Bueno, despues de mucho tiempo sin dar señales de vida, aquí os traigo un nuevo capítulo de la historia.

Espero que os guste y ya sabeis, agradezco cualquier duda, crítica o sugerencia que queráis plantearme.

Capítulo 15.- Alpha, la líder de la manada.

Quizás si hubiera estado en mejores condiciones podía haber previsto lo que pasaría, pero sentía sus sentidos entumecidos y su capacidad de reacción estaba bastante desmejorada, por lo que solo le dio tiempo de mirar a las cuatro personas que había frente a ella antes de que estos se levantaran de golpe y la apuntaran de forma amenazadora con sus varitas.

¿: ¡Dónde estamos! ¡Quién eres! – La cuestiono el joven castaño. -¡Responde!

Levantó una ceja con incredulidad. No sabía si echarse a reír o arrancarle la lengua a ese iluso, pues conforme se acercaban a ella apuntándola con las varitas su poca paciencia se evaporaba y sus ansias asesinas aumentaba. Se apretó las sienes ignorando los cuatro pares de ojos e intentando controlarse. Esto era lo que le faltaba para acabar la mala racha.

¿: ¡Contesta! –Increpó otro.

Sekhmet: ¡Se acabó! ¡Accio varitas! – Los chicos se sorprendieron, ni siquiera se habían dado cuenta de cuando había sacado la chica su varita y ahora las suyas estaban en manos de la morena dejándolos desprotegidos frente a cualquier ataque, desarmados.

Sekhmet: ¡Primero aparecéis de la nada haciendo que me pegue una buena leche contra el suelo! ¡Luego me amenazáis con vuestras varitas sin motivo alguno! ¡¿Y ahora me exigís respuestas?! ¡Ja! –Dijo al tiempo que levantaba la barbilla con altanería. -¡Os va a responder vuestro padre!

Bastante más calmada ahora que se había desquitado con ellos, se puso de pie y continuó su marcha hacia el castillo.

Sekhmet: (Paciencia, Hermione, paciencia. Un poco más y estarás calentita en tu cama...) –Sí, la verdad es que con sólo pensar en su mullido colchón la vida adquiría sentido…

¿: Oye, espera. –Sintió como la agarraban del brazo y la paciencia ya no le pareció una tan buena opción.

Sekhmet: ¡Qué queréis ahora! –Se giró con la varita empuñada y dispuesta a atacarlos, pero al volverse se encontró con una mirada dorada y sus ansias asesinas se fueron por el caño. ¡Maldita la debilidad que sentía por Lupin!

Remus: No queríamos ofenderte, sólo estábamos un poco confusos. ¿Podrías devolvernos nuestras varitas?

Se fijó bien en él, concretamente en la cicatriz casi imperceptible que surcaba el ojo derecho del chico y que el Remus que ella conocía no tenía.

En un principio no se había extrañado al encontrarse de frente a los merodeadores adolescentes, pues ella misma había jugado con el tiempo en innumerables ocasiones (de hecho alguna vez había viajado al pasado para debatir consigo misma algún que otro tema importante. ¿Quién mejor que ella para entenderse?) pero algo le decía que allí había gato encerrado. Estaba completamente segura de que Remus no tenía esa cicatriz… y eso no era posible…

Notó como el chico comenzó a sonrojarse, pues llevaba bastante tiempo mirándolo fijamente. Bajó la mirada hacia la mano del castaño que seguía sujetándola del brazo y este, entendiendo, se apresuró a soltarla inmediatamente mientras su sonrojo crecía.

El silencio lo lleno todo por unos segundos antes de que se decidiera a hablar.

Sekhmet: ¿Intentaréis atacarme si os las devuelvo? –El castaño negó con la cabeza, así que le entregó su varita y las de sus compañeros.

Remus: ¿Podrías contestar a lo que te preguntó James antes?

Afiló su mirada fulminándolo, por lo visto el licántropo se había percatado demasiado rápido de que parecía más calmada hablando con él y se estaba aprovechando.

Sekhmet: Estais en Hogwarts, en 1997.

Remus: ¿Hogwarts? –Repitió el chico girándose hacia los otros merodeadores que la miraron como si les acabara de hablar en chino.

Fue entonces, cuando no pudo seguir evitando mirar al cuarto merodeador, cuando se cercioró de que allí pasaba algo raro, pues en vez de encontrarse con Petter se topó con unos cabellos rubios y una mirada acerada y fría como el hielo. Una mirada que ella conocía muy bien…

Sekhmet: Malfoy… -A pesar de que lo susurró para ella misma los otros la escucharon y se giraron hacia ella.

Estaba tan perturbada que ni siquiera vio el primer hechizo que impactó sobre ella y ni se resistió cuando la ataron y le quitaron la varita.

James: ¡Sabía que no debíamos fiarnos de ella! ¡Como mínimo conoce a Lucius y ya sabe como me llamo yo! ¿¡Quién nos asegura que en todo este tiempo no estaba pensando la mejor manera de entregarle nuestras cabezas a Voldemort!

Sirius: ¿Qué proponéis entonces?

James: Deberíamos borrarle la memoria para asegurarnos de que no pueda delatarnos.

Algo hizo click en su cerebro al escuchar las palabras del castaño, nadie se metía en su mente sin su permiso, no lo hacía un vampiro antiguo y mucho menos lo haría un chiquillo que hacia tan solo unos años aún moqueaba.

Se disponía a quemar las cuerdas que la retenían cuando Remus protestó.

Remus: Esperad.

Sirius: ¿Qué pasa ahora, Lunático?

Remus: ¿Es que nunca os dais cuenta de nada? –Se acercó a ella mientras negaba con la cabeza mostrándose resignado ante la impulsividad de sus amigos. -¿Por qué nos has dicho el año en el que estábamos si nosotros sólo te hemos preguntado el lugar?

Suspiró con hastío.

Sekhmet: ¿Dónde está Petter Pettigrew? – Observó como el chico parecía descolocado.

Sirius: ¿Para qué íbamos a traer a ese inútil con nosotros? –Por su tono de voz juraría que el moreno se había ofendido, pero tampoco es que esto le importara demasiado. -¿Y de qué lo conoces?

Sekhmet: Soltadme. –Dijo mirando directamente a Remus.

Lucius: No. –Negó el rubio con rotundidad.

Sekhmet: Soltadme o lo haré yo misma. –Le devolvió la misma mirada altanera que este le estaba dando.

Lucius: Como si pudieras… -Concluyó sonriendo con malicia, pero su sonrisa desapareció al ver como las cuerdas desaparecían envueltas en llamas.

No dijo nada, solo se levantó ante las miradas sorprendidas de los otros tres y pasó por al lado del rubio triunfante.

Sekhmet: Seguidme, este no es un buen sitio para hablar. –Comenzó a caminar en dirección al Bosque Prohibido. Si la seguían o no, no era problema suyo.

Sirius: No creo que debamos seguirla, podría ser una trampa. –Miró a sus compañeros buscando apoyo en ellos pero se sorprendió al ver que Remus ya estaba caminando al lado de la morena. -¡Lunático! –Le reprochó por su traición.

Sekhmet: ¿De qué tienes miedo, Black? Dudo que pueda hacerte mucho daño estando desarmada… -Por extraño que pareciera la sonrisa de la morena era exactamente igual a la de Lucius cuando lo retaba… y un Black nunca rechazaba un reto.

Comenzó a andar seguido de los otros dos hacia donde el merodeador y la morena se habían detenido a esperarlos, pero se detuvo de repente.

Sirius: ¡Genial, ahora también me conoce a mí!


Después de un buen rato caminando llegaron a una casa bastante tétrica y destartalada y entraron en ella acomodándose en una de las salas.

Lucius: ¿Dónde estamos?

Sekhmet: Es la Casa de los Gritos. ¿La conocéis?

Los otros se quedaron callados. Conocían esa casa pero no como estaba ahora, la última vez que entraron en ella las paredes estaban completamente cubiertas de sangre.

Remus: ¿De qué nos conoces y qué es lo que sabes de nosotros? Porque está claro que algo sabes. –La morena le sonrió con condescendencia.

Sekhmet: Habéis viajado en el tiempo. ¿No me equivoco, verdad?

James: No.

Sirius: ¡Pero no le contestes, Cornamenta!

Sekhmet: ¿Qué año exactamente?

Lucius: 1977.

Sirius resopló abatido, parecía que todos pasaban de él olímpicamente.

James: ¿Vas a decirnos ahora de qué nos conoces?

Sekhmet: En realidad no os conozco a vosotros si eso es lo que creéis, conozco a los merodeadores de esta época. –Se detuvo unos instantes pensando. -¿Sois los merodeadores, verdad? –Vio como Remus le asentía.

Sekhmet: ¿Podéis devolverme mi varita? Quiero enseñaros algo.

Los otros tres se giraron hacia Sirius que era quien guardaba la varita de la morena.

Sirius: ¡Ni hablar! ¡Es que acaso os habéis vuelto locos para confiar así sin más en ella!

Remus: Toma. –El castaño le dio la suya mientras el moreno seguía despotricando por detrás.

Sekhmet: Gracias… -Sabía que los otros, a pesar de no haberse opuesto, la observaban dispuestos a intervenir en caso de que se pasara de lista. Unas cuantas palabras, algún que otro movimiento preciso y en su mano apareció una vieja foto que le entregó al castaño.

