Hola chicas bueno mil mil gracias por todos sus rewievs me alegra que este teniendo tanta aceptación. Bueno aquí les dejo un nuevo Cap. espero que sea de su agrado bueno que lo disfruten-
Bueno como les dije los personajes no son míos son de Stephanie Meyer y la Historia la estoy adaptando de la novela de Sophie Kinsella . Bueno aquí un nuevo cap. espero que les guste
Capitulo 3
Me desperté mientras la luz de la ventana y el olor a café golpeaban mis sentidos,
-Buenas -susurro Jacob desde algún apartado lugar.
-Buenas -conteste sin abrir los ojos.
-¿Quieres café?
-Sí, por favor.
Me doy la vuelta y escondo mi dolorida cabeza bajo la almohada para intentar dormir unos minutos más. Suelo conseguirlo con facilidad, pero hoy me preocupa algo. ¿De qué me habré olvidado?
Mientras presto atención a medias a los ruidos de Jacob en la cocina y al metálico sonido de fondo de la tele, mi adormilado cerebro busca a tientas una explicación. Es sábado por la mañana. Estoy en la cama de Jacob. Anoche salimos a cenar. ¡Ah, sí!, el horrible viaje en avión... Él fue a buscarme al aeropuerto y me dijo...
¡Vamos a vivir juntos!
Me incorporo en el preciso momento en que él entra con dos tazas y una cafetera. Lleva un albornoz blanco y está guapísimo. Me siento orgullosa y estiro la mano con intención de darle un beso.
-Hola -dice riéndose-. Ten cuidado. ¿Qué tal estás? -pregunta, y me alarga una taza.
-Muy bien -contesto apartándome el pelo de la cara-. Un poco atontada.
-No me extraña -asegura arqueando las cejas-. Menudo día tuviste ayer.
-Tienes razón. -asentí con la cabeza y tomo un sorbo de café -Así que... vamos a vivir juntos.
-¿Todavía te apetece?
-Pues claro -afirmo con una amplia sonrisa. Y es verdad.
Me siento como si de repente me hubiera vuelto adulta. Voy a vivir con mi novio. Por fin llevaré una vida como es debido.
-He de decírselo a Paul -comenta él indicando hacia la pared que da a la habitación de su compañero de piso. -Y yo, a Alice y a Jessica.
-Tendremos que encontrar el sitio adecuado. Y me prometerás mantenerlo ordenado -dice sonriendo.
-Mira quién fue a hablar -replico fingiendo estar ofendida-. Eres tú quien tiene cincuenta millones de papeles. -Eso es diferente.
-¿Puedo preguntar por qué? -exclamo poniendo la mano en la cadera como un personaje de comedia televisiva, y él se echa a reír.
Enmudecemos, como si nos hubiéramos quedado sin energía, y bebemos un poco de café.
-Bueno, tengo que irme -dice el al cabo de un rato. Este fin de semana le toca curso de informática- Siento no poder ver a tus padres.
Y lo dice en serio. Por si le faltara algo para ser el novio perfecto, le encanta visitar a mis padres.
-No te preocupes, no pasa nada.
-¡Ah!, me había olvidado... -empieza con una misteriosa sonrisa-. Adivina para qué tengo una reserva.
-¡Vaya! -exclamo entusiasmada-. Para... Estoy a punto de soltar: «Para ir a París.»
-¡El festival de rock! Uno de los últimos conciertos este año.
Durante un momento no puedo ni hablar. -¡Guau!
-Sabía que te gustaría -afirma tocándome el brazo, y sonrío débilmente.
-Sí, claro.
La verdad es que algún día acabará gustándome el estilo, estoy convencida.
Observo con afecto cómo Jacob se viste, se pasa el hilo dental y coge el maletín.
-Usas mi regalo -observa satisfecho mirando mi ropa interior, que está en el suelo.
-Sí, me lo pongo... muy a menudo -aseguro cruzando los dedos por detrás de la espalda-. Es muy bonito.
-Que pases un buen día con tu familia -me desea acercándose a la cama para darme un beso, pero duda un ?
-¿Si?
Se sienta y me mira con expresión seria. ¡Dios mío! ¡Qué sonrisa!
