Capítulo 3: LA LUZ TRAS LAS TINIEBLAS

Era un día normal y corriente, o lo hubiera sido de no ser por un suceso que conmocionaría al mundo mágico y haría que muchas personas se echaran a la cama con problemas de conciencia.

Estaba preocupado. Él, Albus Dumbledore, veía como poco a poco las cosas se iban desmoronando a su alrededor. La Orden del Fénix seguía en activo, pero ya no era lo que antaño llegó a ser. Desde la muerte de Hermione no había semana en la que no surgieran conflictos internos, pero sin duda la persona que más le preocupaba de toda la Orden era la misma que los había reunido hoy allí.

En la mansión Black había un gran ajetreo, los miembros de la Orden del Fénix estaban reunidos, esperando, todos incluido Harry Potter, miraron a la entrada cuando las puertas se abrieron de golpe y por ellas apareció Remus Lupin.

Dumbledore: Bienvenido Remus, ¿puedes decirnos ya cuál es el motivo para que me hayas hecho convocar una reunión urgente a estas horas?

Remus: Este es el motivo, profesor. -Y sin más le arrojó a las manos el ejemplar de "El Profeta" que llevaba consigo.

Dumbledore: Imposible... -Dijo mirando la portada del mismo.

Remus: Imposible no, lógico en todo caso. Después de todo no hay nadie que sepa mejor que nosotros que la verdad, tarde o temprano, siempre acaba saliendo a la luz. ¿Quiénes son los traidores ahora, profesor? -Agregó tras una pausa al tiempo que levantaba una ceja y en su cara aparecía una sonrisa que nadie había visto desde hacía tiempo.

Dumbledore: Remus, yo...

Remus: No es a mi a quien debe ir dirigida esa disculpa, profesor. Y ahora, tanto si me disculpáis como si no, me voy a celebrarlo.

Y sin esperar a que Dumbledore saliera de su estupor abandonó la sala sonriendo.

Molly: Pero a qué se refería con eso. - Dijo la matriarca de los Weasley y cogió el periódico que Albus miraba todavía incrédulo, pero tan pronto como lo leyó lo dejo caer y todos los presentes pudieron ver que allí, acompañado de una gran foto y con letras grandes en la portada, el titular decía: Hermione Granger era inocente.

Y Harry miraba estupefacto la foto en la cual, la que antaño él llamó su mejor amiga y a la que más tarde traicionó, miraba hacia un punto fijo para luego saludar con el brazo derecho y comenzar a reírse. Y fue esa misma foto la que hizo que algo dentro de él se rompiera dando lugar al mayor dolor que jamás había sentido.

Mientras, en un cementerio del Londres muggle, un joven rubio estaba frente a tres tumbas con el mismo apellido, mirando fijamente una de ellas, y solo una frase surgió de sus labios tras dejar un ramo de rosas blancas y marcharse.

Draco: Por fin hemos hecho justicia a tu memoria, Mione.

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Scrimgeor: ¡Qué demonios significa esto! - Dijo al tiempo que estampaba un ejemplar de "El Profeta" contra la mesa haciendo que el auror frente a él temblase ligeramente. - ¡Cómo se han enterado!

Auror: Me temo que ha habido una filtración por parte de alguno de los miembros del tribunal, señor ministro.

Scrimgeor: ¡Pues encuentren a ese traidor y retiren los ejemplares del periódico antes de que los distribuyan!

Auror: Eso es imposible, señor ministro. - Dijo ganándose una mirada tétrica por parte de su superior. - Quiero decir que esta no es la edición para mañana, es un especial que han publicado y que ya ha sido distribuido esta tarde, no pudimos hacer nada para evitar que publicaran una noticia de tal magnitud.

Scrimgeor: Largo. -Dijo al tiempo que pasaba ambas manos por su frente secando un sudor imaginario. -Largo antes de que cambie de parecer y decida castigarte por tu ineptitud.

