Capítulo XII
Cartas sobre la mesa
Dos años transcurrieron como si nada y el príncipe se fue consumiendo en un ente sin vida. Jamás encontró a su hijo, Isabella se fue de Glasgow, con paradero desconocido y él, loco de tristeza, intentó suicidarse.
Fue encontrado en aquella bañera de madera, por Carmen, la criada española, la más antigua del castillo, que había visto crecer a los dos hermanos Cullen. Horrorizada dio un grito de espanto, estremeciendo las paredes frías de aquel recinto. En menos de un pestañeo, Esme y su hija, Alice, corrieron alertadas por la voz de la española. Cuando notaron que el alarido provenía de la habitación del joven, ambas mujeres sintieron que el corazón se les desbordaba por el pecho. Sabían de la condición depresiva del príncipe y siempre temieron que intentara quitarse la vida.
El joven estaba con la piel mortecina, lo ojos cerrados y los labios cárdenos. El agua se había teñido de rojo. Temieron lo peor. La princesa de ojos miel y cabello erizado, posó su mano tibia sobre la de su hermano moribundo, intentó descubrir algo de vida en él. Bajó los párpados y un leve pálpito le devolvió la esperanza.
—¡Está vivo! —gritó la doncella.
Se giró hacia su madre que ya hacía de rodillas con el rostro cubierto de lágrimas y su fino vestido púrpura oscurecido por la sangre de su primogénito. Estaba perpleja, llorando a su pequeño de cabellos bronces. Mientras, la criada española, Carmen, había envuelto las muñecas del muchacho entre retazos de sábanas blancas.
—¡Mi niño! Abre los ojos, mi amor, mírame —exclamaba Esme, mientras acariciaba su rostro amoratado por la falta de sangre.
En un ráfaga de tiempo, lo vio entre sus brazos, un rosado y diminuto bebé de rasgos finos y carita redonda que con unos poquitos años se transformó en un hermoso niño que corría por el bosque frondoso, llenando el castillo con carcajadas alegres. Tenía los labios cereza, llenos de vida y alegría, haciendo travesuras que después eran celebradas por sus padres. Continuó con su crecimiento, llegando a la época del despertar: la pubertad. El joven se volvió hermoso como un dios heleno, capaz de remover el corazón de la doncella más esquiva y distante. Pero el cruel destino, le devolvió la mano y se enamoró de la mujer equivocada.
Llegaron un par de criados más y lo llevaron hacia la cama. El más fornido lo cogió por la cintura, mientras su hermana le tomaba los pies y Esme, le hablaba entre sollozos acongojados.
Su cuerpo descansó sobre la cama, amplia, con una gran cortina que adornaba el cuadrilátero. Su madre seguía acariciando a su hijo, como cuando los leones lamen a sus cachorros para resucitarlos. La servidumbre estaba consternada, miraban con los ojos redondos. La Española, desapareció.
En pocos instantes volvió el rey, con su expresión visiblemente consternada, los ojos tostados se habían entristecido hasta enrojecerse, como los conejos. Con dos pasos lentos y elegantes, se acercó al borde del lecho de su hijo agonizante.
—Edward ¡Por favor!, hijo —exclamó acongojado, hasta caer de rodillas a su lado. Le cogió la mano entre las suyas y besó su frente blanca como la cal. Tenía los labios morados y unas profundas ojeras negras.
Era un cuadro de sufrimiento y dolor, la familia lo rodeaba con lágrimas en los ojos, rogando por su recuperación. Era tanta la sangre perdida que sus venas estaban casi secas, con la piel resquebrajada. Al segundo día lo dejaron descansar.
A las cuatro de la madrugada, Alice se coló por la puerta de su hermano y entró en su estado mágico. Su piel brillaba de un tono platinado, medio verdoso, a raíz de la tristeza. Sus ojos de hada desprendían lágrimas de cristal y una estela de polvo de diamantes le cubría las manos y el cabello.
La jovencita observó a su alrededor y vio como tres espíritus negros, rondaban a su hermano, parecían humo de quema, pero con claras figuras humanas.
—¡Salgan de aquí! —gritó la princesa.
Se oyeron unas carcajadas maquiavélicas. Ella se acercó con decisión, pero una fuerza oscura le impidió pasar. Con impotencia vio como uno de esos seres se introducía en el cuerpo del príncipe.
—¡Nooooo! —gritó la muchacha espantada, era un aullido desgarrador— ¡Déjenlo en paz! —sus lágrimas intensas cayeron al suelo, iluminándolo.
—¡Devuélveme al bebé! —gruñó una voz de ultratumba.
—¡Jamás! Él no será uno más de ustedes —reclamó el hada con fiereza.
