HOLA CHICAS SE QUE ME QUIEREN MATAR PERO EN SERIO NO ERA MI INTENCION TUVE ALGUNOS PROBLEMILLAS QUE ME IMPIDIERON TRANSCRIBIR PERO AQUÍ ESTA Y ESPERO YA NO QUEDARLES MAL RECUERDEN ESTA HISTORIA NO ES MIA ES DE SOPHIE KINSELLA Y LOS PERSONAJES SON DE STEPHENIE MEYER

BUENO LES DEJO EL CAP DISFRUTENLO

Capitulo 8

Estoy mas que deprimida, en pocos días me quede sin ascenso y sin novio, se me han hinchado los ojos de tanto llorar y todo el mundo piensa que estoy loca.

-Estás loca -repite Jessica cada diez minutos. Es sábado por la mañana y estamos inmersas en nuestra rutina de batas, café y re saca. O, en mi caso, ruptura-. ¿No te das cuenta de que ya lo tenías? Estoy segura de que habrías llevado un anillo en el dedo antes de seis meses -añade mientras se pinta las uñas de los pies de color rosa.

-Pensaba que habías dicho que si me iba a vivir con él perdería todas mis posibilidades -replico malhumorada.

-En el caso de Jacob habría sido distinto. Estás loca -dice moviendo la cabeza.

-¿Tú también lo crees? -le pregunto a Alice, que está en la me cedora abrazándose las rodillas y comiendo una tostada-. Sé sin cera.

-No -contesta sin mucha firmeza-. Claro que no.

-Sí que lo crees.

-No. Lo que pasa es que hacíais buena pareja.

-Sí, dábamos esa imagen, pero la verdad es que nunca me he sentido yo misma. Era como si siempre estuviera representando un papel. No me parecía real.

-¿Eso es todo? -nos interrumpe Jessica, mirándome como si estuviera diciendo tonterías-. ¿Ésa es tu razón para cortar con él?

-Para mí es muy buena -me justifica Alice...¡Gracias amiga!

Jessica nos contempla desconcertada.

-Pues no lo es. Si os hubierais empeñado en actuar como la pareja perfecta durante el tiempo suficiente, habríais acabado sién dolo.

-Pero entonces no habríamos sido felices.

-Pero seríais la pareja perfecta -continúa como si le estuviera explicando algo a un niño pequeño-. Y felices, claro -añade le vantándose. Lleva algodón entre los dedos de los pies y se dirige ha cia la puerta como un pato-. De todas formas, en una relación to dos fingen.

-No. O, al menos, no deberían.

-Por supuesto que sí. Eso de ser sincero el uno con el otro está sobrevalorado -dice con un gesto malicioso-. Mi padre lleva treinta años casado con mi madre y todavía cree que es rubia na tural.

Sale de la habitación y mis ojos se cruzan con los de Alice

-¿Tiene razón? -le pregunto.

-No -contesta poco convencida-. Claro que no. Las relacio nes deben basarse en la confianza... y la franqueza... -Se calla y me mira preocupada-. Nunca me habías dicho que te sintieras así con Jacob.

-No se lo había contado a nadie.

Inmediatamente me doy cuenta de que eso no es del todo cier to, pero no voy a confesarle a mi mejor amiga que le he dicho más cosas a un desconocido que a ella.

-Me gustaría que confiaras más en mí. Vamos a hacer un nue vo propósito. A partir de ahora nos lo contaremos todo. No debería haber secretos entre nosotras. Después de todo, somos amigas.

-Hecho -acepto con una repentina explosión de emotividad. Me inclino hacia ella impulsivamente y le doy un abrazo.

Sí. No deberíamos ocultarnos nada. Por Dios, hace más de vein te años que nos conocemos.

-Así pues, si vamos a decírnoslo todo... -Da un mordisco a la tostada y me mira de reojo-. ¿Tiene algo que ver ese hombre, el del avión, con que hayas dejado a Jacob?