-Me gustaría comentarte algo. -Se muerde el labio-. Siempre hemos hablado con franqueza sobre nuestra relación.
-Sí -respondo, un poco inquieta.
-Es sólo una idea. Puede que no te guste. Es decir, la decisión es tuya.
Lo miro perpleja. Se está ruborizando y parece avergonzado. ¡Ay, ay, ay! ¿Se estará volviendo un pervertidillo? ¿Querrá que me ponga uniformes y cosas así?
La verdad es que no me importaría vestirme de enfermera, o de Catwoman, como en Batman. Sería una pasada. Buscaría unas botas brillantes...
-He pensado que... quizá... podríamos... -Se interrumpe. -¿Si? -lo animo poniéndole la mano en el brazo. -Podríamos... -Vuelve a callarse. -¿Qué?
Nos quedamos en silencio. Casi no puedo respirar. ¿Qué querrá que hagamos?
-Podríamos empezar a llamarnos «cariño» -suelta de forma atropellada.
-¿Qué? -pregunto sin entender nada de lo que ha dicho. -Es que... -murmura sonrojándose todavía más- vamos a vivir juntos. Es un compromiso, y últimamente me he fijado en que no usamos ninguna palabra afectuosa.
Lo miro como si me hubiera pillado en una falta.
-¿No?
- No.
- ¡Ah! -exclamo, y tomo un sorbo de café. Ahora que lo pienso, tiene razón. No lo hacemos ¿Por qué?
- ¿Qué te parece? Sólo si quieres.
-Por supuesto -contesto enseguida-. Es verdad. -Me aclaro la voz-. Cariño.
-Gracias, cariño -responde con una encantadora sonrisa, que le devuelvo tratando de acallar las voces de protesta que oigo en el interior de mi cabeza.
Algo no va bien.
No me siento «cariño».
-¿Bella? -Jacob me está mirando-. ¿Te pasa algo?
-No estoy segura -contesto riéndome con timidez-. Es que no sé si me veo diciéndolo. Pero con el tiempo acabará gustándome.
-Tal vez. Mira, ¿por qué no lo dejamos por ahora? -Se le cae el alma a los pies, y me siento mal. Venga ya, puedo llamar a mi novio «cariño». Ser adulto implica estas cosas. Tendré que acostumbrarme-. Lo lamento, Jake. No sé qué me ocurre. Quizá esté algo tensa por culpa del vuelo de ayer -digo cogiéndole la mano-, cariño.
-No te preocupes, cariño -me tranquiliza sonriendo tras recobrar su alegre expresión, y me da un beso-Hasta luego. ¿Lo ves? Es fácil.
¡Dios mío!
De todas formas, no me importa. Supongo que todas las parejas se enfrentan a momentos igual de delicados. Seguramente es lo más normal.
Fui hasta mi departamento para encontrarme a Alice en el sofá, rodeada de papeles y con cara de concentración. Trabaja muchísimo. A veces se pasa.
-Algún día descansaras…
-No, sólo estoy leyendo un artículo -contesta distraída, y me enseña una revista de moda-. Dice que los cánones de belleza no han cambiado desde los tiempos de Cleopatra, y hay una fórmula para averiguar lo guapa que eres. Se realizan unos cálculos y...
-Qué bien. ¿Cuánto has sacado?
-Estoy en ello. -Mira la página otra vez con el entrecejo fruncido-. Eso es cincuenta y tres, le resto veinte y sale... ¡Joder! ¡Sólo treinta y tres!
-¿Sobre cuánto?
-¡Cien! ¡Treinta y tres sobre cien!
-Pues vaya mier…vaya estudio
-Sí -dice muy seria-. Soy muy fea, ya lo sabía. Toda mi vida he tenido la sensación de que...
-¡No! -la interrumpo, intentando no reírme-. Me refiero a la revista. No se puede medir la hermosura con una serie de baremos. No hay más que verte -aseguro señalándola; tiene los ojos más azules del mundo y una bonita y pálida piel. Es una mujer despampanante, incluso a pesar de que su último corte de pelo fue un poco radical-. ¿A quién vas a creer? ¿Al espejo o a las tonterías de un absurdo artículo?
-Al artículo -contesta como si la elección fuera obvia.
