Capítulo XI
A salvo
a luz plateada iluminaba su paso a medida que avanzaba por el paisaje boscoso y oscuro. Incluso las luciérnagas quedaban relegadas por el rayo fulminante del hada guardiana.
Su caballo lustroso y resplandeciente, de patas esbeltas y ágiles recorrían el suelo, llevando en su montura a la princesa, quien a su vez, arrullaba en el regazo a esa pequeña criatura que acababa de nacer y había sido robada de las manos de su madre, por la hechizera malévola de Marie.
La muchacha de finos rasgos, similares a los de un duende, observaba con ternura al bebé que se aferraba a ella como si fuera su madre. Logró recuperarlo a tiempo, era su sobrino y en parte, sería siempre su hijo, porque quien velaría hasta el final por ese pequeño, era ella.
—Te juro que cuidaré de ti con mi vida —lo besó en la frente y la escarcha que emanaba de su piel, se incrustó en la de aquel hermoso bebé.
Pasó sus manos lechosas y resplandecientes como los diamantes, acariciando la cabeza de aquel nuevo ser que amaría para siempre.
—¡Eres tan hermoso como tu padre! —exclamó con ternura— es una lástima que no lo puedas conocer…
Lo aferró a su pecho nuevamente y continuó cabalgando por los bosques, hasta el castillo del joven Hale, su novio y cómplice por la eternidad y a quien, su padre, le había negado la mano de su hija, con la clara amenaza de exiliarlo de Williamston si continuaba insistiendo.
Por supuesto, ambos jóvenes hicieron caso omiso de la advertencia, y siguieron viéndose clandestinamente, su amor era tan infinito que nadie, ni siquiera el rey, lo podría aplacar. Jasper, podía seguir siendo amigo del príncipe Edward, pero no podía pretender a su hermana ¡Jamás!
Cuando ya se iba acercando a la residencia de los Hale, la muchacha pudo concentrarse y pasar de ser la guardiana del bosque a la princesa, Alice, que se encontraba cada noche en el establo del joven para dar rienda suelta a su amor contenido.
Descendió del caballo en medio de una inmensa oscuridad y se internó en el patio trasero de aquella fortaleza de piedra. En medio de la penumbra distinguió la silueta de su amado, alto, sofisticado, de hermosa melena dorada. Él se acercó con cautela y rápidamente se acercó donde la princesa, intrigado además, por el bultito que llevaba entre sus brazos.
Alice alzó la vista y sonrió, dejando en evidencia la más bella de las sonrisas.
—Buenas noches mi amada princesa —le devolvió la sonrisa el joven.
—Necesito que me ayudes con un gran secreto que tendrás que proteger con tu sangre —le advirtió la muchacha.
—¡Por supuesto! Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea —acarició su suave mejilla de porcelana, con el dorso de la mano. La miró y pareció que unas diminutas partículas brillantes se habían incrustado en sus dedos, como si fuese polvo de diamantes. La princesa lo notó, pero pronto desvió su vista hacia el pequeñito.
Con sutileza, la jovencita, corrió la frazada que cubría a su dulce tesoro, dejando al descubierto el divino rostro de aquel bebé, de piel rosada como su padre. Unas pelusitas broncíneas cubrían su minúscula cabecita y las manos eran gorditas, con hoyuelos en vez de nudillos. Jasper la miró con los ojos redondos. Tragó saliva para preguntar.
—¿Quién es? —sus ojos pardos se iluminaron de asombro, de algún modo, tuvo la esperanza de que fuera el hijo de ambos, pero sabía que era imposible.
—El pequeño Aro —lo bautizó Alice con cariño.
El movió la cabeza, aún consternado, esperando una respuesta más concreta.
—El hijo de Edward e Isabella de Glasgow —respondió de inmediato, sonriendo— mi sobrino.
—¿Qué dices? ¿Cuándo nació y cómo lo pudiste sacar del castillo de la condesa? Edward tiene a la guardia real hace más de un mes vigilando cualquier movimiento… ¿Acaso él te lo entregó? —eran tantas las dudas, que sus palabras resultaban atropelladas.
La chica negó con la cabeza.
—Edward desconoce que lo tengo yo, y jamás debe saberlo, porque en sus manos corre peligro… —decretó la muchacha seria, endureciendo su expresión de duende travieso.
—¡Alice, no puedes hacer eso! Edward ha esperado cada día para ver a su hijo —la recriminó su amado.
—Lo sé, y siento mucha pena, yo tampoco quería hacerle esto, pero ahora, el pequeño corre peligro. Marie, la anciana cuidadora de Isabella, que bien sabes juega con la magia oscura y tiene pacto con algunos espectros y quien sabe con quién más, esperaba por el bebé. Es más, cuando lo encontré, la vieja perversa ya lo había arrebatado de las manos de su madre y lo tenía resguardado en el subterráneo. Sólo lo dejó cuando supo que había llegado Edward al castillo para reclamar a su primogénito —Jasper la oía obnubilado, hasta que por fin logró articular algunas palabras.
