Capítulo IV

Mi mejor obsequio: el alma

–¡Edward! –Alice, alterada y estrepitosa, entró al gran dormitorio del príncipe, quien continuaba mirando al vacío, sin decir nada, con los rasgos endurecidos y la vista perdida en el infinito. Su piel se estaba tornando cada vez más mortecina y el brillo del cabello se le apagaba día a día.

El joven no contestó, continuaba sumido en los recuerdos que le destrozaban el corazón, con tanta agresividad como cuando ella lo abandonó. Era una herida sangrante, cubierta de esquirlas que punzan en la carne viva e imposibilitan la recuperación.

–¡Edward! –insistió su hermana, tomándole el rostro entre sus pequeñas, suaves y lechosas manos de algodón refinado. Alice intentaba que su hermano clavara los ojos en ella, para poder traerlo al mundo otra vez.

–Alice… –entrecerró los ojos y contestó por fin, aunque fuese de mala gana.

–¡Anoche mataron a otra doncella! –le anunció a su hermano alarmada, como si fuese una novedad para el príncipe. A estas alturas, eran unas dos o tres por semana.

–Deberían resguardar más las afueras del castillo –contestó despreocupado.

–¡Ya van quince! Y no superan los veintidós años –insistió ella espantada.

–Es una lástima –agregó por cumplir, sin lamentación real.

Alice lo notó y con impotencia y un poco de ira lo miró fijo a los ojos.

–¡Esta depresión te ha vuelto indolente, Edward! –agregó furiosa.

Por fin el joven se enterneció y contestó.

–Mi querida hermana, siento no prestarte toda la atención que quisieras, pero a veces las nubes en mi mente me lo impiden ¿podrías perdonarme? –le suplicó con los ojos tostados caídos.

Lo miró fijo unos segundos y luego, sonrió triunfadora.

–¡Claro! –asintió su bella hermana satisfecha.

Dio media vuelta y su vestido azul, de telas suaves, voló como si fuesen alas de hadas. Antes de que su hermana llegara a la puerta, Edward preguntó, con una grata sonrisa dibujada en el rostro, que lo hizo volver a la vida por unos segundos.

–¿Cómo va todo con mi querido amigo, Jasper? –la increpó con su mirada furtiva.

Ella quedó perpleja y no supo que contestar ¿Acaso su hermano lo sabía? ¿Se lo habría contado su enamorado? Difícil… por no decir imposible, era una relación prohibida bajo todas aristas.

–¿Qué dices? –por fin contestó.

–Las paredes tienen ojos y oyen ¿lo sabías? –suspiró y exhaló fuerte, haciéndose notar.

Alice volvió a cerrar la inmensa puerta de noble madera y volvió hacia su hermano.

–No lo vuelvas a repetir –amenazó temerosa.

–¡Nunca! –juró él.

Algo de luz llegó a los ojos del príncipe e insistió con preguntas.

–Y ¿Desde cuándo son tan amigos? Creí que mi padre se los había prohibido –sonrió al decir esta última palabra en tono sarcástico.

–Poco… –contestó ella tajante.

–Posiblemente un poco más de lo que afirmas, querida hermanita –la besó en la mejilla.

Volvió a su rostro fantasmagórico y se instaló frente a la chimenea. Sus ojos de miel líquida se perdieron nuevamente y los recuerdos se apoderaron de sus sueños. Alice se fue contenta, al menos pudo sacarle una sonrisa al príncipe.

Esta vez, su mente viajera en el pasado, se instaló en esa noche… extraña, pero finalmente feliz.

Isabella llevaba puesto un corsé rojo, con macramé negro y un faldón, también oscuro y vaporoso. Llevaba el cabello chocolate tomado en un moño, con rizos que le caían por los costados del rostro, afinando aún más esos hermosos rasgos seductores. Y al centro de su cabeza, una coronilla de diamantes y rubíes.

Era una templada noche de junio y la cena estaba servida en el gran salón de Glasgow. Unas velas rojas iluminaban la hermosa mesa, sin embargo, la comida pasó a segundo plano, ellos se necesitan intensamente. Sus cuerpos se atraían como imanes. No había pasado una noche desde su cita en el río de Los Encantos, que el deseo de tenerse el uno al otro se hiciera menos evidente. Y el veneno de un amor embrujado los fuera absorbiendo hasta hacerlos perder la cordura por la lujuria.

Con una sonrisa traviesa se lanzó a sus brazos, a vista y paciencia de la servidumbre. Cuando las caricias de ambos se hicieron demasiado evidentes, Marie, ordenó a los hombres que salieran del gran salón, para dejar a solas al par de jóvenes, desbordados por las hormonas y la piel ardiente.

A la condesa no le importó qué sucediera con su padre enfermo, quién desprendía sus últimos suspiros de vida, producto de una enfermedad inexplicable, que bien podía ser producto de una hechicería.

La muchacha se dejó caer en los brazos del príncipe, que a estas alturas ya vestía más relajado, con una camisa blanca, ancha y desbordada por un par de blondas. Llevaba también, sus impecables botas de montar y un estrecho pantalón negro, muy típico de la época.

