AQUÍ ESTA EL CAP Y ESPERO YA NO QUEDARLES MAL OTRA VEZ RECUERDEN ESTA HISTORIA NO ES MIA ES DE SOPHIE KINSELLA Y LOS PERSONAJES SON DE STEPHENIE MEYER

Capitulo 9

Jamás había visto a Jessica tan horrorizada.

-¿Sabe todos tus secretos? -pregunta mirándome como si le hubiera anunciado toda orgullosa que voy a salir con un asesino en serie-. ¿Qué narices estás diciendo?

-Me senté a su lado en un avión y se lo conté todo.

Estudio mi imagen en el espejo y me arranco un pelo de la ceja. Son las siete; me he bañado, me he secado el pelo y en este momen to voy a comenzar con el maquillaje.

-Y ahora te invita a cenar con él. ¡Qué romántico! -suspira Alice abrazándose las rodillas.

-No estás bromeando, ¿verdad? -dice Jessica espantada-. Júrame que no es una broma.

-Pues claro que no lo es. ¿Qué te pasa?

-¿Vas a salir con un hombre que lo sabe todo sobre ti y me pre guntas que qué me pasa? ¿Estás loca?

-No lo estoy.

-Sabía que te gustaba -dice Alice por enésima vez-. Lo supe desde que empezaste a hablar de él. -Mira mi reflejo-. Yo dejaría ya esa ceja.

-¿Sí?

-Bella, a los hombres no se les cuenta todo. Debes guardarte algo para ti. Mi madre siempre dice que hay que impedirles ver los sentimientos y el contenido del bolso.

-Demasiado tarde -replico desafiante-. Ya los ha visto.

-Entonces no saldrá bien. Nunca te respetará.

- Si que lo hará.

-Bella, ¿no te das cuenta? Ya has perdido -asegura casi con pena.

-No es cierto.

A veces pienso que Jessica no ve a los hombres como personas, sino como robots alienígenas a los que hay que conquistar a cualquier precio.

-No la estás ayudando mucho, Jessica -interviene Alice-. Venga, tú has salido con montones de ejecutivos ricos. Seguro que puedes darle algún buen consejo.

-Muy bien -accede soltando el bolso-. Es una causa perdi da, pero lo intentaré. Lo primero es presentarse todo lo arreglada posible.

-¿Por qué crees que me estoy depilando las cejas? -le espeto con una mueca.

-Muy bien. Lo siguiente es mostrar interés por sus aficiones. ¿Qué le gusta?

-Ni idea. Los coches, creo. Al parecer tiene una colección de modelos antiguos en su rancho.

-Estupendo. Entonces debes fingir que te apasionan e invitar lo a una feria de automóviles. De camino podrías hojear una revista sobre el tema.

-Imposible -digo tomando un trago de mi relajante copa de licor de fresa previa a toda cita-. Durante aquel viaje le conté que odiaba los coches antiguos.

-¿Qué? -exclama como si me quisiera pegar o algo así-. ¿Le dijiste al hombre con el que vas a salir que no te gusta su pasatiem po favorito?

-Entonces no sabía que acabaríamos saliendo -respondo a la defensiva mientras cojo la base de maquillaje-. Y, además, es la verdad. La gente que conduce esos trastos siempre me ha parecido engreída.

-¿Y qué tiene que ver la verdad con todo esto? Lo siento, Bella. No puedo ayudarte. Es un desastre. Eres muy vulnerable, como si fueras al campo de batalla en camisón.

-Esto no es una guerra-le explico poniendo los ojos en blan co-. Y tampoco una partida de ajedrez. Sólo voy a cenar con un tipo agradable.

-Eres demasiado cínica, Jessica -comenta Alice-. A mí me parece muy romántico. Va a ser una noche perfecta porque no ha brá situaciones incómodas. Él sabe lo que le gusta a Bella, lo que le interesa. Evidentemente, son compatibles.

-Bueno, pues yo me lavo las manos. ¿Qué te vas a poner? ¿Dónde está tu modelito? -pregunta moviendo la cabeza y entre cerrando los ojos.

