CAPÍTULO 13

VISITA A HOGSMEADE

Todo el alumnado se encontraba desayunando con cierto toque de nerviosismo para luego coger los carruajes que les conducirían hasta Hogsmeade. Sirius, no hacía más que mirar hacia los grandes ventanales del Gran Comedor. Los rayos del sol matutino se colaban en la sala formando un juego de luces y formas dignos de cualquier espectáculo circense. Por otro lado, las chicas no habían conseguido quitar de la cabeza a Marian la idea de no poder ir al pueblo mágico. Ni siquiera pudieron persuadirla para que lo preguntara. Estaba claro que a "cabezota" no la ganaba nadie, o casi nadie.

¡Pero qué testaruda eres, Marian! – exclamó Laura sentándose en la mesa.

Yo tampoco lo entiendo - Alice la seguía igualmente de indignada.

¿Qué no entendéis? – preguntó Lily, la cual ya estaba desayunando.

Que no vaya a Hogsmeade – contestó Marian sentándose también en la mesa.

Tienes que venir… ¡Buñuelos de nata! – los ojos de Laura devoraban su objetivo ya que los buñuelos de nata eran sus favoritos.

¡Buah! – exclamó un chico que había salido de la nada – yo prefiero los de crema - James se sentó con ellas sorprendiéndolas. Prueba de ello, era el ceño fruncido de Lily.

¿Qué quieres Potter? – él miró a Lily, la cual, puso los ojos en blanco.

Buenos días a ti también, Evans – ella cogió sus cosas y se levantó con un golpe de melena.

Me voy a arreglar. Nos vemos en el vestíbulo - James torció los ojos he hizo muecas de burla ante la escapada de la pelirroja.

¡No hagas tonterías Jimmy! – le reprendió Marian intentando no reírse de las chorradas de su hermano ante sus amigas – A parte de tirar del genio a Lily, ¿A qué has venido?

¿Tienes la autorización de papá y mamá? – James se recompuso al ver que sus amigos estaban en las nubes y comenzó a untar distraídamente mermelada en una tostada.

Sí, pero no voy a ir a Hogsmeade – contestó ella mientras cogía uno de los buñuelos de nata.

¡¿Cómo gue no vaz a id?! ¡¿Du tampoco?! – James hablaba con la boca llena, lo que provocó un gesto de asco por parte de Alice y Laura.

¡Qué guarro eres Potter! – exclamó Alice limpiando con su varita los restos de comida que le habían salpicado.

Marian, al oír la segunda pregunta de su hermano, se acordó de la carta de Sirius e, instintivamente, giró la vista hacia él. El chico estaba abstraído mirando hacia la ventana, mientras Jack Johnson le contaba algo. Como si sirius presintiera que era observado, torció la vista también hacia ella. Marian le preguntó con un mínimo gesto y Sirius, sabiendo a lo que se refería, negó con la cabeza inmediatamente. La chica volvió a mirarle significativamente y se levantó para salir del comedor y Sirius, sin saber muy bien porqué, hizo lo mismo.

Bueno chicas, nos vemos cuando volváis – se despidió Marian con un toque de prisa.

Pero Mari, si no has desayunado casi nada - intentaron protestar, pero Marian ya estaba saliendo por la puerta. James la miró con preocupación ¿A dónde ira esta ahora? -

A James le preocupaban bastante esas actitudes extrañas de su hermana. Se había prometido vigilarla más de cerca aquel curso, pero había que reconocer que la chica era muy escurridiza cuando quería. Toda una Potter. Luego, al ver que Sirius se levantaba también para irse, lo detuvo con el brazo.

¿Qué pasa al final con "eso", Sir? – preguntó refiriéndose a la autorización.

Luego te cuento – contestó su amigo sin perder de vista a la morena, que acababa de atravesar la puerta del Gran Comedor.

