Capítulo III

Tras la primera vez…

La despedida fue sutil, suave y enérgica a la vez. Isabella con el hermoso cabello chocolate esparcido por la almohada blanca, de fino plumaje, dormía placenteramente. Su respiración era pausada e inspiraba levemente por la boca con los labios carmesí, rojos intensos y carnosos, entreabiertos. La piel pálida, heredada del padre, le concedía un aspecto angelical. El príncipe la observaba con devoción, sentado en la orilla de la cama.

Tomó una pluma, dispuesta en el tintero del escritorio de la muchacha, cogió una hoja y escribió. Primero, no muy decidido, sonrió para sí mismo, y moviendo la cabeza en una afirmación, mojó la pluma para impregnarla en el negro líquido.

Con la elegancia y habilidad de un artista comenzó a estampar con su exquisita letra algunas palabras para su nuevo amor.

Mi admirable doncella,

Ha sido la noche más hermosa de mi vida. Usted es como la vida misma que inundó mi alma. Gracias…

Espero verla pronto, mi corazón esperara ansioso por usted.

Siempre suyo,

Edward Cullen

Débiles rayos de sol caían sobre el broncíneo cabello del príncipe, reflectando en sus hebras doradas como si fueran hilos de oro. Ante la luz, su piel nívea, parecía hecha de soft, suave como la de un bebé y más blanca que la leche materna. Los labios estaban más rojos, como consecuencia de la enardecida noche de amor.

Se acercó a su razón de existir y la besó en la frente, timbrando en un roce intenso toda la ternura más inmensa que nadie había sentido jamás por otra persona. "Qué descanse mi hermosa niña", susurró para sus adentros, y la cobijó con la manta para cubrir su piel de porcelana desnuda.

Antes de salir dio un último vistazo, realmente se estaba enamorando. Era un amor noble y desinteresado, sentimientos del alma.

Bajó las escaleras, a paso firme y seguro, se despidió de los criados a la distancia con una venia, intentando ahogar la sonrisa involuntaria, que a éste paso, la llevaba inherente en el rostro. Salió por el patio hacia su carruaje real.

Dos caballos blancos y aterciopelados esperaban en la entrada, arrastrando la carrocería pesada. Su cochero lo esperaba impecablemente vestido, como si jamás se hubiese movido del lugar, aunque habían transcurrido ocho horas.

Los curiosos se asomaban por donde podían, con los ojos redondos y risitas estúpidas. Cruzaban miradas de complicidad y buscaban de qué modo grabar cada detalle en sus mentes para poder traspasarla a los aldeanos, campesinos y comerciantes del pueblo.

Edward observaba el paisaje por la ventana, nunca se había percatado de tamaña belleza. Prados verdes y árboles de la altura de un castillo rodeaban los parajes por donde andaba el carruaje. El sol potente intensificaba el verde, dándole vida y belleza ¡Había estado viviendo en el paraíso todo este tiempo y jamás se dio cuenta!. Sonrió de satisfacción.

Los guardias reales bajaron el puente en cuanto avistaron al príncipe. Se oyeron trompetas y el séquito se cuadró ante él. Descendió y se dirigió al dormitorio. El cuerpo con rezagos de amor da vitalidad, pero necesita recuperarse, por lo que él príncipe enamorado se tendió sobre su lecho y dormitó un par de horas más.

Aletargado de amor, despertó desorientado, y cuando volvió a tierra, se dio cuenta de que estaba en su habitación, causándole frustración, porque en sus sueños la tenía entre los brazos.

Feliz y soñador como solo andan los enamorados, se puso de pie y continuó con la lectura diaria. Más tarde, se encontraría con sus amigos Hale, en la práctica de esgrima.

A las tres de la tarde sus mejores amigos lo esperaban en el salón con espadas y trajes. Emmett, que era un bebedor de la vida innato, en cuanto lo vio, supo que la noche anterior había sido de madres para el príncipe. Jasper, más introvertido, pero perceptivo para las emociones, notó que los sentimientos de su querido amigo habían dado un vuelco en trescientos sesenta grados.

