Capítulo XV
Cruel destino
El grito desgarrador de la reina removió los corazones de todos los presentes. Edward se volteó a verla. La mujer corrió a través de los pocos peldaños que los separaban, abalanzándose a sus brazos fuertes. De los ojos del hermoso muchacho brotaron un par de lágrimas de dolor. Nadie los detuvo, nadie se atrevió a interrumpirlos. Los ojos del rey se humedecieron, sin embargo, contuvo el llanto, no podía mostrar debilidad frente al pueblo. Esme corrió hacia el palco donde estaba su marido.
—¡No lo hagas, no por favor! ¡Te le ruego! —suplicó de rodillas. Todos miraban impertérritos, con el corazón destrozado al ver tal dolor en una madre. El rey de inmediato abandonó su lugar en el estrado y puso de pie a su mujer, que ahora parecía frágil y débil como un canario— ¡No lo hagas, Carlisle! —volvió a implorar sin respuesta. El rey estaba al límite de dolor. Los ojos de cincuenta espectadores estaban puestos sobre ellos. Edward, quiso socorrer a su madre, pero un par de grilletes, que la ataban ambas piernas, lo impidieron.
El tenso ambiente, cargado de desesperanza invadió a cada uno de los visitantes. La reina perdió el conocimiento, era demasiado para su quebrantable cuerpo. Pronto la sacaron del lugar. Edward, observaba impotente. Recorrió con la vista, aquella sala de piedra, fría y oscura, en busca de su hermana, pero no la encontró. Sintió como si una flecha fría le cruzaba el alma. Rompió a llorar cuando iban de camino al calabozo.
Los guardias reales que los escoltaban, estaban mudos, pálidos, especialmente Ethan, quien tenía los ojos inyectados como los conejos, pero no debía llorar. En verdad, ambos, príncipe y servidor, eran de edades similares, se habían criado juntos, cuando aún el peso de la sociedad no los separaba por tener distinta casta. Los dos chicos hacían travesuras a sus anchas y eran cómplices, uno del otro, de sus niñerías. El padre de Ethan, quien llevaba el mismo nombre, había servido a su padre, hasta ocho años atrás, cuando murió por causas desconocidas, entonces, su hijo, fue llamado por el rey para suceder a su padre y convertirse en el hombre de confianza, especialmente de su hijo, Edward.
Las nubes estaban cargadas de lluvia, como recubiertas por un tul negro, otorgando un terrorífico paisaje, digno de aquel escenario de pesadilla. Edward, aún podía oír los gritos de su madre. El corazón se le hinchó de tristeza y no pudo contener un llanto desesperado, seguidos de múltiples sollozos incontenibles. Ethan, con sus grandes y celestes ojos como el cielo brillante, cruzó la mirada con su amigo, conmoviéndolo finalmente. Le cogió el brazo y ambos se dieron un cariñoso y fraternal abrazo.
La noche se demoró en llegar, pero lo hizo. Edward no pudo pegar un ojo, después de todo sería una pérdida de tiempo, porque una siesta eterna estaría pronto a envolverlo. No sentía miedo, pero si tristeza, se odiaba a sí mismo por haber destrozado a su familia de aquella horrorosa manera. Aguardó al lado de una antorcha, hasta la madrugada. Pronto lo invadieron las más temibles imágenes, aquellas de las que había intentado arrancar todo este tiempo: Isabella.
Su corazón comenzó a vibrar como si le hubiesen resucitado de un momento a otro. Cerró los ojos y se recostó sobre la cama de paja, improvisada. Inspiró con fuerza y pronto se vio absorto en el cuerpo de aquella muchacha, la más hermosa que había visto en la vida. Sus ojos lo miraban con ternura y regocijo. Tenía la piel tan blanca como la nieve y los labios abultados de tantos besos, sus besos. Acarició su mejilla y luego, posó su boca sobre la de ella, sincronizando sus dulces lenguas, delicadas y cargadas de pasión. Atrapó su rostro con ambas manos y la miró fijamente… "te amo", le susurró al oído, entonces la imagen se disipó y lo trajo de prisa, a la cruel realidad.
Lo alertó el sonido de las llaves de sus carceleros. Entre las sombras, pudo vislumbrar una silueta, menuda, con pasos gráciles y un particular campanilleo en la voz: era su hermana. Sintió que la alegría le desbordaba el alma. Se puso de pie de inmediato e intentó recomponerse el traje, para que no lo viera en tan miserable estado. La joven cruzó el umbral de las feroces rejas y tras contemplarse unos minutos, se lanzó a los brazos de su querido hermano.
