RECUERDEN ESTA HISTORIA NO ES MIA ES DE SOPHIE KINSELLA Y LOS PERSONAJES SON DE STEPHENIE MEYER
Capitulo 10
"No se lo digas a nadie. No lo cuentes".
Que nadie sepa que anoche tuviste una cita con Edward Cullen. No es que haya planeado proclamarlo, pero por la mañana ten go la impresión de que se me va a escapar por equivocación.
O a lo mejor alguien lo adivina. Seguro que se me nota en la cara, en la ropa, en la forma en que camino. Estoy convencida de que todo lo que hago dice a gritos: «Eh, ¿sabes lo que hice anoche?»
-Hola, ¿qué tal? -pregunta Angela mientras me sirvo un café. -Bien, gracias. Ayer pasé una velada muy tranquila con mi compañera de piso. Vimos tres películas de vídeo: Pretty Woman,Notting Hill y Cuatro bodas y un funeral.
-Ah, estupendo -dice extrañada.
Demonios, estoy perdiendo los papeles. Todo el mundo sabe que así se atrapa a los criminales. Dan demasiados detalles, hasta que me ten la pata.
Muy bien, se acabó el chismorreo. Me limitaré a contestar con una sola palabra.
-Hola-me saluda Tanya cuando me siento frente a mi mesa.
-Hola -respondo, controlándome para no añadir nada más. Ni siquiera qué tipo de pizza pedimos Alice y yo
Se supone que hoy tengo que archivar unos documentos, pero en vez de eso saco un papel y empiezo a confeccionar una lista de los posibles sitios a los que llevar a Edward esta noche.
1. Pub. No. Demasiado aburrido.
2. Cine. No. Mucho rato sentados sin hablar.
3. Patinaje sobre hielo. No sé por qué lo he apuntado, me caigo de estar parada
4. …
No puede ser, me he quedado sin ideas. Pues vaya gran idea. Ató nita, contemplo la hoja mientras presto atención a medias a la ocio sa conversación que se está manteniendo cerca de mí.
-... trabajando en un proyecto secreto, ¿o es sólo un rumor?
-... empresa en una nueva dirección, al parecer, pero nadie sabe a ciencia cierta qué...
-¿Quién es el tal Jasper? Es decir, ¿qué cargo ocupa?
-Está con Edward, ¿no? -contesta Amy; trabaja en Finanzas, pero le gusta Garret y siempre encuentra alguna excusa para venir a nues tra oficina-. Es su amante.
-¿Qué? -exclamo incorporándome y rompiendo la punta del lápiz. Por suerte, todo el mundo está demasiado ocupado cotillean do para advertirlo.
¿Es gay?
Por eso no me dio un beso de despedida. Sólo quiere que sea mos amigos. Me presentará a Jasper y tendré que fingir que no pasa nada, que lo sabía.
-¿Es homosexual? -pregunta Angela estupefacta.
-Me imagino. Tiene toda la pinta de serlo, ¿no? -contesta Amy encogiéndose de hombros.
-No tanto -replica Angela arrugando la nariz-. No va muy arreglado.
-A mí no me lo parece -intervengo con un tono despreocu pado y algo indiferente.
-No lo es -asegura Tanya con firmeza uniéndose a la char la-. Hace tiempo leí en Newsweek que estaba saliendo con la presi denta de Origin Software y que antes había estado con una modelo.
Me quedo más tranquila.
Lo sabía. No podía ser gay.
La verdad, ¿no tienen nada mejor que hacer que dedicarse a ab surdas y estúpidas especulaciones sobre alguien a quien ni siquiera conocen?
-¿Sale con alguien ahora?
-Quién sabe.
-Es muy sexy, ¿no creéis? -dice Angela con una sonrisa ma liciosa-. A mí no me importaría salir con él.
-Sí, claro. A ti lo que no te importaría es disfrutar de su jet pri vado -interviene Garret.
-Por lo visto no ha estado con nadie desde que murió Seth Peltier -nos informa Tanya secamente-. Así que no creo que tengas muchas oportunidades.
-Mala suerte, Angela -la compadece Garret riéndose.
Me siento muy incómoda. Quizá debería abandonar la sala hasta que acaben de cotorrear, pero, claro, a lo mejor resulta sospe choso.
Por un momento me imagino lo que pasaría si les dijera: «Anoche estuve cenando con Edward Cullen.» Me mirarían mudos de asombro, tal vez alguien lanzara un gritito ahogado y...
¿A quién pretendo engañar? No me creerían. Dirían que estoy delirando.
-Hola, Jacob.
La voz de Angela me saca de mis pensamientos.
