Capítulo VI
Corazón destrozado
Las visitas continuaron constantes, embriagadoras, lujuriosas y apasionadas. Un año de amores furtivos, febriles y desesperados. La princesa había cambiado de humor y ahora estaba más dulce, dentro de su carácter, claro.
Cada encuentro era una aventura. Ambos esperaban expectantes cada instancia para estar juntos. Se sometían a largas maratones de encuentros ansiosos, plagados de juegos con tintes íntimos e incomprensibles, como el de beber sangre el uno del otro. A veces incorporaban rocíos de vino, macerado con flor de canela, que según se pensaba en el mito colectivo, era afrodisíaco. Cuando sus cuerpos desnudos se impregnaban de esta esencia, lamían cada partícula de la piel del otro hasta encontrarse en un sinfín de gozo y placer. No era difícil oír las carcajadas de la joven condesa. Y el príncipe, era el invitado permanente en el castillo de Glasgow. El cuerpo de la muchacha se iba transformando poco a poco hasta convertirse en una mujercita.
Marie, tenía especiales instrucciones de cuidar al conde, August, padre de Isabella. La mujer muy temprano en la madrugada, le llevaba una taza de té, que debía suministrársela a pocos sorbos, porque estaba postrado en el lecho de enfermo. Durante la tarde le llevaban comida liviana, aves generalmente, desmenuzada, que él a penas tenía que masticar y por la noche, la misma insípida comida de horas antes.
Era un hombre grande, en sus tiempos mozos bastante fuerte e inteligente, de piel rosada como los conejos, expresivos ojos verdes y ahora, cabello cano, que en su tiempo, fueron unos desordenados resortes dorados. Cada cierto rato, se desvanecía en la inconciencia y pronto, volvía para respirar con dificultad.
—¿Dónde está Isabella? —preguntó preocupado— no viene hace meses —recriminó con sentimentalismo.
—Está sumida en la intensidad de los despertares de una señorita… —agregó la mujer sin mayor tapujo.
—No quería que fuera de ese modo. Ella se merece un hombre que la cuide y la cobije, no que la utilice para calmar sus ansias de varón —tosió entre murmullos.
—Es la condesa quien no quiere oficializar el noviazgo —le dio un bocado de la desabrida papilla.
A penas aguardó para que tragara.
—¿Quién es él? —exigió furioso.
—El príncipe Edward, hijo de los reyes Cullen —contestó despreocupada.
—¡El príncipe! ¿Por qué? Esto ha sido obra tuya, Marie —comenzó a toser con dificultad, apremio y desesperación.
—Verá como su hija se puede casar con alguien de mejor clase social, no como discriminó usted a mi hija por ser de procedencia humilde —le recordó con rencor.
—Eso es pasado, Marie. Sabes que era imposible, estaba la madre de Isabella de por medio —agregó con despreocupación el enfermo.
—Usted la abandonó con un hijo en el vientre y terminó desgraciada en un pueblo inmundo —a la vieja de hierro se le cristalizaron los ojos por el odio y el peso de los recuerdos.
—¿Qué fue del niño? —desvió la conversación.
—Debe ser un campesino más… —respondió la mujer irritada— no lo sé —concluyó.
El hombre comenzó a crisparse con los ahogos. La anciana cogió la bandeja y se marchó del cuarto oscuro, con hedor a humedad. Al salir, cerró los ojos y apretó un frasquito que llevaba en el gran bolsillo de su faldón viejo. "Te lo mereces…", profirió para sus adentros.
Esa noche la mujer fue por Isabella, sabía que le quedaban los últimos suspiros de vida al hombre enfermo. Su salud desgastada, era a raíz de un envenenamiento lento y prolongado por parte de Marie. En cada ración de alimento, té o infusión, unas gotitas de una planta mortal, fueron dañando el cuerpo de aquel hombre que tanto odiaba. Era su venganza. Sin embargo, por la joven, sentía un cariño especial, porque según ella, cuando la vio al nacer, era el reflejo vivo de su hija muerta.
—Condesa —golpeó la puerta con sigilo.
—¡Pasa, Marie! —respondió ella, mientras el príncipe ocultaba sus partes íntimas con una sábana, notoriamente incómodo.
La curvada mujer entró a la gran habitación, cálida por los amores desesperados y advirtió.
—Su padre… quiere verla —declinó la vista.
—¿Ahora, Marie? —la chica miró incrédula, enarcando una ceja.
—Mañana puede ser tarde —amenazó.
—¡Está bien! —se resignó con expresión déspota.
El príncipe observaba inquieto, no habló, pensó que no debía entrometerse. Mientras, la anciana miraba a Isabella con ojos mordaces. La muchacha estaba desnuda y al vestirse, la vieja sabia, se dio cuenta que su piel traslúcida estaba bastante más abultada. Las caderas tenían bordes redondeados, la cintura más ancha y los pechos, hinchados, con los pezones rosados, endurecidos. No dijo nada, pero el príncipe, suspicaz, se dio cuenta también, que algo había cambiado en la muchacha, le agradaba, no cabía duda, pero con el vistazo de esa mujer misteriosa se dio cuenta de que había algo más.
