Hooooooooooooooollllllllllllllllllllaaaaaaaaaaaa chicas muchas gracias por todos sus rewievs bueno aquí les dejo otro cap lleno de pura diversión los personajes no son míos son de Stephanie Meyer y la Historia la estoy adaptando de la novela de Sophie Kinsella
Disfrútenlo
Capitulo 5
Durante el resto del gran día de la llegada de Edward Cullen, en la oficina parecía flotar una especie de ambiente festivo. Pero yo me quedo sentada, incapaz de creerme lo que ha pasado, y cuando regreso a casa por la tarde, el corazón sigue latiéndome con fuerza por lo inverosímil de la situación. Por su completa injusticia.
Se suponía que era un extraño. Y lo bueno de los extraños es que se esfuman y nunca los vuelves a ver. No aparecen en tu trabajo ni te preguntan cuánto son nueve por ocho ni de repente son tu supermegajefe.
Lo único que puedo decir es que he aprendido la lección. Mis padres siempre me repetían "NO HABLES CON DESCONOCIDOS" y tenían razón. No volveré a hacerlo. Nunca.
He quedado con Jacob en que iría a su casa esta noche y cuando llego, noto que todo mi cuerpo se relaja. Estoy lejos de la oficina y de la interminable charla sobre Edward Cullen, y mi novio está cocinando. ¿No os parece perfecto? En la cocina hay un maravilloso olor a hierbas y ajo, y un vaso de vino me espera en la mesa.
-Hola -saludo, y le doy un beso.
-Hola, cariño -contesta levantando la vista del fuego. ¡Mierda! Lo había olvidado por completo. ¿Qué voy a hacer para recordarlo?
Ya sé, me lo escribiré en la mano.
-Mira eso, lo he bajado de Internet -me dice con una gran sonrisa, y me indica una carpeta que hay en la mesa.
La abro y veo una fotografía en blanco y negro de un salón con un sofá y una planta.
-¡Información de pisos! Vaya, eso sí que es rapidez. Ni me acordaba.
-Hay que empezar a buscar. Éste tiene un balcón. Y hay uno con chimenea.
-¡Fantástico!
Me acomodo en una silla cercana y miro la borrosa fotografía, intentando imaginarnos juntos. En ese sofá. Solos los dos, todas las tardes.
¿De qué hablaremos?
Bueno..., de lo de siempre.
Puede que juguemos al Monopoly. Sólo si nos aburrimos, claro.
Miro otra página y me siento más positiva.
Éste tiene suelo de madera y contraventanas. Siempre he querido vivir en un sitio así. Y qué cocina más mona, con encimera de mármol.
Va a ser estupendo, qué ganas tengo de que llegue el momento.
Más animada, tomo un trago de vino y estoy a punto de recostarme cómodamente cuando Jacob comenta:
-¿No te parece excelente la visita de Edward Cullen?
No, ¡por favor! No quiero hablar de él.
-¿Lo has conocido? -añade mientras se acerca con un cuenco lleno de cacahuetes-. Me han dicho que ha estado en Marketing.
-Esto..., sí.
-Esta tarde se ha pasado por Investigación, pero yo estaba en una reunión. -Me mira con enorme curiosidad-. ¿Cómo es?
-No sé. Tiene el pelo cobrizo…algo despeinado, es ingles. ¿Qué tal ha ido la reunión?
Mi argucia para cambiar de tema no funciona.
-¿No te resulta increíble? -exclama radiante-. Edward Cullen.
-Supongo -digo encogiéndome de hombros-. De todas formas...
-Bella, ¿no te parece apasionante? -pregunta estupefacto-. Estamos hablando del fundador de la compañía. Del hombre al que se le ocurrió la idea de Vampire Cola. Que cogió una marca desconocida, le cambió el envase y la vendió en todo el mundo. Convirtió una empresa con pérdidas en una corporación inmensa y exitosa. Y ahora vamos a conocerlo. ¿No es emocionante?
-Sí -consigo decir-. Mucho.
-Puede ser la gran oportunidad de nuestras vidas. Aprender del genio. ¿Sabes?, nunca ha escrito un libro ni ha compartido sus ideas con nadie, excepto con Seth Peltier
Se acerca a la nevera, saca una lata de Vampire Cola y la abre. Debe de ser el empleado más leal del mundo. Un día que nos íbamos de picnic compré una Pepsi, y casi le da un ataque.
-¿Sabes lo que más me gustaría? -pregunta después de beber un trago-. Estar a solas con él. Los dos. ¿No crees que sería un fantástico incentivo profesional?
Una charla a solas con él.
Sí, ha incentivado mis expectativas laborales completamente.
-Supongo -contesto a regañadientes.
