BUENO A QUI LES DEJO OTRO CAPITULO DE ESTA HISTORIA, RECUERDEN QUE ESTA HISTORIA ES DE SOPHIA KINSELLA,Y LOS PERSONAJES SON DE STHEPANIE MEYER ESPERO QUE LES GUSTE.
Capitulo 11
«Continuaremos donde lo hemos dejado.»
Eso podría significar...tantas y gloriosas cosas
¡Dios mío! Cada vez que me acuerdo me da un vuelco el cora zón. No puedo concentrarme en el trabajo ni pensar en otra cosa.
«El Día de la Familia es una fiesta de la empresa, no una cita», me repito una y otra vez. Es una celebración estrictamente pro fesional y no creo que haya ninguna posibilidad de que Edward y yo hagamos algo más que saludarnos como jefe y empleada. Nos dare mos la mano, eso es todo.
Pero nunca se sabe lo que puede pasar después.
«Continuaremos donde lo hemos dejado.»
¡Dios mío! ¡Dios mío!
El sábado por la mañana me levanto muy pronto, me froto con fuerza por todas partes, me depilo las axilas, me pongo mi crema corporal más cara y me pinto las uñas de los pies.
Sólo porque ir arreglada es lo más normal, no por otra cosa.
Elijo mi sujetador Gossard de encaje, unas braguitas a juego y mi vestido de verano más favorecedor.
Luego, con un ligero sonrojo, meto unos condones en el bolso. Simplemente porque siempre hay que estar preparada. Es una lec ción que aprendí en las exploradoras cuando tenía once años, y no la he olvidado. Bueno, entonces nos aconsejaban llevar pañuelos de repuesto y aguja e hilo, pero el principio es el mismo, ¿no?
Me miro en el espejo, me aplico una última capa de brillo de la bios y me vuelvo a rociar con perfume. Soy la seducción en persona. Muy bien, lista para el sexo.
Es decir, para Edward.
Es decir... Bueno, da igual.
La fiesta se celebra en la Mansión Vampire, una casa de campo que la empresa tiene en Hertfordshire. Suelen utilizarla para cursi llos, conferencias y sesiones de puesta en común de procesos crea tivos, a los que jamás me invitan. Así que no he estado nunca en ella. He de confesar que cuando bajo del taxi me quedo gratamente impresionada. Es un edificio muy bonito, con muchas ventanas y columnas en la parte delantera, de estilo... muy antiguo.
-Una magnífica arquitectura georgiana -comenta alguien que pasa a mi lado por el sendero de grava.
A eso me refería.
Guiada por la música, rodeo la casa. En la extensa explanada de la parte trasera, engalanada con banderitas de colores, la fiesta está en pleno apogeo. Sobre el césped han instalado varias casetas de lona, un grupo de música toca sobre un pequeño escenario y los ni ños juegan y chillan en un castillo inflable.
-¡Bella! ¿Y tu disfraz? -pregunta Cyril, el jefe de personal, que avanza hacia mí vestido de bufón, con un sombrero rojo y amarillo acabado en punta.
-¡Vaya! -exclamo intentando parecer sorprendida-. No sa bía que hubiera que traer uno.
Lo que no es del todo cierto. Ayer por la tarde, a eso de las cinco, Cyril envió un correo electrónico urgente a todos los empleados que decía: «Recuerden que el Día de la Familia es obligatorio acudir disfrazado.»
Pero, la verdad, ¿cómo iba a hacerme uno con tan poco tiempo? Y de ninguna manera me pondría hoy un horrible modelito de nai lon comprado en una tienda.
Además, ¿qué puede pasarme?
-Lo siento -me disculpo distraída mientras busco a Edward a mi alrededor-. De todas formas...
-¡Sois de lo que no hay! Lo decía bien claro en el memorán dum y en el boletín informativo. Tendrás que ponerte uno de los que han sobrado -añade agarrándome por el hombro cuando tra to de escabullirme.
-¿Qué?
-Me imaginaba que ocurriría algo así y he sido previsor -me informa con un sutil tono de triunfo.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. No estará insinuando que...
-Tenemos un montón entre los que elegir.
Ni hablar. He de huir como sea.
Lucho por zafarme, pero su mano es como un cepo. Me empuja hacia una caseta en la que hay dos señoras de mediana edad junto a un colgador lleno de... ¡Santo cielo! Son los disfraces caseros más horrorosos y chillones que he visto en mi vida. Peores que los de las tiendas. ¿De dónde los habrán sacado?
-La verdad es que preferiría seguir como estoy -suplico es pantada.
-Todo el mundo tiene que llevar uno. Las instrucciones lo de cían bien claro -replica Cyril con firmeza.
-Pero si ya voy disfrazada. Me había olvidado de decírselo. Es un vestido de verano para celebraciones al aire libre de los años veinte, un auténtico...
-Bella, hoy es un día para divertirse y eso se consigue en par te cuando vemos a nuestros compañeros y parientes con trajes gra ciosos. Y ahora que me acuerdo, ¿dónde está tu familia?
Pongo la cara de pesar que he estado ensayando toda la se mana.
-No ha podido venir.
Lo que podría ser verdad, porque no les he contado nada.
