Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia es otra pequeña novela que me ha cautivado. De la misma autora de Robando un corazón, los personajes Eward & Bella no dejan de desaparecer de mi mente, asi que aqui estoy otra vez compartiendo con ustedes esta magistral novela. Solo he cambiado ciertos detalles para que se adapte mejor a ellos. Al Final mencionaré quien ha sido la excepcional autora y así podamos mantener el misterio jeje. Espero lo disfruten mucho, como yo lo hice!

Esta bien, esta bien, aqui esta la ultima actualizacion de hoy... es que esta buenisimo que no pude soprtar no compatirlo con ustedes hoy mismo... está sorprendente! y viene larguito jajaja dos en uno


Capítulo 3: "El Pasado"

Bella explicó brevemente la situación en una nota a su compañera, indicándole que cabía la posibilidad de que pasara una o dos semanas en Estados Unidos. La puso bien visible en la cocina, y se dirigió a su dormitorio a hacer la maleta.

—No te molestes en meter demasiado. Allí habrá de todo lo que puedas necesitar. Lo fundamental es que no olvides llevar el pasaporte —dijo Edward desde el salón.

Bella terminó de hacer la maleta en un instante, sin prestar la más mínima atención a lo que metía en ella, pues era de esperar que no llegara a tener que necesitarla.

—Vaya, ¡qué rapidez! —exclamó Edward al verla entrar de nuevo en el salón con la maleta en una mano, y el pasaporte en otra—. Déjame que te ayude.

Antes de que pudiera responder ni hacer nada al respecto, Edward se había acercado, le había quitado la maleta y el pasaporte, y había metido este último de forma inmediata en el bolsillo de su chaqueta.

—¿Has metido el bañador? —preguntó él.

—¿El bañador? —repitió ella sin entender nada.

Bella sabía que numerosos hoteles tienen piscina hoy en día, pero francamente ni se le hubiera pasado por la cabeza meter el bañador ni siquiera aunque hubiera pensado que iba a realizar el viaje, cosa que seguía esperando no llegara a ser el caso.

—Ya veo que no. No importa. Eso se arregla fácilmente. Entonces, ¿todo listo? Pues adelante.

De camino al aeropuerto, Edward pareció estar embebido en sus pensamientos. Bella, que no veía el momento de llegar al mismo, clavó los ojos en el infinito, repitiendo para sí sin parar: «Por favor, que Jake me entienda».

Nada más llegar al aeropuerto se dirigieron a la zona VIP del aparcamiento, donde un joven los estaba esperando a pie de coche para encargarse del equipaje.

Al contrario de Jake, que siempre iba cinco pasos por delante de ella y a gran velocidad, Edward tomó su cartera, y poniéndole una mano en la cintura, anduvo a su lado la corta distancia que los separaba del edificio del aeropuerto.

Una vez allí, se encargó de la facturación, y de enseñar los documentos al pasar por el control policial, mientras Bella seguía sumida en sus pensamientos, tratando de planear lo mejor posible lo que iba a hacer.

Nada más pasar el control, Edward metió el pasaporte de Bella cuidadosamente de nuevo en su cartera con el resto de sus documentos.

Fue en ese instante cuando Bella tomó consciencia de que todo había ido demasiado lejos, y de que quizás tendría que empezar a pensar en escapar de allí a toda velocidad, incluso si ello significaba abandonar equipaje y pasaporte.

Pero lo primero era ponerse en contacto con Jake.

—Lo siento, pero tengo que pasar un instante al baño —dijo a toda prisa.

—Vamos ya un poco retrasados, y en el avión hay un baño tan perfecto como el de aquí —contestó él sujetándola por el brazo.

—Es que…

—Es que ya tenemos asignado la hora del despegue, y hay que embarcar de inmediato.

Antes de que pudiera articular palabra, se vio cruzando la pista, a toda velocidad, en dirección a un lujoso jet privado aparcado allí frente a ellos.

Nada más subir a bordo, y tras ser recibidos amablemente por un auxiliar de vuelo, Edward indicó al mismo:

—Jarvis, la señorita Swan desea pasar al baño a lavarse las manos. Muéstrale por favor dónde se encuentra.