-Voy a llevar el vestido negro y las sandalias de tiras -contesto con inocencia señalando la puerta, en la que cuelga una percha.

Ella cierra aún más los ojos. A veces pienso que habría sido una buena oficial de la milicia.

-¿No estarás tramando en ponerte algo mio?

Nah, jamás se me pasaría por la cabeza….bueno tal vez me daría vueltas una o dos veces, digo Jessica tiene muy buena ropa…de los mas…comeme aquí.

-No -replico indignada-. Tengo mi propia ropa.

-Muy bien. Que te diviertas.

Esperamos hasta que sus pasos dejan de sonar por el pasillo y oímos la puerta de la calle.

Ahora si al cuarto de Jessica….

Al final me decido por un maravilloso top nuevo de color rojo con los hombros cortados en jirones, con mis pantalones negros de chiffon de DKNY y sus zapatos plateados de tacón de Prada. Después, a pesar de que no tenía intención de hacerlo, cojo un bol sito de Gucci.

-Estás guapísima, fabulosa -me alaba Alice cuando doy una vuelta para que me vea.

-¿Voy demasiado elegante?

-No, vas a cenar con un multimillonario.

-No digas eso -suplico con el estómago contraído.

Miro el reloj: son casi las ocho.

Dios, ahora sí que estoy empezando a ponerme nerviosa. Con la distracción de arreglarme casi me había olvidado de para qué lo hacía.

«Mantén la calma -me digo-. Sólo es una cena. Nada espe cial. Nada fuera de...»

-¡Rayos! -grita Alice, que está atisbando por la ventana del sa lón-. Ahí abajo hay un coche enorme.

-¿Qué? ¿Dónde?

Corro a reunirme con ella con el corazón desbocado. Cuando miro, casi se me corta la respiración.

En la calle hay aparcado un impresionante y distinguido vehículo. Es inmenso, plateado y brillante, y en este barrio no pasa precisamente inadvertido. De hecho, los vecinos de enfrente se han asomado para admirarlo.

De pronto me asusto. ¿Qué estoy haciendo? Es un ambiente que desconozco por completo. En el avión, Edward y yo éramos dos personas al mismo nivel, pero ahora... Mirad el mundo en que vive él y el mío.

-Alice, no puedo ir -digo con un hilo de voz.

-Claro que sí -replica, pero noto que está tan flipada como yo.

Suena el timbre y las dos nos sobresaltamos.

Creo que voy a vomitar.

Vale, vale, allá voy.

-Hola. Ahora mismo bajo -contesto por el interfono. Cuelgo y miro a Alice-. Llegó la hora.

-Antes de que te vayas... -dice cogiéndome la mano-. No hagas caso de nada de lo que ha dicho Jessica. Pásatelo bien. Y llá mame si puedes.

-Lo haré.

Me echo un último vistazo en el espejo, abro la puerta y me diri jo hacia las escaleras.

Cuando llego a la calle, Edward me está esperando. Lleva chaqueta y corbata. Al ver su sonrisa todos mis miedos desaparecen volando, como mariposas. Jessica está equivocada. No se trata de ir contra él, sino de estar con él.

-Hola, estás muy guapa. -Me sonríe de forma torcida.

-Gracias.

Antes de que llegue a tocar la manecilla de la puerta, un hombre con gorra de visera se apresura a abrírmela.

-¡Qué tonta! -exclamo con timidez.

No acabo de creerme que esté entrando en este coche. Yo, Bella Swan, como si fuera una princesa, una estrella de cine.

Me acomodo en el lujoso asiento e intento no compararlo con ningún otro vehículo en el que haya estado antes.

-¿Todo bien? -me pregunta Edward

-Sí, muy bien -digo con un chillido nervioso.

-Vamos a divertirnos, te lo aseguro. ¿Has tomado tu habitual licor de fresa anterior a una cita?

¿Cómo lo sabe?

Ah, sí, se lo dije en el avión.

-Sí.