Sekhmet: Esto es lo que yo conozco. –Dijo al ver como los otros se mostraban bastante sorprendidos al observar las cuatro figuras de la fotografía que les sonreían desde los terrenos de Hogwarts, una de las fotos que Remus le había entregado después de que una tarde estuvieran hablando sobre el pasado y su época en el castillo, un recuerdo que no le había podido devolver.

Se acercó a ellos y fue señalando uno por uno.

Sekhmet: Remus Lupin, Lunático. James Potter, Cornamenta. Sirius Black, Canuto y Petter Pettigrew, Colagusano. –No pudo evitar el tono ácido que cobró su voz ante el último de los muchachos, y tampoco le importó mucho que ellos se percataran de esto.

Sirius: ¡Eso es imposible! Petter jamás sería uno de los nuestros. ¡No tiene espíritu de merodeador! –Dijo como si ese fuera el eje de todo el problema. –Además, nosotros nunca nos hemos tomado esa foto.

Sekhmet: Quizás vosotros no, pero ellos sí. –Vio la cara de desconcierto de este y supo que tendría que explicárselo paso por paso, suspiró con hastío. –Entre otras cosas lo que más me ha chocado es veros con Malfoy, si lo que habéis hecho a sido viajar en el tiempo es obvio que algo ha salido mal. En pocas palabras, vosotros no sois ellos. –Dijo señalando la foto. –Lucius Malfoy jamás formó parte de los merodeadores, al menos no de estos.

Remus: Sirius, devuélvele su varita. –El moreno estaba tan sockeado que ni siquiera se acordó de protestar y se limitó a entregarle el trozo de madera a la chica.

Lucius: ¿Dónde estamos entonces?

Sekhmet: Ya os lo he dicho, estáis en 1997, pero en un futuro que no es el vuestro.

Remus: Lo que insinúas es que no solo nos hemos desplazado a través del tiempo sino que además hemos cambiado de línea temporal. ¿No es así? –Cuestionó el castaño.

La chica dio gracias por poder hablar con alguien que llegara a las mismas conclusiones que ella y se apresuró a asentir.

Sekhmet: Exacto.

James: ¿Tú sabias que esto podía pasar, Remus? –Vio como el otro asentía.

Remus: Era uno de los riesgos. Los saltos en el tiempo no es algo que se deba tomar a la ligera. Existe una unión entre el espacio y el tiempo, por lo que también existe la posibilidad de cambiar de espacio al cambiar de tiempo, sobre todo si el viaje es al futuro, ya que no tienes idea alguna de si el lugar en el que inicias el viaje seguirá existiendo en la época de llegada. Supongo que eso es lo que nos ha pasado a nosotros.

James: En pocas palabras, este no es el mundo que nosotros conocemos. ¿Verdad? –El castaño le dio la razón.

Se produjo un silencio incómodo en el que pudo darse el lujo de observarlos detenidamente sin que estos se percataran, analizando las diferencias de los chicos con los hombres que ella conocía y buscando similitudes entre James y Harry.

Parecía que se hubieran puesto de acuerdo, pues los cuatro se giraron mirándose entre ellos para luego, de repente, mirarla a ella.

Lucius: ¿Y Voldemort? –La pregunta consiguió descolocarla por lo que no respondió. -¿Existe Voldemort aquí?

Sekhmet: Sí. –Contestó cuando salió de su ensoñación. –De hecho ahora mismo estamos en guerra con él. Voldemort se está haciendo poco a poco con el control del mundo mágico. ¿Por qué me preguntáis eso?

Ninguno le respondió. Tuvo la tentación de intentar colarse en sus mentes pero consiguió resistirse, no parecían confiar demasiado en la gente y a pesar de que hasta ahora no le había ido "completamente" mal con ellos, no quería arriesgarse a que alguno de ellos se diera cuanta de lo que hacía y se volvieran contra ella. Después de todo ella no tenía la habilidad de poder sortear las barreras mentales de los magos sin que estos se enterasen como Orión.

Sekhmet: Será mejor que os lleve a Hogwarts. Hogwarts, el colegio de magia. –Insistió al ver que los chicos parecían no saber de lo que hablaba. -¿No conocéis Hogwarts?

Remus: Sólo por leyendas.

Definitivamente aquello acabó por afirmarle que no deseaba saber cómo era el mundo del que venían. Un lugar con Voldemort pero sin Hogwarts pintaba muy mal…

Sekhmet: En el colegio se enseña a utilizar las diferentes ramas de la magia y quizás el director, por mucho que me cueste admitirlo, sea capaz de hacer algo para ayudaros y en caso de que no pueda hacer nada tendréis un mejor sitio para dormir que la Casa de los Gritos.

Desandaron todo el camino hasta el lugar en el que los merodeadores habían aparecido y se acercaron a las grandes puertas de roble mientras los chicos se reprochaban el no haberse percatado antes del magnífico castillo que se erguía ante ellos.

Siguieron a la morena a través de numerosos corredores hasta que esta se detuvo en un pasillo frente a una gárgola.

Sekhmet: Palito de mora. –La gárgola se apartó revelando la escalera y la chica los instó a que subieran.

Remus: ¿Cómo te llamas? –Le preguntó el castaño.

Sekhmet: Sekhmet Lefey. –El chico hizo un gesto de afirmación.

Iban a subir las escaleras cuando sujetó a James por la manga de la camisa.

Sekhmet: Os agradecería que no le contaseis nada a nadie sobre nuestro pequeño encuentro y nuestra conversación, mucho menos al director.

James: ¿Por qué?

Sekhmet: A todos nos gusta que nuestros secretos sigan siéndolo. ¿Verdad? –Chantajeó la chica.

Lucius: No diremos nada, puedes estarte tranquila. –Definitivamente la palabra de Lucius Malfoy no le servía de mucho a ella, pero no tenía más opciones así que rezó para que el rubio fuera menos traicionero que el padre de Draco y se marchó hacia la torre Gryffindor.

Se regocijó cuando cayó sobre las suaves sábanas, se giró de lado abrazando a Nekros y pasando sus dedos entre su pelaje mientras sentía como Perséfone se desprendía de su brazo para enroscarse tras su nuca.

Sekhmet: (¿Por qué habrán hecho ese viaje los merodeadores?) –Sintió como el cansancio hacía mella y el sueño la iba invadiendo, por lo que dejó de intentar sacarle respuesta a todo y cerró los ojos para dormir.

Mañana también sería un día agitado en Hogwarts…


Estaba recostada en la cama del rubio, bebiendo su habitual copa de sangre, mientras las cosas volaban a su alrededor.

Vio como este arrojaba un pequeño baúl contra el espejo de la cómoda haciéndolo añicos pero no se sorprendió, comparado con el resto de la habitación el espejo había tenido suerte.

Ese día habían cancelado la clase de DCAO y habían llamado al despacho del director a Draco y a Harry, sumando a esto el hecho de que Sirius no había estado persiguiéndola como de costumbre, no le era difícil saber el por qué del enfado del rubio.

Fue cuando se dio cuenta de que en la habitación no quedaban más objetos por destruir que la cama en la que ella estaba y vio como Draco se acercaba hacia allí con la mirada enloquecida cuando decidió intervenir por el bien de su comodidad.

Sekhmet: ¿Vas a contármelo ya o tengo que hacer que te desahogues a la fuerza? –Buscó un lugar seguro en el que dejar la copa vacía mientras el chico se detenía a unos pasos de la cama, pero era tal el caos a su alrededor que optó por simplemente arrojarla por ahí. ¿Qué más daban unos cuantos cristales de más?

Draco: ¡No puedes imaginarte quién había en el despacho del viejo loco! ¡Ni siquiera puedes…! –Gritó mientras comenzaba a darle patadas a lo que hacia tan solo unas horas era una silla y se había convertido en resquebrajados trozos de madera

Sekhmet: Si que puedo, porque fui yo quien encontró ayer a esos cuatro. –La cabeza del rubio giró hacia ella como impulsada por un resorte y sus ojos se clavaron en los suyos mirándola como si acabara de decir la mayor blasfemia de la historia.

Draco: ¿Cómo? –Escuchó la ira contenida en su voz pero no se preocupó demasiado y se limitó a asentir.

Sekhmet: Lo que has oído, querido.

Draco: ¡¿Tú le ayudaste?! ¡Después de todo lo que me hizo, de todo lo que sufrí por su culpa, le has ayudado! ¡¡Has ayudado a ese asesino!! –Gritó apuntándola con el dedo de forma amenazante ocasionando que se levantara furiosa ante lo que las palabras del rubio escondían.

Sekhmet: ¡¡No es tu padre, Draco!! –El rubio se sorprendió ante la actitud de la morena olvidándose de su furia. Desde que habían vuelto a encontrarse la chica jamás le había levantado la voz de ese modo ni le había hablado con tanta frialdad.

Se sentó en la cama apoyando los brazos en las rodillas y aceptando que se había pasado un poco, Hermione jamás sería capaz de hacer conscientemente algo que pudiera hacerle daño.

Suspiró derrotado.

Draco: Borton. –La chica le miró con el ceño fruncido para que se explicara. –Ahora se llama Lucius Borton, Dumbledore les ha dado alojamiento. –Prosiguió más calmado.

Sekhmet: Lo imaginaba.

