BUENO A QUI LES DEJO OTRO CAPITULO DE ESTA HISTORIA, RECUERDEN QUE ESTA HISTORIA ES DE SOPHIA KINSELLA,Y LOS PERSONAJES SON DE STHEPANIE MEYER ESPERO QUE LES GUSTE.
La obra de Alice se representa en un teatro de Bloomsbury, situado ante un pequeño patio de gravilla que, cuando llego, está repleto de abogados vestidos con trajes caros y la oreja pegada al móvil.
-... un cliente que no está dispuesto a aceptar las condiciones del acuerdo...
-... en especial la cláusula cuatro, coma, sin embargo...
Nadie parece tener prisa por entrar en la sala, así que me dirijo hacia los camerinos para darle a Alice el ramo de flores que le he comprado. (Había pensado en arrojarlo al escenario al final de la actuación, pero son rosas y tengo miedo de que le hagan una carreraen las medias.)
Mientras recorro los desvencijados pasillos, oigo música am biental y me cruzo con un montón de gente ataviada con ropa bri llante. Un hombre con plumas azules en la cabeza estira las piernas contra la pared mientas habla, con alguien.
-Entonces le indiqué al imbécil del fiscal que el precedente es tablecido en mil novecientos ochenta y tres por Miller contra Davy significa... ¡Mierda, me he olvidado de los primeros pasos! -Pali dece-. No me acuerdo de nada. No es broma. Hago un jeté y des pués...
Me mira como si esperara una respuesta.
-¿Una pirueta? -sugiero, me voy corriendo y casi tropiezo con una chica que está haciendo el espagat.
Entonces descubro a mi amiga, sentada en un taburete en un taburete en un camerino. Está muy maquillada, los ojos se le ven enormes y enormes y brillantes, y también lleva plumas azules en la cabeza.
-¡Madre mía, Alice! -exclamo en la puerta-. Estás increíble. Me encanta tu...
-No puedo hacerlo.
-¿Qué?
-No puedo -repite desesperada, y se ciñe la bata de algo dón-. No recuerdo nada. Tengo la mente en blanco.
-Eso le pasa a todo el mundo. Ahí fuera hay un tipo diciendo lo mismo.
-Es verdad. Además, mis piernas parecen de algodón, y me ahogo. -Coge una brocha para colorete, la mira desolada y la deja-. No sé por qué me apunté al grupo.
-¿Por diversión?
-¿Crees que esto es divertido?
De repente le cambia la cara, y se va a toda velocidad hacia una puerta que hay en el camerino. Al momento oigo arcadas.
Algo no marcha bien. Y yo que creía que el baile era bueno para la salud.
Poco después sale, pálida y temblorosa.
-¿Estás bien?
-No puedo hacerlo. -De pronto parece tomar una decisión repentina-. Muy bien, me voy a casa. Diles que me he puesto mala, que ha sido una emergencia.
Empieza a recoger su ropa.
-De eso nada -digo horrorizada, e intento quitarle lo que lle va en la mano-. Te saldrá bien. Piensa un poco, ¿cuántas veces has estado en un juzgado soltando un discurso delante de un montón de gente? Y si te equivocas, un inocente puede ir a la cárcel.
Me mira como si estuviera loca.
-Sí, pero eso es fácil.
-Pues si te vas ahora, te arrepentirás toda la vida. Cuando lo recuerdes, pensarás que ojalá te hubieras atrevido.
Nos quedamos en silencio y noto que, bajo las plumas y demás, su cerebro está trabajando.
-Tienes razón -admite, y suelta la ropa-. Vale, lo haré, pero no quiero que me veas. Ven luego, cuando haya acabado. No, tampoco, no te acerques. Mantente alejada:
-Bueno, si de verdad...
-No, quédate. He cambiado de opinión. Necesito que estés aquí.
-De acuerdo.
-¡Faltan quince minutos para la representación! -anuncia un altavoz cercano.
-Te dejo para que hagas el calentamiento.
-Bella. -Me agarra del brazo y me mira fijamente. Aprieta con tantá fuerza que me está haciendo daño-. Si alguna vez vuelvo a decir que quiero hacer algo como esto, párame los pies. Diga lo que diga. Prométemelo.
-Te lo prometo.
¡Joder! Jamás la había visto así. Cuando salgo al patio, que ahora está lleno de gente todavía más arreglada, estoy hecha un manojo de nervios. Alice no parecía capaz de mantenerse en pie y mucho menos de bailar.
Ojalá no la cague.
Me la imagino en el escenario como un conejo asustado, sin re cordar los pasos, mientras el público la observa. Sólo de pensarlo se merevuelve el estómago.
Vale, no voy a permitir que eso suceda. Si pasa algo, distraeré la atención. Fingiré que me ha dado un ataque al corazón. Sí, me ti raré al suelo y todo el mundo me mirará a mí, pero la representa ción seguirá adelante, porque somos británicos, y cuando la gente vuelva a prestarle atención, Alice habrá recordado lo que tenía que hacer.
Y si me llevan a toda prisa al hospital les diré: «Tenía un dolor te rrible en el pecho.» Nadie podrá demostrar que era mentira.
Incluso aunque puedan, gracias a alguna máquina especial...
-¡Bella!
-¿Qué? -contesto distraída, y luego se me para el corazón de verdad.
Edward está a un par de metros de mí. Lleva su habitual uniforme de vaqueros y jersey, con lo que se le ve a la legua entre todos los ele gantesabogados. Cuando clava sus oscuros ojos en los míos, siento queme vuelve al pecho todo el dolor que creía haber olvidado.
«No reacciones de ninguna manera -me digo a mí misma-. Punto final. Nueva vida.»
-¿Qué haces aquí? -le pregunto en tono de: « La verdad es que me da igual .. »
-He encontrado el folleto de la actuación en tu mesa. -Me lo enseña sin quitarme la vista de encima-. Me gustaría hablar con tigo.
Me invade cierto resquemor. ¿Se cree que sólo con venir lo deja ré todo para hablar con él? Puede que esté ocupada, o que haya se guido mi camino. ¿No se le ha ocurrido o qué?
-Da la casualidad de que estoy con alguien -digo en tono educado y ligeramente despectivo.
-¿En serio?
-Así es.
Me encojo de hombros y espero a que se vaya, pero no se mueve.
-¿Con quién?
Vale, se suponía que no iba a preguntarme algo así. Durante un momento no estoy muy segura de qué responder.
-Con... él -digo señalando a un tipo alto, en mangas de cami sa, que está en un rincón del patio mirando hacia otro lado-. Creo que será mejor que vaya a hacerle compañía.
Con la cabeza bien alta, me giro y empiezo a caminar en esa di rección. Le preguntaré la hora y cruzaré unas palabras con él has ta que Edward se marche. (Y a lo mejor suelto un par de carcajadas para que vea lo bien que lo pasamos.)
Estoy a poca distancia cuando el tipo se vuelve y saca un móvil.
-Hola -lo saludo alegremente, pero él ni siquiera me oye. Me mira sin verme y se dirige hacia la multitud sin dejar de ha blar.
Me he quedado sola.
Mierda.
Tras lo que me parecen varias eternidades, me doy la vuelta contoda la despreocupación de la que soy capaz. Edward sigue en el mismo sitio.