Sé que lo dice medio en broma, pero desde que la dejó Peter, su último novio, tiene la autoestima por los suelos. La verdad es que me preocupa un poco.
-¿Son ésas las proporciones de oro de la belleza? -pregunta Jessica, nuestra compañera de piso, que ha entrado en la habitación acompañada por el repiqueteo de sus zapatos de tacón.
Luce unos vaqueros rosa pálido y una ajustada camiseta blanca y, como de costumbre, va perfectamente maquillada y compuesta. En teoría, trabaja en una galería de escultura, pero lo único que parece hacer en todo el día es depilarse, darse masajes e ir a citas con banqueros, cuyo sueldo averigua antes de aceptar la invitación.
Me llevo bien con ella, más o menos. Lo que pasa es que suele empezar todas sus frases con: «Si quieres un buen anillo en el dedo...» o «Si quieres vivir en New York...» o «Si quieres que todo el mundo piense que eres una buena anfitriona...».
No me importaría que la gente me conociera por algo así, pero tampoco es que sea una de mis prioridades inmediatas.
Además, su idea de agasajar a los invitados se reduce a llamar a un montón de amigos ricos, decorar la casa con objetos de mimbre, telefonear a alguna empresa de catering para que prepare una cena deliciosa, enviara sus compañeras de piso (Alice y yo) al cine y mostrarse ofendida cuando éstas osan volver a medianoche para prepararse un reconfortante café.
-Ya he hecho ese test -dice mientras coge su bolso rosa de Louis Vuitton. Su padre se lo compró cuando rompió con un chico con el que había salido tres veces. ¡Ni que le hubiera partido el corazón! Eso sí, tenía un yate, así que es posible que estuviese desconsolada.
-¿Qué has sacado? –pregunta Alice.
-Ochenta y nueve -contesta mientras se rocía con perfume, se arregla su largo y rubio pelo y sonríe ante el espejo-. Bella, ¿es verdad que vas a vivir con Jacob?
-¿Cómo lo has sabido?
-Es vox pópuli. Paul ha llamado a Quil esta mañana para ir a jugar y se lo ha contado.
-¿Te vas con Jacob? -pregunta Alice incrédula-. ¿Por qué no me lo has dicho?
-Iba a hacerlo, de verdad. ¿A que es fantástico?
-Mal pasó, Bella-asegura Jessica sacudiendo la cabeza-. Pésima táctica.
-¿Táctica? -repite Alice poniendo los ojos en blanco-. Son novios, no están jugando al ajedrez.
-Una relación es como una partida de ajedrez -replica aplicándose rímel-. Mi madre dice que siempre hay que pensar en el futuro. Hay que planear las cosas siguiendo una estrategia. Un movimiento en falso y la has cagado.
-¡Es absurdo! -exclama Alice en tono desafiante-. Es cuestión de tener ideas afines, ser almas gemelas, conocerse.
-¿Almas gemelas? -se mofa Jessica, y me mira con desdén-. Recuerda, Bella, si quieres una piedra preciosa en el dedo, no convivas con Jacob
-De todas formas, yo no deseo un anillo en el dedo -le replico.
Jessica arquea sus perfectas cejas, como diciendo: «Pobre ignorante», y coge su bolso.
-Por cierto -añade entrecerrando los ojos-. ¿Habéis visto alguna de vosotras mi jersey de Joseph?
Nos quedamos en silencio.
-No -contesto inocentemente
-Yo ni siquiera sé cuál es -dice Alice encogiéndose de hombros
No puedo mirar a mi amiga, estoy segura de que la otra noche lo llevaba puesto.
Los ojos azules de Jessica pasan de una a otra como si fueran antenas de radar.
-Lo sabre si alguna se lo puso. Ciao.
En cuanto desaparece, Alice y yo nos miramos.
-¡Mierda! Creo que me lo he dejado en el trabajo. Bueno, ya lo traeré el lunes -dice ella despreocupándose y volviendo a la lectura, Alice en realidad podía comprarse las mismas cosas, peor le encantaba hacer enojar a Jessica.
La verdad es que, a veces, tomamos prestada la ropa de Jessica sin pedírsela. Pero he de alegar en nuestra defensa que tiene tanta que casi nunca lo nota.