-Se lo dijiste, ¿verdad? Les enviaste el folleto -inquiere con ojos llenos de recelo.
-Sí -contesto con los dedos cruzados por detrás de la espal da-. Por supuesto. Les habría encantado estar aquí.
-Pues entonces tendrás que alternar con los familiares de tus compañeros. Toma, serás Blancanieves -me ordena mientras me mete por la cabeza un espantoso vestido de nailon con mangas abombadas.
-No quiero ser... -protesto, pero me callo al ver que a Jane, de Contabilidad, le están poniendo un disfraz de gorila-. Vale, de acuerdo.
Estoy a punto de echarme a llorar. Mi hermoso y favorecedor vesti do está en una bolsa de percal, listo para que lo recoja al acabar la fiesta, y llevo un modelito con el que parezco una niña de seis años, sin ningún gusto y daltónica.
Cuando salgo desconsolada de la caseta, el grupo está tocando Um-pa-pa, de la película Oliver, y alguien anuncia algo ininteligible por los altavoces. Miro a mí alrededor, entrecerrando los ojos por el sol, y trato de adivinar quién se esconde detrás de cada disfraz. Eleazar pasea por el césped vestido de pirata, con tres niños que corretean a la altura de sus piernas.
-Tío Eleazar, tío Eleazar. Pon tu cara terrorífica otra vez -grita uno de ellos.
-Quiero un chupa-chups. Cómprame una chupa... -le pide otro.
-Hola -lo saludo-. ¿Lo estás pasando bien?
-Deberían fusilar al que inventó esta fiesta -asegura sin ras tro de buen humor-. ¡Aparta de mi camino! -le espeta a uno de los críos, y todos se echan a reír encantados.
Tanya pasa a nuestro lado disfrazada de sirena, junto a una autoritaria mujer que lleva un enorme sombrero.
-Mamá, no tengo ganas de ir al servicio -sisea.
-No es necesario que te ofendas -brama su madre.
Esto es muy extraño. Cuando la gente está con su familia, se comporta de una manera completamente distinta. Gracias a Dios que la mía no ha venido.
¿Dónde estará Edward? Puede que dentro de la casa. A lo mejor de bería...
-¡Bella! -me llama Rose, que se acerca con un estrafalario traje de zanahoria del brazo de un hombre mayor con pelo gris, que supongo que será su padre.
Lo que me parece muy raro porque me dijo que acudiría con... –Recuerdas el hombre del que te platique -dice sonriente-. Cariño, ésta es mi amiga Bella. Gracias a ella nos conocimos.
¿Qué?
No entiendo nada.
¿Éste es su nuevo novio? Pero si debe de tener setenta años.
Atónita, estrecho una mano seca y apergaminada como la de mi abuelo y consigo a duras penas hacer algún comentario sobre el tiempo, aunque sigo sin salir de mi asombro.
No me malinterpretéis. Para mí, la edad no es importante. No estoy en contra de nada. Creo que todo el mundo es igual, sean blancos o negros, hombres o mujeres, jóvenes o...
¡Pero si es un anciano!
-Se lo que piensas, yo estoy igual que tu, ella tiene favoritismo por mi abuelo-, bromea un hombre alto y musculosos mucho mas joven y alegre, riéndose abrazando a Rosalie, el anciano se ríe negando y Rose se gira para besar al joven
-Soy Emmett, el es mi abuelo Sam-, se presenta y yo le sonrió apenada.
Emmett carga tres bebidas en las manos, le da una a su abuelo y otra a Rosalie
-El tipo del puesto parecía agobiado, pobre chico -comenta él mientras tomo un sorbo de delicioso Pimm's cerrando los ojos para saborearlo.
Humm. No hay nada más agradable en un día de verano que un buen vaso de...
Un momento. Abro los ojos. ¡Pimm's!
Mierda, le prometí a Jacob que lo ayudaría. Miro el reloj y veo que ya llego diez minutos tarde. Maldita sea, no me extraña que esté estresado.
Me disculpo ante Rose, Emmett y su abuelo y corro tan rápido como puedo hacia la caseta que hay en uno de los rincones de la explanada. Jacob se enfrenta con valentía a una larga fila él solito. Va vestido de Enrique VIII, con mangas abombadas, calzones y una poblada bar ba postiza de color rojo. Debe de estar asándose.
-Perdona -me excuso colocándome a su lado-. He tenido que ponerme el disfraz. ¿Qué se supone que debo hacer?
-Servir vasos de Pimm's -replica con brusquedad-. A una li bra y media. ¿Crees que podrás?
-Por supuesto que sí -le aseguro un tanto molesta.
Durante un buen rato estamos demasiado ocupados para ha blar. Después, la cola desaparece y nos quedamos solos.
Jacob ni siquiera me mira y ordena los vasos con tanta fuerza que temo que rompa alguno. ¿Por qué estará de mal humor?
-Lamento haber llegado tarde.
-No pasa nada -contesta fríamente, y comienza a cortar hojas de menta como si quisiera matarlas-. ¿Lo pasaste bien la otra noche?
Era eso.
-Sí, gracias.
-Con tú nuevo y misterioso amigo.
-Así es -confirmo mientras miro de reojo el atestado césped en busca de Edward.