Lo miro, muerta de vergüenza. Si se ríe de mí... Pero no lo hace.
-Bella. -Se acerca hasta que nos separa un metro. Su expresión es sincera-. No he podido olvidar lo que me dijiste. Debería haber compartido más cosas contigo y no excluirte.
Por un lado estoy desconcertada y, por otro, siento que ha herido mi orgullo. Así que ahora quiere compartir cosas conmigo, ¿verdad? Pues a lo mejor es demasiado tarde y a mí ya no me apetece
-No tienes por qué contarme nada. Tus asuntos son cosa tuya. De todas formas, seguramente no los entendería porque como son tan complicados y yo, tan tonta...
Le doy la espalda y echo a andar por la grava.
-Te debo una explicación.
-No me debes nada. -Zanjo la cuestión levantando el men tón con altivez-. Se acabó, Edward. Y los dos podríamos... ¡Suéltame!
Me ha cogido del brazo para que lo mire.
-He venido por una razón. Para decirte lo que estuve haciendo en Escocia.
Me llevo una sorpresa mayúscula, que intento disimular lo me jor que puedo.
-No me interesa en absoluto.
Me suelto y comienzo a andar hacia el bosque de abogados que hablan por sus móviles.
-Bella, quiero contártelo.
-Bueno, pues a lo mejor yo no deseo oírlo -replico desafiante dándome la vuelta. Estamos frente a frente como dos duelistas y el pecho me sube y me baja con rapidez. Por supuesto que quiero en terarme. Y él lo sabe muy bien-. Venga -concedo encogiéndome de hombros con reticencia-. Dímelo.
Sin pronunciar palabra, me conduce a un rincón apartado, le jos de la multitud. En ese momento, toda mi bravuconería se desva nece. De hecho, estoy algo inquieta. Incluso asustada.
¿Qué pasará si es un defraudador, como sugirió Alice? ¿Y si está haciendo algo ilegal y espera que me una a él?
¿Y si se ha sometido a alguna operación embarazosa y me echo a reír sin querer?
¿Y si es otra mujer y ha venido a decirme que va a casarse o algo así?
Siento un doloroso escalofrío, que domino como puedo. Bue no, si es eso, actuaré con naturalidad, como si ya lo supiera. Fingiré que yo también tengo un amante. Le sonreiré con ironía y le diré: «Nunca he supuesto que tuviéramos posesión exclusiva el uno del otro»
-Muy bien. Se coloca frente a mí. Decido que si ha cometido un asesinato, lo denunciaré, aunque prometa no hacerlo-. Fui a Escocia a ver a alguien.
Se me cae el alma a los pies.
-Una mujer -digo sin poder contenerme.
-Pues no. -Le cambia la expresión y me mira fijamente-.¿Eso era lo que pensabas? ¿Que había otra?
-No sabía qué pensar.
-No salgo con nadie. Estuve viendo a... -continúa dubitati vo-, digamos, la familia.
El corazón me da un vuelco.
¿Familia?
¡Dios mío! Jesica tenía razón. Me he liado con la mafia.
Vale, que no cunda el pánico. Puedo huir. Entraré en el progra ma de protección de testigos. Mi nuevo nombre podría ser Megan. No, mejor Chloe. Chloe de Souza.
-Para ser más preciso, a una niña.
¿Qué? Vuelvo a sentir un escalofrío.
-Se llama .Emily Tiene cuatro años.
Edward tiene una mujer y una familia secreta. Lo sabía.
-¿Es...? -Me humedezco los labios con la lengua-. ¿Es tu hija?
-No. -Mira al suelo un segundo y luego levanta la cabeza-. Es hija de Seth.
-Pero... -Estoy sorprendida-. Nunca has comentado nada al respecto.
-No lo sabe nadie, de eso se trata.
Esto es algo que no esperaba ni por asomo.
Una niña. La hija secreta de Seth Laidler.
-Pero ¿cómo es posible que nadie conozca su existencia? -pregunto. Nos hemos alejado todavía más de la gente y ahora es tamos sentados en un banco que hay debajo de un árbol-. Alguien la habrá visto.
-Seth era una estupenda persona, pero el compromiso nunca fue uno de sus fuertes. Cuando Marie, la madre de Emily, se enteró de que estaba embarazada, ellos ya no estaban juntos. Marie es una mujer orgullosa y resuelta, y estaba decidida a seguir adelante sola. Pete la ayudó económicamente, pero no se interesó mucho por la niña. Ni siquiera le dijo a nadie que era padre.
-¿Tú no lo sabías?
-Hasta su muerte no. Lo quería mucho, pero me resultó muy difícil perdonarle eso. Así que unos cuantos meses después del accidente, Marie apareció con la niña. Te puedes imaginar cómo nos sentimos todos. Impresionados sería decir poco, pero Marie fue ta jante, no quería que nadie se enterara. Deseaba educar a Alice como a una niña normal, no como a la hija de Seth Laidler ni como a la heredera de una gran fortuna.
Alucino. Una niña de cuatro años se queda con la parte de Seth Laidler de la Panther Corporation. Vaya pasada.
-Entonces, ¿lo hereda todo?
-Casi todo. La familia de Seth ha sido muy generosa, y por eso Marie ha mantenido a su hija alejada de la atención pública. Sé que no podremos protegerla toda la vida. Tarde o temprano se sabrá y entonces la prensa enloquecerá. La niña pasará a formar parte de la lista de personas ricas, los demás chavales se meterán con ella y su vida no volverá a ser normal. Hay niños que lo llevarían bien, pero no es el caso de Emily. Tiene asma y es muy frágil. -Mientras habla, recuerdo lo que publicaron los periódicos a la muerte de Seth. To dos sacaron su foto en primera página-. Soy excesivamente pro tector con ella, lo sé. Incluso su madre me lo dice, pero... para mí es muy importante. Es todo lo que me queda de Seth.
De repente, me conmuevo.
-¿Por eso recibías tantas llamadas? ¿Por eso te marchaste?
-El otro día tuvieron un accidente de coche. No fue nada gra ve, pero después de lo de Seth estamos muy sensibilizados, y que ríamos asegurarnos de que recibiera el tratamiento adecuado.
-Claro, es comprensible.
Nos quedamos en silencio un momento, durante el que mi ce rebro intenta unir todas las piezas.
-Lo que no acabo de entender es por qué querías que mantu viera en secreto que habías estado en Escocia. Nadie habría sospe chado nada.
Jack pone cara de arrepentimiento.
-Ése fue un estúpido error por mi parte. Le dije a unas cuantas personas que me iba a París, como precaución extra. Elegí una compañía aérea poco conocida. Pensé que nadie se enteraría. Y en tonces, entré en la oficina y... estabas tú.
-Y te quedaste de piedra.
- No exactamente. No sabía muy bien cómo reaccionar.
Noto que me estoy ruborizando y me aclaro la voz.
-Ejem… Esto… Por eso…
-Sólo quería evitar que fueras diciendo: «Estuvo en Escocia, no en París», y que todo el mundo empezara a inventarse historias. Te sorprendería saber las absurdas teorías a las que llega la gente cuando no tiene nada mejor que hacer. He oído de todo. Que voy a vender la empresa, que soy gay, que pertenezco a la mafia...
-¿Ah, sí? Qué estupideces.
