BUENO A QUI LES DEJO OTRO CAPITULO DE ESTA HISTORIA, RECUERDEN QUE ESTA HISTORIA ES DE SOPHIA KINSELLA,Y LOS PERSONAJES SON DE STHEPANIE MEYER ESPERO QUE LES GUSTE. SIENTO LA TARDANZA.

Capitulo 12

Estoy enamorada.

Yo, Isabella Swan, estoy completa y totalmente enamo rada.

Por primera vez en mi vida. He pasado toda la noche con Edward en la Mansión Cullen. Me he despertado en sus brazos. Hemos hecho el amor unas noventa y cinco veces y ha sido... perfecto. (Además, los numeritos no venían a cuento. Lo que ha sido un alivio.)

Pero no sólo se trata de sexo. Ha sido todo: que tuviera una taza de té preparada cuando me he despertado; la forma en que ha encendido su portátil para que pudiese mirar los horóscopos de Internet; que me ayudara a elegir el mejor... Sabe todos los detalles chungos de mi vida, los que me abochornan e intento ocultar a cualquier hombre tanto tiempo como pueda, y, a pesar de todo, me quiere.

Bueno, no me ha dicho eso exactamente, pero sí algo incluso mejor. Todavía sigo dándole vueltas. Estábamos en la cama esta ma ñana mirando el techo cuando, de pronto, casi sin querer, le he pre guntado:

-¿Cómo es que te acordabas de que Laurent no me aceptó para hacer prácticas en su empresa?

-¿Qué?

-Que cómo recordabas lo de mi prima. Y no sólo eso, sino to das y cada una de las cosas que te solté en el avión sobre mi trabajo, mi familia, Jacob... Todo. No lo entiendo.

-¿El qué?

-Que alguien como tú pueda estar interesado en mi estúpida y monótona vida -he confesado con las mejillas coloradas por la vergüenza.

Me ha observado en silencio un momento.

-Tu vida no es así.

-Sí.

-No, no lo es.

-Pues claro que sí. Nunca hago nada apasionante ni muy inte ligente, no tengo mi propia empresa ni he inventado nada...

-¿Quieres saber por qué se me han quedado grabados todos tus secretos? Bella, en cuanto empezaste a hablar en aquel vuelo, me cautivaste.

Lo he mirado, sin acabar de creérmelo.

-¿Sí? ¿Yo?

-Sí, tú -ha dicho dulcemente, y me ha besado.

¡Cautivado!

Edward Cullen fascinado por mi vida, por mí.

Y el caso es que si no le hubiera contado todas esas cosas, no es taríamos aquí. No nos habríamos conocido. Ha sido el destino. Él se encargó de que montara en aquel avión, me sentara en clase prefe rente y revelase todas mis intimidades.

Cuando llego a casa estoy rebosante de felicidad. Se me ha en cendido una bombilla. De pronto, la vida tiene sentido. Jesica está equivocada. Los hombres y las mujeres no son enemigos, sino al mas gemelas. Y si fueran sinceros desde el primer momento, lo comprobarían. Eso de mostrarse misteriosa y distante es una ton tería.

Me siento inspirada, creo que voy a escribir un libro sobre rela ciones. Lo titularé No temas compartir y con él demostraré que si los hombres y las mujeres confiaran unos en otros, habría más comu nicación entre ellos, se comprenderían y no tendrían que fingir nunca más por nada. También podría aplicarse a las familias. Y a la política. Quizá si los líderes mundiales se contaran algún secreto, no habría más guerras. Creo que realmente voy por el buen camino.

Subo las escaleras flotando y entro en casa.

-¡Alice, estoy enamorada!

No obtengo respuesta y me siento un poco decepcionada. Ten go ganas de hablar con alguien. Quiero comunicar mi fabulosa teo ría sobre la vida y…

Oigo como porrazos en su habitación y me quedo en el recibi dor, paralizada. ¡Dios mío! Los misteriosos ruidos otra vez. Otro gol pe, otros dos más. ¿Qué demonios...?

Entonces, junto al sofá, veo un maletín de cuero negro. Es de Erick. Está con ella. Ahora mismo. Doy unos pasos y miro la puerta, intrigada.

¿Qué estarán haciendo?

No me creo la historia de que se dedican a follar. ¿Pero qué otra cosa puede ser? ¿Qué...?

Muy bien, un momento. No es de mi incumbencia. Si Alice no quiere contármelo, está en su derecho. Sintiéndome adulta, voy a la cocina a prepararme un café. Cuando estoy en ello, me paro. ¿Por qué no querrá decírmelo? ¿Por qué tiene secretos para mí? Somos amigas. Creo que fue ella quien dijo que no deberíamos ocultarnos nada.

Me pica la curiosidad. Es insoportable. Y quizá ésta sea la única oportunidad de averiguar la verdad. Pero ¿cómo? No puedo irrum pir en su cuarto sin más.

