BUENO A QUI LES DEJO OTRO CAPITULO DE ESTA HISTORIA, RECUERDEN QUE ESTA HISTORIA ES DE SOPHIA KINSELLA,Y LOS PERSONAJES SON DE STHEPANIE MEYER ESPERO QUE LES GUSTE

CAPITULO 14

Cuando veo a Edward a través del cristal, el corazón empieza a latirme con violencia. Él empuja la puerta y entra.

Mientras camina hacia nuestra mesa, siento que me embarga la emoción. Es el hombre del que creía estar enamorada; el que me utilizó. Ahora que la impresión inicial se ha difuminado, el dolor y la humillación amenazan con apoderarse de mí y volverme de gelati na otra vez.

Pero no voy a consentirlo. Me mostraré firme y digna.

-No le hagáis ni caso -les susurro a mis padres.

-¿A quién? -pregunta papá dándose la vuelta en la silla-. ¡Ah!

-Bella, me gustaría hablar contigo -dice Edward con semblan te serio.

-Pues a mí no.

-Lamento interrumpirlos -se excusa con mis padres, y luego se dirige a mí-. Bella, si me concedieras un momento...

-No voy a ir a ningún sitio, estoy tomando un café con mi fami lia -protesto indignada.

-Por favor -me pide sentándose en la mesa de al lado-. Quiero explicártelo, disculparme.

-No hay explicación posible. Actuad como si no estuviera les digo a mis padres.

En silencio, ellos se miran subrepticiamente y me fijo en que mi madre está moviendo los labios, pero se detiene en cuanto nota que la he visto y toma un sorbo de café.

Sigamos con nuestra conversación -sugiero a la desespera da-. Bueno, mamá…

-¿Sí? -contesta expectante.

Tengo la mente en blanco. No puedo pensar en nada, excepto en que Edward está sentado a un metro de distancia.

-¿Qué tal va el golf? -pregunto por fin.

-Pues... bien, gracias -contesta ella con los ojos en Edward.

-No lo mires -refunfuño-. Papá, ¿qué tal te va a ti?

-Bien también -responde con poca naturalidad.

-¿Dónde juegan? -pregunta Edward atentamente.

-¡Tú no tienes vela en este entierro! -le grito, y muevo la silla para darle la espalda.

Volvemos a quedarnos en silencio.

-¡Vaya, hombre! ¡Pero qué hora se ha hecho! -exclama mi ma dre con voz afectada-. Ya tendríamos que estar en... la exposición de escultura.

¿Qué ha dicho?

-Nos alegramos mucho de haberte visto.

-No podéis iros -suplico asustada.

Pero papá deja un billete de veinte libras encima de la mesa mientras mamá se levanta y se pone su chaqueta blanca.

-Escúchalo -me aconseja ella al darme un beso.

-Adiós, Bella -se despide mi padre apretándome la mano con torpeza.

En cuestión de treinta segundos, han desaparecido.

No acabo de creerme que hayan sido capaces de hacerme esto.

-Bueno... -comienza Edward cuando se cierra la puerta. Empe cinada, giro la silla para no verlo-. Por favor, Bella. -Aún más obstinada, vuelvo a moverme hasta que me quedo frente a la pared. Así aprenderá. Lo que pasa es que ahora no llego al capuchino-. Toma.

Edward se ha puesto a mi lado y me ofrece la taza.

-¡Déjame en paz! -grito enfadada, y me levanto-. No tene mos nada de que hablar.

Cojo el bolso y salgo de la cafetería hacia la ajetreada calle. De repente noto una mano en el hombro.

-Al menos podríamos comentar lo ocurrido.

-¿El qué? ¿Cómo me has usado? ¿Tu deslealtad?

-Vale, sé que te puse en evidencia. Pero... ¿de verdad es tangrave?

-¡Pero bueno! -exclamo ofendida, y tropiezo con una mujer que arrastra un carrito de la compra-. Entraste en mi vida. Alimen taste un maravilloso idilio. Y yo me enamo... -Me callo, jadeando un poco-. Dijiste que te había cautivado. Y yo... me preocupé por ti y creí en tu palabra. -La voz me traiciona y empieza a temblar-. Me lo creí todo, Edward. Pero desde el primer momento tuviste una se gunda intención. Te serviste de mí para tu estudio.

Me mira.

-No, espera. Te equivocas -asegura cogiéndome del brazo-. No fue así. No me propuse aprovecharme de ti.

¿Cómo tiene la cara de decir algo así?