Un par de chicas pasan a nuestro lado y nos callamos un mo mento.
-Lamento mucho no habértelo contado antes -continúa en voz baja-. Sé que te sentiste dolida, marginada, pero no es algo que se comparta a la ligera.
-No, por supuesto. Soy yo quien se ha comportado como una idiota.
Arrastro el zapato por la gravilla, un poco avergonzada. Debería haber imaginado que era algo importante. Cuando dijo que era algo delicado y complejo, estaba diciendo la verdad.
-Sólo lo saben unos cuantos; gente especial y de confianza.
Hay algo en su mirada que me pone un gran nudo en la gargan ta, y enrojezco.
-¿Van a entrar? La función está a punto de empezar.
La voz de una mujer vestida con vaqueros de color negro, que se aproxima sonriendo, nos sobresalta, y siento como si me hubieran dado una bofetada para despertarme de un sueño. -Tengo que ir a ver a Alice.
-Vale, te dejo pues. En realidad ya te lo he contado todo. -Se levanta para marcharse, pero se da la vuelta-. Una cosa más. Sé que estos últimos días no han sido fáciles para ti. Te has comportado con una discreción modélica y yo, no tanto. Quería disculparme una vez más.
-No pasa nada.
Lo veo alejarse por la gravilla y me quedo completamente des trozada.
Ha venido hasta aquí para contarme su gran y preciado secreto. No tenía por qué hacerlo.
¡Dios mío!
-¡Espera! -grito, y Edward se gira enseguida-. ¿Te apetece acom pañarme?
Cuando veo que sonríe, no puedo evitar un estremecimiento de placer.
Mientras caminamos juntos, reúno el valor suficiente para hablar.
-Yo también tengo que confesarte algo. Sé que el otro día dije que habías arruinado mi vida.
-Lo recuerdo.
-Puede que estuviera equivocada. -Me aclaro la voz y lo miro con franqueza-. No lo has hecho.
-¿No? ¿Lo intento de nuevo?
Muy a mi pesar, me entran ganas de echarme a reír. -¡No!
-¿Es tu última palabra?
En sus ojos brilla otra pregunta más profunda, y siento un dar do en el pecho, mitad esperanza, mitad temor. Durante un buen rato, ninguno de los dos dice nada y mi respiración comienza a ace lerarse.
De repente, él se fija en mi mano.
-He acabado con Edward -lee en voz alta. Mierda.
Me pongo como un tomate.
No volveré a escribirme nada en la mano, jamás.
-Sólo es un garabato. No significa...
El timbre del móvil me interrumpe. Gracias a Dios. Sea quien sea, encantada. Lo saco y aprieto el botón verde.
-Emma, me vas a adorar toda la vida -asegura la aguda voz de Jesica.
-¿A qué te refieres?
-Ya lo he arreglado todo. Soy la mejor. No sé qué harías sin mí.
-¿De qué me estás hablando?
-De tu venganza contra Edward Cullen, tonta. Mientras perma necías de brazos cruzados como un pelele, me he ocupado del asunto.
Me quedo paralizada.
-Edward, perdona un momento -le pido con una enorme sonri sa que atender esta llamada.
Me voy hacia un rincón con paso tembloroso, donde él no pue de oirme
-¡Me prometiste que no harías nada! Lo juraste por tu bolso Miu Miu de piel de potro.
-Mi bolso de piel de potro es de Fendi -se jacta con voz triunfal.
Está como una cabra.
-¿Qué has hecho? Dímelo.
El corazón me late con fuerza por el miedo. Por favor, que no le haya rayado el coche.
-Ojo por ojo. Ese hombre te traicionó y vamos a pagarle con la misma moneda. Estoy con un chico muy majo llamado Mick, que es periodista y trabaja en el Daily World.
Se me hiela la sangre.
-¿El diario sensacionalista? ¿Estás loca?
-No seas tan estrecha y burguesa -me reprende-. Son como detectives privados, pero gratis. Mick le ha hecho muchos trabajitos a mamá y está muy interesado en averiguar el secreto de Edward Cullen, pero antes desea hablar contigo.
Creo que me voy a desmayar, esto no puede estar pasando.
-Escúchame -susurro, como si estuviera intentando conven cer a una lunática de que bajara del tejado-. Ya no quiero saber nada, ¿vale? Quiero olvidarlo todo. Deshazte de ese tipo.
-Ni hablar -responde como una niña malcriada-. No seas ridícula. No puedes dejar que un hombre te pisotee sin hacer nada. Tiene que enterarse. Mi madre siempre dice... -Se oye un repenti no chirrido de neumáticos-. ¡Vaya! Acabo de tener un ligero acci dente. Te llamo luego.
Dejo de oír su voz. Estoy muda por el horror.
Marco frenéticamente su número, pero salta el contestador.
-¡Jesica! Olvida todo... -Me callo a mitad de frase porque Edward ha aparecido delante de mí.
-Está a punto de empezar. ¿Va todo bien?
-Sí, claro -contesto con voz entrecortada, y cuelgo-. De ma ravilla.
De camino a la sala, el pánico se apodera de mí. ¿Qué he hecho?Le he revelado el secreto más íntimo de Edward a una pervertida moral, ansiosa de venganza y vestida de Prada. «Cálmate -me digo por millonésima vez-. Todavía no lo sabe. Seguramente el periodista no averiguará nada. Lo cierto es que no dispone de datos.»
Pero ¿y si lo descubre? ¿Qué pasará si por casualidad se entera de la verdad y le dice a Edward que he sido yo quien lo ha puesto en la dirección adecuada? La simple idea me pone mala. Tengo el estómago encogido.
¿Por qué le mencionaría nada de Escocia a Jesica? ¿Por qué? Nuevo propósito: no contar jamás un secreto. Incluso si no pa rece importante o estoy enfadada.
De hecho, no voy a volver a hablar y punto. Cada vez que digo algo acabo teniendo problemas. Si no hubiera abierto la boca en aquel estúpido avión, ahora no estaría metida en este lío. Seré muda. Un enigma silencioso. Cuando alguien me haga una pregunta, moveré la cabeza o garabatearé notas crípticas en una hoja de papel. La gente las cogerá e intentará descifrarlas en busca de significados ocultos...
-¿Ésta es Alice? -me pregunta Edward señalando un nombre en el programa, y doy un respingo. Miro hacia donde indica y asiento, con la boca cerrada.
-¿Conoces a alguien más del grupo?
Me encojo de hombros como diciendo: «Quién sabe.»
-¿Cuánto tiempo lleva practicando tu amiga? Dudo un momento y luego le muestro tres dedos.
-¿Tres? ¿Tres qué?
Hago un gesto con la mano que pretende representar «meses» y luego lo repito. Jack está desconcertado.
-Te pasa algo?
Busco un bolígrafo en el bolsillo, pero no llevo. A paseo el no hablar.
-Unos tres meses -digo en voz alta.
-Ah -exclama, y se concentra de nuevo en el programa.
Está tranquilo y no parece sospechar nada, por lo que vuelve a invadirme un sentimiento de culpabilidad. Quizá debería decírselo.
No, no puedo. ¿Cómo iba a explicárselo? «Por cierto, Edward. ¿Te acuerdas de ese gran secreto que me pediste que no contara? Pues adivina qué...»