Draco: Hasta el nombre es patético. –La sonrisa hueca que le regaló con estas palabras hizo que algo dentro de ella doliera, por lo que se acercó hasta el chico y lo abrazó con cariño.

Sekhmet: ¿Estás más calmado? –Le preguntó cuando pasaron unos minutos, gesto que el chico correspondió afirmando.

Draco: Solo ha sido la rabia del momento, sabes que no suelo perder los nervios…

Sekhmet: Gracias a Dios que lo sé y que no haces esto muy a menudo. –Terminó separándose de él y haciendo que la habitación volviera a su estado normal con un movimiento de su mano.

Draco: Siento haberte gritado. –La otra le quitó importancia y se sentó a su lado.

Sekhmet: ¿Así de mal has reaccionado allí?

Draco: Peor… -Respondió sonriendo con malicia.

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Entró en el despacho del viejo sin llamar a la puerta, tan altivo como siempre y se encontró con que Potter también estaba allí junto a Lupin y el chucho de este.

Tomó asiento en una de las sillas libres antes de que el director se lo ofreciera. ¡Cómo odiaba su patética cortesía!

Dumbledore: Bien, ahora que ya estamos todos creo que puedo comentar el motivo por el que les he hecho venir hasta aquí. –Los evaluó a través de los cristales de sus gafas de media luna. –Ayer por la noche se dio un suceso… ¿cómo lo diría? Bastante inesperado, creo. Verán, ayer llegaron a mi despacho cuatro personas que están bastante ligadas a ustedes y que van a pasar a formar parte del centro, por lo que he creído oportuno que se conocieran aquí para evitar encuentros poco provechosos por los pasillos.

Alguien llamó a la puerta del despacho.

Dumbledore: Antes que nada quiero pedirles que hagan su mayor esfuerzo por mantener una mente abierta, esto quizás resulte algo traumático. ¡Adelante!

La puerta se abrió y por ella aparecieron cuatro figuras. Tres de ellas no le dijeron nada, pero en cuanto vio a la cuarta dejó de pensar con claridad, sacó la varita y atacó.

Al otro apenas le dio tiempo de protegerse y una autentica batalla campal se dio en el despacho del director mientras los otros intentaban (sin demasiado éxito) evitar que el lugar quedara destrozado.

Remus: ¡Quietos todos! ¡Se puede saber qué demonios estáis haciendo! –Gritó el profesor.

Las imágenes de los retratos habían desaparecido, la mayor parte de los libros que había allí estaban destrozados, aún caían trozos de paginas que habían volado por los aires y Fawkes, que había abandonado su percha por un lugar más seguro, había perdido completamente las plumas debido a algún hechizo, pareciendo un periquito grande y calvo.

Lucius: ¡Es este maldito crío el que ha atacado primero! –Respondió el rubio señalándolo.

Dumbledore: Señor Malfoy, compórtese por favor. –Reprochó el viejo mago observando con aprehensión el extraño agujero circular que había aparecido en mitad de su larga barba.

Lucius y Draco: ¡No tengo por qué comportarme! –El chico se cayó sorprendido mientras se fijaba en lo parecidos que eran, mientras Draco continuaba a la carga.

Draco: ¿¡Qué demonios significa esto!? ¡Puede que Potter no tenga ni media neurona como para exigir una explicación pero yo si! –Dijo refiriéndose al moreno que estaba embobado observando a su padre para incomodidad de este.

James maldijo al rubio por lo bajo al creer que el insulto iba dirigido hacia él pero Draco lo ignoró.

Draco: ¡Qué hace este asqueroso mortifago aquí! –Terminó señalando a su propio padre mientras el silencio se hizo dueño del despacho de repente.

Dumbledore: ¡Basta! –Dijo levantándose de su asiento. –No consiento que hable así de alguien estando yo presente. No apruebo su comportamiento señor Malfoy, así que siéntese. –El rubio permaneció de pie retándolo con la mirada. Si ese viejo loco creía que le iba a hacer caso es que no sabía con quien hablaba.

El director al ver que no había manera de meter en cintura al chico se resignó y prosiguió con lo que había empezado.

Dumbledore: Estos chicos han acabado aquí como consecuencia de un viaje temporal fallido, pero no tienen nada que ver directamente con ustedes pues pertenecen a otra línea temporal. De hecho, es muy posible que el señor Malfoy –dijo refiriéndose a Lucius. –ni siquiera sea tu padre, Draco.

Eso sin duda lo descolocó un poco pero no dejó que su aspecto lo delatara y la furia aún bullía en su interior.

Dumbledore: No quería comunicarles esto de una forma tan precipitada pero no me ha dejado opción. Es muy posible que los señores Potter y Malfoy no tengan ningún lazo de sangre con ustedes –terminó refiriéndose a Draco y a Harry –pero creí importante avisarles de su presencia pues estudiarán aquí como cualquier otro alumno hasta que logremos encontrar lo que hizo que su viaje fallara para así poder devolverlos a sus hogares.

Remus: Pero Dumbledore, no crees que sería muy extraño. Es decir, sería raro que hubiera dos Remus Lupin en el castillo, eso sin contar con que Lucius Malfoy tuviera diecisiete años y que Harry y James Potter estudiaran en el mismo curso…

Dumbledore: Ya habíamos previsto ayer esta situación por lo que decidimos que lo mejor seria que los chicos cambiaran sus apellidos para evitar sospechas. Se que sería mejor cambiar el nombre completo –Dijo adelantándose a la pregunta de Remus. –pero nadie es capaz de acostumbrarse a llamarse de otra forma de un día para otro, sería más fácil que los chicos se equivocaran en cualquier descuido. Por este motivo os presento a James Ewens, Remus Daniels, Lucius Borton y Sirius Peerson.

El último miraba confuso al gran perro negro. ¿Por qué no había abandonado su forma de animago?

Dumbledore: En verdad que esta situación es bastante delicada, por lo que espero la cooperación de todos ustedes para que todo salga bien. Creo que es su deber ayudar a que los muchachos puedan adaptarse a la vida en el castillo en el menor tiempo posible… -El ruido de la silla al caer al suelo debido a la patada que Draco le había dado interrumpió sus palabras.

Draco: Creo que ya escuchado suficientes desvaríos por hoy. –Caminó con aire altivo hacia la puerta controlando a duras penas la rabia que sentía.

Dumbledore: ¿A dónde cree que va, señor Malfoy? Aún no he terminado.

Draco: Le voy a dejar una cosa bien clara, yo no acepto sus órdenes bajo ningún concepto. El monstruo que tenía por padre está muerto y me alegro de ello. –Le dedicó una última mirada fría al rubio y salió de allí dando un portazo.

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Sekhmet: Vaya… -Respondió la morena sorprendida, la verdad es que el chico había perdido los papeles. -¿por qué me da que voy a recibir muy pronto una carta del viejo loco informándome sobre tu mal comportamiento? –Sonrió de lado dándole a entender al otro lo mucho que disfrutaba al saber que Dumbledore ni siquiera sospechaba que tenía al tutor de Draco Malfoy ante sus propias narices.

Draco: ¿Crees que me he pasado?

Sekhmet: Un poco, aunque debo reconocer que me complacen los quebraderos de cabeza que le causas al viejo. Aunque si los chicos son realmente los merodeadores, y piensan más o menos como los de este tiempo, lo de asqueroso mortifago no ha debido sentarle muy bien a Lucius…

Draco: Ni sueñes que vaya a disculparme con ese… -Cayó al ver la mirada de reproche de la morena. -¿Qué? ¡Me sale sólo! –Terminó encogiéndose de hombros.

Sekhmet: Tú no te disculpas con nadie ni aunque te paguen…

Draco: Sabes que eso no es cierto, acabo de hacerlo contigo. Además, qué esperabas, soy un Malfoy y los Malfoy siempre tenemos la razón. –Terminó de forma altanera inflando el pecho.

La chica suspiró derrotada ante al carácter del otro. Era cierto que a veces le hastiaba sobremanera, pero sin él el rubio perdería gran parte de su encanto.

Sekhmet: Si, desde luego los Malfoy tenéis razón y ego…


(Para evitar que el relato se complique y resulte lioso distinguir a unos merodeadores de otros, a partir de ahora siempre que los que hablen sean los Remus o Sirius ajenos a este tiempo, me referiré a ellos poniendo una M de merodeador antes de su nombre, a ver si así nos aclaramos un poco…)

Dos días habían pasado desde que llegaron a ese mundo desconocido para ellos y, mientras caminaba junto a su homologo canino, recordó la selección de casas que se había llevado a cabo esa misma mañana en la que Remus, James y él habían acabado en Gryffindor mientras Lucius había terminado en la mesa de Slytherin.

Volvió a mirar al perro negro que lo acompañaba, su vida nunca había sido fácil y parecía que eso no iba a cambiar por mucho que se encontrara en otro mundo.

Durante la larga conversación que mantuvieron ayer por la noche el prófugo le había puesto al tanto de cómo había sido su vida, jamás pudo imaginar que Pettigrew pudiera ser tan mezquino cuando el de su época apenas podía realizar algún hechizo defensivo con éxito.

Ese día el director, cuyo nombre no recordaba, les había dado permiso para faltar a clases y que tuvieran tiempo de familiarizarse un poco con el castillo y sus manías por cambiar las escaleras de sitio cuando más las necesitabas.

