En este capi no puedo contestar a los reviews (quiero publicarlo ya, y mi ordenador está muriendo por segundos), os agradezco a todos que leáis este fic y me animéis a continuar, no sabéis cuánto ayuda. En el próximo capítulo responderé a todos, no os preocupéis. Siento haber tardado tanto en colgar más:
6. EN LA NOCHE
Sean, Brian y Ethan volvieron un día antes de que se reiniciaran las clases. Ted y Francis se encontraban juntos en la sala común de Gryffindor, jugando al snap explosivo, cuando el agujero del retrato se abrió y sus tres compañeros de primero, acompañados por Cath, Patricia y Alex, irrumpieron en la calma relativa de la torre.
-¡Ted! ¡Francis! – exclamó Sean. Se abalanzó sobre ellos como si llevaran años sin verse. - ¿¡Cómo va todo!?
-Estábamos seguros de que el Lupin El Cerebro no podría aguantar tanto tiempo en su casita sin estudiar, ¿desde cuando estás aquí? – dijo Ethan sentándose en la misma butaca que Teddy y sujetándole por el cuello.
-¡Ethan, vas a ahogarlo! – gritó Alex preocupada.
-Estoy… aquí… desde… el… día… - Ted intentaba explicarse, pero se trataba de una difícil tarea, teniendo en cuenta que Ethan le doblaba en corpulencia.
Mientras, Brian se había sentado frente a Francis, y había cogido las cartas que Ted había abandonado sobre la mesa, continuando la partida.
-Vaya, Ted. O eres muy malo, o te han tocado una mano de pena – comentó.
-Es malísimo – dijo Francis con aburrimiento – he perdido la cuenta de las veces que le he ganado…
Por fin, Ethan soltó a Teddy, que se levantó y miró a sus amigos.
-Llevo aquí desde el día después de Navidad.
-¿Por qué has vuelto tan pronto? – preguntó Catherine extrañada.
Ted se encogió de hombros.
-Los hijos de mi padrino me estaban volviendo loco. – Francis lo miró a los ojos, pero Teddy lo ignoró y sonrió a Alex – gracias por el ajedrez mágico, es genial…
-¿Y mi regalo no es genial? – interrumpió Sean desde su sillón. Ted lo fulminó con la mirada, pero ya era tarde. Alex le sonrió, y se fue con sus amigas, riéndose.
-Qué oportuno – gruñó el joven Lupin mientras se sentaba junto a Brian y observaba el juego de sus amigos.
Al poco, Francis dijo que estaba bastante cansado, y subió a acostarse. El resto de los jóvenes Gryffindors permaneció en la sala común, que se vaciaba lentamente.
-¿Sabes a quién hemos visto cuando entrábamos? – dijo Sean de pronto.
-¿A quién? – preguntó Ted.
-A Leopold Lewis – comentó Brian con desgana –se dirigía al Bosque Prohibido. Iba solo, y nos ha ignorado completamente; ni siquiera se ha parado a insultarnos.
Sean miró a Brian con disgusto.
-Me has fastidiado la sorpresa. Eres un aguafiestas.
-¿Lewis iba solo al bosque?
-Si bueno, yo me paré a observarlo – explicó Sean mirando a Brian con fiereza – y estoy seguro de que llegó a entrar. Nadie más se dio cuenta, porque había muchísimo barullo con la llegada de los estudiantes y demás.
Teddy reflexionó un instante. Luego se encogió de hombros.
-Bueno, mejor para nosotros y peor para él. Si lo descubren, nos libraremos de un idiota en Hogwarts.
Pero mientras decía esto, su cerebro le recordaba una y otra vez las palabras de Lewis, el Profesor Princestone, Ron y Hermione: "Dumbledore contrataba todo tipo de gentuza: desde hombres lobo hasta mortífagos traidores…"; "otra de las familias que tiene sus orígenes en ese pueblo rodeado de montañas es la de tu compañero Leopold Lewis."; "apártate de los asuntos de la familia Lewis. Será mucho mejor para todos."; "Espero que le dieras su merecido."; "no es lo que hubiera hecho Remus Lupin". Lewis se traía algo entre manos. Algo serio. Parecía odiar a los hombres lobo, pero su familia procedía del Valle de Véstar; y tal vez todo esto tuviera algo que ver con su ausencia durante el último mes del primer trimestre…
Súbitamente, Ted tomó una decisión.
