Capítulo V
Encantamientos sin nombres
Tras su primer encuentro en el río de los Encantos, la muchacha quedó completamente descolocada. En su mente había confusión, y también, la indecisión se apoderaba de ese corazón, nacido muerto.
Edward la escoltó hasta su castillo en Glasgow, mientras la noche se hacía parte de este sentimiento profundo, creciente, embargante. La lluvia no cesaba y el camino se había vuelto fangoso por el reblandecimiento de la tierra seca. Los árboles parecían más grandes y lúgubres, sin embargo, el olor a pasto húmedo reconfortaba el ambiente y cerraba el círculo perfecto de esa noche.
Ella llegó con el cabello un poco húmedo por el diluvio. Entró sigilosa a la fortaleza de piedra, en tanto Marie la observaba desde un rincón oscuro del salón, que alguna vez, cuando la madre de Isabella estuvo viva, se usó para el baile. La anciana llevaba una pechera blanca que la cubría desde los hombros hasta el final del faldón. El cabello blanco como el algodón, lo llevaba en un moño apretado y escarmenado, como su alma confusa. Con una vela en la mano, desde un escondrijo sin luz, le habló a la muchacha cuando pasó en dirección a su dormitorio.
—¿Se está enamorando al príncipe? —agregó con voz áspera.
La chica dio un saltito, venía completamente distraída, con la mirada en el vacío. La capa roja se arrastraba en el suelo frío.
—¿Qué dices? —preguntó extrañada, intentando sobreponerse al susto que le había provocado ese sonido de ultratumba, originado de la boca de la anciana.
—Si él se ha entregado por completo. Una mujer lo sabe… —habló golpeado la octogenaria.
—No lo sé… esta noche he querido decirle que me deje en paz —contestó la muchacha insegura.
Ella se paró en frente de Marie, con el rostro sonrojado y los labios rubíes, fruto de los amores febriles y efusivos.
—Y ¿Me imagino que se lo ha dicho? —sonrió la anciana con malicia.
—No alcanzamos a hablar de eso… —la niña carraspeó la garganta para afirmar su voz frente a la mujer.
—Claro que no… el deseo es demasiado intenso ¿no? —continuó— quema las entrañas y nubla la razón ¿eso es lo que siente? —insistió la anciana, iluminando sus ojos celestes y acercándose demasiado a la jovencita.
Isabella no contestó, se negaba a reconocer que el príncipe despertaba emociones desconocidas para ella. Dio media vuelta y con paso firme, se dirigió hacia el pasillo.
—¡Condesa! —la mujer alzó la voz.
Irritada, se giró hacia la anciana, no podía soportarla, ya ni siquiera se perdonaba ella misma por tener sentimientos de agrado hacia el joven príncipe.
—¿Qué quieres? —dijo brusca.
—Conozco una manera para que jamás desee irse de su lado… —ofreció Marie con entusiasmo.
—¡Guárdate tus maleficios! ¡Bruja! —le gritó furiosa, no quería que la siguiera hostigando.
—Usted sabe que son bastante efectivos —le susurró al oído y luego sonrió.
—No quiero ¡Nada! ¡Déjame tranquila, vieja! Anda a alimentar a tus cuervos —la muchacha chasqueó los dedos.
Marie sonrió de todos modos, sabía que en algún momento la muchacha recurriría a ella. Esa noche, con el vientre revuelto y la mente confusa, Isabella logró conciliar el sueño.
Un viento frío se coló entre sus sábanas. Miró hacia su derecha y se dio cuenta que la ventana estaba abierta de par en par. La muchacha se extrañó, aseguraba haber cerrado las puertas de madera antes de dormir. Algo le molestaba en el vientre. Sudorosa y acalorada, se destapó. Miró hacia su parte baja y vio como un pájaro negro y fantasmagórico comía de sus entrañas. Tenía el pico lleno de sangre y las sábanas, se empaparon de su rojo fluido. Desesperada intentó pegarle al animal, pero no podía tocarlo, cuando su mano pasaba por él, éste se hacia invisible al tacto. Con un grito de horror despertó a todo el castillo.
Con un salto a la realidad comprobó que todo era una pesadilla, sin embargo, entendió el mensaje de la anciana. Había sido ella misma quien la había enviado a alimentar a los terroríficos animales. "Imbécil de Marie", profirió entre dientes.
—¡Marieeeeeeeeeeeeeeeeee! —soltó un gritó desgarrador.
