Cap 9. Poción Matalobos.

El bullicio típico de la juventud resonaba como un eco por el castillo. Las navidades estaban a la vuelta de la esquina, y con ellas, las ansiadas vacaciones. Los chicos no paraban de comentar sus planes ansiosos, con la mayor de las ilusiones. Sobretodo otra cosa que los traía locos: el baile de navidad.

Severus Snape odiaba las navidades. No entendía la hipocresía de esas fiestas, en las que todo el mundo procuraba ser bondadoso y amable. El resto del año podían comportarse como verdaderos cretinos, pero en navidad, todo era paz y felicidad. Familias enteras en las que todos se detestaban, se reunían para engullir la copiosa comida de navidad e intercambiar envenenados presentes.

A Snape le entraban ganas de vomitar con aquella celebración. Lo único bueno es que él no se molestaba en fingir: Se comportaba como un cretino todo el año.

Con paso decidido y su capa ondeando fantasmagóricamente tras sí, se dirigió al salón de pociones, donde había quedado con Granger para cumplir su última tarde de sábado de castigo. Por el camino se dio el gusto de gritarle a algunos revoltosos alumnos y restarles puntos a sus respectivas casas. Tanto alboroto le estaba dando jaqueca.

Cuando llegó a su destino, ella estaba ya esperando en la puerta, apoyada en una pared, inquieta mientras se miraba la punta de los zapatos. Parecía que allí fuera a encontrar el secreto de la creación. Granger le vio llegar al levantar distraídamente la mirada, sus mejillas se tornaron rojas, desviando rápidamente los ojos al suelo. Notó que estaba más tímida que de costumbre, pero tampoco entendía su actitud, ya habían pasado muchas gratas tardes en compañía mutua, ya le había demostrado que él no mordía.

-Buenas tardes profesor…

Snape hizo un leve gesto con la cabeza a modo de saludo y ambos entraron en el salón. Snape cerró la puerta tras sí, caminó decidido hasta su mesa mientras se despojaba con elegancia de su capa, para estar simplemente más cómodo. Granger lo observaba expectante desde el centro de la habitación, mientras retorcía un pliegue de su ropa. Él cogió un caldero mediano de plata, que guardaba en el fondo de uno de sus armarios y lo llevó al centro del salón, poniéndolo al fuego. Se acercó a la librería y sacó uno de sus múltiples libros de pociones. Lo colocó en una mesa con sumo cuidado, mientras pasaba las hojas hasta encontrar lo que buscaba.

-Señorita Granger, ¿Podría leer esta poción?- le dijo, señalando una página del libro con su pálido dedo.

Hermione se acercó a donde estaba su profesor. Sentía una timidez absurda desde la noche anterior. Había soñado con él, y en su sueño se habían besado ¡Por Merlín!… Se sentía incapaz de mirarle a la cara, como si él pudiera de alguna forma averiguar lo que había soñado la noche anterior. Pero lo peor de todo, es que le había gustado. Desde entonces le gustaba recordarlo con un sentimiento casi morboso. Miró la página del libro que Snape le indicaba, sin atisbo ninguno a alejarse de ella, estaba tan cerca…

-¿Poción Matalobos, señor?- dijo con extrañeza.

Snape levantó una ceja.

-Me ayudará a prepararla hoy señorita Granger…

-Pero señor, ¿Para qué quiere usted esta poción? Si usted no…

-No es asunto suyo Granger, pero le voy a contestar, para que no se pase la tarde intentando averiguarlo y no se concentre… Se la envío todos los meses a Remus Lupin. Como comprenderá un licántropo con instintos asesinos no es de gran ayuda para la Orden.

-Tengo entendido que usted es uno de los pocos magos capaz de prepararla…

-Por supuesto.- dijo presuntuoso- ¿Acaso lo dudaba? Lea.- dijo dando golpecitos con el dedo en el libro.

Hermione leyó en voz alta cómo preparar la poción. Era tremendamente difícil. Requería mucho cuidado durante la cocción y los movimientos a remover la poción debían ser precisos, al igual que el momento de añadir los ingredientes.

-¿Lo tiene claro?

-Mmm... Creo que sí.

Snape cerró de golpe el libro, con un movimiento brusco que asustó a la chica.

-Ahora olvide todo lo que ha leído. El problema de los libros de pociones es que lo escriben cuatro patanes que no tienen idea alguna, le enseñaré como se hace.

Hermione cayó en la cuenta que Snape nunca había mandado comprar libros de pociones a principio de curso, siempre había dado la materia mediante apuntes en la pizarra. Hasta ahora no se había percatado nunca de ello.

Era todo un espectáculo ver a su profesor realizando una poción. Prepararon primero los ingredientes. Snape le daba precisas instrucciones de cómo debía hacerlo. Hermione estaba concentrada cortando unas raíces. Su subconsciente la traicionó, cortándolas como indicaba las instrucciones de aquel libro.

-¡Granger! ¿Se puede saber qué porquería está haciendo? Olvide lo que ha leído antes y hágalo como yo le he dicho.

-Lo siento profesor.- Hermione se apresuró a machacarlas con la hoja del cuchillo.

Su profesor estaba loco. No tenía nada que ver lo que estaban preparando y lo que había escrito en aquel libro. Pero se le veía tan seguro de sí mismo, poniendo todos sus sentidos en lo que hacía. Hermione se quedó embobada mirando a Snape. Sus ojos estaban fijos en los ingredientes, su rostro enmarcado por mechones de oscuro pelo negro revelaban la más profunda de las concentraciones. De vez en cuando agitaba los dedos, pensativo. A veces, como presa de un arrebato repentino, acudía a alguna de sus repisas a coger algún tarro con ingredientes.

-¿Ya ha terminado?