-Esto… tengo que irme – dijo levantándose de un salto.
Sus compañeros lo miraban extrañado.
-¿Estás bien? – preguntó Ethan frunciendo el ceño.
-Si, claro que sí – respondió Teddy intentando parecer lo más despreocupado posible – me… me voy a la cama, buenas noches. Se dirigió a la escalera que conducía a los dormitorios, y en cuanto se encontró fuera de la mirada de sus amigos, comenzó a subir los escalones de tres en tres. Irrumpió en la habitación de los alumnos de primero, y se dirigió hacia su cama a toda prisa. Fue entonces cuando sintió unos ojos clavados en su nuca. Se dio la vuelta, y vio a Francis mirándolo fijamente desde su cama.
-¡Francis! No te lo vas a creer. Sean ha visto a Lewis yendo al Bosque Prohibido esta misma tarde, sin que nadie lo viera.
No esperaba ni mucho menos una celebración por parte de su amigo, pero este se limitó a alzar las cejas.
-¿Te avergüenzas de algo? – preguntó.
-¿Qué? – Ted lo miró sin comprender. Quiso acercarse a Francis, pero algo en los ojos de éste le indicó que era mejor quedarse donde estaba – creo que no te entiendo.
-Parece que la mentira es tu segunda lengua, Lupin – Francis tenía un tono frío en su voz que no le había escuchado nunca. Parecía estar conteniéndose para no gritar.
-¿De qué me hablas?
-¿Te da vergüenza decir delante de tu novia que eres mi amigo?
-¿Mi novia…? – Ted comenzaba a enfadarse – deja en paz a Alex, ella no te ha hecho nada. Y no me avergüenzo de ser amigo tuyo, ¿de dónde sacas eso?
-Les has mentido – Francis parecía exasperado - ¿por qué les has mentido? ¡No estabas harto de los hijos de Potter!
-¿Qué…? – Entonces, Ted comprendió - ¿acaso crees que lo hubieran entendido? "Si, he vuelto de mis maravillosas vacaciones para hacerle compañía a Francis Snape."
-¡Si te ibas a arrepentir, habría preferido que no vinieses! – exclamó Francis.
-¡No me he arrepentido! ¡Pero todos pensarían que estoy loco!
-A lo mejor estás loco por querer juntarte con Francis Snape, el hijo del mortífago, el bicho raro de Gryffindor. – La amargura teñía las todas y cada una de las palabras del chico – cuando vine a Hogwarts, sabía que no iba a tener amigos – Teddy quiso hablar, pero Snape no le dejó – prefiero no tener amigos, antes que tenerlos por compasión.
-¿Qué estás diciendo? – Ted miraba fijamente a Francis, sin querer creerse lo que estaba escuchando - ¿crees que me junté contigo por lástima? ¿Te importa lo que diga o piense la gente sobre ti o tu padre? ¡Yo sé la verdad, la verdadera historia! Harry Potter me la contó…
-Es fácil decir eso cuando tus padres, a los ojos de todos, murieron como héroes. – Repuso Francis con frialdad.
Teddy se quedó sin habla, pero reaccionó a tiempo, dolido.
-Tu padre también lo fue. Si no, no figuraría en aquella placa del Salón de los Trofeos, no te habrían dejado venir a Hogwarts, no estarías en Gryffindor y… y el pequeño Albus Severus Potter no llevaría su nombre.
Hubo un denso silencio entre los dos. Francis lo miró, inmutable.