-Por supuesto que sí -replico soltándome para apretar el bo tón de cruce de un paso de cebra-. Ahora no pretendas convencer me de que no hablabas de mí en la entrevista. Todos los detalles me señalaban.

-De acuerdo -admite con las manos en la cabeza-. No niego que tu imagen se colara en... Pero eso no significa que... Te tengo pre sente la mayor parte del tiempo. Ésa es la verdad. Te llevo dentro.

La luz empieza a parpadear y nos anima a cruzar. En este mo mento yo debería alejarme y él, venir detrás de mí, pero no nos movemos. Quiero echar a andar, pero mi cuerpo se niega a obede cerme. Desea oír más cosas.

-Bella, ¿sabes cómo trabajábamos Seth y yo cuando monta mos la Panther? -pregunta con ojos ardientes-. ¿Cómo tomába mos las decisiones?

Me encojo de hombros como diciendo: «Cuéntamelo si te ape tece.»

-Por instinto. ¿Compraríamos nosotros algo así? ¿Nos gustaría? Ésa era la forma en que nos lo planteábamos. Todos los días, una y otra vez. Estas últimas semanas he estado inmerso en la nueva línea para mujeres y no he dejado de preguntarme: «¿Qué opinaría Bella? ¿Bebería una cosa así? ¿Compraría esto? » Sí, estás en mi pensamiento. Te has introducido en mi trabajo. Nunca he distinguido muy bien en tre vida y negocio, pero eso no quiere decir que mi vida no sea real ni que lo que tuvimos..., tenemos..., no lo sea. -Inspira profundamente y semete las manos en los bolsillos-. No te mentí. Ni te induje a nada. Me atrapaste desde que te vi en el avión. Cuando me miraste y dijiste: «Ni siquiera sé si tengo G», me quedé enganchado. Y no porque pudiera utilizarlo, sino por ti. Por ser quien eres. Por cómo eliges el mejor horóscopo, por la nota de Ernest P. Leopold que escribis te, por la tabla de ejercicios que tienes en la pared. Por todo eso.

Fija sus ojos en los míos y se me forma un nudo en la garganta. No sé qué pensar y, por un momento, dudo.

Sólo un instante.

-Todo eso me parece muy bien -respondo con voz tembloro sa-. Pero me avergonzaste, me humillaste.

Me doy la vuelta y empiezo a cruzar la calle.

-No pretendía decir tantas cosas -se excusa Edward siguiéndo me-. Créeme. Lo siento tanto como tú. En cuanto acabamos la en trevista, les pedí que cortaran esa parte y me prometieron que lo ha rían. No sé, me animaron a que hablara y supongo me dejé llevar.

-¿Ah, sí? Le contaste al mundo entero todas mis intimidades -le espeto con una nueva oleada de indignación.

-Lo sé y lo lamento mucho.

-Hablaste de mi ropa interior, de mi vida sexual... y de mi col cha de Barbie, sin aclarar siquiera que tiene un sentido irónico.

-Disculpa.

-Dijiste cuánto peso y encima te equivocaste.

-Perdona, de verdad.

-Eso no basta. Has arruinado mi vida.

-¿Qué? ¿Eso es lo que piensas? ¿Tan desastroso te parece que la gente sepa la verdad?

Vacilo un segundo.

-Tú no sabes lo que ha supuesto para mí -afirmo recobrán dome-. Ahora soy el hazmerreír. En la oficina todos me toman el pelo. Tania ha empezado a burlarse...

-La despediré -me interrumpe.

Me sorprende tanto que suelto una risita, e intento disimularla tosiendo.

-Eleazar también.

-Pues lo pondré de patitas en la calle. -Reflexiona un segun do-. ¿Qué tal si echo a todos los que se burlen de ti? Esta vez no puedo evitar reírme.

-Entonces te quedarás sin empleados.

-Me da igual, así aprenderé. Eso me enseñará a no ser tan irre flexivo.

Nos miramos un momento a la luz del sol. El corazón me late con fuerza. Estoy confundida.

-¿Quiere comprar un poco de brezo de la suerte? -me pre gunta una mujer vestida con un chándal rosa mientras me pone en la cara un ramo envuelto con papel de aluminio, pero niego con la cabeza-. ¿Y usted, señor?

-Deme toda la cesta. Creo que voy a necesitarla.

Saca la cartera y le da dos billetes de cincuenta libras sin apartar sus ojos de los míos.

-Me gustaría hacer las paces contigo. ¿Comemos juntos? ¿To mamos una copa? ¿Un batido? -propone con una leve sonrisa, pero yo no sonrío.