De repente se me ocurre algo. Supongamos que entro en casa tranquilamente, como siempre, voy directa a su habitación y abro la puerta. Nadie podría culparme de nada por algo así. Sería una equi vocación genuina.

Salgo de la cocina, escucho con atención y regreso de puntillas al recibidor.

Vuelvo a empezar. Acabo de llegar.

-¡Hola, Alice! -exclamo con una cierta timidez, como si me estuviera enfocando una cámara-. Vaya, ¿dónde estará? Voy a mi rar en su cuarto.

Recorro el pasillo intentando caminar con naturalidad, llego a su puerta y llamo quedamente.

No hay respuesta. Los ruidos han cesado y miro la madera con cierto temor.

¿Me atreveré?

Sí, tengo que saber lo que están haciendo.

Giro el pomo, abro y doy un grito de puro terror.

La imagen es de lo más inesperada. No la entiendo. Alice está desnuda y él, también. Están enredados en la posición más insólita que jamás... Alice tiene las piernas hacia arriba, él le rodea el cuerpo con las suyas, y los dos están colorados y jadean.

-¡Uy!, perdón. Lo... siento -tartamudeo.

-¡Espera! -dice Alice cuando echo a correr hacia mi habita ción.

Cierro la puerta y me dejo caer en la cama.

Me había dicho la verdad. Estaban follando. Pero ¿qué tipo de extraña y retorcida postura era ésa? ¡Virgen santa! Jamás se me ha bría ocurrido...

Siento una mano en el hombro y vuelvo a gritar.

-Tranquila, Bella. Soy yo, Erick se ha ido.

-Lo lamento, Alice -farfullo mirando al suelo-. No preten día... No debería... Tu vida sexual es cosa tuya.

-No estábamos echando un polvo, tonta.

-Sí que lo hacíais. Estabais desnudos.

-Bella, estábamos vestidos. Mírame.

-No, no quiero.

-¡Que me mires!

Atemorizada, levanto la cabeza y lentamente voy enfocando su figura.

Ah, ya veo. Lleva unas mallas de color carne.

-¿Y entonces qué estabais haciendo? -le pregunto casi de for ma acusatoria-. ¿Y por qué llevas puesto eso?

-Estábamos bailando -confiesa un tanto avergonzada.

-¡¿Qué?! -exclamo.

-Bailábamos.

-Pero ¿por qué?

Esto no tiene sentido. Alice y un tipo francés que se llama Erick, danzando en su habitación. Me siento como si hubiera aterri zado en medio de un extraño sueño.

-Me he apuntado a un grupo.

-¡Dios mío! ¿No será alguna secta?

-No, es simplemente... -Se muerde el labio-. Nos hemos juntado unos cuantos abogados y hemos formado un... grupo de danza.

¿Qué?

Durante un momento no puedo hablar. Ahora que se me ha pa ado el susto, tengo la horrible sensación de que en cualquier mo mento me voy a echar a reír.

Me imagino a un montón de corpulentos picapleitos brincando con peluca y no puedo remediarlo: suelto una sonora carcajada.

-¿Ves?, por eso no te lo dije. Sabía que te reirías.

-Lo siento, no quería hacerlo. Me parece fantástico -le asegu ro entre risas histéricas-. Lo que pasa es que, no sé, la idea de unos abogados bailarines...

-No todos son letrados -replica a la defensiva-. Un par tra baja en un banco mercantil, también hay un juez... ¡Para ya!

-Perdona.

Inspiro profundamente y me esfuerzo en cerrar la boca, pero me cuesta dejar de ver a unos banqueros vestidos con tutú y con maletines en la mano, bailando El lago de los cisnes, y a un juez sal tando por el escenario con ropa vaporosa.

-No es gracioso. Sólo somos profesionales con ideas afines que quieren expresarse por medio de la danza. ¿Qué hay de malo en ello?

-Lo lamento -vuelvo a disculparme, secándome los ojos y re cobrando el control sobre mí misma-. Es genial. ¿Vais a hacer algu na actuación?

-Dentro de tres semanas. Por eso hemos estado practicando.

-¿Tan poco tiempo? ¿Y no pensabas decírmelo o qué?

-No acababa de decidirme -reconoce arrastrando una zapa tilla de ballet por el suelo-. Me daba vergüenza.

-Pues que no te dé. Siento mucho haberme reído. Es una idea estupenda. Iré a verte. Me sentaré en primera fila y...

-Me distraerás.

-Entonces me pondré en el medio, o al fondo. No tenía ni idea de que supieras bailar.

-Y no sé, soy muy mala. Sólo lo hacemos para divertirnos. ¿Quieres un café?

Cuando la sigo hasta la cocina, me mira levantando una ceja.

-Me parece de lo más caradura que me acuses a mí de estar fo llando. ¿Dónde estuviste anoche?