Salieron juntas de la habitación y la muchacha tomó aire antes de entrar a ese rincón oscuro del castillo. Contuvo el olfato para no oler aquella humedad que le revolvía las tripas y le provocaba náuseas. Se acercó a él con desprecio, en verdad no lo quería, probablemente por influencia de su "protectora".
—¡Isabella! —la llamó August, entre susurros de agónico.
La muchacha se acercó con repulsión y lo miró a los ojos. El continuó.
—Debes casarte con ese joven —le ordenó.
—No lo deseo —fue dura.
—Es tu única opción. Ya no tenemos tierras y escasamente nos queda el apellido —insistió aletargado.
—No es su problema —contestó brusca.
El moribundo se exaltó de tal modo que la tos fue imposible de controlar. Aspiraba el poco oxígeno que llegaba a sus pulmones, con dificultad, tenía el rostro rojo. Se estaba asfixiando. La anciana se acercó a su oído y le murmuró, sin que Isabella lo oyera.
—Está embarazada…
Esa noticia le dio el último alivio en este mundo ingrato. No alcanzó a musitar nada y su corazón se detuvo. Isabella miraba absorta como se le iba la vida a ese señor, para ella, prácticamente un desconocido. Marie se acercó a él y le cerró los ojos. "Descansa en paz maldito infeliz", manifestó con sentimientos encontrados.
La joven ya no pudo contener la respiración y un océano de hedores nauseabundos la hicieron vomitar en el pasillo de piedra y fuego. La vieja salió tras ella, mientras los criados se preocupaban de los detalles del funeral. Mandó a traer una infusión de hierbas sanas y se las dio a la muchacha. Maternalmente se sentó a un costado de Isabella, mientras le volvía un poco de color a su rostro pálido como la cal.
—Condesa… —comenzó sutilmente la anciana.
—¿Qué quieres Marie? —aún se sentía descompuesta.
—Si la luna no me engaña, usted hace tres meses que no tiene su flujo normal —dejó entrever la anciana, pero ella lo captó de inmediato.
Isabella la miró con furia.
—¿Crees que estoy embarazada? —la miró con horror.
—No lo creo —le corrigió— estoy segura.
Un nudo de odio se instaló en la mente de la muchacha. Estaba abatida con la noticia y quería resolver pronto el asunto.
—Tú conoces las hierbas necesarias —la increpó iracunda.
—Ya es tarde —mintió la vieja.
La joven se puso de pie, aún media temblorosa, pero la encaró con ímpetu.
—¡Es una orden, Marie! —le gritó con furia.
—Lo siento, es muy peligroso —contestó la vieja, tozuda e impenetrable a las represalias de la joven.
—Si no me quieres ayudar, lo haré por mis propios medios —agregó fucsia de rabia.
—Buena suerte —contestó la anciana, sarcástica, clavando sus ojos caucásicos en ella y esbozando una sonrisa torcida.
Con el impulso que sólo entrega la ira, Bella entró a su habitación con los ojos inyectados en lágrimas de impotencia. Edward la miraba con ternura, pensaba que estaba de ese modo por su padre.
—¡Lo siento! —intentó abrazarla, pero la muchacha con un movimiento brusco se zafó de él.
El joven quedó impávido ante su reacción. Tragó saliva.
—¡Déjame sola! —alzó la voz. Él no sabía qué sucedía, reconocía más odio que tristeza en la muchacha.
Salió con el corazón enmarañado y confuso. Antes de irse volteó nuevamente a mirarla, pero no le dijo nada. Confundido bajó las escaleras que unían la habitación con los grandes salones. En medio del camino se encontró con Marie.
—¿Qué le ha sucedido? Pensé que era por su padre —preguntó Edward, de un modo muy respetuoso.
—¡Está embarazada! —contestó ella de inmediato.
Un corrientazo de alegría le iluminó el rostro, volviéndolo aún más bello y perfecto. La luz de sus ojos lo dijo todo. La mujer agregó con voz lúgubre.
—Ella no lo desea… —las esperanzas del muchacho se disiparon.
Dio media vuelta y subió las escaleras con el corazón confundido, pero feliz al fin y al cabo. Golpeó fuerte.
—¡Váyanse! —gritó la chica, bruscamente.
Él no se iría, no después de tamaña noticia. Abrió con precaución suficiente para no molestarla, pero se hizo notar.
—¡Isabella! Ya lo sé —habló dulcemente— me parece maravilloso, es lo mejor que nos pudo suceder. Un hijo de ambos s… —lo interrumpió Isabella.
—¡No lo quiero! Quiero deshacerme de él —dijo roja de furia.
Quedó atónito ante la respuesta.
—Le he pedido en reiteradas ocasiones que sea mi esposa… —agregó confundido— Mi condesa ¿quiere casarse conmigo? —sonrió el príncipe, pensando erróneamente que ese sería el motivo de la rabieta.
—¡No! —agregó sin una pizca de sutileza— si me quieres ayudar, debes encontrar a una mujer que me de hierbas para terminar con esto… Marie se niega a auxiliarme —lo miró suplicante.
