Capítulo XIV
Sangre Azul
Inspiró profundamente y el aroma de la nueva presa le trajo recuerdos de infancia, pero los ignoró. Sus dedos lánguidos y pálidos como la nieve ascendieron con dirección a los pechos de la jovencita, fue entonces cuando ella decidió que era tiempo de encararlo.
Volteó, ágil como una gacela y se plantó frente a su hermano. El joven, clavó su mirada como el caramelo sólido sobre la princesa. Sus rasgos eran fríos, simétricos, ausentes, carente de todo sentimiento de nobleza. Instintivamente sus manos se fueron al delicado cuello de la jovencita.
—¡Edward! —gimió su hermana espantada.
El príncipe pareció entrar en sí y los ojos oscuros por el deseo y la ira, se desvanecieron, convirtiéndose en una suave miel derretida, dulce y comprensiva. Inmediatamente le quitó las manos de encima. Alice lloraba sin consuelo.
—¡Edward, Edward! —susurró apesadumbrada.
El joven príncipe alzó su mano derecha y con el dorso acarició el rostro de aquella muchachita que tanto adoraba. Sus ojos se cristalizaron hasta brotar lágrimas desde el alma.
Pesadas marchas se oyeron a sus espaldas, era la guardia real en pleno. Detrás de las penumbras quedó el rey Carlisle, deshecho, sobre el suelo húmedo. Se cogía la cabeza entre dos manos y un par de lágrimas incrédulas brotaban de sus ojos tostados. Los dos principales escoltas lo observaban con compasión, intentando que se pusiera de pie, pero él, los ignoró por completo.
El séquito de hombres de casacas rojas, cogieron al príncipe por la espalda, uniéndole las manos con cadenas.
—¡Edward! —la princesa le extendió la mano con el corazón hecho añicos.
—¡Perdóname! —murmuró su hermano con los labios mudos.
Ethan, el jefe de la guardia, cruzó su mirada con la del príncipe, a quien siempre había admirado y protegido ante cualquier adversidad. De cierto modo, se sintió traicionado por el muchacho de cabellos bronces.
—¡Mi señor! —le indicó para que extendiera sus brazos y poder apresarlo. Edward no opuso resistencia en ningún momento, es más, con toda calma se entregó.
Visiblemente abatido, el joven mantenía la cabeza gacha y los ojos inyectados de un rojo vivo, en cualquier momento estallaría en sollozos profundos. Alice quedó paralizada en medio de las penumbras, ni siquiera tuvo el valor suficiente de acercarse a su padre. Sentimientos de impotencia, rabia, traición, piedad y por sobre todo, tristeza, embalsamaban el momento.
Nadie hablaba, tan sólo de vez en vez se oían murmullos que repartían instrucciones. Subieron al príncipe como un reo, el peor de ellos, el más desgraciado de los asesinos. Fue llevado al calabozo de Williamston como un villano más.
Dos pares de ojos idénticos se cruzaron en medio de la oscuridad, era Carlisle y su hija. Ambos completamente destruidos por la noticia, absortos en un mundo de oscuridad y tinieblas. Subieron al carruaje real, mudos, impávidos, sin vida.
—¿Cuál será la sentencia? —preguntó la muchacha con el mentón elevado, pero los ojos anegados de espesas lágrimas de dolor.
—¿Qué condena tendría una seguidilla de escabrosos crímenes? —el rey se quebró, no pudo contenerse más. En un acto de generosidad, la jovencita se acomodó al lado de su padre, él inclinó la cabeza, al igual que un niño, y rompió a llorar, mientras ella acariciaba los cabellos rubios de su amado progenitor.
Todo era silencio, pena y dolor. La bruma cubría la espesa noche, donde padre e hija, acababan de perder el alma.
—¡Esto es culpa de esa mujer! —recriminó Alice, escupiendo palabras atropelladas.
El rey elevó el rostro, rosado por el llanto, hasta encontrarse con los de la princesa.
—¿De verdad lo crees? —insistió él, con una chispa de confianza en los ojos.
—¡Claro! —decretó Alice— no tengo duda alguna.
De inmediato las pocas esperanzas del rey se desvanecieron, después de todo, la condesa había desaparecido hace poco más de cinco años y nadie conocía su paradero, y el príncipe, había sido quien, finalmente, asesinó a las inocentes doncellas, de manera cruel y despiadada.
El viaje hacia su castillo se tornó eterno, aún la dulce Esme, desconocía la terrible noticia.
—¿Cómo se lo diré a Esme? —preguntó Carlisle desconsolado. Ella negó con la cabeza y apretó los labios en una línea.
El puente bajó, y un sinnúmero de trompetas se oyeron al unísono. Los corazones sangrantes del padre y la hermana, los hacía arrastrar los pies y hundir los hombros. Era un funeral anticipado. Se abrieron las puertas principales y el rey tuvo la difícil misión de contárselo a su esposa. Subió las escaleras, inspirando para recoger fuerzas de flaqueza. Abrió la pesada puerta de fina madera y encontró a su bella mujer, dormitando, con los labios cerezas separados levemente y el cabello rojizo ondulado, perfectamente extendido sobre las sábanas blancas. A su lado, "La Española", velaba por los sueños de su ama.
