Capítulo II
El primer encuentro
7 años atrás…
El sol resplandecía en los prados de Williamston. El ambiente festivo del castillo traspasaba todas las clases sociales. Encabezaba la gran ceremonia el príncipe Edward I.
A las nueve de la noche, cuando la luna ya estuviese en su trono, comenzaría la majestuosa celebración, concedida por el rey Carlisle Cullen, junto a su esposa. Las malas lenguas decían que era para encontrarle una doncella a su hijo, pero el príncipe lo negaba rotundamente. Sin embargo, la cantidad de mujeres solteras invitadas daban pie para las habladurías de las señoras amigas de la vida ajena.
Bellas mujeres de todos los feudos y monarquías se presentaron con sus mejores trajes. Cada cual relucía en su estilo, algunas virginales y otras más seductoras. Pero hubo una de especial aspecto, pálida como la nieve, de cabello castaño ondulado, ojos tono chocolate, grandes y redondos; carnosos labios cereza y dueña de una hermosa, pero perversa sonrisa que llamó la atención del joven de sangre azul. Su nombre: condesa Isabella de Glasgow.
De madre de las lejanas tierras mediterráneas y padre inglés, Isabella fue hija única de un matrimonio marcado por el dolor y la desesperanza. Su progenitora murió en el parto cuando la dio a luz. De manera de compensar la ausencia materna, su padre consintió en cada cosa que quiso la pequeña Isabella. Sin embargo, la niñera de Bella, la condujo siempre a participar del oscurantismo…
La atracción de la anciana por la sangre, las invocaciones de espíritus e incluso del maligno, marcaron a la niña desde muy temprana edad. En las tardes, alejadas cada día más de su padre, Isabella aprendió a codearse con almas de otras dimensiones, y de intenciones oscuras. Las invocaciones eran frecuentes, casi un juego, como asimismo, lo fueron los sacrificios de animales, y algunos campesinos aseguran, de hombres.
El carruaje de la condesa recorría las calles muy entrada la noche y cuando vislumbraba algún desamparado lo invitaba a refugiarse en su castillo. Cuando los aldeanos pobres e ilusos ya se sentían satisfechos de tanta comida y calor, la adolescente traviesa los mandaba a buscar y los llevaba a la torre principal.
Preparaba su altar de matanza. Una de las criadas con horror recordaba que un forastero de no más de treinta años, cayó embrujado por la hermosura de la condesa, la siguió por el bosque hasta parar en la puerta del infierno.
Isabella dio la orden de que lo dejaran pasar, dando lugar a la desgracia del pobre hombre de barbas rubio pelirrojas y ojos verdes. Maravillado por la hospitalidad de la bella mujer, feliz accedió a subir al salón de la torre más alta.
Dentro, un par de sanguinarios enmascarados protegían a la chiquilla. El mortal horrorizado intentó salir, pero fue atrapado por uno de los fuertes verdugos. Isabella pidió que lo desvistieran, más con ánimo de morbo que por interés real. Cuando ya lo tuvo en pieles frente a sus ojos chocolate que hervían de emoción, tomó una afilada espada y cortó parte de su musculoso brazo. La sangre comenzó a brotar como un río torrentoso sigue su cause. Ella obnubilada por la escena, pidió más.
Tomó uno de sus níveos brazos y rasgó una de sus muñecas para que el sagrado líquido fluyera por los dedos. Cuando ya caía lo suficiente, se arrodilló ante él y dejó que la sangre tibia y viscosa escurriera por sus labios rojos.
El líquido carmesí e intenso como la lava del volcán, escurría por el cuello de la mujer que parecía estar en una especie de frenesí con su rito macabro. El hombre en un inicio, aullaba de dolor, sus gritos ensordecían las paredes de roca e incitaban a la adolescente. Poco a poco se fue desvaneciendo sobre el altar de piedra y fuego, hasta quedar pálido y cárdeno por la falta de sangre. Sus labios perdieron color, entonces la muchacha lo abandono y pidió a los encapuchados que lo abrieran y dieran las vísceras a las carroñeras aves que sobrevolaban la habitación.