Se había sorprendido bastante al percibir la sensación de tranquilidad y comodidad que se respiraba entre los fríos muros de piedra, sin duda le hubiera gustado aprender a hacer magia en un sitio como aquel.

Despertó de su ensoñación al sentir como su otro yo se alejaba de él corriendo en dirección a una chica y decidió seguirlo.

Sekhmet: Vaya, ya te echaba de menos, bola peluda. –Vio como el perro se tumbaba patas arriba y caía rendido ante las caricias de la morena que se encontraba rascándole la tripa en ese momento.

Había cosas que no cambiaban, el hombre se estaba aprovechando de su condición canina para obtener los mimos de la chica, no le extrañaba, después de todo la chica era guapa.

M. Sirius: (Quizás yo también pueda sacar provecho de la situación.) –Pensó mientras se imaginaba a sí mismo convertido en perro y siendo acariciado.

Entonces se fijó en la chica, que había dejado de rascar a Sirius para disgusto de este, y se percató de que era la misma con la que se habían encontrado en los terrenos.

Sekhmet: ¿Quién es tu nuevo amigo, Canuto? –Estuvo a punto de contestar cuando comprendió que en realidad se estaba refiriendo al perro y recordó la promesa que le habían hecho, supuestamente ellos no se conocían.

Se dio cuenta de que la chica había llamado al perro Canuto. Ella sabía quién era él y sabía que también lo llamaban Canuto, luego sabía que el perro era él, bueno, no él, sino él en este lugar…. ¡Malditos él!

Reaccionó al notar la mirada divertida de la morena clavada en él.

M. Sirius: Sirius Peerson, gryffindor desde esta mañana. –Le tomó la mano y se la besó en un ademán que planeaba ser seductor pero que apenas tuvo efecto en la chica para desgracia de su ego. -¿A dónde vas? –Le preguntó al ver los libros que cargaba.

Sekhmet: Tengo clase de herbología.

M. Sirius: Te acompaño entonces. –Lo miró incrédulo al igual que Sirius. ¿En que tipo de mundo podía gustarle al Black ir a clase?

M. Sirius: Tenía el día libre, pero creo que he encontrado algo bastante interesante por el camino que ha hecho que crezcan en mi unas ganas locas de ir a clase. –Terminó sonriéndole provocativamente y mirándola de arriba abajo.

La chica levantó una ceja confusa.

Sekhmet: (¿Es mi impresión o Sirius me está tirando los tejos?)

Caminaron los tres juntos hasta llegar a los corredores, el chico intentó acercarse a la morena en más de una ocasión pero los constantes gruñidos que le lanzaba su homónimo acabaron por hacerlo desistir. Resultaba bastante extraño el que él mismo se estuviera gruñendo…

Cuando llegaron hasta el invernadero el moreno se sorprendió al ver que Sirius no parecía que se fuera a detener.

M. Sirius: ¿No les importará que él entre en la clase?

Sekhmet: Para nada, ya están todos acostumbrados a que no se separe de mí ni un momento. –El chico aceptó la explicación no muy convencido. –Y algo me dice que dentro de poco tendré a otro Canuto detrás de mí todo el día. –Murmuró para que solo ella y el perro pudieran escucharlo haciendo que este resoplara.


Remus: ¿Así que tú también eres un licántropo? –Preguntó el hombre sentándose en el sillón de enfrente del muchacho castaño, el cual observaba con curiosidad su despacho.

M. Remus: Sí, también fue Greyback quien me mordió. –El silencio reinó en la sala. –Sabes, jamás creí que pudiera ser profesor.

Remus: Bueno, supongo que es natural. Quizás en el fondo seamos la misma persona, pero las circunstancias nos han hecho distintos… ¿Qué te parece Hogwarts?

M. Remus: Está bien, aunque me cuesta acostumbrarme a tanta tranquilidad. En nuestro mundo, cuando yo nací, Voldemort hacia ya tiempo que había tomado el control. –Se puso serio al recordar. –Siempre pensamos que este lugar no era más que una leyenda, jamás dimos con nadie vivo que hubiera estado aquí, aunque la verdad es que tampoco quedamos muchos con vida. –Sonrió con tristeza y el hombre no pudo evitar pensar que posiblemente ese muchacho había tenido una vida aún peor que la suya.

Remus: ¿Estáis en guerra?

M. Remus: Puedes llamarlo así si consideras que unos cuantos intentos de sublevación de un grupo ridículamente pequeño son una auténtica amenaza contra un estructurado imperio de maldad… La verdad es que el viaje en el tiempo fue una medida desesperada y ni siquiera eso nos ha salido bien… -Se levantó del sofá y se puso a caminar taciturno. –No sabemos si podremos volver allí algún día, pero mientras tanto hemos decidido ayudaros, Remus. No queremos que vuestro mundo se convierta en el infierno que es el nuestro.

El lobo no pudo más que admirar su determinación y asentir dándole a entender que contaban con su apoyo.

Vio como el castaño se acercaba a su escritorio y tomaba una de las pocas fotos que tenía allí.

M. Remus: ¿Estos sois Sirius y tú? –El hombre se acercó para ver la fotografía.

Remus: Sí, la tomamos hace unos cuantos años en la casa de Sirius. –Contestó sonriendo con nostalgia.

En la imagen se veía el árbol familiar de los Black al fondo, a la derecha estaba él riéndose de Sirius que aparecía al otro lado con cara de enfadado porque no quería hacerse la foto y, en medio, sujetando a cada uno por un brazo, estaba ella sonriendo porque había conseguido que el heredero Black posara.

M. Remus: ¿Y ella? –Preguntó refiriéndose a la chica.

El otro cogió el marco y acarició la imagen con cariño.

Remus: Hermione, una de las pocas personas en las que he llegado a confiar a lo largo de toda mi vida. Estoy seguro de que te habrías llevado muy bien con ella…

M. Remus: ¿Dónde está?

El hombre dejó el marcó sobre la mesa y lo puso boca abajo para no ver la imagen, intentando quizás escapar de todos los recuerdos que esta le traía.

Remus: Hay heridas en las que es mejor no hurgar, supongo que tú lo entenderás.


Estaba sentado en la mesa de los leones, incapaz de apartar la mirada de la persona sentada frente a él y es que no se hacía a la idea de tener un hijo de su misma edad. Los líos del tiempo iban a acabar por conseguir lo que Sirius no había logrado en todo este tiempo, volverlo loco.

Sintió como dos pesos se sentaban uno a cada lado.

James: ¿Qué tal ha ido?

M. Remus: Bastante bien.

James: ¿Sirius? –Preguntó al ver que el otro se quedaba callado.

El moreno se limitó a apoyar la cabeza en la mesa y cubrirse con los brazos.

James: ¿Qué ha pasado? –Preguntó serio.

M. Sirius: Ese maldito viaje en el tiempo ha tenido efectos secundarios. –Respondió de forma lastimera.

M. Remus: ¿Es que te encuentras mal?

El moreno levantó la cabeza de repente, agarró a James por la camisa y comenzó a zarandearlo para desgracia de este.

M. Sirius: Tienes que deshacerlo, Cornamenta. ¡Necesito que vuelva a mí! –Los dos castaños se replantearon seriamente la salud mental de su compañero.

James: ¿Tú sabes de lo que está hablando?

M. Remus: Ni idea. –Contestó mientras el otro seguía desvariando.

M. Sirius: Mi arma infalible, el efecto Black. ¡Ha desaparecido!

James y M. Remus: El efecto Black… -Los dos merodeadores se miraron unos segundos antes de estallar en carcajadas.

M. Remus: ¿Quién te ha dado calabazas esta vez, Canuto? –Preguntó el castaño una vez que consiguió parar de reír.

M. Sirius: ¿Recordáis a la chica que nos encontramos la otra noche al llegar? –Los otros asintieron. -¡Pues yo debía estar loco para haber pasado por alto semejante preciosidad!

James: Parece que tu arma infalible si falla después de todo…

M. Sirius: ¡Por supuesto que no! –Afirmó levantándose de la mesa. James se apresuró a estirarle del pantalón obligándolo a sentarse para evitar que llamaran más la atención. -¡Ha sido todo culpa de este maldito viaje! Nadie puede resistirse a un Black. –Terminó inflando el pecho con orgullo.

James: Sí, sobre todo cuando Black y egocéntrico son sinónimos. –Puntualizó pinchando al otro.

M. Sirius: ¡James!

M. Remus: Si yo fuera tú no hablaría demasiado, Cornamenta. –Comentó como quien no quiere la cosa. –Después de todo creo recordar que tu madre era una Black, por lo que algo de sangre habrás heredado…

James: ¡Remus!

Un pelirrojo los interrumpió justo cuando este iba a contestarle al lobo.

Ron: Hola. ¿Qué tal? Soy Ron Weasley y éste es Harry Potter. –Se presentó ofreciéndoles la mano, la cual los merodeadores tomaron con ciertas reservas.

James: Ya nos conocíamos. –Dijo refiriéndose a su hijo que los miraba un poco avergonzado… ¡Ese chico si que no tenía genes Black!

Ron: Y bien, ¿qué os parece Hogwarts?

Los dos merodeadores miraron al licántropo esperando a que este contestara, si había alguien que no fuera a meter la pata soltando algo más de los necesario ese era Remus.