-Habría preferido – continuó Snape, no sin esfuerzo – que no volvieras en Navidad. Habría preferido que nunca intentases integrarme en tu estúpido grupo de amigos. – Le dio la espalda – por cierto, Lewis volvió antes que tú. Y si, se pasea por los terrenos todas las noches, en dirección al bosque prohibido.
-¿Por qué no me lo contaste?
Pero Francis no respondió. Se tumbó en su cama, y corrió las cortinas rojas. Teddy Lupin se quedó ahí, de pie, sin poder creerse que el chico por el que había renunciado a su familia estuviera ahora ocultándose, más lejos de él que nunca.
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Al día siguiente, cuando Ted, Brian, Sean y Ethan se levantaron, vieron que la cama de Francis estaba vacía.
-¿Dónde está? – preguntó Sean extrañado.
-No creo que vuelva a juntarse con nosotros – dijo Ted. Intentó que su voz no imprimiera la tristeza que sentía.
-¿Por qué no? – intervino Ethan.
-Eso da igual – cortó Brian antes de que Teddy comenzara a gritarles a sus amigos. Juntos, bajaron al Gran Comedor. Francis se había sentado en su antiguo sitio en un extremo de la mesa. Ted intentó no mirarlo.
Las clases transcurrieron de forma imprecisa ante los ojos del joven Lupin. Su mente vagaba mientras los profesores les explicaban el plan de estudios del segundo trimestre. Pensaba en Lewis, en sus paseos nocturnos al Bosque Prohibido y en Francis. A ratos, intentaba idear un plan para recuperar su amistad, pero se interrumpía pensando que el que tenía que arreglar las cosas era Snape. Antes de que pudiera darse cuenta, estaba de nuevo en la sala común, listo para acostarse. Y vuelta a empezar. Pronto pasó la primera semana del trimestre, y luego vino la segunda. Conforme iba pasando el tiempo, a Ted le costaba más trabajo dormir. Los días pasaban como si no existieran, en una aburrida rutina que las constantes tonterías de Sean y Ethan no podían curar. Sólo Brian parecía entender el extraño estado de sopor en el que se encontraba Ted durante todo el día, pero no hacía nada por impedirlo.
Y por fin, la tercera semana del segundo trimestre, en la quinta noche que Teddy Lupin pasaba en vela sentado en el alfeizar de la ventana, ocurrió algo.
Ted permanecía rígido, muerto de frío, pero decidido a quedarse ahí hasta el amanecer. Era una idea descabellada que se le había ido ocurriendo durante todo aquel tiempo: tenía que vigilar a Lewis, sin que Francis se diera cuenta. Su amigo le había dicho que lo había visto pasearse por los terrenos por la noche, en dirección al bosque prohibido. Su pensamiento se fijaba en que si conseguía desenmascarar a Lewis, Francis y él volverían a ser amigos. No sabía como, pero estaba seguro de ello. Por eso, cuando vio la figura solitaria de su enemigo cruzando los terrenos amparado en la oscuridad de la noche, no dudó en abrir con urgencia la puerta del dormitorio y en lanzarse escaleras abajo en su búsqueda. No se había preocupado de ponerse el pijama.
Salió precipitadamente por el hueco del retrato, y se lanzó a los pasillos oscuros y siniestros, completamente solo. Poco a poco, conforme iba avanzando en su ruta sin sentido, un terror incontrolable comenzó a apoderarse de él. No sabía por qué estaba prohibido salir de noche, ¿y si había algo que ocupaba los pasillos de Hogwarts en la oscuridad? Se volvió con brusquedad. Estaba en el pasillo del tercer piso. Fuera, el suave rumor de las hojas de los árboles cubría el ruido de unos posibles pasos a su espalda. Teddy se llevó una mano a la nuca. Se sentía observado. Miró de nuevo sobre su hombro, dudando si debía abandonar aquella locura antes de que apareciese Peeves, o peor aún, algún profesor. Finalmente, el joven Lupin respiró hondo y continuó su camino hacia el vestíbulo. No vio la silueta de su perseguidor oculto apenas a cinco metrós de él.
