Capítulo VIII
El Torneo
Un golpe de luz cruzó el campo travieso. Montando un fina sangre, el soldado galopaba con elegancia. En su mano derecha llevaba una majestuosa antorcha, iluminando con ella la fría madrugada de esas tierras húmedas y grises. Vestía la tradicional pechera roja con escudos bordados en oro y un yelmo grueso de metal. El animal, de pelaje lustroso, color chocolate bitter, iba cubierto de cabeza a cola con una manta del tono de la sangre, con el escudo real grabado a los pies del jinete. Comenzaba oficialmente el torneo.
Los tambores resonaban a la distancia y unos cuantos gritos de aliento siguieron a la venia del rey para comenzar. Apostados alrededor de la campo de juego, estaban rigurosamente instalados los personajes que componían ese reino, tan ordenados como piezas de ajedrez, cada uno en su clase, unos tras otros. Las cuadrillas se encontraban tras las líneas demarcadas, expectantes, con los corazones alborotados, las pulsaciones tan evidentes que se podían evidenciar bajo la piel traslúcida de los hermanos Hale.
Jasper miró a Alice con cariño y ternura. Eran cómplices de un amor secreto y prohibido. La diferencia de clases sociales no les permitía una unión oficial, a pesar de que era un caballero, noble, no obstante, aquellos títulos no lo elevaban a la categoría de príncipe. Aquello era un impedimento garrafal para obtener la venia sobre la mano de la princesa. Contra toda adversidad, albergaba la esperanza de ganar el torneo para pedir en matrimonio a la doncella de sus pensamientos, a quien amaba desde lo más profundo de su corazón.
Los ojos pardos del muchacho se clavaron en la joven, quien estaba bastante ansiosa, a raíz de que sus visiones pronosticaban desastrosas consecuencias debido a la ausencia de su hermano en la batalla. Esto significaba que los contrincantes quedaban en clara ventaja, no obstante, iba contra las reglas y el honor, desistir del juego por aquel motivo. La bella joven, sintió ganas de llorar, un pesado nudo se le cruzó en la garganta y tuvo la necesidad imperiosa de salir en busca de Edward. Él se había convertido en un irresponsable de tomo y lomo ¿Cómo era posible que abandonara a los amigos de su vida por quedarse sumergido en las sábanas de aquella mujer oscura? Realmente las hechizerías de aquella condesa le habían nublado la razón, no había otra explicación válida ante la deserción del príncipe.
Recordó cada momento junto aquel guapo hombre que la miraba con pasión desde su fatídico lugar de ese circo romano.
La trompeta anunció el comienzo del siniestro juego de sangre. Ambos bandos galoparon con firmeza hacia sus contrincantes, hasta posarse frente a ellos con aires de superioridad, debían inspirar respeto. La brisa matutina, tan fría como la nieve, les pegaba en los rostros como si fuesen cuchillos afilados, pero no importaba, no ahora. Emmett con un movimiento brusco y certero desvainó su espada, levantándola contra Laurent. El moreno, de piel firme y gruesa, cabellera larga y ondulada, abrió los ojos ante la impresión, con un gesto de crueldad. Las espadas chirriaron en el aire y los metales se fundían en golpes de muerte.
Jasper, grácil y habilidoso con ese afilado instrumento de guerra, que llevaba consigo siempre, como un diamante precioso, dio un fuerte e inteligente golpazo que por poco llega directo al abdomen de James ¡Uf! Casi un acierto, digno de las interminables prácticas de esgrima. Su puntería no fue exacta, sin embargo, rasgó uno de sus brazos en uno de los pocos lugares donde la armadura lo dejaba indefenso. La carne se abrió como si fuese mantequilla y la sangre hizo lo suyo, escurriendo en el pesado metal. Eran las primeras gotas de sangre que se derramaban en el campo de batalla.
El tercer hombre de la escuadrilla contraria, Taylor, atacó por la espalda al más grande de los hermanos Hale, pero él, como había adquirido tamaña habilidad en esos arduos entrenamientos de esgrima, con un giro silencioso, sacó a su enemigo del camino entrampado. Ante la temeraria reacción del joven Hale, se escuchó "¡Aaaaaaaaaaah!", desde la muchedumbre apostada en los alrededores del frívolo espectáculo.
El caballo blanco de Jasper, corcoveó, haciéndolo perder el equilibrio, mientras era atacado nuevamente por dos de aquellos hombres que intentaban embestirlo con furia de bestias. A la pequeña Alice le cayó una lágrima involuntaria de sus ojos ambarinos, quería correr y salvar a su amado, pero era imposible ante el protocolo, además, aunque era una hada guardiana, en su forma humana, jamás podría luchar.
