CAPÍTULO 7

CLASES CONJUNTAS

         Todos los alumnos de tercer curso que habían escogido Cuidado de criaturas mágicas como optativa, ya estaban congregados en el lugar donde se iba a impartir la clase. Era un pequeño prado que se situaba muy cerca del bosque prohibido, lo que provocó que algunos alumnos curiosearan un poco por allí pero sin internarse demasiado.

         Al llegar Marian, Alice y Laura al sitio en cuestión, un buen número de alumnos comenzaron a murmurar por aquello que Marian había temido durante toda la mañana. Sus amigas se dieron cuenta, pero procuraron hacer que la primera clase de Marian en tercer curso no fuera tan embarazosa.

- Vamos Mary, no conocemos a este profesor así que mejor será que nos pongamos un poco atrás, no vaya a ser que alguna bestia nos…

- Ni hablar Alice, mejor nos ponemos delante, porque si no, no nos vamos a enterar de nada – exclamó Laura dispuesta a no resignarse colocándose en las últimas filas.

- Jolín Lauri, cada vez te pareces más a Lily – Alice la miró con mala cara.

- ¡Eso no lo digas ni en broma Al! – protestó la Gryffindor.

- Vale chicas, no os preocupéis. Yo me quedo aquí atrás ¿vale? – Alice lanzó a Laura una mirada de reproche, pero finalmente accedió a la petición y dejaron a Marian detrás, pensando que tal vez, su hermano se pondría con ella.

              Tres alumnos de Slytherin hablaban entre susurros apoyados en un árbol que había detrás de Marian. Tenían un aire de suficiencia irritante y una mirada fría como el hielo. Parecían alimañas dispuestas a cazar a su presa, pero Marian no les iba a dar aquel gusto.

- ¡Mirad a quién tenemos aquí! – exclamó el más alto de los tres acercándose de manera amenazante a Marian, lo que provocó que ella se diera la vuelta – si es la premio a la excelencia académica Potter… ¡la nueva celebridad de Hogwarts!

- Qué quieres…

- Yaxley, Arnold Yaxley  – dijo el chico acercándose aún más a ella – estos son Alecto y Amycus Carrow.

- Estupendo – dijo Marian secamente para darse la vuelta y marcharse, pues el profesor aparecería en cualquier momento.

     Arnold Yaxley era un chico alto y robusto. Tenía el pelo de color castaño oscuro y cortado en punta, lo que le hacía aún más alto. Las Marcadas facciones de su cara le daban un aire de seguridad que, en opinión de Marian, era bastante irritante. A su lado se situaba Amycus Carrow. Era un chico de pelo dorado, casi rubio y mirada perdida. Parecía más débil que su compañero, aunque seguramente esa sensación se debería a que era más bajo y enclenque que él. Detrás y un poco más apartada, estaba Alecto Carrow la cual apoyaba su peso en el tronco de un árbol mientras clavaba su mirada de hielo fijamente en Marian. Su pose, en apariencia despreocupada, denotaba prepotencia y su larga y bien cuidada melena rubia peinada en bucles grandes, le daba un aire de elegancia. Físicamente se parecía muchísimo a su hermano mellizo aunque su cara denotaba más astucia que la de Amycus.

- Espera Potter – Yaxley la cogió del hombro, lo que provocó que Marian se diera la vuelta bruscamente.

- ¿Pasa algo Marian? – un chico moreno con el pelo alborotado y gafas de montura redonda apareció detrás de ella junto con Sirius y Peter.

- ¿Tiene que venir tu hermanito a defenderte Potter? – dijo Yaxley con sarcasmo sin dejar de mirar con odio a James – quizá te venga grande estar en tercer curso… no das la talla.

- Eso se verá al final de curso Yaxley y tendrás que comerte tus palabras – James estaba a punto de abalanzarse hacia el Slytherin para soltarle un puñetazo pero Sirius lo paró de inmediato.

- No me amenaces Potter – Yaxley cambió su semblante a otro infinitamente más duro y se acercó a James encarándose con él.