-¡Pues claro que sí! Disfrutar de la ocasión de escucharlo. Oír lo que tiene que decir. Ha estado encerrado tres años. ¿Cuántas ideas se le habrán ocurrido en todo ese tiempo? Debe de tener un montón de nuevas teorías; habrá reflexionado no sólo sobre marketing, sino sobre negocios, sobre cómo trabaja la gente, sobre la vida misma.
Su entusiasmada voz es como sal en mi herida. Veamos, ¿cómo he conseguido equivocarme tanto? Estuve sentada junto a Edward Cullen, un genio creativo y una fuente de sabiduría en marketing y negocios, por no hablar de los grandes misterios de la vida.
¿Y qué es lo que hice? ¿Le pregunté algo inteligente? ¿Trabé con él una conversación interesante? ¿Aprendí alguna cosa?
No, hablé sin parar de la ropa interior que más me gusta.
Un gran pasó en tu trayectoria profesional, Bella. Uno de los mejores.
Antes de irse a trabajar al siguiente día, Jacob me entrega una revista con un artículo sobre su adorado Jefe.
-Léelo -dice mientras mastica una tostada-. Tiene información valiosísima.
«No lo quiero para nada», estoy a punto de replicar, pero ya ha salido por la puerta.
La historia no está mal. Cuenta que Edward y Seth Peltier eran amigos y que decidieron montar un negocio; Edward era la parte creativa, y Seth, el playboy extravertido. Se hicieron millonarios, y estaban tan unidos que eran casi como hermanos. Más tarde Seth se mató en un accidente de coche, y Edward se hundió tanto que se encerró y dijo que lo dejaba todo.
Hace una brillante y soleada mañana, y me dirijo al bar de zumos en el que suelo pararme antes de entrar a trabajar para tomarme un batido de mango. Porque es muy sano.
Y también porque el camarero es un neozelandés muy lindo. Se llama Félix. (De hecho, antes de salir con Jacob me gustaba un poco.) Cuando no está trabajando, va a un curso de medicina deportiva, y siempre me está contando cosas sobre minerales esenciales y niveles de carbohidratos.
-¡Hola! -me saluda cuando entro-. ¿Qué tal el kick boxing?
-Estupendamente, gracias -respondo ruborizándome un poco.
-¿Has practicado la maniobra de la que te hablé?
-Sí, me ha ido muy bien.
-Lo sabía -confirma encantado, y se va a prepararme el batido.
Lo admito, la verdad es que no practico ese deporte. Lo probé una vez en el polideportivo que hay cerca de casa y, para ser sincera, me impresionó. No tenía ni idea de que fuera así de violento. Pero este chico estaba tan entusiasmado con el tema que no paraba de decir que cambiaría mi vida. No podía confesarle que sólo fui a una clase y después lo dejé. Sería ridículo. Así que le conté una mentirijilla. Si otra…No es nada importante. Jamás se enterará de la verdad. No creo que lo vea en ningún sitio, aparte de aquí.
Cuando llego a la oficina, Eleazar sale de su despacho, chasquea los dedos y dice:
-Evaluación.
El estómago me da un vuelco y casi me atraganto. ¡Dios!, ha llegado el momento y no estoy preparada.
Sí, sí que lo estoy. Venga. Demuestra que confías en ti. Soy una mujer que se ha fijado una meta.
De repente me
acuerdo de Lauren y de sus andares de triunfadora. Sé que es
una vaca asquerosa, pero tiene una agencia de viajes y gana montones
de libras al año, así que algo estará haciendo bien.
Quizá
debería probarlo. Saco el pecho con disimulo, levanto la cabeza
y empiezo a caminar con la mirada al frente y expresión
alerta.
-¿Tienes la regla o qué? -me pregunta Eleazar
groseramente cuando llego a la puerta.
-No -contesto horrorizada.
-Pues tienes una cara muy rara. Siéntate. -Cierra, se sienta y abre un impreso en el que pone «Entrevista Evaluación de Empleados»-. Perdona que no pudiera recibirte ayer, pero con la llegada del Sr. Cullen se jodió todo.
-No pasa nada.
Intento sonreír, pero tengo la boca seca. No sé por qué estoy tan nerviosa. Esto es peor que las notas del colegio.
-Isabella Swan. -Comienza a mirar el papel y a marcar casillas-. En general lo estás haciendo bien. No sueles llegar tarde, entiendes las tareas que se te encargan, eres bastante eficaz, te llevas bien con los compañeros, bla, bla, bla... ¿Tienes algún problema?
-Pues no.
-¿Te sientes discriminada racialmente?
-No.
-Muy bien. -Marca otra casilla-. Creo que eso es todo. ¿Puedes decirle a Garret que venga?
¿Qué? ¿Se ha olvidado?
-Esto, ¿qué hay de mi ascenso? -pregunto esforzándome en no sonar angustiada.
-¿Qué ascenso?
-A ejecutiva de marketing.
-¿De qué diablos me estás hablando?