-Con Edward -confieso con sonrisa soñadora-. Haciendo el amor, sin parar.

-Lo sabía.

-Alice, estoy completamente enamorada.

-¿Estás segura? No olvides que acabas de conocerlo.

-Eso no importa. Somos almas gemelas. No necesito fingir de lante de él ni intentar ser alguien que no soy. Y el sexo con él es una maravilla. Tiene todo lo que no tenía con Jacob. Todo. Y Edward se in teresa por mí. Me hace preguntas sin cesar y parece fascinado por las respuestas. -Abro los brazos con sonrisa dichosa y me dejo caer en una silla-. ¿Sabes? Toda mi vida he tenido la sensación de que algún día me ocurriría algo extraordinario. Siempre lo he sabido, muy dentro de mí. Y ahora ha sucedido.

-¿Y dónde está Edward ahora? -pregunta Alice mientras prepara el café.

-Se ha ido unos días. Tiene que discutir un nuevo proyecto con su equipo creativo.

-¿Cuál?

-Ni idea. No me lo ha dicho. Serán unas sesiones muy inten sas, así que no creo que pueda llamarme, pero me enviará correos electrónicos todos los días.

-¿Una galleta? -ofrece abriendo la lata.

-Sí, gracias. -Cojo una y doy un mordisco, pensativa-. Tengo una nueva teoría sobre las relaciones. Es de lo más sencilla. La gente debería ser más sincera y contarse las cosas. Los hombres y las mu jeres, las familias, los líderes mundiales...

-Humm. –Alice me mira intensamente unos segundos-. ¿Te ha explicado por qué tuvo que irse a toda prisa la otra noche?

-No, pero eso es cosa suya -aseguro un poco sorprendida.

-¿Te ha contado qué eran todas las llamadas de vuestra prime ra cita?

-Pues no.

-¿Te ha dicho algo sobre él mismo, aparte de lo esencial?

-Un montón de cosas. ¿Qué te pasa?

-A mí nada. Sólo me pregunto si serás tú la única que revela sus pensamientos.

-¿Qué?

-Edward comparte algo contigo o sólo lo haces tú?

-Lo hacemos los dos -afirmo apartando la vista y jugando con un imán de la nevera.

«Es verdad», me digo con firmeza. Edward me ha contado muchas cosas. Me ha dicho... Bueno, da igual. Seguramente no tenía muchas ganas de ha blar. ¿Es un crimen?

-Tómate un café -me aconseja Alice pasándome una taza.

-Gracias -contesto un poco a regañadientes, y ella suspira.

-No pretendo desilusionarte. Parece muy majo...

-Y lo es. De verdad, Alice, ni te lo imaginas. Es muy romántico.

¿Sabes lo que me ha dicho esta mañana? Que en el preciso instante

en que empecé a hablar en el avión, se quedó cautivado.

-¿De verdad? Es muy bonito.

-¿Lo ves? -aseguro sin poder dejar de sonreír-. Es perfecto.

Durante las dos semanas siguientes nada puede atravesar mi aureola de felicidad. Nada. Voy flotando al trabajo, me siento, me paso el día sonriendo frente al monitor y vuelvo a casa como en una nube. Los sarcásticos comentarios de Eleazar rebotan en mí como pompas de ja bón. Ni siquiera me doy cuenta de que Tania me presenta a unos publicistas que están de visita como su secretaria personal. Que di gan lo que quieran, porque lo que no saben es que cuando sonrío al ordenador es porque Edward me ha enviado algún correo electrónico gracioso. No tienen ni idea de que la persona para la que trabajan está enamorada de mí. Isabella Swan. La ayudante.

-Por supuesto, he mantenido varias conversaciones exhausti vas con el señor Cullen sobre ese tema -dice ania por teléfono mientras yo ordeno la estantería de las pruebas-. Sí, al igual que yo, está convencido de que hay que cambiar el enfoque de todo el proyecto.

Mentira, nunca ha hablado en profundidad con Edeard. Tentada estoy de mandarle un mensaje ahora mismo y contarle la forma en que ella utiliza su nombre.

Pero eso sería mezquino.

Además, no es la única. Todo el mundo lo menciona en sus charlas y presume de que es muy amigo suyo y de que su idea le pa reció perfecta.

Excepto yo, que mantengo la cabeza baja y jamás lo nombro.

En parte porque sé que me ruborizaría o esbozaría una enorme y bobalicona sonrisa. Y en parte porque tengo la horrible sensación de que si empiezo a hablar de él, no podré parar. Pero, sobre todo, porque nadie saca el tema en mi presencia. Porque ¿qué voy a saber yo de él? Sólo soy una pésima auxiliar.

-¡Eh! -exclama Nick levantando la vista del teléfono-. Edward Cullen a salir en la televisión.

¿Qué?

Me llevo una buena sorpresa.