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Ocurrió mientras atravesaba el vestíbulo.
Primero, un estremecimiento cruzó su espalda. Antes de que pudiera darse cuenta, no podía moverse.
Luego vino el dolor.
Era como si toda la angustia que había venido arrastrando durante aquellas tres largas semanas intentara salirle por el pecho. Había algo en su interior, algo que lo asustaba, pero que al mismo tiempo le gustaba. Ese algo intentaba salir, lo estaba llenando, lo sabía, y debía dejar que ocurriera. Pero una parte de él luchaba por impedirlo. Ted cayó de rodillas. Intentó gritar, pero su voz murió en su garganta cuando un nuevo espasmo llenó su cuerpo. Cerró los ojos, deseando con todas sus fuerzas que aquello se acabara; caer dormido, desmayado, muerto. Pero el dolor era tan insoportable que le impedía perder la consciencia. Un gemido escapó de sus labios. Intentó arrastrarse a un lugar oculto: en cualquier momento podía aparecer un profesor, pero apenas podía moverse. Sintió el frío mármol del suelo en su cabeza cuando quedó tumbado. Se quedaría allí, pensó, y dejaría que todo acabase cuanto antes. "Cuanto antes"…
Se había rendido ya cuando unas manos conocidas lo agarraron e intentaron levantarlo, pero una violenta convulsión lo soltó de su agarre e hizo que se golpease la cabeza contra el suelo. Su salvador volvió a aferrarlo, y poco a poco, consiguió arrastrarlo hasta una puerta. Teddy se encogió sobre si mismo e intentó abrir los ojos e incorporarse, pero una mano se posó en su pecho y lo obligó a quedarse tumbado y encogido. Otra sacudida lo zarandeó y el dolor volvió con más fuerza aún. Sin poder evitarlo, soltó un alarido que rebotó en las paredes e hizo eco por todo el castillo.
-Tengo que sacarte de aquí – murmuró una voz sobre su cabeza.
Ted abrió los ojos y vio a Francis Snape, que luchaba por levantarlo a pulso. Intentó decirle algo, ayudarlo, pero sólo consiguió estremecerse de nuevo.
-Será mejor que te estés…
Unos pasos apresurados acallaron las palabras de Francis, que había dejado a Ted sentado contra la pared y miraba en silencio la puerta que tenían a sus espaldas. De repente, ésta se abrió de golpe dando paso a tres chicos e Hufflepuff que los miraron completamente sorprendidos. Francis no dijo nada, se limitó a observarlos en silencio. El primero de los recién llegados, un chico con el pelo negro cortado a tazón dio un paso al frente.
-¿Quién ha gritado? – su voz sonaba imperiosa.
-¿Cómo dices?
-No te hagas el listo conmigo, Snape. Alguien ha gritado. ¿Quién ha sido?
-No sé de qué me hablas, Allen.
Henry Allen sacó su varita y apuntó a Francis.
-¿Has maldecido a alguien?
-Deja de hacerte el valiente y vete a la cama, aquí no ha pasado nada.
-¿Quién eres tú para darnos órdenes? – interrumpió el segundo muchacho. Tenía los ojos muy azules y el pelo rubio y rizado.
Antes de que Francis pudiera responder, el tercer Hufflepuff soltó un chillido:
-¡Greg, Henry! ¡Ahí hay alguien herido!
Gregory Rodney apartó a Francis de un empujón y se inclinó junto a Ted. El chico levantó la mirada e intentó sonreír, pero el dolor recorría cada centímetro de su cuerpo.
-¿Qué le has hecho? – preguntó aterrado el tercer Hufflepuff. Era un chico muy pequeño y delgado, con una extraña cicatriz que recorría su mejilla derecha. Su nombre era Rory Garden, y que Francis recordara, siempre estaba asustado.
-No le he hecho nada. Me lo he encontrado. Ayudadme a llevarlo a la enfermería.
-¡¿Estás loco!? Quieres que nos pillen… o maldecirnos a nosotros también.
