¡Mis queridas lectoras las dejo con el último capítulo de "El enano maldito: Una condena eterna"!
Capítulo XVI
Promesa eterna
El golpe perpetrado fue increíblemente potente y certero. La oscuridad se apoderó frente a los ojos del príncipe. Una fuerza centrífuga lo absorbió por completo. El alma se desprendió de su cuerpo, elevándose por encima de las cabezas de los espectadores que presenciaban esta triste realidad con horror.
El príncipe sintió que caía, sin embargo, se estaba elevando. Al abandonar su cuerpo pudo experimentar gran alivio, había vuelto a ser el mismo de siempre, los espectros lo habían dejado. Sintió paz, sintió alivio eterno.
La nobleza presente, observó con espanto la espeluznante escena. Un par de gritos desgarradores se oyeron desde la tribuna. El rey Carlisle inclinó el rostro con los ojos anegados de espesas lágrimas de dolor y culpa. Alice miraba obnubilada, parecía estar en un trance, pero no lo era. Ella fue la única que vio un par de sombras negras que escaparon con fiereza desde el cuerpo de su hermano, emitiendo un extraño ruido, similares a los de los cuervos, razón suficiente como para que la cegada tribuna no pusiera atención a ese hecho. La princesa abrumada sintió algo de alivio cuando una lucecita blanca, similar a un pequeño sol, cándida y tan brillante que encandilaría a cualquier sensible ojo humano, ascendió como una pluma sobre sus cabezas.
Jasper, contra el protocolo establecido, se acercó a su amada, y en un gesto enternecedor, la aferró a su cuerpo para acogerla, tomándola con tanta sutileza que sus manos parecían de seda. La muchacha continuó con la vista fija en el horizonte.
—Mi bella dama —agregó dulcemente— ¿se siente usted bien? —masculló preocupado, temiendo que la princesa se desplomara. Su mujer parecía haberse perdido en el dolor al presenciar la espeluznante escena que le había quitado la vida a su hermano. La joven no contestó. Alice también sintió paz, como si su hermano extendiera aquella ola de alivio hacia su ser más querido, que lo había acompañado desde la infancia.
El rey estaba abatido con la escena. Su pecho se comenzó a agitar y la respiración se le entrecortó cada vez más, no podía respirar. El dolor era tan fuerte que le estaba rasgando las entrañas, Edward siempre había sido su amado hijo, sus ojos, su mayor legado a la tierra…
Unas contundentes gotas cayeron desde las comisuras de sus perlados ojos tostados, hasta bordearles los labios. Nadie dijo nada. El rey sintió una gran presión en el pecho, tan fuerte como si una espada filosa, la más sofisticada de un caballero, le hubiese pinchado el corazón y en ese minuto se estuviese desangrando. Un fuerte mareo por poco lo hace caer de bruces frente al palco. De inmediato, la guardia real se alertó y un fiel soldado llegó a su lado para sostenerlo. Lo mantuvieron de los brazos con ímpetu para que el rey de corazón destrozado no cayera, revolcándose en su infinita tristeza. Le dolía el alma, ¡Sí! El alma… esa que se sitúa por debajo y más profundo que el corazón.
Cerró los ojos y sintió como el cuerpo se le anestesiaba de pies a cabeza, cayendo en un sueño profundo del que despertaría dos semanas después.
El cielo se encapotó de un momento a otro. Como finos alfileres comenzó a descender el agua de lluvia hasta mojar a cada uno de los asistentes. Las nubes espesas, grises casi negras, ahuyentaron al público presente.
Tras una pequeña puerta que conducía hacia el interior del castillo, se escabulló Isabella. Entró en un estado similar al trance. Su piel extremadamente pálida carecía de color natural, más bien lucía mortecina, con los labios rojos de color ciruela seco y los ojos redondos de chocolates enrojecidos por las lágrimas. Sentía como si la hubiesen arrancado el corazón de cuajo y lo peor… sabía que ella era la responsable de que el desgraciado príncipe terminara perdiendo la cabeza por amor.