Siento un aguijonazo en mi interior, y trato de disimularlo be biendo un trago de café.

-No -respondo sin levantar la vista-. En absoluto.

Para ser sincera, no es el fin de semana más feliz de mi vida. Pero empeora cuando llega el correo y recibo una postal de mis padres desde el Meridien, en la que me cuentan lo bien que se lo están pa sando. Y la cosa todavía se agria más cuando leo el horóscopo del Mail, que dice que acabo de cometer un gran error.

El lunes por la mañana estoy mejor. No me he equivocado. Hoy inicio una nueva vida. Me voy a olvidar del amor y las relaciones para concentrarme en mi carrera profesional. Quizá incluso bus que un nuevo trabajo.

Cuando salgo del metro, la idea empieza a gustarme cada vez más. Solicitaré un puesto de ejecutiva de marketing en Coca-Cola o algo parecido. Y me lo darán. Eleazar comprenderá su terrible error por no ascenderme y me pedirá que me quede, pero le diré: «Demasia do tarde, tuviste tu oportunidad.» Él me rogará: «¿Puedo hacer algo para cambies de opinión?» Y entonces...

Al llegar a las escaleras, Eleazar se arrastra por el suelo en mi imagi nación mientras me siento con toda tranquilidad en su mesa (llevo un traje nuevo y zapatos de Prada) y le digo: «¿Sabes? Sólo tendrías que haberme tratado con un poco de respeto.»

Mierda. Vuelvo a la realidad y me paro en seco con la mano en el pomo de la puerta de cristal. En el vestíbulo hay una cabellera negra….un negro reluciente.

Jacob. Me invade el pánico. No puedo entrar.

Cuando se mueve, resulta que no es él, sino Andrea, de Conta bilidad. Joder, estoy fatal. Debo controlarme, porque tarde o tem prano me tropezaré con él y tendré que afrontar la situación.

«Al menos aquí no lo sabe nadie», me consuelo mientras subo al primer piso. Eso habría empeorado muchísimo las cosas. Tener gente a mi alrededor diciéndome a todas horas...

-Bella, siento mucho que Jacob y tú hayáis roto.

-¿Qué?

Vuelvo la cabeza como impulsada por un resorte y veo que se me acerca una chica que se llama Nancy.

-Ha sido como un bombazo, así, de repente. De todas las pare jas, jamás habría pensado que vosotros os separaríais. Pero, bueno, eso demuestra que nunca se puede...

La miro aturdida.

-¿Cómo te has enterado?

-Como todo el mundo. ¿Recuerdas que el viernes por la noche había una fiesta? Pues Jacob se emborrachó y se lo contó a todos los presentes. De hecho, pronunció una especie de discurso.

-¿Que hizo qué?

-Fue muy conmovedor, la verdad. Dijo que Vampire Corpora tion era como una familia y que sabía que lo ayudaríamos en este trance. Y a ti también, claro -añade-. Aunque como la idea de rom per fue tuya, la parte perjudicada es él. Muchas de las chicas me han dicho que debes de tener flojo un tornillo.

No puedo creérmelo. Jacob ha soltado lo de nuestra ruptura después de haber prometido que guardaría el secreto. Además, to dos están de su parte.

-Bueno, será mejor que siga...

-Es una pena. Hacíais buena pareja.

-Sí -respondo forzando una sonrisa-. Hasta luego.

Me dirijo hacia la nueva máquina de café y me quedo allí con la mi rada perdida en el vacío, intentando entender lo que ha pasado, cuando una trémula voz interrumpe mis pensamientos.

-¿Bella?

Levanto los ojos y veo a Rosalie, que me mira como si yo tuviera tres cabezas.

-Ah, hola -la saludo con fingida animación.

-¿Es verdad? -susurra-. Porque no me lo creeré hasta que lo oiga de tus labios.

-Sí, Jacob y yo ya no estamos juntos-contesto muy a mi pesar.

