¡Hola! Vuelvo a la carga con otro capítulo. Espero que os guste. Y muchas gracias a Yedra Phoenix, Sol Potter Black y Francesca por vuestros reviews. ^^
Este capítulo va dedicado a todas las personas que lo marcaron como alerta para estar al tanto de sus actualizaciones, ya que son ellas quienes realmente le dan vida. ¡Gracias!
11. ERES UN SEMI-LICÁNTROPO…
Las clases de Transformaciones solían ser las favoritas de Teddy Remus Lupin. Pero aquella inusualmente soleada y fría mañana de finales de noviembre el joven metamorfomago miraba completamente desconcentrado por la ventana, totalmente ajeno a la explicación del profesor Jarrows sobre la transformación del escarabajo que reposaba sobre los escritorios de los alumnos de Gryffindor en un botón. De repente, Ted vio como un trozo de pergamino levitaba sobre su cabeza, para acabar por posarse con suavidad sobre la superficie de su mesa. Lo cogió distraídamente y leyó la letra clara y redonda que reconoció al instante:
No veo que tu escarabajo sea a estas alturas un objeto útil para las prendas de abrigo. Y Jarrows se está empezando a interesar en ello.
Alex.
Teddy se sobresaltó y miró a su alrededor, para descubrir al profesor Jarrows sentado en su mesa, con sus ojos grises fijos en él. Rápidamente cogió su varita y miró al escarabajo desconcertado, que parecía haberse aburrido y se paseaba tranquilamente por el pupitre. No tenía ni idea de lo que tenía que hacer. Por suerte para él, un segundo trozo de pergamino levitó discretamente hasta su sitio.
Insectum Pignoris.
-Insectum Pignoris – pronunció Ted. El escarabajo se convirtió en un gran botón rojo con un chasquido. Aliviado, Teddy se volvió y sonrió a Alex, sentada un par de mesas detrás de él, que le guiñó un ojo. Por el camino se cruzó con la mirada de Ethan, cuyo escarabajo se volvía del revés cada vez que lo pinchaba con su varita; y con Francis, que se estiraba con aburrimiento en su silla.
Teddy volvió a mirar por la ventana. Su anormalmente pálido reflejo le devolvió la mirada con gesto torvo.
-¡Mañana hay excursión a Hogsmeade!
-¿Eh, qué?
-Digo que mañana hay excursión a Hogsmeade.
-¡Ah!
-Piensas venir, ¿no?
-Eh, si, supongo.
-¿¡Supones!?
Sean miraba a su amigo desconcertado. Teddy, que redactaba una redacción sobre los ingredientes de las pociones para crecer lo miró sorprendido.
-Si, bueno, es Hogsmeade. No creo que haya cambiado mucho. En fin, supongo que podría ir…
-¡Es Hogsmeade! Tío, la tienda de los Weasley, Honeydukes, las Tres Escobas…
-Está bien, de acuerdo Sean, no hace falta que me lo recuerdes.
-Entonces, ¿vas a venir o no?
-No lo sé, Sean, no sé si podré ir.
-¿Qué no sabes si podrás venir? – intervino Ethan.
-Si, oye… tenemos mucho trabajo, ¿vale? y además, hace frío. No sé si me apetece helarme el culo por ir a ver un pueblo que puedo visitar durante el resto del año.
-¿Pero qué te pasa? Puedes estudiar por la mañana, ni que fueras Brian.
El aludido levantó la cabeza de su libro de Encantamientos.
-¡Oye! Ni que yo me pasara el día estudiando.
-Claro que no, sabio Agripa, tan sólo exagerábamos.
Ethan y Francis rieron.
-Oye Francis, tú si que vienes, ¿verdad?
-No veo por qué, estamos a principio de curso, ya te agobiarás el mayo Ted.
Teddy no respondió. Estaban a noviembre, y anochecía mucho antes. Y además, la noche siguiente era de luna llena. Tal vez si lloviera… pero el cielo estaba completamente despejado, y no quería arriesgarse. No era sólo por él, sino también por sus amigos, y sobre todo por Harry, a quien no quería preocupar más y su padre; ¿qué pensaría la gente de Remus Lupin si se enterasen de que había transmitido una mínima parte de su condición a su único hijo?
Pero era cierto que habían transcurrido dos años desde aquel incidente que ya se le antojaba muy lejano. Dos años en los que no había ocurrido nada fuera de lo normal. También era verdad que no se había expuesto a la luz de la luna llena, teniendo en cuenta que sólo se trataban de doce noches al año, la mitad de las cuales tan nubladas que no había nada de que preocuparse.