Las esperanzas se esfumaron. La joven no lo amaba, por eso tenía tanta ira. Sintió como si le arrancaran el corazón a pedazos. Con tristeza la miró una vez más y salió, pero antes le recordó.
—Ese niño también es mi hijo.
—¡Es un parásito! —le gritó ella con lágrimas en los ojos.
Edward sintió un nudo en la garganta, de un momento a otro se había vuelto un ser infeliz.
—Pronto veremos qué sucede —dictó en un tono amenazador. Cerró la puerta tras él y no volvió en cuatro meses.
Se fue con el corazón hecho añicos, él la amaba y disfrutar de una familia es lo que más añoraba este último tiempo, desde que la conoció. Sin embargo, y contrario a la naturaleza, la muchacha no lo quería. Lo había rechazado. Jamás sintió dolor tan profundo, fue como la traición en su peor faceta.
Al día siguiente, la muchacha con las náuseas ya declaradas, cogió su capa roja y fue en busca de una curandera, decidida a terminar con el problema. Se sentía pésimo, y como si fuese mentira, ya tenía el vientre más abultado, lo notó porque tuvo problemas al cerrar su hermoso vestido rojo. Cogió su cabello en un moño, mientras los ondulados rizos castaños le caían por el cuello. Tenía los labios de un cereza más intenso y las mejillas rosadas y rellenas.
Finalmente, y bajo presiones y sobornos, encontró una mujer que la podría socorrer en su desesperación. Llegó a una humilde morada, con puerta de madera, donde escasamente había una mesa. La gordota sanadora le ofreció un cajón para sentarse, pero ella se abstuvo.
—Necesito una solución para esto —señaló su vientre con repulsión.
La blanca, rellena como un cetáceo, la miró con precaución.
—Debe tener cuatro meses —le indicó— es riesgoso.
—¡No importa! —agregó la muchacha irritada.
—Entonces, es bajo su consentimiento… —le advirtió.
Cogió unas hojas secas, verde opaco y se las entregó. Crujieron al entrar en contacto con la piel de la muchacha.
—Tómela por tres noches, al cuarto día debería fluir sangre de sus entrañas —indicó con suspicacia.
Le entregó una moneda de oro dentro de un saco y se devolvió al castillo. Como Marie se negaba a ayudarla le tuvo que pedir a otra criada que le trajera agua hervida. Sagradamente ingirió la infusión, pero al cuarto día no surtió efecto. Isabella desencadenó tamaña rabieta que arrasó con todo a su paso, incluyendo un par de sirvientes, menos congraciados Tras su acto fallido, optó por dejar de comer, según su análisis, si no comía, la criatura no podría sobrevivir. Evitó alimentarse por más de dos semanas, sólo aceptó agua para no deshidratarse.
Contra sus anhelos y voluntad esa criatura que se le formaba en el vientre, estaba más aferrada a la vida que nada en el mundo. Él la amaba, y ella, lo detestaba. Su panza creció más y más, ya no había más opción que tenerlo y luego, deshacerse de él.
El invierno fue muy intenso, lluvioso y frío. Isabella vivía en su cuarto, encerrada, albergando sentimientos oscuros y maquiavélicos.
Una mañana el carruaje real, junto a la guardia, llegaron al castillo. A la cabeza, el príncipe Edward I. Bajó y entró al castillo sin previo aviso. En su camino, nuevamente, se cruzó la anciana.
—Lo lamento, príncipe —habló con la vista hacia el suelo— pero la condesa se resiste a recibir invitados.
Edward venía visiblemente demacrado, el desamor lo había marcado profundamente. Continuó el camino sin previo aviso, ignorando las advertencias de la anciana. Necesitaba hablar con ella, persuadirla, ya quedaba sólo un mes. Cuando se disponía a subir se encontró con el par de verdugos que le cerraron el paso, dispuestos a matarlo si era necesario, no existía respeto alguno por la jerarquía de aquel joven. Sorprendido, exclamó.
—¡Es una orden! No estoy pidiendo permiso —intentó pasar ante esos personajes, que más tenían de mastodontes que de humanos. Vestían trajes oscuros y sus rostros estaban marcados por cicatrices. Empujó, pero uno de ellos lo hizo hacia atrás con brusquedad.
La guardia real no se hizo esperar y pronto, un séquito de soldados con yelmos de plata, pechera roja con escudos dorados, y botas negras, desenvainaron sus espadas en contra de los hombres, con la certeza de que debían matarlos.
Edward estaba colorado de ira, esos dulces ojos de miel ahora se habían convertidos en color caramelo como las bestias.
—¡Idiotas! —exclamó con fiereza.
Al verse rodeados, finalmente los hombres, guardianes incondicionales de la condesa, le abrieron paso. El príncipe subió aireado, dispuesto a acabar con el capricho infantil de aquella muchacha que le había robado el corazón y luego, destrozado.
Abrió la puerta y la encontró sentada, con el vientre redondo y las mejillas rosadas. Se veía cansada. Ella lo miró y miles de brotes enternecidos embargaron las emociones de aquel hombre enamorado