¿Cómo es que no me ha dicho nada?

-¿Va a venir una unidad móvil? -pregunta Tania arreglán dose el pelo.

-Ni idea.

-Bueno, chicos -dice Eleazar entrando en la oficina-, Edward Cullen ha concedido una entrevista a Business Watch y la retransmiten a las doce. Han puesto un televisor en la sala de reuniones; si al guien lo desea, puede ir a verla, pero necesitamos que una perso na se quede y atienda los teléfonos. -Su mirada se fija en mí-. Tú, Bella.

-¿Qué?

-Que te quedes y contestes las llamadas, ¿vale?

-No. Yo también quiero verlo. ¿Por qué no se encarga otro? Tania, ¿podrías...?

-No -contesta rápidamente-. No seas egoísta. A ti no te inte resa en absoluto.

-Sí que me interesa.

-No.

-También es mi jefe.

-Sí, pero hay una pequeña diferencia. Tú casi no has hablado con él.

-Pues claro que lo he hecho -digo sin poder contenerme. Me callo y me sonrojo-. Una vez fui a una reunión en la que estaba él...

-¿Y le serviste una taza de té?

Tania clava la vista en Nick con sonrisa de satisfacción.

La miro a punto de estallar, deseando que se me ocurra algo mordaz e inteligente para bajarle los humos.

-Ya basta, Tania -interviene Eleazar-. Bella, te quedas tú y se acabó.

A las doce menos cinco la oficina está vacía, aparte de mí, una mosca y un ruidoso fax. Desconsolada, busco en el cajón y saco una chocola tina Aero, y luego una Flake, por si acaso. Estoy quitándole el envol torio a una para darle un buen bocado cuando suena el teléfono.

-He programado el vídeo -dice la voz de Alice al otro lado de la línea.

-Gracias, eres un ángel.

-Es increíble que no te dejen verlo.

-Ya, es una injusticia.

Me hundo aún más en la silla y doy un mordisco.

-Bueno, no te preocupes, ya lo verás esta noche. Jesica tam bién va a programar el de su habitación, así que es imposible que te lo pierdas.

-¿Qué está haciendo en casa?

-Ha cogido una baja para poder desestresarse. Ah, y ha llama do tu padre.

-¿Qué te ha dicho? -pregunto un poco azorada.

Todavía no he hablado con mis padres desde el Día de la Fami lia. No me siento con valor suficiente. Fue demasiado doloroso y violento, y, que yo sepa, se han puesto de parte de Lauren.

Así que cuando papá llamó aquí el lunes siguiente, le dije que estaba muy ocupada y que hablaría con él en otro momento, pero no lo hice.

Sé que algún día tendré que dar el paso, pero ahora no puedo. No mientras esté así de feliz.

-Al parecer, ha visto el anuncio de la entrevista y ha reconoci do a Edward; me ha preguntado si sabías algo. Y me ha dicho que quería hablar contigo de unas cuantas cosas.

-Ah.

Miro la libreta, en la que acabo de garabatear una espiral sobre un número de teléfono que se suponía que debía guardar.

-Tus padres van a verlo y tu abuelo también.

Estupendo. Todos menos yo.

Tras colgar, me acerco a la nueva máquina para sacar un capu chino, que, por cierto, son estupendos. Luego observo la silenciosa oficina y le echo zumo de naranja a la planta de Tania, y un poco de tóner de la fotocopiadora de propina.

Después me siento un poco ruin. Al fin y al cabo, la pobre no tie ne ninguna culpa.

-Perdona -le digo en voz alta tocando una de las hojas-. Tu dueña es una autentica bruja, seguro que ya lo sabes.

-¿Estás hablando con tu misterioso amigo? -pregunta una sarcástica voz a mi espalda, y me doy la vuelta. Es Jacob.

-¿Qué haces aquí?

-Voy a ver la entrevista, pero antes quería decirte algo. -Da unos pasos hacia el interior y me lanza una mirada acusatoria-. Me has mentido.

Mierda. ¿Se habrá enterado? ¿Vería algo el Día de la Familia?

-¿A qué te refieres? -pregunto nerviosa.

-Acabo de hablar con Tristan, el de Diseño, y es gay. No estás saliendo con él -asegura con indignación.

No puede estar hablando en serio. ¿De verdad pensaba eso? Tris tan no podría tener más pluma aunque se pusiera mallas de leopardo, llevara bolso y se pasease canturreando temas de Barbra Streisand.

-No, no salgo con él -afirmo manteniéndome seria.

-Muy bien -dice como si hubiera conseguido cien puntos y no supiera muy bien qué hacer con ellos-. No hay necesidad de que me mientas. Eso es todo. Creía que podríamos ser sinceros el uno con el otro -continúa, levantando la barbilla con herida dignidad.

-Es un poco complicado, ¿vale?

-Bien, tú verás. Es tu techo.

Hay un silencio.