¿Qué? Mi cabeza da una sacudida involuntaria. Ahí está, sin previo aviso, acercándose a mi mesa con rostro fúnebre. ¿Qué hace aquí?
¿Se habrá enterado de lo mío con Edward?
El corazón empieza a latirme con fuerza y, muy nerviosa, me echo el pelo hacia atrás. He visto a Jacob un par de veces por el edificio, pero desde que rompimos es la primera vez que estamos cara a cara.
-Hola -saluda.
-Hola -contesto algo violenta, y nos quedamos callados.
De repente me fijo en que mi inacabada lista de sitios para una cita está encima de la mesa. Mierda. La cojo con el máximo disimu lo, la arrugo y la tiro a la basura.
Los cotilleos sobre Jasper y Edward han cesado y sé que todo el perso nal de la oficina está escuchando, aunque finja ocuparse de otras co sas. Es como si estuviéramos en un culebrón de la empresa o algo así.
Sé qué personaje represento. Soy la despiadada bruja que ha plantado sin razón alguna a su encantador y decente novio.
¡Dios mío! El problema es que me siento culpable. Cada vez que lo veo o pienso en él, noto una opresión en el pecho. ¿Es necesario que tenga esa expresión de dignidad lastimada? Una especie de: «Me has herido mortalmente, pero soy tan buena persona que te perdono.»
De repente, siento que la culpabilidad se desvanece y que la reemplaza el enfado.
-Sólo he venido para decirte que estamos apuntados en uno de los turnos de la caseta de Pimm's el Día de la Familia. Cuando di nuestros nombres no sabía que... -Enmudece y parece más ator mentado todavía-. No me importa hacerlo solo. Si prefieres...
No seré yo quien diga que no soporta estar a su lado media hora.
-No, no hay problema.
-Muy bien.
-Estupendo.
Se produce otro incómodo silencio.
-Por cierto, he encontrado tu camiseta azul -digo encogién dome de hombros-. Ya te la traeré.
-Gracias, creo que yo también tengo alguna cosa tuya.
-¡Eh! -exclama Garret, aproximándose con ojos perversos y brillantes y gesto de: «Vamos a meter cizaña»-. Anoche te vi con alguien.
El corazón me da un vuelco. Joder, joder, jod... No me está mi rando a mí, sino a Jacob.
¿Con quién narices estaba?
-No era más que una amiga -contesta muy tenso.
-¿Seguro? A mí me pareció que estabais muy acaramelados.
-¡Cierra el pico, Garret! -exclama Jacob, afligido-. Es dema siado pronto para pensar en... pasar a otra cosa. ¿Verdad, Bella?
-Esto..., sí. Sin duda -digo tras tragar saliva varias veces. ¡Santo cielo!
Pero no voy a preocuparme por Jacob. Tengo una cita muy impor tante que organizar y, gracias a Dios, al acabar la jornada he encon trado el sitio perfecto. De hecho, me sorprende que no se me haya ocurrido antes. Sólo hay un pequeño inconveniente, pero lo solu cionaré enseguida.
Sólo ni me cuesta una media hora convencer a Alice que me prestara su llave para entrar al bar más chic de toda la ciudad, solo los socios podían abrir la puerta de entrada. Finalmen te busca en su bolso y me la entrega, aunque algo preocupada. -No la pierdas.
-Tranquila. Gracias, Alice. -Le doy un abrazo-. Yo haré lo mismo por ti cuando pertenezca a algún club exclusivo.
-Te acuerdas de la contraseña, ¿verdad?-, pregunta mirándome seria, además de la llave había una contraseña y el lugar esta escondido mejor que cualquier laboratorio secreto
-Sí, Alexander.
-¿Adónde vas? -pregunta Jessica metiéndose en mi habita ción, arreglada para salir. Me mira con ojo crítico-. Bonito top, ¿de dónde es?
-De Oxfam, es decir, de Whistles.
Esta noche no pienso ni intentar cogerle algo. Llevaré mi ropa y si a Edward no le gusta, que se aguante.
-¿Cómo te fue ayer?-, pregunto Jessica con una ceja levantada….típica mirada de "Te lo dije"
-He de decirte que estabas equivocada con Edward. Esta noche también he quedado con él. Al final no fue una cita desastrosa.
No es necesario que le cuente el pequeño incidente de la bron ca, que salí enfadada del restaurante y que él fue a buscarme a la pa rada del autobús.
-De eso nada. Espera y verás. Presiento una gran catástrofe.
Cuando Jessica se gira para marcharse, le hago una mueca y empiezo a ponerme el rímel.
-¿Qué hora es? -le pregunto a Alice con el entrecejo fruncido porque me estoy llenando las pestañas de grumos.
-Las ocho menos diez. ¿Cómo vais a ir?
-En taxi.