-¿Qué haces luego? ¿Te apetece ver una peli?
-No puedo -contesto de mala gana-. Tengo que ir a la comida de cumpleaños de mi madre.
—Ah, sí, claro -dice con cara comprensiva-. Buena suerte. Espero que te vaya bien.
Es la única persona del mundo que entiende lo que siento cada vez que voy a casa de mis padres, y eso que no lo se lo he contado todo.
Me despedí y salí rumbo a la casa de mis padres, tomo un taxi y pienso que esta vez será diferente, el otro día mire un programa de esos familiares donde hacen reencuentros entre padres e hijos, me conmoví muchísimo, al final la conductora soltó una pequeña conclusión sobre lo fácil que es desligarse de la familia así que tratare de enmendarlo los propósitos para hoy:
NO
Dejaré que me agobie mi familia;
Tendré celos de Lauren ni permitiré que Taylor me tome el pelo;
Miraré el reloj para saber cuánto falta para irme.
SÍ
Me mostraré relajada y encantadora y recordaré que somos vínculos sagrados en el ciclo eterno de la vida. (Palabras de la conductora)
Mis padres vivían en a las afueras de la ciudad, después de que nos mudáramos de Forks, mi madre dejo claro era ella o el pueblo.
Llegue a su casa pasadas las doce y me encuentro a mamá en la cocina con mi prima Lauren. Ella y su marido, Taylor, se han mudado a una localidad que está a cinco minutos en coche de aquí, y están con mis padres a todas horas.
Cuando las veo juntas, siento una desazón muy familiar. Parecen más madre e hija que tía y sobrina. Las dos lucen el mismo corte de pelo, aunque en el de Lauren se notan más los reflejos; llevan tops de colores vivos que dejan ver unos amplios escotes bronceados; y se están riendo. En la encimera hay una botella de vino blanco medio vacía.
-¡Felicidades! -exclamo, y abrazo a mamá.
Cuando veo un paquete envuelto en papel de colorines sobre la mesa, me estremezco de alegría. Le he comprado el mejor regalo del mundo. Me muero de ganas por dárselo.
-¡Hola! -me saluda Lauren dándose la vuelta con un delantal puesto. Se ha pintado mucho los ojos y del cuello le cuelga una cruz de diamantes que no conocía. Siempre que nos juntamos, exhibe alguna joya nueva-. Me alegro de que hayas venido, Bella. Últimamente no nos vemos mucho, ¿verdad, tía Renee?
-Es verdad.
-¿Te guardo el abrigo? -se ofrece mi mama mientras meto en la nevera la botella de champán que he traído-. ¿Te apetece una copa?
Así es como me trata siempre, como si fuera una visita.
Pero no me importa, no me alterará. "Sagrados vínculos del ciclo eterno de la vida".
-No te molestes -le digo intentando ser amable-. Ya me sirvo yo.
Abro el armario donde siempre han estado los vasos y lo encuentro lleno de latas de tomate.
-Están aquí -me indica Lauren desde el otro lado de la cocina-. Lo hemos cambiado todo de sitio; ahora está mucho más ordenado.
-Ah, bien. Gracias. -Cojo la copa que me da y tomo un sorbo de vino-. ¿Puedo ayudaros?
-Creo que no -dice mirando a su alrededor-. Está casi todo hecho. Así que le pregunté a Ellen dónde se había comprado los zapatos que llevaba puestos -continúa volviéndose hacia mi madre-, y me contestó que en Marks and Spencer. No daba crédito a mis oídos.
-¿Quién es Ellen? -pregunto para entrar en la conversación.
-Una amiga del club de golf -responde Lauren
Mi madre no había practicado ese deporte jamás, pero desde que vive aquí, Lauren y ella han empezado a jugar. Ahora de lo único que hablan es de sus partidos, de sus cenas en el club y de sus interminables fiestas con los amigos golfistas.
Una vez las acompañé para ver de qué iba todo aquello, pero tienen unas estúpidas normas que yo ignoraba sobre cómo se ha de ir vestido, y a un abuelo casi le dio un ataque al corazón al verme con vaqueros.
-Perdona, Bella. ¿Me dejas pasar? -me pregunta mi prima tratando de coger una bandeja por encima de mi hombro.