-Lo ponía en el anuncio. -Saco un arrugado trozo de papel del bolsillo-. «Posibilidades de ascenso en un año.» Lo dice bien claro.
Lo dejo encima de la mesa y Eleazar lo mira frunciendo el entrecejo. -Bella, eso es sólo para candidatos excepcionales. Todavía no estás preparada. Primero has de demostrar lo que vales.
-Pero si lo hago lo mejor que puedo. Si me das una oportunidad...
-La tuviste con Tree Oil-replica, y me siento humillada-. Mi última palabra es que no estás lista para ocupar un puesto más elevado. El año que viene, ya veremos.
-¿Dentro de un año? -¿Entendido? Ahora, lárgate.
Me da vueltas la cabeza. He de tomármelo con calma, lo más dignamente posible. Tengo que decir algo así como: «Respeto tu decisión, Eleazar», estrecharle la mano y salir.
El problema es que no puedo levantarme.
Al cabo de un rato, él me mira desconcertado. -Eso es todo, Bella.
Soy incapaz de moverme. Si me voy, habré perdido mi oportunidad.
-¿Bella?
-Por favor, asciéndeme -suplico desesperada-. Por favor, lo necesito para impresionar a mi familia. Es lo que más deseo en este mundo. Trabajaré duro, te lo prometo. Vendré los fines de semana y... me pondré trajes.
-¿Qué? -Me mira como si me hubiera convertido en un pez de colores.
-No tienes por qué aumentarme el sueldo. Haré el mismo trabajo. Incluso pagaré de mi bolsillo las tarjetas de visita. No habrá ninguna diferencia. Ni siquiera sabrás que me has ascendido.
Jadeando, me callo.
-Creo que no te das cuenta de que ése no es el objetivo de un ascenso -comenta con sarcasmo-. Me temo que la respuesta es no. Ahora más que nunca.
-Pero...
-Bella, si quieres progresar, tendrás que aprovechar las ocasiones. Crear tus propias oportunidades. Te lo digo en serio.
Cuando salgo, veo que pone los ojos en blanco y garabatea algo en el impreso.
Fantástico, seguro que ha escrito: «Lunática desquiciada, precisa ayuda médica.»
Regreso a mi escritorio desolada y Tanya me mira con una expresión sospechosa.
-Ah, Bella, ha llamado tu prima Lauren
-¿Sí? -contesto asombrada. Nunca me llama aquí. De hecho, nunca me llama-. ¿Ha dejado algún mensaje?
-Sí, ha dicho que si sabías algo de tu ascenso.
Estupendo, ahora ya se ha enterado todo el mundo. La odio. -Vale, gracias -digo como si fuera algo normal y aburrido. -¿Te han ascendido? No lo sabía. ¿Vas a ser ejecutiva de marketing?
Su voz es aguda y penetrante, y noto que un par de compañeros levantan la cabeza, muy interesados.
-No, no voy a serlo -murmuro, roja por la humillación.
-Ah -dice con cara de falsa sorpresa-. Entonces, ¿por qué...?
-Cierra el pico, Tanya -le grita Ángela, dos escritorios más adelante.
La miro agradecida y me dejo caer en la silla.
Otro año. Otros trescientos sesenta y cinco días como una vulgar auxiliar de marketing de la que todo el mundo piensa que es una inútil. Otro año debiéndole dinero a mi padre, con Taylor y Lauren riéndose de mí, sintiéndome una fracasada. Enciendo el ordenador y, abatida, escribo unas cuantas palabras, hasta que me quedo sin energía.
-Creo que me tomaré un café. ¿Alguien quiere uno?
-No hay -dice Tanya mirándome extrañada-. ¿No te has fijado?
-¿En qué?
-Mientras estabas con Eleazar se han llevado la máquina -interviene Garret.
-¿Por qué? -pregunto perpleja.
-Ni idea. Han venido y nos hemos quedado sin ella -me explica mientras se encamina a la oficina de Eleazar.
-Van a traer una nueva. Al menos, eso era lo que estaban comentando abajo. Una buena, con café de verdad. Al parecer ha sido el propio Edward Cullen quien lo ha ordenado -comenta Ángela, que pasa a mi lado con un montón de pruebas.
Ella desaparece mientras la sigo con la mirada. -¿Que ha hecho qué?
-¡Bella! ¿Me has oído? Me gustaría que localizaras el folleto que realizamos para la campaña promocional de New York hace dos años. Perdona, mamá -dice Tanya hablando por teléfono-. Le estaba pidiendo una cosa a mi ayudante.
Su ayudante. Me pone del hígado.
Aunque, para ser sincera, estoy demasiado confusa como para enfadarme.
«No tiene nada que ver conmigo -pienso mientras busco en el fondo del archivador-. Es ridículo suponerlo. Seguramente tenía planeado comprar una nueva. Quizá...»