Lo que necesito es represión. Como en esas películas de guerra en las que se cargan a la gente que sabe demasiado. Pero ¿cómo re primo a Jesica? He lanzado un Exocet humano, que pasa silbando por Londres resuelto a causar la mayor devastación posible, y ahora quiero que regrese, pero el botón no responde.
Vale, piensa con sensatez. Que no cunda el pánico. Esta noche no va a ocurrir nada. Seguiré intentando llamarla al móvil y en cuanto consiga hablar con ella, le explicaré con monosílabos que si no despide a ese tipo le romperé las piernas.
Comienza a oírse un redoble por los altavoces, y me sobresalto. Estoy tan distraída que he olvidado a qué hemos venido. Se apagan los focos y todo el mundo enmudece a nuestro alrededor. El redoble aumenta en intensidad, pero no pasa nada en el escenario, que continúa oscuro como boca de lobo.
El sonido va in crescendo y empiezo a sentirme tensa. Todo esto es un poco siniestro. ¿Cuándo comenzarán a bailar? ¿A qué esperan para abrir el telón?
De repente, unas luces cegadoras inundan el local y casi me deslumbran. Suena una música atronadora y sale a escena una fi gura vestida con un traje negro y reluciente, que se pone a hacer piruetas y dar saltitos. Joder, quienquiera que sea es estupendo. Parpadeo para ver mejor. Casi no distingo si es un hombre o tina mujer. ¡Cielo santo! ¡Es Alice!
La impresión me deja clavada en el asiento. Todo lo demás se borra de mi mente. No puedo apartar la vista de mi amiga.
No me imaginaba que fuera capaz de moverse así. Es decir, aprendifnos un poco de ballet juntas y algo de claqué, pero nunca... ¿Cómo es posible que la conozca desde hace veinte años y no tuvie ra ni idea de que sabía bailar?
Tras un número lento y enérgico con un tipo enmascarado, que supongo que es Jean-Paul, salta y gira con una cinta, y todo el mun do la mira emocionadísimo. Está radiante. Hacía meses que no la veía tan feliz. Estoy muy orgullosa de ella.
Para mi sorpresa, los ojos se me llenan de lágrimas. La nariz me empieza a moquear y no tengo pañuelo. Me da mucha vergüenza. Tendré que sorber, como las madres en las obras navideñas. Sólo me falta ir corriendo hacia el escenario con una cámara de vídeo y decir: «Cariño, saluda a tu padre.»
Debo controlarme o me pasará como cuando fui con mi ahijada Amy a verla película de dibujos animados Tarzán. Cuando se encen dieron las luces ella estaba dormida y yo, hecha un mar de lágrimas, rodeada de niños de cuatro años que me miraban boquiabiertos. (He de decir en mi defensa que era una historia muy romántica y que Tarzán era muy sexy.)
Noto que algo me roza la mano con suavidad. Edward me está ofre ciendo un pañuelo. Al cogerlo, sus dedos se entrelazan brevemente con los míos.
Cuando acaba la actuación estoy alucinada. Alice sale a saludar como una estrella, y Edward y yo aplaudimos como locos con una son risa de oreja a oreja.
-No le digas a nadie que he llorado -le pido elevando la voz por encima de la ruidosa ovación.
-No lo haré, te lo prometo -asegura sonriendo con arrepenti miento.
El telón cae por última vez y la gente empieza a levantarse para buscar sus chaquetas y sus bolsos. Ahora que hemos vuelto a la norma lidad, mi alegría se esfuma y la reemplaza la preocupación. Tengo que ponerme en contacto con Jesica otra vez.
Fuera, el público cruza el patio para ir hacia un salón ilumi nado.
-Alice me ha dicho que me reuniera con ella en la fiesta. ¿Por qué no te adelantas? Voy a hacer una llamada rápida.
-¿Estás bien? Pareces un poco nerviosa.
-Sólo estoy emocionada.
Le sonrío tan convincentemente como puedo y espero hasta que no pueda oírme. Marco el número de Jesica de inmediato y salta el contestador.
Lo intento de nuevo, y lo mismo.
Me entran ganas de gritar. ¿Dónde está? ¿Qué está haciendo? ¿Cómo voy a pararla si no la encuentro?
Me quedo inmóvil, luchando contra el pánico que me invade para poder pensar.
Bueno, supongo que tendré que ir a la fiesta, actuar con nor malidad y seguir llamándola. Si no funciona, esperaré a verla más tarde. No puedo hacer otra cosa. No pasará nada. Todo irá bien.
La celebración está muy animada, llena de luz y alboroto. Están to dos los bailarines, que no se han cambiado de ropa, el público y un buen número de personas que parece haberse apuntado por el morro. Los camareros ofrecen bebidas y se oye un estruendoso parloteo. Al entrar no veo a nadie conocido. Cojo una copa de vino y empiezo a bordear a la multitud sin poder evitar oír sus conver saciones.
-... preciosos vestidos...
-... tiempo para ensayar...
-... juez intransigente...
De pronto veo a Alice, sonrojada y fulgurante, en medio de un montón de chicos guapos con aspecto de ser abogados. Uno de ellos le está mirando las piernas con todo descaro.
-¡Alice! -grito. Ella se vuelve y le doy un fuerte abrazo-. No tenía ni idea de que bailaras tan bien. Has estado fantástica.
-No, no es cierto -replica enseguida poniendo una de sus ca ras-. Me he equivocado un montón de veces.
-Calla, lo has hecho estupendamente. Ha sido maravilloso.
-Pero si me ha salido fatal lo de...
-Qué va. Di que lo has hecho todo muy bien. Dilo.
-Vale. He estado divina. -Suelta una eufórica carcajada-. No me había sentido tan bien en mi vida. Y, adivina, hemos pensado en salir de gira el año que viene.
-Pero si antes me has dicho que no querías repetirlo jamás y que si ló mencionabas, tenía que detenerte...
-Bueno, eso ha sido miedo escénico -asegura con un gesto despreocupado. Después baja la voz y me mira con avidez-. Por cierto, he visto a Edward. ¿Qué ha pasado?
Me da un vuelco el corazón. ¿Le cuento lo de Jesica?
No, sólo conseguiría aguarle la fiesta. Y, de todas formas, en este momento tampoco podemos hacer nada.
-Ha venido a hablar conmigo. A contarme su secreto.
-¿En serio? -Da un respingo y se lleva una mano a la boca-. ¿Y de qué se trata?
-No puedo decírtelo.
-¿No? -replica incrédula-. Después de todo lo que ha ocu rrido, ¿no me lo vas a contar?
-No puedo, de verdad -le repito angustiada-. Es algo com plicado.
Estupendo, ahora me parezco a Edward.
-Muy bien -gruñe un poco malhumorada-. Supongo que podré soportar no saberlo. ¿Volvéis a estar juntos?
-No lo sé, quizá.
-¡Alice! Ha sido fantástico -la alaban un par de chicas con tra je de chaqueta que se han acercado a ella.
Sonrío y me alejo mientras las saluda.
No veo a Edward por ningún lado. ¿Llamo a Jesica otra vez? Saco el móvil con disimulo, pero vuelvo a guardarlo rápida mente al oír que me llaman.
-¡Bella!