Estoy demasiado confusa. Parte de mí comienza a relajarse, a creerlo, y quiere perdonarlo, pero mi mente sigue hecha un lío.

Algunas cosas todavía no están claras.

-No sé -respondo.

-Todo iba de maravilla y entonces voy yo y lo estropeo.

-¿Iba de maravilla?

-¿No lo crees? Yo pensaba que sí.

La cabeza me da vueltas. Necesito decirle algo. Hay cosas que han de salir a la luz.

-Cuando nos conocimos, ¿qué habías ido a hacer a Escocia? La expresión de su cara cambia por completo, como si se cerra se, y aparta la vista.

-Me temo que no puedo contártelo.

-¿Por qué no?

-Es algo complicado.

-Muy bien, ¿adónde te marchaste tan deprisa la noche que fue a buscarte Steven? Cuando me dejaste colgada.

Suspira. -Bella.

-¿Y qué me dices de las llamadas en el restaurante? ¿Qué eran? -Esta vez ni siquiera se molesta en contestar-. Ya veo –murmuro echándome el pelo hacia atrás e intentando mantener la calma-.

¿Se te ha ocurrido pensar que en todo el tiempo que hemos pasado juntos prácticamente no me has contado nada sobre ti?

-Supongo que es porque soy una persona reservada. ¿Tanto importa?

-Pues sí. Yo te he descubierto mis pensamientos, mis inquie tudes, todo. Y tú no has compartido nada conmigo.

-Eso no es verdad.

Da un paso adelante, sujetando todavía la voluminosa cesta de brezo, y se le caen algunas ramas.

-Bueno, pues casi nada. -Cierro los ojos y trato de ordenar mis ideas-. Las relaciones se basan en la confianza y la igualdad. Si una persona da, la otra debería hacerlo también. Y tú ni siquiera me dijiste que ibas a salir en televisión.

-¡Por Dios! Era una entrevista para idiotas. Creo que estás reaccionando de forma exagerada.

Una chica con unas seis bolsas de compra le tira unas cuantas ramas de brezo y Jack, exasperado, deja la cesta en el maletero de una moto que pasa junto a él.

-Te he revelado todos mis secretos y tú no me has contado ninguno de los tuyos -continúo obstinada. -Con el debido respeto, creo que es distinto.

-¿Por qué? -pregunto sorprendida.

-Has de entender que en mi vida hay cosas un poco delica das..., complejas..., muy importantes.

-¿Y yo no lo soy? -Mi voz sale como un cohete-. ¿Crees que mis secretos son inferiores a los tuyos? ¿Que a mí me duele menos que los sueltes en televisión? -Estoy temblando por la ira y la de cepción-. Supongo que se debe a que tú eres superior y yo ¿qué soy? -Los ojos se me llenan de lágrimas-. Nada especial. Una chi ca vulgar y corriente.

Edward se estremece; he dado en el clavo. Cierra los ojos y, durante un buen rato, creo que no va a contestarme.

-No quise utilizar esas palabras. En cuanto las pronuncié, de seé poder retirarlas. Pretendía evocar algo muy diferente. Sabes muy bien que no...

-Te lo preguntaré otra vez -insisto con el corazón desboca do-. ¿Qué estabas haciendo en Escocia? -Silencio. Lo miro a los ojos y sé que no va a decírmelo. Aunque para mí es importante, pre fiere callar-. Muy bien. Está visto que no valgo tanto como tú. Que soy una chica divertida que te entretiene en los viajes y te da ideas para tu negocio.

-¡Bella!

-Eso no es una relación de verdad. En las auténticas hay reci procidad. -Trago el nudo que me oprime la garganta-. Así que, ¿por qué no te vas con alguien que esté a tu nivel y a quien puedas confiarle tus valiosísimos secretos? Es evidente que yo no te sirvo.

Me doy la vuelta rápidamente, antes de que él pueda decir nada, y echo a andar pisoteando el brezo de la suerte, con dos enor mes lágrimas por las mejillas.

No llego a casa hasta mucho más tarde, todavía afectada por la dis cusión. Me duele la cabeza y estoy al borde del llanto. Abro la puerta y me encuentro a Alice y a Jesica enfrascadas en un debate sobre los derechos de los animales.

-A los visones les encanta que hagan abrigos con su piel -ase gura Jesica cuando entro en el salón. Se calla y me mira-. ¿Estás bien?