Suena el timbre y miramos en dirección a la puerta.
-Es pronto. Qué raro -comenta ella.
-No puede ser Edward.
Vamos corriendo al cuarto de estar y Alice se acerca a la ventana.
-¡Madre mía! ¡Es Jacob! -exclama al asomarse.
-¿Qué? -chillo horrorizada-. ¿Qué hace aquí?
-Lleva una caja con cosas. ¿Lo dejo entrar?
-No, simularemos que no estamos.
-Demasiado tarde, me ha visto.
El timbre vuelve a sonar y nos miramos con gesto de impotencia. -Vale, ya voy yo -digo finalmente. Mierda, mierda, mierda.
Bajo las escaleras corriendo y abro jadeando. Jacob tiene la misma expresión de mártir que en la oficina.
-Hola. Toma, son las cosas que he encontrado. A lo mejor las necesitas.
-Gracias -digo cogiendo la caja, que contiene un frasco de champú L'Oréal y un jersey que no había visto en mi vida-. Yo to davía no he ordenado las tuyas, te las llevo al trabajo, ¿vale?
Dejo el paquete en un escalón y me doy la vuelta antes de que crea que lo estoy invitando a entrar.
-Gracias otra vez. Has sido muy amable al pasar por aquí.
-De nada. Bella, he pensado que podríamos aprovechar la ocasión para hablar... tomando una copa o incluso cenando.
-Me encantaría, pero, para ser sincera, no es el mejor mo mento.
-¿Vas a salir? -pregunta alterado.
-Esto, sí, con Alice. -Consulto el reloj de reojo. Son las ocho menos seis-. Bueno, nos vemos pronto, en la oficina.
-¿Por qué estás tan nerviosa? -pregunta observándome.
-No lo estoy-contesto, y me apoyo con despreocupación en el quicio de la puerta.
-¿Pasa algo? -Se le entrecierran los ojos, llenos de sospecha, y mira detrás de mí, hacia el vestíbulo.
-Jacob, no ocurre nada -digo poniéndole una mano tran quilizadora en el brazo-. Estás imaginando cosas.
Entonces aparece Alice
-Bella, tienes una llamada urgente -dice con poca naturali dad-. Sería mejor que subas enseguida. Ah, hola, Jacob.
Por desgracia es la peor mentirosa del mundo
-Estáis intentando deshaceros de mí-asegura él mirándonos por turnos.
-Claro que no -replica Alice, que se ha puesto roja como un tomate.
-Un momento -dice tras fijarse en mi conjunto-. ¿Tienes una cita?
Mi mente trabaja a toda prisa. Si lo niego, acabaremos discu tiendo; pero si lo admito, a lo mejor se va despechado.
-Sí.
Hay un profundo silencio.
-No puedo creerlo -murmura sacudiendo la cabeza; para mi consternación, se sienta en el murete del jardín, aturdido. Miro el reloj. Sólo faltan tres minutos. Mierda.
-Jacob...
-Me dijiste que no había otro hombre. Lo juraste.
-Y era cierto. Pero ahora... Y llegará pronto. Es mejor que no te metas en esto. -Lo cojo por el brazo y trato de levantarlo, pero pesa unos ochenta kilos-. Por favor, no lo hagas más doloroso.
-Supongo que tienes razón. Me iré -anuncia poniéndose de pie.
Va hacia la verja encorvado por la derrota, y me invade una sen sación de culpabilidad mezclada con un apremiante deseo de que se apresure. Entonces, para mi horror, se gira.
-¿Quién es?
-No lo conoces -digo cruzando los dedos con disimulo-. Mira, quedaremos un día a comer o algo así y hablaremos con cal ma, te lo prometo.
-Vale -acepta, más herido que nunca-. Muy bien, he capta do el mensaje.
Incapaz de respirar, lo observo mientras cierra la puerta y em pieza a caminar lentamente por la acera. Sigue, sigue, no te pares.
Cuando por fin dobla la esquina, el coche plateado de Edward apa rece por el otro extremo de la calle.
-¡Dios mío! -exclama Alice al verlo.
-No puedo más -resoplo dejándome caer en el muro de piedra. Estoy temblando, creo que necesito un trago y sólo llevo rímel en una pestaña.
El coche aparca frente a nosotras y sale el mismo chófer unifor mado de siempre. Abre la puerta trasera y baja Edward
-Hola -saluda él, sorprendido al verme fuera-. ¿Llego tarde?
-No, simplemente estaba aquí sentada. Ya sabes, contem plando el paisaje -comento señalando la calle, y entonces veo a un hombre de enorme barriga que está cambiando la rueda de su cara vana-. De todas formas, todavía no estoy lista. ¿Quieres subir un momento? -propongo levantándome con rapidez.
