Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia es otra pequeña novela que me ha cautivado. De la misma autora de Robando un corazón, los personajes Eward & Bella no dejan de desaparecer de mi mente, asi que aqui estoy otra vez compartiendo con ustedes esta magistral novela. Solo he cambiado ciertos detalles para que se adapte mejor a ellos. Al Final mencionaré quien ha sido la excepcional autora y así podamos mantener el misterio jeje. Espero lo disfruten mucho, como yo lo hice!


Capitulo 2 "La Entrevista"

—Eso está mejor. ¿Cómo desea el café, señorita Swan? —preguntó él con exagerada cortesía.

—Una gota de nata y sin azúcar —contestó ella, convencida de que el latido de su corazón debía de estarse oyendo en toda la habitación.

—Exactamente como a mí me gusta. ¿Otra extraña coincidencia?

Decidida a no entrar en la misma historia de antes, se mantuvo en silencio.

—¿Sigue usted molesta por unos comentarios carentes de relevancia? Pues bien, pasemos estrictamente a lo profesional. ¿De dónde es usted?

—Del norte…

Nada más decirlo, se arrepintió. Rose siempre la había ridiculizado precisamente debido a su acento del norte, y él podría recordarlo. Por el momento, no parecía ser el caso.

—¿De dónde exactamente?

—De Tyneside —respondió sin saber a qué atenerse.

Por supuesto que Bella no estaba enamorada ya de él, pero volver a ver aquella sonrisa tan tremendamente seductora, le hizo entender por qué todo el episodio que había vivido con él la había marcado de tal manera.

—¿A qué edad se marchó de allí?

—A los doce años. Mi padre murió cuando yo tenía diez, y dos años después mi madre se volvió a casar.

La estricta verdad. Por ahora, no había necesidad de mencionar que su padrastro era americano, y que se mudaron a vivir a Estados Unidos.

—Cuénteme sobre usted, edad, dirección, experiencia laboral…

—Todo eso está en mi curriculum.

—Sin duda, pero prefiero que usted me lo cuente. ¿Cuál es su nombre de pila?

—Bella.

—¿De Isabella?

—Así es.

En Inglaterra sus padres siempre la habían llamado Bells, pero Rose se había reído de ella diciendo que Isabella era nombre de chacha, y siempre la llamaba por el nombre completo para humillarla. Por eso, cuando regresaron a Inglaterra, comenzó a utilizar simplemente Bella.

—Isabella es un nombre antiguo y sonoro. ¿Cómo decidieron ponérselo?

—Mi abuela materna se llamaba así.

—Resulta difícil de creer, lo sé, pero mi abuela materna también se llamaba Isabella.

—Efectivamente, resulta difícil de creer.

—Por lo menos, sincera y directa —contestó riéndose—. Pero le aseguro que es verdad. Se llamaba Isabella, un nombre nada común hoy en día.

La duda volvió a asaltarla. ¿La habría reconocido? No, la verdad es que no había nada en aquella pálida y preciosa cara que hiciera pensar en ello. Simplemente, tenía que relajarse.

—¿Perdón? —preguntó al ver que él la miraba con cara de esperar una respuesta.

—Le he preguntado su edad.

—Veinti… seis años.

Primera mentira.

—¿A qué colegio fue?

—Langton Chase.

—¿En Surrey?

—¿Sus padres viven todavía allí?

—Mis padres han fallecido ambos.

—¿Se llevaba bien con ellos?

—Con mi madre, mucho.

—¿Tiene hermanos?

—No.

—¿Qué hizo al terminar el colegio?

—Estudié en el St. Helen Business College, y después entré a trabajar en la empresa de David Randall…, hasta que la cerraron tras el ataque al corazón que sufrió el señor Randall.

—¿Qué le parece el señor Jake Black?

—¿Perdón?

—Salió en la prensa que el grupo Black había comprado la empresa, acabado con la empresa, para ser exactos. Es de suponer que fue Jake Black en persona quien llevó las negociaciones a cabo. ¿O no? Le he preguntado qué opina del señor Black.

—En realidad fue el señor Desmond quien se ocupó de la operación.

—¡Qué raro! A Jake Black le gusta ejecutar las sentencias en persona. ¿Qué piensa usted de la decisión de cerrar la empresa?

—Me pareció un error. David Randall había luchado para que eso no sucediera.

—Será porque no era consciente de con quién se las estaba viendo, en otro caso hubiera sabido que podía esperar cualquier cosa. Y dígame, ¿dónde vive usted exactamente?

—Comparto un piso en Rolchester Square, en Kensington —contestó de mala gana.

—¿Con un amante?

—No. Con una compañera.

—¿Tiene usted novio o similar?

—No.

—Me sorprende. ¿O quizás haya oído usted que prefiero que mi secretaria personal esté libre de compromisos?

—Hace seis meses que rompí con mi novio, James.

—¿Y no ha habido nadie desde entonces? ¿Quizás porque tiene usted el corazón roto?

—No tengo el corazón roto. ¿Es realmente necesario hablar de todo esto?

—Completamente. ¿Quiere usted decir que ya lo ha superado, o que nunca lo quiso?