Me giro y me llevo un buen susto. Jake está frente a mí, tra jeado y con una copa de vino en la mano. Su pelo rubio brilla bajo la luz de los focos. Se ha puesto una corbata nueva, de lunares amari llos sobre fondo azul, que no me gusta nada.
-¿Qué haces aquí?
-Alice me envió un folleto -contesta en actitud defensiva-. Siempre me ha caído bien y he decidido venir a verla. Me alegro de haberte encontrado. Me gustaría hablar contigo.
Indica hacia la puerta, lejos de la gente, y lo sigo un poco ner viosa. No hemos hablado seriamente desde que Edward salió en televi sión. Lo que podría deberse a que cada vez que lo he visto, he salido corriendo en dirección contraria.
-Tú dirás.
Se aclara la voz, como si fuera a pronunciar un discurso.
-Tengo la sensación de que no siempre fuiste sincera conmigo cuando éramos novios.
Me temo que se ha quedado corto.
-Tienes razón -admito avergonzada-. Lamento mucho todo lo que ha sucedido.
Levanta una mano con dignidad.
-Eso ha pasado a la historia, pero te agradecería mucho que ahora me hablaras con franqueza.
-Por supuesto -acepto asintiendo vigorosamente con la ca beza.
-Hace poco he empezado a salir con alguien.
-Eso es genial. ¿Cómo se llama?
-Francesca.
-¿Y qué...?
-Quería preguntarte algo relacionado con el sexo -me inte rrumpe, un tanto azorado.
-¡Ah! Vale -murmuro consternada, e intento disimular to mando un trago de vino.
-¿Fuiste sincera conmigo en esa... cuestión?
-¿A qué te refieres? -digo para ganar tiempo.
-¿Fingías en la cama? -me suelta poniéndose rojo como un tomate.
¿Eso es lo que cree?
-Jamás he fingido un orgasmo contigo -contesto bajando la voz-. Te lo digo con el corazón en la mano.
-Muy bien. -Se frota la nariz con torpeza-. ¿Y alguna otra cosa?
Lo miro con incertidumbre.
-No sé muy bien lo que...
-¿Aparentabas disfrutar con alguna de mis... técnicas?
Por favor, no me hagas esa pregunta.
-Pues es que no me acuerdo muy bien. Mira, tengo que irme.
-Dímelo -me apremia con un súbito arrebato-. He iniciado una nueva relación y merezco poder aprender de mis errores.
Observo su brillante cara y, de repente, me siento culpable. De bería confesarle la verdad.
-Vale -acepto, y me acerco más a él-. ¿Recuerdas lo que so lías hacer con la lengua? -susurro-. ¿Aquello de deslizarla por...? Bueno, pues a veces me entraban ganas de reírme. Así que si quieres un consejo, a tu nueva novia no se lo...
Me callo al ver la expresión de su rostro. Joder, ya se lo ha hecho.
-Francesca dice que la excita mucho -replica con voz afectada.
-Y será cierto. Todas las mujeres no somos iguales. Cada una tiene un cuerpo... distinto... y... hay gustos para todo.
Me mira apesadumbrado. -Dice que adora el jazz.
-Bueno, seguro que es verdad. Hay un montón de gente a la que le gusta.
-Y que le encanta la forma en que repito las frases de Woody Allen. ¿Me ha mentido?
-No, estoy convencida de que... -Me callo, impotente.
-Bella, ¿todas las mujeres tenéis secretos?
¿Habré destruido su confianza en el género femenino para siempre?
-No, claro que no. En serio, Jake. Debo de ser la única.
Las palabras se debilitan en mis labios cuando vislumbro tras la puerta una melena rubia que me es familiar.
Se me hiela el alma. No puede ser.
-Tengo que irme -me despido, y salgo a toda prisa en esa di rección.
-¡Dice que usa la talla cuarenta! -me grita Connor-. ¿Qué significa eso? ¿Cuál tengo que comprarle?
-La cuarenta y dos -contesto por encima del hombro. Es ella, Jesica. ¿Qué está haciendo aquí?
La puerta se abre, y me llevo tal sorpresa que estoy a punto de desmayarme. La acompaña un tipo con vaqueros, el pelo cortado al rape y tina extraña mirada. Va con una cámara al hombro y lo obser va todo con gran interés.
No.
No es posible.
-Bella -dice una voz a mi espalda.
-Edward!
Me doy la vuelta y lo encuentro frente a mí, sonriendo, con sus oscuros ojos llenos de cariño.
-¿Estás bien? -pregunta tocándome la nariz con delicadeza.
-Estupendamente -le aseguro soltando un gritito. Tengo que controlar la situación-. ¿Puedes traerme un vaso de agua? Te espe ro aquí, estoy un poco mareada.
Me mira alarmado.
-Sabía que te pasaba algo. Deja que te lleve a casa, llamaré al coche.
-No, no es nada, prefiero quedarme. Tráeme un poco de agua, por favor.
En cuanto se aleja, voy a toda velocidad hacia el vestíbulo, tro pezando.
-¡Bella! -me saluda Jemima con alegría-. Estaba buscán dote. Éste es Mick y quiere hacerte unas cuantas preguntas. Hemos pensado que podríamos entrar en esa habitación.
Se dirige hacia una pequeña oficina vacía.
-No. -La sigo y la cojo del brazo-. Tienes que irte ahora mismo.
-No me voy a ningún sitio. -Se suelta y mira a su acompañan te, que ya ha cerrado la puerta-. Ya te dije que era algo reacia.
-Mick Collins -se presenta él, y me pone una tarjeta de visita en la mano-. Encantado de conocerte, Bella. No te preocupes. ¿Está Cullen aquí? -pregunta sonriendo de forma tranquilizadora, como si estuviera acostumbrado a tratar con mujeres histéricas. Lo que seguramente será verdad-. Vamos a sentarnos con calma y a charlar un rato.
Habla sin parar de masticar chicle y el olor a menta me da ganas de vomitar.
-Escucha, ha sido un malentendido -digo forzándome a pa recer educada-. Me temo que no hay ninguna historia.
-Bueno, eso ya lo veremos. Cuéntamelo todo.
-No ha pasado nada. -Me vuelvo hacia Jesica-. Te dije que no quería que intervinieras. Me lo prometiste.
-No seas sosa. -Mira exasperada a Mick-. ¿Ves por qué me he visto obligada a tomar medidas? Ya te conté lo mal que se había portado con ella Edward Cullen. Necesita aprender la lección.
-Estoy completamente de acuerdo contigo -aprueba él, y la dea la cabeza, como evaluándome-. Creo que también podríamos publicar una entrevista complementaria, tipo: «Retozando con el jefe.» Ganarías un montón de pasta, Bella.
-¡No! -exclamo horrorizada.
-Déjate de remilgos -me ordena Jesica-. En realidad lo es tás deseando. Ya verás, esto puede ser el principio de una nueva ca rrera.
-No la quiero.
-Pues deberías. ¿Sabes cuánto gana Monica Lewinsky al año?
-Estás enferma, totalmente enferma, y eres una pervertida.
-Lo hago por tu bien.
-¡No es verdad! -grito notando que me pongo colorada-. Puede que vuelva con Edward.
Nos quedamos treinta segundos en silencio. La miro conte niendo la respiración. Luego, el robot asesino parece revivir y em pieza a disparar sus rayos letales de nuevo.