- Tranquilo Jimmy, con esta gente está de más hablar – dijo Marian tirando también de James hacia atrás lo que hizo que Yaxley torciera la vista de nuevo hacia ella.

- Bueno bonita, espero que sepas estar a la altura… - remató cogiéndola de la barbilla.

- ¡Ni la toques Yaxley! – Sirius se adelantó a James dándole un manotazo para apartar al Slytherin de Marian.

- ¡Sirius Black! – exclamó Amycus Carrow, que hasta aquel momento no había dicho nada - Maldito traidor a la sangre…– Dijo con los dientes apretados.

- Has dado en el clavo Amycus – Yaxley parecía pasárselo en grande con la situación – desde luego es la escoria de la familia Black

- Eres un maldito hijo de… - James estaba fuera de sí pero Marian no pudo contenerse esta vez y se plantó delante del Slytherin antes que su hermano.

- No me gustas Yaxley, ni tú ni tus amiguitos – Yaxley alzó una ceja ante el arrebato de la chica - así que espero que sea la última vez que me diriges la palabra a mí o a mis amigos  – Aunque Arnold Yaxley le sacaba dos cabezas, Marian intentaba estirar la suya lo máximo posible.

- ¿A dicho amigos? – preguntó Peter, que como siempre nos e enteraba de nada y en las peleas procuraba mantenerse en un segundo plano – ¿Desde cuando somos amigos de Potter?

- ¡Cállate Peter! – le espetó Sirius.

     Marian no hablaba de forma alterada pues parecía estar muy tranquila. Era como si esos chicos no le intimidaran lo más mínimo, hecho que sorprendió a todos y en especial a Sirius, pero realmente no era así. Lo único que quería Marian era no levantar jaleo, pues no quería que el profesor castigara a su hermano y a sus amigos por culpa de Arnold Yaxley.

- Vámonos chicos – dijo James escupiendo las palabras – aquí empieza a oler mal – Amycus casi se tira encima de él pero Yaxley le detuvo mirando con odio a James.

     Los chicos estaban más adelantados, cuando la voz de Yaxley volvió a resonar en la cabeza de Marian, en realidad se había acercado demasiado para susurrarle algo.

- Ten cuidado por dónde andas Potter.

     Marian al oír aquello, se dio la vuelta lentamente, lo que provocó un desconcierto en el Slytherin. Los chicos ya estaban con el resto de la clase, y no se habían percatado de la situación. Marian, con la mirada fija en el chico, se acercó peligrosamente a él.

- Llegará un día, en el que todos los de tu calaña temeréis pronunciar mi nombre.

     Marian le susurró aquella frase desatando la ira del chico. Mientras, le devolvía la mirada amenazante a Alecto Carrow la cual no se había movido del árbol pero sí había escuchado las palabras de Marian al contrario que su hermano.

     Marian no fue muy consciente de lo que decía en aquel momento e incluso creía que había dicho otra cosa. Por suerte, llegó el profesor antes de que Sirius, el cual se había percatado de que Marian no estaba, fuese a partirle la cara a Yaxley.

     Mientras, en un aula del séptimo piso, otra tanda de alumnos de tercer curso esperaban en el aula de Aritmancia. Lily estaba bastante cohibida, ya que como ninguna de sus amigas se había cogido aquella asignatura, se sentía como una extraña. La mayoría de los alumnos que estaban en la clase, pertenecían a Ravenclaw y Slytherin.

- Hola.

     Alguien saludó a la pelirroja de pie  y ella tardó varios segundos en levantar la vista Esa voz… . Con el corazón a cien, fue alzando la cabeza poco a poco hasta que se encontró con un chico moreno y nariz aguileña que la miraba con una especie de media sonrisa.

- Hola Severus – saludó aún atónita.

- ¿Está libre? – preguntó el Slytherin con la voz un poco nerviosa mientras señalaba al sitio vacío que había en la mesa. Lily dudó.

- Sí – dijo finalmente apartando su mochila del asiento contiguo – no creo que venga nadie más de Gryffindor – Severus Snape torció el gesto ante aquel comentario.

- Eso quiere decir que si hubiese venido alguien de Gryffindor ¿Le habrías cedido el sitio antes que a mí? – Lily le miró de sopetón.