—Simplemente quiere decir que no tengo el corazón roto.

—¿Está usted libre para viajar?

—Totalmente.

—¿Ha viajado usted mucho?

—No tanto como me hubiera gustado. Solamente por Europa…

—¿Ha estado usted en Estados Unidos?

—No —contestó mirando al suelo.

Tras una larga pausa, él continuó:

—Dígame una cosa, ¿siempre lleva usted gafas?

—Por supuesto.

Aquello estaba empezando a resultar insoportable.

—Curioso. A la señora Rogers se le debió de pasar por alto cuando me habló de usted. ¿Por qué lleva gafas?

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que son simplemente gafas de leer.

Acorralada, apabullada, no pudo hacer otra cosa que sonrojarse.

—O sea, que se las ha puesto específicamente para la entrevista.

—Pensé… que me darían un aire más… eficiente…, más profesional.

—Es decir, no está usted segura de su capacidad para ejercer este puesto.

—Estoy totalmente segura de mi capacidad para ejercer este puesto.

—No dudo que lo esté, pero recurrir a una mentira no es la mejor forma de conseguirlo.

Fatal. Todo lo había hecho fatal. Seguro que Jake se iba a enfadar con ella.

—Le pido disculpas por haberle hecho perder el tiempo —dijo incorporándose del asiento, quitándose las gafas y metiéndolas en su bolso.

Él se levantó también, y dio un paso hacia ella. Por muy buen porte que ella tuviera, es decir tenía una estatura promedio, él a su lado era realmente como una torre.

—Un momento —dijo él—. Un momento, le he dicho —repitió tomándola ligeramente por la cintura al ver que ella hacía intenciones de dirigirse hacia la puerta.

—Por favor, déjeme marchar —suplicó ella, al notar que él la empujaba ligeramente en el hombro para que se sentara otra vez en su silla, sin poder evitar recordar todo lo que había sucedido entre ellos—. No tiene usted ningún derecho a retenerme aquí.

—No es cuestión de ponerse melodramática.

—Perdón, no sé lo que me ha pasado.

—Supongo que estará nerviosa por la entrevista. Bien, si le interesa el trabajo, debe saber que espero que mi secretaria personal esté disponible veinticuatro horas al día, por eso le he preguntado si tenía compromisos, y, sobre todo, que espero discreción absoluta y lealtad total. A cambio, las vacaciones tienen en cuenta las posible horas extras, y el sueldo es generoso.

Al oír la cifra, a Bella se le pusieron los ojos en blanco. No era de extrañar que la anterior secretaria personal no quisiera irse.

—Y una cosa más, fuera de la oficina prefiero un trato familiar y relajado, incluido llamarnos por nuestros nombres de pila. Ahora sí, ya tiene usted toda la información, así que si lo desea, el puesto es suyo.

No, no lo deseaba, pero de pensar en cómo se pondría Jake si lo rechazaba, y en cómo la había tratado el propio Edward Cullen, decidió que cualquier treta que Jake intentara llevar a cabo con él, la tendría más que merecida.

Y por mucho que de verdad no quisiera tomar parte en ello, lo cierto es que una vez más Edward Cullen tenía un poder irresistible sobre ella. Sólo con volver a verlo, la profesional segura y confiada en que se había convertido se volvía un manojo de nervios como cuando tenía diecisiete años. Simplemente no podía decirle no. Además, no podía decepcionar al hombre que amaba y con el que iba a casarse.

—Sí, acepto el trabajo.

—Muy bien —dijo en un tono estrictamente profesional—. Son tres meses de prueba, y mi secretaría se encargará de todo el papeleo. Tengo entendido que está usted disponible desde hoy mismo.

—Así es —contestó arrepentida de haber aceptado.

—¿Cómo vino hasta aquí?

—¿Perdón?

—Que si vino en coche, en taxi…

—En… taxi.

—¿Tiene un pasaporte vigente?

—Sí.

—¿Cuánto tarda en hacer las maletas?

—¿En hacer las maletas? ¿Para ir de viaje?

—¿Para qué otra cosa suele usted hacer las maletas?

—Perdón, es que me parece todo un poco precipitado.

Jake se lo había dicho, que tenía un complejo de oficinas inmenso en Nueva York, y que le gustaba llevar allí a su secretaria personal sin previo aviso.

—¿Cuánto tarda? —insistió.

—Unos quince minutos.

—Pues salimos, mi avión nos espera en el aeropuerto —dijo empujándola ligeramente por el brazo.

Entre una cosa y otra, Bella se sentía como si le acabara de pasar un tsunami por encima.

—Paso un instante a decirle una cosa a mi secretaria, y salimos hacia su casa a recoger sus cosas.

—De verdad, no es necesario que se moleste, puedo encontrarme con usted en el aeropuerto.

—No es ninguna molestia.

Toda esperanza de Bella de poder pasar sola por su piso para llamar a Jake y ponerlo al tanto, se desvaneció. Parecía que Cullen le hubiera leído la mente, y trataba de evitar dejarla sola. Si por lo menos Jake supiera todo aquello, seguramente le diría que no se fuera con Cullen, y que abandonara el puesto inmediatamente.