-Es alguien del trabajo, ¿verdad? -pregunta de improviso, y siento una sacudida en el estómago.
-¿Por qué lo dices?
-Por eso no quieres contarme quién es.
-No es por... Jacob, ¿podrías respetar mi intimidad?
-Creo que tengo derecho a saber por quién me has dejado -afirma lanzándome una mirada cargada de reproche.
-No lo tienes -replico, pero me suena un poco mezquino-. Es que no creo que hablar de esa cuestión nos ayude.
-Bueno, pues ya lo averiguaré. No me costará nada.
-Por favor, Jake.
-Bella, no soy tonto. Te conozco mucho mejor de lo que piensas.
Vacilo por un momento. Puede que lo haya subestimado. A lo mejor sí que me conoce. ¡Santo cielo! ¿Qué pasará si se entera?
Empiezo a cortar un limón mientras observo la multitud. ¿Dón de está Edward?
-Ya lo tengo -exclama Jacob de repente con una expresión triunfal-. Es Eleazar, ¿verdad?
-¿Qué? -pregunto boquiabierta con ganas de echarme a reír-. No, no es él. ¿Cómo se te ha ocurrido algo así?
-Pues porque lo miras cada dos minutos -argumenta indi cando hacia donde está mi jefe.
-Sólo estoy... contemplando el ambiente.
-¿Y por qué merodea por aquí?
-No lo está haciendo. Te lo digo en serio, no salgo con él.
-¿Crees que soy estúpido o qué? -pregunta enfadado.
-No, no lo creo, pero esto no tiene sentido. Jamás te...
-¿Es Garret? Siempre ha habido cierta chispa entre vosotros.
-No, no es él -niego exasperada.
De verdad, las historias clandestinas ya son lo bastante difíciles como para que tu ex novio te interrogue. No debería haberme com prometido a ayudarlo.
-¡Santo cielo! -susurra Jacob-. ¡Mira!
Lo obedezco y siento un tremendo escalofrío. Edward avanza por la explanada directamente hacia nosotros, vestido de cowboy, con zahones de cuero, camisa de cuadros y sombrero.
Está tan sexy que creo que voy a desmayarme.
-Viene hacia aquí. Rápido, retira esas cáscaras de limón. Bue nos días, señor. ¿Le apetece un vaso de Pimm's?
-Muchas gracias, Jacob. Hola, Bella, ¿disfrutando del día?
-Hola -saludo con una voz seis tonos más aguda que de cos tumbre-. Sí, es fantástico.
Con manos temblorosas, lleno un vaso y se lo entrego.
-Te has olvidado de la menta -masculla Jacob.
-No te preocupes -dice Edward con sus ojos clavados en los míos.
-Puedo ponérsela si quiere -digo.
-Está bien así. -Sus ojos brillan un instante y toma un buen trago.
Esto es irreal. No podemos quitarnos la vista de encima. Segu ro que todo el mundo se está dando cuenta de lo que pasa. Jacob lo va a notar. Aparto la mirada rápidamente y finjo ocuparme del hielo.
-Bella -dice Jack con tono despreocupado-, ¿recuerdas el trabajo extra que te encargué? El del expediente Leopold.
-¿Sí? -contesto nerviosa, y se me cae un cubito en el mostra dor.
-¿Tendrás tiempo para que lo comentemos un poco antes de que me vaya? En la casa hay habitaciones adecuadas.
-Sí, claro -afirmo con el corazón a mil.
-¿A eso de la una?
-Muy bien.
Se aleja tranquilamente con el vaso en la mano y me quedo mi rándolo mientras los cubitos se esparcen por la hierba. Habitaciones. Eso sólo puede significar una cosa. Edward y yo vamos a hacer el amor.
De pronto, sin previo aviso, empiezo a ponerme nerviosísima.
-He sido un idiota -gruñe Jacob dejando el cuchillo-. He estado ciego. Ya sé quién es -añade con ojos llenos de tristeza.
Ahora sí que me asusto.
-No es posible. No tienes ni idea. De hecho, no es nadie del tra bajo. Eso me lo he inventado. Es un chico que vive en la parte oeste de Londres, al que no conoces. Se llama... Gary y es cartero.
-No mientas. Sé perfectamente quién es. Es Tristán, el de Dise ño, ¿verdad? -pregunta cruzando los brazos y lanzándome una mi rada penetrante.
En cuanto acabo mi turno en la caseta, me libro de Jacob y voy a sentarme bajo un árbol con un vaso de Pimm's. Miro el reloj cada dos minutos. Estoy hecha un flan. A lo mejor Edward sabe un montón de trucos. Quizá espere que sea sofisticada y que le haga todo tipo de acrobacias de las que ni siquiera he oído hablar.
No es que sea mala en esas cuestiones.
En términos generales, teniéndolo todo en cuenta.
¿Pero de qué nivel estamos hablando? De repente siento como si hubiera estado compitiendo en pruebas locales y me llevaran a las Olimpiadas. Edward es multimillonario. Debe de haber salido con modelos, gimnastas y mujeres con enormes y airosos pechos que practican juegos pervertidos para los que hay que utilizar músculos que no creo que yo tenga.