Me incorporo con un fajo de carpetas en la mano y casi se me caen al suelo.
Ahí está él. Frente a mí.
-Hola otra vez. ¿Qué tal? -, sonríe con esa sonrisa de un millón de dólares…y tan natural
-Esto..., muy bien. Acabo de enterarme de lo de la nueva máquina de café. Gracias -farfullo tragando saliva.
-No hay de qué.
-Atención todo el mundo. El señor Cullen pasará la mañana en nuestro departamento -nos informa Eleazar.
-Por favor, llámame Edward.
-Muy bien. Edward va a acompañarnos para observar cómo funciona nuestro equipo. Comportaos con normalidad y no hagáis nada especial. -Sus ojos se posan en mí y me sonríe de forma halagadora-. ¿Qué tal, Bella? ¿Va todo bien?
-Sí, gracias. De maravilla.
-Estupendo. Nos encanta que el personal esté contento. Aprovechando que me prestan atención -continúa tras toser tímidamente-, dejen que les recuerde que celebraremos el Día de la Familia el próximo sábado. Eso nos dará la oportunidad de relajarnos, conocer a los parientes de nuestros compañeros y divertirnos.
Todos lo miramos boquiabiertos. Hasta hoy, Eleazar se había referido siempre a esa celebración como el Día de los tontos y había asegurado que antes se dejaría arrancar los huevos que llevar a nadie de su familia.
-Bueno, todo el mundo a trabajar. Edward, te traeré una silla.
-Haz como si no estuviera. Compórtate con normalidad.
Que actuemos como si no pasara nada. Sí, por supuesto.
Eso significaría sentarme, quitarme los zapatos, leer el correo electrónico, ponerme crema, comerme unas chocolatinas, buscar mi horóscopo, mirar el de Jacob, escribir varias veces «Bella Swan, Directora Gerente» con letras llenas de filigranas en una libreta, añadir una cenefa de flores, enviarle un mensaje a Jacob, esperar unos minutos a ver si me contesta, tomar un trago de agua mineral y, por fin, ir a buscar el folleto de para Tanya.
No creo que pueda.
Cuando vuelvo a sentarme, mi mente trabaja a toda velocidad. Aprovechar las ocasiones. Crear mis propias oportunidades. ¿No es eso lo que me ha sugerido Eleazar?
¿Y qué es esto si no?
Mi jefe supremo está aquí, viendo cómo trabajo. El gran Edward Cullen, dueño de la empresa. Seguro que puedo impresionarlo.
Vale, quizá no hayamos empezado de la mejor manera, pero tal vez ahora tenga la ocasión de expiar mi culpa. Le demostraré que soy una persona brillante y motivada.
Mientras hojeo la carpeta de publicidad, noto que estoy manteniendo la cabeza más elevada que de costumbre, como en una clase de educación postural. Miro a mí alrededor y descubro que todo el mundo tiene la misma pose que yo. Antes de que llegara "el jefazo", Tanya estaba hablando por teléfono con su madre, pero ahora se ha puesto unas gafas, teclea con brío y de vez en cuando se detiene para sonreír ante lo que ha escrito, con expresión de: «Soy un genio.» Garret, que estaba leyendo la sección de deportes del Telegraph, ahora está estudiando unos documentos llenos de gráficos con el entrecejo fruncido.
-¿Bella? ¿Has encontrado el folleto que te he pedido? No es que tenga prisa... -añade Tanya con fingida amabilidad.
-Sí.
Echo la silla hacia atrás, me levanto y me acerco a su mesa. Intento moverme con la mayor naturalidad posible, pero es como estar en la tele. Las piernas no me funcionan, luzco una sonrisa petrificada y tengo la horrible convicción de que en cualquier momento gritaré: « ¡Bragas!», o algo así.
-Aquí tienes -digo entregándoselo con cuidado.
-Que Dios te bendiga. -Sus ojos se posan en los míos y me doy cuenta de que ella también está actuando. Pone una mano encima de la mía y sonríe-. No sé qué haríamos sin ti.
-Gracias. Estoy para lo que quieras -respondo en el mismo tono.
«Mierda», pienso cuando regreso a mi sitio. Debería haber dicho algo más inteligente. Algo como: «El trabajo en equipo es lo que mantiene cohesionada esta operación.»
Bueno, da igual. Lo deslumbraré de otra forma.
Tratando de comportarme con normalidad, abro un documento en el ordenador y tecleo con la mayor rapidez y eficacia que puedo, con la espalda más tiesa que un palo de escoba. Jamás había visto la oficina así de silenciosa. Todo el mundo está escribiendo y no habla nadie. Es como un examen. Me pica el pie, pero no me atrevo a rascarme.
¿Cómo se las arreglará la gente de los documentales para intervenir con soltura? Yo estoy agotada y Edward Cullen sólo lleva aquí cinco minutos.