—¿Cómo sabes tú todos esos pormenores? ¿Cómo pudiste sacarlo de aquel lugar sin que nadie se diera cuenta? —el rubio joven la observaba extrañado y orgulloso a la vez, por el acto heroico de su amada.
—Pronto te lo diré, pero hoy no puedo. Te prometo que la próxima vez te contaré cómo sucedió todo —clavó sus ojos de miel derretida en los de su amor— por ahora, necesito que me ayudes: debes quedarte con él. Encontrarle una nodriza prontamente, porque tiene que alimentarse ¿Acaso ustedes no habían tenido una criada que parió hace un par de semanas? ¡Ella puede darle leche a Aro!
—Pero, ¡Alice! ¿Cómo me lo llevaré al castillo? ¿Qué le voy a decir a Emmett? —continuó confundido.
—Dile que es producto de un amorío tuyo con una muchacha del pueblo y que debes criarlo porque ella lo abandonó.
—Pronto sospechará —la increpó, Jasper.
—Sabrás qué hacer. Por mi parte, vendré a ver a este pequeñín cada noche y si necesita algo, sólo debes decírmelo, yo veré cómo me las arreglo para ayudarlo.
El joven la miraba, asintiendo, no del todo convencido, hasta plantearle su más grande y profunda duda, la más difícil.
—¿Con qué cara miraré a mi amigo, sabiendo que le robé a su hijo?
Los ojos de Alice se nublaron de lágrimas, y una escarcha radiante descendió por sus mejillas. Jasper no la podía ver llorar de noche, ella aún conservaba su esencia de hada guardiana y sus lágrimas eran como cristales. Rápidamente secó sus ojos, antes de que su novio se diera cuenta de aquel misterioso detalle.
—Créeme que si Edward supiera toda la verdad y lo que estás haciendo por su hijo, te lo agradecería —apretó los labios en una sonrisa fingida y besó los labios del joven con sutileza. Estiró sus brazos, entregándole el pequeño a Jasper, con extrema cautela– ¡Protégelo como si fuera tuyo! –besó la frente del niño.
La princesa dio media vuelta y Jasper la observó paralizado, con el bebé entre sus brazos. La joven desapareció y él, le dio un vistazo a aquel niño.
—¡Claro que te cuidaré con mi vida! Después de todo, llevas la sangre de mi princesa y de mi mejor amigo —exclamó para resignarse.
La princesa cogió su caballo y lo montó con fiereza. Cabalgó kilómetros en su manera humana, hasta llegar, oficialmente, al castillo de Glasgow, pero antes de hacerlo, se encontró con la guardia real, a cargo del carismático Ethan.
—¿Dónde está Edward? —preguntó bruscamente.
—Dentro del castillo, se ha devuelto a buscar a su hijo —el jovencito la miró consternado, suplicándole ayuda con sus ojos agua marinos. La muchacha con la vista fija en el horizonte, cabalgó hasta llegar a las puertas del castillo.
Cuando entró, todos los criados estaba de rodillas en el salón principal y la anciana, Marie, se encontraba aprisionada por un par guardias. Su hermano parecía un loco, había perdido la razón. Daba vueltas de lado a lado como un león enjaulado, con el rostro desfigurado de ira, y con la amenaza de que los mataría uno a uno si no le decían la verdad.
Alice entró, con sus pasos elegantes y gráciles, cubiertas de una capa negra que le llegaba a los tobillos, y la vista fija en ese espectáculo cruel y desolador. La anciana, de oscuros ojos azules se dio cuenta de inmediato de la llegada de aquella muchacha, hija de la luz, y un estertor le subió por los pies hasta la cabeza. Se le pusieron los ojos blancos y comenzó a saltar como una epiléptica, mientras los guardias la miraban atemorizados, todos sabían de los poderes sobrenaturales de aquella vieja.
La muchacha le dirigió una sonrisa torcida a la anciana y vio como su rostro se transformó en el de un espectro. Pronto se tranquilizó, sin dejar de mirarla con odio y repulsión. Ella sabía que Alice había tomado al niño, pero jamás sospecharía donde lo había dejado.
—¿Qué sucede aquí, Edward? —el campanilleo propio de la princesa, entró a los oídos de su hermano, apaciguando su ira.
—¡Me han robado a mi hijo! —la miró con los ojos cubiertos de lágrimas y la voz áspera por la ira.
—¿Cuándo nació? —preguntó, haciéndose la desentendida, mientras la anciana gruñía de rabia.
—¡Esta noche! Y esta vieja se lo ha robado ¡Nadie en este castillo infame quiere decir quién se lo llevó —aulló el príncipe, encolerizado— he dado orden que cada una hora maten a esta gente, mientras no digan la verdad.
La princesa cogió a su hermano por el brazo y lo arrastró hacia un lugar aislado del salón.
—Puede ser que ellos no lo sepan, Edward —dulcificó su voz.