—Por supuesto. Acompáñeme, señorita Swan.

—Voy a aprovechar para saludar un instante al capitán Giardino, y nada más vuelvas, despegaremos —le dijo Edward mientras se alejaba en dirección al baño.

Lo dijo con una expresión en apariencia normal, pero Bella pudo adivinar, por el brillo de sus ojos, que era perfectamente consciente de lo aturdida que ella se encontraba, y que, además, a él todo aquello le parecía muy divertido.

Mordiéndose la lengua para no decir nada, y aferrándose a su bolso con auténtico frenesí, se metió en el baño, cerró el pestillo, y metió la mano en el bolso desesperadamente para tomar su móvil.

Con un poco de suerte, todavía podría contactar con Jake, y salir de allí zumbando antes de que el equipaje llegara al avión, y cerraran la puerta del mismo.

Por más que revolvió y manoseó todo el contenido del bolso, no pudo encontrarlo. Se dijo de todo por haber metido tal cantidad de cosas y en semejante barullo. Con los nervios de punta, y consciente de que cada segundo que pasaba era crucial, volcó el contenido del bolso en el lavabo, y buscó el móvil revolviendo todo frenéticamente.

Le llevó unos segundos aceptar la evidencia del hecho. Su móvil había desaparecido.

Era imposible. No podía haberlo perdido. Lo había tomado del cargador y metido directamente en su bolso delante de Jake esa misma mañana, y no había abierto el bolso en todo el día, excepto para sacar y volver a meter las dichosas gafas.

Sea como fuera, el hecho era que su móvil no estaba allí. Y que el único instante que había estado fuera de su vista había sido cuando lo dejó en el salón de su casa mientras hacía la maleta en su habitación.

¿Se lo habría quitado Edward?

Por todos los santos, ¿cómo se le ocurría pensar una cosa así? ¿Por qué demonios iba a querer él quitarle el móvil?

A menos que… supiera exactamente en qué consistía su plan.

La mente se le disparó ante la mera posibilidad de que ése pudiera ser el caso.

Era ridículo. Estaba sacando las cosas de quicio. No había ni la más leve posibilidad de que lo supiera. Y si hubiera sospechado la más mínima conexión entre Jake y ella, evidentemente no le habría dado el trabajo.

Aliviada tras recuperar el sentido común, decidió que tenía que pensar rápidamente en un plan de acción.

Tenía dos opciones. Echarlo todo a perder diciéndole a Edward que realmente no quería el trabajo, e insistir en que se quería bajar del avión en ese momento, o seguir adelante con todo, irse a los Estados Unidos las dos semanas y ver qué pasaba.

Si elegía la primera opción sin haber consultado a Jake en primer lugar, conociéndole como ella lo conocía, y con el carácter que se gastaba, nunca la perdonaría. Si se decantaba por la segunda opción, tendría que buscar una fórmula rápida para blindarse al tratar con Edward Cullen.

Un golpecito en la puerta le hizo pegar un brinco hasta el techo.

—Perdone, señorita Swan, que la moleste —dijo el auxiliar de vuelo en un discretísimo tono—, pero el señor Cullen me ha pedido que le informe de que en breve pasaremos a la pista de despegue.

A Bella se le encogió el alma. Ya no había nada que hacer. Era demasiado tarde para decidir.

Haciendo de tripas corazón, contestó en el tono más neutro que pudo:

—Enseguida salgo.

Metió todo en el bolso de nuevo a gran velocidad, y se dispuso a seguir al auxiliar de vuelo para regresar a su asiento.

Con todo lo que en ese momento le iba pasando por la cabeza, no era de extrañar que Bella ni siquiera notase la excelencia y el lujo de todo lo que la rodeaba.

En escasos instantes se encontraría volando, y Jake ni siquiera sabía que había conseguido el trabajo, por no nombrar que en esos momentos se dirigía a Estados Unidos a pasar dos semanas.

El pensar que Jake, al ver que ella no daba señales de vida, evidentemente se pondría en contacto con Alice, no pareció valerle de gran alivio.