-Estáis muy callados. ¿Es normal? -comenta él sorprendido.
-Esto...
Indecisos, nos miramos unos a otros.
-Por favor, olvidaos de que estoy aquí. Hablad como en un día cualquiera. Supongo que mantendréis conversaciones típicas de compañeros, ¿no? Cuando yo trabajaba en una oficina, charlábamos de todo: de política, libros... Por ejemplo, ¿qué habéis leído últimamente?
-Hace poco me compré una biografía de Mao Tse-tung. Es fascinante -contesta Tanya enseguida.
-Yo voy por la mitad de un libro de historia europea del siglo catorce -apunta Garret.
-Yo estoy releyendo a Proust, en francés -dice Ángela encogiéndose de hombros.
-¡Ah! -Jack Harper asiente con cara inescrutable-. ¿Y tú? Te llamas Bella, ¿verdad?
-En este momento... -Trago saliva para ganar tiempo.
No puedo decir: Garabatos de celebridades. ¿Qué significan? Aunque es muy bueno. Rápido, un libro serio.
-Estabas leyendo Cumbres Borroscosas, ¿no? Para tu club de lectura -interviene Tanya.
-Sí -contesto aliviada-, eso es lo que... Entonces, al ver la mirada de Edward Cullen, me callo. Y la he cag….
Me oigo cotorrear en el avión: «... le eché un vistazo a la contracubierta y fingí que lo había leído...»
-Cumbres Borroscosas -repite él pensativo-. ¿Qué te ha parecido?
No es posible que me pregunte algo así.
Durante un instante soy incapaz de hablar.
-Bueno... -Me aclaro la voz-. Creo que es..., era muy..., extremadamente...
-Una vez que se entiende el simbolismo, es maravilloso -reflexiona Tanya muy seria.
¡Calla, estúpida pretenciosa! ¡Maldita sea! ¿Qué digo?
-Lo encontré muy... resonante.
-¿Qué es lo que resonaba? -inquiere Garret.
-Las..., esto..., las resonancias.
Desconcertados, mis compañeros guardan silencio.
-¿Las resonancias resonaban? -pregunta Tanya.
-Sí-contesto desafiante-. Así es. Por cierto, tengo que seguir con mi trabajo.
Me doy la vuelta y empiezo a teclear enérgicamente. Vale, la conversación sobre literatura no ha salido muy bien; mala suerte. Hay que ser positiva. Todavía puedo impresionarlo.
-No sé qué le ocurre -comenta Tanya con voz de niña-. La riego todos los días. -Toca las hojas de su cinta y le lanza una mirada cautivadora a Edward Cullen-. ¿Sabes algo de plantas, Edward?
-Me temo que no. ¿Qué crees que le puede pasar, Bella?-me pregunta con rostro inexpresivo.
«... a veces, cuando me enfado con Tanya...»
-No tengo ni idea -respondo, y sigo escribiendo con la cara como un tomate.
Sí. Le he echado jugo de naranja a una plantita, ¿y qué?
-¿Ha visto alguien mi taza de los mundiales? No la encuentro por ninguna parte -pregunta Eleazar entrando en la oficina con cara de: «He buscado como un loco.»
«... la semana pasada rompí la taza de mi jefe y escondí los pedazos en mi bolso...»
Mierda.
Bueno. ¿Qué pasa? También se me rompió una tacita. No tiene importancia. He de seguir intentándolo.
-Mira, Edward -lo llama Nick con tono de complicidad varonil, y señala una fotocopia en la que se ve un trasero con tanga, que lleva en el tablón de anuncios desde Navidad-. Por si pensabas que no nos divertíamos. Aún no sabemos de quién es.
«... en la fiesta de Navidad bebí demasiado...»
Vale, ahora sí que quiero morirme. ¡Que alguien me mate!
-¡Bella! -Rosalie llega corriendo con la cara encendida por la emoción. Cuando ve a Edward Cullen, se para en seco-. ¡Ah!
-No ocurre nada, soy un mero observador -la tranquiliza él haciéndole un gesto con la mano. -Adelante, di lo que tengas que decir.
-Hola, Rose. ¿Qué querías?
En cuanto pronuncio su nombre, Edward Cullen vuelve a mirarla, con interés en los ojos.
No me gusta nada su expresión.
¿Qué le conté de ella? Rebobino desesperadamente. ¿Qué sería lo que...?
Siento un espasmo. ¡Madre mía!
«... una contraseña; cuando se acerca y me pregunta: "¿Te importaría repasar unas cuentas conmigo, Bella?", quiere decir que nos vayamos a Starbucks...»
Le conté cómo nos escaqueábamos.
Miro angustiada la ansiosa cara de Rose, para que capte el mensaje.
No lo digas.
Pero ella no se percata.