-No. -Me dejo caer en el sofá y me tapo con la manta de felpa que le regaló a Alice su madre en Navidad-. He tenido una terrible pelea con Edward.

-¿Sí?

-¿Lo has visto?

-Ha venido a... disculparse, supongo.

Mis compañeras de piso intercambian miradas.

-¿Y qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho? -pregunta Alice abra zándose las rodillas.

Me quedo en silencio unos segundos e intento recordar sus pa labras exactas; tengo la cabeza hecha un lío.

-Que nunca pretendió utilizarme; que estoy en su pensamien to; que despedirá a todos los de la empresa que se burlen de mí -añado sin poder contener una risita.

-¿De verdad? Joder, eso suena muy romántico -dice Alice.

-Ha asegurado que sentía mucho lo ocurrido y que no había querido contar mis intimidades en televisión; que nuestra rela ción era... Da igual. Ha dicho muchas cosas, pero luego... -El co razón me empieza a latir con fuerza por la indignación-. Luego me ha dejado claro que sus secretos son más importantes que los míos.

Las dos parecen escandalizadas.

-¡No! -exclama Alice.

-¡Cabrón! -suelta Jesica-. ¿Qué secretos?

-Le he preguntado por lo de Escocia y por qué se fue tan depri sa el día de la cita.

-¿Y?

-No ha soltado prenda. Según él, es algo muy «delicado y com plejo».

-¿Qué? No lo habías mencionado antes. ¡Es perfecto! Sólo tie nes que enterarte de qué se trata y divulgarlo -me incita Jesica.

La miro con el corazón acelerado. Sí. Podré vengarme. Le haré tanto daño como él a mí.

-Pero no tengo ni idea de lo que es.

-Pues averígualo. Eso es fácil. Ahora sabes que oculta algo.

-La verdad es que resulta muy misterioso -interviene Alice-. Todas esas llamadas telefónicas y que se fuera a toda prisa cuando quedasteis.

-¿Se fue corriendo? -se interesa Jesica con avidez-. ¿Adón de? ¿Qué dijo? ¿Oíste algo?

-Pues no. Jamás escucharía a escondidas las conversaciones ajenas.

Jesica me mira fijamente.

-No me cuentes historias. Seguro que captaste algo. Venga, Bella, ¿qué fue?

Regreso a aquella noche con el pensamiento. Estoy sentada en el banco bebiendo el cóctel de color rosa. Siento la brisa en la cara, Edward y Steven hablan detrás de mí en voz baja...

-No es mucho. Sólo oí que tenía que transferir algo. Mencionó un plan B y algo que era urgente.

-¿Transferir qué? ¿Fondos? -pregunta Alice con recelo.

-Ni idea. Luego comentaron que debía volver a Glasgow. Jesica parece fuera de sí.

-No puedo creérmelo. Debe de ser algo jugoso. ¿No llevabas encima un dictáfono o algo así?

-Pues claro que no -contesto riéndome—. Era una cita. ¿Tú sueles llevar un...?

Cuando veo su cara, me callo.

-No siempre -se defiende encogiéndose de hombros-. Sólo si creo que puede resultarme útil. Pero eso no viene al caso. Tienes información y eso te da poder. Debes descubrir lo que esconde y re velarlo. Eso le enseñará al señor Cullen quién manda. Ésa será tu venganza

Miro su resuelta expresión y, por un momento, siento que me invade una pura y poderosa euforia. Me las va a pagar. Entonces lo lamentará y verá que no soy una pobre diabla.

-¿Y cómo lo hago? -pregunto pasándome la lengua por los labios.

-Intentaremos averiguar cuanto podamos. Además, conozco a gente que se encargaría de conseguir más datos. -Me guiña un ojo-. Discretamente.

-¿Té refieres a detectives privados? ¿Nos tomas el pelo? -in terviene Alice.

-Y después lo desenmascararemos. Mi madre tiene contactos en todos los periódicos.

La cabeza me da vueltas. ¿De verdad estoy discutiendo cómo vengarme de Edawrd?

-Un buen sitio para empezar son los cubos de basura; allí se puede encontrar todo tipo de cosas -añade Jesica con tono de experta.

De repente, la historia pierde todo atisbo de sentido común.

-¿De qué estás hablando? -pregunto horrorizada-. No voy a rebuscar en la porquería de nadie. Abandono. Es una locura.

-Ahora no te hagas la remilgada. Si no, ¿cómo vas a descubrir qué oculta? -replica de manera cortante.

-Quizá no quiera saberlo. A lo mejor ni me interesa -le espeto recobrando lo que me queda de orgullo.