En todo esto se encontraba pensando Teddy cuando Alex, Pat, Cath y Alicia entraron en la Sala Común.
-¡Eh, adivinad! – gritó Catherine.
-¡Hay excursión a Hogsmeade! – dijo Alicia.
-Ya lo sabemos… - comenzó Ethan.
-Pero lo mejor es…
-¡Que Alex va a celebrar su cumpleaños allí! – exclamó Patricia.
-Creía que tu cumpleaños era el 1 de Diciembre – dijo Sean extrañado.
-Si, pero aprovechando que hay una excursión a Hogsmeade tan cerca, no importa adelantarlo un par de días, ¿no? – Alex miró a los cinco Gryffindors de tercer curso y les sonrió – por supuesto estáis todos invitados.
-Invitación aceptada, aunque olvídate de Ted – dijo Sean – dice que está demasiado ocupado, ¿verdad, Ted?
-Eh, bueno… - Teddy miró a Alex, sus grandes ojos oscuros, su largo pelo rizado. Y su sonrisa – tú mismo has dicho que se puede estudiar por la mañana, ¿no?
-¡Tendrás cara…!
Pero Teddy ya no escuchaba a su amigo, porque Alex le estaba abrazando.
-¡Gracias Ted!
Y a pesar de aquel pequeño atisbo de culpabilidad, el ahijado de Harry Potter sacudió la cabeza y sonrió.
Al fin y al cabo, habían pasado dos años.
Había sido sin duda uno de los mejores días que el metamorfomago había pasado en Hogwarts. Para celebrar el cumpleaños de Alex, primero fueron a Honeydukes, donde Francis y Brian le regalaron a la hermana de Ethan dos enormes bolsas llenas de golosinas mágicas. En la tienda de los Weasley, a la que George Weasley había acudido a atender personalmente, Teddy obtuvo un ventajoso descuento para él y sus amigos.
-Siempre que me entero de que hay excursión vengo, ¿sabes? – Le explicó George – los críos necesitáis una mano hábil para cazaros como a moscas.
Ted rió. Se encontraba en la trastienda, donde George le estaba preparando el pedido de todos sus amigos en bolsas individualizadas.
-¿Cómo está Freddie?
-Como un loco. Se pasa el día gritando que quiere ir a Hogwarts de una vez. Además, Angelina ha tenido que prohibirme expresamente que le facilite productos de la tienda. – George puso los ojos en blanco - ¡Imagínate! Prohibirle algo así a un Weasley de mi sangre… es casi antinatural. Bueno, aquí tienes el pedido. Mitad de precio. Pero no corras la voz, ¿eh? no vaya a ser que me arruines el negocio.
-Descuida. Dale recuerdos a todos.
-Claro que si, ahora pírate antes de que tenga que denunciarte por daños y prejuicios contra mi humilde dependencia.
Riendo todavía, Teddy corrió hacia el exterior, donde sus amigos lo esperaban impacientes.
Por último Alex los invitó a todos a una ronda de cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas.
-¿De dónde has sacado tanto dinero? – preguntó Ethan extrañado.
-Papá me lo envió el miércoles. Para que me lo gastara en mi regalo de cumpleaños.
-Vaya, invitarnos a todos con ese dinero, ha sido un gesto muy bonito por tu parte, Alex.
-Si bueno Sean, no hace falta que me lo digas, eso ya lo sé yo.
Teddy, sentado entre Francis y Alicia, rió con los demás.
Poco a poco, el tiempo fue pasando sin que apenas se dieran cuenta. Y antes de que pudiera percatarse, había anochecido.
-¡Ey! Será mejor que nos movamos, o nos caerá una bronca de McGonagall – dijo Brian.
-Si, eso, vayámonos ya.
Antes que verlo, lo oyó. Era aquella voz estridente y desagradable que por más que uno quisiera, no olvidaba. Christopher Petersen. Decía algo y se reía, aunque no sabía de qué. El frío viento se llevaba y traía sus palabras como quería. Teddy optaba por continuar con su camino, cuando escuchó algo más. Una voz enfada, y algo quebrada, de niña.
Ted paró en seco y miró hacia el límite entre el lago y el bosque prohibido. Aunque aún estaba lejos, podían percibirse algunas figuras. ¿Se lo estaba imaginando? Pero entonces le llegaron con más claridad las voces. Voces que no podía ignorar, y se le heló la sangre en las venas.