-¿Qué?

-Tejado -se corrige, molesto-. Quería decir que la pelota está en tu tejado.

Ah, vale -respondo, quedándome igual que estaba-. Lo tendré en cuenta.

-Estupendo.

Me mira como un santo martirizado y me da la espalda.

-Espera -le digo de repente-. Un momento. ¿Podrías hacer me un gran favor? -Cuando se gira, pongo cara mimosa-. ¿Te ocuparías de los teléfonos para que vaya a ver la entrevista?

Sé que en este momento Jacob no es precisamente mi fan nú mero uno, pero no tengo muchas opciones.

-¿Qué? -pregunta estupefacto.

-Que si no te importa contestar si llama alguien. Será sólo me dia hora. Te lo agradecería muchísimo.

-Me parece increíble que me pidas algo así. Sabes de sobra lo importante que Edward Cullen es para mí. No entiendo muy bien lo que te pasa.

Después de que Jacob se haya marchado, ofendidísimo, trabajo durante unos veinte minutos. Recojo varios mensajes para Eleazar, uno para Nick y otro para Caroline. Archivo dos cartas y le pongo la dirección a un par de sobres. Ya lo he hecho todo.

Esto es una tontería, más aún, es ridículo. Amo a Edward, él me ama a mí. Debería estar allí para apoyarlo. Cojo la taza de café y la Flake y salgo corriendo por el pasillo. La sala de reuniones está aba rrotada, pero consigo abrirme paso en la parte de atrás y me cuelo entre dos tipos que, en vez de atender a la emisión, están hablando de fútbol.

-¿Qué haces aquí? -me pregunta Tania cuando me coloco a su lado-. ¿Qué pasa con los teléfonos?

-No puede haber impuestos sin representación -contesto con toda calma, lo que quizá no sea la respuesta más apropiada (ni siquiera sé muy bien qué significa), pero surte el efecto deseado porque se calla.

Estiro el cuello para poder ver por encima de las cabezas y clavo los ojos en la pantalla. Ahí está, sentado en un estudio de televisión, con vaqueros y camiseta blanca. Hay un brillante fondo de color azul en el que resaltan las palabras «CREATIVIDAD EMPRESARIAL» y dos elegantes entrevistadores frente a él.

Ahí está, el hombre del que estoy enamorada.

De repente, pienso que es la primera vez que lo veo desde que nos acostamos, pero la expresión de su cara es tan cálida como siempre y, a la luz de los focos, sus ojos oscuros brillan.

¡Dios mío! ¡Cómo me gustaría darle un beso!

Si estuviera sola, me acercaría al televisor y lo haría. Lo digo en serio.

-¿Qué le han preguntado? -le susurro a Artemis.

-Están hablando de la forma en que trabaja, de sus ideas, de su asociación con Seth Laidler, cosas así.

-¡Shhh! -ordena alguien.

-Sí, la muerte de Seth fue un golpe muy duro -está diciendo Jack-, para todos, pero últimamente... -Hace una pausa-. Últi mamente, mi vida ha cambiado por completo y vuelvo a estar inspi rado y a divertirme.

Un ligero cosquilleo me recorre el cuerpo.

Seguro que se refiere a mí. ¡Le he cambiado la vida! ¡Dios mío! Eso es aún más romántico que lo de: «Me cautivaste.»

-Su firma ocupa un puesto clave en el mundo de las bebidas tonificantes y, según creo, en la actualidad tiene la intención de in troducirse en el mercado femenino -comenta el presentador.

¿Qué?

Sus palabras producen un estremecimiento generalizado y todo el mundo empieza a mover la cabeza.

-¿Ése es nuestro objetivo?

-¿Desde cuándo?

-Yo ya lo sabía. Unos cuantos estábamos al tanto -afirma Tania con petulancia.

Miro la pantalla, y de pronto me acuerdo de toda la gente que había en la oficina de Edward. Para eso eran los ovarios. Madre mía, qué apasionante. Un nuevo reto.

-¿Podría darnos más detalles al respecto? ¿Se trata de una bebida orientada al sector femenino? -continúa el entrevista dor.

-Todavía está en fase de preparación, pero pretendemos ofre cer una línea completa: refrescos, ropa, perfume... Tenemos una vi sión muy creativa. Estamos entusiasmados.

-Así pues, en esta ocasión, ¿cuál es su mercado objetivo? ¿El de las deportistas? -inquiere el hombre consultando sus notas.

-En absoluto. Nos proponemos llegar a la mujer de la calle. La entrevistadora se endereza, un tanto ofendida.

-¿A qué se refiere? ¿Quién es exactamente esa mujer? -pre gunta.

-Tiene unos veintitantos años, trabaja en una oficina, coge el metro, sale por las noches y vuelve a casa en autobús nocturno. Una mujer normal y corriente, sin nada especial.

-Hay miles así -apunta el periodista sonriendo.