Me arrebujo aún más en la manta y me contemplo los dedos de los pies, desconsolada.

Edward tiene un gran secreto que no puede contarme. Muy bien, pues que se lo guarde para él. No me rebajaré por conocerlo. No voy a hurgar en su basura. Me trae al fresco lo que sea y él no me impor ta nada.

-Quiero olvidarlo todo y seguir con mi vida.

-Ni hablar. No seas tonta. Es la hora de la revancha. Vamos a ir a por él -asegura Jesica. Jamás la había visto tan animada. Coge su bolso y saca una libreta Smythson de color lila y un bolígrafo Tyffany-. Muy bien, ¿qué tenemos? Glasgow, plan B, transferencia...

-Cullen Corporation no tiene oficinas en Escocia, ¿verdad? - Inquiere Alice con aire pensativo.

Vuelvo la cabeza y la miro estupefacta. Está escribiendo en una hoja de papel con la misma expresión absorta que cuando se dedica a uno de sus acertijos para cerebritos. Veo «Glasgow», «transferencia y "plan B», y que ha mezclado todas las letras de Escocia, con las que intenta formar nueva palabra.

¡Por favor!

-¿Qué estás haciendo? -le pregunto.

-Nada, perder el tiempo -contesta ruborizándose-. Voy a conectarme a Internet para mirar unas cosas, sólo por curiosidad.

-Dejadlo ya, las dos. Si Edward no quiere contármelo, no me inte resa saberlo.

De repente me siento agotada y herida por todo lo que ha pasa do. Me da igual la misteriosa vida privada de Edward Cullen. Me niego a pensar más en él. Voy a prepararme un baño caliente, irme a la cama y olvidarme incluso de que lo he conocido.

Lo que pasa es que no puedo.

No consigo olvidarme de Edward ni de nuestra discusión.

Su cara se me aparece constantemente. Lo veo mirándome con los ojos entrecerrados por la luz del sol y comprando el brezo de la suerte.

Permanezco en la cama con el corazón desbocado, recordando todo eso una y otra vez, sintiendo el mismo dolor, la misma desilusión. Se lo conté todo sobre mí. Todo. Y él es incapaz de contarme una sola cosa.

No me importa.

Que haga lo que quiera. Que se quede con sus secretos. Se acabó. Ya lo he sacado de mi mente. Para siempre.

Miro el oscuro techo.

« ¿Tan desastroso es que la gente sepa la verdad sobre ti?» ¿Qué habrá querido decir con eso?

Desde luego es muy elocuente. El señor misterioso, delicado y complejo.

Debería haberle dicho...

Hasta. Déjalo. No divagues más.

Cuando por la mañana voy hacia la cocina para prepararme una taza de té, tomo una decisión. A partir de hoy ni siquiera pensa ré en él. Finito.The end. Fin.

Ya está, tengo tres teorías -anuncia Alice, que llega sin aliento, en pijama y con un cuaderno en la mano.

-¿De qué estás hablando? –pregunto soñolienta.

-Del secreto de Edward...

-¿Sólo tres? -interviene Jesica, que aparece detrás de ella con su albornoz blanco y la libreta Smythson-. Yo tengo ocho.

-No es posible -replica Alice ofendida.

-No quiero oírlas. Todo esto ha sido muy doloroso para mí. ¿Por qué no respetáis un poco mis sentimientos y lo dejáis?

Ellas me miran un instante, como si no me comprendieran, y luego vuelven a lo suyo.

-¿Cómo es que tienes tantas? -pregunta Alice.

-Está chupado, aunque seguro que las tuyas también son buenas -concede amablemente Jesica-. ¿Por qué no empiezas tú?

-Vale -acepta un tanto molesta, y se aclara la voz-. Primera: planea trasladar la Cullen Corporation a Escocia. Fue allí a recono cer el terreno y no quería que corrieras la voz. Segunda: está involu crado en algún tipo de fraude económico.

-¿Por qué dices eso? -me inquieto.

-He averiguado que los contables que le hicieron la última au ditoría se han visto envueltos en varios escándalos recientemente. Lo que no prueba nada, pero si se está comportando de forma sos pechosa y habla de transferencias...

Hace una mueca, y la miro desconcertada. ¿Defraudador? No, es imposible.

Tampoco me importa.

-¿Puedo decir que ambas teorías me parecen poco probables? -objeta Jesica enarcando las cejas.