-¡Dios mío! -Su respiración comienza a acelerarse-. ¡Santo cielo! No voy a poder soportarlo.

Mierda. Se está híper ventilando. Cojo una bolsa de las que se usan para guardar el azúcar y se la pongo en la boca.

-¡Cálmate! Inspira..., espira...

-He tenido ataques de pánico todo el fin de semana -consi gue decir entre jadeos-. Anoche me desperté empapada en sudor frío y pensé que si era verdad, el mundo ya no tenía sentido.

-Nos hemos separado, eso es todo. La gente lo hace a todas horas.

-Pero tú y el erais distintos. Si vosotros no lo conseguís, ¿para qué vamos a intentarlo los demás?

-No éramos la pareja ideal -le explico esforzándome en man tenerla calma-, sino una más. Y no funcionó. Son cosas que pasan.

-Pero...

-Además, si quieres que te sea sincera, preferiría no hablar del tema.

-Ah -exclama mirándome a través del plástico-. Por su puesto. Perdona, Bella. Ha sido toda una sorpresa.

-Venga, todavía no me has contado qué tal fue tu cita con Emmett. Alégrame con tus buenas noticias.

Su respiración ha vuelto a la normalidad y se quita la bolsa.

-Fue muy bien. Vamos a seguir viéndonos.

-¿Lo ves? -digo para animarla.

-Es encantador y amable. Tenemos el mismo sentido del hu mor y nos gustan las mismas cosas. -En su cara se dibuja una tími da sonrisa-. Es adorable.

-Suena estupendo. Seguro que Emmett y tú seréis mejor pareja que Jacob y yo. ¿Quieres un café?

-No, gracias. Me voy. Tengo una reunión con Edward Cullen para hablar del personal. Hasta luego.

-Vale -me despido distraídamente.

Cinco segundos más tarde, mi cerebro reacciona.

-¡Un momento! -Corro por el pasillo y la sujeto por el hom bro-. ¿Has dicho Edward Cullen?

-Sí.

-Pero si no está. Se fue el viernes.

-No, cambió de planes.

La miro sin poder creérmelo.

-¿Se ha quedado?

-Sí.

-Entonces, ¿está aquí?

-Pues claro -contesta riéndose.

De repente se me aflojan las piernas.

-¿Por qué...? -Me aclaro la voz, que se ha vuelto un poco ron ca-. ¿Por qué ha cambiado de opinión?

-Quién sabe. Es el jefe. Puede hacer lo que le plazca, ¿no? Eso sí, es un tipo muy comprensivo. -Busca en el bolso un paquete de chicles y me ofrece uno-. Fue muy amable con Jacob después del discursito.

Me sobresalto de nuevo.

-¿Oyó lo que contó sobre nuestra ruptura?

-Sí, estaba a su lado. Después dijo algo muy bonito, algo sobre que se imaginaba cómo se sentía. ¿No te parece encantador?

Necesito sentarme, pensar. Necesito...

-¿Estás bien? Lo lamento, qué falta de tacto.

-No pasa nada. Estoy bien. Luego nos vemos.

Mientras voy al departamento de Marketing, mi cabeza es un torbe llino.

No es así como esperaba que sucedieran las cosas. Edward Cullen debería estar en Londres, sin saber que después de nuestra conversación me fui directa a casa y rompí con Jacob.

Me siento un poco humillada. No pensará que lo he hecho por lo que dijo en el ascensor, ¿verdad? Seguro que cree que es por él. Y no es así.

Al menos, no del todo.

Quizá por eso...

No, suponer que su razón para quedarse tenga algo que ver conmigo es ridículo. No sé por qué estoy tan alterada.

Cuando llego a mi mesa, Tanya levanta la vista del Marketing Week.

-Siento mucho lo que os ha ocurrido...

-Muchas gracias, pero, si no te importa, preferiría no hablar del asunto.