¿Con quién habré de rivalizar? ¿Y cómo? Empiezo a ponerme mala. No ha sido una idea genial. Jamás seré tan buena como la presidenta de Origin Software. Me la imagino, con unas piernas larguísimas, ropa interior de cuatrocientas libras y un cuerpo per fecto y bronceado; quizá con un látigo en la mano y una glamurosa y bisexual amiga modelo, lista para estimular aún más las cosas.
Basta ya. Esto es ridículo. Irá bien. Estoy segura. Será como un examen de ballet: una vez que estás en ello, te olvidas de los nervios. Mi profesora solía decirme: «Mientras mantengas las piernas levan tadas y sonrías, lo harás de maravilla.»
Lo que supongo que también puede aplicarse a esta situación.
Miro el reloj y siento un espasmo nervioso. Es la una, en punto.
Hora de foll…de ir con Edward. Me levanto y hago unos cuantos ejercicios de ca lentamiento con disimulo, por si acaso. Inspiro profundamente y echo a andar hacia la casa con el corazón a toda velocidad. Cuando llego al final de la explanada, oigo una voz aguda.
-¡Aquí, Bella! ¡Eh!
Parece mi madre. Qué raro. Me paro y me giro, pero no veo a na die. Debe de haber sido una alucinación. Quizá sea la culpabilidad subconsciente, que intenta confundirme o algo así.
-¡Aquí, Bella!
Un momento, ésa parece Lauren
Perpleja, escudriño la muchedumbre parpadeando por el sol. No veo a nadie. Miro a todas partes, pero nada.
De repente, como en uno de esos dibujos de ilusiones ópticas en los que hay que concentrarse para que aparezca la imagen, los descubro. Lauren, Tayler, y mis padres avanzan hacia donde estoy. Van disfrazados. Mamá se ha puesto un kimono y lleva una cesta de pic nic; papá va de Robin Hood y sujeta dos sillas plegables; Tayler es Su perman con una botella de vino; y Lauren luce un modelito completo de Marilyn Monroe, con peluca color platino y zapatos de tacón, con el que, orgullosa, atrae todas las miradas.
¿Qué está pasando?
¿Qué hacen aquí?
No les dije nada. Estoy segura.
-Hola -saluda Lauren cuando está cerca-. ¿Te gusta mi dis fraz?
Se contonea un poco y se toca la peluca.
-¿Quién se supone que eres tú, cariño? -pregunta mi madre mirando perpleja mí vestido de nailon-. ¿Heidi?
-¿Qué hacéis aquí? No os..., esto, se me olvidó decíroslo.
-Ya, pero cuando te llamé el otro día, me lo contó tu amiga Tanya -aclara Lauren
La miro incapaz de pronunciar palabra. La mataré. Voy a asesinar a Tanya.
-¿A qué hora es el concurso de disfraces? No nos lo hemos per dido, ¿verdad? -se interesa Lauren mientras le guiña el ojo a dos ado lescentes que la contemplan embobados.
-No hay -digo una vez recuperada el habla.
-¿En serio? -se lamenta decepcionada.
Esto es increíble. Para eso ha venido, ¿no? Para ganar un estúpi do concurso.
-¿Has venido hasta aquí solamente por eso? -pregunto sin poder contenerme.
-Pues claro que no -contesta adoptando su habitual expre sión de desdén-. Tayler y yo vamos a llevar a tus padres a Hanwood Manor y como esto cae de paso, hemos pensado en parar un mo mento.
Siento un gran alivio. Gracias a Dios. Hablaremos un rato y des pués se irán.
-Hemos traído algo para comer. Busquemos un sitio bonito -propone mamá.
-¿Tenéis tiempo? A ver si pilláis un atasco. Casi deberíais mar charos ya para estar más seguros.
-Hemos reservado una mesa para las siete -interviene Lauren, que me mira con extrañeza-. ¿Qué os parece debajo de aquel árbol?
Observo en silencio a mi madre, que extiende una manta esco cesa para picnic, y a mi padre, que abre las dos sillas. No puedo sentarme y disfrutar de una comida familiar mientras Edward está esperándome ardiendo en deseo. He de hacer algo rápidamente. Piensa.
-La cuestión es que... -comienzo en un momento de inspira ción- me resulta imposible quedarme. Todos los empleados tene mos asignada una tarea.
-No me digas que no van a darte ni media hora libre -se sor prende papá.
-Bella es la piedra angular de toda la organización, ¿no os dais cuenta? -suelta Lauren con una risita sarcástica.
-Bella, ¡tu familia ha venido al final! ¡Y disfrazada! Estupendo -exclama Cyril, que se ha acercado y nos sonríe mientras la brisa mueve los cascabeles de su gorro de bufón-. Asegúrate de que compren números para la rifa.
-Lo haremos, no se preocupe. Nos preguntábamos si Bella podría dejar un rato sus ocupaciones para almorzar con nosotros -comenta mi madre.
-Por supuesto. Ya has acabado en la caseta de Pimm's, ¿ver dad? Pues ahora, descansa.
-Fantástico. ¿No te parece una buena noticia, Bella?
-Genial -consigo decir con una sonrisa petrificada.
No tengo elección. No hay escape. Me dejo caer en la manta con las rodillas rígidas y acepto un vaso de vino.