- Bueno Severus, durante estos dos años creo que has dejado muy claro que lo importante es la casa donde estés – Lily notó que Snape palidecía si cabe, un poco más.

- Creo que estás equivocada – dijo finalmente.

- ¿A sí? – Lily estaba adoptando una postura cada vez más defensiva.

- Personalmente creo que eres tú la que te has alejado – Severus escribía distraídamente en su cuaderno pero al notar que el pulso le estaba empezando a temblar, apoyó las manos en la mesa.

- ¡Pero bueno! – estalló Lily – ¡¿tendrás cara?! Fuiste tú el que pasó de mí cuando te juntaste con tus amiguitos McNaire y Avery –Lily estaba roja.

- ¿Y tú y tus amiguitas Rowland, Meyer y Potter? ¿Qué me dices a eso? – aquel último apellido lo dijo con un sutil tono de desprecio.

- Eso es… - Severus la miró alzando una ceja lo que hizo que Lily enmudeciera.

- Bueno - dijo Snape al cabo de un rato de tenso silencio - supongo que, como tenemos las mismas optativas este curso, podremos recupera el tiempo perdido ¿no? – Severus esbozó una sonrisa pero al ver que Lily no daba su brazo a torcer, decidió utilizar su última arma – aún así… lo siento – aquello funcionó y Lily, que siempre había seguido fiel a su amistad con Severus Snape a pesar de su distanciamiento, le correspondió con otra sonrisa.

     Un chico Gryffindor de ojos dorados, clavaba la mirada en la extraña pareja. Al parecer Lily no se había dado cuenta de que Remus Lupin también estaba en aquella clase. ¿Pero esto de qué va? ¿Desde cuando Evans se lleva bien con Sniv… Severus Snape? pensó. La profesora Séptima Vector hizo aparición en la clase y todos los murmullos desaparecieron.

         Trotando en dirección a ellos se acercaba el profesor Kettleburn. Un hombre casi tan grande como Ogg, el guardabosque, pero con el pelo corto y un poco más delgado. Tenía unas manos que parecían mesas. Con él iban una docena de criaturas, las más extrañas que habían visto en su vida. El cuerpo, las patas traseras y la cola parecían las de un caballo mientras que las patas delanteras, las alas y la cabeza eran de un águila gigante. El pico era del Color del acero y los ojos de un naranja brillante. Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso alrededor del cuello, atado a una larga cadena. El profesor Kettleburn sostenía en sus grandes manos el extremo de todas las cadenas. Les gritaba, sacudiendo las cadenas y forzando a las bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un poco hacia atrás cuando el profesor Kettleburn llegó donde estaban ellos y ató los animales a la cerca.

- ¡Hipogrifos! - Gritó el profesor Kettleburn alegremente, haciendo a sus alumnos una señal con la mano- ¿A que no habíais visto nada igual? Dudo que haya otro profesor se atreva a dar una clase sobre estas bestias en el futuro – dijo Kettleburn con aires de superioridad.

- ¿Hipo… qué?- preguntó Peter.

- Hipogrifos - repitió James sin quitar la vista de las criaturas.

- Yo he visto uno como esos cuando estuve en Italia este verano- dijo Laura en voz baja para que no la pudiera oír el profesor – pero estaba disecado en el museo de criaturas mágicas italiano. Al parecer son capaces de vivir hasta cien años.

- ¿A si? ¿Y son peligrosos? - preguntó Marian algo desconcertada.

- Si no los sabes tratar… sí. Son criaturas muy orgullosas y se molestan con mucha facilidad – explicó Laura - Nunca se puede ofender a ninguno, porque podría ser lo último que hiciera una persona.

- Venga - dijo el profesor Kettleburn frotándose las manos y sonriéndoles - comencemos la clase.

         Los hermanos Carrow y Yaxley no escuchaban; hablaban en voz baja y Sirius tuvo la desagradable sensación de que estaban tramando algo con respecto a la discusión que había tenido Yaxley con Marian.