Marian y Sirius se perdieron por los pasillos dejando a sus amigos algo preocupados. No era habitual verles hacer cosas a hurtadillas y menos juntos. Aquello provocó una marea de pensamientos. No puedo entender porqué Marian es tan cabezota pensaba Alice A Sirius le dan unos venazos muy extraños pensó Peter Espero que pueda venir a Hogsmeade… sin él no va a ser lo mismo… por cierto, ¿Qué tiene que ver Marian en todo esto? pensó James. ¿Qué pasa con estos dos? se preguntó Remus. Una tras otra… una tras otra pensó Laura.

Esto no va a funcionar Potter - se quejaba Sirius una vez que se aseguraron que nadie les seguía.

Ya verás como sí – Marian comenzó a acelerar el paso en dirección al despacho de Dumbledore.

Vale. Hagamos una apuesta – Sirius tenía ganas de guerra – si finalmente mi tío Alphard le ha mandado la autorización a Dumbledore, tú tienes que preguntarle si puedes ir a Hogsmeade.

¡Venga ya, Black! – exclamó la chica con un aspaviento de brazos mientras se paraba en seco delante de Sirius – ¿A ti que más te da si voy o no voy a Hogsmeade? – Sirius sonrió con malicia pues le encantaba tirar del genio a Marian.

Cierto, a mí me da igual. Pero solo lo hago para ver cómo rebajas tu cabezonería – contestó comenzando a andar de nuevo con sus manos entrelazadas en la nuca.

Eres un prepotente ¿Lo sabías? – Marian le seguía con los ojos entornados y el ceño fruncido.

Ya hemos llegado – Sirius se paró en frente de una gárgola del segundo piso – Y ahora, mi querida Coletas, no podremos entrar a no ser que venga McGonagall y nos diga la contraseña – comentó con aire digno sabiendo lo que iba a pasar. Esta se pensaba que iba a ser tan fácil, ilusa… pensaba el chico.

"Galletas de chocolate" – dijo Marian alto y claro a la gárgola haciendo caso omiso del comentario de Sirius.

La pequeña estatua comenzó a deslizarse por el suelo mostrando unas escaleras de madera en forma de caracol bastante estrechas que subían, en teoría, al despacho del director. Sirius abrió la boca de par en par pero no dijo nada en alto ¿Pero cómo sabe la contraseña del despacho del director? ¡Esta chica es una mafiosa o qué! exclamaba sin embargo para sus adentros. Marian se aseguró de que no hubiera nadie mirando e hizo un gesto a Sirius para que la siguiera. Subieron las escaleras sin hacer ruido y llegaron a una puerta de madera con forma de arco. Marian llamó tres veces y la puerta se abrió al instante.

Adelante, Marian – animó el profesor Dumbledore desde su silla.

Hola, profesor - saludó la niña pasando con cuidado.

Sirius no sabía si subir los escalones que restaban de la escalera. Normalmente visitaba aquel despacho en calidad de "castigado" por lo tanto, ir por otro motivo le resultaba extraño.

Adelante, Señor Black – dijo Dumbledore sin ni siquiera verle. Sirius entró decidido. ¿Cómo sabía que estaba yo aquí?

Hola, profesor – saludó cortésmente.

El despacho del director era una bonita y espaciosa habitación circular con ventanas y llena de pequeños ruidos divertidos. Había unos cuantos instrumentos plateados sobre una mesa de una sola pata, emitiendo pequeños soplidos de humo. Las paredes estaban cubiertas por retratos de antiguos directores y directoras, los cuales dormían gentilmente en sus marcos. Sirius pudo distinguir con una mueca de desagrado la silueta de su abuelo Phineas Nigellus Black que fue director de Hogwarts. Estaba haciéndose el dormido ya que seguro que en cuanto Marian y él salieran de allí, Phineas iría a su cuadro de Grimmauld Place para contarle todo a su madre, Walburga Black. También había un enorme escritorio de patas como garras, y colocado en un estante tras él, estaba un desgastado y andrajoso sombrero de mago, "El Sombrero Seleccionador". Sirius lo miró de nuevo preguntándose porqué lo habría mandado a Gryffindor en vez de a Slytherin.