-¿Quieres un poco más?

Abre el mueble bar y veo una botella de mi licor favorito sobre una bandeja plateada.

-¿Lo has comprado especialmente para mí?

-No, es mi bebida favorita -afirma con una cara tan seria que no puedo contener la risa-. Me tomaré uno. No lo he probado nunca. -Se sirve una buena copa, bebe un trago y farfulla- ¿De verdad que te gusta?-, su cara esta contrita debí al sabor….al parecer no le gusto

-Está de rechupete. Sabe a Navidad.

-Pues a mí... Casi prefiero no decírtelo. Si no te importa, segui ré bebiendo whisky.

-Muy bien, pero no sabes lo que te pierdes.

Tomo un sorbo y le sonrío, feliz. Me siento completamente rela jada.

Va a ser una cena perfecta.

Llegamos a un restaurante a las afueras de la ciudad en el que nunca he estado. De hecho, no sé si he venido alguna vez a este barrio.

-Es una especie de local privado -susurra Edward mientras avan zamos por un patio con columnas-. No lo conoce mucha gente.

-Señor Cullen, señorita Swan -nos saluda un hombre vestido con traje que ha aparecido de la nada-. Síganme, por favor.

¡Sabe cómo me llamo!

Atravesamos más columnas hasta llegar a una sala ricamente decorada en la que hay unas tres parejas. Una queda a nuestra dere cha y cuando pasamos a su lado, una mujer de mediana edad, pelo plateado y chaqueta dorada me mira a los ojos.

-Hola, Rachel.

-¿Perdone?

Me giro, sorprendida. ¿Me está hablando a mí?

Ella se levanta de la silla tambaleándose un poco, se acerca y me da un beso.

-¿Qué tal estás, querida? Hace años que no nos vemos.

Huele a alcohol a cinco metros de distancia. Miro a su acompa ñante, que no parece estar más sobrio que ella.

-Creo que se ha confundido. No soy Rachel -digo con educa ción.

-Ah. -Me observa un momento, después a Edward, y en su cara se dibuja una expresión corno de haber captado algo-. Ya veo. Pues claro que no eres Rachel -asegura guiñándome un ojo.

-No. No lo entiende. No soy su amiga, soy Bella -afirmo ho rrorizada.

-Por supuesto. Que disfrutes de la cena. Y llámame algún día -añade, cabeceando con complicidad.

Cuando ella vuelve a su mesa dando traspiés, Edward me lanza una mirada socarrona.

-¿Hay algo que quieras contarme? -me pregunta.

-Sí, que esa mujer está completamente borracha.

Fijo mis ojos en los suyos y no puedo reprimir una risita.

-¿Nos sentamos o tienes más antiguos amigos a los que te gus taría saludar?

Echo un vistazo.

-Yo diría que eso ha sido todo.

-¿Estás segura? No te precipites. ¿No será tu abuelo ese ancia no caballero de allí?

-No…se parece pero no es-, le contesto socarronamente

-Me gusta tu seudónimo…Rachel. A veces yo uso el nombre de Egbert.

Suelto una sonora carcajada que intento ahogar enseguida. Esta mos en un restaurante de alto copete y la gente me está mirando.

Nos conducen a una mesa en un rincón, junto a la chimenea. Un camarero me ayuda a sentarme y me pone la servilleta en las ro dillas mientras otro me sirve una copa de agua y un tercero me trae un panecillo. En el lado de Edward se repite la misma operación. ¡Hay seis tipos pendientes de nosotros! Me gustaría reírme, pero a él pa rece no afectarle, como si fuera lo más normal del mundo.

Se me ocurre que posiblemente para él lo sea. ¡Santo cielo! A lo mejor tiene un mayordomo que le sirve el té y le plancha el periódi co todos los días.

¿Y qué? No puedo dejar que nada de eso me altere.

-¿Qué tomamos? -pregunto en cuanto se esfuman los cama reros. Ya le he echado el ojo a la bebida de la mujer que me ha salu dado. Es de color rosa y la copa está decorada con trozos de sandía. Tiene un aspecto delicioso.