- Tenéis que esperar siempre a que el hipogrifo haga el primer movimiento — continuó el profesor Kettleburn — Es una bestia muy educada. Lo único que tenéis que hacer es ir hacia él, os inclináis y esperáis. Si él responde con una inclinación, querrá decir que os permite tocarlo. Si no hace la inclinación, entonces es mejor que os alejéis de él enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus garras – después la introducción que acababa de hacer, el profesor miró a sus asustados alumnos - Bien, ¿quién quiere ser el primero?

         Como respuesta, todos dieron un paso atrás. Todos menos uno que se había quedado hipnotizado con el animal.

- ¡Un Gryffindor! no esperaba menos – exclamó Kettleburn con los brazos abiertos, pues él había pertenecido a aquella casa - Señor Black, ¿le gustaría ser el primero en probar? – Sirius salió de su ensimismamiento dándose cuenta de la situación en la que se encontraba.

- Ssss… ¡SI!

         El tono de Sirius sonaba decidido. Desde luego el chico era muy valiente, un auténtico Gryffindor, pero esa osadía le había llevado varias veces al despacho del director Dumbledore y otras tantas a la enfermería.

- ¡Bien Black! - Dijo Kettleburn - Veamos cómo te llevas con Buckbeak.

- Ten cuidado con esos tres - dijo Sirius a James en un susurro señalándole a los tres Slytherin antes de acercarse a la bestia.

- Ya se han llevado lo suyo – le tranquilizó James – no volverán a incordiar por esta mañana.

- Tú hazme caso – reiteró Sirius mirando rápidamente a Marian, la cual se había acercado a la cerca con sus amigas para ver a las bestias mejor.

- ¿Pero esa cosa tiene nombre? – preguntó Peter otra vez absorto en su mundo

     Sirius y James pusieron los ojos en blanco ante el comentario de su amigo. Luego, Sirius miró a Buckbeak y con decisión, saltó la cerca que le separaba de la bestia.

         Kettleburn soltó la cadena, separó al hipogrifo negro de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Los alumnos, que estaban al otro lado de la cerca, contenían la respiración y Yaxley entornaba los ojos con malicia. Sirius y él nunca se habían llevado bien y aprovechaban cualquier situación para fastidiarse mutuamente.

- Tranquilo Black, acuérdate de lo que hemos hablado antes. Movimientos muy lentos ¿vale? – le recordó el profesor Kettleburn en voz baja. Sirius asintió un poco nervioso - Primero mírale a los ojos y procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas demasiado.

         A Sirius empezaron a irritársele los ojos, pero no los cerró. Buckbeak había vuelto la cabeza grande y afilada, y miraba a Sirius fijamente con un ojo terrible de color naranja.

- Eso es - dijo con suavidad el profesor Kettleburn -  Eso es, Black. Ahora inclina la cabeza lentamente.

         A Sirius no le hacía ni pizca de gracia presentarle la nuca a Buckbeak, pero hizo lo que el profesor le decía. Se inclinó brevemente y levantó la mirada. El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez. No se movió.

- Ah - dijo el profesor, preocupado - Bien, vete hacia atrás, tranquilo, despacio.

         A Marian se le hizo un nudo en la garganta al ver a Sirius frente a la bestia. Aquella criatura era demasiado grande y fuerte y un mínimo fallo… Pero entonces, ante la sorpresa de todos y del propio Sirius, el hipogrifo dobló las enormes rodillas delanteras y se inclinó profundamente.

- ¡Bien hecho, Black! - exclamó el profesor Kettleburn, mientras aplaudía eufórico - ¡Bien, ahora puedes tocarlo! Dale unas palmadas en el costado, vamos.

         Sirius se acercó al hipogrifo lentamente y alargó el brazo. Le dio unas palmadas en el costado como le había indicado el profesor y el hipogrifo cerró los ojos para dar a entender que le gustaba.

- ¡Bien hecho Sir!- gritó James.

- ¡Eres el mejor!- Vitoreó Peter.

         La clase rompió en aplausos y Marian suspiró aliviada. ¿Por qué sintió tanta angustia al ver a Sirius ante un peligro así?

- Bien, Black - dijo el profesor Kettleburn - ¡Creo que el hipogrifo dejará que lo montes!