-Deberíamos llamar a un profesor.
-¿Y que vea que estamos fuera de la cama?
-Podemos decirle que vinimos porque oímos los gritos…
-¿Adonde vas, Rory?
Francis se alejaba de los dos chicos, ayudado por el pequeño Rory Garden, ambos cargaban con Teddy.
-A… la… enfermería no… - murmuraba Ted.
-¿Qué dice? – preguntó Rory aterrado.
Snape se encogió de hombros, pero Teddy lo agarró del brazo y lo miró a los ojos.
-Vamos… a la torre, y luego… di que… di que me he despertado… gri… gritando…
Francis asintió.
Subieron lentamente, atajando cada vez que podían, escondiéndose de Peeves, la Sra. Norris y unos cuantos fantasmas. Por suerte, no se cruzaron con ningún profesor. Rory miraba continuamente por encima de su hombro, preocupado. Henry y Gregory se habían marchado a su sala común.
-Márchate – murmuró Francis.
-¿Qué?
El Gryffindor señaló un tapiz que representaba un escudo con un fénix grabado en él.
-Por ahí llegarás a las mazmorras. Queda muy cerca de tu sala común.
Rory tragó. No le hacía mucha gracia bajar por una escalera oscura y empinada más de cinco pisos.
-¡Vete! – lo urgió Francis.
El chico asintió nerviosamente y desapareció tras el tapiz. Con un terrible esfuerzo, Francis cargó completamente con el tembloroso Teddy y continuó su camino hasta la torre de Gryffindor, sin detenerse hasta llegar al retrato de la Señora Gorda, que lo miró escandalizada.
-¿Qué se supone que hacéis fuera a estas horas? ¿Qué le pasa?
-Raíz de Mandrágora – farfulló el chico, agotado.
Sin dejar de murmurar entre dientes, el cuatro se apartó para dejarlo pasar.
-Vamos Ted – susurró Francis – sólo un poco más.
Teddy asintió. En medio de la escalera, soltó un gritó mientras se aferraba al cuello de Francis. Los dos chicos se precipitaron al interior de su dormitorio, mientras escuchaban las puertas abrirse a sus espaldas. Cuando cayó al suelo, ted se quedó allí, respirando agitadamente. Luego, volvió a convulsionarse y a gritar.
-¿Qué está pasando?
La luz se encendió, y las piernas de Sean aparecieron en el campo de visión del metamorfomago.
-¿¡Ted!? ¿Qué te pasa? – era la voz de Ethan.
-¡Hay que llamar a alguien! – gritó Brian.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe, y Kevin Walter entró con urgencia.
-¿Qué son estos gritos? ¿Qué le pasa?
-Kevin, hay que llamar al profesor Jarrows – dijo Francis.
-Si… por supuesto. Jess, ¿puedes ir tú? – la prefecta de Gryffindor asintió y se marchó. En la puerta, los alumnos se amontonaban.
-¡Todos a la cama ahora mismo!
-¿¡Ted!? ¿¡Qué te pasa!? – Alex irrumpió en el cuarto y se agachó junto a Teddy. Éste giró la cabeza y vomitó a los pies de Kevin.
Pasaron unos minutos de angustia en los que Sean, Brian, Francis, Ethan y Alex no se movieron del lado de Ted, mientras Kevin intentaba que lo demás alumnos se fueran a su cuarto. Finalmente, Julius Jarrows apareció. Sin decir nada, se inclinó sobre Teddy, que lloraba en el suelo, y murmuró unas palabras. El chico, pálido y con el rostro manchado de lágrimas y sudor, cerró los ojos y quedó inconsciente, sin que su cuerpo dejara de convulsionarse, como una marioneta movida por hilos invisibles.
-¿Le duele aún? – murmuró Sean al cabo de unos segundos.
El profesor Jarrows no supo o no quiso responder.
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Hasta aquí el capítulo 6. Y no os preocupéis, que todo tiene su explicación en el próximo capítulo. Espero que os haya gustado.