-Sí, claro. Me parece estupendo.
-Y dile al chófer que se vaya. Se supone que no lo necesitas.
-Y se supone que tú no deberías estar en la calle y verme llegar con él -replica sonriendo-. Daniel, eso es todo por hoy. A partir de ahora estoy en manos de esta señorita.
-Ésta es Alice, mi compañera de piso. Alice, éste es Edward.
-Hola -saluda ella con una tímida sonrisa.
Al subir las escaleras me doy cuenta de lo estrechas que son, de que la pintura color crema de las paredes se está desconchando y de que la alfombra huele a col. Seguro que Edward vive en una mansión inmensa con escalinata de mármol.
¿Y qué? No todos podemos tener una.
Apuesto a que es horrible, fría, y a que la gente hace mucho rui do al subir y bajar. No me extrañaría nada que fuese resbaladiza y que se rayara con facilidad.
-Bella, si quieres acabar de arreglarte, le serviré una copa a Edward mientras tanto -se ofrece Alice con una sonrisa que significa: «No está nada mal.»
-Gracias -contesto con expresión de: «¿Verdad?»
Voy corriendo a mi cuarto y me dedico a pintarme la otra pes taña.
Un momento después llaman a la puerta.
-Hola -digo esperando encontrarme con Alice, pero es Edward, que me alarga una copa de licor de fresa-. Gracias, un trago no me vendrá mal.
-No debería entrar -se excusa él educadamente.
-No pasa nada. Siéntate.
Le indico la cama, pero está llena de ropa, y en el taburete de mi tocador hay una pila de revistas. Mierda, tendría que haber limpia do un poco todo esto.
-Me quedaré de pie -dice sonriendo, y toma un sorbo de lo que parece whisky mientras mira a su alrededor fascinado-. Así que ésta es tu habitación, tu mundo.
-Sí -contesto sonrojándome mientras abro el lápiz de la bios-. Está un poco revuelta.
-Es muy bonita, muy íntima.
Noto que se fija en los zapatos amontonados en un rincón, en el móvil de peces suspendido de la lámpara, en el espejo lleno de co llares y en mi nueva falda colgada en la puerta del ropero.
-Ayuda contra el cáncer -dice sorprendido leyendo la etique ta-. ¿Qué significa?
-Es de una tienda de segunda mano -contesto en actitud de safiante.
-¡Ah! -exclama con mucho tacto. Pasea la vista por mi cama, cubierta con una colcha de Barbie-. Bonita colcha.
-Es una muestra de ironía -me defiendo enseguida. Qué vergüenza, debería haberla cambiado.
Él contempla incrédulo el cajón abierto de mi tocador, repleto de artículos de cosmética.
-¿Cuántos pintalabios tienes?
-Unos cuantos -respondo cerrándolo apresuradamente.
Puede que no haya sido muy buena idea dejar que entre. Ha co gido mis vitaminas Perfectil
y las está examinando. ¿Qué les verá? Y ahora ha descubierto el cinturón de ganchillo de Rosalie.
-¿Qué es esto? ¿Una serpiente?
-Es un cinturón -le aclaro frunciendo la cara mientras me pongo un pendiente-. Es horrible, no soporto las cosas de ganchillo. ¿Dónde estará el otro pendiente?
Ah, ya lo veo. ¿Qué hace ahora Edward?
Está observando la tabla de ejercicios que puse en la pared en enero, después de haberme pasado todas las Navidades comiendo chocolatinas.
-Lunes -lee en voz alta-. Siete de la mañana: carrera alrede dor de la manzana y cuarenta abdominales. Mediodía: clase de yoga. Tarde: método Pilates y sesenta abdominales... Impresionan te. ¿Haces todo esto?
-Bueno, no consigo seguir... Es decir, era un plan muy ambicio so. Ya sabes, esto... Vámonos -concluyo rociándome con perfume.
Tengo que sacarlo de aquí antes de que vea un támpax y me pregunte qué es. ¿Por qué narices está tan interesado en todo?
De camino a la balsámica velada me siento ligera y alegre. La situa ción es totalmente distinta de la de ayer. No hay coches lujosos ni restaurantes pijos. Todo es más natural, mucho más divertido.
-Así pues, ésta va a ser una noche al estilo Bella -comenta Edward mientras caminamos hasta la calle principal.
-Exacto.
Estiro el brazo, paro un taxi y le digo al conductor el nombre de una calle de Clerkenwell.
-¿Esto está permitido? ¿No hay que esperar al autobús? -pre gunta Edward mientras entramos.
-Es algo excepcional -respondo con fingida severidad.
-¿Vamos a comer? ¿Beber? ¿Bailar?