-Sin embargo, la marca Panther siempre ha estado asociada al mundo masculino y a sus valores -interviene la presentadora con tono escéptico-. Como la competitividad. ¿Cree que podrán dar semejante giro a su marca?

-Hemos llevado a cabo un estudio y conocemos bien nuestro mercado.

-¡Estudio! -se burla la presentadora-. ¿Se trata de otro caso de hombres diciéndoles a las mujeres lo que tienen que querer?

-No creo -contesta Edward con amabilidad, aunque noto una li gera irritación en su cara.

-Hay muchas empresas que han intentado reorientar sus ven tas sin éxito. ¿No pasará lo mismo con la suya?

-Espero que no.

Joder, ¿por qué lo ataca de esa forma? Él sabe muy bien lo que está haciendo.

-Ha reunido a un grupo de mujeres para un sondeo y les ha hecho unas cuantas preguntas. ¿Qué fiabilidad tienen esas conclu siones?

-Eso ha sido solamente una mínima parte del proyecto.

-¡Por favor! -continúa ella echándose hacia atrás y cruzando los brazos-. ¿Puede una empresa como Panther...? ¿Puede un hombre como usted penetrar de verdad en la mente de, tal como la ha llamado, una mujer de la calle?

-Sí, claro. La conozco bien -contesta mirándola a los ojos.

-¿Ah, sí? -se extraña arqueando las cejas.

-Sé muy bien cómo es, cuáles son sus gustos, qué colores pre fiere. Sé lo que come, lo que bebe, lo que espera de la vida. Su talla es la cuarenta y dos, pero le gustaría usar la treinta y ocho. Desayuna Cheerios y moja chocolatinas Flake en los capuchinos.

Me miro la mano, con la que estoy a punto de meter la chocola tina en el café. Y... esta mañana he tomado Cheerios.

-En la actualidad nos bombardean con imágenes de gente perfecta y brillante, pero esta mujer es real. Hay días en que el pelo le queda bien y días en que no. Se pone tangas, a pesar de que le pa recen incómodos. Tiene un plan de ejercicios físicos que luego no cumple. Simula leer periódicos de economía, pero en realidad es conde en ellos revistas del corazón...

Miro la pantalla sin poder creérmelo.

Un momento. Todo esto me resulta muy familiar.

-Es justo lo que haces tú, Bella-comenta Artemis-. He vis to el ejemplar del OK' que llevas dentro del Marketing Week.

Se vuelve hacia mí con sonrisa burlona y se fija en lo que tengo en las manos.

-Le gusta la ropa, pero no es una esclava de la moda -conti nua Edward-. Lleva vaqueros...

Tania mira mis Levi's sin dar crédito a sus ojos.

-… y una flor en el pelo.

Desconcertada, me toco la rosa de tela que me he puesto en la cabeza.

No puede estar hablando de...

-¡Por todos los santos! -exclama Tanias.

-¿Qué? -inquiere Caroline, que está a su lado. Sigue la mira da de Tania y le cambia la expresión-. ¡Cielo santo, Bella! ¡Eres tú!

-No -niego, sin conseguir que mi voz funcione como es de bido.

-Sí que lo eres.

Unas cuantas personas empiezan a darse con el codo y a obser varme.

-Lee quince horóscopos diarios y elige el que más le gusta...

-Igual que tú, exactamente igual.

-... le echa un vistazo a la contracubierta de los libros cultos y finge que los ha leído...

-Sabía que no habías acabado Grandes esperanzas -concluye Tania triunfalmente.

-... le encanta el jerez dulce...

-¡No puede ser! -interviene Nick girándose horrorizado.

-¡Es Isabella! ¡Isabella Swan! -corean varias voces al fondo de la sala.

-Pero... -balbucea Katie mirándome sin entender lo que está oyendo.

-No es Bella -bufa Jacob entre carcajadas, apoyado en una de las paredes-. No seáis ridículos. Para empezar, ella usa la ta lla treinta y ocho, no la cuarenta y dos.

-¿La treinta y ocho? -repite Tania echándose a reír.

-Ésa sí que ha sido buena -suelta Caroline con una risita tonta.

-¿No es verdad? -me pregunta él desconcertado-. Pero si me dijiste...

-Ya -me defiendo con la cara como un horno-. Pero fue... -... compra toda su ropa en tiendas de segunda mano y luego dice que es nueva...

-¿En serio? -pregunta Caroline, muy interesada.

-No. O sea, sí. A veces.

-... pesa sesenta y un kilos, pero, según ella, son sólo cincuenta y seis...

¿Qué?

Siento un espasmo de puro horror.

-No es cierto -grito en dirección a la pantalla-. No estoy tan gorda. Como mucho serán cincuenta y ocho y medio.

Me callo al darme cuenta de que toda la habitación se ha dado la vuelta para mirarme.