Guiado por la tristeza, observó a su mujer dormitar, en los que serían sus últimos segundos de tranquilidad y paz en su vida. Era aún más bella cuando dormía, parecía casi una quinceañera. Él sonrió orgulloso de su esposa, pero pronto una oleada de dolor le punzó el corazón hasta hacerle brotar lágrimas de sangre.
Esme, siempre tan lejana, viviendo un mundo de fantasía, sintió la fuerza penetrante en la mirada de su esposo. Entreabrió los ojos aún dormida, y entre la débil luz del amanecer, descubrió el perfecto rostro de Carlisle. De inmediato notó que a pesar de ser bello, estaba desfigurado por el dolor y la fatiga.
—¡Vida! —exclamó la dulce reina. Él acaricio su cabello, mientras preparaba a una madre para entregarle la peor noticia de su existencia. La divina mujer se acomodó en medio de las sábanas blancas y los almohadones de plumas. A Carlisle le brotaron lágrimas de heridas espinosas. Esperó paciente a que la mujer se incorporara— ¿Ha sucedido algo? —el corazón de la madre comenzó a brincar de prisa. El rey asintió, compungido de dolor— ¿Algún problema con nuestros hijos? —dijo ya fría de impresión.
—Lamentablemente, sí. Edward… Edward… —no sabía cómo pronunciar esas fatídicas palabras.
—¡Edward! ¿Qué? —gritó fuera de control.
—Él es el asesino de Williamston —su voz se oyó hosca y lúgubre.
Hubo un silencio ensordecedor, hasta que la reina sonrió, confundida.
—¿Qué dices? ¿De dónde sacaste semejante estupidez? —agregó la madre irritada.
Él tragó saliva ruidosamente, se le secaba la boca de nervio.
—Lo vi con mis propios ojos —decretó el rey ya más pausado.
—¿Lo viste matar a una doncella? —aulló la reina de impresión.
—No. Estuvo a segundos de hacerlo…
—¡Explícate! —gruñó la mujer con rostro de corazón.
—Intentó matar a Alice, pensando que era una joven que merodeaba de noche, sola.
—¿Qué intentó matar a Alice, a su hermana? ¡Qué dices, Carlisle! ¿Acaso perdiste el juicio? —reclamó.
El rubio sofisticado inclinó el rostro hacia abajo, abatido. La reina se puso de pie en menos de un pestañeo, y salió descalza por los corredores del castillo.
—¡Edward! ¡Edward! ¿Dónde está, Edward? —aullaba con voz agria que hacía eco de su desgracia, rebotando en las paredes de piedra.
Todos los criados, vasallos y servidores miraban crispados ante la actitud de la reina. Se oían murmullos, rumores, en cambio otros, ya eran conocedores de la espantosa verdad. La mujer corrió y corrió hasta tropezarse con sus propios pies. Calló fatigada en el suelo. El rey, adolorido y desesperado, cogió a su mujer en brazos y la llevó nuevamente a su cuarto. Cuando despertó, la rodeaban Alice y su marido. "La Española" la esperaba con una infusión de hierbas tranquilizantes. Separó los párpados con dolor, por un momento, pensó que había sido una temible pesadilla, sin embargo, al ver el rostro compungido de sus seres queridos, exceptuando a Edward, supo que su nauseabunda pesadilla era real.
—¡Necesito verlo! —fue lo primero que esbozó entre murmullos.
El rey asintió con una venia. "La Española" aguardaba con los ropajes para vestirla, debía salir digna de aquel castillo, sobre todo considerando el horrible destino que le esperaba. La subieron al carruaje real y los escoltas de La Corona continuaron tras ellos. Era una verdadera caravana fúnebre. El día era de un gris oscuro, tan intenso, que daba la impresión de que anochecería pronto, a pesar de que faltaban más de tres horas para que el sol cayera del cielo. Durante el camino comenzó a llover copiosamente, el suelo de reblandeció, volviéndose pantanoso.
A las fueras de Williamston se encontraba el calabozo donde ahora aguardaba el príncipe Edward I. A la distancia, a través de una cortina de lluvia espesa se distinguía una fortaleza de piedra, redonda y enorme. A medida que se acercaban al lugar, se oían gritos que se confundían con los sonidos de cuervos perversos. Aunque intentaron evitarlo, la primera en bajar fue Esme, que corrió al encuentro con su hijo.
Los guardias, hombres macizos de rasgos duros, quedaron conmocionados ante la actitud de la reina y se hicieron a un lado, sin que siquiera ella se los ordenara. Bajó las escaleras de piedra. Olía a musgo y necesidades humanas. La escalera en forma de caracol era sólo iluminada por un par de antorchas. La madre desesperada ni siquiera trastabillo al descender por el frío calabozo. Finalmente, en el subterráneo, encontró a otro par de guardias, más grandes y rudos que los de la entrada. Lloró.
—¡Edward! —gritó desesperada.