Este entendió y resopló por lo bajo, siempre le tocaba a él hacer de relaciones públicas…

M. Remus: Bastante bien, aunque aún no hemos tenido tiempo como para verlo entero.

Ron: Ya veréis como os gusta. Os daré un par de consejos que todo gryffindor debe saber. –Continuó ignorando los golpes que le daba Harry por de bajo de la mesa previendo que el pelirrojo metería la pata. –Hay muchísimos pasillos así que no os preocupéis si os perdéis, a todos nos ha pasado alguna vez. Las escaleras hacen lo que les viene en gana por lo que tendréis que tener cuidado con ellas. Los días que tengamos historia de la magia no os molestéis en dormir por la noche, podréis recuperar el sueño perdido en clases. Tenéis que ir a ver los partidos de quidditch, es lo mejor de todo el año. Y no os acerquéis a las serpientes, no vaya a ser que os envenenen. –Harry paró de darle golpecitos, el pelirrojo acababa de meter la pata.

M: Sirius: ¿Serpientes?

Ron: Los slytherins. –Respondió encogiéndose de hombros sin notar que los otros tres se habían puesto serios al recordar que Lucius estaba en slytherin. Ni locos abandonarían a uno de los suyos.

Harry: Ron, basta.

M. Remus: No, que siga. ¿Por qué no debemos acercarnos a los slytherins?

Ron: Todo el mundo sabe que no son de fiar. Además, la mayoría de ellos son perros falderos de Voldemort.

James se levantó de improvisto al tiempo que los otros dos hacían lo mismo.

James: Gracias por las advertencias, Weasley, pero creo que somos perfectamente capaces de escoger nuestras propias compañías.

Los tres merodeadores se fueron del comedor dejando a un pelirrojo descolocado.

Ron: ¿Qué es lo que he dicho?

Harry: Acabas de meter la pata hasta el fondo, Ron.


Lucius: ¿Qué tal os ha ido? –Les preguntó cuando estos llegaron al lugar en el que habían quedado.

James: Más o menos, por lo visto los gryffindor y los slytherins no se pueden ni ver.

Lucius: Ya me he enterado de eso. En mi casa no hacen más que concursos para saber quién tiene más generaciones de antepasados magos… Son todos unos hipócritas. –Respondió con frialdad.

Y es que el rubio hacía mucho que había aprendido que una generación más o menos de antepasados mágicos no hacía que las maldiciones dolieran menos o que la sangre fuera distinta al salir por las heridas.

M. Remus: Necesitamos encontrar un sitio tranquilo en el que podamos hablar sin preocuparnos de quién nos esté oyendo, tenemos que planear lo que vamos a hacer de ahora en adelante.

M. Sirius: En nuestro dormitorio es imposible, lo compartimos con el resto del año, y resulta difícil encontrar un sitio en el que no haya estudiantes…

Lucius: Mi dormitorio. Los dormitorios de slytherin son individuales. –Aclaró al ver que los otros no lo seguían. –Con unos cuantos hechizos de protección podremos hablar en privado.

Los otros tres dieron su aprobación por lo que el rubio comenzó a guiarlos hasta las mazmorras. No era difícil encontrar el camino, pues solo tenías que ir hacia la zona en la que la temperatura descendía para encontrarlas.

Dijo la contraseña en alto para que los otros la recordaran y apenas caminaron tres metros desde la puerta cuando una figura se interpuso en su camino.

Era un chico grande y regordete, de cabello corto y ojos pequeños y hundidos quien les cerraba el paso.

Goyle: ¿¡Qué demonios hacen estos aquí, Borton!? ¡Los leones no son bienvenidos en nuestra sala! –Atacó mirando con asco a los tres merodeadores.

La furia prendió en los ojos de Lucius Malfoy, estaba dispuesto a enseñarle a ese imbécil que sus amigos eran muy bienvenidos en esa sala, con un maleficio de su propia cosecha, cuando una voz le interrumpió.

Sekhmet: Están conmigo, Goyle.


Estaba tumbada en su sofá habitual de la sala común de slytherin, bebiendo su copa diaria, cuando los vio entrar por la puerta.

No podía negar que le causaban curiosidad, pues eran los primeros viajeros temporales que conocía que hubieran cambiado de línea temporal. Los siguió con la mirada recordándose que debía pedirle a Orión que se colara en sus mentes cuando durmieran. Necesitaba saber cómo era el lugar del que venían, pues la curiosidad la estaba matando.

Observó el encontronazo con Goyle y pudo ver como la rabia crecía en los ojos grises del rubio.

Quizás el que Lucius estuviera allí no era una simple coincidencia, él podría ayudar a Draco a cerrar viejas heridas. Reconoció el aura de peligro que el rubio emanaba, pues era la misma sensación que causaba ella antes de atacar, por lo que decidió intervenir.

Sekhmet: Están conmigo, Goyle.

Los cinco chicos se volvieron hacia ella, sorprendidos por su intervención.

Goyle: ¿Cómo? –Preguntó el slytherin demostrando las pocas luces que tenía.

Sekhmet: He dicho que están conmigo. He sido yo quien los he invitado a venir. ¿Algún problema con que traiga a mis amigos a la sala, Goyle? –Preguntó de forma clara con tono amenazador, tan clara que hasta el slytherin se percató de que era una amenaza.

Goyle: Por supuesto que no, Sekhmet. No tenía ni idea de que eran amigos tuyos, ya sabes que tus amigos siempre son bien recibidos… -Terminó nervioso con tono condescendiente.

Sekhmet: Eso pensaba. –Le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la salida de la sala y este se apresuró a marcharse con la poca dignidad que le quedaba.

El rubio la miró levantando una ceja, por lo que elevó la copa como señal de reconocimiento y les instó a sentarse en el sofá frente a ella.

Sekhmet: Volvemos a vernos. –Comenzó cuando estos se sentaron. – ¿Primera semana en el castillo y ya estáis buscando problemas? Creo que nos llevaremos bien. –Les sonrió. –Hola, Sirius.

El moreno apenas le contestó con un hola bastante mediocre para desconcierto del resto.

M. Remus: ¿Eres una gryffindor? –Le preguntó el castaño fijándose en el emblema de la camisa de esta.

Sekhmet: Sí, lo soy.

M. Remus: ¿Y qué haces aquí? ¿No se supone que os odiáis? –Preguntó desconcertado.

Sekhmet: Supongo que soy la excepción a toda regla. –Dijo encogiéndose de hombros y sentándose en el sofá. –Ellos no se meten en mi camino y a cambio yo los dejo tranquilos. –Terminó con una sonrisa cruenta que fue perfectamente reconocida e imitada por el rubio.

Sekhmet: Bonitos apellidos, por cierto. –Terminó burlándose.

Draco: Sekhmet.

La mirada del rubio se encontró con la de su hijo que venía de las escaleras hacia donde ellos estaban, el ambiente se tensó de inmediato.

Sekhmet: Siéntate un momento, Draco, estoy hablando.

Los chicos no pudieron evitar sorprenderse al ver como el rubio la obedecía y se sentaba a su lado, comparado con el numerito del despacho parecía una mansa oveja al lado de la morena.

Sekhmet: Siento mucho si el recibimiento de los slytherins no ha sido demasiado amistoso. –Siguió refiriéndose a Lucius. –Muchos de los que están aquí solo se guían por la ley del más fuerte, así que te aconsejo que vayas practicando tus hechizos, aunque no creo que te hagan falta cuando Goyle les vaya a los demás con el chisme de que he sido yo quien os ha invitado…

Lucius: ¿Así que eres una serpiente encubierta?

Sekhmet: Conmigo no hay dobles caras, Lucius. Si te enfrentas a mí sabrás de antemano lo que te vas a encontrar, solo necesitas preguntarle a cualquiera que lleve un tiempo en el castillo.

El silencio reinó por unos instantes mientras el rubio y la morena se desafiaban con la mirada.

Sekhmet: La verdad es que no os parecéis demasiado a los de esta época… Exceptuándote a ti, Sirius, tú eres igual de mujeriego en cualquier parte.

El moreno no dijo nada, pero se acarició la mano frotando con disimulo la marca de los dientes que su homónimo le había dejado hacía unas horas cuando intentó agarrar a la morena de la cintura al salir de herbología.

Draco bufó por lo bajo recibiendo un codazo de la morena.

Sekhmet: Draco, haz el favor de comportarte o me encargaré de que tengas Lucius hasta en la sopa.

Los otros no pudieron más que sorprenderse por la actitud que llevaban esos dos.

Draco: Está bien. -Respondió resignado antes de levantarse y ofrecerle la mano a su padre en señal de paz. –Si tienes la mitad de sangre Malfoy que yo, sabrás que solo te tenderé la mano una vez.

El otro se puso de pie y devolvió el gesto.

Lucius: No soy el Lucius que tú conociste.

Draco atrajo al rubio hacia él quedando enfrentados y le susurró para que solo este se enterara.

Draco: Eso espero, o yo mismo me encargaré de que vuelvas a morirte.

Los dos rubios se separaron y se quedaron mirando unos segundos con seriedad, reafirmando el valor de las palabras que se habían dicho. El ambiente volvió a tensarse.

Sekhmet: ¿No ha ido tan mal, verdad? –Dijo refiriéndose a los otros tres que la miraron con incredulidad. –Ves como no ha sido para tanto… -Esta vez se refirió a Draco que dejó de amenazar al otro con la mirada para centrarse en ella.

