Cap 24. Una "fácil" misión.
Hermione leía un libro sobre oclumancia en un confortable sofá, cerca de las cálidas llamas de la chimenea de su sala común. Estaba harta de las continuas violaciones a su mente por parte de su novio, que atentaba contra su intimidad continuamente. Debía poner remedio, ya que Snape parecía haberse inmunizado a sus pellizcos retorcidos, de los que nunca se quejaba ya, dejándola sin armas. Ron estaba sentado a su lado, haciendo un trabajo para Snape de pociones, que para variar, lo había pospuesto hasta el último momento. Hermione le ayudaba de mala gana, ya que no paraba de interrumpir su interesante lectura haciendo preguntas obvias… obvias si había prestado atención en clase y no entreteniéndose con la primera mosca que pasaba volando por encima del caldero.
Lo que realmente deseaba, es que sus compañeros se marcharan temprano a dormir, para poder escabullirse por la chimenea hasta el despacho de Severus. Ginny estaba sentada en una mesa a unos metros, con un par de amigas de su curso terminando una tarea de encantamientos, dirigiéndole, de vez en cuando, miradas de profundo reproche. La chica notaba sus ojos clavados como dos alfileres en su nuca.
Harry entró a tropel por el retrato, exaltado, hablando nerviosamente. Subió corriendo hasta su habitación. No tardó en volver, bajando las escaleras que conducían al dormitorio de los chicos sin cuidado, saltando los escalones de dos en dos, con el peligro de romperse la crisma allí mismo. Cogió a Ron y a Hermione con vehemencia del brazo y se los llevó a parte, alejados de oídos curiosos, conjurando un mufliatto a su alrededor.
-¿Qué te pasa Harry?- preguntó Hermione muy preocupada al verle tan fuera de sí. Hacía tiempo que no veía a su amigo tan nervioso… desde aquel día que fueron al ministerio en busca de Sirius…
-¡Me voy con Dumbledore a buscar un horrocrux! Pero me he enterado de algo… no tengo tiempo para explicarlo. ¿Confiáis en mí?
-Claro Harry- dijo la chica, mientras Ron asentía solemne la cabeza- ¿de qué se trata?
-Necesito que vigiléis a Malfoy y a Snape. Sé que traman algo para esta noche…
-¡Pero Harry! ¡Snape ha demostrado que está de nuestra parte!- defendió Hermione a su futuro esposo- ¿por qué sigues dudando de él?
-Hermione… no tengo tiempo para explicártelo. ¿Confías en mí si o no?
La chica asintió con la cabeza, cruzándose de brazos. Harry le entregó el mapa del merodeador.
-No le perdáis de vista… Creo que van aprovechar que Dumbledore va ha estar esta noche fuera, para llevar a cabo sus planes.
-¡Vale! ¡Pero Hermione que vigile al murciélago!- dijo temeroso el pelirrojo, que el hecho de tener a su profesor de pociones cerca, le producía un escalofrío por toda la columna vertebral.
-Por mí no hay problema…- aceptó de buen grado la chica.
Severus Snape saboreaba un poco de Whiskey de fuego sentado en su despacho, mientras consultaba impaciente la hora del reloj. Aún quedaba un par de horas, para que su pequeña se deslizara por la red Flu hasta su despacho.
No sabía por qué, quizás era una mera intuición, pero notaba maldad flotando en el aire. Era una extraña sensación, como una opresión en el pecho que lo castigaba, como un crucio. Era el vacío interior que siempre notaba antes de la batalla. Era una noche como cualquier otra, había dado sus clases, había paseado a hurtadillas con su prometida por el bosque prohibido, había estado corrigiendo trabajos mediocres de aquellos cabezas huecas… pero esa alarma, aquella sensación de peligro, se había encendido en su cabeza como una lámpara. Intentó tranquilizarse en vano, algo se estaba cociendo entre las paredes de ese castillo y desconocía exactamente el qué.
Notó unos leves golpes armoniosos en la puerta. Frunció en ceño extrañado, Hermione siempre llamaba así. Dio un gritó indicando que podían pasar. Su joven y amable rostro, no tardó en aparecer en el quicio de la puerta, armada de una gran sonrisa pícara. Severus sin mediar palabra, se levantó de su asiento y se acercó a ella, tanto que sus cuerpos casi se rozaban. Snape alargó la mano y empujó la puerta bruscamente, que se cerró de un golpe seco. Severus acercó sus manos a su cara, pero sin llegar a tocarla. Con el dedo índice tocó su frente, surcando su graciosa nariz hasta llegar a sus labios. Decidió hacer una leve parada allí y siguió por su barbilla, hasta su cuello… Se miraban intensamente, como si fuera la primera vez que se contemplaban. Severus acercó sus labios a los de ella y la besó dulcemente, despacio, como si removiera una complicada poción. Le acarició aquel indomable cabello que solía oler a flores. Sintió la necesidad de estar con ella, de demostrarle lo mucho que la amaba. La chica lo abrazó por la cintura y profundizó el beso con impaciencia.
