Capítulo VII
Luces y sombras
—¿Qué le sucede a Edward? —preguntó Esme, inquieta— ¿Por qué aún no ha llegado a cenar con nosotros? —su dulce mirada se interno en los ojos de su hija, Alice.
Ella estaba seria, tenía la mirada fuera de los márgenes de la mesa.
—¡Alice! —insistió el rey Carlisle, tiernamente.
Volvió la vista hacia sus padres, con zumo cuidado y precaución.
—Edward está así porque… —no se atrevía a decirlo, no era su secreto.
—¡Hija! Dilo de una vez —insistió Carlisle.
Inspiró profundo y frunció el ceño, quedando en evidencia su contrariedad. En parte, era cómplice de su hermano.
—¡Deberías preguntárselo a él! —respondió de un vez, con la voz segura.
—Por favor ¡Alice! Ni siquiera ha sido capaz de venir a comer con nosotros. Debemos afinar los detalles del torneo de mañana y ya vez… —continuó su padre.
"Perdóname Edward, pero no tuve opción", musitó para sus adentros.
—Se los diré, pero prométanme que no les dará un berrinche —contestó ofuscada la jovencita de cabellos erizados y sonrisa sutil.
Los jóvenes reyes se miraron, comprometiéndose tan sólo con un gesto. Carlisle, asintió. Él tan celoso de la equilibrada vida de sus hijos, ahora parecía impacientarse, tan sólo un poco. Por el contrario, Esme, la bella reina de cabello cobrizo, tenía el corazón destrozado al ver a su hijo, que siempre había sido feliz, convertido casi en un estropajo.
—Isabella está embarazada de Edward —anunció Alice, directamente.
—¿La condesa de Glasgow? —la madre parecía sorprendida.
—¡Claro! ¿Dónde creen ustedes que se ha metido mi hermano todo este tiempo? Lo que tiene es un mal de amores ¿Qué otra cosa lo podría poner de ese modo? —Alice enarcó una ceja.
—Lo supuse —aclaró el rey, ya más tranquilo, ahora al menos sabía cuál era la razón del desamparo de Edward.
—¡Oh! No era la persona que esperábamos para nuestro hijo. Teníamos esperanza en fortalecer nuestra alianza con el sur… pero, ya deshonró a la muchacha. Debería pedirle que fuese su esposa —agregó Esme.
—¡Ya lo hizo! —contestó Alice.
Ambos pares de ojos ambarinos se plasmaron en espera de la reacción de la muchacha. La mirada de la reina denotaba ansiedad, no podía esperar más, todo este enredo la intrigaba demasiado.
—¿Cuándo será el matrimonio, entonces? Debemos enviar las invitaciones formalmente y bueno, esperemos que el embarazo no sea muy evidente aún, no queremos provocar un escándalo —decretó Carlisle, muy alejado de la realidad.
—Ni lo uno, ni lo otro —respondió la joven— ella no ha querido casarse con Edward. Además, tiene casi los nueve meses, su estado es bastante avanzado…
—¡Vaya! ¡Qué situación tan compleja! —exclamó Esme— ¿Por qué ha rechazado a nuestro hijo? No debería… estoy segura que millones de doncellas darían su vida por estar con él –respondió la madre herida.
—No lo quiere… es más, ni siquiera quiere al niño que lleva en su vientre —susurró Alice, con vergüenza ajena.
—¿Qué? —el rey se puso de pie, extrañamente molesto, el jamás elevaba la voz.
—Intentó por todos los medios abortar… felizmente no lo logró, pero será difícil conseguir que se quede con el pequeño —la muchacha tenía los ojos tristes.
—Tendremos que hacer lo que sea para velar por el bienestar de ese niño, no podemos abandonarlo a su suerte ¡Por favor! ¿Qué tiene esa jovencita en la cabeza? —exclamó triste el rey.
—Trataré de hablar con ella —ofreció la jovencita, con los ojos tostados llenos de ilusión.