Y a los pocos segundos el sonido de la puerta al cerrarse hizo eco en la sala.

Miró con furia el papel que iba a ser, sin lugar a dudas, aquel que podría costarle su recién estrenado puesto de ministro, mientras el periódico se consumía lentamente en las llamas de la chimenea.

Y es que Rufus Scrimgeor sabía que todo en la vida dependía de la suerte que uno tuviera, y esta a su vez dependía de las personas con las que te aliases. Él había llegado a lo más alto gracias a una serie de promesas, aprovechando además la ineptitud de Fudge, y ahora estaba notando de lleno el peso de las mismas.

¿: Pobre muchacho. -Se tensó cuando sintió ese murmullo en su oreja al mismo tiempo que unos brazos se deslizaban sobre sus hombros. -No deberías ser tan cruel con ellos, después de todo no hay nada que un líder pueda hacer sin subordinados fieles.

Se levantó de su silla rápidamente dejando una distancia recomendable entre ambos cuerpos, pues si bien la figura frente a él era tentadora, bajo su piel solo había maldad pura.

Scrimgeor: Tenemos problemas.

¿: Dirás que tú tienes problemas. -Dijo la desconocida que se había sentado de forma despreocupada en la silla que ocupaba el ministro hace unos instantes.

Scrimgeor: No, esto nos concierne a ambos. Al parecer Fudge no era tan incompetente como nos hizo creer, mira esto. - Dijo con cierto tono de temor pasándole la hoja que había estado observando hace a penas unos segundos.

¿: ¡Qué es esto! -Dijo mirándolo entre furiosa y sorprendida al mismo tiempo.

Scrimgeor: Lo encontré ayer, tras el juicio de la mortifaga. Fudge había sellado una de las salas con numerosos hechizos, este fue uno de los documentos que encontré entre otros muchos.

¿: Hicimos un trato Scrimgeor, nosotros cumplimos nuestra parte y tú deberías haber hecho lo mismo...

Scrimgeor: Lo hice, cumplí el trato, todos creíamos que estaba muerta. ¿Por qué crees si no que hubiese dejado que se confirmase su inocencia? Ahora esto es un gran imprevisto que podría echar abajo nuestros planes. - Dijo nervioso, intentando justificarse ante la extraña.

¿: ¿Sabe alguien más de la existencia de este documento?

Scrimgeor: Nadie exceptuando al propio Fudge y a los gnomos de Azkaban, pero estos últimos no serán un problema.

¿: Bien. Dime, te gusta estar en esta silla... -Dijo refiriéndose al lugar en el que aún estaba sentada.

Scrimgeor: Por supuesto que sí, sabes muy bien que es lo que siempre había ansiado...

¿: Entonces será mejor que soluciones esto ya, o no podrás volver a sentarte ni en esta ni en ninguna otra silla, entendido.

Scrimgeor: ¡Pero cómo! Ahora todo el mundo sabe que no era culpable, no puedo ordenar que...

¿: ¿Estás seguro de que no puedes hacerlo? - Dijo mientras se levantaba para acercarse poco a poco al hombre mientras este iba retrocediendo en la misma medida. - No me importa como lo hagas, nuestros planes son demasiado importantes para verse desbaratados por tu incompetencia, así que te voy a dar a elegir dos opciones. ¿Su vida o la tuya? - Terminó con una sonrisa sádica mientras el hombre se puso más serio de lo que ya estaba. -Buena elección, tú ocúpate de la chica, nosotros nos ocuparemos del viejo Fudge.

Y tal como había aparecido desapareció, dejando tras de sí un ambiente de incomodidad.

Fudge volvió a su mesa, hizo un movimiento de varita y a los pocos segundos tres aurores aparecieron frente a él.

Auror 1: Nos llamó, señor ministro.