-Bueno, y ¿cuáles son las tuyas? -le apremia Alicia enfadada. -Cirugía plástica, por supuesto -responde con tono triun fal-. Se hizo un lifting y no quería que se supiera, así que fue a recu perarse a Escocia. Y también sé lo que significa el plan B. -A ver -digo sin acabar de creerla.

-¡Botox! Por eso salió pitando el día de vuestra cita, para que le alisaran las arrugas. El médico tenía un momento libre y su amigo fue corriendo a decírselo.

¿De qué planeta será Jesica?

-Él no se haría nada de eso.

-No lo sabes -dice lanzándome una contundente mirada-. Compara una de sus fotos recientes con una antigua, y seguro ves la diferencia.

-Muy bien, Miss Marple. ¿Cuáles son las otras siete? -pregun ta Alice.

-Vamos a ver... -Pasa una hoja de la libreta-. Vale, ésta es muy buena. Pertenece a la mafia. -Hace una pausa para impresio narnos-. Asesinaron a su padre y él está planeando matar a los je fes de las otras familias.

-¡Jesica, eso es El padrino! -exclama Alice.

-Vaya, ya decía yo que me sonaba. -La tacha-. Bueno, otra: tiene un hermano autista...

-Rain Man.

-Mierda. -Frunce la boca y repasa la lista otra vez-. Puede que ésta no valga ni ésta tampoco. -Empieza a tacharlas todas-. Vale, aún queda una: hay otra mujer.

La miro y me recorre un escalofrío. Jamás lo había pensado. -Ésa era también mi última teoría -afirma Alice apenada.

-¿Las dos creéis lo mismo? Pero ¿por qué?

De repente me siento muy pequeña. Y tonta. ¿Me ha estado en gañando? ¿He sido más ingenua de lo que imaginaba?

-Parece una explicación razonable -admite Jesica-. Tiene un lío secreto con una mujer de Escocia. Cuando te conoció, acaba bade visitarla. Quizá se habían peleado. Ella no para de llamarlo y viene a Londres de improviso, así que Edward ha de irse a toda prisa cuando está contigo.

Alice repara en mi afligido rostro.

-Pero a lo mejor quiere trasladar la empresa o es un defrauda dor -dice para animarme.

-No me importa lo que esté haciendo. Es su problema y puede quedarse con él -les comunico con la cara roja.

Cojo una botella de leche de la nevera y la cierro de golpe con manos temblorosas. Delicado y complejo. ¿Será una clave para de cir que está saliendo con otra?

-También es asunto tuyo. Si vas a vengarte... -comienza Jesica.

¡Por todos los santos!

-No voy a hacerlo, ¿vale? No es sano. Quiero curar mis heridas y salir adelante.

-¿Te digo un sinónimo de venganza? -continúa como si fuera a sacar un conejo de la chistera-. Punto final.

-No son lo mismo –replica Alice.

-Para mí, sí. Eres mi amiga, y no permitiré que te quedes cru zada de brazos y te dejes maltratar por un cabrón. Debe pagar por ello. Se merece un castigo.

La miro con cierta aprensión.

-No irás a hacer nada al respecto, ¿verdad?

-Por supuesto que sí. No voy a permanecer al margen viendo cómo sufres. Es cuestión de solidaridad femenina.

¡Dios mío! Me la imagino rebuscando en la basura de Edward con su traje rosa de Gucci, o rayándole el coche con una lima de uñas.

-Por favor, no quiero que muevas un dedo -le imploró asus tada.

-Luego me lo agradecerás.

-No lo haré. Tienes que prometerme que no cometerás ningu na estupidez. -Ella aprieta los dientes con rebeldía-. Promételo.

-Vale -accede finalmente.

-Ha cruzado los dedos por detrás de la espalda -la acusa Alice

-¿Qué? Hazlo bien. Júralo por algo que quieras de verdad.

-Está bien, tú ganas. Lo juro por mi bolso Miu Miu de piel de potro. Pero estás cometiendo un grave error.

Se va enfadada, y me siento un tanto intranquila.

-Esa chica es una psicópata -comenta Alice dejándose caer en una silla-. ¿Por qué dejaríamos que se instalara aquí? Ahora me acuerdo, porque su padre pagó todo un año de alquiler por adelan tado. ¿Estás bien?

-No hará nada, ¿verdad?

-Pues claro que no -asegura para tranquilizarme-. Habla mucho, pero después... Seguramente se encontrará con alguna de sus amigas con cabeza de chorlito y se olvidará de todo.