Sekhmet: Quiero advertiros una cosa, no confiéis en Dumbledore porque os halla arreglado aparentemente la vida, las apariencias engañan y casi puedo jurar que intentará manipularos para que sirváis a sus propósitos, así que tened cuidado.

James: ¿Y en ti? ¿Debemos confiar en ti?

Sekhmet: Por supuesto que no. –Afirmó sonriéndole. –Tened muy claro que si puedo utilizaros y obligaros a cumplir alguno de mis deseos lo haré sin el más mínimo remordimiento. Sin embargo, si sois listos, tendréis en cuenta mi consejo…

Draco: Tenemos que irnos, Lovegood debe estar esperándonos. –Le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.

Sekhmet: Tienes razón. –Aceptó la ayuda y una vez de pie se dirigió de nuevo a los tres gryffindor. –No os preocupéis, la próxima vez que queráis entrar aquí nadie os lo impedirá.

Se enganchó del brazo que el rubio le ofrecía y se dirigieron a la salida de la sala. Levantó la mano en señal de despedida con la certeza de que los otros cuatro los estaban observando antes de mirar el rostro imperturbable de su compañero.

Definitivamente no podía ser casualidad que Lucius Malfoy estuviera allí, eso era cosa del destino. ¡Cómo se comía si no que fuera un merodeador!


Apenas esos dos traspasaron la puerta de la sala común cuando Sirius pareció cobrar vida.

M. Sirius: No os ha encantado como ha dicho lo de obligarnos a cumplir sus deseos… -Dijo con un tono que dejaba muy poco a la imaginación.

M. Remus: ¡Sirius! –Le reprochó el castaño mientras el rubio le daba una colleja en un vano intento de que sus neuronas funcionaran de una vez.

Lucius: Black tenias que ser… -Puntualizó pasando por alto la mueca de dolor de James ante el comentario.

M. Sirius: ¡Oh, vamos! –Contraatacó mientras se acariciaba el adolorido cuello. -¡Cómo si vosotros no le hubierais estado mirando las piernas todo el rato!

Se produjo un sonrojo general entre los merodeadores, Lucius tosió falsamente y uno tras otro lo fueron siguiendo hasta su cuarto todavía avergonzados, mientras Sirius sonreía triunfante.


Hermione:

¡Esquívalo! –Gritó con rabia.

Draco: ¡No soy tan rápido como tú! –Protestó mientras un gigantesco Fiendfyre pasaba por su lado chamuscando únicamente parte de su ropa gracias a una maniobra de última hora. Se había visto a si mismo carbonizado…

La castaña paró el ataque dándole tiempo para recuperar el aliento.

Hermione: Si no puedes esquivarlo, enfréntalo. ¿Listo? –El otro asintió. -¡Fiendfyre! –Con un movimiento de su mano otra gigantesca bola de fuego surgió directa hacia el rubio.

Tocó el pendiente rojo de su oreja haciendo que este resplandeciera y la magia se traspasara directamente a sus manos sin necesidad de varita.

Draco: ¡Fiendfyre! –Sostuvo la bola de fuego luchando contra la de la chica, pero pronto su hechizo comenzó a acercarse a él peligrosamente pues la potencia del hechizo de la castaña era mayor que la del suyo.

Hizo desaparecer la magia de fuego al sentir que no era capaz de resistir más.

Draco: ¡Protejo! –Gritó pasando la mano con rapidez sobre un anillo dorado creando el escudo que lo salvó por muy poco y comenzó a repeler las llamas.

El sudor bajaba por su frente por el esfuerzo que estaba haciendo, escuchó un sonido parecido al resquebrajarse de un cristal y supo que había perdido el duelo.

Su escudo se rompió haciendo que saliera despedido hacia atrás y se golpeara contra una de las paredes, mientras la castaña se apresuraba a hacer desaparecer el fuego para evitar que acabara chamuscado.

Se sujetó la cabeza dolorido mientras intentaba enfocar la vista.

Hermione: Vamos mejorando. –Dijo tendiéndole la mano para que se levantara.

El rubio rechazó el gesto con el orgullo herido y se levantó por su cuenta utilizando la pared de soporte.

Draco: Sabes que no puedo vencerte siendo un vampiro.

Hermione: Oh, vamos, no esperarás mejorar si te trato entre algodones, ¿verdad?

El rubio resopló resignado.

Draco: ¡Por supuesto que no! Pero podrías tener un poco más de cuidado, casi me quemas vivo.

La castaña le sonrió incrédula, hizo aparecer en su mano una llama negra que tiró a lo pies del chico e hizo aumentar de tamaño hasta que lo cubrió por completo.

Este la miró con reproche sintiendo una sensación de calidez cada vez que las llamas lamían su piel pero nada de dolor, antes de que la chica abriera la palma de la mano, las llamas se condensaran en esta y desaparecieran cuando cerró el puño.

Lo retó levantando una ceja.

Hermione: ¿Quemado vivo? Me subestimas, querido. Recuerda que mi don es el control del fuego, el día que mis llamas te quemen me haré fan de Dumbledore. Vénceme y te habrás ganado el derecho a que tenga cuidado contigo. –Acarició la piedra azul de uno de los anillos de su mano haciendo que una espada larga apareciera ante ella y se apresuró a tomarla y ponerse en posición de combate.

Draco: Creo que Selene tiene demasiado tiempo libre… -Dijo haciendo lo mismo que su contrincante y apareciendo su espada.

Hermione: Sabes que es una buena inventora, además es más cómodo esto, puedes llevar una armería entera encima sin que nadie se entere. ¿Qué tal va esa poción?

Luna: Bien. –Contestó la rubia que estaba unos metros más allá junto al vampiro rubio. –Solo tiene que estar cociéndose cinco minutos más y estará lista.

Alex: No te preocupes, la poción está bien hecha. Yo me encargo de que aprenda a transformarse en animago.

Hermione: Bien. –Contestó antes de saltar con la espada sobre el despistado slytherin.

Cinco minutos más tarde el rubio se dejó caer al suelo al escuchar como la castaña daba por terminado el entrenamiento, la espada comenzó a brillar convirtiéndose en un haz de luz que se metió dentro de la gema del anillo del rubio mientras este se tumbaba en el suelo buscando un poco de frescor.

Alex: La poción ya esta lista.

Hermione: ¿Te encargas tú de que encuentre su forma animal?

Alex: Ya sabes que esa en mi especialidad. –La otra asintió mientras veía como la rubia se tomaba la poción de un trago, una poción que la ayudaría a transformarse en animaga más rápidamente.

La puerta de la sala se abrió y por ella apareció el vampiro moreno que llevaba del brazo a una Diana bastante más mejorada y limpia.

Orión: Ahora te toca entrenar a la señorita. Yo ayudaré a Alex con la transformación de Luna.

Hermione: Está bien. –Estaba cansada, pero no podía negar que, tanto entrenar con unos y otros, su forma física y sus sentidos habían mejorado de una forma asombrosa. -¿Lista? – Le preguntó a la rubia que asintió al tiempo que empezaba a concentrarse.


La rubia soltó la llama que sujetaba al tiempo que ahogaba un grito de dolor.

Después de mucho buscar un don que fuera realmente suyo, no un simple reflejo de los poderes que Orión le había otorgado en su transformación, descubrió por accidente que podía controlar uno de los elementos, el fuego.

Era por eso que estaba intentando enseñarle este control a la rubia intentando aprovechar el lazo de sangre que compartían desde que realizó aquel hechizo antiguo para reclamarla como parte del clan, pero había algo que no funcionaba.

La chica iba progresando bastante bien, pero a Diana el fuego si le quemaba cuando perdía el control sobre este y las llamas de la rubia eran de color normal, mientras que las suyas siempre eran negras.

Diana: ¡Maldita sea! –La llama que intentaba controlar en la palma de su mano pronto se salió de control y comenzó a devorarle el brazo entero.

Hizo un gesto con su mano, las llamas se tornaron negras e inmediatamente se extinguieron.

Hermione: Tranquila, llevamos poco tiempo practicando esto, es normal que te cueste un poco. –Repuso ante el semblante rabioso de la otra, pensando que su malestar se debía a sus poderes, pero estaba equivocada.

Las palabras de la castaña no hicieron sino echarle más leña al fuego, ella era mayor que Hermione pero ésta siempre estaba por encima de ella en todo.

No solo controlaba a la perfección sus poderes y sus instintos sino que gozaba del respeto del clan. Los demás vampiros reconocían su fuerza y muchos incluso inclinaban su cabeza en señal de respeto cuando ella pasaba aun sin ser la líder del clan y esos asquerosos lobos la miraban como si fuera lo más importante del mundo… ¡Sólo les faltaba menear la cola como perros cada vez que la veían!

La observó hablarle y la midió, no era nada del otro mundo, solo era una niñita escuálida con un montón de defectos. ¿Por qué el resto parecía no ver lo mismo que ella? Ella era mucho mejor que la castaña, ella merecía todo lo que esta tenía. Jamás se rebajaría a estar por debajo de esa niña.

Su rostro se iluminó cuando el moreno se acercó hasta ellas, pero pronto se crispó en un gesto de disgusto al ver como Orión le robaba un beso a la castaña, eso era lo que peor soportaba.

Orión: ¿Ya habéis terminado?