Esa noche llovía con fuerza. El príncipe había vuelto del castillo de Glasgow con el corazón aún más destrozado. El camino fue tedioso, más de dos veces el coche se detuvo porque la ruta era tan fangosa como entrampada. El bosque parecía un lugar lúgubre, los árboles bosquejaban espectros sórdidos que envolvían el campo abierto. No quedaba nada de ese hermoso paraje que veía cuando se devolvía de estar con ella, en los tiempos en que el amor le desbordaba el corazón de dicha. Cuando se está enamorado todos los colores son intensos, la vida es más alegre, el olfato se agudiza y los cuentos de hadas son reales.
Se encerró en su habitación con el corazón en pequeños fragmentos. Lloró, lloró como un niño, pero muy alejado del resto del mundo, no quería parecer débil ante su familia y amigos. Pero, para su desgracia o tranquilidad, la pequeña princesa, con el claro don del instinto, cruzó el castillo de un extremo a otro y llegó por fin frente a la habitación de su hermano. Abrió con sigilo y cuando lo vio, el alma le quedó pendida de un hilo, jamás lo había visto tan destruido.
—¡Edward! —acarició su cabello broncíneo. El príncipe se doblegó ante la bondad de aquella muchacha que lo adoraba y dejó caer su cabeza, en el hombro de ella.
—La amo, Alice, yo la amo… no sé porqué lo hace —sollozó angustiado— esa mujer es mi vida.
Su rostro, normalmente pálido, ahora estaba rosado por la tristeza.
—Ella no es digna de tu amor, querido hermano —le acarició el cabello como si fuese un infante.
—No puedo sacarme este dolor de aquí –le mostró su el torso a la altura del corazón— es imposible olvidarla, amo cada cosa que dice, hace o toca ¡Estoy perdido, Alice! Y ese hijo que lleva en el vientre, es mi única razón de existir —la hermana le secó las lágrimas.
—¡Tienes que ser fuerte, Edward! Todo pasará —le susurró al oído.
—No creo…, pero de todos modos, gracias —la besó en la frente.
El muchacho se quedó con la mirada perdida en el horizonte, aún no tomaba el verdadero peso de lo que significaba el rechazo de su amante por el hijo de ambos.
Alice, escondía dos grandes secretos, el primero, su verdadera esencia, y segundo, un gran amor. Nadie podía conocer que su instinto como tal no existía por sí sólo, sino que era una especie de hada, guardiana de su familia. En gran parte era normal, sin embargo, tenía visiones del futuro y era capaz de manejar algunos efectos sobrenaturales. Dominaba la mente humana con más facilidad que el resto, por lo mismo siempre supo que había algo mal en aquella muchacha que enfermó de amor a su hermano. Finalmente eran bandos opuestos: la luz y la oscuridad.
Cada noche resguardaba los bosques y caminos, debido a su conexión mágica con la naturaleza. Una luz emanaba por todo su pequeño cuerpo, iluminándola de pies a cabeza Cuando galopaba en su lustroso caballo de pelaje plateado, el animal se convertía en su fiel acompañante en las salidas vespertinas, quien había llegado a sus manos, cuando descubrió su propio secreto.
Al animal era de inmensas y estilizadas patas del color del metal, brillaba bajo la luna al igual que la piel de la muchacha. Montándolo, eran sólo uno. Lamentablemente, más que una bendición, su doble vida le acarreaba crueles consecuencias, nunca podría ser madre, su vientre estaba seco, aunque rebosante de amor y buenas intenciones.
La joven princesa era capaz de reconocer las sombras en cuanto la veía. En el baile, al observar a la misteriosa muchacha de cabello castaño y de palidez extraordinaria, no tardó en sacar sus propias conclusiones. Un espectro oscuro invadía el aura de aquella adolescente, tan exquisitamente irresistible para su hermano.
Erróneamente creyó que esa relación, no duraría más allá que un par de caprichos, pero toda esperanza se disipó al misionar por los bosques. Veía que su hermano, desesperado por las ansias del embrujo, viajaba kilómetros entre la oscuridad para encontrarse con la jovencita de corazón caprichoso y alma tormentosa.