El joven de melena platinada cayó al suelo, dándose un golpe en la cabeza que lo aturdió. Sus asesinos se acercaban para darle una muerte segura, cuando Emmett, se interpuso entre ellos, montado en el caballo café, de largas patas árabes. Era tan diestro el animal como su propio jinete. Un salto mal proporcionado y los pies del fiel caballo hubiesen aterrizado directo en el abdomen de su hermano, sin embargo, al momento de caer, Rayo, como lo había llamado su amo, dio un impulso más en el mismo aire y cayó sobre la tierra fangosa, liberando de paso a Jasper de las espadas de sus verdugos.
Era todo confusión, el más joven de los Hale aún no lograba reponerse por completo cuando fue atacado nuevamente por aquellos jóvenes exaltados por la adrenalina. Emmett luchaba cegado por la supervivencia. A estas alturas, deberían agradecer tan sólo por el hecho de estar vivos. Las armas no se doblegaban ante el adversario, pero era cada vez más difícil coger puntos e intimidarlos. Las fuerzas les flaqueaban, pero sin quererlo, uno de aquellos hombres que le debatían la vida, desapareció. Con una mirada veloz, miró hacia lado y confirmó sus esperanzas, el príncipe había llegado.
Edward peleaba con prestancia, erguido en su hermoso caballo de batalla. No llevaba yelmo, por la prisa en que se encontraba. Su cabello broncíneo resplandecía aún en la mañana. Tenía la mandíbula tensa y los ojos demacrados por la falta de sueño y de amor, pero luchaba con ansías. Su acometida era personal, debía convencerse de que todo mejoraría, y para ello, era una necesidad imperiosa ganarles a sus adversarios.
Un golpe certero arrojó a Laurent de su caballo negro. El príncipe lo tenía acorralado, con la espada en el cuello, dispuesto a degollarlo. Esta pelea se había convertido en una justa más que un torneo. Pero, otro caballero desconocido se materializó de la nada, luchó con el príncipe, dándole tiempo al moreno de pelo rizado, para ponerse de pie. Su adversario montó nuevamente el animal, salvándose por pocos segundos de la muerte.
Las ansias de victoria le recorrían las venas a cada uno de los participantes. Ganar el torneo significaba honor, posición social y sobre todo prestigio. Jasper se seguía debatiendo cuerpo a cuerpo con aquel muchacho que tenía en frente. Nuevamente estaban en desventaja, sin embargo, integrar a un nuevo contrincante, sin previo aviso, iba contra las reglas de la competencia, pero ahora no era el momento de ser jueces, sino que de salvar sus vidas que corrían serio peligro.
Golpes de espadas se cruzaban entre ellos. Edward, tenía ventaja sobre Laurent, Jasper sobre James y Emmett se vio rodeado por dos caballeros, Tylor y un desconocido. Sus instintos rápidos, le hicieron recogerse unos centímetros y su caballo pegó con las patas traseras al otro animal, que tambaleó, pero sin caerse. Mientras, con facilidad, botó a su otro contrincante, quien cayó de bruces al suelo, azotándose la cabeza en la tierra dura por las mismas pisadas de las bestias rumiantes. Rayo, por poco le rebana la cabeza al caballero caído.
Irrisoriamente y contra todos los pronósticos de una ofensiva, el caballero que peleaba con Jasper, descendió desesperado hacia el postrado. Subió su yelmo como signo de concluir la batalla. Emmett lo tenía con la espada en el cuello, apunto de acabar con su vida, cuando vio a ese hombre atormentado, intentando retirar el casco de su contrincante que ya hacía agonizante en el suelo. Titubeó.
En segundos la escena parecía marchar en cámara lenta. James logró deshacerse del pesado yelmo de hierro y una cabellera resplandeciente, rubia como los rayos del sol, se desparramó por el suelo ¡Era una mujer! Emmett se sintió imbécil ¿Cómo no lo había notado? "¡Idiota, idiota!", mascullaba para sus adentros.
La mujer de finas facciones derramaba sangre por la boca. El mayor de los Hale descendió del caballo sin importar las consecuencias. Estaba con los ojos desorbitados por haberle propinada semejante golpe a aquella mujer ¡La más bella que había visto en su vida! El corazón se le aprisionó en el pecho y tomó a la doncella entre su fuerte brazos. La acometida se detuvo y la muchedumbre exclamó impresionada. Por fin el sonido de la trompeta dio por finalizada la batalla. Más tarde se decretaría ganador al bloque de los hermanos Hale junto al príncipe, sin embargo, a esas alturas a nadie le importó, no había sido una pelea limpia ni justa.