Esa era Isabella, quien encandiló al príncipe Edward la noche en que debía ser una gran aventura para él. Lo que no sabía es que ella sería su perdición…
En cuanto entró al salón, atestado de mujeres rosadas y llenas de vida, los ojos de miel de Edward se depositaron en ella ¡Jamás había visto nada semejante! Vestía un traje bastante escotado para la época, un corsé que hacía sobresalir sus pequeños pechos blancos y una faja morada aprisionaba su estrecha cintura de doncella virginal. El vestido negro era acompañado de su cabello suelto y ondulado, adornado con una flor negra a un lado. Los labios eran especialmente rojos, tan intensos que encandilaban los ojos de cualquiera que la mirara muy intensamente.
La música comenzó y el baile también. Él príncipe junto a sus amigos Hale, miraban este espectáculo de mujeres bellas y se regocijaban de satisfacción. No obstante, sus ojos se encontraron con los de ella. Isabella sonrió y él cayó hipnotizado a sus pies.
Inquieto por terminar pronto con el protocolo y encontrarse con la muchacha, pidió a su padre que le permitieran conocer a aquella hermosura glacial. Poco convencidos, asintieron y solicitaron, a través del bufón discreto, que una fila de muchachas se acercara a saludar a su majestad. Ella se quedó en un rincón observando la situación, pasando por alto la reverencia a sus majestades.
Los asistentes, encandilados por la belleza de la familia real, esperaban que el príncipe invitara a bailar a alguna de las nobles e inmaculadas señoritas. Como ella nunca llegó, él, arriesgando la ira de sus padres, se acercó y le tendió la mano para fundirse en una pieza musical. Ella sonrió.
–Si me permite condesa –le besó la mano y le hizo una reverencia, contra toda costumbre real. Ella jamás dejó de mirarlo a los ojos y nunca se inclinó ante él.
La muchedumbre miraba atónita, ofendida por la escena que acababan de ver ¿Quién era esa chiquilla mal criada que se atrevía a desafiar a la realeza, digna de todo respeto y admiración? Los incipientes enamorados no se dieron por aludidos.
Isabella asintió con los ojos chispeantes.
Las piezas de baile se hicieron pocas y el mundo desapareció para los dos. Ahora, la adolescente tenía las mejillas rosadas. Su cabello ondulado seducía al príncipe con cada movimiento y el pestañeo de sus ojos lo embaucó hasta perder la razón. Ambas manos se rozaban, pero ese sutil gesto iba más allá, sólo ellos sabían que era una caricia. Esas pieles, ambas blanquecinas se tocaban con satisfacción y lujuria encubierta. Los jóvenes se deseaban.
El rey Carlisle molesto por la actitud de su hijo, pero sin querer desautorizarlo en público, mandó a saltarse a algunas piezas de música para terminar anticipadamente con la velada.
Los invitados comenzaron a desalojar el castillo, aún boquiabiertos por el comportamiento descortés del príncipe. En medio del ruido de caballos, gente caminando y voces conversando, se oyó claro la profecía de una voz afilada, "la condesa es una bruja, piedad para el príncipe, acaba de firmar su condena". La voz gritó desesperada en una advertencia.
La muchacha fue la última en abandonar el salón. Isabella abandonó los jardines reales para desaparecer por las calles de adoquines. Una densa nube se tragó el carruaje de la muchacha, pero el príncipe angustiado por no volver a verla, pidió que le trajeran el suyo y salió tras ella.
Tras un par de horas por un frío bosque y sin seguridad alguna, Edward llegó frente a la morada de la mujercita de alma negra. A su encuentro, salió la anciana de costumbres extrañas. Una mujer vieja, pero pálida y bella como ninguna, de unos intensos ojos celestes, lo recibió en la puerta principal.
–Buenas noches –la mujer le hizo una reverencia al futuro rey.
Él respondió con una venia.
La anciana le mostró el camino. En cuanto entró, el príncipe bajó su capuchón negro dejando al descubierto su hermoso cabello broncíneo, tejido con hebras de oro por un ángel. Su mandíbula tensa demostraba ansiedad, al igual que los ojos de miel perdidos en lo desconocido de un amor que le arrebataría la vida.
El castillo era frío y todo en él muy tétrico. Cada objeto y persona en ese lugar parecía haberse detenido en un tiempo pasado. No existía vida, no había calidez de hogar ¿Cómo podía vivir ahí esa hermosa mujer? Su corazón se conmovió ante la idea de esa pequeña e indefensa adolescente frente tanta hostilidad.