-Con mayor razón. Así espabilará. Esto le enseñará quién manda. Adelante, Mick.
-Entrevista con Isabella Swan. Martes quince de julio, nueve cuarenta.
Estoy rígida por el terror. Mick ha sacado una grabadora y me la acerca.
-Su primer encuentro con Edward Cullen fue en un avión. ¿Podría explicar de dónde procedía y adónde se dirigía dicho vuelo? Habla con naturalidad, como si estuvieras al teléfono con una amiga.
-Para ese trasto. ¡Vete!
-¡Bella, no seas niña! -exclama Jesica con impaciencia-. Mick va a enterarse de cuál es su secreto, lo quieras o no, así que...
Se calla al oír el ruido de la manija de la puerta. Toda la habitación parece girar a mi alrededor. Por favor, que no sea...
Me quedo inmóvil, incapaz de respirar.
-¿Bella? ¿Estás bien? -pregunta Edward, que ha entrado con los vasos en la mano-. Te he traído agua con gas y sin gas porque no sabía...
Se interrumpe y mira confuso a Jesica y a Mick. Desconcerta
do, se fija en la tarjeta que todavía sostengo. Después ve la grabado ra, y se le desencaja el rostro.
-Creo que será mejor que me vaya -murmura Mick arquean do las cejas en dirección a Jesica.
Guarda el aparato en el bolsillo, coge su mochila y sale. Durante un instante, nadie pronuncia una palabra. Lo único que oigo son mis latidos.
-¿Quién era ése? ¿Un periodista? -pregunta Edward finalmente. El brillo ha desaparecido de sus ojos, como si alguien acabara de pisotearle el jardín.
-Esto..., Edward... No es... -trato de excusarme con torpeza.
-¿Por qué? -Se frota la frente como si intentara entender la si tuación-. ¿Por qué estabas hablando con él?
-¿Tú qué crees? -interviene Jesica muy orgullosa.
-¿Qué?
-Crees que eres muy importante y que puedes utilizar a las personas, contar sus secretos, humillarlas públicamente y salirte con la tuya. Bueno, pues no es así. -Avanza unos pasos hacia él cruzando los brazos y levantando la barbilla con satisfacción-. Bella ha estado esperando una oportunidad para vengarse, y la ha encontrado. Sí, era un periodista, por si te interesa saberlo. Y te está investigando. Y cuando veas tu secretillo escocés publicado en los diarios, sabrás cómo se siente la gente cuando la traicionan. Enton ces a lo mejor te arrepientes. Díselo, Bella.
Estoy paralizada.
En cuanto Jesica ha pronunciado la palabra «escocés», he vis to que a Edward le cambiaba la cara. Como si se le quebrase. Parece ha berse quedado sin aliento por la impresión. Me mira y noto que su incredulidad va en aumento.
-Piensas que conoces a Bella, pero no es así -continúa Je sica con gran regocijo, como el gato que juega con su presa-. La has subestimado. No has sabido ver de lo que es capaz.
«Cállate -grito para mis adentros-. No es verdad, Edward. Jamás haría algo así.»
Pero no puedo mover parte alguna de mi cuerpo. Ni tragar sali va. Estoy mirándolo inmovilizada, consciente de que mi rostro ex presa culpabilidad.
Él abre la boca y después la cierra. Se dirige a la puerta y se va. Durante un momento, la habitación se queda en silencio.
-¡Bien! -exclama Jesica dando una palmada triunfal-. Así aprenderá.
Es como si eso rompiera el hechizo. De repente puedo mover me otra vez, respirar.
-Eres... -comienzo, temblando tanto que me cuesta hablar -una bruja idiota, imbécil e inconsciente.
La puerta vuelve a abrirse y entra Alice con los ojos como pla tos.
-¿Qué narices está pasando aquí? Acabo de ver salir a Edward he cho una furia y con cara de pocos amigos.
-Ha traído un periodista -le explico señalando a Jesica-. Un maldito reportero de la prensa amarilla. Edward nos ha visto aquí encerrados y ha creído... Sabe Dios lo que habrá imaginado.
-Eres una cerda -exclama Alice y dándole una bofetada a Jesica-. ¿En qué estabas pensando?
-¡Ay! Sólo intentaba ayudar a Bella a vengarse de su enemigo.
-No es mi enemigo, estúpida -me lamento a punto de echar me a llorar-. Alice, ¿qué voy a hacer ahora?
-Corre -me anima-. Todavía puedes alcanzarlo.
Salgo como un rayo y cruzo el patio con el corazón desbocado y los pulmones a punto de estallar. Cuando llego a la calle, miro angus tiada a izquierda y derecha, y por fin lo veo.
-¡Edward, espera!
Va andando con el móvil pegado a la oreja, y al oírme se gira, tenso.
-Así que por eso te interesaba tanto Escocia.
-¡No! -replico horrorizada-. No, créeme, no saben nada. No se lo he contado, te lo prometo. No les he dicho... Lo único que sabe Jesica es que estuviste allí. Nada más. Estaba marcándose un farol.
No contesta. Me mira un instante y sigue su camino.
-Ha sido ella quien ha llamado a ese tipo, no yo -grito deses perada corriendo tras él-. He intentado detenerla. Me conoces. Sa bes que jamás te haría algo así. Sí, es verdad que le conté que habías estado en Escocia. Estaba dolida y enfadada, pero tú también co metiste un error, y te he perdonado.
Ni siquiera me mira. No va a darme una oportunidad. Un coche plateado se para junto a Jack, y él abre la puerta trasera.
Siento un dolor punzante.
-No he sido yo. Tienes que creerme. No te lo pregunté por eso. No planeaba vender tu secreto. -Las lágrimas me caen por la cara y las limpio con la mano-. Ni siquiera quería que me confiaras algo tan importante. Sólo deseaba que me contaras tus pequeños secre tos. Tus cosas. Sólo ansiaba conocerte como tú a mí.
Pero él no vuelve la cabeza. La portezuela se cierra, el coche co mienza a alejarse y me quedo en la acera, sola.
QUE PASARA EDWARD LA PERDONARA O NO….
ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO EL CAPITULO
ESTE ES EL PENULTIMO CAPITULO DE ESTA HISTORIA QUE ESTA POR TERMINAR ESPERO QUE LES HAYA GUSTADO….QUE CREEN SE QUE SERIA FEO DEJARLAS HASTA AQUÍ POR LO TANTO CONCLUIREMOS LA HISTORIA CON ESTE CAPITULO
Durante un momento no consigo moverme. Permanezco en la calle, aturdida, notando el aire, con la vista clavada en el lugar en que ha desaparecido el coche. Aún oigo la voz de Edward, todavía veo su rostro. La forma en que me ha mirado, como si fuera una extraña...
Un doloroso escalofrío me recorre el cuerpo y cierro los ojos, in capaz de soportarlo. Si pudiera retroceder en el tiempo, si hubiera sido más enérgica, si hubiera echado a Jesica y a su amigo del lo cal, si hubiera reaccionado con mayor rapidez cuando Edward ha en trado...
Pero no lo he hecho y ahora es demasiado tarde.
Un grupo de gente sale del patio riéndose y hablando de taxis.