-Enseguida lo verás. He pensado que podríamos pasar una noche relajada y espontánea.
-Me temo que lo de ayer estaba demasiado planeado.
-No, estuvo bien, pero a veces no se pueden forzar tanto las co sas. Hay ocasiones en que es mejor dejarse llevar y ver lo que ocurre.
-Tienes razón. Estoy deseando hacerlo.
Mientras pasamos zumbando por Upper Street, me siento or gullosa de mí misma. Esto demuestra que soy una auténtica mujer catual: puedo enseñarle a mi invitado sitios poco habituales. No es que el restaurante al que me llevó no fuera fantástico, pero ¿acaso no va a ser esto mucho más enrollado?
Al cabo de unos veinte minutos llegamos a Clerkenwell. Insisto en pagar y guío a Edward hasta el callejón.
-Muy interesante -comenta mirando a su alrededor-.¿Adónde vamos?
-Espera -le susurro en tono enigmático.
Me dirijo a la puerta, llamo y saco la llave de Alice con un esca lofrío de emoción.
Se va a llevar una buena sorpresa.
-¿Hola? -dice una voz.
-Hola, me gustaría hablar con Alexander, por favor.
-¿Quién?
-Alexander -repito con sonrisa de complicidad. Evidente mente, tienen que asegurarse bien.
-Aquí no vive nadie que se llame así.
-No me entiende, A-lex-an-der -pronuncio con toda cla ridad.
-Lo siento, se ha equivocado.
Quizá no sea esta puerta
-Un ligero contratiempo -digo sonriendo, y pulso el timbre. No contesta nadie. Espero un momento y lo intento otra vez. Nada. Vale, ésta tampoco es.
Joder.
Soy tonta perdida. ¿Por qué no habré mirado la dirección? Esta ba convencida de que la recordaría.
-¿Algún problema? -pregunta Edward
-No -contesto enseguida con una alegre sonrisa-, sólo esta ba tratando de...
Miro a un lado y otro de la calle y lucho para controlar el pánico. ¿Cuál era? ¿Voy a tener que llamar a todas? Doy unos pasos por la acera para hacer memoria. Entonces, a través de una arcada, veo un callejón idéntico al que estamos.
Siento un espasmo de auténtico terror. ¿Será el correcto? Me asomo para inspeccionar un poco y es exactamente igual que éste.
Dos filas de anodinas puertas y ventanas cerradas.
Se me acelera el corazón. ¿Qué voy a hacer? No puedo llamar a todos los timbres del vecindario. No creía que me fuese pasar una cosa así. Ni por un momento. Ni siquiera se me ocurrió...
Bueno, basta ya de tonterías. Voy a telefonear a Alicey. Ella me lo dirá. Mierda, el contestador.
-Hola, Alice, soy yo -digo ocultando mi nerviosismo-. Me ha surgido un pequeño contratiempo y es que he olvidado en qué nú mero está el club. Y cuál es el callejón. Así que si oyes esto, ¿podrías llamarme? Gracias.
Edward me está mirando.
-¿Va todo bien?
-Un pequeño fallo técnico. Por aquí hay un club secreto, pero no recuerdo dónde.
-No te preocupes. Son cosas que pasan.
Marco otra vez el número de casa, pero comunica.
Llamo al móvil de Alice rápidamente, pero está desconectado.
Joder, joder. No podemos quedarnos en la calle toda la noche.
-Bella, ¿quieres que reserve mesa en...?
-No -contesto dando un salto como si me hubiera picado un bicho. No dejaré que se ocupe de nada. Dije que hoy lo organizaba yo todo y es lo que voy a hacer-. Gracias, pero no hay problema. Cambio de planes, iremos a Antonio's.
-¿Llamo al coche?
-No es necesario. -Avanzo decidida hacia la calle principal y, gracias a Dios, se acerca un taxi con la luz encendida. Lo llamo, abro la puerta para que entre Edward y le digo al conductor-: ¿Nos lleva a Antonio's, por favor? En Sanderstead Road, Clapham.
¡Hurra! Me he comportado con madurez y decisión, y he resuel to el problema.
-¿Dónde está ese nuevo sitio? -pregunta Edward cuando nos po nemos en marcha.
-Un poco lejos, al sur de la ciudad, pero está muy bien. Alice y yo solíamos ir cuando vivíamos en el vecindario. Tiene unas enor mes mesas de pino, una comida fabulosa, sofás y cosas así. Y jamás te agobian.
-Suena de maravilla.
Y de nuevo… ¡Joder!, no es posible que cueste tanto llegar. Deberíamos estar allí hace rato. Si es aquí al lado.
Al cabo de una media hora, me inclino hacia delante y vuelvo a preguntarle al taxista:
-¿Pasa algo?
