Capítulo I
La leyenda
El ambiente festivo se palpaba, los aldeanos sonreían y los hombres combatían en cada esquina, a modo de entrenamiento o simple juego. Las calles de Williamston estaban atestadas de gente de todas clases sociales, comerciantes, burgos, aldeanos y artesanos. Mañana se llevaría a cabo el torneo más importante del año, donde los señores feudales expondrían sus mejores ropajes de acero y metal, montando un gran circo de matanza.
Como era de prever el príncipe de cabellos bronces, estaría presente: Edward I. Los rumores apuntaban a que, nuevamente, vendría acompañado de su bella hermana de piel pálida y ojos de miel, al igual que él. Ella parecía dirigirlo en cada paso, él se había convertido en un cuerpo sin vida.
Las malas lenguas aseguran que antes de la desgracia era un hombre seguro, radiante, de mirada audaz y astuta, sonrisa fácil y de costumbres bastante romanas. Las festividades eran pan de cada día en el castillo de gruesas paredes de piedra, acompañadas de música, mujeres exóticas traídas de oriente, que bailaban una particular danza del vientre, enloqueciendo a los hombres con sus movimientos de cadera y la miel de sus ojos hipnotizantes, tras los velos de colores, insinuantes y transparentes.
Los banquetes eran extraordinarios: cerveza y vino a destajo, animales, preferentemente aves de corrales, se convertían el plato principal, sazonados, como lo hacía sólo la nobleza, con especias afrodisíacas tales como macías, galanga, cubeba y la flor de canela.
El castillo hervía de energía y celebraciones. Los salones eran permanentes zonas de festividad y brindis. Edward, era el mejor anfitrión de todos los tiempos. Quienes fueron invitados a participar de aquellas recepciones se sintieron privilegiados, y aún recuerdan lo fenomenales que habían sido.
Los reyes Carlisle y Esme, disfrutaban de su familia y del desarrollo de las monarquías feudales. Entregaban títulos nobiliarios cada vez más seguidos, porque sus tierras estaban siendo provechosas y los comerciantes habían elevado el nivel de vida del poblado.
Los campesinos pensaban que ambos tenían una especie de pacto no muy cristiano, porque su belleza era extraterrenal y jamás envejecían. Decían que ella se bañaba en leche de cabra con entrañas de víbora, como Cleopatra, y que él bebía sangre humana para revitalizarse con proteínas mágicas. Por supuesto, todo era una farsa, no existían dos seres humanos más corrientes que ellos.
El príncipe era el sueño encarnado de cualquier doncella, plebeya o noble, sin embargo, jamás miró a ninguna con seriedad, prefería disfrutar de su soltería, a pesar de que sus padres le exigían una esposa, en breve tiempo, su condición solitaria no podía extenderse más allá de cinco años, de lo contrario, no podría asumir el trono y un rey sin descendientes, no es un verdadero heredero.
Los caballeros feudales, enriquecidos por la esclavitud campesina, con demasiado tiempo libre —trabajar hacía menos digna su casta—, aprovechaban el tiempo para entrenarse en una guerra ficticia, principalmente contra supuestos bárbaros o turcos, principales enemigos de la época. Favoritos para ganar, los hermanos Emmett y Jasper Hale. Conocidos por su insuperable destreza en el campo de batalla y únicos amigos verdaderos del príncipe, quienes lo acompañaron incluso después de que intentara suicidarse tras su desdicha.
Las invasiones no eran alejadas, cada dos o tres años todo el pueblo se alertaba por rumores de un nuevo infierno: la llegada de extranjeros que arrasaban con sus costumbres, cosechas y mujeres. Sin embargo, la peor amenaza de este último tiempo eran los baguadas, hombres incógnitos y delincuentes. No eran extranjeros, sino que de la misma comarca, convirtiéndolos en seres aún más terribles y amenazantes para la comunidad, su propio enemigo vivía bajo las mismas paredes protectoras de los señores feudales.
Tras la tragedia del príncipe de cabello broncíneo, un nuevo engendro agitaba a la ciudadanía, el hombre o medio hombre más letal de todos los tiempos "El enano maldito".
El número de mujeres bellas degolladas era espeluznante. Tanto padres como hermanos acompañaban a las féminas de sus hogares por temor a que fueran condenadas por "El enano". No existía muerte más sucia e indigna que caer bajo las redes del engendro glacial.
A las más hermosas, de cabellos especialmente llamativos, ya fuese por su textura, forma y sobre todo tonalidad, se les sugería taparse el rostro y el pelo. Ya cubiertas de cabeza a pies, sólo dejando visible sus ojos, parecía que la aldea había sido influenciada por costumbres islámicas, aún siendo éstos unos de sus peores adversarios, pero la tensa situación de la aldea lo ameritaba sin contradicciones ni interrogantes.
Quienes aseguran haber visto a este ser de pesadillas que tenía predilección por mujeres vírgenes y bellas, dicen que media menos de un metro treinta. Algunos, testifican que, en ocasiones, parecía un príncipe y de este modo, embaucaba a las mujeres para luego degollarlas; otros, señalaban que era un ser horripilante, un monstruo asesino.
Lamentablemente, lo único que podían constatar era que las mujeres quedaban secas, casi moradas por la falta de sangre y la piel resquebrajada, con las ropas desguañangadas y en ocasiones, ultrajadas.
El cabello y la sangre de las plebeyas era su obsesión. El primero los hervía con grasa para extraer la esencia del color. La segunda, sufría un destino más repugnante, era convertido en morcilla, una mezcla que generalmente se hacía con sangre de cerdo, pero él la llevaba a cabo con humana. Le incorporaba piñones, pasas y azúcar. Totalmente despiadado, comía la sangre coagulada por la repugnante preparación, provocándole una especie de frenesí y otorgándole fuerza sobrenatural.