-Disculpa -me excuso apartándome-. ¿De verdad que no puedo hacer nada?
-Dale de comer a Phil-sugiere mi madre, y me alarga un bote con alimento para peces-. Estoy un poco preocupada por él.
-¿Por qué? -pregunto sintiendo un escalofrío de pánico. -No parece el mismo -asegura escrutando a través del cristal-. ¿Tú que opinas? ¿Crees que está bien?
Sigo su mirada y pongo cara pensativa, como si estuviera estudiando los rasgos de Phil.
Joder, pensé que no se daría cuenta. Hice todo lo que pude por encontrar un pez que fuera igualito. Es decir, es de color naranja, tiene dos aletas, nada... ¿Qué diferencia hay?
-A lo mejor está un poco deprimido -aventuro por fin-. Ya se le pasará. -«Dios mío, que no se le ocurra. Llevarlo al veterinario o algo parecido», rezo para mis adentros. Ni siquiera comprobé si era del mismo sexo. ¿Tienen sexo los peces?-. ¿Puedo hacer algo más? -pregunto mientras rocío profusamente el acuario con comida para ocultar a Phil.
-Todo está casi listo -asegura Lauren con suavidad.
-¿Por qué no vas a saludar a tu padre? -me anima mamá colando unos guisantes-. Aún faltan unos diez minutos para que comamos.
Los hombres están en el salón viendo un partido de beisbol. Mi padre bebe cerveza de la lata. Hace poco que han decorado la sala, pero en las paredes siguen expuestas las copas de natación que ganó Lauren. Mi madre las limpia a menudo. Todas las semanas.
También están mis premios del campamento; creo que a ésos sólo les pasa el plumero.
-Hola, papá -saludo, y le doy un beso.
-¡Bella! -exclama llevándose la mano a la cabeza con fingida sorpresa-. ¡Has conseguido llegar sin dar rodeos ni visitar ciudades históricas!
-Hoy no -contesto soltando una risita-. He llegado sana y salva.
Una vez, al poco de que se mudaran a esta casa, cogí un autobús equivocado y me perdí, ahora no me dejan olvidarlo.
-Hola, Taylor
Lo beso en la mejilla e intento no ahogarme con toda la loción para después del afeitado que se ha puesto. Lleva unos chinos, un jersey blanco de cuello alto y una pesada pulsera de oro en la muñeca, además de una alianza con diamantes. Dirige la empresa de su familia, que suministra equipamiento para oficinas en todo el país, y conoció a Lauren en una convención de jóvenes empresarios. Al parecer entablaron conversación tras fijarse en el Rolex que lucía cada uno.
-Hola, Bella. ¿Has visto el nuevo cacharro?
-¿Qué? -pregunte sin entender, y entonces me acuerdo del reluciente coche que había en la entrada-. ¡Ah, sí! Muy bonito.
-Mercedes serie cinco -me informa, y toma un trago de cerveza-. Cuarenta y dos mil libras, precio de catálogo.
-¡Joder!
-No pagué tanto -asegura tocándose un lado de la nariz-. Adivina.
-¿Cuarenta?
-Inténtalo otra vez.
-Treinta y nueve.
-Treinta y siete mil doscientas cincuenta -presume con tono triunfal-. Y un reproductor de CD de regalo. Deducible de impuestos -añade.
-Fantástico.
No sé qué más decir, así que me siento en el brazo del sofá y me corno un cacahuete.
-¿Aspiras a algo igual, Bella?-interviene mi padre-. ¿Crees que lo conseguirás algún día?
-Pues..., no sé, papá. Ahora que me acuerdo, tengo algo para ti.
Torpemente, busco en mi bolso y saco un cheque de trescientos dólares.
-Bien hecho. Lo restaré de la cuenta -dice él con ojos brillantes mientras se lo mete en el bolsillo-. A esto se le llama aprender a valerse por uno mismo.
-Una lección provechosa -corrobora Taylor asintiendo con la cabeza. Bebe un trago y le sonríe a mi padre-. Dime, Bella, ¿en qué trabajas esta semana?
Cuando lo conocí, yo acababa de dejar la agencia inmobiliaria para convertirme en fotógrafa. De eso hace dos años y medio, y siempre que me ve suelta el mismo chiste. Todas y cada una de las puñeteras...