-¿Estás bien? -me pregunta uno de ellos, y doy un respingo.
-Sí, gracias.
Miro una vez más hacia el punto en que he perdido de vista al automóvil y vuelvo despacio a la fiesta.
Alice y Jesica siguen en la oficina. Jesica está encogida de miedo mientras Alice arremete contra ella.
-Egoísta, inmadura, arpía. Me das asco, ¿sabes?
Una vez me dijeron que Alice era como un rottweiler en los Tribunales y no lo entendí. Pero viéndola ahora, paseando de un lado a otro de la habitación hecha un basilisco, hasta yo me asus to.
-Bella, dile que se calle, que deje de gritarme.
-¿Qué ha pasado? -Alice me mira con la cara iluminada por la esperanza, y, muda, niego con la cabeza.
-Se ha ido. No tengo muchas ganas de hablar de ello.
-Lo siento.
-No digas nada o me pondré a llorar -le pido con voz temblo rosa. Me apoyo en la pared e inspiro profundamente un par de ve ces para tranquilizarme-. ¿Dónde está su amigo? -pregunto indi cando con un dedo a Jesica.
-Lo han echado -contesta Alice satisfecha-. Ha intentado sacar una foto del juez Hugh Morris vestido con mallas y un montón de colegas lo ha rodeado y lo ha puesto de patitas en la calle.
-Jesica, escucha -le suplico, esforzándome en mirar unos ojos azules que no parecen arrepentidos-. No dejes que ese tipo se entere de nada más.
-No te preocupes, ya he hablado con él. Alice me ha obligado. No seguirá adelante.
-¿Cómo lo sabes?
-No hará nada que moleste a mi madre. Tiene un acuerdo muy lucrativo con ella.
Echo una mirada a Alice tipo: «¿Podemos confiar en ella?», y se encoge de hombros.
-Te lo advierto. -Voy hacia la puerta y después me vuelvo con cara severa-. Si se sabe algo de todo esto, le diré a todo el mundo que roncas.
-Eso no es cierto -replica de manera cortante.
-Sí que lo es -me apoya Alice-. Cuando has bebido mucho, roncas muy fuerte. También difundiremos que tu abrigo de Donna Karan es de las rebajas de unos grandes almacenes.
Suelta un gritito horrorizada.
-¡Mentira! -exclama poniéndose roja.
-Verdad, vi la bolsa -intervengo-. Y contaremos que una vez pediste una compresa en vez de una serviette.
Se lleva una mano a la boca.
-Y que tus perlas son cultivadas, no auténticas.
-Y que nunca cocinas la comida que sirves en tus cenas.
-Y que la foto en la que apareces con el príncipe Guillermo es falsa.
-Y les diremos a todos los hombres que conozcas a partir de ahora que lo único que te interesa es un buen pedrusco en el dedo.
Dejo de hablar y miro agradecida a Alice.
-Muy bien -accede Jesica al borde de las lágrimas-. Pro meto que me olvidaré de todo esto. Por favor, no digáis nada de las rebajas. Os lo suplico. ¿Puedo irme ya?
Mira implorante a Alice.
-Sí -contesta ella con desprecio, y Jesica sale corriendo de la habitación.
Cuando se cierra la puerta, me giro hacia Alice.
-¿De verdad que la foto es falsa?
-Sí, ¿no te lo había contado? Una vez tuve que utilizar su orde nador, abrí una carpeta por equivocación y me la encontré. Había pegado su cara sobre la de otra mujer.
No puedo evitar echarme a reír.
-Esa chica es increíble.
De repente me siento débil y me dejo caer en una silla. Durante un momento nos quedamos en silencio. A lo lejos se oyen las risas de la fiesta y alguien pasa por delante de la oficina hablando de los problemas del sistema judicial.
-¿Edward ni siquiera te ha escuchado?
-No, se ha ido sin más.
-¿No es un poco exagerado? Él reveló todos tus secretos y tú sólo has contado uno de los suyos.
-No lo entiendes. Lo que me ha dicho no es cualquier cosa. Es algo que valora mucho. Ha venido hasta aquí sólo para compartirlo conmigo. Para demostrarme que confiaba en mí. Y al poco rato me encuentra soltándoselo a un periodista.
-Pero si no lo has hecho. No ha sido por tu culpa.
-Sí. -Las lágrimas se me agolpan en los ojos-. Si hubiera te nido la boca cerrada, si no le hubiera dicho nada a Jesica...
-Ella se habría vengado de todas formas, y ahora Edward te estaría demandando porque alguien le había rayado el coche o dañado los genitales.
Suelto una risa nerviosa.
La puerta se abre y aparece el chico con plumas que he visto an tes en los camerinos.
-Alice, te estaba buscando. Han sacado la cena y tiene un as pecto exquisito.
-Vale, Colin, ahora voy.
Él se marcha y mi amiga se vuelve hacia mí.
-¿Quieres comer algo?
-No me apetece nada, pero ve tú. Debes de estar hambrienta después de la actuación.
-La verdad es que tengo un hambre canina. Pero ¿qué vas a ha cer?
-Me iré a casa -la tranquilizo, e intento sonreír lo más alegre mente que puedo-. No te preocupes, estaré bien.
Pensaba marcharme, pero cuando salgo me veo incapaz de hacerlo. Estoy demasiado tensa. No puedo ir a la fiesta y entablar una con versación, pero tampoco me atrevo a enfrentarme a las cuatro pare des de mi cuarto. Todavía no.
En vez de eso, cruzo el patio en dirección al teatro vacío. La puerta no está cerrada, y entro. Avanzo en la penumbra hasta una butaca de las filas centrales y, abatida, me siento en la almohadilla da felpa de color morado.
Cuando miro hacia la silenciosa oscuridad del escenario, dos enormes lágrimas me descienden despacio por las mejillas. Me cuesta creer que Edward piense que soy capaz de...
No puedo borrar de mi mente la expresión de su rostro. Revivo una y otra vez la impotencia, la desesperación por hablar y expli carme.
Si pudiera volver atrás...
De repente oigo un ruido. Alguien ha abierto la puerta con sigilo. Miro a través de la penumbra y vislumbro a alguien que entra y se detiene. Muy a mi pesar, el corazón empieza a golpearme con fuerza en el pecho con una incontenible esperanza.
Es Edward, tiene que ser él. Ha venido a buscarme.
El silencio es angustioso. Estoy agarrotada por el miedo. ¿Por qué no dice nada? ¿Por qué no habla?
¿Me está castigando? ¿Espera que me disculpe de nuevo? Esto es una tortura. «Di algo -suplico en silencio-, lo que sea.»
-¡Oh, Francesca!
-Jake...
¿Qué? Aguzo la vista, y me llevo una gran decepción. Qué tonta soy. No es Edward. Y no hay una figura, sino dos: mi ex novio y la que debe de ser su pareja actual. Se están besando.
Desconsolada, me encojo en el asiento y me tapo las orejas, pero no funciona: lo oigo todo.
-¿Te gusta esto? -murmura Connor.
-Humm...
-¿De verdad?
-Pues claro, deja de interrogarme.
-Perdona.
Después vuelve el silencio, que sólo interrumpen unas extrañas exclamaciones de placer.
-¿Te gusta? -repite él.
-Ya te he dicho que sí.