-¿Está Jacob? -pregunta mi madre mientras sirve muslos de pollo en un plato.
-Shhh, no lo menciones -susurra papá imitando la voz de Ba sil en Fawlty Towers.
-Creía que ibais a vivir juntos -interviene Lauren tomando un trago de champán-. ¿Qué ha pasado?
-Bella le preparó el desayuno -se burla y Tayler, y mi prima suelta una carcajada.
Intento sonreír, pero no lo consigo. Es la una y diez y Edward estará esperando. ¿Qué puedo hacer?
En el momento en que mi padre me ofrece un plato, veo que Jasper pasa a nuestro lado.
-¡Jasper! El señor Cullen me ha preguntado antes por mis fami liares. ¿Podría decirle que han aparecido de improviso?
Lo miro con desesperación, y en su cara veo que ha captado el mensaje.
-Enseguida se lo comunico-, dice con seriedad antes de irse
Una vez leí un artículo titulado «Logra que las cosas salgan como deseas» que decía que si un día no acaba siendo como se había pla neado, hay que empezar desde el principio y reflejar en una tabla las diferencias entre los objetivos y los resultados, para aprender de los errores.
Muy bien, voy a explicar con toda exactitud lo lejos que ha que dado la jornada de lo que tenía previsto.
Objetivo: Aspecto sexy y sofisticado, con un vestido bonito y fa vorecedor.
Resultado: Aspecto de Heidi extraliliputiense con unas horri bles mangas abombadas de nailon. Casi oigo la canción…"Abuelito dime tu…"
Objetivo: Quedar en secreto con Edward.
Resultado: Quedar en secreto con Edward y no ir.
Objetivo: Tener una fantástica sesión de sexo con Edward en un ambiente romántico.
Resultado: Tener muslo de pollo asado con cacahuetes en una manta de picnic.
Objetivo global: Euforia.
Resultado global: Absoluta tristeza.
Lo único que puedo hacer es contemplar en silencio mi plato y pensar que esto no puede durar mucho. Mi padre y Tayler han bromea do un millón de veces con: «No menciones a Jacob.» Lauren me ha enseñado su nuevo reloj suizo de cuatro mil dólares y ha presumido de lo mucho que está ampliando el negocio. Ahora nos está contando que la semana pasada jugó al golf con un ejecutivo de la America Air ways y que éste quiso convencerla para que trabajara con ellos.
-Todos lo intentan, pero yo les respondo: «Si algún día lo nece sito...» -Se calla-. ¿Quería algo?
-Hola a todos -dice una voz profunda y aterciopelada.
Levanto la cabeza despacio, parpadeo y veo a Edward, de pie con tra el sol, vestido de cowboy. Me lanza una ligera y casi impercepti ble sonrisa y siento que el corazón se me acelera. Ha venido a resca tarme, tendría que haber supuesto que lo haría.
-Hola -saludo medio aturdida-. Familia, éste es...
-Me llamo Edward -me interrumpe él con tono amable-. Soy un amigo de Bella. -Me mira con rostro deliberadamente inex presivo y añade-: Me temo que te necesitan.
-¡Vaya! -exclamo aliviada-. Bueno, qué le vamos a hacer. Cosas que pasan.
-Es una pena. ¿No puedes quedarte y tomar al menos un vaso de vino, Edward? Sírvete un muslo de pollo o un poco de quiche -lo in vita mi madre.
-Tenemos que irnos, ¿verdad, Edward? -afirmo a toda prisa.
-Sí. -Estira una mano para ayudarme a levantarme.
-Lo siento -me disculpo.
-No importa. Seguro que tienes que encargarte de alguna cosa de vital importancia. De hecho, estoy convencida de que toda la fiesta se iría al traste sin ti -dice Lauren con su habitual sarcasmo.
Edward se para y se vuelve lentamente.
-Déjame adivinar. Tú eres Lauren, ¿verdad?
-Así es -contesta sorprendida.
-Papá, mamá... y tú has de ser Tayler -enumera estudiando sus caras.
-Has dado en el clavo -dice él entre risas.
-Muy bien. Veo que Bella te ha hablado de nosotros - aplaude mamá.
-Sí, claro -confiesa Edward mientras mira la manta de picnic con una extraña fascinación-. ¿Sabe?, puede que después de todo sí que tengamos tiempo para ese vaso de vino.
¿Qué ha dicho?
-Estupendo, me encanta conocer a los amigos de Bella -responde mi madre.
Incrédula, observo cómo Edward se sienta en la manta. Se supone que iba a salvarme de todo esto, no a unirse a la celebración. Sin fuerzas, me dejo caer su lado.
-¿Trabajas en la empresa? -pregunta mi padre sirviéndole un vaso.
-En cierta forma. Podría decirse que lo hacía.
-¿Estás buscando otro empleo? -inquiere mamá con mucho tacto.
-Supongo que es una buena manera de describirlo -contesta con una sonrisa.
-Oh, cielo. Qué pena. Estoy convencida de que encontrarás algo -añade comprensiva.
No tiene ni idea de quién es.
No estoy segura de que esto me guste mucho.
-El otro día vi a Mike Newton en Correos y me preguntó por ti -me dice mamá mientras corta un tomate.
Con el rabillo del ojo veo que a Edward se le ilumina la cara.