—¡Entonces, lo pagará el príncipe! —amenazó la imagen invisible de Marie.
La princesa lloraba desesperada ante la terrible imagen. Debería luchar por su hermano. Con todas sus fuerzas se abalanzó sobre la cama, hasta tocar a su hermano. Su luz iluminó parte de su piel, pero una sombra oscura la eclipsaba. Desde entonces, el muchacho viviría entre las luces y las sombras, ya no sería el mismo de antes.
Al día siguiente, Edward pareció tener una mejoría. En el castillo brincaban de alegría, pero ella sabía, que la recuperación no había sido del todo benéfica. El chiquillo abrió los ojos, y en su mirada, se asomó un aspecto distinto. A ratos era su dulce hermano y a veces la miel de sus ojos era ensombrecida por el caramelo sólido. La chica temió acercarse a él.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó ya más conciente— es muy extraño que no haya venido a verme.
—¡Está muy impactada, Edward! —respondió su madre, feliz de verlo renacer.
—¡Llámela, por favor! —exclamó el príncipe.
Esme bajó las escaleras estrepitosamente en busca de su hija. Alice esperaba indecisa en el salón principal. Un frío abrasador parecía envolverla, temblaba de pies a cabeza.
—¡Alice, hija! —exclamó su madre extrañada.
—Madre… —respondió la muchacha con la voz temblorosa.
—Tu hermano te llama, quiere verte —el dulce rostro con forma de corazón de su madre parecía haberse vuelto aún más bello.
La princesa dudó.
—¡Vamos! —Esme le pasó el brazo por detrás de la espalda, empujándola a avanzar. Era tanta la felicidad de la reina que jamás notó la resistencia de su hija.
Ambas llegaron al cuarto, primero entró Esme y detrás, con pasos lentos e indecisos la siguió Alice.
—¡Querida hermanita! —masculló Edward, con los labios ya más rosados, sonrisa fácil y los ojos de miel de siempre.
¿Acaso era posible que el continuara siendo el mismo, aún con un espíritu oscuro en sus entrañas? La muchacha se sentía indefensa, amaba a su hermano, pero en su condición humana no podía hacer mucho. Caminó lentamente, con pasos gráciles. Por fin esbozó una bella sonrisa.
—¿Cómo estás, hermano de mi alma? —se atrevió a acariciarlo, pasando sus dedos lechosos sobre su piel de cal. Sintió ganas de llorar, estaba muy emocionada de ver a su hermano vivo.
—¡Te extrañamos estos días, Edward! —la jovencita lo increpó con su mirada dulce.
—Lo sé —agregó melancólico— ¡Perdónenme por favor! Las dos…
Los ojos de su madre se aguaron en lágrimas y Alice tenía una fuerte presión sobre la garganta.
—Sé que fue un error, pero me sentí desesperado… —los ojos del príncipe se anegaron.
—¡No sabes cuánto agradezco que estés bien, hijo! —agregó la reina de rostro de corazón.
Él levantó sus manos blancas con nudillos rosados y cogió con una a su madre y con la otra a su hermana.
—¡Las adoro a las dos! Gracias por cuidar de mí —agradeció desde el alma. Ambas le retribuyeron con una sonrisa dulce y maternal.
Desde ese día Alice y Edward se volvieron uno solo, aparentemente al menos, aunque ella siempre lo intentó.
El príncipe volvió a sus farras nocturnas, arrastrando con él a los hermanos Hale, a pesar de que Emmett se encontraba comprometido con la doncella espléndida del torneo y Jasper, profesaba amor eterno a su hermana.
Buscó mujeres por doquier, una y hasta diez en una noche, pero siempre cargó con el pesado recuerdo de Isabella, jamás la pudo olvidar, nunca, ella fue y sería por siempre, el amor de su vida.
Uno de esos días, en que vagabundeaba por las noches en busca de mujeres de vida fácil, se encontró con una doncella tan parecida a Isabella, que le removió las tripas. Su rostro juvenil lo atrajo a tal punto, que sintió inmensas e incontenibles ganas de bajarse del carruaje para raptar a aquella muchacha, pero no era tan fácil.
La noche era oscura, y el ambiente denso, acababa de llover y el agua parecía condensarse.
—¡Detente! —le ordenó a su cochero.
Los caballos blancos se detuvieron de inmediato, esperando la próxima orden del príncipe. Él quedó obnubilado mirando a la doncella que parecía no tener más de diecisiete años. Sus caderas suntuosas y el cabello largo, castaño y ondulado como el de la mujer que le había quitado el alma, lo dejaron sin aliento. La piel de porcelana, lo invitaba a acariciarla, hacerla de él. La jovencita caminaba despreocupada con una capa negra y un canasto con frutas en la mano. No era una de ésas mujerzuelas de la noche ¿Pero qué haría una doncella a altas horas de la noche, sola? Quedó intrigado. La vio desaparecer por los pasajes oscuros, estrechos, cargados de humedad y musgo. Desapareció en la oscuridad. Su corazón brincó hasta llegarle a la boca.