-Francesca, sé sincera. -La voz de Jke parece cada vez más inquieta-. Porque si lo que quieres decir es que no...
-No he querido decir que no. ¿Qué te pasa?
-Que no te creo.
-¿Y por qué narices no me crees? -pregunta furiosa.
Me invade el remordimiento. Es por mi culpa. No sólo he echa do a perder mi relación, sino que también he arruinado la de Jke. Tengo que hacer algo, he de tenderles un puente.
-Perdonad -digo tras aclararme la voz.
-¿Quién cojones está ahí?-exclama Francesca bruscamente.
-Soy yo, Bell, la ex novia de Jake.
Se enciende una fila de luces, y veo a una chica pelirroja que me mira con agresividad y tiene la mano sobre un interruptor.
-¿Qué haces aquí? ¿Nos estás espiando?
-No, lo siento. No tenía intención de... escucharos..., pero no he podido evitar oír... -Trago saliva-. Jake no pretende provo car un conflicto, sólo quiere que seas sincera con él. Desea saber lo que te gusta. -Adopto una expresión de complicidad femenina-. Cuéntaselo, Francesca.
Ella me mira sin poder dar crédito a lo que está oyendo y des pués clava la vista en Jake.
-Dile que se vaya a paseo -le ordena señalándome.
-Vale, vale -acepto desconcertada-. Lo lamento.
-Y apaga la luz al salir -añade empujando a Jake hacia un pasillo, al fondo del patio de butacas.
¿Van a follar?
Bueno, será mejor que me largue, por si acaso.
Cojo mi bolso a toda prisa y corro hacia la salida. Empujo las puertas, accedo al vestíbulo y, después de apretar el interruptor, sal go. Cierro y levanto la vista.
Entonces me quedo helada.
No me lo puedo creer. Es él.
Es Edward, y viene hacia mí con expresión resuelta. No tengo tiem po de pensar ni de prepararme.
El corazón no me obedece. Me gustaría hablar, llorar o hacer algo, pero no puedo.
Él llega a mi altura, me coge por los hombros y me mira fija mente un buen rato.
-Me da miedo la oscuridad.
-¿Qué?
-Siempre me ha dado miedo. Tengo un bate de béisbol debajo de la cama, por si acaso.
Lo miro sin entender nada.
-Pero, Edward...
-Nunca me ha gustado el caviar y me avergüenza cómo pro nuncio el francés.
-¿Qué estás...?
-La cicatriz de la muñeca es de un corte que me hice al abrir una botella de cerveza cuando tenía catorce años. Cuando era niño pegaba los chicles debajo de la mesa de la tía Francine. Perdí la virginidad con una chica que se llamaba Lisa Greenwood, en el granero de su tío, y después le dije que si podía quedarme con su sujetador para enseñárselo a mis amigos. -No puedo reprimir un risita, pero, a pesar de todo, él continúa, sin apartar sus ojos de los míos-. Nunca me he puesto las corbatas que me regala mi madre en Navidad. No sé lo que significa codependiente. Siempre he que rido ser un par de centímetros más alto. Tengo un sueño recurrente en el que soy Superman, y me caigo desde el cielo. A veces me en cuentro en una reunión de la junta directiva, miro a mi alrededor y me pregunto: «¿Quién demonios es esta gente?» -Toma aliento y me mira. Sus ojos parecen más oscuros que nunca-. Conocí a una chica en un avión y mi vida cambió por completo.
Algo sucede en mi interior. Tengo un nudo en la garganta y me duele todo. Trato con todas mis fuerzas de no llorar, pero mi cara se contrae sola.
-Edward, te aseguro que no...
-Lo sé.
-Nunca haría...
-Lo sé muy bien.
Ahora sí que no consigo controlarme y empiezo a derramar lá grimas de alivio. Él lo sabe. Todo está bien.
-¿Eso... significa que... nosotros...? -balbuceo mientras me limpio la cara e intento recuperar el control sobre mí misma.
Se produce un prolongado e insoportable silencio. Si dice que no, no sé lo que haré.
-Bueno, es mejor que aplaces tu decisión -responde con mi rada inexpresiva-. Tengo muchas otras cosas que contarte, y no to das son buenas.
Suelto una risa nerviosa.
-No tienes por qué contarme nada.
-Sí, creo que he de hacerlo. ¿Damos un paseo? Porque me va a costar un buen rato.
-Bueno -accedo con voz un tanto temblorosa aún. Me ofrece un brazo y, tras unos segundos lo acepto.
-¿Dónde me había quedado? -pregunta en cuanto salimos al patio-. Ah, sí. Esto sí que no puedes decírselo a nadie. -Se inclina hacia mí-. La verdad es que no me gusta la Panther Cola, prefiero la Pepsi.
-¡No! -exclamo, y suelto una carcajada.
-Es verdad, ya te he dicho que no todo iba a ser agradable. Lentamente, empezamos a caminar por el oscuro borde del pa tio. El único ruido que se oye es el de nuestros pasos sobre la grava, la brisa en los árboles y la áspera voz de Edward, que está contándome lo todo.
Resulta sorprendente lo distinta que soy ahora. Es como si hubiera sufrido una transformación. Soy una nueva persona, mucho más abierta de lo que solía ser. Mucho más sincera. Porque he aprendido que si no puedes sincerarte con tus amigos y compañeros, ¿de qué sirve la vida?
Los únicos secretos que tengo en la actualidad son los esencia les. Y son muy pocos; podría contarlos con los dedos de una mano. Es decir, así a bote pronto:
No me gustan los reflejos que se ha hecho mi madre.
El pastel griego que Alice preparó para mi cumpleaños es el peor que he probado en toda mi vida.
Le cogí el bañador de Ralph Lauren a Jesica para irme de vacaciones con mis padres y se me rompió un tirante.
El otro día, cuando estaba conduciendo, casi pregun to: «¿Qué río es ese que rodea Londres?» Luego me di cuenta de que era la autopista M25.
Tuve un sueño rarísimo en el que salían Alice y Jasper.
He empezado a poner fertilizante en la planta de Ar temis.
Estoy segura de que Sammy, el pez de colores, ha vuel to a cambiar. ¿De dónde habrá salido la nueva aleta que tiene?
Sé que debo dejar de dar mi tarjeta de «Emma Corri gan, Ejecutiva de Marketing» a los desconocidos, pero no puedo remediarlo.
No sé lo que son las proceramidas avanzadas (tampo co sé lo que son las nanosferas).
Anoche, cuando Edward me preguntó en qué estaba pen sando, le dije que en nada, aunque la verdad es que es taba eligiendo los nombres de nuestros hijos.
Pero ocultarle un secretillo a tu novio es de lo más normal. Todo el mundo lo sabe.
AHORA SI ESTE ES EL FINAL DE LA HISTORIA, SE QUE ME TYARDE DEMASIADO EN ACTUALIZR Y LE PIDO DISCULPAS DE VERDAD, TAMBIEN POR LO ERRORES QUE TUVE…..BUENO ESPERO QUE ME PUEDAN SEGUIR EN MIS OTRAS ADAPTACIONES QUE TENGO.
MUCHAS GRACIAS A TODAS LA PERSONAS QUE SIGUIERON LA HOSTORIA, MIL GRACIAS..
ATTE
MISS MCKARTY