—¡Pero, es imposible! —exclamó él— son los únicos que estuvieron cuando nació y la guardia no vio entrar ni salir a nadie.
—Son humanos, Edward, pueden errar —lo tranquilizó— no debes tomar esas medidas extremas con gente inocente.
—Yo sé que fue esa anciana del mal —gruñó alterado.
—Y ¿Qué dice ella? —lo increpó Alice, mirando de soslayo a Marie.
—Que se lo llevaron los espectros, que habían nacido muerto… —la muchacha secó las lágrimas desesperadas del príncipe.
—Eso es mentira, Edward, es evidente. Lo encontraremos, pero tú, deja a esta gente en paz. ¿Qué dice Isabella? —continuó Alice.
—Ella, ella, está delirando, hierve en fiebre ¿Eso es normal, Alice, después de dar a luz? —su hermano preguntó confundido.
—No, hermanito. Iré a verla… —le advirtió.
Cogió una antorcha desde un costado del pasillo y subió las escaleras oscuras y sombrías, enrolladas como un caracol, hasta llegar a la habitación de Isabella. Abrió la pesada puerta de madera y la vio tendida sobre su cama con una posa de sangre a la altura de su vientre. A ambos costados de la cama, se situaban velas negras. Ella las apagó, por supuesto, esto era fruto de aquella anciana de alma percudida.
Una criada, en el rincón de la sala, temblaba de miedo, decía haber visto como unos espíritus negros rodeaban el cuerpo de la muchacha como verdaderos buitres.
—¡Trae velas blancas! —le ordenó la princesa, mientras posaba sus labios sobre la frente de Isabella.
La criada, atemorizada, corrió escaleras abajo, con la única antorcha que había en la habitación.
Alice, inmersa en una oscuridad, pero con la belleza de su alma, levantó el camisón de la muchacha, y posó su mano sobre el vientre de la condesa. Cuando ambas pieles se rozaron una luz resplandeciente comenzó a brotar por la piel de la princesa, invadiendo el cuerpo de Isabella. Gritos ensordecedores de aquellos espectros, se hicieron oír ante la llegada de la luz, y la criada, valientemente, venció su temor, y a pesar del alboroto de los muebles que se azotaban contra los muros, entró para dejarle las velas a la princesa.
Una fuerza indescriptible la cogió por los hombros y la lanzó contra el piso, pero ella, se volvió a poner de pie, con confianza ciega en aquella muchacha salvadora, logrando llegar a su lado.
—¡Enciéndelas! —le ordenó Alice.
Como arte de magia, en la chimenea del cuarto frío comenzó a brotar fuego. Con firmeza, cogió una de las velas y las puso sobre el fuego hasta encenderlas. El cuarto se iluminó y los ruidos parecieron apaciguarse. Las pieles de Alice e Isabella, resplandecían sólo en una. La criada, miraba obnubilada aquel espectáculo, parecido a una bendición, era la expulsión de malos espíritus que rodeaban a su ama.
De la planta baja se oyó como Marie escupía palabras en latín, desgarradoras y atemorizantes, pero que a Alice no le afectaron. Isabella fue recuperando el conocimiento poco a poco hasta caer en un sueño plácido, pero antes, la princesa, con su dulce voz de hada le susurró al oído.
—Tu hijo está en buenas manos…
Alice se puso de pie y miró a la muchacha que continuaba a los pies de la cama, absorta y encantada por los sortilegio de la princesa.
—Jamás debes replicar lo que acabas de ver —le recordó Alice. La chica asintió sin emitir ningún sonido— ahora debes cambiar a la condesa y velar por su sueño. Yo vendré mañana a ver cómo está… y demás está decirte, que no debes dejar que Marie se acerque a Isabella, si lo hace, me tendrás que avisar —la acompañó a la ventana y le mostró como los árboles parecían estar atentos a la princesa, con las puntas de sus hojas resplandeciendo en polvo de diamantes.
La princesa salió de la habitación y antes de salir, le guiñó un ojo a la muchacha, que la observaba con admiración y una gran sonrisa dibujada en el rostro. Llegó al primer piso y vio a su hermano que la esperaba en el primer peldaño de la escalera.
—¿Cómo está Isabella? —le preguntó acongojado.
—Bien Edward, le ha bajado la fiebre —Alice lo besó en la mejilla. Edward ya había dado orden de soltar a los criados del castillo, excepto a la vieja. Para ella dio órdenes estrictas de encarcelarla en el calabozo de la isla escondida. Su hermana sabía que esa medida no surtiría ningún efecto para la anciana, sin embargo, le sonrió al príncipe, con el puro afán de tranquilizarlo.
Edward la observaba inquieto.
—Tu hijo estará bien, Edward —la mirada de la princesa se dulcificó hasta lograr un efecto calmante en su hermano.
—¿Me ayudarás a encontrarlo, Alice? —le suplicó el príncipe.
—Haré lo que esté en mis maños para que ese chico esté bien —le sonrió y besó en la mejilla.