—¡Perdóname! —masculló el príncipe, deshecho en lágrimas.
—¡Perdóname, tú! —refutó la muchacha. Edward no comprendió de inmediato, pero Alice continuó— probablemente si yo no te hubiese ocultado el paradero de Aro, nada de esto hubiese sucedido ¡Perdóname, por favor! —su hermano la observaba confundido.
—¿Quién es Aro? —preguntó.
—Tú hijo… —las palabras de la jovencita se diluyeron en un hilo de voz traicionero.
—¿Qué dices? —echó hacia atrás la cabeza, descolocado.
—Siempre lo he sabido, Edward, pero no podía decírtelo, porque Marie andaba tras el niño, quería llevárselo… —rompió en un lamento ahogado.
Asintió, separando levemente los labios por la impresión. Frunció el ceño.
—¿Lo has podido salvar de las manos de esa bruja? —masculló Edward, irritado. Alice asintió, obedientemente.
—Pero no he podido hacer lo mismo contigo —la voz se le ahogó de impotencia.
Edward dio un paso hacia su adorada hermana y le levantó el mentón con dos de sus finos dedos.
—Sé que siempre has hecho todo por ayudarme. Te agradezco infinitamente por cuidar de mi hijo —le aseguró para tranquilizarla— procura que sea un hombre de bien —la princesa asintió, compungida, era lo más horrible que le había sucedido en su vida.
—Intenté hablar con nuestro padre… para que cambie la condena… que decrete un indulto… pero está consternado y no dará pie atrás —las facciones de la muchacha con rostro de duende, se afilaron.
—Es lo que merezco… no existe otro final para un monstruo como yo… —agregó firme.
—No me conformo querido hermano… —sollozó su hermana.
—Te adoro, mi pequeña —la acurrucó en sus brazos y le besó la frente. Estuvieron así un par de minutos, hasta que Alice internó sus ojos tostados en los de él.
—Te he traído a tu hijo… —le hizo una seña al guardia y detrás de las penumbras apareció Jasper, y de su mano, un bello niño de cinco años. Quedó paralizado, pero con una gran sonrisa en los labios. Jasper se acercó a su amigo, y le dio un abrazo cargado de emoción, no fueron necesarias las palabras, él siempre había sido su leal amigo, compañero de torneos y el amor de su hermana. Los ojos del rubio sofisticado se tornaron titilantes, a punto de estallar en lágrimas. Se hizo hacia tras y el pequeño quedó frente suyo.
El corazón se le enterneció a tal modo, que sintió el más grande amor que pueda existir en la tierra, era aún más inmenso que el que había profesado por Isabella. Se puso en cuclillas para quedar a su altura. Fue fácil reconocerse en aquel infante con cabello broncíneo, algo ondulado, con manos gorditas, decoradas con hoyuelos y un inmenso par de ojos chocolates. Acercó una de sus manos a las mejillas rellenitas de Aro y le besó la frente, pronto volvió para observarlo, completamente obnubilado.
—¿Quién es? —giró el muchachito hacia su tía, ella sonrió.
—Es tu padre, Aro —respondió la princesa emocionada.
—Mi padre es Emmett —aseguró el infante, logrando hacer sonreír al príncipe.
—¡Claro! —agregó Edward, mientras le guiñaba un ojo a su hermana. Acarició la carita redonda, con forma de corazón como su abuela, y se dirigió a Alice— tiene los mismos ojos de Isabella —agregó con alegría. A la princesa no pareció gustarle la comparación. Él negó con la cabeza. Su piel tenía el mismo tinte que la de su amada.
Su corazón se regocijó de orgullo, al constatar las evidencias físicas de su amor con la condesa. Se sintió pleno, se dio por pagado en esta vida. Aquel niño sería el rey de Williamston, algún día, y confiaba ciegamente en la crianza que le pudiera dar su hermana. Cogió al niño en brazos y lo arrulló con ímpetu. De ese encuentro, cosechó las fuerzas suficientes para el crudo día que se avecinaba. Antes de irse, agradeció de corazón, a su hermana y a su fiel amigo, por haber cuidado a su hijo y habérselo traído esta noche, era el mejor regalo de su vida. Por fin pudo dormir en paz.
