Capítulo X
Nacimiento
La jovencita escasamente subía las escaleras hasta su habitación. La panza era enorme y le significaba un esfuerzo doble cualquier movimiento extra. Marie la observaba sin hablarle, sólo veía como aquella muchacha se arrastraba por los pasillos del castillo de Glasgow con dificultad, con una mano en la espalda, siempre de camisón largo, con el cabello castaño enmarañado y las mejillas rosadas por la maternidad.
La anciana y la joven habían roto todos los lazos cuando la mujer decidió no ayudarla a abortar. Sin embargo, las intenciones de Marie no eran puras, más bien quería un engendro con sangre noble para instruirlo en las artes del oscurantismo y así, aumentar su poder del lado invertido. Tanta insistencia en que Isabella concretara una relación con el príncipe, era sólo para sacar provecho de aquella unión de sangre y carne, un hijo.
El castillo estaba permanentemente custodiado por la guardia real, lloviera, nevara o hubiese sol, los caballeros reales eran fieles a La Corona y al rey, y su misión era informar cualquier movimiento extraño, nadie podía entrar o salir sin su autorización.
La doncella, de alma confusa se fue volviendo en un ensimismamiento repentino, cada vez más demacrada y triste. Los brazos del príncipe habían quedado en el pasado y su ausencia le carcomía el corazón, pero jamás lo reconocería, porque ella había sido educada entre las sombras y el amor, no tenía cabida en aquella vida. Enamorarse del príncipe jamás estuvo en sus planes, causándole un colapso interno de tan grandes proporciones que quiso deshacerse de todo lo que le recordara a él, incluyendo el hijo que llevaba en su vientre.
Los días se hacían eternos y dolorosos para la condesa, había optado por mantenerse recluida en su habitación. Pronto sería el gran día, ella estaba consciente, porque su vientre estaba tenso y cada cierto tiempo, sufría de espasmos que lo endurecían hasta retorcerse de dolor.
Esa noche, las contracciones fueron en alza, la jovencita no podía respirar y su cavidad comenzó a dilatarse un poco más minuto a minuto. La anciana estaba a la espera, como un buitre aguarda a su presa. Unos alaridos se oyeron desde la habitación y la vieja supo que había llegado el momento más esperado. Ordenó que trajeran agua caliente, cuchillos hervidos y paños blancos. De un momento a otro se abrieron las pesadas puertas de pino oregón y entró la vieja, junto a dos parteras.
La muchacha estaba sentada sobre el suelo y bajo ella, había una posa de agua. Estaba con las rodillas separadas, respirando agitadamente, con el cabello desordenado, sudorosa, aullando de dolor. La cogieron entre las tres mujeres y la acomodaron en el mismo lecho, donde había tenido cientos de noches febriles junto al príncipe, que habían dado paso a su condición actual.
El ambiente de la habitación era húmedo y espeso a raíz del vapor del agua y de la sangre de la madre. Las sábanas se empaparon e Isabella gruñía de dolor. El bebé no quería salir. Uno de las parteras le apretaba la barriga, mientras la otra estaba en la base de salida del pequeño, expectante a su llegada. La diminuta cabeza de aquel engendro se asomaba a la vida con dificultad, haciéndole pagar, de modo inconsciente, todo el rechazo a su madre por no amarlo.
—¡Puje, condesa, puje! —le exclamaba la más jovencita de las comadronas.
Con un grito desgarrador, Isabella por fin trajo al pequeño a la vida. Terminó exhausta, con las sábanas ensangrentadas. La vieja Marie sintió que se desvanecía de felicidad al verlo frente a sus ojos, arrebatándoselo de inmediato a la mujer que lo sostenía.
—Quiero verlo… —susurró la condensa casi inconsciente, pero la vieja hizo caso omiso a la petición de la madre y tras envolverlo en una manta blanca, lo sacó del salón.
—¡Marie! —gritó una de las parteras, consternada— ¡La condesa pierde demasiada sangre! —intentó detenerla.
La anciana dudó un segundo, pero luego dio media vuelta, sin contestar nada, y se llevó al pequeño entre sus brazos. Las mujeres, aún conscientes de la maldad de Marie, no podían creer lo que acababan de presenciar, una chica anémica sin su hijo y el secuestro del pequeño.
Isabella comenzó a hervir en fiebre, tenía los pechos hinchados a raíz de la leche que se secaba en sus canales de vida, porque el bebé no había bebido del vital alimento materno. Fue entonces cuando llegó Edward y la vio entre sombras, a punto de dejar esta vida.
Marie completamente enajenada se llevó al niño al subterráneo, donde tenía su habitación por decisión propia, rodeada de hierbas y velas negras. El indefenso ser lloraba ahogado la ausencia del regazo materno. La vieja lo observaba obnubilada, no había visto a un niño más hermoso en la vida: rosado, completamente calvo y lo suficientemente gordito como para poder esperar hasta conseguirle una nodriza.
Limpió al muchachito, fruto de las noches cargadas de pasión del príncipe e Isabella y luego, lo envolvió en una ruana más gruesa de lana de oveja. Bajó otra de las criadas y le avisó que el príncipe había llegado porque se había enterado del nacimiento de su hijo. La vieja, montada en cólera, subió a la habitación de la joven, dispuesta a mentirle, diciéndole que se lo habían llevado los malos espíritus.
Cobijó nuevamente al pequeño, profirió unas palabras en latín, y salió enfurecida a encarar a Edward.
El bebé continuaba llorando con resistencia, tal vez a raíz del desamparo. Estaba solo en un cuarto oscuro, rodeado de humedad y moho, muy lejano a la calidez del vientre de su madre.
En medio de la oscuridad una luz resplandeciente, como la plata vieja, iluminó la oscuridad a su paso y arrulló al pequeño entre sus brazos cálidos y benevolentes. El niño dejó de llorar. Ella lo besó en la frente con dulzura y lo arrastró a través del bosque encantado.
El príncipe salió convertido en un energúmeno, pero con el alma hecha trizas, y los ojos enrojecidos por la tristeza infinita. Cogió a su fiel caballo y lo montó, galopando desesperado hasta llegar al inicio del bosque, donde lo esperaba su guardia real.
—¡Ethaaaaaaaan! —emitió un grito desgarrador.
El muchacho de rostro amable corrió hacia el príncipe, absolutamente consternado.
—¿Qué vistes? —exigió Edward.
—¡Fue todo muy confuso, mi señor! —se disculpó el jefe de la guardia, avergonzado.
—¿Alguien salió? —insistió frenético el príncipe.
—No, pero…
—¿Pero, qué? —perdió la compostura.
—Una melodía muy agradable provenía desde el bosque, era como el canto de las sirenas… enloqueció a los hombres, volviéndolos inconscientes. Nadie pudo hacer nada cuando una fugaz luz plateada se filtró frente a nuestras narices.
—¡Imbécil de Marie! —recriminó Edward entre murmullos, pero con la voz ahogada en un llanto profundo.