Al llegar de nuevo a la zona de los asientos, Edward, con un aspecto algo más relajado y con la camisa remangada, le preguntó con el mismo tono displicente y superior que había utilizado todo el día:

—¿Todo bien?

—Perfectamente —respondió ella, tratando de calibrar lo que se escondía exactamente detrás de aquella pregunta.

Bella se dio cuenta de que tenía que controlarse. Si se empeñaba en ver una segunda intención detrás de cada una de sus palabras, terminaría paranoica en nada de tiempo.

Ajeno, por lo menos en apariencia, a las preocupaciones de Bella, Edward le ayudó a poner sus cosas en el maletero, a acomodarse en el asiento de al lado de la ventana, y a abrocharse el cinturón. Después, tomó asiento al lado de ella.

Bella se sentía atrapada y sin salida. ¡Ojalá no hubiera subido nunca a aquel avión!

No, por ahí no iba a hacer más que amargarse. Nada de lamentaciones. A lo hecho, pecho.

Eso tampoco pareció tener el deseado efecto de tranquilizarla.

Preparados ya para el despegue, Edward se volvió hacia ella:

—¿Te da miedo volar?

La cruda realidad era que a ella siempre le habían dado miedo los aviones, pero a raíz de su estancia en Estados Unidos, y debido a lo mucho que Rose se había burlado de ella siempre en público al respecto había aprendido a superar ese miedo. Bueno, por lo menos a esconderlo.

Se le ocurrió que podría decir que sí, porque así tendría alguna explicación el que estuviera tan extremadamente nerviosa y tensa, pero al recordar esa experiencia pasada, decidió negarlo rápidamente:

—No.

—Pues es curioso porque tienes toda la pinta de que sí.

—En absoluto.

—Bueno. En cualquier caso, si te da miedo, te puedo tomar de la mano.

—No, gracias. Insisto, no me da miedo volar.

—No hay nada de que avergonzarse porque le dé a uno miedo volar. Mi antigua secretaria personal le tenía miedo a volar en estos aviones más pequeños que los comerciales.

—A mí no me da miedo volar ni en aviones grandes ni en pequeños.

—Bien, bien. Está claro que, en cualquier caso, que yo te tomara de la mano te pondría incluso más preocupada.

Bella apretó la mandíbula, y trató de parecer todo lo más relajada que pudo mientras realizaban el despegue.

Una vez en el aire, Edward le preguntó:

—¿Quieres conocer al capitán?

En la cabina, Bella se quedó fascinada al ver aquel inmenso panel de control.

—Bella, éste es el comandante Giardino… Cario, te presento a la señorita Swan.

Ni mención de que se trataba de su secretaria personal.

—Encantado, señorita Swan —respondió el comandante—. Impresionante, ¿verdad?, el panel de control. Pues aunque no se lo crea, es mucho más sencillo todo de lo que parece. Hoy en día los aviones vuelan prácticamente solos.

—Cario —interrumpió Edward—, creo que es mejor dejar ese tema. La señorita Swan, aunque no quiera admitirlo públicamente, siente cierta aprensión a volar. Seguro que preferiría saber que vas a estar al cargo tú en todo momento.

—En ese caso, le prometo que no dejaré el mando del avión en ningún momento —contestó con una amable sonrisa el comandante.

De nuevo en sus asientos, Edward se volvió hacia Bella:

—¿A qué hora desayunaste esta mañana?

Esa mañana Bella no había estado para mucho desayuno, con tantos nervios. Un café solo a las seis y media de la mañana.

—¿O ni siquiera desayunaste?

—No, no lo hice.

—Por los nervios de la entrevista, supongo.

Ella asintió.

—Pues mientras Jarvis nos prepara su exquisito almuerzo, vamos a tomar unos aperitivos al salón. ¿Qué te apetece? ¿Un gin tonic?

—Un refresco, por favor.

—Buena idea para un estómago vacío.

Bella se le quedó mirando mientras servía las bebidas.

Al contrario que Jake, de belleza más hollywoodense, Edward rebosaba una guapura más viril. Ese aspecto varonil era precisamente el que tanto le había impactado desde que lo conoció, y le había hecho sentir esa punzada interior sólo de mirarlo.