-... odia el ganchillo...

Oigo un grito ahogado junto a mí.

-¿Eso es verdad? -pregunta Rose con voz incrédula.

-No -le aseguro, horrorizada-. Se equivoca. Me encanta. Lo sabes muy bien.

Pero ella se va de la sala muy enfadada.

-... se echa a llorar cuando oye a los Carpenters. Le encanta Abba y no aguanta el jazz...

No, por favor, no.

Jacob me está mirando como si le hubiera clavado una estaca en el corazón. -¿No te gusta?

Es como uno de esos sueños en los que todo el mundo puede verte en ropa interior y quieres echar a correr, pero estás paralizada. Soy incapaz de moverme. Sólo consigo mirar desesperada la pantalla mientras Edward continúa inexorable su discurso.

Todos mis secretos. Mis más personales e íntimos secretos. Re velados en televisión. Ni siquiera me entero de todo.

-Se pone su ropa interior de la suerte en las primeras citas... Coge prestados los zapatos de diseño de su compañera de piso y los usa como si fueran suyos... Asegura practicar el kick boxing, aunque no es cierto... Tiene muchas dudas en materia de religión... Le preo cupa que sus senos sean demasiado pequeños...

Cierro los ojos, sin poder soportarlo. ¡Mis tetas! ¡Ha hablado de ellas delante de las cámaras!

-Cuando sale se comporta con sofisticación, pero sobre su cama...

Estoy a punto de desmayarme. No, por favor, eso no.

-... hay una colcha de Barbie.

Una enorme carcajada estalla en la sala y escondo la cara entre las manos, muerta de vergüenza. Eso no tenía que saberlo nadie.

-¿Es sexy? -le pregunta la entrevistadora, y el corazón me da un vuelco.

Miro la pantalla, sin poder respirar por el miedo. ¿Qué irá a decir?

-Es muy sexual. Es una chica moderna que lleva condones en el bolso -contesta Edward rápidamente, y todos los ojos se clavan en mí, llenos de curiosidad.

Muy bien. Cada vez que pienso que no puede ser peor, lo es. Mi madre estará viéndolo, seguro.

-Pero puede que no haya desarrollado todo su potencial, es posible que una parte de ella se sienta frustrada...

No me atrevo a mirar a Jacob, ni a nadie.

-Tal vez quiera experimentar. Quizá haya tenido, no sé, una fantasía lésbica con su mejor amiga...

¡No! Estoy agarrotada por el horror. De repente me imagino a Alice viendo la tele, con los ojos como platos y una mano en la boca. Sabrá que se refiere a ella. No podré volver a mirarla a la cara en la vida.

-¡Sólo fue un sueño! -grito desesperada cuando todo el mun do se gira hacia mí, boquiabierto-. No una fantasía; son cosas dife rentes.

Me entran ganas de abalanzarme sobre el televisor, taparlo con los brazos, detenerlo. Pero no serviría de nada. Hay un millón de aparatos encendidos en otros tantos lugares. En todas partes hay gente viéndolo.

-Cree en el amor y en el romanticismo, en que un día su vida será maravillosa y apasionante. Tiene esperanzas, miedos y preocu paciones, como cualquier persona. En ocasiones está asustada. -Se detiene un momento, y añade con voz más suave-: Unas ve ces siente que nadie la quiere; otras, que nunca la valorará la gente que más le importa.

Mientras contemplo la seria y cálida cara de Edward en la pantalla, noto que me escuecen los ojos.

-Pero es valiente, tiene buen corazón y se enfrenta a la vida de cara. -Sacude la cabeza aturdido y sonríe a la periodista-. Discul pe. No sé qué me ha ocurrido. Creo que me he dejado llevar. ¿Po dríamos...?

La entrevistadora lo corta.

Se ha dejado llevar.

Eso es como decir que Hitler fue ligeramente agresivo.

-Muchas gracias por habernos acompañado, señor Cullen. La próxima semana conversaremos con el carismático rey de los ví deos motivadores, Ernie Powers. Hasta entonces...

Mientras acaba su perorata y comienza la sintonía del progra ma, todo el mundo sigue pendiente del televisor. Luego, alguien se acerca y lo apaga.

Durante unos segundos reina un absoluto silencio. Todos los ojos están puestos en mí, como esperando que pronuncie un dis curso, baile o haga algo. Algunos rostros parecen comprensivos; otros, curiosos; otros se regodean; y unos pocos reflejan: «Me alegro de no estar en tu pellejo.»

Ahora sé cómo se sienten los animales del zoo.

No volveré a visitar uno en la vida.

-No lo entiendo. -Como en un partido de tenis, todas las ca bezas se vuelven con avidez hacia Jacob, rojo por la confusión-. ¿Cómo sabe tantas cosas de ti?

Joder, sé que sacó buenas notas en la universidad de Manches ter y todo lo demás, pero a veces parece de lo más corto.