¡HOLA FAWKES! – Marian sonrió al ave Fénix de Dumbledore, el cual se abalanzó sobre ella posándose sobre su hombro.

El grito de Marian sacó de sus pensamientos a Sirius y al ver al enorme fénix dirigirse como una bala hacia Marian, hizo ademán de ir a impedirlo pero su orgullo solo le permitió dar un pequeño paso hacia delante para inmediatamente rectificar su posición. Dumbledore le miró con una media sonrisa ante aquel gesto y Sirius disimuló mirando hacia otro lado un poco ruborizado.

Te veo mucho mejor… ¡Pero pesas mucho! – se quejó Marian, sin darse cuenta del gesto de Sirius ni de la sonrisa de Dumbledore. El fénix, como si la entendiera, levantó el vuelo para volver a posarse en su percha dorada, al lado del escritorio del director.

Fawkes era un precioso ave Fénix del tamaño de un cisne, propiedad de Albus Dumbledore. Sus ojos eran negros como el carbón y sus plumas, de color escarlata y cuando estaba en todo su esplendor, lucía una cola de plumas imponente y majestuosa.

Verá profesor, venimos a preguntar si… - la frase de Marian fue cortada.

… he recibido la carta de su tío Alphard. ¿No es así Señor Black? – a Sirius empezó a latirle el corazón muy fuerte.

S…sí, profesor… – titubeó – pensé que no llegaría porque… ¡Au! - en aquel momento recibió un pisotón enorme de Marian, la cual estaba a su lado. El profesor Dumbledore rió.

Bien, bien – el director se ajustó sus gafas de media luna para ver mejor a los chicos – Debo decirle, Señor Black, que no solemos admitir autorizaciones de otros parientes que no sean los padres pero, ya que Alphard es su padrino y un viejo amigo mío… - miró a ambos Gryffindor divertido ya que estos tenían los ojos como platos esperando con ansias la respuesta - …puede ir a Hogsmeade durante todo el curso.

¡BIEN! – exclamaron ambos chicos sin ningún pudor – Oh, perdone profesor – se apresuraron a disculparse a la vez. Ambos se miraron con el ceño fruncido por coincidir. Dumbledore les miraba desternillado de la risa.

Estupendo, muchas gracias profesor Dumbledore – dijo Marian finalmente dispuesta a irse. Dumbledore la miraba fijamente.

Ejem, ejem… - Sirius carraspeó desde su sitio y Marian se dio la vuelta lentamente consciente de la apuesta que habían hecho hacía unos minutos – ¿No se te olvida algo, Potter? – Dumbledore observaba la extraña escena.

¡Oh! Bueno… - Marian miraba al suelo como si el centro de la conversación estuviera allí – ¡Es una tontería Black! Vámonos de una vez.

¡Que no! – protestó el chico – ¡Una apuesta es una apuesta, Coletas! –

Al oír Dumbledore cómo Sirius llamaba a Marian, no pudo evitar sorprenderse por cuestión de un segundo. Luego se recompuso sin que los chicos se percataran de aquel pequeño lapsus.

Yo no acepté la apuesta… ¡y no me llames Coletas! – rebatió ella acercándose más y sacándole la lengua.

¡Si que la aceptaste! – ambos chicos comenzaban a reñir bajo la mirada, esta vez graciosa, de Dumbledore.

Tú también puedes ir a Hogsmeade, Marian – dijo el director de sopetón haciendo que ambos chicos le miraran incrédulos.

Pe…pero… ¿cómo sabía que…? - empezó a decir Sirius.

Entréguenle sus respectivas autorizaciones a la profesora McGonagall y podrán salir sin problemas del castillo – terminó por zanjar el tema el profesor. Ambos chicos asintieron.