Cuando él le acercó la copa, ella se quedó mirando sus manos, tan esculturales y perfectas, las mismas con las que él la había tomado y… las mismas con las que la había…

Fuera de la mente. Todo eso había que echarlo fuera de la mente de forma instantánea. Francamente, no era momento de ponerse a recordar el pasado.

Al pasarle la bebida, sus manos se rozaron, y Bella sintió un calambre de tal intensidad que casi tiró la bebida.

—¿Todavía nerviosa?

—No, en absoluto. Es que creí que se me iba a caer el vaso.

Él no hizo ningún comentario.

—Está muy bien, gracias —comentó Bella en relación a la bebida.

Con cara de ligerísima sorna, ante sus modales de buena chica, Edward tomó su bebida y se sentó frente a ella.

Bella, viendo que se ponía más tensa todavía con él allí enfrente, intentó rápidamente poner la mente en otra cosa.

Sin éxito.

La llegada de Jarvis en ese momento con el carrito de la comida la rescató de aquella embarazosa situación.

—¿Desea el señor que sirva ya la comida?

—No, Jarvis, muchas gracias. Puedes retirarte.

—¿Prefieres marisco o carne? —preguntó Edward tras dirigirse a la mesa que Jarvis había dejado perfectamente preparada para los dos.

—Marisco, por favor.

Edward sirvió mariscos y ensalada para los dos.

—Tienes que estar muerta de hambre.

Tenía todo un aspecto delicioso, pero, con el nudo que le atenazaba el estómago, se sentía incapaz de comer.

—Por el futuro de nuestra relación, y porque sea larga y fructífera —dijo él alzando la copa de vino que acababa de servir para acompañar el marisco.

«De nuestra relación… laboral», podría haber especificado, en aras de evitar malentendidos.

—Creo que ha llegado la hora de empezar a conocernos seriamente —continuó él—. ¿Qué me cuentas de ti?

Bella se quedó pensando qué contarle que no supusiera posteriormente una trampa para ella.

—Por ejemplo, ¿qué tipo de música te gusta? —lanzó Edward, viendo que no contestaba.

—La música clásica, cosas de aquí y de allá, un poco de pop, un poco de jazz…

—¿Qué me dices de la ópera?

—También.

—¿Tienes un compositor favorito?

—Puccini.

—Aja, un romántico.

Así siguieron durante un buen rato, mientras descubrían que en general sus gustos eran básicamente los mismos, y que en las pocas ocasiones que diferían se trataba sólo de pequeños detalles.

Edward resultó ser un perfecto interlocutor, culto, entretenido y con gran sentido del humor. Todo parecía tan normal y tan distendido, que Bella por primera vez empezó a sentir una cierta relajación interior.

Terminada la comida, pasaron al salón. Estaban plácidamente sentados en los cómodos sillones de cuero deleitando un exquisito café, cuando se acercó de nuevo el auxiliar de vuelo, y se dirigió a él:

—Si no es molestia, señor, el comandante desearía comentar algo con usted.

—Gracias, Jarvis. Ahora me paso por la cabina —respondió.

Tras terminar el café, se levantó y le dijo:

—Perdóname un instante, tengo que pasar a ver a Cario. En ese mueble tienes todo tipo de música, o de libros, si lo prefieres.

—Gracias.

Mientras se dirigía a la cabina, Bella se quedó admirando sus anchas espaldas y su precioso cabello cobrizo, y notó que tenía un remolino en la parte de detrás, justo al filo del cuello.

Ésa había sido una de las primeras cosas que recordaba haber notado de él hacía tantos años.

Ella vivía en el piso que su padrastro tenía en el centro de la ciudad. Una tarde, cuando iba a salir de su habitación, vio que el último novio de Rose había llegado justo en ese momento a recogerla.

El tipo de hombres con los que solía salir su hermanastra le desagradaba grandemente pues eran normalmente arrogantes y presumidos. Así que para evitar coincidir con ellos, decidió permanecer en su habitación, desde donde se quedó mirando con la puerta ligeramente entreabierta.