—Mi señor… —preguntó el joven cochero. Él no respondió de inmediato. Su fiel sirviente lo esperó.
—¡Vamos! —le gritó el muchacho.
—¡Eeeeee! —exclamó el cochero, mientras agitaba las riendas sobre los caballos para que partieran.
Edward quedó perplejo, atónito, había sido como verla a ella, siete años atrás. Esa noche no pudo dormir, la pasión lo embargó por completo, sintiendo dolor de tanto deseo. Recordó aquellas noches cargadas de lujuria junto a la condesa, donde los dos eran presos de un amor carnal descabellado y completo ¡Nunca había sido más feliz en toda su vida! Su mente se confundió.
Por el día pasaba encerrado en su habitación, sólo comía dentro de ella, aunque al ponerse la luna salía sin rumbo fijo, pero a pesar de su intriga, Alice lo mantenía vigilado… sabía que su hermano podría sufrir un cambio de un momento a otro.
La noche siguiente, tras la juerga, el vino con canela y la lujuria, despidió a su cochero y en cambio, le pidió que le enviara un caballo. Pronto llegó su encargo.
Cerca de las cuatro de la madrugada, cabalgó por los pasadizos oscuros de la aldea, hasta encontrarse en el mismo lugar donde la doncella se había perdido la noche anterior. Expectante, aguardó en las sombras, mientras su corazón palpitaba desenfrenado.
Cuando ya creyó desvanecidas sus esperanzas, una fina silueta se coló entre la niebla. Era ella. Dudó, pero un poder, desconocido en él, logró que la abordara.
—¡Buenas noches, doncella! —exclamó el príncipe, galantemente.
La jovencita quedó impávida ante la belleza de aquel hombre de ensueño, sin embargo, una corazonada le advirtió que todo iba mal. Ya era tarde.
El príncipe, la cogió entre sus brazos con fuerza innecesaria, apretando sus finos bracitos, pero ella, no se quejó. Acercó los labios rojos como la sangre de aquella doncella, para entreabrirlos con los suyos. Sabía dulce, mezcla de miel y flores. Inspiró el aroma de su cuello pálido y el nacimiento de sus cabellos oscuros. La muchachita gemía levemente. Bajó una de sus manos hacia sus pechos pequeños y los presionó con poderío, impotencia. Podía sentir como una fusión de deseo, calor e ira invadían sus venas.
Cuando ya no pudo más, cogió el vestido de la doncella, a la altura de su escote redondo, y los rasgó en dos. Las suaves telas cayeron sobre el frío piso de piedras musgosas. Sin piedad alguna, la desnudó por completo, apoyándola contra un muro húmedo, separó sus rodillas con frialdad y se introdujo en ella, intentando calmar esa sensación desgarradora de placer. Probó sus entrañas tibias y jugosas, pero cuando pensó haber aplacado el deseo, una ola de ira, originada de una extraña sensación de lujuria insatisfecha lo volvió un monstruo descontrolado.
La pobre doncella, agotada, con el cuerpo lacio, lo miraba desconcertada con ojillos de ciervo atacado, pero sin ninguna posibilidad de atacar y menos, de huir de aquel hombre con aspecto de ángel y alma sórdida. Intentó ponerse de pie. Él la observó con rabia, cogió un sable que llevaba en el cinto de su pantalón, lo desenvainó, el filo pareció resplandecer aún en la oscuridad.
—¡Ah! —alcanzó a mascullar la joven. Él la tomó por la espalda y con un gesto escalofriante, pasó la hoja de aquella arma por la piel de la doncella, a la altura del cuello. La carne se abrió como mantequilla. La sangre brotó a borbotones. Ya poseído, posó sus labios sobre su cuello, succionando cada gota de sangre, sangre con sabor a Isabella. Cayó en frenesí, agobiado por las proteínas del fluido sagrado de aquella doncella, había probado de su esencia.
La escena escabrosa, se volvió aún peor, cuando decidió que no debía dejar huellas de aquel cuerpo inerte. Una navaja, fue su ayuda y le cortó el cabello hasta dejarla calva. Tomó el pelo, y lo incorporó a su capa, simulando una bolsa. La miró y en un segundo de humanidad, le devolvió un mechón de su sedoso cabello castaño, dejándoselo en la mano, rompió el lazo rojo de su capa y envolvió las finas hebras con una cinta. De ahora en adelante sería su macabro sello.