Vale, tranquila. Piensa en algo alegre. Aprecia a tu familia. Aprecia a Taylor
-Sigo en el mundo del marketing -contesto entusiasmada-. Ya llevo un año.
-Ah, marketing. Muy bien, muy bien.
Nos quedamos un momento en silencio, que sólo interrumpe el comentarista de la televisión. De repente los dos gruñen porque algo pasa en el terreno de juego. Después vuelven a gruñir.
-Bueno. Creo que...
Cuando me levanto del sofá ni siquiera se giran.
Voy al vestíbulo y cojo el paquete que he traído. Salgo por la puerta lateral, llamo a la del anexo y la empujo con cuidado. -¿Abuelo?
Es el padre de mi madre. Empezó a vivir con nosotros después de que lo operaran de corazón, hace diez años. Está sentado en su sillón de cuero favorito, en la radio suena música clásica y, frente a él, en el suelo, hay unas seis cajas llenas de cachivaches.
-Hola, abuelo.
Levanta la vista y se le ilumina la cara. -¡Bella! Ven aquí, chiquilla
Me inclino para darle un beso y él me aprieta la mano con fuerza. Tiene la piel seca y fría, y el pelo incluso más blanco que la última vez que lo vi.
-Te he traído más chocolatinas Vampire-le explico indicando el paquete.
Al igual que todos sus amigos de su club de ajedrez, es un adicto a las barritas energéticas de mi empresa; así que me aprovecho del descuento que me hacen y siempre que vengo a verlo le compro una caja.
-Gracias, tesoro. Eres una buena chica.
-¿Dónde las dejo?
Miramos la atestada habitación con gesto de impotencia.
-¿Qué te parece detrás del televisor? -sugiere al cabo de un momento.
Me abro camino como puedo, las deposito en el suelo y vuelvo sobre mis pasos, intentando no pisar nada.
-El otro día leí un artículo en el periódico que me dejó muy preocupado -comenta mientras me siento en una de las cajas-. Era sobre la seguridad en Phoenix. Tú no utilizas el transporte público, ¿verdad?
-Esto..., casi nunca -miento cruzando los dedos con disimulo-. De vez en cuando, sólo si es absolutamente necesario.
-Pues no deberías -me aconseja alarmado-. En el hay jóvenes encapuchados que llevan navajas automáticas. Gamberros borrachos que rompen botellas y se sacan los ojos los unos a los otros...
-No será para tanto.
-No merece la pena correr el riesgo. Total, para ahorrarse un par de taxis...
Seguro que si le preguntara cuánto cree que cuesta un trayecto normal me contestaría con el costo de hace años
-De verdad, abuelo, tengo mucho cuidado. Y voy en taxi. -En ocasiones. Una vez al año-. Bueno, ¿qué es todo esto? -pregunto para cambiar de tema, y él suelta un sonoro suspiro.
-Tu madre limpió el desván el otro día y estoy tratando de organizar lo que quiero quedarme y lo que no.
-Me parece una idea estupenda -lo animo contemplando el montón de trastos-. ¿Esto es lo que vas a tirar?
-¡No! Eso es lo que me guardo -dice poniendo una mano protectora sobre sus pertenencias.
-¿Dónde está lo que ya no vale?
Nos quedamos en silencio y él evita mi mirada.
-¡Abuelo! ¡Tienes que deshacerte de algo! -exclamo intentando no echarme a reír
- ¿Y qué es esto? -pregunto sacando un sobre con fotos-. ¿Te interesan de verdad o...?
Algo me atraviesa el corazón y me callo a mitad de frase.
Es una fotografía de mis padres, sentados en un parque. Mamá lleva un vestido de flores y papá, un ridículo sombrero. Yo tengo unos nueve años y estoy sobre sus rodillas, comiéndome un helado. Parecemos muy felices.
Miro otra en silencio. Me he puesto el sombrero de mi padre y los tres nos reímos con ganas. Los tres, antes de que Lauren entrara en nuestras vidas.