Scrimgeor: Así es. Vosotros soy los aurores en los que más confío, me habéis ayudado a llegar hasta aquí, aun sabiendo todo lo que eso conllevó. Es por eso que confió en vosotros para una misión, que si bien no será demasiado difícil llevarla a cabo, debe ser realizada en el más absoluto secreto, además de con la máxima discreción y rapidez, nadie debe enterare siquiera de la existencia de la misma.

Auror 2: ¿Tan importante es, señor ministro?

Scrimgeor: Me temo que la existencia del propio ministerio depende de ella, Venerdy. Nadie mejor que vosotros tres es consciente de la relevancia que un simple hecho puede tener en tiempos de guerra. La muerte de un inocente puede resultar algo injustificable pero, ¿y si esa muerte supusiera el que cientos de culpables pudieran ser condenados? Seria un asesinato justificado, no creéis.

Auror 3: ¿Es eso lo que nos pide, señor, la vida de un inocente?

Scrimgeor: Eso es, Dora. Sabéis que el pilar clave sobre el que se tambalea el ministerio en estos momentos no es otro que nuestra prisión, Azkaban. La gente sigue creyendo en nosotros en estos tiempos de crisis porque sabe que todo aquel mortifago que es condenado encuentra su muerte en ella, y todas las sentencias se llevan a cabo.

Venerdy: Pero, señor, creí que hablábamos de un inocente, no de un mortifago, de ser así su asesinato estaría completamente justificado...

Scrimgeor: La persona de la que os estoy hablando fue condenada bajo el cargo de ser un mortifago, pero hubo un fallo, la pena no se llevó a cabo y ahora se ha demostrado su inocencia. ¿Qué creéis que pasaría si la gente se enterase de que aquellos que son enviados a Azkaban bajo pena de muerte no son ajusticiados? El pánico cundiría, la gente no se sentiría a salvo en ningún sitio, pues dudaría de qué criminales están muertos y cuales continúan vivos, el ministerio caería en desgracia y Aquel que no debe ser nombrado aprovecharía nuestra debilidad para tomar el control. Así que decidme, seriáis capaces de llevar a cabo la misión por el bien de todos los ciudadanos. ¿Seríais capaces de sacrificar una vida inocente para que miles puedan vivir? ¿Lo haríais? - Terminó mirando a las tres figuras que estaban pensativas frente a él.

Auror 1: Lo haremos. -Dijo finalmente el que era el líder de ese equipo. - ¿Cuándo debe llevarse a cabo?

Scrimgeor: Esta misma noche, Hendrick.

Hendrick: ¿Cuál es nuestro objetivo?

Scrimgeor: Hermione Granger. -Obtuvo un movimiento afirmativo como respuesta. -Si no tenéis ninguna duda al respecto, podéis marchar. Los gnomos os guiarán hasta ella. - Los aurores se despidieron con un movimiento de cabeza y se dirigieron hacia la puerta. - Hendrick. - Dijo llamando al auror. - No quiero ningún fallo.

Hendrick: No los habrá, señor ministro.

La puerta se cerró y de repente el semblante apesadumbrado de Rufus pasó a convertirse en una macabra sonrisa y pronto estalló en carcajadas.

Que más daba esa chiquilla, que importaba Voldemort, había usado las ansias de justicia de aquellos ilusos a su antojo y ahora ellos la quitarían de en medio pensando que era lo correcto.

Lo había logrado con simples palabras, porque aunque muchos pensaran que él era un simple hombre de acción, lo cierto era que sabía muy bien como dar los estímulos necesarios a la mente humana, y trastornar a las personas para que hicieran lo que él quería.

Ahora había cumplido su parte del trato y a cambio conseguiría más poder del que tenía y muy pronto todos los que se opusieran a él caerían.

Volvió a sentarse en su silla, mirando el papel que tantos quebraderos de cabeza le había traído, y con un movimiento de varita y unas palabras susurradas, donde antes ponía pena de muerte: en espera, se formaban nuevas letras.

pena de muerte: ejecutada

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Hacía una hora que se había despertado y ya estaba aburrido, pues si hay algo malo de vivir eternamente es que aborreces muy pronto el tiempo y todo lo que tenga que ver con él. Así que allí estaba, tomando lo que los humanos llamarían té, pero que para él era una bebida bien distinta.