Las velas se consumieron, y el fuego de éstas, era como la fiereza de sus entrañas. Ambos, enajenados por las cenizas ardientes que les quemaban las venas.

Con los labios húmedos, ella se lanzó a su cuello y sintió entre su boca, la piel suave y tersa del príncipe, que emanaba un aroma mezcla de hombre y esencias boscosas, maderos y eucaliptos, pudo reconocer sin contemplación. Volví el rostro hacia él y lo besó. Él sonreía, estaba completamente enamorado.

Se acercó al borde de sus pantalones y sacó la camisa de adentro, acariciando su cuerpo pétreo y blanco como la cal, casi fantasmal. Los labios del príncipe estaban tan rojos que parecía que la sangre misma se los hubiese tintado. Ahí surgió la idea.

Ella lo observó anonadada, la sangre del príncipe le había hecho sonrojar y los latidos de su corazón eran muy frecuentes y demasiado potentes. Se imaginó cómo debía saber ese líquido, mezcla de sal y óxido. Todos los sentidos de la condesa se alertaron.

–Mi querido príncipe –sonrió seductora y misteriosa.

–¿Qué desea mi princesa? –contestó divertido, desde hace un tiempo la llamaba de ese modo, porque él, tenía certeza de que así lo sería.

–¿Usted haría lo que fuese para complacerme, cierto? –le susurró al oído, con el hálito tibio, enloqueciendo al príncipe.

–Lo que me pida… –rió, pero ahora supo que le pediría algo inimaginado.

La chica consiguió su objetivo.

–Quiero beber su sangre –le dio un toque férvido a sus labios con los suyos.

–¿Mi sangre? ¿Cómo? –sonrió, pero se descompuso un tanto.

–No duele nada. Mire… –cogió un cuchillo afilado, dispuesto para la ave de corral apostada en el centro de la mesa, que había quedado intacta, y se hirió la muñeca.

La sangre brotaba sutil, pero rápido. El líquido viscoso tiñó la carne blanca de la muchacha y ella la dejó correr por sus manos, siempre sonriente, con una risita dulce y enternecedora. El joven de sangre azul, la miraba estupefacto.

Ella levantó el brazo y lo inclinó hacia él, dejando que la sangre fluyera hacia la boca del príncipe, quien confuso, pero jamás descortés, entreabrió los labios para beber los fluidos de la muchacha. Su sangre era dulce y deliciosa como cada rincón de esa mujer de ensueño.

Isabella, sentada de frente a él, sobre sus rodillas, con las piernas acomodadas cada una al lado de sus caderas. Se hizo un poco hacia atrás, tomó el brazo del príncipe, que daba hacia la mesa, y sobrepuso el brazo del muchacho sobre el mantel blanco de macramé. La piel lechosa del príncipe, dejaba entrever claramente sus azules venas, gruesas y latentes.

Ella lo miró con decisión y luego, con un pinchazo casi imperceptible, abrió la carne viva del príncipe. Él no se quejó, sólo la miraba con devoción y extrañeza. Cuando la sangre comenzó a brotar, levantó la muñeca sangrante y se la llevó a la boca. Sus labios recibieron por primera vez, sangre de linaje, cargada de emociones, testosterona, proteínas y fuerza de un alma noble.

Cuando la herida ya fue cicatrizando y no fue posible extraer nada más de su piel, ella lo besó, mostrándole con su lengua como sabía, el mismo.

Él recogió su beso con pasión y dulzura, apresándola en sus brazos y manchándola con gotas de su preciada sangre en la espalda. Abrió la puerta del salón y la llevó hasta su habitación.

Se deshizo de todo lo que los apartaba, hasta quedar desnudos bajo los rayos y truenos que iluminaban y ensordecían el paisaje. La chimenea bien encendida y las ventanas selladas con madera, lograron mantener la calidez del ambiente.

La dejó sobre la cama de sábanas blancas y la besó desde la frente a los pies, extasiándose de cada centímetro de su piel traslúcida. Primero, se detuvo en sus labios rojos, encendidos, besándolos con demasiada devoción. Continuó humedeciendo el cuello níveo de Isabella, hasta descender a sus pezones, hermosos, rosados, candentes, casi del color de sus labios, pero levemente más pálidos. Sus pechos, a diferencia de cuando la conoció parecían más voluptuosos, al igual que las caderas, más anchas. Su cuerpo de niña había tomado forma de mujer, su mujer.

Ella se dejó amar sin precaución alguna. La tibieza de su piel tenía embrujado al noble muchacho de cabellos broncíneos. Cuando ya estuvo listo, su corazón ansioso le indicó que era el momento de disfrutar de ese lugar, al que sólo él tenía acceso y lo transportaba al paraíso.

Los gemidos de la muchacha, de hálito dulce y perfumado, lo tenían como pendido de una soga al cuello. Jamás podría alejarse de ella, ese sería su fin y ella lo sabía.