Las hojas de los inmensos árboles que rodeaban el Castillo del Juicio, comenzaron a crujir con el fuerte viento que se precipitó de un momento a otro. Ella continuó esperando, mientras los nobles asistentes se retiraban en sus finos carruajes. La muchacha miraba el espantoso espectáculo como si fuera una película de terror protagonizada por el ser al que ella más había amado en la tierra, más bien dicho, el único. Vio con horror como recogieron el cuerpo de su amor prohibido y lo envolvieron en una inmensa sábana blanca para momificarlo y velarlo durante la fría noche que se avecinaba. Se le contrajo el corazón tan fuertemente que pensó que se paralizaría y tuvo que sentarse para no caer derrumbada de un momento a otro.
Nadie la reconoció, pensaron que era una de las muchachas pobres y enfermas que mendigaban algo de comida. Todos la ignoraron. Cuando el cuerpo del príncipe ya desapareció frente a sus ojos, arrancó del lugar como si la siguiera una amenaza implacable y corrió por los bosques durante largas horas hasta el atardecer. Finalmente, llegó a su antiguo castillo en Glasgow.
Sus ropas eran viejas. Estaba húmeda y azumagada, pero aún así, se las ingenió para entrar a su viejo hogar y rescatar aquel cofre, que resguardaba el más horrible de sus hechizos: la manzana clavada con un viejo cuchillo para que Edward fuera siempre prisionero de su amor.
Cubrió su rostro aún más con el capuchón negro que le llegaba a los tobillos para que nadie la molestara y por fin, cuando uno de los guardias reales se descuidó, logró subir hacia su vieja habitación. El castillo estaba abandonado, maloliente, sin embargo, era custodiado por los guardias de La Corona.
Para su único alivio, no tuvo inconvenientes en entrar a su cuarto de antaño. Buscó bajo la cama y con sigilo levantó una tabla. Ese había sido el último lugar donde había guardado aquel cofre, tras rescatarlo de las manos de la perversa Marie.
Cogió el pesado y diminuto baúl entre sus manos y lo tapó por precaución para que nadie lo notara. Bajó las escaleras, completamente a oscuras, hasta desembocar en la salida trasera. Ninguno de los pocos ignorantes que se cruzaron en su paso se dignaron a mirarla.
Ya estaba oscuro, hacía frío y la lluvia se había vuelto espesa. Los goterones le cayeron a la muchacha como si fueran baldes, hasta que su ropaje se hizo pesado y tuvo que deshacerse del capuchón.
Corrió a través del lúgubre y oscuro bosque, seguida del canturreo de los buitres y las sombras que se posaban sobre su cabeza. Quiso arrancar, escapar de esta pesadilla. De repente, sintió que las raíces de los árboles se convertían en manos con largos y tenebrosos dedos que la cogían por los tobillos, haciéndola trastabillar una y otra vez. No quería perder su tesoro de las manos, así que luchó con todas su fuerzas para no caer. Los inmensos árboles se agitaban con arrogancia de un lado a otro, cerrándole el paso, dejándole escasos centímetros para continuar.
Quedó descalza con los pies sangrantes, completamente heridos por las ramas afiladas y las piedras puntiagudas. No sentía dolor, sólo cansancio. Sus pies se deslizaban por encima del musgoso bosque, sin embargo, hacia el horizonte sólo veía sombras tupidas y grises. No sintió miedo, siempre había estado familiarizada con el oscurantismo, pero esta vez era diferente, ahora, eran enemigos, abogaban por bandos opuestos.
Cuando el poco espacio que le quedaba para caminar se cerró por completo por los brazos de la vegetación, la condesa elevó su rostro al cielo y un grito desgarrador salió de su pecho.
—¡Marieeeeeeeeee!
Una carcajada burlesca se oyó rebotar desde el oscuro paisaje. La jovencita, acomodó el cofre apoyado contra su vientre y con los dedos finos y níveos, arrancó la cerradura de metal, rasgándose la piel de las manos, pero no le importó, porque tenía una deuda que pagar en esta vida, más bien, con la suya. En un intento desesperado se arrancó la piel del dedo pulgar e índice, pero su ímpetu era más grande. Logró liberar la manzana, atravesada por un filoso puñal.
La fruta, sobrenaturalmente, estaba intacta, tal cual la había dejado siete años atrás, cuando atrapó el corazón de aquel inocente muchacho que se enamoró perdidamente de ella, entregándole el alma sin pedir nada a cambio.