No le gustaba la monotonía que había tomado su vida, quizás por eso, últimamente, salía de casa más de lo acostumbrado para encontrarse con aquella chiquilla.

¿: Estúpidos humanos. - Se giró para observar al hombre que en una de las butacas de al lado sostenía una taza parecida a la que él tenía en la mano mientras hojeaba uno de los periódicos humanos, una de las tantas costumbres, estúpidas a su parecer, que el hombre había ido adquiriendo con el paso del tiempo.

Orión: ¿Qué pone, Alex? - Preguntó con cierto tono de aburrimiento, pues era la quinta vez que decía algo parecido desde hace una hora, y sabía muy bien que si no lo preguntaba Alex le cuestionaría el por qué de su pasividad y comenzarían otra estúpida discusión sin sentido.

Alex: Estos humanos se vuelven más locos con el pasar de los siglos. Resulta que metieron a una supuesta heroína en la cárcel, se la cargaron y ahora se ha demostrado que era inocente. Mira viene una foto y todo. ¿Quieres verla?

Orión: No, tengo demasiado trabajo por hacer. - Dijo al tiempo que se levantaba dejando la taza en la mesita frente a él y se disponía a salir del cuarto. - (Tres minutos más encerrado aquí y juro que se me hubiera pegado su estupidez.) - Adiós.

Alex: Pues tú te lo pierdes, la verdad es que no esta tan mal. Hermione… - Dijo leyendo el titular del periódico. -No me habría importado encontrármela viva.

Orión: ¿Cómo has dicho? - Dijo el vampiro que se había quedado paralizado junto a la puerta.

Alex: Que no me hubiese importado...

Orión: Eso no. ¿Cómo has dicho que se llamaba?

Alex: Según esto Hermione Granger. -Dijo con extrañeza, pues Orión no solía interesarse por ninguna de las noticias que él le contaba. - ¡Qué demonios te pasa! - Dijo al ver al hombre, pues en su rostro había aparecido una sonrisa que había tiempo que ninguno de los habitantes de la casa veía.

Orión: Nada, tengo que salir un momento, no tardaré. - Cruzó la puerta rápidamente y se dirigió hasta el vestíbulo.

Alex: ¡De eso nada! - Dijo el otro poniéndose entre la puerta de entrada y Orión. - Llevas unos días demasiado misterioso para mi gusto, además desapareces al poco de levantarnos y no vuelves hasta casi el amanecer. ¡Y sin cenar por si fuera poco! ¿Sabes lo que le estás costando a nuestras despensas? Desembucha si no quieres que la tengamos.

Orión: Lamentablemente, "hermano", no tengo tiempo para esto ahora, pero creo que cuando vuelva podré contestar a todas tus preguntas. De momento será mejor que vayas preparando una nueva habitación, para que no te aburras. -Dijo apartándolo de su camino con un brazo. - Si todo sale como planeo, muy pronto tendrá ocupante.

Y lo único que pudo hacer Alex fue quedarse mirando la puerta por la que había desaparecido su "hermano" con cientos de interrogantes más en su cabeza.

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Todo estaba mal. Su salud había empeorado de forma desmesurada los últimos dos días.

Tenía la vista nublada, estaba helada aun ardiendo en fiebre y hablar se había convertido en una hazaña casi imposible, solo roncos gemidos de dolor salían de sus labios ahora resecos, el jersey que llevaba puesto no le proporcionaba ningún calor, su piel había empalidecido aún más y en su cuello, el mordisco que había ido cicatrizando más lento de lo normal se encontraba ahora completamente abierto de nuevo y solo un trozo de tela impedía que se desangrara lentamente.

Pero, por si todo esto no fuera carga suficiente para su cuerpo, ahora se enfrentaba a otro reto. Huir.