- ¡¡QUÉ!! – exclamó Sirius sin creer lo que le pedía el profesor, lo que provocó que este soltara una sonora carcajada, que a Sirius no le hizo ni pizca de gracia.

- ¿Qué ha dicho Kettleburn? – preguntó Marian sin alcanzar a escuchar la conversación que mantenían Sirius y el profesor.

- Que ahora lo tiene que montar – le contestó una chica de Ravenclaw, lo que sorprendió a Marian gratamente.

- ¡QUÉ! – exclamó la morena casi sin pensar, lo que provocó que la chica esbozara una sonrisa divertida.

- Lo mismo ha contestado Black – luego le tendió la mano – Soy Elizabeth Swan, de Ravenclaw. Marian la sonrió ampliamente, pues era la primera alumna después de sus amigas que le daba la bienvenida al nuevo curso – pero todo el mundo me llama Liz.

- Marian Potter – contestó la Gryffindor - Encantada de conocerte Liz.

     Elizabeth Swan era una chica menuda pero de complexión fuerte. Sus ojos, de color castaño claro, resaltaban con su pelo caoba, el cual llevaba recogido en una media coleta. Su semblante era agradable y a Marian le cayó muy bien desde el primer momento.

         Montar a Buckbeak, era más de lo que Sirius había esperado. Sentía bastante respeto por su vida, pero estando allí los de Slytherin no podía echarse atrás. Miró hacia sus amigos en busca de apoyo y los encontró haciendo gestos de victoria y a James exaltado por la emoción. Cómo se nota que no son ellos los que están aquí… pensó Sirius algo cohibido Qué narices, ¡soy un Gryffindor! pensó inmediatamente después.

- A Buckbeak le gusta llevar dos tripulantes, ahora que me acuerdo - dijo el profesor pensativo.

         Sirius volteó la cabeza bruscamente mirando al profesor ¿Dos tripulantes? pensó. Rápidamente miró a James, al cual no le hacía mucha gracia gallina… volvió a pensar Sirius. El profesor empezó a mirar a toda la clase. - ¡Potter! ¡BIEN! exclamó Sirius para sí mirando a James, el cual volteó la cabeza hacia atrás buscando a alguien. Los hermanos Potter se miraron como dos chiquillos que se echan la culpa mutuamente ya que ninguno de los dos quería subirse al Hipogrifo.

- ¡Marian Potter! - especificó el profesor al ver el gesto de los hermanos. A Sirius se le abrieron los ojos de par en par.

- ¡LO QUE FALTABA! – exclamó Sirius en voz alta mientras levantaba los brazos y daba una patada en el suelo.

- Tengo entendido que has ampliado los estudios y estas haciendo segundo y tercero a la vez ¿no es así? – siguió el profesor sin hacer caso de las risas que había provocado el gesto de Sirius en la clase, excepto a las chicas y a Marian que le miraba con resentimiento ¡Será estúpido! Se va a enterar…

- Sí Señor - dijo Marian más decidida de lo que quería.

- Bien, pues como experiencia serás tu la que monte con Black - Marian le miró con cara de asco. No se podía creer que tuviera que montar con el presumido de Sirius Black. Buckbeak le daba bastante respeto y Sirius miedo ya que según ella, estaba loco de atar. Si fuese su hermano el que montara con ella…- vamos Potter ¿a qué esperas? Comienza el protocolo.

         Marian empezó a seguir los mismos pasos que Sirius había hecho hacía un momento, mientras este se burlaba de ella mirando a la clase poniendo con los ojos en blanco. Marian tuvo éxito y Buckbeak le dejó acariciarlo para montarse en él.

- Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala Black y tú Potter ponte detrás. - Dijo el profesor - Black, procura no arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría... y Potter, para evitar que eso te ocurra a ti también, sujétate a Black.

         Sirius se puso un poco rojo, e intentaba disimularlo, pero Marian se puso como un verdadero tomate al ver que sus compañeros hacían comentarios tapándose la boca y acompañados de risitas. Buckbeak se levantó. Sirius no sabía dónde debía agarrarse pues delante de él todo estaba cubierto de plumas.