-Es el tráfico. ¿Qué quiere que haga?
Me entran ganas de responderle enfadada: «Encontrar una ruta que sortee el embotellamiento, como los profesionales.» Pero en vez de eso digo:
-¿Cuánto cree que tardaremos?
-Quién sabe.
Frustrada, me dejo caer en el asiento.
Deberíamos haber ido a algún sitio de Clerkenwell. O de Covent Garden. Qué idiota soy.
-No te preocupes, Bella. Estoy seguro de que cuando llegue mos lo pasaremos bien.
-Eso espero.
No puedo hablar con él. Estoy utilizando todo mi poder de con centración para que el coche vaya más rápido. Miro por la ventana y me voy animando conforme los códigos de las calles indican que estamos cada vez más cerca de nuestro destino. SW3, SW1 1, SW4...
¡Por fin! ¡Clapham! Ya casi estamos.
Mierda, otro maldito semáforo en rojo. No puedo quedarme quieta. Y el taxista ahí, como si no le importara nada. Bueno, ya está verde. ¡Venga!
Pero él arranca con tranquilidad, como si tuviéramos todo el día. Lleva refunfuñando todo el camino y ahora le da paso a otro conductor. ¡Pero qué hace!
Bueno, cálmate, Bella. Ésta es la calle. Ya hemos llegado. -Siento que nos haya costado tanto -me disculpo cuando sa limos del taxi, intentando parecer relajada.
-No pasa nada. Tiene muy buena pinta.
He de reconocer que mientras pago el viaje me alegro mucho de haber venido. El sitio es perfecto. Hay bombillas de colores en la verde fachada y globos atados al toldo. La puerta está abierta y se oye música y risas. Incluso hay gente cantando.
-Normalmente no está así de animado -comento. Veo a Antonio nada más entrar-. ¡Hola!
-¡Bella! -Él me saluda con una copa de vino en la mano. Tie ne las mejillas coloradas y una sonrisa incluso más amplia que de costumbre-. Bellissima.
Me da un beso en las mejillas, y siento una oleada de alivio. He acertado. Conozco al jefe y se encargará de que lo pasemos bien. -Éste es Edward.
-Encantado de conocerte.
También lo besa, y suelto una risita.
-¿Puedes darnos una mesa para dos?
-Estamos cerrados, cariño -dice con cara de pena.
-¿Qué? Pero si hay gente -protesto desconcertada mirando los alegres rostros que nos rodean.
-Enana fiesta privada. -Levanta la copa para brindar con al guien que hay al fondo y grita algo en italiano-. Es la boda de mi sobrino. ¿Lo conoces? Se llama Guido. Trabajó aquí hace unos años.
-No estoy segura.
-Conoció a una chica encantadora en la facultad de Derecho. Ahora se ha licenciado. Si algún día necesitas asesoramiento legal...
-Gracias. Bueno, pues felicidades.
-Espero que la fiesta vaya bien -dice Edward, y me aprieta el bra zo-. No te preocupes, no podías saberlo.
-Querida, lo siento -se disculpa Antonio al ver mi cara-. Otro día te daré la mejor mesa que tengamos. Llámame con tiempo.
-Lo haré, gracias.
No me atrevo a mirar a Edward. Lo he traído hasta aquí para esto. Tengo que hacer algo de inmediato.
-Iremos a un pub -digo en cuanto pisamos la acera-. No pasa nada por sentarnos un rato y tomar una copa tranquilamente.
-Me parece estupendo -acepta con dulzura, y me sigue calle abajo hasta un local llamado The Nag's Head.
Abro la puerta; no he estado nunca, pero seguro que... Bueno, quizá no.
Es el sitio más lúgubre que he visto jamás. La alfombra está des gastadísima y no hay música ni signos de vida, sólo un hombre con una buena barriga.
No puedo pasar la velada con Edward aquí.
-Bien -digo cerrando la puerta-. Vamos a pensar.
Miro a ambos lados de la calle; aparte de Antonio's todo está cerrado, excepto dos establecimientos cutres de comida para llevar.
-Bueno, cogeremos otro taxi para volver al centro. No nos cos tará nada -afirmo con un alegre gritito.
Me acerco al bordillo y estiro la mano.
Durante los tres minutos siguientes no se ve un solo coche. Es decir, no sólo no pasan taxis, sino tampoco automóviles.
-Este barrio parece un poco muerto -observa Edward
-En realidad es una zona residencial. Antonio's es un sitio muy especial.
Por fuera sigo bastante calmada, pero en mi interior empieza a cundir el pánico. ¿Qué vamos a hacer? ¿Intentamos ir a Clapham High Street? Está lejísimos.