La vieja entró, media curvada y en menos de un minuto, estaba parada frente a sus ojos.
—¿Condesa? —fue sarcástica.
—¿Qué quieres que haga? —intentó tranquilizar su respiración agitada.
—Existe un…
—¡Embrujo! —Isabella concretó la frase.
La anciana asintió.
—¿De qué se trata? ¿Me une a mí también?
—¡No, no! A usted no, sólo a él. Será el príncipe quien no podrá vivir sin usted —continuó la vieja con su explicación.
—¡Ah! —dijo ella más tranquila.
Marie, aún de pie a un costado del lecho de la niña, le explicó paso a paso lo que debía hacer. Ella la oía con atención, convenciéndose poco a poco de lo que haría.
Con las palabras de la vieja susurrándole muy de cerca, porque aunque la anciana fuera mala, tenía una especial condescendencia con la muchacha y su hálito frío, contenía una aroma dulzón tranquilizante para Isabella. Era lo más cercano a una madre y bajo su cobijo, concilio el sueño.
Despertó entre sábanas húmedas, por el exceso de calor, la chimenea había quedado encendida toda la noche. Con un gran camisón blanco y el cabello ondulado y seductor, que le llegaba hasta el nacimiento de sus caderas, corrió a la torre para concretar los consejos de Marie.
Abrió las pesadas puertas de madera, con demasiada dificultad, al parecer los vaivenes del amor le quitaban fuerza a su cuerpo y voluntad…
Con paso algo más pausado se acercó al altar, donde muchas veces había hecho sacrificios con la sangre de otros, en juegos macabros y sórdidos, del que el príncipe era un absoluto ignorante. Pero para su extrañeza, encima de la cama de roca había tan sólo una manzana, una fogatita pequeña, una pequeña olla de hojalata, un diminuto y afilado cuchillo y otro un poco más grande, que destellaba su brillo, mostrando la potencia escondida que contenía esa arma.
No fue necesario llamar a la mujer de cabellos blancos, cuando Isabella se giró, ella ya estaba posicionada a su espalda, expectante ante las preguntas de la joven.
—¿Qué es todo esto? —preguntó la muchacha, déspota, casi sin mirarla.
—Bueno, esta es una pócima algo diferente, con otro sentido —respondió la vieja con voz casi dulce.
—Y ¿Qué hago? —continuó la niña aún de mal humor.
—Primero, debe encender la fogatita. Poner la olla sobre el fuego con la manzana dentro de agua y esperar a que hierva —aseveró la anciana.
—Y luego… —continuó Isabella.
—Coger la manzana, decir "atraviesa el corazón de mi amado", enterrar el cuchillo más fino y…
—¿Qué más? —dijo la joven, visiblemente irritada, encontraba una estupidez este tipo de embrujo.
—-… luego, derramar su sangre sobre la manzana y guardarla en un cofre —la vieja le mostró un pesado baúl de plata que cargaba en las manos.
—Y ¿Eso sirve? —sonrió la chica, burlesca.
—Por supuesto, mucho más de lo que imagina —respondió Marie, también un tono sarcástico.
La muchacha estaba con las mejillas rosadas, por la noche poco usual, plagada de pesadillas. Encendió los palos secos, acomodo la olla con la manzana, con una sonrisa de incredulidad dibujada en los labios. Dejó que hirviera, la sacó, incluso quemándose un poco los dedos, provocando una sonrisa burlesca en la vieja, quien miraba cada movimiento con especial dedicación. Ella le dirigió una mirada furiosa.
Cogió la fruta, abrió su carne blanca con el cuchillo hasta llegar al centro de ésta y luego, pasó el gran y afilado cuchillo por su piel alba, casi fantasmal y se rebanó la muñeca, levemente, pero sangró lo suficiente como para que el fluido de un rojo intenso, viscoso, cayera sobre la fruta, que ahora representaba el corazón de su amante.
Al sangrar, el color de las mejillas se desvaneció inmediatamente, quedando tan pálida como la nieve. Tomó la manzana y la dejó dentro del cofre, sellando todo, con un gran candado.
—¿Dónde debe quedar? —preguntó, mientras se acercaba una tela blanca a la herida, presionándola y empapándola de sangre roja e intensa.
—En su dormitorio, lo más cerca suyo… —aseguró la vieja, con la sabiduría de los hombres que no tienen nada que perder en la vida.
La muchacha asintió. Salió de su guarida en lo alto de la torre y bajó a su lecho. Se sentía, excepcionalmente cansada.