-Shhhh- le susurró Snape en el oído- Tenemos toda la noche por delante.- comenzó a mordisquearle el lóbulo de la oreja a la chica, que gruñó de placer.
Comenzó con un paternal beso en la frente, besó sus ojos, la punta de la nariz, las mejillas, los labios. Con los dedos aflojó su corbata con los colores de Gryffindor y la dejó caer al suelo. Le sacó por la cabeza el jersey del uniforme, desabrochando con avidez los botones de su camisa, dejándola caer al suelo con suavidad. La chica le clavaba esos ojos color miel que le perforaban el alma. Con un movimiento brusco la tomó en sus brazos y se la llevó a la cama. Quería hacerle el amor, quería deleitarse dulcemente con su aroma de mujer y abandonarse al placer de estar con ella. Porque ella, era lo único que merecía la pena. Ella era la única razón que tenía para estar vivo.
La dejo suavemente en la cama y se tumbó a su lado. La cogió de la cintura y la atrajo para sí. Esa noche, lo único que le apetecía hacer, era el amor con Hermione.
Su cuerpo desnudo podía sentir cada rescoldo de piel amada. Severus la abrazaba bajo aquellas suaves sábanas mientras le dedicaba una relajada sonrisa. Había sido tan… tierno, tan delicado. Había adorado su cuerpo como si se tratase de su templo particular. Severus la apretó un poco más como si no quisiera soltarse nunca y comenzó a jugar con un mechón de rizos que se expandían por toda la almohada.
-¿Y a qué se debe esta agradable visita? Has venido antes de tiempo y por la puerta…
-Estoy de misión… creo que es mejor que no te lo cuente porque creo que te enfadarás.
-Te juro que no me enfadaré Hermione y menos contigo…
-Es que no es conmigo… creo que te vas a enfadar con Harry.
-¿Qué ha hecho esta vez? ¿Tirarme otro petardo en la puerta?- dijo alzando una ceja.
-Está paranoico… verás Dumbledore y él se han marchado del colegio esta noche. Van a destruir un horrocrux que ha encontrado el director, pero está empeñado que Malfoy y tú estáis tramando algo… Así que te "vigilo"
-¿Con que me vigilas no?
La chica sonrió mientras asentía con la cabeza.
-Va ha ser una misión "fácil", no me pienso levantar de esta cama en toda la noche…
Se dedicaron unas caricias más hasta que se quedaron profundamente dormidos.
Los hermanos menores Weasley vigilaban la entrada de la sala de los menesteres. Draco Malfoy se había metido allí hacía horas y no había salido aún. Ron bostezaba de vez en cuando, crispando los nervios de su hermana menor.
-Por cierto... ¿Dónde está Hermione?-preguntó de repente la Gryffindor.
-Está vigilando a Snape.
Ginny puso una expresión que su hermano no había visto jamás en su hermana, sin mediar palabra, se marchó de allí, dejando al pelirrojo solo en el pasillo a oscuras. Estaba muy enfadada, quizás era un arrebato lo que sentía, pero había tomado una decisión drástica, tenía que hacer aquello que llevaba posponiendo desde hace tanto tiempo. Corrió por los pasillos, quizás era muy tarde, quizás la regañara, pero si no lo hacía ahora no lo haría jamás: denunciaría la relación de Snape y Hermione con McGonagall.
Se paró ante la puerta de la subdirectora del colegio alzando el puño contra la madera, dudó un instante, pero llamó. Ya no tenía vuelta atrás. La profesora abrió extrañada, increíblemente estaba vestida y no parecía estar durmiendo aún, seguro que la profesora estaba también en alerta por la partida del director del colegio.
-¡Señorita Weasley! ¿Que hace a estas horas fuera de su sala común?- dijo la mujer escrutándola tras sus gafas rectangulares.
-Profesora McGonagall... quería contarle algo. Es un poco fuerte...
-Pase señorita Weasley... tome asiento.
La profesora se sentó al otro lado del escritorio, estudió a Ginny con atención. La pobre mujer no sospechaba la bomba que estaba a punto de tirarle a la cara.
-¿Quiere un cacao?
Ginny aceptó de buena gana. Con un movimiento de varita, la profesora hizo aparecer en la mesa un par de tazas de humeante cacao caliente. Lo tomaron con cuidado de no derramarlo y le dieron unos leves sorbos, ya que quemaba como la boca del infierno.