Botó el baúl, cogió la manzana y le arrancó el puñal, para liberar su alma de aquel infierno. Lanzó lejos el cuchillo, ni siquiera supo donde fue a caer. Un remolino fuerte la envolvió de pies a cabeza, perdiendo el conocimiento de un momento a otro.
Cerró los ojos, desvanecida. Unos labios tibios y carnosos saldaron los suyos, provocándole un vibración deliciosa en cada terminación nerviosa de su piel ¡Era él! Era Edward… Abrió los ojos, sumida en los brazos de su amado príncipe y pudo sumergirse en esa mirada dulce, como la miel derretida que la observaba con el amor más profundo que se puede encontrar en la vida.
—Te amo… te amaré siempre —le susurró al oído con voz suave como el terciopelo. Sus palabras fueron seguidas de una dulce sonrisa que le quitó el aliento.
—¡Edward! ¡No te vayas por favor! —le suplicó la condesa con los ojos cubiertos de lágrimas y el corazón desmembrado.
Sin embargo, a pesar de sus ruegos la imagen del joven príncipe se esfumó tan rápido como había llegado. "No te vayas", murmuró la muchacha con los labios deshidratados. Una fría lluvia la despertó. Estaba en medio del bosque, a los pies de un claro cargado de agua cristalina. Con fuerzas de flaqueza logró pararse y caminar unos pasos hacia las piedras, de diferentes tamaños, colores y formas, que bordeaban el Río de los Encantos. Las habían terracotas con forma de corazón, azules que asemejaban zafiros, tostadas que parecían piedras ámbar y rojas intensas como el rubí.
Recordó intensamente que aquel lugar había sido testigo secreto de su segunda cita con aquel hombre de ensueño.
Sumergió los pies ensangrentados en el agua gélida. Parecía como si le picotearan la piel con agujas. Cerró los ojos para rememorar aquel momento. Inmortalizó su figura esbelta bajo la lluvia intensa, esa noche después de haber estado juntos la primera vez.
El corazón se lo desgarraban por dentro. Pronto la hermosa imagen, aquella en que ambos se besaban, fue seguida del momento en que a él le cortaron la cabeza. Fue un shock eléctrico, intenso y cruel que la hizo despertar. Se lanzó al río para llorar de desesperación e impotencia, golpeando inconcientemente su cabeza contra una gran piedra que le cubría la espalda.
Quiso volver el tiempo atrás y recibirlo en sus brazos con todo el amor que ahora sentía, pero que había reprimido por la falta de costumbre a amar y ser amada. Cerró los párpados, sin embargo, las líneas de sus ojos desbordaron lágrimas de desconsuelo. Cayeron unas tras otras, mientras experimentaba como a través de este dolor se le iba el alma.
Los vestigios de su descarnado sufrimiento se hicieron cada vez más espesos y calientes, al igual que el agua bajo sus pies. Abrió los ojos de inmediato y vio como en lugar de agua, el río se había transformado en venas, que transportaba sangre tan roja como la suya. Observó con espanto y comprobó que de sus ojos brotaba este sagrado fluido sin reparos. Estaba completamente cubierta de sangre roja oscura.
Miró la poca ropa que le quedaba puesta y evidenció que estaba completamente ungida en aquel líquido. Salió del agua con un grito de espanto que removió las copas de los árboles. Desde afuera siguió mirando el surrealista espectáculo.
Lo poco que le quedaba de su corazón destruido se desvanecía a través de sus ojos ensangrentados. Corrió y corrió a través del bosque, mientras la lluvia incesante y tupida le limpiaba el cuerpo cubierto con su propia sangre. Oyó voces que la inculpaban, e intermitentemente también, escuchó a Edward que le suplicaba que no se fuera.
Sus pulsaciones aumentaron a tal punto que se sintió mareada, pero siguió avanzando. Los cuervos estaban casi en su cabeza y las sombras acechaban prontas a cogerla por los hombros. Aquellos pies, lechosos y rosados como la piel de los conejos, corrieron más a prisa hasta aproximarse a un precipicio. Continuó desesperada, fuera de sí, lanzándose por los aires hacia el vacío.
La bruja de Marie fue quemada en la hoguera por orden de La Inquisición, acusada de brujería y herejía, por supuesto acusada por la mismísima reina de Williamston, Esme Cullen. Los guardias reales se encargaron de transportar a sacerdotes y clérigos hacia la isla donde se encontraba presa la mujer.