Gracias, profesor – dijeron a la vez para mirarse seguidamente entornando los ojos por haber coincidido de nuevo. Dumbledore rió de forma un tanto extraña Coletas… pensó el director mientras Sirius abría la puerta para salir.

Por cierto – volvió a llamar Dumbledore saliendo momentáneamente de sus pensamientos – que sea la última vez que salen de noche a la Lechucería o a ningún otro lado – su semblante era más serio y los chicos se quedaron inmóviles. Simplemente volvieron a asentir y bajaron a toda prisa.

¿Cómo se habrá enterado? – se preguntaba Sirius mientras iban a la sala común.

Tú, eres más tonto y no naces – le espetó Marian sin pararse.

¡Eh, no te pases! – protestó Sirius frunciendo el ceño.

¡¿Que no me pase Black?! – Marian se clavó delante de Sirius obligándolo a detenerse de sopetón Este le sacaba por lo menos una cabeza, pero a Marian le daba igual – si no hubieras insinuado que mandamos ayer por la noche la autorización a toda prisa, ignorando unas mil normas del colegio, no nos habría llamado la atención. ¡Qué vergüenza! – Marian sacudía la cabeza en gesto negativo - ¿Y tú te haces llamar un Merodero?

¡Pero qué dices, Potter! No comenté nada que fuera del otro mundo. Y es ME-RO-DEA-DOR – protestó de nuevo Sirius acercándose más a ella y vocalizando bien la última palabra.

¡Me da igual cómo se diga! No tienes cuidado Black, eres… - ella se encaró más.

¡SOY QUÉ! – gritó Sirius dando otro paso más hacia ella hasta que sus caras quedaron a un palmo de distancia, haciendo que sus corazones bombearan más fuerte.

No se escuchó nada durante unos segundos que a ellos se les antojó como una eternidad. Tal y como ocurrió el día de la selección de Marian, el mundo pareció pararse de repente, como si todo se hubiera congelado. Sirius podía sentir cómo la agitada respiración de Marian se hacía eco en su rostro, destilando un olor a vainilla muy dulce. Marian no dejaba de mirar fijamente los profundos y grises ojos de Sirius, los cuales, extrañamente, no reflejaban la tensión que la cara del Merodeador mostraba en aquel momento. Marian sintió una fuerza extraña que la empujaba hacia esos ojos que la miraban con tanta intensidad. Sirius, notó un mareo que le hizo imaginar que se estaba acercando demasiado a Marian cuando en realidad no era así e inesperadamente, volvieron a sentir aquella punzada tan famosa. Otra vez no… ¡¡¡MIERDA!!!

¡FIN DEL PRIMER ASALTO! – gritó una voz – ¡TODOS A LAS ESQUINAS! – era James, que venía con Remus y Peter. Sirius y Marian se separaron rápidamente aún más furiosos que antes.

¡Me voy! – dijo ella arrogantemente sin saludar a los demás.

¡Pues Adiós! – contestó Sirius de la misma forma.

¿Será posible? ¡Con todo lo que le he ayudado y me lo paga de esta forma! pensaba Marian mientras se iba corriendo a darle la buena noticia a sus amigas. Pero… ¿qué demonios me ha pasado por un momento? Parecía como… era como si yo... como si él… como… ¡Oh! este chico es lo peor del mundo… ¡LE ODIO!

¿Qué ha pasado con Marian? – preguntó Remus. James estaba tan absorto con la escena que ni pronunció palabra.

Nada – dijo Sirius sin dejar de mirar cómo Marian se iba haciendo aspavientos por el corredor. Luego volvió en sí – Además Rem, ¿desde cuando llamamos a las chicas por su nombre de pila? – el aludido puso los ojos en blanco – y por cierto Jimmy, al final SÍ – no quería dar más explicaciones, ya que Remus y Peter no sabían nada – y tu hermana también.