Capítulo XIII
Lazos de sangre
La dulce sangre que se derramaba por su garganta era el éxtasis pleno de la emoción contenida por un amor no correspondido. Los espectros salvajes se apoderaban del cuerpo del muchacho, con su pleno consentimiento, hasta volverlo una bestia sin precedente alguno. El sabor de la juventud de aquellas doncellas era la única manera de mantener el recuerdo vivo de Isabella. Su fluido sagrado era la vitamina perfecta para una mente retorcida.
La leyenda se hizo conocida y poderosa. Todo el ignorante pueblo tenía fe en aquella historia inventada por aldeanos: el asesino hijo de la hermosa Isabella de Glasgow y el despechado príncipe de cabellos bronces. Cada personaje, decía haber visto al ser diminuto con rizos dorados, piel rosada como los conejos y manitos con hoyuelos enternecedores, que escasamente alcanzaría los cinco años. Algunos aseguraban que su mirada era fría y maquiavélica, envenenando a quien osara mirarlo detenidamente. Los más fantasiosos decían que de su espalda regordeta nacían alas negras, que revoloteaban con fiereza acorralando a sus víctimas. Los más certeros o intuitivos señalaban que el niño se transformaba en un hombre de un momento a otro, con estampa de noble, a imagen y semejanza de su padre, Edward.
El temor se filtró por los pasadizos más oscuros, llegando a oídos de las mujeres jóvenes, provocándoles gran terror. Temían realizar sus labores diarias y eran obligadas a taparse de pies a cabeza, cubriendo sus rostros y siluetas para no tentar al engendro glacial. Sus familias, especialmente padres y hermanos, las acompañaban a donde quiera que fueran, realmente era peligroso abandonarlas a su suerte.
Miedo, angustia y rabia invadían el pueblo de Williamston. Los reyes estaban desbastados, no sabían como frenar esta ola de sangrientos homicidios. Redoblaban la guardia hasta en los más inhóspitos rincones de la aldea, pero era imposible encontrarlo, era como si un poder sobre natural lo hiciera temiblemente invisible a los ojos humanos. Las noches parecían más frías y las calles desoladamente desiertas, sólo eran pobladas por la humedad, la lluvia, el frío y la sensación quemante de incertidumbre.
Puertas y ventanas se cerraban con trancas, y de vez en vez, alguna hechizera repelía a los espectros con sus improvisadas intenciones, aliviando la tensión originada por el terror.
Las mujeres jóvenes del reino escaseaban, tenían que ser cuidadas y protegidas como piedras preciosas, antes que el elixir de la juventud se viera consumido por un mortífero despiadado.
Alice, descuidó la vigilancia de su hermano por proteger al pequeño Aro, quien se criaba, sano y rozagante, en el castillo de los Hale. Poco tiempo después de la llegada del niño al castillo, el casamentero Emmett, tras un largo camino de galanterías con la duquesa Rosalie de Lancashire, finalmente la desposó. La doncella se hizo cargo del pequeño Aro, suponiendo que él sería el fruto de un amorío ilícito entre su cuñado Jasper y una aldeana.
Un par de hoyuelos en las mejillas enternecían aún más al predilecto infante. Su cabello era broncíneo y dócil como el de su padre, pero sus ojos, grandes y expresivos, color chocolate, eran la viva imagen de la hermosa Isabella.
Rodeado de amor y caricias, fue creciendo totalmente ignorante de quienes eran sus verdaderos padres. Alice lo visitaba a diario, lo que por supuesto despertó las sospechas de la bella Rosalie, quien suspicaz e inteligente, comenzó a dudar de la procedencia real de aquel niño. Era imposible que una mujer despechada adorara tanto al resultado de un amor infiel de su amado. Una tarde, mientras descansaban los cuatro en el salón principal, mirando crecer a Aro y celebrando cada una de sus dulces travesuras, la voz certera de Rose hizo temblar a Jasper y Alice.
—No se parece en nada a ti, Jasper —enarcó una ceja, clavando su mirada fiera en la del cuñado, quien intentó no titubear— más parece hijo de la familia real —Jasper y Alice evitaron mirarse, no podían mostrar complicidad.
—¡Cuánto quisiera yo que fuese hijo mío, querida Rosalie! —contestó la princesa sarcástica— me haría la mujer más dichosa del mundo —sonrió la muchacha agudizando sus facciones de duende protector.