Él estaba de espaldas sentado en el sofá. Al principio se le notaba relajado y distendido, pero luego, como si pudiera sentir que ella le estaba mirando, volvió la cabeza y miró hacia atrás. Aunque sabía que era ridículo y que de ninguna manera la podía ver, Bella pegó un brinco del susto.

Tras reponerse, volvió a espiarlo otra vez. Se había cambiado de sitio, y esa vez podía ver su atractivo perfil, que la había dejado enamorada de él de forma inmediata y fulminante.

Como bajo el efecto de una droga, Bella se había quedado allí mirándole hasta que, finalmente, una despampanante Rose, con vestido de seda escarlata y estola de armiño, a juego con las carísimas joyas que su orgulloso padre acostumbraba a regalarle, hizo acto de presencia.

El apuesto joven se levantó, y Bella pudo comprobar que, además de guapo, era alto y con un tipazo que su inmaculado terno de gala acentuaba todavía más.

Se dirigió hacia Rose, y le tomó las manos.

—Estás absolutamente sensacional —le dijo con voz profunda y seductora.

Rose, acostumbrada a las galanterías desde siempre, lo miró displicentemente, y cuando él hizo intención de atraerla hacia sí para besarla, se limitó a decir:

—Ahora no, cariño, que me puedes estropear el maquillaje. Además, vamos justos de tiempo.

Él abrió la puerta para dejar pasar a Rose, y fue entonces cuando Bella pudo ver su cara de frente por primera vez. Rose debió de comentar algo porque él sonrió con ganas, lo que terminó de derretir el corazón de Bella.

La mayoría de los novios de Rose eran jóvenes mimados y decadentes, hijos de las familias más rancias y destacadas de la sociedad. Pero éste en particular era diferente. A pesar de tener no más de veintitrés o veinticuatro años, mostraba una madurez, una fuerza interior, que no tenían los otros. No se trataba solamente de que fuera varonil y de buena planta, sino que de él emanaba una especie de vitalidad, de magnetismo, que Bella encontró superior a ella.

Descubrió que se llamaba Edward Cullen, y a partir de ese momento empezó a vivir sólo para espiarle en sus visitas a la casa.

Al principio sólo su madre se dio cuenta de su obsesión, pero, finalmente, un día Rose la descubrió, y con su típica crueldad se propuso amargarle la existencia incluso más de lo que lo había hecho durante los últimos cinco años.

—¿Así que te has quedado colgada de él? Vamos, admítelo, si no hay más que verte la cara —le había espetado un día.

—Simplemente me parece que es simpático y agradable.

—Sólo le parece simpático y agradable —repitió Rose haciéndole burla sobre su acento del norte que, para colmo de males, se le acentuaba en los momentos de tensión.

—¿Y qué piensas hacer para conquistarlo?

—Yo no…

—Por mí no hay problema. Voy a cortar con él ya mismo —la interrumpió Rose.

—¿Vas a terminar con él?

—Sí. Es una pena que no sea rico. Además de generoso, es un amante fabuloso. Bueno, que me quiten lo bailado. Yo lo que quiero es un millonario de verdad.

Miró a Bella burlonamente.

—O sea, que si quieres, cuando le mande a freír espárragos, le puedo decir que por lo que a ti se refiere te puede considerar un caso resuelto.

—Por favor, Rose, no le digas nada —suplicó Bella horrorizada.

—Era broma. Primero, porque tú no sabrías ni por dónde empezar con un tipo de sangre caliente como éste, y segundo, porque las virgencitas atemorizadas no son su tipo. Cuando necesite consolarse por mi pérdida, ya se buscará a alguna rubia glamorosa y espectacular… no necesita ninguna colegiala con la cara llena de granos y sin pecho…

Fue en ese momento cuando Bella decidió que usaría el dinero que le habían dado por su diecisiete cumpleaños para cambiar su aspecto.

Se compró todos los productos que pudo para luchar contra el acné. Se rizó el pelo, se empezó a maquillar y, para completar el cambio, se compró toda una serie de sujetadores con relleno y braguitas a juego.

Aquello fue todavía peor, porque ocasionó que Rose se burlara todavía más de ella.