-Vale, como quieras. Sólo intentaba ser amable. Por cierto -añade mirando un papel que hay sobre su escritorio-, tienes un mensaje de Edward Cullen.

-¡¿Qué?! -exclamo. Mierda, no pretendía sonar nerviosa-. Es decir, ¿de qué se trata? -pregunto con más calma.

-¿Puedes llevarle el expediente Leopold a su despacho? Ha di cho que ya sabías lo que era, pero que si no lo localizabas, no pasa ba nada.

El corazón me golpea con fuerza en el pecho.

El expediente Leopold.

«Era la excusa de Seth y mía para escaparnos.»

Es una contraseña. Quiere verme.

¡Dios mío!

No me he sentido tan aturdida, eufórica y petrificada en toda mi vida.

Me dejo caer en la silla y miro un momento la pantalla apagada. Con manos temblorosas saco una carpeta vacía, espero a que Tanya se dé la vuelta y escribo la palabra «LEOPOLD» en uno de los cos tados, intentando deformar mi letra.

Y ahora, ¿qué hago?

Bueno, tendré que llevárselo a la oficina.

A menos que... Joder. Soy tonta pérdida. ¿Existirá de verdad el expediente Leopold?

Rápidamente voy a la base de datos de la empresa, pero no en cuentro nada.

Vale, no me había equivocado.

Estoy a punto de levantarme cuando me entra una paranoia. ¿Y si alguien me para y me pregunta qué es esta carpeta? ¿Y si se me cae y todo el mundo se da cuenta de que está vacía?

Sin perder tiempo, abro un nuevo documento, elijo un mem brete elegante y escribo una carta del señor Ernest P. Leopold a Vampire Corporation. La envío a la impresora, corro hacia allí y la cojo antes de que pueda verla alguien. Aunque nadie muestra nin gún interés.

-Muy bien -digo con despreocupación mientras la meto en la carpeta-. Creo que subiré el expediente. Tanya ni siquiera levanta la cabeza.

De camino, tengo un nudo en el estómago y me siento huraña y cohibida, como si todo el mundo supiera lo que estoy haciendo. Hay un ascensor libre, pero voy hacia las escaleras. En primer lugar, para no tener que hablar con nadie, y en segundo, porque el cora zón me late con tanta fuerza que necesito consumir un poco de energía.

¿Para qué querrá verme? Porque si es para decirme que tenía ra zón sobre lo de Jacob, puede irse... De repente revivo la terrible atmósfera que se creó en el ascensor, y se me revuelve el estómago. ¿Y si la situación es violenta? ¿Y si está enfadado conmigo?

«No tengo por qué ir», me recuerdo. Él mismo lo ha dicho. Po dría llamar a su secretaria, explicarle que no he encontrado el expe diente y acabar con todo esto.

Dudo un momento en las escaleras de mármol y aprieto con fuerza la carpeta. Después continúo.

Cuando me acerco a su oficina, descubro que la puerta no la custo dia una chica, sino Jasper.

Vaya. Sé que es su mejor amigo, pero no puedo remediarlo. Este tipo me parece terrorífico.

-Hola. Esto..., el señor Cullen me ha pedido el expediente Leo pold.

Me mira, y durante un instante tengo la impresión de que entre nosotros hay una especie de comunicación silenciosa. Lo sabe, ¿verdad? Seguramente él también utiliza esa contraseña. Levanta el teléfono y, al cabo de un momento, dice:

-Isabella Swan está aquí con el expediente Leopold. -Cuel ga y, sin sonreír, me invita a pasar.

Entro inquieta e indecisa. La habitación es enorme y las pare des están forradas con paneles de madera. Edward está sentado detrás de un gran escritorio. Cuando levanta la vista, veo unos ojos cálidos y cordiales, y me relajo un poco.

-Hola.

-Hola-contesto, y nos quedamos en silencio-. Aquí tiene lo que buscaba -digo acercándole la carpeta.

-¡El expediente Leopold! ¡Estupendo! -exclama riéndose. Lo abre y, sorprendido, mira la hoja de papel-. ¿Y esto qué es?