Sostuvieron las miradas por unos segundos y pronto, Alice se despidió de los Hale. Ese día decidió que ya no era conveniente que la vieran junto al pequeño, por mucho que quisiera saber de él. Lo mejor sería visitarlo por las noches. Emmett quedó con el rostro fijo en su hermano, buscando una explicación válida para las preguntas de su esposa. Alice, se puso de pie y tras ella, su amante de la vida.
Mientras el hermoso niño jugaba sobre el suelo frío, la princesa se acercó y le besó la frente con cariño. Una cadena de recuerdos se vinieron a su mente cuando el aroma de su sobrino le invadió la mente, había sido como retroceder a la infancia, cuando Edward y ella jugaban en el bosque ¡Olía igual que su padre!
Se giró hacia la puerta de entrada, arrastrando su sofisticado vestido color marfil, de telas suaves y delicadas, cuando Aro, se puso de pie y corrió tras la joven.
—¡Tía, tía! —chilló el niño, mientras jalaba sus ropas. Ella sonrió con satisfacción. La princesa se puso en cuclillas para quedar a su altura.
—Mi pequeño… —acarició su frente.
—Una señora vieja me visitó anoche —acusó el infante con ese campanilleo propio de las vocecitas dulces de los niños. Inmediatamente la piel de la muchacha se crispó, poniendo aún más atención a su adorado sobrino— me llevará donde mi madre —concluyó.
—Tu madre es Rosalie —mintió la jovencita, con la voz afilada.
—Ella es rubia… yo no —continuó el pequeñín, más inteligente que el promedio de su edad.
—¡Ella lo es! —ratificó Alice, tan enérgica, que el niño se hizo un pasito hacia atrás. Nuevamente lo besó en la frente y ahora salió definitivamente del salón.
Antes de subir al carruaje, Jasper la detuvo.
—Esto se sabrá pronto… —la miró con compasión, electrificando sus pardos ojos pasivos. La joven no contestó y subió a su carruaje, guiada por su instinto agudizado, con la firme disposición de vigilar a su hermano. Cuando Marie aparecía, nada bueno se auguraba.
Esa noche cabalgó por los bosques, pero en forma humana, no podía ni debía llamar la atención. Se entrometió entre las musgosas calles del pueblo, buscando en cada rincón de aquel oscuro entuerto, hasta encontrar dónde se iba su hermano al caer la luna. Continuó caminando, metiendo su nariz en cada recoveco oscuro, sabía que a ella estaba protegida por una divinidad especial. Ella era la luz de esa aldea.
Un vaho espeso cubría un laberinto con especial rigurosidad. Con dos pasos gráciles se inmiscuyó, sin pensarlo más. El silencio reinaba en la oscuridad. Unos golpeteos sobre el suelo, casi imperceptibles, la siguieron. Se detuvo, sin voltearse, esperando que el incógnito se acercara. Tenía la certeza de que era hombre, su marcha era decidida y pesada.
Dejó de respirar, podía sentir la presencia de aquella figura humana, cada vez más cerca. Su hálito tibio cortaba la frialdad mortecina del ambiente. Se mantuvo con el capuchón en la cabeza para evitar ser reconocida. Sus sentidos se alertaron al distinguir aquel aroma dulzón, con mezcla de bosque y madera, era su propia sangre… Sus más horrendas sospechas estaban ad portas de ser confirmadas. Continuó inmóvil, esperando el ataque.
—¡Mi doncella! —reconoció de inmediato la familiar voz y su corazón brincó como un conejo huyendo de su cazador. No respondió. Esperó sin voltearse— ¡Mi doncella! —continuó la voz aterciopelada que había sido su compañía desde la niñez. Unas lágrimas, como polvo de diamantes, descendieron por sus mejillas…
Continuó mirando al vacío atenta a los movimientos de su predador, sin hablar, sin siquiera respirar.
—Sólo quisiera tener el honor de conocerla… —insistió aquella voz. Su cuerpo, caluroso, se pegó a sus espaldas, inclinando el rostro para susurrarle a la altura del oído.
Alice cerró los ojos con el corazón en la mano y el sufrimiento batallando con la humillación. Aquellos brazos en los que siempre había confiado, ahora eran del peor enemigo, dispuestos a quitarle la vida. Una mano nívea como la leche pasó seguida de su brazo, aprisionándola.
—No me tema bella doncella… —masculló la galante voz, mientras sus dedos se apretaban con firmeza a la altura de sus caderas.