Miro el reloj y, horrorizada, descubro que son las nueve y cuarto. Hemos perdido más de una hora y ni siquiera nos hemos tomado una copa. Todo por mi culpa. No soy capaz de organizar una senci lla salida sin arruinarlo todo.
De repente me entran ganas de echarme a llorar. Quiero sentar me en la acera, esconder la cara en las manos y sollozar.
-Te apetece una pizza? -pregunta Edward, y doy un respingo esperanzada.
-No veo dónde.
-Ahí venden para llevar, y también hay un banco -dice in dicando hacia el otro lado de la calle, en el que hay un jardincillo rodeado de adoquines, algún árbol y un banco de madera-. Tú te encargas de la comida, y yo, de guardar el sitio.
No había pasado tanta vergüenza en mi vida. Jamás.
Edward Cullen me invita al restaurante más distinguido y elegante del mundo y yo, a un parque de Clapham…
-Aquí están -digo dejando dos cajas donde él está sentado-. He pedido margarita, jamón, champiñones y pepperoni.
No me acabo de creer que esto vaya a ser nuestra cena. Ni si quiera son pizzas de gourmet, con alcachofas asadas y cosas así. Son simples trozos de masa con queso fundido y solidificado, y unos ingredientes de lo más chungo.
-Son perfectas -dice Edward dando un buen mordisco. Después busca en su bolsillo-. Esto iba a ser tu regalo de despedida, pero ya que estamos aquí...
Saca una pequeña coctelera de acero con dos copas a juego y me quedo con la boca abierta. Quita el tapón y, para mi sorpresa, sirve en ellas un líquido rosa.
Es...
-¡No me lo puedo creer! -exclamo mirándolo con los ojos de par en par.
-No iba a dejarte toda la vida con la duda de a qué sabe, ¿no?
-A tu salud -brinda después de darme una copa.
-A la tuya. -Bebo un sorbo y, es... es buenísimo. Seco y dulce, con un toque de vodka.
-¿Está bueno?
-Delicioso -le aseguro tomando otro trago.
Está siendo muy amable conmigo, finge que se lo pasa bien, pero ¿qué estará pensando? Seguro que me odia. Debe de creer que soy idiota perdida.
-¿Estás bien?
-La verdad es que no. Lo siento mucho, de verdad. Lo tenía todo planeado. La idea era ir a un club muy especial en el que suele haber gente famosa y divertirnos de lo lindo.
-Bella. -Deja la copa y me mira-. Yo quería pasar la noche contigo y eso es lo que estamos haciendo.
-Sí, pero...
-Es lo que estamos haciendo -repite con firmeza.
Se inclina hacia mí lentamente y el corazón me empieza a latir con fuerza. Dios mío, me va a besar, me va a...
-¡¡Ay!!
Doy un salto, aterrorizada. Una araña me sube por la pierna. Una araña negra, enorme.
-¡Quítamela! ¡Quítamela! -le pido frenética.
Con un golpe enérgico, Edward la lanza al césped, y me dejo caer en el banco, hecha un flan.
Por supuesto, se ha roto el encanto. Estupendo. Maravilloso. Él intenta darme un beso y yo grito asustada. ¡Qué bien lo estoy ha ciendo esta noche!
«¿Por qué soy tan ridícula? -pienso furiosa-. ¿Por qué he chi llado? Debería haberme mordido la lengua.»
No en sentido literal, claro. Tendría que haber mantenido la cal ma. De hecho, debería haberme dejado llevar tanto como para no darme cuenta de nada.
-Me imagino que a ti no te dan miedo -digo riéndome, un poco avergonzada-. Seguro que no te asusta nada. -Me con testa con una sonrisa evasiva-. ¿Hay algo que te asuste? -in sisto.
-Los hombres de verdad no se asustan -responde en tono burlón.
Muy a mi pesar, me siento molesta. No es precisamente comu nicativo a la hora de hablar de sí mismo.
-¿Cómo te hiciste esa cicatriz? -pregunto indicando su mu ñeca.
-Es una vieja historia que no vale la pena contar. -Tengo ga nas de decirle que yo querría oírla. Pero me limito a tomar otro tra go. Edward mira al vacío, como si yo no estuviese con él. ¿Se ha olvidado del beso? ¿Debería besarlo yo? No-.
-A Seth le encantaban las ara ñas. Tenía más de una, como mascotas. Enormes, peludas. Y ser pientes también.
-¿De verdad?
-Estaba loco. Era un loco maravilloso -dice suspirando.
-¿Aún lo echas de menos?
-Sí.
Nos quedamos en silencio. A lo lejos oigo a un grupo de gente que sale de Antonio's gritando en italiano.
-¿Tenía familia? -pregunto con cautela, e inmediatamente le cambia la cara.