La madrugada se aproximó pronto. Llegaron las criadas, nuevamente para asearlo y embellecerlo. Para él era ridículo, en un par de horas más sería un cadáver, sin embargo, lo agradeció. Cuando acabaron, los guardias, encabezados por Ethan, lo acompañaron hasta el carruaje real.
El camino estaba fangoso a raíz de la lluvia y tras los árboles parecían esconderse espectros. El príncipe se inquietó, sin embargo, no dijo nada, sólo observó. La lluvia perversa comenzó a caer como una cortina de hierro, era impenetrable. Uno de los caballos, pisó mal y se torció una pata. El brusco movimiento casi los botó a todos, sin embargo, uno de los escoltas entregó a su animal como reemplazante. La marcha continuó.
Antes de llegar y cuando el sol se ponía en el horizonte, un carruaje, con caballos blancos, los interceptó, era su madre. La reina descendió apresurada y se lanzó a sus brazos, él la cobijó en su pecho y ella, lo bañó de besos. Inspirando agitada para capturar el dulce aroma de su hijo. Sus ojos derramaban lágrimas sin detención, tenía el rostro desfigurado por la tristeza y el infortunio.
—Es de esperar que tu padre sea perdonado por este terrible error —musitó la reina, acongojada.
—Yo fui el que transgredió las reglas, mamá —sonrió pacíficamente y la besó en las manos.
—Pero ¡No es suficiente! Nada justifica mandar a matar a su propio hijo… —alzó la voz, agitada.
—Él es el rey —lo justificó el muchacho. Ella negó con la cabeza.
—Quizás puedo convencer a los guardias para que te escondan y te alejen de aquí —agregó Esme, desesperada, pero Edward, se negó.
—¿Por qué, Edward? ¿Por qué, hijo, por qué quieres morir? —su madre se colgó a su cuello.
—No tengo alternativa, debo pagar por mi error.
—¡Hijo! —suplicó la reina con rostro de corazón.
—Madre ¡Te amo! Gracias por darme la oportunidad de vivir —la besó en los cabellos rojizos. La mujer lo atrapó entre sus brazos y sollozó desconsoladamente, un gritó desgarrador se le escapó del pecho— ¡Madre! No llores por favor —le rogó el muchacho. En un acto sobre humano, la reina intentó de acompasar su respiración para tranquilizarse y quitarle la angustia a su hijo, cuando ya estuvo más calmada, el príncipe acercó sus labios cerezas al oído de su madre— debes cuidar de mi hijo, esa es mi única y gran petición —la reina lo observó, confundida— Alice te lo explicará, pero prométeme que lo harás —la mujer asintió.
Cada espectador de aquel conmovedor espectáculo, sintió el corazón comprimirse de dolor. Con delicadeza, pero manos firmes, Edward apartó a su madre desde sus brazos.
—¡Te adoro mi niño! —gritó la madre, mientras era prisionera en los brazos de su fiel amiga y criada, Carmen.
El carruaje llegó al Castillo del Juicio. No hacía frío, a pesar de que la lluvia y el viento golpeaban con fuerza. El príncipe se dirigió hacia el patio principal. A mano derecha estaba el rey, la princesa y un poco más atrás, sus queridos amigos Hale, Emmett junto a su esposa. El tribunal de La Corona comandaba la ejecución. Había más de veinte asistentes, sólo gente de linaje. El verdugo encapuchado esperaba pasivo a un costado del tablado fatídico.
El secretario de La Corona leyó nuevamente la sentencia, porque el rey se había negado a hacerlo, según dictaba el protocolo. Un sacerdote esperaba al otro costado de la mesa. Ethan cogió a su señor de un brazo, mientras lo acompañaba hacia su posición. Había silencio absoluto. Se confesó y luego, se arrodilló, apoyando su cabeza sobre el pequeño cajón de madera.
A pesar del horroroso escenario, Edward se sintió feliz. La luz del sol brillaba con fuerza en el horizonte. Bajó la vista y miró a su hermana, quien lloraba sin consuelo. Su padre lo miró con ojos de ternura, pero fue algo, en medio de la muchedumbre lo que llamó su atención. En medio de aquella elite, distinguió a la mujer de sus sueños. Vestía una capucha negra que le tapaba, en parte, su hermoso cabello castaño, sus ojos estaban enrojecidos y sus labios mudos murmuraron: "te amo". El príncipe sonrió, la luz del sol en el horizonte lo encandiló por completo. Un fuerte golpe y su mundo se convirtió a la absoluta oscuridad.