-Era sólo... -Se aclara la voz como una profesional y observa un tanto cohibida a nuestro jefe-. ¿Te importaría repasar unas cuentas conmigo, Bella?
¡Acto final!
Me pongo coloradísima y me pica todo el cuerpo.
-Pues no sé si voy a poder hoy -contesto con una falsa voz alegre.
Ella me mira estupefacta.
-Pero tengo... Es imprescindible que me eches una mano. Mueve la cabeza, entusiasmada.
-Estoy bastante liada -miento forzando una sonrisa e intentando decirle mentalmente: « ¡Cierra la boca!»
-No nos costará nada. Será muy rápido.
-Lo siento, no creo que pueda.
Rose está casi saltando de un pie a otro.
-Es algo muy importante, necesito comentarlo contigo.
-Bella... -Al oír la voz de Edward Cullen casi grito, como si me hubiera picado un insecto. Él se inclina hacia mí y me susurra-: Creo que deberías repasar esas cuentas.
Lo miro un momento, incapaz de hablar.
-Muy bien, lo haré -consigo decir al cabo de un buen rato.
Mientras camino con Rose por la calle, una parte de mí está muda de espanto y la otra, a punto de echarse a reír, histérica. En la oficina todo el mundo está dejándose la piel para impresionar al fundador de la empresa mientras yo doy un paseo delante de sus narices para tomarme un capuchino.
-Siento haberte interrumpido -se disculpa Rose cuando entramos en Starbucks-. No tenía ni idea de que Edward Cullen estaba allí. Pero ya has visto que he sido de lo más sutil. No se ha enterado de nada.
-Seguro. No lo adivinaría en la vida.
-¿Te pasa algo?
-No. Estoy perfectamente -contesto con aguda hilaridad-. ¿A qué viene esta reunión de emergencia?
-Necesitaba contártelo. Dos capuchinos, por favor. No te lo vas a creer -asegura con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿De qué se trata?
-Tengo una cita. ¡He conocido a un hombre!
-¿De verdad? Pues sí que ha sido rápido.
-Sí. Ayer mismo, tal como dijiste, me alejé un poco más durante la hora del almuerzo y encontré una cafetería muy bonita. En la cola había un tipo muy agradable y empezamos a hablar. Después compartimos mesa y seguimos charlando. Cuando me iba me preguntó si me gustaría tomar una copa con él algún día. Así que hemos quedado esta tarde.
-Eso es maravilloso. ¿Cómo es?
-Encantador. Se llama Emmet. Tiene unos bonitos ojos preciosos y una cara de niño y es muy dulce y educado. Y posee un gran sentido del humor.
-Suena fantástico.
-Sí, tengo un buen presentimiento -afirma con cara radiante cuando nos sentamos-. Parece diferente. Ya sé que te resultará estúpido, pero siento que de alguna manera fuiste tú quien me lo envió.
-¿Yo?
-Me diste la confianza necesaria para hablar con él.
-Pero si sólo dije...
-Que sabías que conocería a alguien. Tuviste fe en mí. -Se le empañan los ojos-. Lo siento -susurra, y se los seca con la servilleta-. Estoy un poco emocionada.
-Rose.
-Creo que mi vida va a cambiar de verdad. Que todo va a ir mejor. Y te lo debo a ti.
-En serio, Rose. No fue nada.
-Sí que lo fue y deseo darte algo a cambio. -Revuelve en su bolso y saca una larga tira naranja de ganchillo-. Anoche te hice esto. Es un pañuelo para la cabeza.
Me mira expectante.
Durante un momento no puedo ni moverme.
-Rose, no deberías... -consigo decir finalmente dándole vueltas entre las manos.
-Me apetecía. Como forma de darte las gracias. Sobre todo después de que perdieras aquel cinturón que te regalé en Navidad-añade con expresión seria.
Siento un estremecimiento de culpabilidad.
-Sí. Fue una pena. -Trago saliva-. Era muy bonito. Me dolió mucho perderlo.
-¡No te preocupes! Te haré otro.
-¡No! -exclamo alarmada-. Ni se te ocurra.
-Pero si no me cuesta nada. -Se inclina y me da un abrazo-. Para algo están las amigas, ¿no?
Pasa un buen rato hasta que nos acabamos los capuchinos y volvemos a la oficina. Cuando llegamos al edificio de Vampire, miro el reloj y me sobresalto al comprobar que hemos
estado fuera treinta y cinco minutos.
-¿No te parece fantástico lo de la nueva máquina de café? -comenta Rose mientras subimos las escaleras
-Sí, es estupendo.
Mi estómago ha empezado a contraerse ante la idea de ver a Edward Cullen otra vez. No había estado tan nerviosa desde que me examiné de primero de clarinete: el profesor me preguntó cómo me llamaba y me eché a llorar.
-Luego nos vemos -se despide Rose en el primer piso-. Y muchas gracias.
-No hay de qué. Hasta luego.