Los soldados de capa roja sentían temor de la mujer, la leyenda de que aquella anciana tenía poderes sobrenaturales se expandió por todo Williamston, Glasgow, e Inglaterra mismo. Sólo por una estricta y dictatorial orden de la reina con rostro de corazón, fueron capaces de cogerla y amarrarla a un árbol seco para ser prendida en llamas.
Sus gritos, agudos y terroríficos casi ensordecieron a los espectadores. De los ojos tostados de Esme brotaron un par de lágrimas de victoria. Esa mujer le había destruido la vida a ella y a su familia entera.
—¡Qué un ángel misericordioso se apiade de tu pobre alma! —exclamó la mujer de cabellos pelirrojos.
Ethan el más fiel de los guardias la miró con los ojos celestes, claros y transparentes como el cielo, anegados en lágrimas. Ambos vengaban la muerte del príncipe Edward I de Williamston. La reina en un gesto sobre humano le acarició la mano a aquel chico que había crecido junto a su hijo y se asemejaba a tanto a él.
Los corazones de los Cullen quedaron en relativa calma. Alice por su parte, sabía que su hermano había sido liberado de la horrible condena y su corazón, aunque fuese en el cielo, podría escoger un verdadero amor, sin ataduras y ni hechizos maquiavélicos y crueles.
La princesa acogió al pequeño Aro como si fuese su hijo, y lo llevó al castillo de Williamston para criarlo y prepararlo para cuando fuera su turno de asumir el trono. Junto a ella y su sobrino, vivió Jasper, el padre adoptivo y marido de Alice Cullen, quien asumió la paternidad de aquel muchacho, idéntico a su querido amigo, cuidándolo hasta que éste se convirtió en un hombre de bien.
El rey Carlisle aceptó sin reparos el casamiento de su hija y el caballero Hale. Dejó a un lado los estrictos protocolos de La Corona para dar paso a los sentimientos nobles de un padre con el corazón cicatrizado…
El recuerdo del príncipe Edward I fue incluido en sus vidas como si siempre estuviese presente. Aro supo de aquel amor irracional de sus padres, pero nunca opinó al respecto. Creció con la convicción de que él era fruto del amor más inmenso y pasional que se podría haber dado en la tierra, pero jamás le dijeron, que también, podría haber sido fruto de un embrujo eterno que condenó a su padre a perder la vida.
Aquellos pies, lechosos y rosados como la piel de los conejos, corrieron más a prisa hasta aproximarse a un precipicio. Continuó desesperada, fuera de sí, lanzándose por los aires hacia el vacío… Sintió alivio al descender por los aires. Su corazón dejó de latir y una fuerza centrífuga la cogió con fuerza hasta expulsarla de su cuerpo inerte. Pensó que caía, pero se elevaba. Una luz candente ascendió por las nubes… un punto de luz diminuto y fugaz.
Flotando como una pluma un segundo punto de luz se acercó remotamente desde las nubes. El cielo estaba entre gris y rosado. El sol se había puesto hacia unos minutos y un par de gaviotas sobrevolaron el colorido escenario.
Un pequeño sol ascendía y el otro, bajaba desde el algún punto del infinito horizonte, hasta que de un momento a otro ¡Blum! Se tocaron hasta fundirse en uno solo para seguir vagando por siempre en la eternidad.
Fin
Estimadas lectoras,
A todas a quienes leyeron mi fic ¡Miles de gracias! En verdad fue una apuesta distinta... un lado no explorado de mis sentimientos y emociones, pero que me agradó muchísimo escribir...
Un amor eterno que te haga perder la cordura no están ficticio... si bien puede parecer un poco exagerado, sentirse abandonado por una persona a quien amas puede ponerte al límite de tus fuerzas y al precipicio de perder la razón, sin embargo, en la mayoría de las veces el corazón cicatriza y se vuelve a la vida normal, pero en otros... queda sólo la esperanza de una nueva vida para una segunda oportunidad.
Me fui un poquitín en la profunda, pero creo que es para justificar mis delirios literarios, jejejeje.
Besos y espero que nos sigamos leyendo en otro fic!
Karen