—¿Algún problema?

—No. Ninguno.

—Mejor. Ahora que trabajamos juntos, lo mejor es que haya confianza y armonía entre nosotros. Un segundo, tengo que hablar un par de minutos con la señora Bancroft.

Con los pensamientos en otra parte, y sin prestar demasiada atención a lo que pasaba a su alrededor, Bella no escuchó las últimas frases de Cullen:

—Voy a estar fuera dos semanas, y no quiero que nadie me moleste. Si hay algo que requiera mi atención urgentemente, ya sabe cómo localizarme.

—Por supuesto, señor Cullen.

Rodeándola por la cintura con el brazo, cruzaron el hall de entrada. El chófer le esperaba ya fuera con la puerta abierta.

—Buenos días, John. Tenemos que pasar por Rolchester Square. ¿Qué tal está tu mujer?

—Bastante bien, dadas las circunstancias, muchas gracias, señor. Los gemelos pueden nacer en cualquier instante.

—¿Ya sabes lo que son?

—Un niño y una niña, señor.

—Pues enhorabuena. Voy a estar fuera un par de semanas, así que te puedes tomar unas vacaciones pagadas ese tiempo, que buena falta vas a hacer en casa.

—Muchas gracias, señor. No sabe cuánto se lo va a agradecer Jenny, mi mujer. Lleva tiempo preocupada por cómo íbamos a arreglarnos, y eso que yo se lo dije, seguro que el señor Cullen nos echa una mano.

Bella pensó que la forma en que Jake lo había descrito, como un hombre cruel y despiadado, cada vez le parecía más alejada de la realidad.

—Parece que está usted preocupada.

—No, no, en absoluto, señor Cullen —respondió intentando diseñar alguna estrategia por si él decidía acompañarla al interior del piso, lo que destrozaría por completo su última oportunidad, hasta quién sabía cuándo, de poder llamar a Jake.

—Como dije antes, fuera de la oficina es mejor que me llames Edward, y yo te llamaré Isabella.

—Preferiría Bella.

—Perfecto.

Nerviosa por el hecho de que él no paraba de observarla en todo momento, dijo:

—Es un nombre muy poco común, Edward.

—Durante mucho tiempo le reproché a mi padre, que tenía pasión por las novelas del oeste de Edward Grey, que me pusiera este nombre. Pero fue sólo hasta que me enteré de que mi madre quería que me pusieran Tarquín —contestó con una amplia sonrisa.

Bien a su pesar, Bella tuvo que sonreír también.

—Te pones muy guapa cuando sonríes —dijo él con toda naturalidad.

Si lo hubiera hecho aposta, Edward Cullen no habría logrado pillarla más desprevenida para su comentario, y destrozar más sus esfuerzos por mantenerse en control de la situación. Se puso roja hasta la raíz del pelo.

—Lo siento, ahora te he hecho sonrojar, no era mi intención. Se me había olvidado que todavía quedan mujeres que se sonrojan ante un cumplido, o ante lo que sea, tal como están las cosas. La mayoría de las mujeres, incluso las de dieciséis o diecisiete años, se abalanzan a los brazos de un hombre sin el más leve sonrojo…

¿Había dicho lo de dieciséis o diecisiete años a propósito? Santo cielo, entonces sí se había dado cuenta.

Como si se hubiera convertido en estatua de sal, Bella se limitó a clavar la mirada al frente, e intentar aparentar calma.

—No tardo nada —dijo abriendo la puerta cuando el coche aparcó frente a su casa.

—No me vendría nada mal un café, si no es molestia y no te importa que suba un momento.

—En absoluto.

Por la cabeza de Bella pasaron las mil y una cosas que podía y no podía hacer ahora, como por ejemplo, llamar a Jake, o incluso mandarle un mensaje de texto, aunque seguramente ni lo vería hasta después, y entonces ya sería demasiado tarde. También podría llamarlo desde el baño del aeropuerto, y cuando él le dijera que abandonara la idea y que no se fuera con Edward, podría tomar un taxi de vuelta a casa.

—Ahora mismo traigo el café —dijo señalando un sillón para que se sentara.

Haciendo caso omiso de sus palabras, Edward la siguió hasta la cocina, y al ver que sólo preparaba una taza, preguntó:

—¿Tú no tomas nada?

—Tengo que escribir una nota a mi compañera de piso, además de hacer la maleta.

Si lograba finalmente ponerse en contacto con Jake, no tendría más que romper la nota a su vuelta. Sí no lo lograba, y mejor no pensar en eso, era mejor que Alice supiera lo que estaba pasando.


Oh no no no no! Este jefe me trastorna... yo cuando lo lei me senti tan intimidada... creo que hubiera salido corriendo de ahi (Si que cobarde) por eso me encanta esta Bella que supera sus miedos y sigue adelante! un viaje con Edward, yo quiero, yo quiero, tu no?

Gracias a quienes ya siguen esta historia... tambien son apenas 10 capitulitos! Gracias a los rw de Astribella Cullen, Alimago las primeras en opinar sobre la historia juhuuuu!

Vivitace