Mientras camino por el pasillo en dirección a Marketing, noto que las piernas no se mueven con la velocidad acostumbrada. Conforme me acerco a la puerta van cada vez más lentas, más lentas, más lentas.
Una de las secretarias de Contabilidad me adelanta con un firme repiqueteo de tacones y me mira extrañada.
No puedo entrar.
Bueno, a lo mejor sí. Me quedaré calladita y seguiré con mi trabajo. Quizá él ni se percate de mi presencia.
Venga, cuanto más lo posponga, peor será. Inspiro profundamente, cierro los ojos, doy unos pasos hacia el departamento y los abro de golpe.
Alrededor de la mesa de Tanya hay una gran algarabía y no se ve a Edward Cullen
-Es posible que quiera reestructurar toda la empresa –dice alguien.
-He oído el rumor de que tiene un proyecto secreto...
-No puede centralizar la gestión de marketing -comenta Tanya levantando la voz por encima de las demás.
-¿Dónde está el Sr. Cullen? -pregunto con falso desinterés.
-Se ha ido -contesta Garret, y respiro aliviada. Por fin.
-¿Va a volver?
-No creo. ¿Has acabado esas cartas? Porque te las di hace tres días.
-Ahora mismo las hago -respondo sonriendo.
Cuando llego a mi mesa me siento más ingrávida que un globo de helio. llena de alegría, me quito los zapatos, tomo un sorbo de mi botella de agua y me paro en seco.
En el teclado hay un papel doblado con la palabra «Bella» escrita con una letra que no reconozco. Elegante y masculina…en una letra extraña combinación
Desconcertada, miro a todos los lados. Nadie está pendiente de mí, aguardando a que lo mire. De hecho, parece que no se han dado cuenta de su existencia. Están demasiado ocupados hablando del jefe.
Lo abro despacio y lo leo.
Espero que la reunión haya sido productiva. A mí las cuentas siempre me dan dolor de cabeza.
Edward Cullen
Podría haber sido peor. Imaginad que hubiera puesto: «Ordena tus cosas.»
Aun así, paso el resto del día con los nervios de punta. Cada vez que alguien entra en la oficina, siento un espasmo. Y cuando alguien comenta en voz alta que es posible que Edward regrese a nuestro departamento, me planteo seriamente esconderme en los lavabos hasta que se vaya.
A las cinco y media en punto dejo de teclear a mitad de frase, apago el ordenador y cojo el abrigo. No voy a esperar ni un segundo a que aparezca otra vez. Bajo las escaleras corriendo y sólo empiezo a sentirme más relajada cuando atravieso las grandes puertas de cristal.
Por una vez en la vida, el autobús es milagrosamente rápido y llego a casa en veinte minutos. Entro en el apartamento y oigo un extraño ruido que procede de la habitación de Alice. Una especie de golpeteo. Puede que esté cambiando los muebles de sitio.
-¡Alice, no te vas a creer lo que me ha pasado hoy! -grito desde la cocina. Saco una botella de Pepsi de la nevera y me la pongo en mi enfebrecida frente. Al cabo de un rato la destapo y tomo unos tragos. Después salgo al recibidor y veo que la puerta de Alice está abierta-. ¿Qué demonios estabas...?
Me callo porque no es ella quien sale, sino un hombre…dos…otra mujer.
-¡Oh! Ejem, hola -balbuceo desconcertada.
-¡Bella! ¡Qué pronto has vuelto! -exclama Alice saliendo al ultimo. Lleva una camiseta y unos shorts. Se bebe un vaso de agua con expresión sorprendida.
-Sí, tenía mucha prisa.
-Éste es Peter…y Charlotte y Erick, ella es mi compañera de cuarto…Bella.
-Hola -lo saludo con una sonrisa amistosa.
-Encantados de conocerte -contesta el que creo se llamaba Peter
Qué sexy es. Vaya que sí.
-Estábamos... discutiendo sobre diseños -me aclara Alice.
-Ah, muy bien -digo alegremente. Ya, que me lo creo. ¿Trabajando se hace tanto ruido? Alice es todo un misterio.
-Nos vamos -se excusa Charlotte
-Los acompaño -se ofrece ella nerviosa. Salen y los oigo murmurar en el rellano.
Tomo unos cuantos sorbos más de Pepsi, me dirijo al salón y me dejo caer pesadamente en el sofá. Me duele el cuerpo por haber estado rígida todo el día. No puede ser bueno para la salud. ¿Cómo voy a aguantar una semana entera de Edward Cullen?
-Bueno, ¿qué pasa? -pregunto cuando Alice entra en la habitación.
-¿A qué te refieres? -replica de forma huidiza.
-A ti y a tus amigos. ¿Qué estabas haciendo?
-No nosotros no... -comienza poniéndose colorada-. No es... Sólo estábamos platicando un caso, eso es todo.