-Ya me he ocupado de eso -contesta Jack sonriendo, y en ese momento llega un camarero con una botella de champán, la des corcha y nos sirve-. Recuerdo que en el avión comentaste que, para ti, la cita perfecta se iniciaría con una botella de champán que aparciera en la mesa como por arte de magia.

-¿Ah, sí? -digo ahogando un débil sentimiento de desilusión, yo quería la bebida rosada

-Salud -brinda, golpeando mi copa con la suya.

-Salud.

Tomo un sorbo. Es realmente bueno; seco y delicioso.

Me pregunto a qué sabrá el cóctel con sandía.

Déjalo. El champán es perfecto. Edward tiene razón, es la mejor manera de comenzar una cita.

-La primera vez que lo probé tenía seis años...

-En casa de tu tía -me interrumpe risueño-. Te quitaste toda la ropa y la tiraste a una charca

-¡Ah! Ya te lo había contado, ¿verdad?

Bueno, pues no lo aburriré con esa anécdota otra vez. Bebo otro sorbito e intento pensar en algo que decir. Alguna cosa que él no sepa. ¿La hay?

-He escogido un menú muy especial, creo te gustará. Ayer lo encargué para ti -dice sonriendo.

-Vaya... Estupendo.

Algo que han preparado sólo para mí. Es increíble.

Excepto que... elegir la comida es parte de la diversión, ¿no? Es una de las cosas que más disfruto.

No importa. Estará bien. Está bien.

Ahora, a darle conversación.

-¿Qué haces en tu tiempo libre? -le pregunto, y él se encoge de hombros.

-Dar una vuelta, ver un partido de béisbol, arreglar mis co ches...

-Tienes una colección de automóviles antiguos, ¿no? ¡Vaya! Eso debe de...

-Los aborreces, recuérdalo.

-No son los coches -replico al instante-, sino la gente que...

Mierda, no me ha salido nada bien. Tomo un buen trago de champán, pero se me va por el otro lado y empiezo a toser. Dios mío, estoy escupiendo y me lloran los ojos.

-¿Estás bien? -me pregunta Edward preocupado-. Bebe un poco de agua. Evian, ¿verdad?

-Esto..., sí. Gracias.

¡Maldita sea! Odio admitir que Jessica tiene razón en algo, pero todo habría sido mucho más fácil si hubiera podido decir: «Adoro los coches antiguos.»

Da igual.

Mientras bebo, ante mis ojos se materializa un plato de pimien tos asados.

-¡Me encantan! -exclamo entusiasmada. -Dijiste que era tu comida favorita. - ¿En serio? -pregunto sorprendida.

Joder, de eso sí que no me acuerdo. O sea, me gustan, pero no habría...

-Llamé y pedí que te los cocinaran. Yo no puedo comerlos, sino, te habría acompañado -comenta mientras le sirven un plato de vieiras.

Me quedo boquiabierta. Tienen una pinta estupenda, y me chi flan.

-Bon appétit -me desea alegremente.

-Sí, bon appétit.

Pruebo un trozo de pimiento. Está buenísimo, y haberse acor dado ha sido un detalle por su parte.

Pero no consigo apartar la vista de sus vieiras. Se me está ha ciendo la boca agua. Y esa salsa verde... Seguro que son suculentas y están muy bien preparadas.

-¿Quieres una? -pregunta Edward tras haber notado cómo las miro.

-No, gracias. Esto está absolutamente... perfecto. Doy otro bocado y le sonrío. De repente, se lleva una mano al bolsillo.

-Es el móvil. ¿Te importa si contesto? Podría ser algo impor tante.

-Claro que no.

Cuando se va, no puedo contenerme. Alargo la mano y le robo una vieira. Cierro los ojos, la mastico y dejo que el sabor inunde mis pa pilas gustativas. Está sencillamente divina. Es lo mejor que he pro bado en mi vida. Me estoy preguntando si podría comerme otra sin que lo advierta, separando un poco las que le queden, cuando per cibo un olorcillo a ginebra. La mujer de la chaqueta dorada está a mi lado.