Las leyendas de Williamston cuentan que el asesino es el hijo de un amor frustrado del príncipe Edward con una hermosa, una malévola condesa que lo embaucó con hechicerías hasta robarle su noble esencia, dejándolo vacío y rompiéndole el corazón. Su nombre: Isabella.
La mujer tuvo un hijo fruto de la luz y la oscuridad, ambas fundidas, dando origen a un pequeño monstruo bautizado Aro. Las parteras que lo vieron nacer dijeron que el niño era bello como un querubín, con rizos de oro, manos regordetas con hoyuelos y mejillas rosadas ¡Era el bebé más hermoso que había nacido nunca en la aldea! Pero su mirada reflejaba el veneno traspasado por la maldad de su madre.
Isabella nunca lo amó, entonces, a escondidas de Edward, con quien jamás quiso contraer nupcias, lo arrojó a un callejón plagado de ratones y pudrición. Ella misma lo maldijo. El niño fue acogido por una anciana, apegada a costumbres oscuras. Esa mujer fue su primera víctima, a pesar de que el pequeño no debía tener más de cinco años.
Edward, siempre albergó la esperanza de que la mujer cambiara, intentó por todos los medios evangelizarla, sabía que era un ser oscuro, pero su belleza lo encandilaba a tal punto que no era capaz de oír los consejos del resto de su familia. Se dejó llevar por su corazón noble y enamorado y sufrió los estragos del desamor.
La muchacha al enterarse de que estaba en cinta, enloqueció, fue donde una anciana que sanaba con hierbas y le pidió algunas para abortar. El feto creció tan rápido que sus intentos fueron en vano. Dejó de comer para no alimentar su vientre, pero ni aún así lo logró. Él quería que su hijo naciera, estaba seguro que cuando ella lo viera en sus brazos, se enamoraría de él y lo amaría.
La historia fue muy distinta, Isabella dio a luz y botó a su hijo para que fuera comida de ratas. Cuando él se enteró, intentó buscarlo, envió a la caballería real por cada recoveco de las calles, puerta por puerta, pero jamás lo encontró.
Los campesinos recuerdan como en las noches lluviosas y frías se oía el galope de los caballos cuando corrían en busca del hijo del príncipe. Como no fue posible hallarlo, poco a poco su corazón se fue apagando hasta quedar como un zombi.
Isabella desapareció sin ninguna explicación. El príncipe quedó destruido…
—Edward hoy es el torneo —le recordó Alice, mientras él tenía la mirada perdida en el horizonte de su ventana. No respondió.
Se paró en frente de él y con ternura acarició su mejilla.
—Querido hermano ¡No es tu culpa! —lo miró con los ojos humedecidos por la impotencia de ver a su hermano como trapo.
—Eso lo dices para tranquilizarme ¿cierto? —frunció el ceño, juntando sus cejas doradas.
—¡Claro que no! Fue ella la culpable —agregó Alice con ira contenida, no quería que su hermano viera cuánto detestaba a esa mujer que le había robado la vida.
—Fui yo… ella sólo tenía dieciséis años cuando la conocí, jamás la debí conquistar. Todo empezó como un juego y se me escapó de las manos. Ahora estoy pagando por mis acciones erradas —inspiró aire compungido.
–¡Esa mujer tenía pacto con…! –los ojos de su hermana casi se salieron de las órbitas por la rabia.
–¡Cállate Alice! –luego, bajó el tono de voz– lo siento… – cogió las manos de su hermana entre las suyas.
–¿Cómo te pudiste enamorar tanto de ella? –acariciaba su rostro, intentando calmar el corazón afligido de su hermano.
No respondió y continuó mirando al horizonte, desorientado. Ella se acercó hacia la ventana también, llevaba un cintillo metálico en el pelo y un traje de telas suaves color rosa que le caían hasta los tobillos.
–¿Sabías los rumores acerca de tu hijo? –Alice continuó mirando el prado por la ventana.
–No he querido oírlos –contestó desganado.
–Deberías… –insistió su hermana con voz dulce, pero segura.
Él calló, entonces Alice entendió que podía comentar acerca de las habladurías del pueblo, incluso de los feudales.
–Dicen que el engendro asesino es tu hijo –las palabras emanadas de la boca de la joven intentaron ser sutiles.
–¿El enano? –hizo la cabeza hacia atrás en un gesto de incredulidad.
Asintió y se volteó a él de inmediato.
–Y ¿Si fuera cierto? –los ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas ante el sufrimiento de su hermano.
–Eso es imposible. Alice. Él ahora no tendría más de cinco años ¿Cómo puedes creer en las ignorancias de la plebe? –exhaló aire, intentando comprenderla.
–También dicen que la sangre de las mujeres la utiliza para fortalecerse ¿Acaso no recuerdas que uno de los juegos de Isabella era beber sangre humana? Incluso a ti más de alguna vez te vi una cicatriz por complacerla…
Edward quedó atónito.
–¿Cómo sabes de eso? –preguntó impactado.
–Todo se sabe, por muy gruesas que sean las murallas. Además, nadie aquí la quería ni siquiera los sirvientes.
–Yo la amé de todos modos –dijo con el rostro desfigurado por el dolor.
–Lo sé hermano de mi alma, pero debes continuar con tu vida, encontrar una doncella que te ame y formar una linda familia. Seríamos todos tan felices si eso sucediera –Alice hizo un puchero de condescendencia.
–Eso no pasará nunca Alice… estoy condenado de por vida –su mirada se perdió en el horizonte.