Hermione: Sí, por hoy es suficiente. Creo que las dos tenemos que descansar un poco. –Dijo al tiempo que colocaba un rebelde rizo castaño tras su oreja.

Los vio hablar pensando en lo patética que resultaba la escena. Cada gesto, cada mirada, cada caricia… Cada movimiento que hacían revelaba el amor que sentían el uno por el otro, era patético ver lo ciegos que estaban cuando todo el clan estaba ya seguro de que esos dos acabarían siendo compañeros para toda la eternidad.

¿Por qué Orión no podía tratarla así a ella? ¿Por qué él también prefería a la castaña? Después de todo Hermione no era más que un fallo de la naturaleza, una rareza incluso entre los vampiros…

Hermione: ¡Diana! ¡Diana! –Salió de su ensoñación al sentir como la zarandeaban.

Diana: ¿Sí? –Preguntó mientras se obligaba a sonreír y a contener las ganas que tenía de arrancarle la cabeza.

Hermione: Vamos a irnos a Hogwarts, ya es hora de que yo vuelva y Orión tiene que arreglar unos asuntos allí. –Miró a su alrededor percatándose de que eran los únicos que quedaban en la sala, seguramente los otros dos niños ya habían vuelto a su estúpido colegio de magia. –Seguiremos mañana con el entrenamiento ¿de acuerdo?

Diana: Claro. –Respondió con entusiasmo. Una vez los vio desaparecer a los dos por la puerta su sonrisa se borró de inmediato dando paso al odio. –Maldita estúpida…


El paisaje nocturno de Hogwarts los recibió al aparecerse y la suave brisa hizo que se sintieran reconfortados.

Orión: ¿Te ha dicho algo Potter acerca del entrenamiento? –Le preguntó sentándose en la hierba y usando uno de los árboles del Bosque Prohibido como respaldo.

Pronto la chica se sentó también, usando su pecho como apoyo, comenzó a acariciarle el cabello, que volvía a ser negro, y los dos se permitieron relajarse por unos instantes.

Sekhmet: No, y no creo que lo haga. Quizás quiera dejar de ser utilizado por Dumbledore, pero ese viejo le ha hecho un buen lavado de cerebro, sus ideas están demasiado metidas en su cabeza…

Orión: Con su nivel actual no durará demasiado en una batalla, pequeña. Hasta ahora solo se ha librado por pura suerte.

Sekhmet: Lo se. –Dijo suspirando resignada. –Pero no puedo obligarle a aprender a la fuerza, Orión.

El moreno se quedó pensativo unos instantes.

Sekhmet: Hay otro problema. –Dijo volviendo a atraer la atención del vampiro. –No creo que debamos seguir usando la sala especial para entrenar a Draco y a Luna, quizás a nosotros no nos pasa nada por usarla, pero ellos son humanos y me temo que están creciendo demasiado rápido. En menos de un mes Luna ha madurado de golpe y Draco ya aparenta los veinte, la gente comenzará a darse cuenta de que pasa algo raro…

Orión: Tienes razón, le preguntaré a Selene si existe alguna forma de frenar su crecimiento, pero mientras tanto será mejor que los entrenes en un lugar normal. Hay algo más que te molesta, ¿verdad? –Afirmó el vampiro.

Sekhmet: ¿Hasta cuándo tendré que estar aquí? –Le preguntó cansada.

Orión: ¿Es que no te encuentras bien en el castillo?

Sekhmet: No es eso y lo sabes. Me aburro yendo día tras día a clases en las que no aprendo nada nuevo. –El moreno le giró la barbilla haciendo que lo mirara.

Orión: ¿De verdad crees que puedes mentirme a estas alturas? –Le sonrió con picardía recordándole la unión que tenían, la misma que la chica comenzó a maldecir por lo bajo.

Sekhmet: Está bien, eso sólo es una parte de lo que me pasa. Cada vez que voy a casa me encuentro con que hay nuevos miembros del clan a los que no conozco, gente que forma parte de nuestra familia que debería reconocer y, en cambio, tengo que ir preguntando a los demás como se llaman para poder aparentar que se quienes son cuando se acercan a mi. ¡Se supone que soy la segunda al mando y ni siquiera se quienes forman parte de mi familia! –Se tranquilizó un poco al notar como el moreno la estrechaba contra él. –Me siento sola, Orión. Draco y Luna hacen que todo sea más llevadero, pero no puedo evitar echaros de menos…

Orión: Lo se, pequeña. Lo se. Te prometo que intentaré arreglar eso. Pero mientras tanto tendrás que conformarte con perseguir a Potter por todos lados… -Calló al ver que la otra negaba.

Sekhmet: Ni siquiera eso puedo hacer. Si lo persiguiera Sirius se daría cuenta de lo que estoy haciendo y le iría con el cuento al viejo loco. Nekros es quien se encarga de vigilarlo, cada día se funde con la sombra del chico y me va avisando de cualquier movimiento extraño sin que este sospeche siquiera…

Orión: Solo te pido un poco de tiempo, aún no puedo hacer milagros… -Le sonrió intentando que la otra se animará y surgió efecto, pues pronto sintió como la sensación de tristeza, que no era suya, iba abandonando poco a poco su cuerpo.

La morena se levantó de golpe para enfrentarlo.

Sekhmet: Tienes razón, aún no puedes hacer milagros. Te doy una semana antes de que empiece a destruir el castillo o a recorrerme todas las camas de Hogwarts, lo que prefieras.

Orión: ¿Es un reto? –Se levantó para hablar en igualdad de condiciones, mientras veía como la otra asentía. –En menos de una semana tendrás diversión, pero por si acaso ves pensando en la mejor forma de destruir el castillo… -Levantó la mirada al cielo donde la luna llena acababa de aparecer. –Ya es la hora, pequeña. La manada te espera en centro del bosque. Draco y Luna han ido con ellos, supongo que tendrás que ayudar a Luna para que pueda abandonar su forma de animal cuando termine la noche al ser la primera vez…

Sekhmet: Yo también soy animaga, ¿recuerdas? -Le reprochó con tono altanero.

Orión: Lo siento. –Le dio un beso en la frente como despedida. –Ten cuidado, ¿vale? Recuerda que esta noche es importante.

La chica se limitó a asentir antes de convertirse en un lobo negro e internarse en el Bosque Prohibido, él se cubrió el rostro con la capucha de la túnica negra que llevaba y echo a andar en dirección al castillo.


El eco de sus pasos resonaba por los vacíos corredores y la furia brillaba en sus ojos. Agradeció mentalmente que ya fuera tarde y que no hubiera ningún alumno por los pasillos, pues no se encontraba de humor para aguantar a nadie.

Acababa de ir a ver a Dumbledore con la esperanza de que le dijera qué movimientos había hecho Voldemort hasta ahora o de que le aceptara de una vez por todas como miembro de la Orden del Fénix, pero había obtenido lo mismo que siempre, nada. Era el que tendría que vérselas al final con Voldemort pero no tenía derecho a saber nada de él a lo largo de la historia, Dumbledore quería que apareciera únicamente en el capítulo final y que se limitara a matarlo o a dejarse matar como si nada. ¡Patético!

Iba a toda velocidad deseando llegar a su torre para contárselo todo a Ron cuando, al girar una esquina, chocó con otra persona y cayó al suelo por el impacto.

Harry: ¡Por qué no miras por dónde vas! –Levantó la mirada encontrándose con una figura imponente, completamente vestida de negro, y cubierta con una capucha que sólo le permitía ver los ojos del extraño, unos ojos dorados…

Ni siquiera pudo ver lo que sucedió, pero en un momento se encontraba en el suelo y al siguiente estaba de pie con el hombre a su lado.

Buscó la varita con disimulo alegrándose al encontrarla en el bolsillo de su túnica y la cogió con decisión por si acaso.

El hombre le sonrió dejando ver unos afilados colmillos, que no hicieron sino ponerlo más nervioso, y pasó caminando por su lado.

Orión: (Anubis.) –Se presentó el moreno. – (Encantado de conocerte, Harry Potter.)

El chico se giró contrariado al tener la certeza de que el hombre no había abierto la boca y las palabras las había escuchado dentro de su cabeza, viendo como éste se alejaba como si nada por el corredor.

Desde que Sekhmet había hecho ese hechizo sobre Ron y sobre él se suponía que nadie podía entrar en su mente, de hecho Dumbledore acababa de volver a intentarlo y no lo había conseguido, entonces cómo…

Mientras la mente del moreno se llenaba de preguntas, la sonrisa en el rostro de Orión aún no había desaparecido.

Ya sabía qué hacer para que el chico aceptara el entrenamiento de Hermione.


Mientras tanto en las afueras del Bosque Prohibido cuatro merodeadores adoptaban su forma animaga para acompañar a los dos licántropos por esa noche.

Sirius se sorprendió al ver como Lucius se transformaba en un tigre de bengala, sin duda alguna el Lucius mortifago se habría transformado en una traicionera serpiente.

Dos gritos de dolor interrumpieron sus pensamientos dándole a entender que la transformación había comenzado. Levantó el hocico y miró fijamente la luna llena antes de volver la vista a su derecha donde tanto su amigo como el otro Remus se retorcían en espasmos de dolor mientras el lobo tomaba el mando de sus instintos.