-Cuéntame, ¿qué está pasando?

-Estamos cenando.

-Eso ya lo veo -replica con impaciencia-. ¿Qué me dices de Jeremy? ¿Lo sabe?

-Mire, no soy quien piensa -contesto con un gesto de impo tencia.

-Ya veo, ya. Jamás habría pensado que fueras así -susurra apretándome el brazo-. Me alegro. Diviértete, es lo que siempre digo. Te has quitado la alianza. Muy lista. ¡Uy!, ahí viene. Será mejor que me vaya.

Se marcha dando tumbos; cuando Edward se sienta, me inclino ha cia delante y, entre risas, le digo que le va a encantar lo que tengo que contarle.

-Adivina. Soy la esposa de un tal Jeremy. Mi amiga acaba de acercarse para decírmelo. ¿Qué te parece? ¿Crees que él también es tará ligando por ahí?

Hay un silencio y Edward me mira con expresión tensa. -¿Perdona?

No ha escuchado ni una sola palabra.

No puedo repetirlo, me sentiría como una tonta. De hecho, ya empiezo a sentirme así.

-No importa -contesto forzando una sonrisa.

Volvemos a quedarnos callados y pienso en algo que decir. -Tengo que confesarte una cosa -digo indicando su plato-. Me he comido una de tus vieiras.

Espero que finja estar sorprendido, enfadado o algo.

-No pasa nada -comenta distraído, y empieza a comerse el resto.

No entiendo nada. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Dónde han ido a pa rar las bromas?

Está completamente cambiado.

Para cuando acabamos el pollo al estragón con ensalada de rúcula y patatas, siento que todo mi cuerpo está rígido por la desolación. Esta cita es un absoluto desastre. He hecho todo lo posible por con versar, bromear y ser divertida, pero él ha recibido otras dos llama das y ha pasado toda la velada triste y ausente. Para ser sincera, me gustaría no haber venido.

Me entran ganas de echarme a llorar de lo desilusionada que estoy. No lo entiendo. Todo iba bien. ¿Qué ha fallado?

-Voy a refrescarme -le digo cuando retiran los platos, y él asiente con la cabeza.

El lavabo de señoras es más un palacio que un servicio. Hay si llas lujosas, y una mujer uniformada me entrega una toalla. Al principio me da un poco de vergüenza llamar a Alice delante de ella, pero luego pienso que habrá visto cosas parecidas muchas veces.

-Hola, soy yo.

-¡Bella! ¿Qué tal va todo?

-Fatal -contesto apesadumbrada.

-¿A qué te refieres? -pregunta horrorizada-. ¿Qué ha suce dido?

-Eso es lo peor -digo dejándome caer en una silla-. Todo ha comenzado estupendamente. Nos estábamos riendo y haciendo chistes. El restaurante es una pasada, y él había pedido que me pre pararan un menú especial con todas las cosas que me gustan. Trago saliva. Dicho así, parece perfecto. -Suena maravilloso. ¿Cómo es que...?

-Lo han llamado al móvil y a partir de ese momento práctica mente no me ha dirigido la palabra. Ha salido a telefonear un par de veces, me ha dejado sola y cuando ha vuelto, la conversación ha sido tensa y artificial, y no me prestaba atención.

-Puede que esté preocupado por algo pero no quiera abru marte con sus problemas.

-Es verdad. Parece muy agobiado.

-A lo mejor ha ocurrido algo y no desea estropearte la velada. Trata de hablar con él y compartir sus inquietudes.

-Vale-acepto un poco más animada-. Lo intentaré. Gracias, Alice.

Vuelvo a la mesa sintiéndome más positiva. Aparece un camarero para ayudarme con la silla y, después de sentarme, le dirijo a Edward la mirada más cálida y comprensiva de que soy capaz.

-¿Va todo bien?

Él frunce el entrecejo.

-¿Por qué lo preguntas?