Sabía por sus dementores que había tres extraños en Azkaban, y que no iban a ir a su celda precisamente de visita.

Cruzó la verja de la celda, la que había sido su hogar durante todo este tiempo, para empezar a caminar, ayudada por los dementores, por ese camino que hacía poco tiempo había dicho no tomar jamás.

Un rayo pasó por su lado a apenas medio metro dándole de lleno a una de sus criaturas, trastabilló un poco. Iban demasiado lentos y los aurores estaban tratando de llegar hacía donde estaba. Los dementores intentaban impedírselo, pero no hacían más que chocar contra los patronus que habían creado los magos.

Apresuraron el paso tratando de conseguir una pequeña ventaja, pues si había algo que pasaba en estos momentos por la mente de la joven a parte del dolor que sentía era que no iba a dejar que la mataran.

Era demasiado torpe en su estado, así que se transformó y en su forma felina consiguió moverse con mayor soltura y sin ayuda alguna, corrió por el camino que se sabía de memoria, aquel que la llevaría al mundo real del que tanto había intentado huir.

Saltó, y juró que había oído sus costillas tronar, pues el dolor que la recorrió la llevó a recordar la maldición cruciatus que Bellatrix tan "amablemente" le había enseñado. Dos. Solo dos saltos más la separaban del otro lado del corredor y una vez allí serían unos pocos pasos para llegar al exterior por uno de los conductos.

Apoyó sus patas en uno de los bloques salidos de la pared y tras un segundo salto tomó aire preparándose para el último salto. Miró atrás, los aurores estaban a apenas unos metros del lugar en el que había saltado por primera vez.

Hermione: (No se rendirán a no ser que acabe muerta.)

Volvió su vista hacía su objetivo y dándose impulso con las patas traseras saltó de nuevo, y en mitad del salto un nuevo brote de dolor volvió a recorrerla, más intenso que el anterior, obligándola a transformarse en mitad del mismo.

Se agarró con las manos al borde del pasillo mientras su cuerpo colgaba sobre el vacío, sentía dolores punzantes por todo su cuerpo, pero consiguió subir su peso hasta el pasillo cuando un rayo de luz impactó contra ella y chilló. Chilló por que el hechizo había hecho que su dolor se multiplicara.

Estaba claro que no la iban a dejar marchar, aún tenía tiempo pues los aurores debían dar una buena vuelta para llegar hasta donde ella estaba.

Hermione: ¡Maldita sea! - Dijo volviendo a chillar por el dolor, no podía moverse y profundos cortes estaban apareciendo en su piel haciendo que su sangre tiñera el suelo lentamente.

Una sombra se cernió sobre ella, y vio su salvación.

Hermione: Rigio mortis corpu. - Tras eso ya no pudo moverse, pero tampoco necesitó hacerlo.

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Al fin habían llegado, y la escena frente a sus ojos no les resultaba demasiado agradable a pesar de que era a eso a lo que habían ido a ese lugar.

Se acercó al cuerpo pisando la sangre que cubría el suelo. Tomó una de sus muñecas y esperó.

Hendrick: ¿Esta muerta, Venerdy?

Venerdy: Sí.

Dora: ¿Pero cómo ha pasado esto? Ninguno de nosotros ha utilizado un hechizo capaz de hacer semejante carnicería. - Estaba alterada y su estado se reflejaba en su voz.

Hendrick: Da igual como haya sucedido, sabías a lo que venías, esto solo es algo inesperado pero hemos cumplido la misión.

Venerdy: Pero todos estos cortes... - Dijo fijándose en la muchacha y algo en ella se removió al ver como los cabellos castaños de la niña, pues no podía llamarla de otra forma, estaban desparramados por el suelo cubiertos de su propia sangre. Una mano se apoyó en su hombro.

Hendrick: Tenemos que acabar con esto, no debe quedar indicio alguno. - Dijo haciendo mayor la presión sobre el hombro de su compañera, aunque su fría voz no se correspondía con la mirada de tristeza que tenía mientras observaba el cuerpo de la joven.