-Tienes razón. ¿De verdad crees que el secreto de Edward es otra mujer? -Alice abre la boca-. De todas formas no me importa -añado en tono desafiante antes de que pueda responder-. Me da igual lo que sea.

-Sí, claro -dice sonriendo comprensiva.

Cuando llego a la oficina, Tania me mira con ojos brillantes. -Buenos días -me saluda, y sonríe a Catherine-. ¿Has leído algún libro para intelectuales últimamente?

Ja, ja, ja. Qué gracioso. El resto del personal ya se ha cansado de tomarme el pelo. Sólo ella lo sigue encontrando muy diver tido.

-Pues la verdad es que sí. Acabo de leer uno que se titula Qué hacer si tu compañera es una bruja asquerosa que se hurga la nariz cuando cree que nadie la ve.

Se oye una sonora carcajada en la oficina y Tania se pone como un tomate.

-No lo hago -replica enseguida.

-Yo no he dicho que fueras tú -le aclaro con voz candorosa, y enciendo el ordenador con un ademán triunfal.

-¿Estás lista para la reunión, Tania? -le pregunta Paul sa liendo de su despacho con un maletín y una revista en la mano-. Por cierto, Eleazar, antes de que me marche, ya me dirás qué demo nios te llevó a insertar un anuncio con cupón descuento para las barritas Cullen en... -dice consultando la portada- Encuentros en la bolera. Me imagino que has sido tú, porque el producto es tuyo.

Siento una sacudida y levanto la cabeza. Mierda. Doble mierda. Pensé que Paul no se enteraría.

Eleazar me lanza una mirada asesina y me invade la angustia.

-Sí, Paul. Normalmente yo me ocupo de eso, pero resulta que...

No puedo dejar que cargue con la culpa.

-Fui yo quien... -comienzo con voz temblorosa.

-Porque he de decirte -continúa Paul sonriendo a Eleazar- que hasido una idea genial. Acaban de pasarme los datos de la respues ta de sus lectores y, teniendo en cuenta su poca circulación, el resul tado ha sido extraordinario.

Lo miro estupefacta. ¿Ha funcionado?

-¿En serio? -suelta Eleazar intentando ocultar su sorpresa-. Es decir, ¡estupendo!

-¿Qué cojones te impulsó a hacer publicidad de una chocola tinapara adolescentes en una publicación destinada a un puñado de vejetes?

-Bueno... -empieza, ajustándose los gemelos y evitando mi rame , evidentemente fue un riesgo, pero creí que había llegado el momentode tantear el terrero y probar con un nuevo segmento demográfico…

¿Qué está diciendo?

-Pues tu experimento ha sido un éxito. Y, por extraño que pa rezca, coincide con las conclusiones de un estudio del mercado es candinavo que acabamos de recibir. Ven a verme luego para co mentar el tema.

-Por supuesto. ¿A qué hora? -pregunta con sonrisa satisfecha. No. ¿Cómo es posible? ¡Será hijo de...!

-Espera. -Para mi asombro, me levanto de la silla indigna da-. Alto ahí, Eleazar. Esa idea la tuve yo.

-¿Qué dices? -se sorprende Paul.

-Lo de anunciarse en esa revista se me ocurrió a mí. ¿Verdad, Eleazar?

-Puede que lo comentáramos; no me acuerdo muy bien. Pero, ya sabes, tienes que aprender que el marketing se basa en el trabajo en equipo.

-No me trates con condescendencia. Fue idea mía. Puse el vale para mi abuelo.

Mierda, no quería que se me escapara.

-Primero tus padres, ahora tu abuelo. Dime, Bella, ¿es la se mana de la familia en el trabajo? -pregunta Paul.

-No, es sólo que dijisteis que se iban a suprimir las barritas y pensé que de esa forma él y sus amigos se ahorrarían un dinero y acumularían una buena provisión. Intenté decirlo en aquella reu nión: a ellos les encantan. Y si quieres mi opinión, deberíais dirigir la publicidad a los jubilados, y no a los adolescentes.

Nos quedamos en silencio y Paul me mira atónito.

-¿Sabes? En Escandinavia han llegado a la misma conclusión. Al menos, eso es lo que refleja el estudio.

-¿Ves? Ahí lo tienes.

-¿Y podrías explicarme por qué les gusta tanto ese producto? -me pregunta fascinado.

-Pues claro.

-Se debe al poder adquisitivo de la tercera edad -interviene Eleazar con aire de entendido-. Los cambios demográficos entre la población pensionista...

-No es por eso -lo corto exasperada-. Es por... -El abuelo me matará por contar esto-. Es porque no les despega la dentadura postiza.