Intentó ignorar a Rose y sus hirientes comentarios todo lo que pudo, hasta que una tarde, pocos días después, Rose entró en su habitación y, agarrándola de un brazo, la llevó literalmente en volandas al salón.

Allí, de pie, se encontraba Edward Cullen, a quien Rose anunció:

—Ésta es mi hermana pequeña Isabella… Isabella es tu admiradora secreta… Está enamorada de ti, y el maquillaje y el sujetador con relleno… son para ver si tú te enamoras de ella…

Él pareció encontrar todo aquello divertido, y se quedó simplemente mirando.

—Está dispuesta a dártelo todo —continuó Rose, zafándola por el brazo aún más fuerte ante sus intentos de liberarse—, pero me temo que ni así llegaría a mucho contigo, te cansarías de ella antes de empezar. No tiene ni las más mínimas agallas, y jamás estaría a tu altura…

Eso último ya no le hizo tanta gracia a Edward, que ordenó:

—Ya está bien de tanta crueldad, Rose. Haz el favor de soltar a la niña ya.

Bella, nada más verse libre, corrió a su habitación.

Por primera vez desde que había ido a vivir a Nueva York, y tras haberse contenido todos esos años, la vergüenza y la humillación que acababa de vivir hizo que Bella diera rienda suelta a sus lágrimas.

Lo único que la consolaba era que él había intervenido a su favor frenando a Rose, aunque se había sentido herida de que él se hubiera referido a ella como la niña.

El episodio completo había sido escuchado por los padres que se encontraban en la habitación contigua, y había ocasionado una nueva pelea entre ellos, que resultó ser incluso más cruda que las habituales.

Bella oyó a su madre amenazar con marcharse si el padre no ponía freno inmediato a la conducta de Rose.

En los días siguientes, efectivamente, Rose cambió su actitud hacia Bella, y no se sucedieron los habituales enfrentamientos y humillaciones, aparentemente siguiendo órdenes de su padre.

Su padrastro salía todas las tardes a «tomar algo» en el club con los amigos, y su madre colaboraba en una organización de voluntarios de la parroquia dedicada a ayudar a los sin techo.

Las tardes que Bella sabía que Edward pasaría a recoger a Rose, se cuidaba mucho de estar fuera, a pesar de las ganas inmensas que tenían siempre de verlo y de oírlo.

Para tener algo que hacer en aquellas tardes, se apuntó a un club juvenil que había relativamente cerca de donde vivían, y así podía ir y volver dando un paseo.

El departamento de Teatro se iba a reunir ese viernes para decidir cuál iba ser su siguiente montaje. Bella ni soñaba tomar parte en él debido a su timidez, pero sí estaba contenta de poder ayudar entre bambalinas.

Aquella tarde, antes de irse cada cual por su sitio, su madre había discutido una vez más con Phil, su marido. Por lo visto, en el más rancio estilo machista y dictatorial, él le había ordenado que no fuera al grupo parroquial de voluntarios, porque no era de su agrado.

La madre, esa vez, había decidido no callarse, y la situación había ido en aumento hasta írseles de las manos por completo.

Entristecida de ver a su madre en aquel estado, y hastiada de la violencia de su padrastro, decidió marcharse de inmediato al club.

Justo cuando se disponía a salir, oyó un golpe seco en su puerta, y sin esperar respuesta, entró Rose, una vez más elegantemente vestida.

Se dirigió a Bella, y le puso un sobre en la mano.

—Cuando vayas a tu club, deja esto en el edificio Denver, en el piso 2B. Te pilla casi de camino, así que te pasas primero por allí.

—¿El edificio Denver? ¿No es ahí donde vive…? —preguntó Bella casi sin poder articular bien las palabras.

—¿Edward? Sí, exactamente. He quedado con él esta noche, pero… no voy a ir. Me han salido otros planes. Y no te preocupes, que no tienes que verlo. Simplemente, lo echas por debajo de la puerta.

—Pero ¿y si…?

—En edificio Denver no es como este nuestro, lleno de guardias de seguridad y videocámaras. Allí sólo hay un portero que vive en el bajo, y no te va a decir nada. Llegas, entras, subes, dejas la carta, y te vas.