La luz del fuego envolvió el corredor mientras las llamas lamían las heridas del cuerpo que yacía inerte a unos metros de ellos. Y los tres, en su interior rogaban perdón a la chiquilla.

Hay veces en las que crees tomar la opción acertada, pero no te das cuanta que en realidad lo que estas haciendo es tomar la opción que crees que menos problemas te traerá.

Una lección que ellos, por desgracia, habían aprendido cuando ya no había vuelta atrás.

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Sabía que hacía aire, pero sus sentidos estaban demasiado nublados para sentirlo en su piel. Había salvado la vida por los pelos, y todo se lo debía a la sombra que ahora estaba a su lado, cuidándola mientras sentía como la vida de su ama escapaba con cada suspiro. Si alguien le hubiera dicho hace un tiempo que llegaría a deberles tanto a los dementores se hubiera reído en sus narices, pero es curioso la de vueltas que da la vida...

De momento estaba a salvo, podría morir a salvo, se rió de la ironía, después de todo esos aurores estarían demasiado ocupados observando su cadáver para percatarse de que no era real.

No podía moverse, por desgracia para ella la magia negra consumía mucha energía, energía que no tenía, así que cuando vio una silueta dibujarse en la niebla que cubría los alrededores de Azkaban ni siquiera se molestó en intentar moverse. La silueta se fue acercando más hasta estar a solo unos metros de ella, al verla apresuró el paso hasta estar a su lado y agacharse mientras intentaba levantarla un poco.

¿: ¡Qué te ha pasado! - Dijo exaltado. -¡¿Quién te ha hecho esto?!

Hermione: Orión... - Obtuvo la atención del hombre. - Duele...

Y verla así, a la leona que había osado enfrentarle a él por el cual los hombres gimoteaban como bebés de terror, fue demasiado. Vio su propio mordisco abierto en su cuello y se dio cuenta de que algo no iba bien.

Orión: Tranquila, Hermione, voy a ayudarte, ya verás. - Dijo rasgando su jersey para poder ver mejor sus heridas. - Te pondrás bien, tranquila. - Pero se quedó atónito ante lo que vio, pues en su abdomen empezaron a aparecer nuevos cortes sin motivo alguno haciendo que la chiquilla volviera a quejarse de dolor. La miró, las lágrimas bajando por su rostro y pasó su mano sobre los cortes que continuaban apareciendo, pero nada sucedía. - ¡No funciona! - Dijo mientras volvía a intentarlo frenéticamente. - ¡Maldita sea, por qué no se cura! ¡Funciona de una vez! ¡Qué es lo que pasa!

Posó una de sus manos sobre la de él que había empezado a temblar de rabia e impotencia, y consiguió que la mirase. Negó con la cabeza e intentó hablarle, y tras varios intentos un murmullo apenas audible brotó de sus labios.

Hermione: No funcionará, estoy enferma. Estoy enferma, Orión. - Sus sentidos se nublaban, dejo de distinguir forma o color alguno y los párpados le pesaban toneladas.

Orión: ¡No cierres los ojos! ¡Hermione, no cierres los ojos! ¡Hermione, no!

Y todo fue oscuridad.

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Estaba preocupado, dijo que volvería pronto y llevaba ya un tiempo esperándole, apenas quedaba una hora para el amanecer y temía por su seguridad, nunca se había retrasado tanto.

Sin embargo el ruido de la puerta al abrirse de pronto lo sacó de sus pensamientos y por ella entró rápido el objeto de sus preocupaciones.

Iba a reclamarle cuando se fijó en el bulto que cargaba guarecido con su capa y en su camisa, que antes blanca, ahora era de color escarlata. Lo vio buscar con desesperación entre los presentes en la sala y pronto su voz se escuchó por toda la casa.

Orión: ¡¡Vidente!!

Continuará...