Se produce un silencio, en el que flota el desconcierto. Luego Paul echa hacia atrás la cabeza y suelta una sonora carcajada.

-¡Es genial! -exclama secándose los ojos.

Vuelve a reírse, y lo miro notando cómo la sangre me sube a la cabeza. Tengo una sensación muy extraña. Como si algo creciese en mi interior, como si estuviera a punto de...

-¿Me vas a ascender?

-¿Qúé?

¿De verdad lo he dicho en voz alta?

-Que si merezco un ascenso -repito con voz temblorosa, pero con firmeza-. Me dijiste que si creaba mis propias oportuni dades, me lo darías. ¿Acaso esto no es un buen ejemplo?

Me mira un momento y parpadea, sin decir nada.

-¿Sabes, Isabella Swan? Eres una de las personas más sor prendentes que he conocido en mi vida.

-¿Eso es un sí? -insisto.

En la oficina no se oye el vuelo de una mosca. Todo el mundo espera su respuesta.

-¡Qué narices! Está bien. Tendrás tu ascenso. ¿Algo más?

-Sí -contesto con el corazón a toda velocidad-. Se me rom pió tu taza de los mundiales.

-¿Qué? -exclama alucinado.

-Lo siento mucho, te compraré otra. -Miro alrededor de la muda y atónita oficina-. Y fui yo quien estropeó la fotocopiadora aquella vez. De hecho, todas las veces. Y ese... -Voy al tablón de anuncios y rompo la fotocopia en la que se ve un culo con tanga-. Es el mío y no quiero que esté ahí más tiempo. Y, Tania, respecto a tu planta...

-¿Qué? -pregunta recelosa.

Paseo la vista por su impermeable Burberry, sus gafas de diseño y su engreída cara de: «Soy mejor que tú.»

Vale, será mejor que no me deje llevar.

-No tengo ni idea de lo que le pasa. Que disfrutes en la reu nión.

Durante el resto del día estoy eufórica. Estupefacta y emocionada al mismo tiempo.No acabo de creerme que me vayan a ascender. ¡Voy a ser ejecutiva de marketing!

Bueno, no es sólo eso. No sé qué me ha ocurrido. Me siento como nueva persona. Rompí la taza de Paul, ¿y qué? ¿Qué más da si todo el mundo sabe cuánto peso? Adiós a la Bella cutre que esconde las bolsas de las tiendas de Oxfam bajo la mesa y bienveni da la nueva Bella segura de sí misma, que las cuelga orgullosa en la silla.

He llamado a mis padres para contarles lo del ascenso y se han quedado gratamente impresionados. Han dicho que vendrán a Londres para celebrarlo. Después he tenido una agradable conver sación con mi madre sobre Edward, y me ha explicado que algunas re laciones duran toda una vida y otras, sólo unos días. Después me ha confesado que conoció a un tipo en París con el que tuvo una aven tura de cuarenta y ocho horas; que experimentó un placer físico sin igual; y que como sabía que aquello no iba a durar, todo fue más in tenso.

También me ha pedido que no le mencione nada a mi padre. Joder, me he quedado de piedra. Siempre había creído que ellos..., o, al menos, nunca...

Bueno, ¡vivir para ver!

Tiene razón. Algunas historias son efímeras. Es evidente que Edward y yo no íbamos a ninguna parte y, la verdad, he salido bastante bien parada. De hecho, estoy completamente repuesta. Hoy sólo he tenido un sobresalto, cuando me ha parecido verlo en el pasillo, pero me he recuperado enseguida.

Hoy empieza mi nueva vida. Seguro que esta noche conozco a alguien en la actuación de Alice, algún abogado alto y guapo. Sí, vendrá a recogerme al trabajo en un fabuloso deportivo, y yo bajaré las escaleras echándome el pelo hacia atrás sin mirar a Edward, que es tará observándolo todo por la ventana de su oficina con el entrecejo fruncido...

No, no estará en ningún sitio. Se acabó. Debo recordarlo. Creo que me lo voy a escribir en la mano.

ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO EL CAPITULO

Y BUENO CREO QUE LES DEBO UN DISCULPA YA QUE ME TARDE DEMASIADO EN SUBRI PERO ENTRE LA UNIVERSIDAD Y EL TRABAJO SE ME ESTA HACIENDO UN POCO PESADO ACTUALIZAR, ESPERO QUE ME COMPRENDAN Y SIGAN LEYENDO MIS HISTORIAS

ATTE

MISS MCKARTY