-Usted dirá.- preguntó la profesora mientras se echaba hacia atrás, reposando la espalda en el respaldo de su sillón de escritorio.
-Profesora... lo que quiero contarle es algo un poco complicado, e incluso increíble.
-No se ande por las ramas. Dígame claramente lo que pasa.
Ginny ya no estaba tan segura si quería chivarse. Ya no estaba tan enfadada, y desconocía en realidad de las consecuencias de aquello. Estaba allí por un arrebato. Lo que le ocurriese al murciélago le daba completamente igual, lo que le preocupaba ahora era Hermione... ¿La expulsarían por tener un lío con un profesor? ¿La castigarían?
McGonagall la miraba fijamente, comenzando a perder la paciencia...
-Estoy esperando.
-Verás profesora se trata del profes...
Una gran explosión interrumpió la frase, a continuación oyeron gritos. La profesora Sprount abrió la puerta del despacho sin llamar siquiera, estaba histérica.
-¡Mortífagos Minerva! ¡Hay Mortífagos en el castillo!
La profesora se levantó del asiento como si la hubieran pinchado con un clavo. Tenía los ojos muy abiertos, en su cara tenía una expresión de miedo... ¿Mortífagos en Hogwats? Aquello no era posible…
El castillo estaba lleno de niños...
-¡Por Merlín! ¡Avisa a Severus!- gritó Minerva mientras salía a toda prisa del despacho con la varita en la mano.
Severus sintió como abrían la puerta de su despacho sin llamar.
-¡Severus! ¡Severus! ¡Están atacando el castillo!- gritó la profesora de herbología desde la puerta del despacho.
Snape dio un respingo en la cama, se puso una bata y salió del dormitorio. La profesora se ruborizó un momento a ver a Snape con tan poca ropa encima, pero enseguida se le pasó. Estaba echa un mar de nervios.
-¿Qué pasa Sprount?
-¡Mortífagos! ¡Hay al menos cinco mortífagos dentro del castillo!- chilló- Te necesitamos Snape.
-Me visto en un segundo y subo.
La jefa de Hufflepuff se fue corriendo de las mazmorras. Snape se dirigió a todo correr al dormitorio, donde Hermione dormía aún plácidamente. Había sido todo un milagro que no despertara. Con un ágil movimiento de varita se vistió, necesitaba irse a toda prisa.
Se dirigió a la puerta, pero se volvió sobre sus propios pasos. Besó a Hermione en la frente con la mayor ternura del mundo y la contempló un momento dormir. Estaba tan bella, tan delicada, tan bonita... Guardó esa imagen en su mente, como si quisiera recordarla así para siempre y salió a toda prisa de la habitación. Antes de marcharse a enfrentarse con su destino hechizó el despacho, lo que menos deseaba es que algún asqueroso mortífago entrase allí ha hacerle daño.
Corrió lo más rápido que permitieron sus pies, esquivando a alumnos temerosos, saltó por encima del cuerpo inconsciente de Longbottom y subió por la torre, ante los ojos incrédulos de los demás. Una barrera invisible impedía que le siguieran los demás profesores, sólo podían traspasarla aquellos que tenían grabado en su piel la marca tenebrosa.
Al llegar a la torre lo que vio no era nada alentador. Albus estaba al borde del agotamiento, manteniéndose a duras penas de pie. Los mortífagos estaban detrás de Draco, que apuntaba al director con su varita sujeta por una mano temblorosa. Los mortífagos presionaban al muchacho para que llevara a cabo su misión, pero Draco estaba al borde de las lágrimas.
-¡No!- exclamó el profesor de porciones, acercándose al singular grupo.
Snape sintió un hormigueo que le subía por los pies. Era como si miles de arañas subieran por las piernas cubriéndole todo el cuerpo. Aquello no podía ser, no podía estar pasando. Controló sus nervios y miró al anciano a los ojos.
-Severus... por favor.- dijo suplicante.
Snape se hizo paso hasta colocarse al lado de Malfoy. Sintió como su alma se escapaba de su cuerpo, como si se avergonzara de estar presente. Severus alzó su brazo armado con la varita y apuntó a su amigo, al único que le había apoyado cuando nadie daba nada por él. Contempló su propio brazo como si no fuera suyo, como si aquel brazo perteneciera a un desconocido. Miró por última vez los ojos grisáceos del anciano. Escuchó su propia voz, como si no fuera real.
-Avada Kedavra.
Un resplandor verde salió de la punta de su varita y golpeó a Albus, que cayó hacia atrás, al abismo.
No me atrevo a decir nada más.
El próximo no tardará.
Un besiño fuerte.
Anita Snape