Al día siguiente, pero aún con el cielo oscuro como la boca de los lobos, Edward se preparaba para un día de caza, junto a sus amigos Hale y unos cuantos perros amaestrados para la casería.
La noche anterior había llovido más de lo común. La fragancia de los árboles, el barro cubierto de hojas descompuestas y la humedad matutina, entregaban un aroma tan fuerte e intenso como el cuero de los animales ya curtidos, pero de un modo agradable, no rancio.
Los hermanos Hale lo esperaban con sus enormes caballos de fina sangre en las afueras del castillo. Él se apresuró en salir, no quería ser descortés y hacer esperar a sus amigos de la vida.
Osos enormes esperaban por ellos en el bosque y el príncipe Edward estaba especialmente entusiasmado con la casería. Eran los primeros vestigios de esta costumbre, como entretención, en la tierra, y sólo estaba reservada para la realeza.
Los animales del bosque aguardaban tranquilos, seguían su ritmo de vida sin sospechar que tres jóvenes cazadores esperaban por ellos. El venado era el animal predilecto. Descendieron de los caballos y caminaron sigilosos en busca de su presa. Edward encontró uno pequeño, de ojos carismáticos y pelaje lustroso. Ambos se observaron por unos segundos, expectantes, pero algo paralizados.
Casi podía ver las pulsaciones del diminuto animal, y a la vez, reconocer la ternura del amor. Aún, detrás de un arbusto y sin acercarse al animal para degollarlo, sintió que la piel a la altura del cuello se le erizó por completo. Un hálito tibio le recorrió la piel y lo hizo estremecerse desde el cabello hasta el vientre. Cerró los ojos, era la voz de Isabella que susurraba su nombre de manera muy cautivante y seductora.
Un golpe fuerte lo remeció, miró a su lado y vio como Emmett, el más fuerte de los Hale, enterraba una lanza a un oso enorme, de gran pelaje. El animal rugió con fiereza y el príncipe, ayudó a su valiente amigo en la travesía, que no fue menor, porque una bestia de aquellas proporciones era un gran contrincante, incluso para el cazador más avezado y que, cuerpo a cuerpo era imposible de vencer.
Exhaustos cayeron alrededor del cuerpo agonizante del animal, con las manos cargadas de sangre y la respiración agitada.
—¿Me puede explicar cómo no escuchó a esa bestia? —Emmett lo increpó, notablemente irritado.
—No lo oí —contestó avergonzado, con la cabeza gacha, lo que no era propio de un príncipe, pero para él, sus amigos eran iguales, jamás los podría mirar por debajo.
Entre penumbras, apareció Jasper, desconcertado, con la mirada perdida y más pálido que de costumbre.
—¡Casi matan a Edward! —gruñó Emmett, molesto.
El rubio elegante no contestó y fijó la vista en el príncipe.
—¿Qué fue eso? —parecía intrigado.
—¿Lo del oso…? —contestó extrañado.
—¡No! ¡La silueta de mujer que estaba detrás suyo! Se parecía a su condesa… —el misterio se apoderó del bosque. Emmett no entendía nada ¿Qué podía ser más importante que el oso en estos minutos?
El joven de cabellos broncíneos tragó saliva, más estupefacto que nunca, casi al borde no poder articular palabra. No respondió de inmediato, sin embargo, tras procesar los últimos intensos segundos vividos, bufó y unió el entrecejo al mismo tiempo.
—Estoy tan intrigado como usted —sus ojos se demacraron.
—¿De qué hablan? ¿Qué mujer? ¡Arg! —ahora si que estaba irritado.
Edward aún con la mirada pegada en Jasper, respondió a Emmett.
—Jasper dice haber visto a la condesa de Glasgow —no lo podía creer.
—¿Isabella? Ustedes dos enloquecieron, ¿Qué podría hacer ella aquí y sola? —se burló de ambos.
—Yo la oí —aseveró el príncipe y agregó— pude sentir su aroma dulce, de flores de primavera, es inconfundible.
Los tres se quedaron mirando confundidos, sentados alrededor del oso que exhalaba su último aliento, pero no le dieron importancia. Edward, se sintió imprevistamente exasperado, necesitaba verla, acariciarla, saber que estaba bien y que todo había sido producto de su inagotable imaginación de enamorado. Se puso de pie, sin decir palabra, montó el fiel caballo negro y galopó hasta el castillo de la misteriosa muchacha de ojos chocolates.