—Con todo respeto… —agregó Emmett con una gran sonrisa— creo que tuvo una noche de lujuria y pasiones intensas —soltó una carcajada, mientras apuntaba al príncipe con la espada.

—Esta vez será sólo para mí —sonrió el príncipe desafiante y con dos pasos gráciles apuntó a su amigo.

Jasper lo observaba con preocupación. Él con su don de reconocer emociones, supo de inmediato que el corazón de Edward había sido capturado por un alma negra.

–¿Y la condesa está tan feliz como usted? –irrumpió el rubio hermano Hale, en tono suspicaz.

Edward se desconcentró, casi siendo vencido por su intrépido contrincante, pero logró sobreponerse.

–No todas las nobles se entregan sin pedir nada a cambio –intentó ser tajante, pero un presentimiento negativo lo hizo titubear.

Ahora fue el turno del menor de los Hale.

Ambos ojos miel se cruzaron entre espadas y designios, sin embargo, no cruzaron palabra alguna. El príncipe sabía que su amigo tenía un don sobrenatural único y que si no aprobaba su relación, era porque tenía una razón de peso para hacerlo, no obstante, albergaba la esperanza de que se equivocara.

Mientras, por la ventana de la condesa se colaban unos débiles rayos de sol, productos de lo que restaba de la tarde.

La muchacha, observaba con hipnosis su camastro de fierro forjado y bronce. Sin embargo, buscaba entre las sábanas rastros de lo acontecido la noche anterior. Necesita saber que había sido real. Se sentía extremadamente confusa.

Por fin, una mancha rosada, como un rojo deslavado, se asomaba triunfante sobre la lechosa tela de algodón, eran sus entrañas esparcidas por la suave pieza. Una mezcla de odio, preocupación e incontenible atracción hacia ese joven le invadieron los sentimientos, provocando su ira. Cogió un puñal y con rabia contenida, comenzó a rasgar el colchón, las almohadas de pluma, pero por sobre todo las sábanas.

Respiraba tan agitado, que parecía un animal aprontándose a una pelea de vida o muerte. Cuando ya estuvo exhausta, llamó a la anciana y con un gesto déspota y la voz afilada, indicó.

–¡Llévate todo esto y quémalo en la hoguera! –dirigió, mientras caía agotada sobre la alfombra.

La anciana, bella, de inmensos y expresivos, pero oscuros ojos celestes, sonrió. Ella había planificado cada paso de la temible doncella.

Bajó en una canasta los restos de las sábanas y las sepultó en el cementerio del pueblo, profiriendo antes, unas palabras incomprensibles en latín. Todo bajo la más estricta cautela del cielo negro, espeso por las nubes grises cargadas de lluvia.

Al día siguiente, el carruaje real, distinguido por el par de lustrosos caballos blancos como la nieve, se aprontaron en la puerta del castillo de la condesa. Un mensajero, de especial confianza del príncipe, solicitó hablar con la mujer de confidencia de la muchacha. Pronto apareció la anciana, Marie.

Con una venia, ambos se saludaron cortésmente. En una de sus manos, cubiertas por un níveo guante de tela, el mensajero cogió de un cofre la carta para Isabella. El sello real estampado en el papel, dejaba en claro quién la enviaba. La mujer, acomodó el sobre dentro del bolsillo, en el gran faldón gris. Subió las escaleras con el rostro cubierto de satisfacción.

La adolescente, más caprichosa que nunca, se negó a recibirla. Pero como la vieja era sabia, la dejó sobre el escritorio sin decir nada.

El frío abrazaba el cuerpo de la doncella, de corazón confuso y negras intenciones. Cada vez que exhalaba, la tibieza de su cuerpo batallaba con la temperatura de la habitación, pero ella no lo sentía. Observaba la carta sin atreverse a abrirla, hasta que la ansiedad la venció.