—¿Y por qué no le llamas y se lo dices? —preguntó Bella francamente atemorizada ante la perspectiva de tener que ir a entregar la carta.

—Acabo de ver que tenía aquí su tarjeta Amex y la llave de esta casa que yo le había dado. Se le deben de haber caído anoche mientras se vestía… o mientras se desvestía. La llave me la voy a quedar dadas las actuales circunstancias, pero no quiero que se tenga que pasar por aquí con la excusa de que viene a recoger la tarjeta. Los de seguridad le conocen, y le dejarían pasar incluso sin la llave. Aquí le mando la tarjeta y una carta explicándole que no me encuentro bien.

—Pero si estás perfectamente…

—Por supuesto.

—¿Y por qué le vas a mentir? —preguntó Bella sin entender nada.

—Porque… me voy a pasar un fin de semana, digamos secreto, en el yate de Royce King.

—¿Quieres decir que…?

—Exactamente eso es lo que quiero decir —contestó Rose orgullosa—. Y no quiero que se entere, porque no quiero ni imaginar la que montaría si se entera de que le estoy engañando. No dudo que un día llegue a ser rico, pero ahora mismo no es el caso, y papá está al borde de la bancarrota, por eso bebe como bebe. Lo que yo quiero es una alianza en el dedo, o sea, un marido rico, antes de que todo esto salga a la luz pública, que puede ser en cualquier momento.

Hacía tiempo que Bella sabía de las enormes dificultades económicas por las que pasaba la situación en casa, y hasta llegó a sentir cierta pena por Phil, a pesar de la poquísima simpatía que le tenía.

—Royce vuelve a estar disponible de nuevo después de su último divorcio, y puede ser la respuesta a mis plegarias. Se dice que no sólo quiere pasárselo bien, para lo que yo le puedo ser de gran ayuda, sino que está buscando su quinta mujer. Tiene que ser joven, eso sí, y yo voy a cumplir veinticuatro ya pronto, así que no tengo tiempo que perder.

—Pero si es calvo y feo.

—Sé perfectamente cómo es, además de estar esquelético, pero es uno de los hombres más ricos del estado de Nueva York. Y aunque no duráramos mucho juntos, me tendría que pagar una millonada. Ya sabes, buena boda, mejor divorcio. Así que, si muerde el anzuelo este fin de semana, se acabó Edward.

—No puedo creerme que seas tan…

—Deja los sermones que llego tarde. Royce ya ha enviado la limusina hacia aquí a recogerme. Y por encima de todo, entrega la carta —terminó, y salió apresuradamente.

Bella se quedó allí de pie, con la carta en la mano, apretando las mandíbulas. Todo lo que acababa de decirle Rose le daba asco, su forma de tratar a Edward, su forma de engañarle.

Pero eso no era lo único que le preocupaba en aquel momento, para ser sinceros. Lo último que quería en el mundo era tener que pasarse por el apartamento de Edward Cullen.

¿Qué podía hacer?

Para empezar podía echar la carta al correo, o no llevarla.

Pero en cualquiera de los dos casos, tan pronto como Edward viera que Rose no aparecía, se dirigiría inmediatamente al apartamento de ellas a ver qué sucedía.

Y descubriría que allí no había nadie. ¿Y entonces? Seguiría insistiendo hasta que alguien le respondiera.

El plan de Rose se iría al garete. Y si el fin de semana en el yate no salía como ella tenía planeado, seguiría con Edward por el momento…

Lo cierto era que salieran como salieran las cosas, Rose se lo tenía más que merecido. No era sólo cómo estaba tratando a Edward. Era que, además, había metido a Bella, precisamente a Bella, en todo aquello. ¿Por qué no ponerla en aprietos?

No. Bella sintió que no podía ponerse a la misma altura que Rose. Que su hermanastra se hubiera comportado como lo había hecho desde que llegó, con el máximo desprecio posible, no justificaba que Bella se comportara con la misma falta de ética.

Iría y entregaría el sobre.