Emmett continuó en vigilia, esperando la recuperación de aquella joven con rostro de ángel, que le acababa de robar el alma. El resto, continuó en las celebraciones de aquel día.
Alice junto a Jasper se reunieron a escondidas, en medio del bosque tupido, brumoso por la neblina y el intenso frío. Se encontraron en el claro de siempre. Ella cubierta con una capa morada que le llegaba a los tobillos, el cabello erizado aún más por la humedad y la piel de porcelana. Jasper, la esperaba con el corazón hinchado de emoción, por un momento, pensó que jamás la volvería a ver ni acariciar. Él caballero cargaba con algunas magulladuras producto del torneo, pero lucía igualmente sofisticado.
El suelo fangoso, cubierto de césped y moho no impidieron que los enamorados se unieran en un gran abrazo. El rubio elegante recogió el pelo de su amada princesa hacia atrás, la hipnotizó con sus ojos pardos de miel y posó sus labios delicadamente sobre los de ella, sincronizando un beso delicioso, húmedo y apasionado.
Mientras la besaba gemía de ansias, tenerla en sus brazos era el mejor regalo que le podía otorgar la vida y motivo por el que había arriesgado su vida en ese tortuoso torneo.
—¡Te amo! —le susurró al oído con devoción.
Ella fijó la mirada en su amor. Sentía que los huesos se le convertían en gelatina cuando estaba aferrada a sus brazos.
—Se lo pediré esta noche… —la miró con certeza e ilusoria confianza.
—¿Tú crees que lo permita? —respondió Alice angustiada.
—No lo sé, pero no callaré más mis sentimientos por ti ¡Eres mi vida! —atrapó su rostro entre las manos.
La volvió a besar, cayendo en un frenesí de amor desenfrenado. Besó su cuello, hasta que la piel ardió. Los jadeos de la princesa eran suaves y melódicos, los más dulces que había oído en su vida. Como ya había adquirido cierta habilidad en la vestimenta de las doncellas, desenrolló el nudo de la capa, dejándola caer. Los pechos de la muchacha se asomaban tímidos por el borde del vestido, también morado. Con delicadeza y derroches de ternura, aflojó lentamente los botones del ajustado vestido. Ella buscaba su boca con desesperación. Por fin, la pesada prenda se desplomó sobre la capa.
Un corsé presidiario no fue impedimento para deshacerse de él con habilidad. Empapaba sus pechos sobresalientes, ansiando verlos en plenitud. Fue más difícil, pero finalmente, la princesa quedó con su cuerpo, blanco como la cal, expuesto ante sus ojos. Con urgencia contenida, arrojó su mantón al suelo y luego, se quitó cada dificultosa prenda de caballero, quedando en la misma desnudez que la muchacha.
Extendió la capa bajo sus cuerpos desnudos y cogió a la joven enamorada, recostándola sobre esa prenda, que a penas era una frágil tela que se interponía entre sus pieles y el frío fango, sin embargo, el calor emanado desde sus interiores les impedía sentir un ápice de incomodidad. Besó sus pechos de aureolas rosadas, hasta que se elevaron como un brote de flor. Acarició sus muslos, lisos y pálidos, reconfortándose con el aroma que expelía su piel y los más afrodisíacos rincones de su cuerpo. Su lengua exploró todas las zonas más tibias y húmedas de la joven.
Cuando ya estuvo lista para recibirlo, Jasper entrelazó sus manos a los de ella y se introdujo en su mundo íntimo, cargado de amor y maternidad frustrada. Esto último, él no lo sabía, porque desconocía los dones mágicos de aquella mujer, que ahora tenía entre sus brazos, como también su impedimento de sentirse realizada como madre.
El agua del río se azotaba contra las piedrecillas del camino, provocando un ambiente reconfortante para los amantes furtivos.
Comensales iban y venían por los salones del castillo. En la mesa principal el rey Carlisle Cullen daba la bienvenida a sus invitados, alzando las copas de metal, desbordadas de vino macerado en canela.