-Sí, claro.
-¡Es verdad!
-Vale, si tú lo dices.
A veces es así, tímida y vergonzosa. Sólo tengo que emborracharla un día y me lo contará.
-¿Qué tal te ha ido en el trabajo? -pregunta ella sentándose en el suelo y cogiendo una revista.
¿Qué tal?
-Ha sido una especie de mal sueño. -¿En serio? -exclama asombrada.
-No, retiro lo dicho. Ha sido una auténtica pesadilla.
-¿Qué ha sucedido? ¡Cuéntame! -me pide prestándome toda su atención.
-Vale. -Inspiro y me echo el pelo hacia atrás preguntándome por dónde demonios empiezo-. ¿Recuerdas que la semana pasada tuve un vuelo horrible volviendo de Italia?
-Sí, Jacob fue a buscarte y todo fue muy romántico -contesta radiante.
-Bueno, antes de eso. Durante el viaje había un hombre a mi lado. El avión comenzó a moverse y la verdad es que pensé que íbamos a morir y que él era la última persona que vería en esta vida...
-¡No! No me digas que te enrollaste con él-exclama llevándose una mano a la boca.
-Peor que eso, le conté todos mis secretos.
Me quedo esperando algo comprensivo como: « ¡Oh, no!», pero simplemente me mira como si no entendiera nada.
-¿Cuáles?
-Pues los míos. Ya sabes.
Parece que le hubiera dicho que tengo una pierna ortopédica o algo así.
-¿Tienes secretos?
-Por supuesto. Como todo el mundo.
-Yo no -asegura de inmediato, un tanto ofendida.
-Claro que sí.
-Dime uno.
-Bien. -Empiezo a contar con los dedos-. Nunca le dijiste a tu padre que habías perdido la llave del garaje.
-¡Eso fue hace siglos! -exclama desdeñosa.
-Nunca le confesaste a Simon que esperabas que se declarara.
-Eso no es verdad. Bueno, puede que sí -admite sonrojándose.
-Crees que le gustas al vecino.
-Eso no es un secreto -replica poniendo los ojos en blanco.
-Muy bien. ¿Quieres que se lo diga? -propongo acercándome a la ventana abierta-. ¡Eh, Mark! Alice cree que...
-¡Calla! -me pide frenética.
-¿Ves? Sí que tienes secretos, como todo el mundo. Incluido el Papa, seguro.
-De acuerdo. Pero no veo cuál es el problema. Se los contaste a un tipo, ¿y qué?
-Que ha venido al trabajo.
-¿Sí? ¿En serio? ¿Y quién es?
Estoy a punto de revelar su nombre cuando recuerdo la promesa que le hice ayer.
-Un tipo que va a observarnos -digo de forma vaga. -¿Es uno de tus jefes?
-Pues... sí. Podría decirse que sí.
-¡Caray! Pero ¿importa mucho que sepa unas cuantas cosas sobre ti? -pregunta con el entrecejo fruncido después de pensar un momento.
-No son unas cuantas cosillas. Se lo conté todo. Le dije que había falsificado una nota en mi currículum -contesto ruborizándome.
-¿Lo hiciste?
-Le confesé que riego la planta de Tanya con jugo de naranja, que los tangas no me parecen nada cómodos...
Me callo al ver que me mira horrorizada.
-Bella, ¿has oído alguna vez la frase «demasiada información»?
-No pretendía contarle nada -replico poniéndome a la defensiva-. Me salió así. Me había tomado tres vodkas y creía que iba a morir. Tú habrías hecho lo mismo. Todo el mundo gritaba, había gente rezando, el avión no dejaba de dar sacudidas...
-Así que le largaste todos tus secretos a tu jefe.
-¡En ese momento no era mi jefe! -grito frustrada-. Sólo era un desconocido. Creía que nunca volvería a verlo.
Nos quedamos en silencio mientras ella intenta asimilarlo todo.
-¿Sabes?, es como lo que le pasó a mi prima. Fue a una fiesta y se encontró con el médico que la había asistido en el parto dos meses antes.
-¡Vaya!
-Le entró tanta vergüenza que tuvo que marcharse. Él lo había visto todo. Me dijo que en el hospital no le importaba, pero que cuando lo vio con un vaso de vino hablando sobre el precio de la vivienda, le pareció totalmente distinto.
-Lo mismo me ha ocurrido a mí. Él conoce todas mis cosas más íntimas y personales, pero la diferencia es que yo no puedo irme sin más. Debo permanecer allí y fingir que soy una buena empleada. Y él sabe que no lo soy.
-¿Qué vas a hacer?
-No sé. Supongo que mi última esperanza es esquivarlo.
-¿Cuánto tiempo va a quedarse?
-Toda la semana -contesto desesperada.
Que tal esta genial no????
Bueno dejen sus comentarios
Miss Mckarty