Miró al ciervo y al otro perro negro de menor tamaño que observaban sin poder hacer nada el sufrimiento de su amigo, y se preguntó si estaban haciendo lo correcto.

Aunque Remus nunca lo dijera sabía que echaba de menos sentirse libre, por eso les habían explicado a los chicos todo el asunto relacionado con la misteriosa carta y la manada, y estos habían decidido acompañarles durante la luna llena, pero no estaba seguro de si serían capaces de controlar a dos licántropos a la vez.

Sus dudas aumentaron cuando los dos lobos se irguieron y comenzaron a olisquear el aire de alrededor en busca de alguna posible presa.

Al menos un tigre sería más efectivo a la hora de controlar a un lobo que una rata asustadiza…

Una serie de aullidos se escucharon en el interior del bosque haciendo que los dos lobos se internaran en este corriendo. La función acababa de empezar.

Intentaron seguir su paso cuanto pudieron, pero estos eran más rápidos que ellos por lo que enseguida se separaron un poco y tuvieron que recurrir al olfato para dar con ellos.

Siguieron corriendo hasta llegar a un claro en el centro del bosque, donde se quedaron petrificados.

La luna teñía con su reflejo plateado la oscura hierba y hacía que el pelaje de los licántropos brillara de forma especial, los mismos licántropos que estaban formando un círculo en el centro del cual estaban los dos Remus, completamente rodeados.

El ser humano es capaz de enmascarar sus emociones, de engañar acerca de lo que siente, los animales no. Es por eso que era consciente de que todos estaban bastante nerviosos: la punta de la cola del tigre se movía de un lado a otro en un intento de descargar tensiones, el ciervo golpeaba constantemente la hierba con sus pezuñas dispuesto a embestir con los cuernos y tanto él como el otro perro tenían los músculos completamente tensos, dispuestos a saltar sobre el licántropo más cercano para sacar de allí a los dos Remus si era necesario.

La situación no le gustaba ni un pelo, tenían que largarse de allí ya.

Fue a lanzarse contra uno de los hombres lobo cuando un zorro blanco se interpuso en su camino haciendo que frenara de golpe, mientras un águila, que estaba posada en el lomo del animal, lo miraba fijamente. ¿Qué hacían allí esos animagos?

Unos gruñidos lo distrajeron dándose cuenta de que su movimiento había sido interpretado por algunos de los lobos como lo que era, un intento de ataque, sin embargo un gruñido se sobrepuso sobre el resto haciendo que los lobos volvieran a la calma, es entonces cuando se percató de la loba negra que se internaba en el círculo de licántropos por el otro extremo, una loba de ojos dorados.

Apenas la vio cuando supo quién era, la postura erguida y desafiante no dejaba lugar a dudas, se encontraban ante la líder de la manada. Ahora todo dependía de cómo se comportaran los dos Remus, pues algo le decía que si sus instintos les ganaban y no se mostraban sumisos ante ella ninguno saldría vivo de ese bosque.

Los dos licántropos se encogieron sobre si mismos mientras la loba olisqueaba con parsimonia el pelaje de sus cuellos, luego restregó su lomo contra el de ellos y el círculo de licántropos aulló con una misma voz. Una luz blanca dominó todo el claro cubriéndolos a todos y tomándolos por sorpresa.

Sirius: ¡Remus! –Apenas fue consciente de que había gritado cuando se percató de que los otros merodeadores lo miraban sorprendidos, lo habían entendido.

La luz desapareció tan repentinamente como había aparecido y se apresuraron a acercarse a sus dos amigos que, con el hocico levantado, observaban fijamente la luna.

Remus: La luna es hermosa… -Los merodeadores se sorprendieron al entender sus gruñidos.

M. Remus: Sí que lo es…

James: ¿Podéis hablar? –Le preguntó al lobo para luego girarse hacia ellos. -¿Podemos entendernos?

Como contestación solo obtuvo el lametazo de uno de los licántropos, que habían dejado su formación para acercarse a los nuevos miembros.

Sekhmet: Bienvenidos a la manada. –Les saludó la loba.

Remus: Gracias. –Dijo al tiempo que se acercaba a ella y le daba un lametazo, era genial poder mantener la consciencia durante la luna llena.

Sekhmet: Ahora que ya estamos todos… ¡a disfrutar de la luna!

Esa noche fue la mejor luna llena de sus vidas, no solamente por el hecho de que los dos licántropos no estaban atormentados al no poder controlar sus actos, sino que además disfrutaron mezclándose con el resto de los lobos e incluso cazando algún que otro animalillo, jamás le habían dolido tanto las almohadillas de las patas por correr pero, esa noche, todos acabaron yéndose a dormir completamente satisfechos.


Nada más despertarse se estiró sintiendo como crujían todos los huesos de su columna en el proceso.

Jamás había dormido tan bien y se extrañó al no sentir el dolor que lo atormentaba después de cada transformación.

El tacto de la hierba fresca bajo sus manos hizo que se despertara de golpe, observó a su alrededor encontrándose en medio de un claro, vio como Sirius y los merodeadores también despertaban y se miraban unos a otros extrañados por estar ahí.

Fue entonces cuando vio a la loba negra en el linde del claro.

Remus: Chicos. –Dijo atrayendo la atención del resto. –Mirad allá.

Todos miraron fijamente al animal que permanecía sentado observándolos y los recuerdos de esa noche volvieron a sus mentes de golpe.

Iba a acercarse hasta ella cuando esta se levantó y se internó en el bosque haciendo que surgiera en su pecho una sensación de vacío, de pérdida.

Remus: Tú también lo sientes, ¿verdad? –Le preguntó a su homónimo.

M. Remus: Sí, lo siento.

Bajó la mirada con tristeza hasta que se percató del sobre amarillento que había en su regazo y en el que no había reparado hasta ahora. Se apresuró a abrirlo.

James: ¿Qué pone? –Preguntó curioso al ver que el hombre no reaccionaba.

De repente las lágrimas comenzaron a surgir de los ojos del lobo, Sirius se apresuró a ir hasta su amigo para intentar consolarlo mientras Lucius cogía la carta para leerla en voz alta.

Lucius: "Nos vemos en la próxima luna llena."

Las sonrisas pronto se hicieron presentes en sus rostros, incluso en el del viejo profesor que no podía evitar seguir llorando, lágrimas de felicidad.

Lloraba por la sensación de libertad que jamás pudo llegar a imaginar, por la belleza de una luna que no había podido ver desde niño y que ya casi no recordaba, porque después de todo lo que había pasado ya no volvería a pasar las noches de luna llena en soledad, porque la maldición ya no era tal.

Después de mucho tiempo lloraba de alegría porque eso no había sido un sueño y sabía que los lobos estarían esperándolo allí mismo dentro de un mes, reclamándolo como miembro de su manada, de su familia, como parte de algo.


Se encontraba débil, desde que se había cruzado con ese vampiro hace tres días le había resultado imposible dormir por la noche, algo no funcionaba bien en su cabeza.

El insomnio estaba comenzando a pasarle factura haciendo que se quedara dormido en clases, es por eso que esa mañana decidió no levantarse de la cama.

Ron: ¿Estás seguro de que no deberías ir a la enfermería? –Le preguntó el pelirrojo fijándose en las grandes ojeras que padecía su amigo.

Harry: Que si, Ron. Solo necesito dormir un poco.

Ron: Está bien, pero si mañana sigues así yo mismo te arrastraré hasta allí. –Dijo recibiendo como contestación un gesto del moreno de que lo dejara en paz.

Una vez que estuvo él sólo se dispuso a cerrar los ojos aún sabiendo que eso no serviría de nada, sin embargo, nada más hacerlo, se quedó dormido.


Se despertó al sentir como algo húmedo caía sobre él de forma intermitente. Abrió los ojos esperando encontrar al gracioso que lo estuviera mojando pero se sobresaltó al ver un cielo negro y darse cuenta de que era lluvia lo que le estaba cayendo encima.

Se puso de pie de inmediato mirando a su alrededor descubriendo un paisaje desértico en el que solo llegó a distinguir unos cuantos árboles muertos y las ruinas de una vieja casita que amenazaba con derrumbarse, se aventuró con la vieja casa al no ver refugio alguno en los alrededores.

Nada más entrar tuvo una sensación de deja vu sobre ese lugar, algo le indicaba que conocía esa casa.

Se apresuró a sacudirse la lluvia y se pasó la mano por la frente para quitar el agua que le escurría por esta. Una de sus manos reconoció que había algo extraño, pasó la mano por uno de los lados de su frente y se alarmó al no sentir el característico relieve de su cicatriz en forma de rayo. Había desaparecido.

Pocos segundos después, cuando creía que iba a volverse loco, la lluvia amainó.

Fue al mirar por la ventana semidestruida, para asegurarse de que no llovía, cuando la verdad le golpeó de lleno. Desde allí podía ver como se erguía una colina yerma surcada por senderos pedregosos que en otro tiempo fueron escalones y, en su cima, las ruinas de una gran castillo eran fieles vigilantes del lugar.

Entonces entendió de qué se le hacía conocido ese sitio, aunque eso no le sirvió de consuelo alguno.

Estaba en la cabaña de Hagrid y un destruido Hogwarts lo saludaba de forma macabra.

Las paredes comenzaron a moverse ante sus ojos y el golpe contra el suelo fue lo último que sintió, deseando que eso no fuera más que una pesadilla.

Continuará…