Sus lánguidos dedos, fríos y blancos, sacaron la carta desde el interior y con ojos ansiosos leyeron con atención cada una de las frases.

Mi preciada doncella,

Tan solo han transcurrido horas desde nuestro encuentro, sin embargo, no he podido dejar de pensar ni un segundo en usted. Es imperioso volver a verla.

La esperaré a las doce de la noche, junto al río de los Encantos.

Me sentiré muy complacido si usted decide ir…

Siempre suyo.

EC

Un torbellino de emociones embargaron la mente de Isabella. Su cuerpo, y algo más allá que ella desconocía, quería encontrarse con él, no obstante, al mismo tiempo, lo detestaba… odiaba necesitarlo.

Tomó su capuchón rojo y descendió por las escaleras con seguridad y certeza de espantarlo por siempre de su vida.

Los truenos impulsaban aún más la lluvia rebelde e intensa. La chica con una orden hosca, pidió a uno de sus cocheros que la llevara al bendito río, donde se encontraría con el hombre que le había robado su virginidad y parte de la dignidad, también.

Orgullosa, miraba por las ventanillas, decidiendo qué le diría a ese hombre de sangre azul en cuanto lo viera. "Le agradeceré que no me vuelva a molestar"… "no quiero saber más de usted"… "lo de la otra noche no fue nada"… Esas fueron sólo algunas de las frases que barajó para encararle.

Su corazón frío como un iceberg, comenzaba a latir lentamente, entibiándose frente a los nobles sentimientos de ese hombre desconocido.

En medio de la neblina, alcanzó a distinguir el carruaje real, los animales de patas largas y encandilante pelaje blanco, eran inconfundibles. Tras ellos, un joven con cabeza gacha parecía expectante, casi rezando para contar con su presencia. Ella quedó sin aliento.

El muchacho levantó el rostro y sonrió esperanzado ante la llegada de Isabella, a pesar de que la lluvia lo tenía empapado por completo. Sus botas, estaban completamente húmedas y el cabello de bronce caía en mechones mojados, volviendo su cabello algo tornasol, entre rubio, cobre y castaño. Las gotas de dulce lluvia resbalaban por sus labios carmesí.

El carruaje se detuvo y él se acercó tan humilde como un plebeyo. Abrió la puerta y la invitó a salir. Isabella no alcanzó a posar un pie en el suelo, cuando él la cubrió con la capa negra que usaba de abrigo. La condujo hasta su carro.

La miró embobado ante la belleza de aquella joven ¡Jamás había visto tanta magia seductora en su vida! Y ¡Ella ni siquiera era conciente!

–Le agradezco infinitamente acceder a mi visita, a pesar de las condiciones –miró por la ventana– climáticas –sonrió y cogió sus manos entre las de él.

Isabella no dijo nada, todo lo que había practicado quedó en su carruaje, era como si un embrujo malévolo la abdujera a la perdición. En una reacción incomprensible, la joven se lanzó a sus brazos, sin darle tiempo a reaccionar.

Sus labios se unieron, húmedos por la lluvia y sus propios fluidos. El corazón del muchacho estaba hinchado de tanta emoción y latía con desenfreno. La sangre de la niña hervía en los brazos de él.

Como si no hubiese nadie más en el radio en que se encontraron, él se deshizo de la capa roja de la muchacha, porque lo consumían las ganas. Acarició sus pechos sobresalientes y fríos. Ella con una necesidad desconocida recorrió las partes más sensibles del muchacho.

Con ansiedad, fruto de la pasión juvenil, Edward se deshizo del aparatoso vestido de la jovencita, como si extraerlo fuera parte de su entrenamiento con otras doncellas. Ella respiraba entrecortado y él, jadeaba dificultoso. Por fin, la muchacha acomodó las piernas a cada lado de las caderas del príncipe, dejándose caer en su masculinidad, logrando que él se deleitara en sus tibias entrañas, que ya eran una necesidad imperiosa para seguir viviendo, era como beber el néctar de la vida.