Subió hasta la torre, seguro de hacer lo correcto, yendo tras su amor, y en cuanto abrió la puerta, un par de verdugos esperaban resguardando a la muchacha. Ella relucía incluso en su oscuridad interna y con gesto déspota despidió a los hombres fortachones del salón.
–Disculpe por seguirla tan ansiosamente –se excusó el príncipe con la mirada casi desequilibrada ante aquella jovencita.
–Yo quise que viniera hasta aquí –de repente la adolescente pareció doblegarse ante la nobleza de aquel muchacho.
–Es usted muy bella… y vine hasta aquí, porque mi corazón la siguió –dijo embobado ante la condesa.
–Corazón que le aseguro, será mío –sonrió la muchacha perversa.
Él respondió a su sonrisa sorprendido. Isabella se acercó a él con seguridad y posó sus dedos lánguidos sobre su pecho.
–Sería un honor que latiera por mí –la muchacha hablaba en serio.
–Ya lo hace… –el joven se mantenía expectante ante la mujer pálida como la nieve.
Ella sonrió y acercó sus labios a los de él. Los abrió y con dos toques sutiles acarició los suyos. Él seguía impactado, pensaba que le estaba faltando el respeto. Los corazones de ambos brincaban con fuerza y la sangre en sus venas hervía, quemándoles la piel.
La muchacha solitaria y segura de sí misma, lo tomó de la mano, sintiendo la tibieza de esas manos fuertes y perfectas y descendió por las escaleras oscuras, sólo iluminadas por una antorcha, hasta su habitación.
Las pesadas puertas se abrieron de par en par. Cuando estuvieron adentro, ella las cerró con firmeza. La habitación estaba fría, sin embargo, sólo lo notaron por el vaho que expelieron al hablar. Sus cuerpos estaban demasiado tibios y la necesidad de tenerse el uno a otro, los hacían obviar la frialdad de las paredes de piedra.
Él inclinó su rostro y la besó nuevamente, ella cogió su mano y la puso encima de uno de sus pechos pálidos que sobresalían por el vestido. Edward, tragó saliva, no sabía si seguir o detenerse.
–¿Está segura de quererlo?
–Completamente –le susurró al oído y él pareció desvanecerse ante sus palabras dulces y el tibio aliento.
La condujo hacia la cama, hechizado por los encantos de tan particular doncella, y poco a poco la fue desvistiendo, hasta quedar tan solo con un corsé interior y medias tres cuartos, negras de encaje, demasiado seductoras e irresistibles, para que el deseo se lo llevara el viento.
Él pasó sus manos por el calor que emanaba de la entrepierna de la mujer de cabellos rizados y ella en un gesto inesperado, separó sus rodillas y lo invitó a recostarse sobre su intimidad.
Edward respiró entrecortado debido al frío, la expectación y el nervio, nunca había experimentado nada parecido, en cada caricia y beso parecía haber sido envenenado de amor por esa mujer de ojos bellos.
–No he visto nada que se le parezca, usted es… es… maravillosa –le susurró al oído, mientras la piel le hervía y las entrañan se consumían en un incendio interno.
–¡Hágame suya! –le ordenó la docella con voz jadeante.
La ropa del príncipe de ensueño ya hacía en el suelo, ahora era el turno del incómodo corsé. Con ternura la hizo ponerse de pie y lentamente fue desacordonando aquella asfixiante pieza, hasta dejarla tan sólo con una enagua negra que traslucía sus pechos rosados y erectos.
Por un minuto él creyó enloquecer ante tan fabuloso espectáculo. Isabella le cogió la mano y lo arrastró nuevamente hasta la cama. Edward se deshizo de de la gasa incómoda que cubría la piel de la muchacha, evitando refrescarse en aquella tersura de porcelana, y con las medias aún puestas, se introdujo entremedio de sus piernas pálidas y esbeltas.
Hasta entonces la joven no conocía hombre alguno, pero no tuvo problema en entregarse a él. Con dolor intenso que la incitaba, abrazó al hombre que la haría suya y le entregó su virginidad para enloquecerlo de por vida.
Sus entrañas tibias embrujaron al príncipe de cabellos bronces y la fuerza de su vientre lo hizo bordear en la locura, de tal modo que desde entonces, lo embargaría la poca cordura.
Un amor imposible, un alma perdida, la mujer de tus sueños extraída de las peores pesadillas.