-Alguna.
-¿La ves?
-De vez en cuando. -Suspira, se vuelve hacia mí y sonríe-. Tienes salsa de tomate en la mejilla.
En el momento en el que hace un gesto para limpiarla, sus ojos se posan en los míos, y comienza a acercarse poco a poco. Ahora sí. Ahora...
-¡Edward!
Los dos damos un respingo, y se me derrama parte del cóctel. Me giro y me quedo alucinada. Jasper está en la entrada del jardín. ¿Qué cojones está haciendo aquí?
-Qué oportuno -murmura Edward-. Hola, Jasper.
-¿Cómo ha sabido dónde estábamos? -pregunto.
-Me ha llamado mientras ibas a por la pizza. No imaginaba que llegaría tan pronto. Ha ocurrido algo. Tengo que hablar con él urgentemente. Te prometo que no tardaré nada, ¿de acuerdo?
-Bien -acepto encogiéndome de hombros.
Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa puedo hacer? Sin embargo, todo mi cuerpo se estremece por una frustración que bordea la ira. Para mantener la calma, me sirvo el resto de la bebida rosa y tomo un buen trago.
Están los dos en la puerta hablando en voz baja. Bebo otro sor bo y, con disimulo, me acerco al extremo del banco para oír mejor.
- ...qué hacer a partir de ahora...
- ...plan B..., volver a Volterra...
- ...urgente...
Levanto la vista y veo que Jasper me está mirando. Inclino ense guida la cabeza y finjo estar muy interesada en la hierba. Bajan to davía más la voz y ya no oigo nada. Finalmente, Edward se calla y viene hacia mí.
-Lo lamento mucho, pero tengo que irme.
-¿Ahora? -pregunto consternada.
-Estaré fuera unos días. -Se sienta-. Es algo muy impor tante.
-Vale, vale.
-Jasper ha llamado a un coche para que te lleve a casa.
«Genial», pienso despechada. Muchas gracias, Jasper.
-Es muy amable por su parte -digo trazando un dibujo en la tierra con el zapato.
-Bella, es esencial que vaya, pero te veré a la vuelta. El Día de la Familia, ¿de acuerdo? Continuaremos donde lo hemos dejado.
-Vale, será estupendo -acepto intentando sonreír.
-Lo he pasado muy bien esta noche.
-Yo también, ha sido fantástico -aseguro con la vista clavada en el banco.
-Y volverá a serlo. -Me levanta la barbilla hasta que mis ojos están al mismo nivel que los suyos-. Te lo prometo.
Se inclina, y esta vez no vacila. Sus labios se posan en los míos, suaves y seguros. Me está besando. Edward Cullen me está besando en un parque.
Su boca abre la mía y su barba me araña. Me rodea con el brazo, me atrae hacia él; la respiración se detiene en mi garganta. Meto la mano por su chaqueta y siento sus músculos debajo de la camisa. Me entran ganas de rompérsela. Dios, cómo me gusta. Quiero más.
De repente se aparta, y tengo la impresión de que me han saca do de un sueño.
-Debo irme.
Noto la boca húmeda. Todavía siento su piel sobre la mía. Me palpita algo el cuerpo. Esto no puede acabar así. No es posible.
-No te vayas. Quédate media hora.
¿Qué le estoy sugiriendo? ¿Que lo hagamos debajo de un arbus to?
Sinceramente, sí. En cualquier sitio. Jamás he deseado a un hombre con tanta desesperación.
-No me apetece irme, pero he de hacerlo.
Me coge la mano y me aferro a ella intentando prolongar el con tacto.
-Nos... vemos.
Casi no puedo hablar.
-Lo estoy deseando.
-Yo también.
Nos levantamos y aparto la mirada con discreción de la extraña postura de Edward.
Podría ir con él en el coche y...
No. Borra eso. No lo has pensado.
Cuando llegamos a la calle, un par de automóviles plateados nos espera. Jasper está junto a uno de ellos y el otro, evidentemente, es para mí. Maldita sea. De pronto me siento como si hubiera pasa do a formar parte de la familia real.
Cuando el chófer me abre la puerta, Edward me roza con la mano. Me gustaría abrazarlo y darle un último beso, pero consigo contro larme.
-Adiós -murmura.
-Adiós.
Entro en el coche, y hasta la puerta suena a lujo al cerrarse. Fi nalmente, nos ponemos en marcha.
Lo estoy deseando
Vuelvo a repetir para mí.
ESPERO QUE HAYA SIDO DE SU AGRADO……………….Y TAMBIEN QUE ME MEREZCA QUE LE DEN AL BOTONCITO VERDE NOS LEEMOS
MISS MCKARTY