Las aves de corral estaban por cientos, los juglares recitaban versos de amor y los músicos deleitaban al público con notas de melodías celtas. El brindis no se hizo esperar, y el rey Carlisle alzó la copa en busca de los honorables caballeros triunfadores. Se llevó tremenda decepción cuando no halló a ninguno de los jóvenes ganadores del día. Los invitados se miraban asombrados y los murmullos no se hicieron esperar. "No se puede pedir otra cosa del príncipe y sus amigos. Él ha perdido la razón por la bruja de Glasgow y es evidente que sus amigos le siguen la huella", agregó la condesa de Williamston irritada. Como era de prever, la molestia de la muchacha se acentuó porque siempre esperó que el príncipe tuviese alguna condescendencia con ella, sin embargo, jamás la miró con otros ojos que no fuera la de un hombre con el corazón contrariado e indiferente a los amoríos de primavera.
El rey les dedicó unas palabras a los valientes caballeros de Williamston, pero en su interior hervía ofuscado por la poca decencia de aquellos jóvenes, inmunes a las leyes jerárquicas. "¿Dónde se han metido?", murmuró entre dientes a su esposa, Esme. La dulce mujer, con rostro de corazón, negó con la cabeza, tan intrigada como él.
El joven príncipe de cabellos broncíneos, poseído por el deseo de un amor no correspondido, escogió a la primera muchacha que se cruzó por su camino y la llevó a su cuarto de soltero. Era una doncella de cabellos rojos como el fuego, ojos verdes y la piel manchada de pecas cafés. No era de su usual gusto las pelirrojas, pero ella había llamado su atención en cuanto la vio.
La mujer gozaba de fama de vida fácil, no era una doncella virginal como todas. Las supuestas habilidades que podía tener aquella mujer despertaron el interés del joven príncipe. A pesar de tener bastante experiencia en ese ámbito, una más, sobre todo si era bien dotada en los sacrilegios del placer, sería bienvenida para sus hormonas y costumbres viriles.
Cayeron tumbados entres las sábanas, el príncipe la despojó de sus ropas con rapidez, deseoso de internarse en sus vísceras tibias. Lamió sus pechos de pezones tan claros que parecían no existir, con apremio, jugando, sosteniendo y aflojando como si fuesen esponjas, redondas e irresistibles. Su piel era suave y cálida y su aroma, tenía una esencia dulzona más evidente que el resto. Después concluyó que el olor, tan particular de cada doncella, se intensificaba y disminuía dependiendo del tono de su piel y por sobre todo, del color del cabello.
Sus caricias, necesitadas, escondían cierto resentimiento por no poder desplegarla en la mujer de sus sueños. Recorría los recovecos de la mujer, quien mantenía fijos los ojos esmeraldas en los del príncipe, sosteniendo la mirada en cada jadeo y cumbre de gozo. La hizo suya, una y otra vez, desesperado, ahogado en su propia desgracia. Los cuerpos, hervían, sudaban, las pieles estaban húmedas y pegajosas.
La tomó por quinta vez esa noche. Descansó su cuerpo jovial en el respaldo de hierro, mientras se abría paso a través de sus ingles, para descansar en su centro, viscoso y blando. Posicionó sus manos alrededor de sus caderas, en tanto la pelirroja se montaba en su miembro erecto, más rosado que el resto de su piel. Sus caderas culebrearon encima de su masculinidad, extrayendo su esencia más sagrada. Ansioso colocó sus manos firmes sobre su pelvis, presionando, quería que ella también se extasiara de placer, ambicionaba sentirse capaz de entregar el gozo más infinito a cualquier mujer. Tenía el ego herido producto del rechazo de la condesa.
La presión fue constante y de repente creyó sentir que tras la piel carnosa de la muchacha podía palpar su propia intimidad ¡Quedó absorto, maravillado! Cada vez el bulto fue más evidente. Sonrió. La impresión le volcó el corazón cuando a través del vientre de la joven, de piel tan traslúcida como la de su amada, un movimiento serpenteante abultó el cuerpo de la muchacha, desde el vientre hasta los pechos. Observó espantado y la hizo hacia atrás con repugnancia. La pelirroja, bella hasta ese momento, abrió la boca y una víbora asesina saltó hacia su rostro, esquivando por poco al detestable animal.
—¿Qué diantre es eso? —exclamó espantado.
Dio un salto atlético y se escabulló de la cama. Miró por segunda vez y ya no vio al reptil depredador, pero sí, notó que había lanzado a la muchacha en el piso, con tal fuerza que se había azotado la cabeza contra el suelo de piedra, partiéndole el cráneo. Su boca sangraba y las pulsaciones estaban tan bajas que en pocos momentos dejaría de existir.
