiento del mundo. Marian negó con la cabeza – ¡Y como no me has dicho nada mientras estuve en tu casa! Mala amiga…
- Bueno Alice, quería decíroslo a las tres a la vez y en persona. Jó, no te enfades – Alice comprendió sus intenciones así que no dijo nada más al respecto. Marian se percató de que Lily no había dicho nada aún.
- ¿Y tú que opinas Lil? – preguntó la morena con cierto miedo pues en realidad, su opinión era la que más le importaba. Lily estaba absorta en sus pensamientos y se había quedado ausente. En cuanto notó un manotazo de Laura, volvió en sí.
- Por eso le diste una carta al profesor Dumbledore en Navidad… por eso estabas estudiando todo el día… por eso estabas tan nerviosa antes de que publicaran las notas… por eso no dormiste en toda la noche… por eso te pusiste blanca y a temblar cuando el director y la profesora McGonagall te llamaron en el gran comedor para hablar contigo… por eso tenías dos sobres el último día en Hogwarts… – Tanto Marian como Laura y Alice estaban alucinando. Sabían que Lily era muy analítica y que se daba cuenta de todo pero, ¡eso era pasarse!
- ¡Lily! – exclamó Marian muy preocupada – dime que te parece bien.
Lily tenía los ojos casi en blanco y perdidos. Parecía la profesora de adivinación cuando intentaba sin éxito entrar en trance. Luego los fijó en Marian y empezó a sonreír.
- ¡Eres una máquina Marian Jane Potter! – exclamó dándole un abrazo. Marian suspiró aliviada – NUNCA habían concedido una ampliación de estudios en Hogwarts… bueno, solo una vez, hace treinta años…
- ¡¡Y encima estaremos juntas en clase!! – exclamaron Laura y Alice. Las cuatro estaban muy contentas y en aquel instante, Marian se dio cuenta de que todo el gran esfuerzo que había hecho para conseguir estar en tercer curso con sus amigas, mereció la pena.
La librería Flourish & Blotts, donde se vendían todos los libros de texto para Hogwarts, estaba a rebosar. Las chicas acordaron que Marian fuera a comprar su varita mientras ellas se quedaban haciendo cola. Los chicos por otro lado, se fueron directamente a la tienda de Artículos de calidad para Quidditch. A Sirius y James les nombraron a final del curso pasado golpeador y buscador respectivamente del equipo de Quidditch de Gryffindor. Querían estar lo mejor equipados posible para la ocasión, así que se compraron el uniforme reglamentario y algunos caprichitos más. Les encantaba aquella tienda.
Marian, por otro lado, se dirigió a la tienda del Señor Ollivander. Cuando entró, una campanilla resonó en el fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla polvorienta donde se sentó a esperar.
- Buenas tardes Señorita Potter - dijo una voz desde el final de la tienda que comenzaba a acercarse.
Marian dio un salto. Un hombre de mediana edad estaba ante ella; sus ojos, grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
- Hola Señor Ollivander - saludó Marian con una sonrisa tímida.
- Varita hecha con Nervios de corazón de Dragón, madera de parra, 28 cm. - dijo el hombre - Sí, sí, supuse que volvería por estas fechas Señorita Potter, se le ha roto la varita.- Marian se sorprendió mucho, pues aún no le había dicho nada al señor Ollivander sobre el accidente de su varita. - No era una pregunta - El Señor Ollivander se acercó a ella.- En el momento en que se la vendí dudé y no sabía porqué, pues la varita parecía la correcta. No se qué ha debido pasarle en este año Señorita Potter, para que… bueno – dijo al cabo de un momento de cavilaciones - se ve que no estaba destinada para usted. – dijo finalmente zanjando el tema.
Marian podía ver su reflejo en aquellos ojos velados, que parecían deseosos de comenzar una nueva búsqueda de varita para ella.
- Bueno, Señorita Potter... Déjeme ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica, con Marcas plateadas - Extienda su brazo por favor, ya sabe el procedimiento - Midió a Marian del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la rodilla a la axila y alrededor de su cabeza.
- ¿Por qué me vuelve a tomar medidas Señor Ollivander?- preguntó Marian intrigada, pues ya se las había tomado el año pasado.
- Porque cada vez que se cambia de varita hay que hacerlo, crecéis muy rápido y la varita que elegió el año pasado era más pequeña que la que seguramente le elegirá ahora – Marian torció el gesto.
- ¿El año pasado la elegí yo y ahora me va a elegir ella?- preguntó la chica sin comprender. Pero el Señor Ollivander no la hizo caso.
- Esto ya está – dijo mientras la cinta métrica se enrolló en el suelo - Bien, Pruebe ésta. Madera de haya y nervios de corazón de Dragón. Veintitrés centímetros y medio. Bonita y flexible. Ya sabes el procedimiento: cójala y agítela.
Marian cogió la varita y la agitó a su alrededor, pero el Señor Ollivander se la quitó casi de inmediato.
- Arce y nervios de corazón de Dragón. Diecisiete centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...
Marian probó, pero tan pronto como levantó el brazo el Señor Ollivander se la quitó de las manos con prisa.
- No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio, veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtelo.
Marian lo intentó. No tenía ni idea de lo que estaba buscando el Señor Ollivander, pero estaba empezando a cansarse. Las varitas ya probadas que estaban sobre la silla, aumentaban por momentos pero cuantas más varitas sacaba el Señor Ollivander, más contento parecía estar.
- Qué cliente tan difícil, ¿no? - dijo Marian con una vaga sonrisa al cabo de un rato de silencio y cansada de agitar tanta varita.