"Perdí mi virginidad con Mike Newton mientras mis padres veían una película en la sala", y ahí va otra confesión de avión
-Él y Bella salían juntos -le explica-. Un chico muy majo, y muy estudioso. Solían pasarse toda la tarde haciendo los deberes en la habitación.
No me atrevo a mirar a Edward.
-Ben Hur es una película muy buena, ¿no cree? -suelta él de repente con gesto pensativo, aunque risueño.
Lo mataré.
-Pues... sí -concede mi madre un poco confusa-. Siempre me ha gustado. Dime, Edward, ¿te las apañas económicamente? -pre gunta pasándole un plato con un buen trozo de quiche y una rodaja de tomate.
-Sí, voy bien.
Ella lo mira un momento, rebusca en la bolsa y saca una quiche por empezar.
-Ten, y algunos tomates también; te ayudarán a salir del apuro.
-No, muchas gracias. No podría...
-No aceptaré una negativa. Insisto.
-Es muy amable por su parte.
-¿Quieres que te dé algún consejo profesional? -interviene Lauren masticando un trozo de pollo.
El corazón me da un vuelco. Por favor, que no intente enseñarle cómo anda una mujer triunfadora.
-Te interesa escucharla. Es la joya de la familia. Tiene su propia empresa -la alaba mi padre orgulloso.
-¿Ah, sí?
-Una agencia de viajes -presume Lauren con sonrisa de auto satisfacción-. Empecé de cero y ahora tengo cuarenta empleados y una facturación de más de dos millones de dólares. ¿Y sabes cuál es mi secreto?
-Ni idea.
Lauren se inclina hacia delante y clava en él sus ojos azules.
-El golf.
-El golf -repite Edward.
-En los negocios, los contactos lo son todo. He conocido a los empresarios más importantes del país en un campo de golf. Dime el nombre de cualquier empresa, ésta, por ejemplo -propone ha ciendo gestos a su alrededor-. Conozco al jefazo. Si quisiera, ma ñana podría llamarlo.
La miro horrorizada.
-¿De verdad? -pregunta Edward fascinado.
-Sí, y me refiero al dueño de todo esto.
-A lo mejor puede recomendarte. Lo harías, ¿verdad, querida? -sugiere mi madre, con una inspiración repentina.
Si la situación no fuera absolutamente repugnante, me echaría a reír con todas mis fuerzas.
-Supongo que tendré que empezar a practicar ese deporte ya mismo, para contactar con la gente adecuada -dice Edward-. ¿Qué opinas, Bella?
No puedo hablar, me muero de vergüenza. Me gustaría desapa recer debajo de la manta y no salir nunca más.
-¿Señor Cullen?
Una voz nos interrumpe y respiro aliviada. Cyril se inclina con torpeza hacia Edward.
-Siento mucho molestarlo -comienza. Nos mira sorprendi do, como si intentara averiguar la razón por la que Edward Cullen está comiendo con nosotros-. Malcolm St. John está aquí y desearía hablar con usted.
-Sí, claro. Si me perdonan un momento -se disculpa él son riendo a mi madre.
Cuando pone el vaso en el plato y se levanta, toda la familia in tercambia miradas.
-¡Denle una segunda oportunidad! -le dice mi padre a Cyril.
-¿Perdone? -contesta él acercándose más.
-A ese chico -continúa, señalando hacia Edward, que está ha blando con un tipo vestido con una chaqueta deportiva azul mari no-. Están pensando en contratarlo otra vez, ¿no?
Cyril me mira fríamente, después a mi padre y a mí de nuevo.
-No pasa nada, Cyril. Papá, cállate, por favor. Es el dueño de la empresa.
-¿Qué? -preguntan todos a la vez.
-Es el propietario, así que no hagáis más bromas sobre él.
-¿El hombre del traje de bufón? -dice mamá.
-¡No! Edward. Es uno de los fundadores de Vampire Corporation. Sólo pretendía ser modesto.
-¿Estás insinuando que ese tipo es Edward Cullen? -inquiere Tayler con incredulidad.
-Sí.
Se produce un atónito silencio. Cuando miro a mí alrededor, veo que a Lauren se le ha caído el muslo que estaba mordisqueando.
-Te refieres al multimillonario, ¿no? -pregunta mi padre en brusca de confirmación.
-Multimillonario -repite mamá confusa-. ¿Querrá todavía la quiche?
-Pues claro que no. Para qué iba a quererla. Puede comprarse todas las que le apetezcan -contesta papá malhumorado.
Mi madre pasea la vista por la manta, un tanto alterada.
-Rápido, poned las patatas fritas en una fuente. Hay una en el cesto.
-Están bien así -digo con impotencia.
-Los millonarios no las comen directamente de la bolsa -protesta. Las vuelca en un recipiente de plástico y comienza a es tirar la manta-. Charlie, llevas migas en el bigote.
-¿Y cómo demonios lo conoces tú, Bella? -pregunta Tayler.
-Pues... lo conozco -respondo ruborizándome un poco-. Hemos trabajado juntos y se ha convertido en una especie de... amigo. Pero no hace falta que os comportéis de manera diferente, seguid igual que antes -les pido cuando Edward le estrecha la mano al tipo de la chaqueta azul y vuelve hacia donde estamos.