La atención se desplaza a mi persona; todo el cuerpo me arde por la vergüenza.

-Porque...

No puedo decirlo en voz alta.

Aunque no tengo por qué hacerlo. Poco a poco, la cara de Jacob va cambiando de color.

-¡No! -exclama mirándome como si hubiera visto un fantas ma. Y no uno cualquiera, sino uno enorme y con cadenas que grita ra: «Uhhh»-. Es imposible. .

-Jacob -le dice alguien poniéndole la mano en el hombro, pero él lo mueve para sacudírsela.

-Lo siento mucho -me disculpo con impotencia.

-¡Nos estás tomando el pelo! -suelta un tipo que está en un rincón y que, obviamente, es incluso más zoquete que Jacob. Pero en cuanto esas palabras salen de su boca, me mira con fijeza y pre gunta-: ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo juntos?

De repente, como si se hubiera abierto una compuerta, todos empiezan a interrogarme, y el estruendo de voces no me deja pen sar.

-¿Por eso vino a Gran Bretaña? ¿Para verte?

-¿Vais a casaros?

-¿Sabes? No parece que peses sesenta y un kilos.

-¿De verdad tienes una colcha de Barbie?

-En tu fantasía lésbica, ¿estabais solas o...?

-¿Habéis tenido relaciones en la oficina?

-¿Por eso cortaste con Jacob?

No puedo más, tengo que salir de aquí ahora mismo.

Sin mirar a nadie, me levanto y me alejo con paso vacilante. Mientras recorro el pasillo, estoy demasiado aturdida como para pensar en otra cosa que no sea coger el bolso y largarme ense guida.

Entro en el vacío departamento de Marketing, en el que los telé fonos no paran de sonar. La costumbre me vence. -¿Diga? -respondo en uno al azar.

-Así que: «Coge prestados los zapatos de diseño de su compa ñera de piso y los usa como si fueran suyos.» ¿Y de quién se supone que son? ¿De Alice? -brama la voz acusadora de Jesica.

-Mira, lo siento. No puedo atenderte -contesto débilmente y cuelgo.

No más teléfonos. He de salir pitando.

Mientras cierro el bolso con manos temblorosas, los compañe ros que me han seguido hasta la oficina empiezan a contestar las llamadas.

-Es tu abuelo -susurra Tania tapando el auricular-. Dice algo sobre un autobús nocturno y que no te creerá nunca más.

-Un tipo del departamento de Publicidad de las bodegas Har vey's Bristol Cream quiere saber dónde pueden enviarte una caja de jerez de regalo -me informa Caroline.

-¿Cómo se han enterado de quién soy? ¿Ya se ha corrido la voz? ¿Se lo están contando a todo el mundo las chicas de recepción?

-Emma, tu padre -dice Nick--. Necesita hablar contigo ur gentemente.

-No puedo. No quiero hablar con nadie. Tengo que...

Cojo la chaqueta y salgo a toda velocidad. Los demás han regre sado a sus oficinas y miran cómo huyo.

Cuando me acerco a las escaleras, una mujer que se llama Fiona y que casi no conozco me agarra del brazo. Pesa unos ciento cua renta kilos y siempre está haciendo campañas para conseguir sillas y puertas más grandes.

-No te avergüences nunca de tu cuerpo. Disfrútalo. Te lo ha dado la madre naturaleza. Si quieres asistir a nuestro taller de los sá bados...

Alarmada, me suelto y comienzo a bajar a toda prisa, pero en el primer rellano me detiene una chica que apenas reconozco.

-¿Podrías decirme a qué tiendas de segunda mano vas? Siem pre he pensado que vestías muy bien.

-A mí también me encanta Barbie-confiesa Carol Finch, de Con tabilidad, que me bloquea el paso-. ¿Montamos un club de fans?

-Tengo que... irme.

Me aparto e intento seguir bajando, pero la gente no para de abordarme.

-Yo no me di cuenta de que era lesbiana hasta los treinta y tres.

-Hay muchas personas con dudas religiosas. Toma, un folleto sobre nuestro grupo para el estudio de la Biblia.

-¡Dejadme en paz! -grito angustiada.

Voy corriendo hacia la salida, y sus voces me persiguen rebo tando en el mármol del suelo. Cuando empujo la puerta, frenética, Dave se me acerca con calma y me mira los pechos.

-A mí parece que están muy bien, preciosa -asegura para animarme.

Por fin consigo abrir y me lanzo hacia la calle sin mirar ni a iz quierda ni a derecha. Al poco me detengo, me siento en un banco y escondo la cabeza entre las manos.

Aún me tiembla todo el cuerpo por la conmoción.

No puedo pensar con claridad.

Jamás me había sentido tan completa y absolutamente abo chornada.

ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO Y LE DEN AL BOTONCITO VERDE DE VDD SIENTO LA TRADANZA