-Bueno, porque no dejas de irte y pienso que quizá haya algo de lo que me gustaría hablar.

-Estoy bien, gracias -asegura cortante. El tono de su voz indi ca que es un tema cerrado, pero no voy a darme por vencida tan fá cilmente.

-¿Has recibido una mala noticia?

-No.

-¿Es algo de negocios? -insisto-. ¿O personal?

Me mira con una repentina expresión de enfado.

-Ya te he dicho que no es nada. Déjalo.

Estupendo. Eso me pone en mi sitio, ¿verdad?

-¿Tomarán postre? -nos interrumpe el camarero, y me obligo a sonreírle.

-No, gracias.

Ya he tenido bastante por esta noche. Lo único que deseo es irme a casa.

-Muy bien. ¿Café?

-Sí que quieres postre -asegura Edward

¿Qué ha dicho? El camarero me mira y duda. -No -repito con firmeza.

-Venga, Bella -me anima Edward recobrando el tono cálido y burlón-. No es necesario que finjas. Me contaste que siempre lo re chazas cuando en realidad sí que te apetece.

-Pues en esta ocasión no es así.

-Lo han elaborado sólo para ti. Háagen-Dazs con merengue y crema de Baileys.

De repente siento que me trata con condescendencia. ¿Cómo va a saber lo que quiero? A lo mejor prefiero fruta. O nada. No tiene ni idea de lo que me gusta.

-No tengo hambre -digo echando la silla hacia atrás. -Bella, te conozco. Sí que...

-¡No me conoces! -grito enfadada sin poder contenerme-. Puede que sepas algunas cosas al azar, pero eso no significa que me conozcas.

-¿Qué?

-Si fuera así -continúo con voz temblorosa-, te habrías dado cuenta de que cuando voy a cenar con alguien me gusta que escu che lo que le digo. Que me trate con respeto y que no me suelte «Dé jalo» cuando lo único que intento es mantener una conversación.

Me mira azorado.

-¿Estás bien?

-No, no lo estoy. No me has hecho caso en toda la noche.

-Eso no es verdad.

-Sí que lo es. Desde que ha sonado el móvil te has comportado como un autómata.

-Mira, en este momento me están pasando una serie de cosas muy importantes.

-Muy bien, pues que te pasen sin mí.

Cuando me levanto y busco el bolso, se me llenan los ojos de lá grimas. Tenía tanta ilusión porque fuera la cita perfecta, tantas es peranzas, que no puedo creer que todo haya salido tan mal.

-Así se habla -me apoya la mujer de la chaqueta dorada des de el otro lado del salón-. Esta joven tiene un marido encantador. No lo necesita a usted para nada.

-Gracias por la cena -me despido con los ojos clavados en el mantel, y uno de los camareros aparece como por ensalmo con mi abrigo.

-¡Bella! -exclama Edward poniéndose de pie desconcertado-. No pensarás irte, ¿verdad?

-Sí.

-Por favor, dame otra oportunidad. Quédate y toma un café. Te prometo que hablaré.

-No quiero café -replico mientras el camarero me ayuda a ponerme el abrigo.

-Pues un té. Unos bombones. Te he pedido una caja de trufas Godiva.

El tono de su voz es suplicante y, por un momento, flaqueo. Me encantan las trufas Godiva.

Pero no, he tomado una decisión.

-Me da igual, me marcho. Muchas gracias. -Me vuelvo hacia el camarero-. ¿Cómo sabía que quería irme?

-Nuestra obligación es saberlo -responde con discreción.

-¿Ves? Ellos sí que me conocen.

Edward y yo nos miramos un instante.

-De acuerdo -acepta resignado-. Daniel te llevará a casa. Está esperando en el coche.

-No. Iré sola, gracias.

-No seas tonta.

-Adiós, y muchas gracias -le digo al camarero-. Han sido muy atentos y amables conmigo.

Salgo a toda prisa del restaurante. Ha empezado a llover y no llevo paraguas.