-Es una carta del señor Leopold, de Leopold and Company.

-¿La has escrito tú? -pregunta genuinamente asombrado, y me siento un poco tonta.

-La he hecho sólo por si se me caía la carpeta y la veía alguien. Por disimular un poco. No tiene importancia.

Intento quitársela, pero la aparta.

-De la oficina de Ernest P Leopold -lee en voz alta con satis facción-. Veo que quiere seis mil cajas de Vampire Cola. Todo un cliente.

-Es para una fiesta en su empresa. Suelen comprar Pepsi, pero hace poco uno de sus empleados probó nuestro refresco y, como es tan bueno...

-... tenía que cambiar de marca. Me permito añadir que estoy encantado con todos los productos de su compañía y que he empe zado a ponerme el uniforme deportivo de Vampire. Le aseguro que es la ropa de deporte más cómoda que he llevado nunca. -Mira la carta y des pués levanta los ojos, sonriendo. Para mi asombro, le brillan ligera mente-. A Seth le habría encantado.

-¿Seth…tu socio?-pregunto titubeante.

-Sí. Él inventó toda la historia del expediente Leopold. Era el tipo de cosas que hacía a todas horas. ¿Puedo quedarme con ella?

-Por supuesto -contesto un tanto extrañada.

La dobla y se la guarda en un bolsillo; durante unos segundos permanecemos callados.

-Así pues -dice con una expresión inescrutable-, has roto con Jacob.

Siento un escalofrío. No sé qué responder.

-Así pues -contesto en actitud desafiante-, ha decidido que darse.

-Esto..., sí. -Extiende los dedos y se los examina un momen to-. He pensado estudiar mejor algunas de las filiales americanas. ¿Y tú?

Quiere que le diga que he dejado mi relación por él, ¿verdad?. Bueno, pues no voy a hacerlo. Ni loca.

-Lo mismo.

Muy a su pesar, se le dibuja una sonrisa.

-Ya veo. ¿Y estás bien?

-Lo cierto es que sí. Estoy disfrutando de la libertad de no te ner compromisos. Ya sabe, la liberación, la flexibilidad... -explico gesticulando.

-Me parece estupendo. Bueno, a lo mejor no es un buen mo mento para...

-¿Para qué? -le pregunto un poco demasiado rápido.

-Supongo que aún estarás dolida, pero me preguntaba... -Hace una pausa durante lo que se me antoja una eternidad y siento que el corazón me late con violencia-. ¿Te apetecería cenar conmigo?

¡Me ha pedido que salga con él!

Casi no puedo mover la boca.

-Sí -digo por fin-. Será estupendo.

-Fantástico. Lo que pasa es que en la actualidad mi vida es un poco complicada, y con la situación que hay en la oficina... ¿Qué tal si lo mantenemos en secreto?

-Estoy de acuerdo. Debemos ser discretos.

-Así pues, ¿te va bien mañana por la noche?

-Perfectamente.

-Si me envías tu dirección por correo electrónico, pasaré a re cogerte. ¿A eso de las ocho?

-Vale.

Cuando salgo, Jasper levanta la vista y enarca las cejas, pero no le digo nada. Me dirijo hacia el departamento de Marketing e intento mantener la calma y que mi cara no refleje nada. Pero el entusiasmo bulle en mi interior y esbozo una enorme sonrisa.

¡Santo cielo! ¡Voy a cenar con Edward Cullen! No me lo puedo creer.

Bueno, ¿a quién pretendo engañar? Sabía que iba a suceder. En cuanto me he enterado de que no se había marchado a Londres, lo he sabido.

Una verdad: Edward se quedo por mí….

ESPERO QUE HAYA SIDO DE SU AGRADO……………….Y TAMBIEN QUE ME MEREZCA QUE LE DEN AL BOTONCITO VERDE NOS LEEMOS

MISS MCKARTY