Hermione salió de su trance y asintió con la cabeza. Snape se colocó a su lado nuevamente, podía sentir el cuerpo de su profesor con una cercanía que la mareaba.

-Ya tenemos todo, como has visto el cardero lleva calentando desde que comenzamos a preparar los ingredientes. Es muy importante que esté muy caliente, y cómo puede ver, se trata de un caldero de plata, siempre deberemos usar uno de ese material para esta poción. Y ahora Granger, comenzaremos la base...

Hermione y Snape estaban concentrados en el caldero. Aunque a veces, Hermione aprovechaba la concentración de su profesor para poder mirarle descaradamente por encima del humeante contenido del caldero. Lo veía remover su contenido con una delicadeza infinita, dejaba caer los ingredientes con mimo. Aquel hombre tenía un don para aquello. Además se notaba que le entusiasmaba lo que hacía.

Snape le explicaba cada momento lo que estaba haciendo, porqué y los fallos más frecuentes en realizar la poción matalobos. Hermione escuchaba con atención las palabras de su profesor, recordaba lo que le había dicho la tarde anterior: aquello no parecía un castigo. Hubiera ido voluntaria con mucho gusto.

Había transcurrido dos horas desde el comienzo de la poción. Ya habían añadido todos los ingredientes, el profesor la había dejado que añadiera unos cuantos bajo su atenta supervisión, eso la había hecho muchísima ilusión. Estaba viendo realizar nada menos que una poción matalobos, y encima de una manera totalmente inusual.

-Veo que está disfrutando Señorita Granger.- dijo el profesor con media sonrisa.

-No se lo voy a negar. ¡Poción matalobos! ¡Estoy viendo hacer una de las más complicadas pociones!

-Ya casi estamos acabando... Escúcheme con atención, ahora hay que moverla despacio de esta manera, hasta que salga un humo blanco de la poción, que indicará que estará lista y podremos enviársela a nuestro perrito sarnoso...

Hermione miró con desaprobación a Snape. Remus le caía bien, había sido su profesor de DCAO en el tercer curso y habían pasado numerosas cosas juntos. Había ayudado mucho a Harry cuando asesinaron a Sirius. No le hacía gracia que se metiera con él.

Snape se dio cuenta de los pensamientos de su alumna, no hacía falta leerle la mente para averiguar que lo censuraba. Se sintió incómodo bajo su mirada reprochadora.

-¿Quiere mover la poción?- Preguntó Snape con voz melosa.

-¿Lo dice en serio? Es la parte más delicada de la cocción... podría fastidiarla.

-¿Acaso hablo alguna vez en broma? Venga aquí, a mi lado. Venga, no dude.

Hermione se puso a la derecha de su profesor, observó cómo lo hacía con la máxima atención e intentó imitarlo.

-¡No, no, no y no! Granger ¿Por qué tiene tanta prisa? No lo agite así de rápido. Tiene que hacerlo así...

Snape puso sus grandes y varoniles manos sobre las de ella, y con un suave movimiento guió a su alumna. Hermione sintió las manos de su profesor entrelazarse con las suyas. Un calambrazo de electricidad le recorrió su columna vertebral. Snape le enseñó con precisión el movimiento, Hermione notó como tomaba ella el control poco a poco, pero... su profesor no retiraba sus manos de allí. Siguieron moviendo el caldero con normalidad, a pesar que entre ellos se hallaba aquel contacto.

Del caldero comenzó a salir un denso humo blanco, lo que indicaba que se había realizado correctamente.

Severus y Hermione se miraron sonrientes, lo habían conseguido. Snape no había tenido ninguna duda, ya había realizado tantas veces aquella poción que le aburría.

Aún seguían con las manos entrelazadas.

Snape la miraba serio, sus ojos negros brillaban como dos oscuros cristales. Lo notaba contrariado, como si su alma librara una lucha interior. Una leve sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios. No decía nada, pero lo decía todo.

Hermione le aguantaba su mirada, con los labios entreabiertos y concentrando todo su sistema nervioso en sus manos, atesorando el tacto de las manos de su profesor. No sabría decir como ocurrió en realidad, a veces los mejores hechizos de magia se realizan espontáneamente, sin necesidad de usar una varita.

Sus labios recorrieron la poca distancia que los separaba y se aferraron en un tierno beso.

Snape soltó suavemente sus manos y la abrazó, atrayéndola hacia su cuerpo. Hermione deslizó sus temblorosas manos alrededor de su cuello, sus cuerpos se rozaron dulcemente, como si llevaran tiempo llamándose el uno al otro a gritos.

Severus besaba como un maestro. Comenzó a juguetear con los labios de su alumna hasta que decidió profundizarlo, introdujo suavemente su lengua en su boca. Hermione cerró los ojos... no lo podía creer... ¡Estaba besando a su profesor!

Se besaron, una y otra vez. No se decían nada, sólo cogían un poco de aire y volvían a besarse, cómo si el mundo fuera acabarse en aquel momento, en ese mismo instante. Hermione sentía pánico, tenía miedo de despertar en cualquier momento y darse cuanta que aquello no había ocurrido... pero sus sentidos no podían estar equivocados, lo podía sentir, su cuerpo, su respiración entrecortada, sus besos...

Snape se paró en seco. La retiró despacio pero con firmeza. Intercambiaron una mirada infinita. El rostro de Snape era un cúmulo de sentimientos, había angustia, temor, ilusión, ternura, culpabilidad... Sus respiraciones eran aceleradas a consecuencia de aquellos besos.

Y sin mediar palabra, Snape abandonó el salón lo más rápido que le dejaron sus pies, dejando allí a su alumna llena de nuevos sentimientos y abandonada a su suerte.

Pobre Hermione...

Un besiño a tods y gracias por seguir esta historia.