Da igual. Me voy de todas formas. Echo a andar por la calle, res balo en la acera y siento que las gotas de lluvia se mezclan con las lá grimas que me corren por la cara. No tengo ni idea de dónde estoy ni de si hay alguna estación de metro cerca.

Espera. Una parada de autobús. Compruebo los números que pasan por aquí; uno va hacia mi barrio.

Estupendo. Lo cogeré, llegaré a casa y me tomaré una buena taza de chocolate, y a lo mejor un poco de helado, mientras veo la tele.

Es una de esas marquesinas con bancos. Me siento y doy gra cias a Dios porque ya no me mojo el pelo. Contemplo un anuncio de coches con la mirada perdida; me estoy preguntando a qué sa bría ese Háagen-Dazs y si el merengue sería de los duros o de los esponjosos cuando un enorme automóvil plateado se detiene frente a mí.

No me lo puedo creer.

-Por favor. -Edward ha bajado del coche-. Deja que te lleve a casa.

-No -contesto sin mover la cabeza.

-No puedes quedarte aquí, está lloviendo.

-Sí que puedo. Algunos vivimos en el mundo real, ¿sabes?

Me giro y finjo estar muy interesada en un cartel sobre el sida.

Edward se acerca y se sienta a mi lado; durante un rato permanecemos callados.

-Sé que he sido una compañía espantosa esta noche -reco noce Edward por fin-. Lo lamento. Y también me duele no poder de cirte nada al respecto, pero últimamente mi vida es... complicada, y algunos aspectos son muy delicados. ¿Lo entiendes?

«No -me entran ganas de soltarle-. Sobre todo después de habértelo contado todo sobre la mía.»

-Supongo que sí -contesto encogiéndome de hombros.

La lluvia cae con más fuerza, retumba en el techo y entra en mis...en las sandalias plateadas de Jessica. Espero que no se manchen.

-Siento mucho que la velada te haya decepcionado -se dis culpa levantando la voz por encima del ruido.

-No ha sido así. Simplemente me había hecho muchas ilusio nes. Quería conocerte, divertirme, que nos riéramos y uno de esos cócteles de color rosa.

Mierda. Eso se me ha escapado.

-Pero si lo que te gusta es el champán. Me lo dijiste. Tu cita perfecta empezaba con una botella de champán.

No puedo mirarlo a los ojos.

-Bueno, entonces no conocía ninguna bebida como ésa.

Edward suelta una carcajada.

-Tienes razón, y ni siquiera te he dado la oportunidad. -Sacu de la cabeza arrepentido-. Seguramente estabas allí sentada pen sando: «¿Es que este tío no se da cuenta de que quiero un cóctel rosa, o qué?»

-No -contesto enseguida, pero mis mejillas están enroje ciendo a toda velocidad y él tiene una expresión tan cómica que me entran ganas de darle un abrazo.

-Perdona, Bella. Yo también quería conocerte y disfrutar. Creo que los dos deseábamos lo mismo. La culpa es mía.

-No, tú no eres el culpable -farfullo.

-No pretendía que las cosas fueran así. ¿Me darás otra oportu nidad? -pregunta muy serio.

Un autobús rojo de dos pisos aparece con gran estruendo y los dos lo miramos.

-Tengo que irme, es el mío.

-No seas tonta, ven en el coche.

-No, me voy en autobús.

La puerta automática se abre y subo. Le enseño el pase al con ductor y él asiente con la cabeza.

-¿De verdad que quieres irte en esta cosa? -insiste Edward. Sube detrás de mí y echa un vistazo a la habitual colección de pasajeros nocturnos-. ¿Es seguro?

-Pareces mi abuelo. Pues claro que sí. Me deja muy cerca de mi calle.

-¡Dese prisa! -le espeta el chófer-. Y si no tiene dinero, bá jese.

-Tengo American Express -contesta buscándose en el bol sillo.

-No puedes pagar con tarjeta, Edward. ¿Es que no sabes nada o qué? De todas formas, prefiero ir sola, si no te importa.