- ¡Vamos! - gritó el profesor, dándole una palmada al hipogrifo en el trasero.

- ¡Agárrate! - dijo Sirius a Marian cuando el hipogrifo empezaba a remontar el vuelo.

         Ella lo agarró con todas sus fuerzas por la cintura en un acto reflejo, pero pronto le soltó intentando mantener el equilibrio ella sola. Sirius se dio cuenta y con una sonrisa maliciosa hizo que Buckbeak se ladeara un poco haciendo que Marian se tuviera que sujetar a su cintura otra vez. ¡Pero qué orgullosa que es! pensó el moreno. Estuvo tentado de decir alguna de sus chorradas, pero eso implicaría un mal movimiento de Marian y un accidente fijo.  Buckbeak sobrevoló el prado. El aire rozaba sus caras y Sirius empezó a extender los brazos mientras sobrevolaban el lago de Hogwarts.

- ¡Qué haces Black! ¡¿Estás loco?! - gritó Marian asustada.

- ¡Haz lo mismo, es genial!- pero Marian tenía miedo.

         Viendo Sirius que no despegaba los brazos de su cintura, la cogió de las manos y estiró los finos brazos de ella a la vez que los suyos. Hizo el movimiento lo más lento que pudo para que Marian no se asustara y ella, sin saber porqué, se dejó llevar. Nunca había tenido aquella sensación, el aire, el sol, las plumas suaves… era como dar un paseo en escoba voladora.

- Esto es maravilloso - acertó a decir ella pero con la emoción, perdió un poco el equilibrio. Sirius la sujetó más fuerte contra él y volvió a poner sus manos en la cintura.

- Es la mejor sensación - dijo él seguidamente sin quitar la vista del horizonte.

         Marian se había vuelto a poner como un tomate, pero como estaba de espaldas, Sirius no podía verla. En aquel momento, Marian sintió la tan familiar punzada en el estómago que le daba cada vez que le pasaba algo agradable con él. Sirius por su parte, volvió a sentir lo mismo. Las cosas siempre eran diferentes cuando estaban los dos solos. Buckbeak comenzó a descender y Sirius se echó hacia atrás conforme el hipogrifo se inclinaba hacia abajo dándole la impresión de que iba a resbalar por el pico. Luego, sintieron un fuerte golpe al aterrizar el animal con sus cuatro patas revueltas, y se las arreglaron para sujetarse y volver a incorporarse.

- ¡Muy bien dirigido, Señor Black! ¿Qué tal la experiencia Potter? - gritó el profesor, mientras los vitoreaban todos los alumnos menos los de Slytherin - ¡20 puntos para Gryffindor por cada uno! - todos los Gryffindor estallaron en aplausos con el premio - ¡Bueno!, tenéis que hacer una redacción de cincuenta centímetros de pergamino sobre los Hipogrifos para dentro de una semana – los alumnos empezaron a protestar por la propuesta de la redacción – ¡Venga chicos! – Les animó el profesor Kettleburn – encontraréis todo lo que necesitas en el libro "Manual de la psicología Hipogrífica" – Viendo el profesor que sus alumnos habían perdido un poco el interés, decidió seguir sacando partido de los hipogrifos – ¡Bueno! ¿Quién más quiere probar con el resto de Hipogrifos?

         Inmediatamente y envalentonados por el éxito de Sirius y Marian, los demás saltaron al prado con cautela. El grupo lo encabezaba James Potter, que, viendo la cara de tonta que se le había quedado a su hermana, dedujo que había sido algo espectacular. El profesor Kettleburn desató uno por uno los hipogrifos y al cabo de poco rato, los alumnos hacían timoratas reverencias por todo el prado. Peter retrocedió corriendo en varias ocasiones porque su hipogrifo no parecía querer doblar las rodillas. James y Sirius practicaban con el de color castaño, Laura y Alice lo hacían con el gris y Marian eligió nuevamente a Buckbeak para volver a practicar sola el ritual mientras Sirius la observaba atentamente sin dejar de pensar en lo feliz que había sido por un momento.