Todavía recuerdo el día en que llegó. Una maleta roja en el recibidor, una voz nueva en la cocina y el olor de un perfume desconocido. Me acerqué y me encontré con una extraña que se estaba tomando un té. Llevaba el uniforme del colegio, pero a mí me pareció una mujer adulta: con pecho, pendientes de oro y mechas en el pelo. Mi madre no paraba de decirme que debía ser amable con ella porque su mamá se había muerto. Todos teníamos que ser bondadosos con ella. Por eso se quedó con mi habitación.
Hojeé el resto de la fotografías e intento tragarme el nudo que se me ha formado en la garganta. Ahora me acuerdo de ese sitio. Era el parque al que solíamos ir, el que tenía columpios y toboganes, pero para Lauren era muy aburrido. Yo quería desesperadamente parecerme a ella y también dije que era muy soso. No volvimos nunca más.
-¡Toc, toc! -Levanto la vista sobresaltada y veo a mi prima en la puerta, con un vaso de vino en la mano-. La comida está lista.
-Gracias. Ahora vamos.
-Abuelo -dice ella apuntándolo con un dedo acusador e indicando las cajas-. ¿Has hecho algo con todo eso?
-No es tan fácil -intervengo en su defensa-. Son recuerdos. No se pueden tirar sin más.
-Si tú lo dices -replica poniendo los ojos en blanco-. Por mí, iría todo a la basura.
No quiero apreciarla. No puedo. Me entran ganas de estamparle la tarta de melaza en la cara.
Llevamos cuarenta minutos en la mesa y sólo hemos oído su voz. -La imagen lo es todo. Hay que saber elegir los colores, el aspecto adecuado, la mejor forma de andar... Cuando voy por la calle, el mensaje que envío es: «Soy una triunfadora.»
-Enséñanoslo -le pide mamá llena de admiración. -Bueno -acepta con sonrisa de falsa modestia-. Se hace así. Echa hacia atrás la silla y se limpia la boca con la servilleta. -Tendrías que fijarte en ella, Bella -me anima mi madre-, y aprender unos cuantos truquillos.
Lauren empieza a caminar por la habitación con la barbilla levantada, el pecho adelantado y los ojos fijos en la distancia, mientras mueve sus caderas de un lado al otro
Parece una mezcla entre avestruz y androide de Star Wars episodio II, el ataque de los clones, "Bella no seas cruel"
-Por supuesto, hay que ir con tacones -puntualiza sin detenerse.
Me han entrado ganas de echarme a reír, pero no debo hacerlo.
-¿Quieres intentarlo, Bella? -me propone mi prima. -Esto..., creo que no. Ya me he quedado con lo esencial. De repente suelto una risita, y trato de disimularla tosiendo. -Sólo quiere ayudarte, Bella-me riñe mi madre-. Deberías estarle agradecida. Eres muy buena con ella, Lauren.
Le sonríe con cariño, ella esboza una sonrisa afectada y yo me tomo un poco de vino.
Sí, claro. Lauren sólo quiere ayudarme, ya. Si yo decía que la Madre Teresa y ella se parecían.
Por eso, cuando estaba desesperada porque no encontraba trabajo y le pedí que me dejara hacer prácticas en su empresa, me respondió que no. Le escribí una larga y afectuosa carta en la que aseguraba que sabía que la ponía en una situación incómoda, pero que le agradecería que me diera una oportunidad, aunque fuera un par de días llevando recados.
Me contestó con una nota de rechazo estándar.
Casi me muero de vergüenza. Nunca se lo he contado a nadie y mucho menos a mis padres.
-Deberías prestar atención a los consejos profesionales de Lauren-me regaña papá con dureza-. Quizá si le hicieras más caso, te irían mejor las cosas.
-Es sólo una forma de andar -suelta Taylor riéndose-. No una cura milagrosa.
-¡Tayler! -lo reprende mi madre.
-Era una broma -apostilla él sirviéndose más vino.
-Pues claro -confirmo forzándome a sonreír alegremente. Espera a que me asciendan.
Espera y verás.
-Bella, vuelve a la realidad. –Mi prima está moviendo la mano cómicamente delante de mi cara-. Despierta, atontada. Vamos a darle los regalos.
Mientras mi madre abre un paquete en el que hay una cámara que le ha comprado mi padre y otro con un bolso de parte del abuelo, empiezo a entusiasmarme. Me hace tanta ilusión que le guste mi regalo...