-¿Ted? – miró hacia sus amigos, que se habían detenido y lo miraban desconcertados. –Ted, se nos está haciendo muy tarde… - era Francis el que hablaba.
-Enseguida os alcanzo, ¿vale? – sin esperar respuesta, Ted echó a correr hacia la linde del bosque. Al principio escuchó las protestas de sus amigos, pero pronto las dejó atrás. La luz de la luna lo iluminaba todo como la réplica de un sol, y pronto comenzó a sentir sus piernas más ligeras, sus sentidos más agudizados. Ya casi oía la conversación entre Petersen y Victoire Weasley.
-¡Déjame en paz, idiota!
-A lo mejor te apetece quedarte toda la noche en el bosque, con los hombres lobo.
Los hombres lobo…
Ted sonrió. Corría más rápido de lo que había corrido nunca. Ya casi había rodeado todo el lago.
Los hombres lobo…
Una sonrisa se perfiló en su rostro. Una sonrisa enmarcada por una hilera de dientes que cualquier mago o muggle habría considerado más afilados de lo normal.
Los hombres lobo…
Bendita ironía.
-¿¡Quién anda ahí!?
Ted se paró en seco, a la sombra de los primeros árboles. Petersen tenía agarrada a Victoire por el brazo, y se encontraba de pie, en tensión, en medio del claro.
"Una presa fácil", pensó Ted. Sacudió la cabeza y recordó lo que aquel imbécil había dicho. Que pretendía atrapar a su prima, sola, en el bosque. Se llevaría su merecido…
"y a lo mejor un par de mordiscos", sugirió una vocecilla en algún lugar de la cabeza de Teddy.
"¡NO!"
Victoire, estaba allí para ayudar a Victoire.
Lentamente sacó su varita "eso es, Ted, mejor la varita que los dientes, ¿no?".
La vocecilla sonaba burlona.
-Si, mucho mejor – dijo Ted en voz alta.
-¿¡Qué!?
-¡Expeliarmus!
La varita de Petersen voló a la mano de Ted, que salió a la luz apuntando directamente a Christopher.
-¿Lupin? ¿Qué te crees que estás haciendo? Pienso contárselo a McGonagall. Pienso ir y…
-Y entonces yo le contaré como aterrorizabas a una niña de primero, de noche, en el bosque. ¿Quién saldría perdiendo, Petersen?
-Eso no son más que… ¡AAAAH!
La frase de Petersen quedó incompleta cuando éste recibió la patada de Victoire en la entrepierna. El Slytherin se encogió de dolor y cayó de rodillas en la hierba. Teddy bajó su varita y arrojó la de Petersen a sus pies.
-Muy bien, Vic, ahora vuelve al castillo, ¿vale?
La pequeña Weasley asintió y echó a correr.
-¡Gracias Teddy! – gritó ya lejos.
Ted respiró hondo, intentando calmar el temblor de sus manos. Alzó la cabeza al cielo, y el mundo se desplomó a su alrededor.
Porque allí estaba la luna. Hermosa, redonda, brillante, hipnotizante y cautivadora. Y él necesitaba demostrarle todo eso. Lo necesitaba,
Teddy Lupin echó a correr. Primero se alejaría lo máximo posible de Petersen y luego entraría en el bosque, entraría y una vez allí…
Una vez allí…
Buscaría algo para cazar…
De repente, Ted chocó violentamente contra un obstáculo en su camino. El impacto lo impulsó hacia atrás, y a su obstáculo sobre él.
El metamorfomago luchó por desasirse, pero Francis se sentó sobre él y lo sujetó sobre la hierba.
-¡Ted!
Éste movía la cabeza de un lado a otro entre gruñidos amenazadores.
-¡TED!
De pronto, el joven Lupin se encontró con los preocupados ojos negros de su mejor amigo.
Y se calmó.
Francis observó cómo los ojos anormalmente amarillos de su amigo recuperaban su tono dorado natural.
Ambos se levantaron.
-Eres un…
-No lo digas. – La voz de Ted sonó ronca – no… lo… digas…
-Eres un…
Se hizo el silencio entre los dos. La verdad estaba allí. Latía entre ellos, en el aire. Francis sólo tenía que pronunciar dos palabras.
Sólo dos palabras más.
Ted miraba al suelo.
Y entonces sintió la mano de su amigo en el hombro.
-No se lo diré a nadie.
Se miraron a los ojos.
-Nunca.
A la luz de la luna, los dos amigos se abrazaron.
Y hasta aquí el capítulo 11.
Espero que os haya gustado.
¡Saludos! ^.^