¡Dios mío! ¿Para qué me preocuparme? En cuanto él llega, todos se ponen rígidos y, pasmados, lo observan en silencio.
-Hola -digo con toda la naturalidad de que soy capaz, antes de lanzarles una mirada asesina.
-Tome otro vaso de vino. ¿Le parece bien éste? -dice mi pa dre, un tanto cohibido-. Porque si no, podemos ir a alguna tienda y comprar otro de una cosecha más decente.
-Está bien, gracias -contesta Edward extrañado.
-¿Qué más puedo ofrecerle para comer? Tengo rollitos de sal món en algún lado. Bella, dale tu plato, no va utilizar uno de papel -añade mamá.
-¿Qué coche conduce? No, no me lo diga -interviene Tayler en tono simpático, levantando una mano-. Un Porsche, ¿verdad?
Edward me mira con expresión socarrona y le devuelvo una mira da suplicante con la que intento explicarle que no tenía elección, que lo siento de veras y que me gustaría morirme en este preciso instante.
-Me temo que me han descubierto -suspira.
-Encantada de conocerlo como es debido -dice Lauren, que ha recobrado la compostura y extiende la mano sonriéndole.
-Un placer, pero ¿no nos conocíamos ya?
-Como profesionales, me refiero. De propietario a propietario. Tenga mi tarjeta; si alguna vez necesita ayuda para organizar algún viaje de cualquier tipo, llámeme, por favor. O, si quiere, quizá po dríamos quedar los cuatro para salir o jugar a una partida de algo, ¿no, Bella?
La miro sin poder dar crédito a mis oídos. ¿Desde cuándo he mos salido juntas?
-Somos prácticamente hermanas -añade con voz melosa ro deándome con un brazo-. Estoy segura de que ya se lo habrá con tado.
-Sí, sé unas cuantas cosas -reconoce Edward con una expresión indescifrable. Da un bocado al muslo y empieza a masticarlo.
-Crecimos juntas, lo compartíamos todo -continúa ella. Me estruja e intento sonreír, pero su perfume me está ahogando.
-¡Qué bonito! ¡Ojalá tuviera una cámara! -exclama mi ma dre.
Edward no dice nada y se limita a lanzarle a Lauren una prolongada y escrutadora mirada.
-No podríamos estar más unidas, ¿verdad, Bella?
Su sonrisa es cada vez más zalamera y me está apretando con tanta fuerza que me clava las uñas en la piel.
-No –digo finalmente-. No podríamos.
Edward sigue masticando el pollo. Traga y levanta la vista.
-Entonces imagino que te costaría mucho rechazarla, ¿no?
-No sé a qué se refiere -responde con una risita cantarina.
-A cuando Bella te pidió hacer prácticas en tu empresa y no la aceptaste -explica con tono amable, y da otro mordisco.
Me quedo de piedra.
Eso era un secreto. Se suponía que no podía contarlo.
-¿Qué? ¿Bella le pidió trabajo a Lauren? -interviene mi padre medio riéndose.
-No sé de qué me está hablando -se excusa ella sonroján dose.
-Si lo entendí bien, creo que te ofreció trabajar gratis y, aun así, le dijiste que no. -Se queda perplejo durante unos segundos-. In teresante decisión.
La expresión de mis padres va cambiando lentamente.
-Pero, por suerte para la Vampire Corporation, Bella no con tinuó su carrera profesional en la industria del turismo. Así que he de darte las gracias, Lauren. De propietario a propietario, nos hiciste un gran favor.
Lauren está roja como un tomate.
-¿Eso es verdad? -pregunta mi madre con dureza-. ¿No la ayudaste cuando lo necesitaba?
-No nos lo contaste, Bella -añade papá desconcertado.
-Me dio un poco de vergüenza -confieso elevando un poco la voz.
-Aprovecharse de los contactos familiares es tener la cara muy dura. Eso fue lo que dijiste, ¿no, Lauren? -explica Tayler cogiendo un buen trozo de pastel de carne.
-¿Cara dura? -repite mamá incrédula-. Por si lo has olvida do, nosotros te dejamos el dinero para que abrieses tu empresa. No la tendrías si no fuera por tu familia.
-No fue así -se defiende Lauren, acuchillando a Tayler con la mi rada-. Fue... un malentendido, una confusión. Evidentemente, es taría encantada de echarte una mano, Bella. Deberías habérmelo dicho antes. Llámame a la oficina y haré todo lo que pueda.
La miro, llena de odio. Aún pretenderá salir bien parada de ésta. Es la mayor hipócrita del mundo.
-No hubo ningún malentendido -aseguro con toda la cal ma que puedo-. Las dos sabemos muy bien lo que pasó. Te pedí ayuda y me la negaste. Y me parece bien; es tu empresa, fue tu de cisión y estabas en tu derecho, pero no trates de ocultar la ver dad.
-¡Bella! -exclama con una risita, intentando cogerme la mano-. No seas tonta. No tenía ni idea. Si hubiera sabido que era tan importante...
¿Qué? ¿Cómo no iba a saberlo?
Aparto la mano y la miro fijamente. En mi interior siento que el dolor y la humillación de tiempos pasados van creciendo, subiendo como agua caliente por una tubería, hasta que la presión es ina guantable.