-No es nada del otro mundo -le aseguro mientras le entrego un sobre de color rosa-. Ya verás.
-¿Qué será? -pregunta intrigada. Lo abre, saca una tarjeta floreada y se queda mirándola fijamente-. ¡Oh, Bella!
-¿Qué es? -quiere saber mi padre.
-Un día en un balneario -explica encantada-. Todo un día de caricias.
-Eso sí que es una buena idea -dice mi abuelo dándome una palmadita en la mano-. Siempre has tenido mucha imaginación.
-Gracias, cariño. ¡Qué detalle!
Mamá se inclina y me da un beso; me invade una brillante y cálida sensación. Se me ocurrió hace unos meses. Se trata de una oferta para todo el día, con todo tipo de tratamientos.
-Incluye un almuerzo con champán -apunto con entusiasmo-. Y puedes quedarte con las zapatillas.
-Fantástico. Estoy deseando ir. Qué regalo más bonito.
-Oh, vaya -dice Lauren con una risita, mientras mira el sobre alargado de color crema que tiene en la mano-. Me temo que has eclipsado el mío. Da igual, ya lo cambiaré.
La miro, recelosa. El tono de su voz me alerta de que está tramando algo.
-¿A qué te refieres? -pregunta mi madre.
-No importa. Ya buscaré otra cosa. -Empieza a guardar su obsequio en el bolso.
-Lauren, cariño. No seas tonta. ¿Qué es?
-Bueno. Es que parece que Emma y yo hemos tenido la misma idea -dice dándoselo por fin y soltando otra risita-. ¿A que resulta increíble?
El miedo me paraliza, no puedo creer que haya sido capaz de hacer lo que creo que ha hecho.
Mientras mimadre abre el sobre hay un absoluto silencio.
-¡Virgen santa! -exclama al sacar un folleto dorado-. ¿Qué es esto? ¿El balneario Meridien? -Otro papel cae en sus manos-. ¿Billetes para París? ¡Lauren!
Lo ha hecho. Ha arruinado mi regalo.
-Para los dos -añade mi prima con engreimiento-. Para el tío Charlie también.
-¡Lauren! -exclama papá encantado-. Eres un cielo.
-No me lo puedo creer -dice mi madre contemplando entusiasmada las fotos-. ¡Mira qué piscina! ¡Y qué jardines!
Mi tarjeta ha quedado olvidada entre el papel de envolver.
De repente estoy a punto de echarme a llorar.
-Lo sabías -exploto, incapaz de contenerme-. Te dije que iba a regalarle un tratamiento en un balneario. Hablamos del tema hace meses, en el jardín.
-¿Sí? No me acuerdo.
-Pues claro que te acuerdas.
-Bella -me corta mi madre-. Ha sido sin querer, ¿verdad, Lauren?
-Evidentemente -contesta ella abriendo los ojos con inocencia-. Si te he chafado la idea, sólo puedo disculparme.
-No es necesario -la defiende mamá-. Son cosas que pasan. Y los dos regalos son muy bonitos. Los dos. -Vuelve a mirar mi carta-. Ahora quiero que sigáis siendo buenas amigas. No me gusta que os peleéis y menos el día de mi cumpleaños.
Me sonríe y trato devolverle la sonrisa, pero me siento como si tuviera diez años de nuevo. Lauren siempre ha pasado por encima de mí, desde que llegó. Hiciera lo que hiciese, todo el mundo se ponía de su parte. Su madre estaba muerta y todos teníamos que ser amables con ella. Nunca podía vencerla, jamás.
Intentando sobreponerme, cojo la copa de vino y tomo un buen trago. De pronto advierto que estoy mirando el reloj a escondidas, falta poco para irme de aquí…adiós propósitos de hoy.
-¿En qué estás pensando? -pregunta mi abuelo mientras me aprieta la mano sonriendo. Levanto la vista con expresión culpable.
-En nada -contesto con fingida sonrisa-. La verdad es que no estaba pensando en nada
Espero que les haya gustado nos seguimos leyendo que pasen un buen fin
Adiós ………………………………………………………………………………………….Dejen Rewievs
Gracias
Miss Mckarty