El muchacho alzó la vista, con sus hermosos ojos tostados relucientes de dulzura. Era su madre. Estaba vestido tan sólo con una camisa suelta y los pantalones ceñidos, junto a las botas, que deberían ser lustrosas según su condición, pero que, sin embargo, estaban manchadas con tierra seca, luciendo un aspecto gris y miserable. Su cabello de plumillas de bronce, tejidas por manos de ángeles, según su madre, parecía más desordenado e incluso un poco sucio. Era un vagabundo con estampa de príncipe.
Ante aquel escabroso espectáculo, la mujer con rostro de corazón, se lanzó de bruces a los brazos de su hijo asesino. Edward la arrulló con ternura, mientras le besaba la frente. Se separaron unos segundos para observarse el uno al otro. Esme acarició las mejillas de su hijo, murmurándole palabras de amor.
El lazo de las madres con los hijos arrastra un hilo de oro invisible, un lazo indisoluble de amor eterno, carne de su carne y un pedazo de su alma.
El joven consumido en la culpa y el infortunio, invitó a su madre a tomar asiento. Era muy difícil aceptar esa perversa realidad a la mujer que le había entregado la vida. Sus ojos tostados se cristalizaron, anegados en lágrimas. Apoyó las manos sobre sus rodillas, atrapando su cabeza, destrozado.
—Edward —exclamó la madre, sentada en la orilla de la silla, con el mentón en alto, de acuerdo a su posición social y lugar en la tierra. El muchacho elevó la vista sólo un poco, porque los ojos de su madre lo quemaban vivo— ¡Edward! —continuó ella— ¡Hijo, mírame! —la voz de la hermosa mujer se desprendía en pedazos que le rasgaban el corazón— ¿Es cierto, hijo? —lo increpó con su dulce voz. El príncipe la miraba con las entrañas vueltas cenizas. Asintió.
El corazón de la madre comenzó a brincar desenfrenado, sus pulsaciones se incrementaron hasta lograr que sintiera un leve mareo, que obvió, no era el minuto para dar un espectáculo.
—Es cierto, madre ¡Lo siento! —exclamó atolondrado. Por sus mejillas de porcelana fría cayeron un par de gotas finas.
—No puede ser verdad, Edward —negó la reina, incrédula. No era capaz de soportar aquella noticia desoladora.
—Lo es… ¡Perdóneme! —le suplicó a su madre de rodillas, mientras cogía las manos de esa mujer entre las suyas. Los dedos de la reina estaban fríos y suaves.
De los ojos de aquella mujer de cabellos cobrizos, brotaron lágrimas de angustia. Su respiración se comenzó a agitar poco a poco. No dejaba de mirar los dulces ojos de su hijo.
—¿Por qué lo hiciste? —lo recriminó, confundida.
—No lo sé… —rompió a llorar el joven príncipe, apoyado en las faldas de su madre. Ella acarició sus cabellos dóciles, inspirando el aroma de su hijo. Sería la última vez que podrían estar juntos.
La tenue luz que emanaba la antorcha, iluminaba fugazmente la habitación, otorgándoles un aura dorada a la madre y el hijo. En ese precioso momento de intimidad apareció el rey.
Con pasos firmes llegó hasta la celda de su hijo, con una expresión dura, fría, carente de sentimientos. Edward entendió de inmediato el mensaje, no había escapatoria, no había opción, su destino esta resuelto, y de alguna manera sintió alivio por esta situación.
Inclinó el rostro hacia abajo, haciendo una venia a su padre, pero éste lo ignoró por completo, a pesar de tener el espíritu destruido.
—Mañana se declarará la sentencia —masculló el rey con la voz filosa y el alma perdida.
La madrugada siguiente, cuando el sol aún no se ponía, un par de sirvientas llegaron al calabozo del príncipe. Le llevaron un nuevo traje, oscuro, como lo ameritaba la situación. Con trapos húmedos lo asearon, para posteriormente ungirlo con aguas aromáticas. Él dejó hacer todo sin chistar, no habló nada, sólo les devolvió una grata sonrisa y se limitó a agradecerles su visita.
A través de los bosques tupidos lo condujeron hacia el Castillo del Juicio. Una corte comandada por el rey, esperaba al acusado. Los asistentes estaban confundidos, era inimaginable que condenarían a aquel ser, más parecido a un ángel que a un humano.
El secretario de la corte leyó la acusación y tras un par de horas, el clamor fue absoluto. Dieron paso a la sentencia de La Corona, esta vez, de palabras pronunciadas por el propio rey.
"Yo, Carlisle Cullen, soberano de Williamston, en mérito de la acusación formulada contra el príncipe, Edward I de Williamston y considerando las pruebas suficientes y fehacientes, he de declararlo Culpable, por los cargos que se le imputan: herejía, violación de las leyes morales que imparte La Corona, y homicidio de ochenta y tres doncellas del pueblo, en poco más de cinco años.
En consideración a la culpabilidad, es condenado a muerte, con espada de dos manos, según amerita por su condición de noble".
—¡Nooooooooooooooooooooooo! —se oyó un grito desgarrador desde el palco. Todos los ojos se volcaron hacia la soberana, enloquecida por el dolor que le carcomía las entrañas.