-Entiendo -acepta cambiando el tono de voz-. Mejor me bajo -le dice al conductor antes de volverse hacia mí-. ¿Lo inten tamos otra vez? ¿Mañana por la noche? Haremos lo que quieras. Tú llevarás la voz cantante.

-Vale. -Intento mostrarme indiferente, pero cuando lo miro a los ojos, también sonrío.

-¿A las ocho?

-Bueno, pero no vengas con el coche. Haremos las cosas a mi manera.

-Estupendo, lo estoy deseando. Buenas noches, Bella.

-Hasta mañana.

Se da la vuelta y se va. Yo trepo al piso superior y me dirijo al asiento delantero, donde solía colocarme cuando era niña, para contemplar la oscura y lluviosa noche londinense. Si miro fijamen te durante un buen rato, las luces de la calle se desdibujarán como en un caleidoscopio, como en un país de ensueño.

Por mi cabeza pasan imágenes en las que veo a la mujer de la cha queta dorada, el cóctel rosa, la cara de Edward cuando le he dicho que me iba, el camarero con el abrigo, el coche en la parada del autobús... No consigo entender mis pensamientos. Lo único que puedo hacer es que darme sentada mirando hacia delante, oyendo los familiares y recon fortantes sonidos que me rodean. El anticuado chirrido y el estruen do del motor. El gemido de las puertas al abrirse y cerrarse. El agudo timbre de la campana para parar. El ruido de la gente que sube y baja.

Noto que el autobús da tumbos al torcer en los cruces, pero apenas sé por dónde vamos. Al cabo de un rato mi subconsciente reacciona ante una serie de señales familiares y me doy cuenta de que estamos cerca de mi calle. Me preparo, cojo el bolso y voy tam baleándome hacia las escaleras.

De repente giramos de forma brusca hacia la izquierda y me aga rro a una barandilla para mantener el equilibrio. ¿Por qué iremos por aquí? Pego la cara a la ventana y pienso que me enfadaré mucho si al final tengo que andar un buen trozo, pero entonces parpadeo asombrada.

No es posible.

Pero lo es. Estamos en mi calle.

Y hemos parado en la puerta de casa.

Bajo corriendo los escalones, casi me rompo el tobillo y miro al conductor.

-Número cuarenta y uno-anuncia con tono triunfal.

No puede ser cierto.

Perpleja, miro hacia el interior del autobús, y una pareja de ado lescentes borrachos me devuelve la mirada.

-¿Qué pasa? ¿Le ha pagado?

-Mucho -contesta guiñándome un ojo-. Querida, sea quien sea, yo lo conservaría.

-Gracias. Es decir, gracias por el viaje.

Sintiéndome como si estuviera en un sueño, me apeo y me diri jo al portal, pero Alice ha llegado antes que yo y está abriendo.

-¿Eso es un autobús? ¿Qué hace aquí?

-Es mi autobús, me ha traído a casa.

Le digo adiós con la mano al conductor; él me responde de igual manera y desaparece en la noche.

-No me lo puedo creer -dice Alice lentamente mientras ob serva cómo dobla la esquina-. Así pues, al final todo ha ido bien.

-Sí. Todo ha ido... bien.

La siguiente cita si seria perfecta…

ESPERO QUE HAYA SIDO DE SU AGRADO……………….Y TAMBIEN QUE ME MEREZCA QUE LE DEN AL BOTONCITO VERDE NOS LEEMOS

UNA COSITA MAS CHICAS MI HERMANA JAZZY W ESTA EN UN CONCURSO DE ONE SHOT POR LO TANTO QUIERO PEDIRLES QUE LEEN SU FIC Y QUE VOTEN POR ELLA ………………………..CLARO SIN NO ES MUCHO PEDIR Y SI LES GUSTA

AQUÍ LES DEJO EL LINK

.net/u/2076933/#

SU HISTORIA SE LLAMA "DEL ODIO AL AMOR HAY UNA HABITACION"

AHORA SI ESO ES TODO, DISFRUTEN DEL CAP

MISS MCKARTY