Transcurrido más allá de un par de meses desde que Edward había perdido la conciencia, Alice, irrumpió en su habitación. El príncipe sonreía sólo, tenía los ojos ocres desbordados de amor, el cabello broncíneo, desordenado, resplandecía en el marco de su hermoso rostro de una verdadera deidad.
—¿Qué pasa hermanita? —la besó, feliz, en la mejilla.
—Necesito conversar contigo —lo cogió de las manos y los sentó en el borde de su cama. Fijó los ojos en él y con una dulce sonrisa, continuó— ¿Cómo van tus encuentros con la condesa de Glasgow? —al príncipe lo tomó por sorpresa que su hermana estuviese tan enterada.
Tragó saliva e hizo la cabeza hacia tras, frunciendo el entrecejo.
—¿Cómo sabes de eso? —le soltó las manos.
—Edward, eres tan evidente que ni siquiera lo notas —sonrió la muchacha, enterneciendo aún más su rostro de duende travieso.
Inspiró, descompuesto y por fin, contestó.
—Bien —exhaló relajado y sonrió, otorgándole una gran sensación de alivio.
—Perdona, pero he notado que sales bastante por las noches… recuerda que es una doncella virginal —ella enarcó una ceja a modo de sarcasmo.
—Claro —desvió la vista.
—¿No me dirás que ya la has hecho tu mujer? —continuó con un tono suspicaz.
El joven, descolocado con el interrogatorio, asintió.
—¡Edward! ¿Ahora deberás desposarla? —agregó decepcionada.
—Ya se lo he pedido, en más de una ocasión… —sus ojos de miel brillaron expectantes.
—Y ¿Qué ha sucedido?
—No entiendo porqué me rechaza. Estoy lo suficientemente enamorado, nada me haría más feliz que estar junto a ella para siempre…
La jovencita de cabello erizado, torció la boca en un gesto de disgusto y continuó.
—Estás bajo un hechizo, Edward —lo increpó, preocupada.
—¡Hechizo! Vaya, Alice, no sabía que creías en esas supersticiones del pueblo. Está bien para los campesinos y siervos, pero ¿Tú? —negó con la cabeza.
—¡Sé porqué te lo digo! —alzó la voz.
—No lo creo… este amor, tan dulce como la miel, no puede ser producto de ninguna artimaña.
—¡Por supuesto que sí! Pareces un ciego que no quiere ver —insistió la princesa desmoralizada.
Edward se puso de pie.
—No quiero continuar con esta conversación, Alice. No existe nada que esté en discusión —la increpó con la mirada.
Alice también se levantó.
—Espero equivocarme, no sabes cuán feliz me haría —movió la cabeza de derecha a izquierda y se retiró del cuarto de su hermano.
El príncipe, obnubilado por la pasión, hizo caso omiso a las advertencias de su hermana y corrió al encuentro con aquella muchacha que le había robado el corazón.
Al día siguiente, durante la madrugada, comenzaría el gran torneo. Los aldeanos, comerciantes, eclesiásticos, militares, nobles, laicos y reyes, se preparaban para presenciar el espectáculo más grandioso del año.
Los señores feudales competirían hasta la muerte en una batalla ficticia. El rey anunciaría la partida de aquel festival. Debía estar presente el príncipe, pero no llegó, causando la ira de su padre, quien tuvo inventar excusas ante su ausencia.
La tropa conformada por Edward, debió quedar sólo a la cabeza de los hermanos Hale. Los contrincantes eran poderosísimos: James, Taylor y Laurent. Todos caballeros destacados en las armas. Era de esperar que la ausencia del príncipe no acabara con la vida de sus mejores amigos.
Alice estaba muy ansiosa, sus ojos brillaban expectantes y miraba con dirección al este, para saber si su hermano venía en camino. Luego, fijó la vista en Jasper, el amor de su vida. Él la miró con sus hermosos ojos tostados, con la piel blanca que le resplandecía en el sol de la mañana y le hizo una venia. Comenzó el combate.