-¡Sí que lo sabías! -acabo gritando-. Sabías muy bien lo que estabas haciendo, y que yo estaba desesperada. Desde que llegaste a esta familia siempre has intentado anularme. Te ríes de mis tristes trabajos y presumes de tu carrera. Me he pasado toda la vida sin tiéndome inútil y tonta. Pues muy bien, tú ganas, Lauren Eres la es trella y yo no lo soy. Eres la triunfadora y yo, la fracasada, pero, al menos, no finjas ser mi mejor amiga, ¿vale? Porque ni lo eres ni lo serás nunca.
Me callo y, jadeando, lanzo una ojeada alrededor de la manta de picnic. Tengo la impresión de que en cualquier momento me voy a echar a llorar.
Edward me sonríe como diciendo: «Así se habla.» Después me arries go a mirar de reojo a mis padres. Parecen paralizados, como si no supieran cómo reaccionar.
Nuestra familia no suele manifestar sus arrebatos emocionales.
Ni siquiera sé muy bien qué hacer a continuación.
-Me voy -digo con voz temblorosa-. Vamos, Edward, tenemos cosas de que ocuparnos.
Me doy la vuelta y, con piernas de gelatina, me alejo tropezando en la hierba. Mi cuerpo segrega adrenalina a toda velocidad. Estoy tan nerviosa que no sé lo que hago.
-Ha sido fantástico, Bella. Has estado genial -me susurra Edward al oído-. Absolutamente... Evaluación logística -continúa en voz alta cuando pasamos al lado de Cyril.
-Jamás había hablado así. Nunca... Gestión operativa –suelto al cruzarnos con gente del departamento de Contabilidad.
-Ya me imagino. Dios santo, esa prima tuya... Valoración posi tiva del mercado.
-Es una completa... Hoja de cálculo -digo enseguida, porque nos acercamos a Jacob-. Si quiere puedo pasárselo por escrito, señor Cullen.
Por fin conseguimos llegar a la casa y subimos al primer piso. Edward me conduce por un pasillo, saca una llave y abre una puerta. Estamos en una habitación amplia y luminosa, de color crema. Hay una cama enorme. Él cierra la puerta y vuelven a invadirme los ner vios. Ha llegado el momento. Por fin. Edward y yo, solos en una habita ción, con una cama.
Me veo reflejada en un espejo dorado y, abatida, suelto un griti to ahogado. No me acordaba del disfraz de Blancanieves. Tengo la cara roja y manchada, los ojos hinchados, el pelo revuelto y se me ve un tirante del sujetador. No es en absoluto la imagen que esperaba.
-Bella, lamento mucho haber arremetido contra Lauren. Ha estado fuera de lugar. No tenía derecho a entrometerme de esa ma nera. Pero es que tu prima me saca de quicio...
-No te preocupes, ha valido la pena. Nunca le había dicho lo que pensaba de ella, jamás. Ha sido... -Me callo respirando con fuerza.
Nos quedamos en silencio un instante. Edward mira mi sonrojada cara y yo lo miro a él mientras el pecho me sube y baja, y siento que la sangre se me agolpa en las sienes. De repente, se inclina y me besa.
Me abre la boca con la suya y comienza a bajarme las mangas elásticas del vestido y a desabrocharme el sujetador. Busco a tientas los botones de su camisa. Él me besa un pezón y cuando empiezo a jadear de deseo, me tumba en la alfombra calentada por el sol.
Joder, esto sí que es ir rápido. Me está quitando las bragas. Sus manos son... Sus dedos son... Gimo sin poder contenerme. Vamos tan deprisa que casi no me da tiempo a darme cuenta de lo que está pasando. No se parece en nada a Jacob, ni a nada que haya... Hace un momento estaba en la puerta completamente vestida y ahora ya estoy..., él está...
-Espera. Tengo que decirte algo.
-¿Qué? -pregunta con ojos apremiantes y excitados.
-No sé ningún truco -susurro con cierta brusquedad.
-¿Qué? -contesta apartándose un poco para mirarme.
-No sé hacer nada especial. Te habrás acostado con cientos de modelos y gimnastas que sabrían todo tipo de cosas sorprenden tes... -Me interrumpo al ver la expresión de su cara-. Da igual, ol vídalo.
-Me has dejado intrigado. ¿Qué cosas tenías en mente?
¿Por qué habré abierto la boquita? ¿Por qué?
-Ninguna, ésa es la cuestión. Que no sé hacer nada en parti cular.
-Yo tampoco.
Siento que me están entrando ganas de reír.
-Ya, y yo me lo voy a creer.
-Es verdad. -Se queda pensativo un momento mientras me acaricia la espalda-. Bueno, es posible que sí sepa algo.
-¿Qué?
-Esto... -Me mira un instante y sacude la cabeza-. No.
-Dímelo -le pido sin poder contener más la risa.
-Mejor te lo demuestro -murmura en mi oído y me atrae ha cia él-. ¿No te había enseñado esto nadie?
Le iba a contestar que obviamente no, pero no pude hablar y créanme no me importo
ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO Y LE DEN AL BOTONCITO VERDE
!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO AÑO NUEVO¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