-No se preocupe, es normal, el año pasado fue muy precipitado, encontraremos su varita perfecta por aquí, en algún lado.- el Señor Olllivander se paró en frente de una estantería con muchas y polvorientas cajas - Me pregunto... sí, por qué no…- el Señor Ollivander cogió una caja negra que había en lo alto de la estantería y se la trajo a Marian - Ébano y pluma de fénix, veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Nada más tocar la varita, Marian sintió un súbito calor en los dedos. Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas estallaron en la punta como fuegos artificiales, arrojando manchas de luz que bailaban en las paredes. La del año pasado no hizo eso.
Ollivander puso la varita de Marian en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».
- Perdón - dijo Marian – Pero… ¿qué es tan curioso? - El Señor Ollivander fijó en Marian su mirada pálida.
- Recuerdo cada varita que he vendido, Señorita Potter. Cada una de las varitas y resulta que la cola de fénix de donde salió la pluma que está en su varita, dio otra pluma, sólo una más. Solo he vendido en toda mi vida tres varitas de cola de fénix que solo dieron dos plumas cada una. Además fueron de dos fénix diferentes. La hermana de su varita, la vendí hace dos años. Me queda, por lo tanto, la pareja de la otra, la cual vendí hace muchos años - Marian tragó saliva.
- ¿Y quien compró la pareja de esta?
- Nunca digo el nombre de mis clientes Señorita Potter- dijo el Señor Ollivander adoptando una posición rígida.
- Perdóneme Señor, no era mi intención…- estaba avergonzada.
- Bien, bien, no se preocupe. Es lógico que me pregunte eso, pues la elección de su varita ha sido especial por las causas que le he comentado - ella asintió con la cabeza pero no hizo más preguntas.
En aquel momento, entraron dos chicos en la tienda. Eran James y Sirius, que venían con sendas bolsas de la tienda de Artículos de calidad para Quidditch.
- ¡Pero cuanto tardas Marian! te estamos esperando en el Caldero Chorreante para tomar algo - dijo James. Luego miró al hombre que estaba al lado de su hermana - ¡Hola Señor Ollivander!
- Hola Señor Potter, Señor Black. No se les habrá roto la varita a ustedes también ¿no? - dijo el Señor Ollivander en tono jovial.
- ¡No Señor! La varita que me vendió es la mejor, estoy encantado con ella - dijo Sirius enseñando su varita.
- Cierto. es una varita única - miró a los chicos divertido, pues habían chocado sus varitas como si fueran espadas - Black y Potter… curiosa pareja - dijo mirando fijamente a Marian antes de perderse dentro de la tienda. Esta le miró extrañada, ¿a qué habían venido esas últimas palabras?
Cuando salieron de la tienda, Marian se percató de que tanto su hermano como Sirius, llevaban puesto el uniforme oficial del equipo de Quidditch de Gryffindor. No habían podido esperar a ponérselos en casa pues querían presumir, como siempre. Luego, se fijó en Sirius, pues había algo raro en él y no lograba saber el qué.
- Están muy chulos los uniformes – dijo Marian intentando parecer amable. Sirius la miró de reojo y James no la hizo ni caso, pues volvió a pararse enfrente del escaparate de la tienda de Artículos de calidad para Quidditch.
- ¡Mira Sir! Mañana sale a la venta el nuevo uniforme de Las Urracas de Monstrose.
Las Urracas de Monstrose, era un equipo de Quidditch profesional muy famoso. El equipo de las Urracas era el que había acumulado más éxitos en la historia de la Liga de Irlanda y Gran Bretaña. Ganaron en treinta y dos ediciones, fueron dos veces campeones de Europa y tenían admiradores por todo el mundo. Las Urracas usaban túnicas blancas y negras con una urraca en el pecho y otra en la espalda. Entre sus destacados jugadores estaban la buscadora Eunice Murray fallecida en 1942, a la que James idolatraba ya que en una ocasión pidió "una snitch más rápida porque así era demasiado fácil". Otro equipo que adoraban los jóvenes Black y Potter eran los Chudley Cannons, aunque por aquel entonces, habían perdido algo de popularidad.
Sirius no acudió a la llamada de su amigo inmediatamente pues parecía que esperaba algo de Marian. Esta, torció la vista hacia Sirius, preguntándole con la mirada lo que él tenía tantas ganas de responder pero no dijo nada. Luego la volvió a mirar de reojo un poco nervioso esperando que ella hablara pero Marian no lograba reunir el valor necesario para hacer aquella pregunta y cuando abrió la boca…
- ¿Te has cortado el pelo Black? – Sirius expulsó el aire que había retenido mientras ponía los ojos en blanco.
- Muy aguda enana, esta mañana no se te escapa ni una – contestó Sirius con un sarcasmo evidente para inmediatamente irse con James.
No sé ni porqué lo he hecho… pensaba Sirius. ¡Tonta! Tenías que haberle dado las gracias se reprendió Marian a sí misma. Luego, al ver a los dos chicos con la boca abierta delante de la tienda, decidió irse.
- Bueno chicos, me voy a la Heladería Florean Fortescue que las chicas me están esperando allí. Vosotros estaréis en El caldero chorreante ¿no? - Marian les miraba con cara de malas pulgas.
- ¿Heladería qué? … sí, sí vamos al Caldero… – acertó a decir James sin apartar los ojos del escaparate. Marian cogió sus bolsas y se fue indignada.
La obsesión que tenía su hermano James por el Quidditch era enfermiza y más, desde que le nombraron buscador del equipo de Gryffindor. A Sirius le gustaba mucho el Quidditch, pero no hasta aquellos límites. Él tenía otros Hobbies aparte del deporte rey del mundo mágico.
Una vez que acabaron todas las compras, ambos hermanos se despidieron de sus amigos, a los cualesverían muy pronto en el expreso de Hogwarts.