Si Edward recibía algún tipo de explicación sobre la ausencia de Rose esa tarde, no saltaría todo por los aires. Por lo menos no por el momento.

Atenazada por una sensación de temor y ansiedad, tomó la chaqueta y el bolso, guardó la carta en un bolsillo de la chaqueta, y se dirigió hacia el ascensor.

Nada más llegar abajo, cuando se disponía a cruzar el gran hall de entrada, reconoció una cara familiar que se acercaba hacia ella, y que hacía meses que no veía.

A Bella siempre le había caído bien Patrick O'Brian, uno de los guardias de seguridad del edificio, y se alegró de verle de vuelta ya repuesto después de tanto tiempo.

Él, un hombre alto y de buena presencia, por su parte también pareció alegrarse de volverla a ver.

—Señorita Bells, ¿cómo está usted? Hay que ver cómo ha cambiado, casi ni la he reconocido con su nuevo aspecto…

—Si, me apetecía cambiar un poco mi aspecto. Me alegro de verte de nuevo Patrick. Me dijeron lo del accidente, creo que fue muy grave…

—Así es, señorita Bells. Casi me dieron por muerto, pero logré salir de todo aquello, y aquí me tiene, casi como nuevo, de vuelta en el trabajo —contestó con su acento irlandés el guardia de seguridad.

—¿Contento entonces?

—Desde luego. No iba a empezar hasta la semana que viene, pero Frank e Ira están los dos con gripe, y me han pedido que viniera ya. Así que aquí estoy cuidando el edificio yo solo un par de días. Por lo visto, anteayer descubrieron a un intruso en el edificio, y ahora hay que redoblar la seguridad.

—¿Un intruso? ¿Cómo pudo entrar sin llave? —preguntó Bella atemorizada.

—Parece ser que aprovechó la entrada de una de las vecinas para colarse y entrar él a la vez como si tal cosa. Y eso no es todo. Ayer, la señora Williams denunció un intento de robo en su piso. Así que tenga cuidado, y dígale a sus padres que hay que estar alerta.

—Están todos fuera esta tarde. Cuando vuelvan esta noche se lo diré. Y espero que no tengas problemas estando aquí solo.

—No se preocupe, señorita Bells. La policía está totalmente al tanto. Bueno, la voy a tener que dejar y volver al trabajo. Y no olvide, si ve a cualquier desconocido merodeando, no deje de decírmelo.

—Por supuesto.

Toda esa conversación había logrado distraer a Bella de su preocupación, pero nada más irse Patrick volvió a sentir el nudo en el estómago.

Era una tarde de verano de ésas que se siente la alegría en el aire, cuando Nueva York está más preciosa que nunca, con sus calles llenas de gente. En otras circunstancias, Bella habría disfrutado del paseo, pero entonces lo único que quería era terminar pronto lo que tenía que hacer, y olvidarse de ello lo más rápidamente posible.

Tampoco era el fin del mundo, pensó. Tenía que dejar de comportarse como una chiquilla. Simplemente tenía que meter el sobre por debajo de la puerta, y marcharse. Él no tendría que enterarse nunca de quién lo había entregado.

Cuando llegó al edificio Denver, entró directamente, tal como Rose le había dicho, sin tener que pasar ningún control de seguridad.

Aunque no era un edificio de lujo ni mucho menos, estaba todo limpio y cuidado. Al llegar al segundo piso, buscó la puerta 2B. Sigilosamente se acercó a ella, y se agachó para meter el sobre por debajo de la puerta.

Pero la rendija por la que tenía que meterlo era mucho más pequeña de lo que ella esperaba, y tuvo que hacer varios intentos para lograr que el sobre cupiera por ella.

No había hecho más que darse la vuelta para marcharse a toda velocidad de allí, cuando la puerta se abrió, y apareció Edward allí, de pie, frente a ella.

Al principio, él no la reconoció, pero tras un instante, cayó en la cuenta, y con una sonrisa y cara de intriga dijo:

—Vaya, vaya, ¿qué te trae por aquí? Pasa, por favor.

—No…, no puedo…

Ignorando sus palabras, él la tomó del brazo para hacerla entrar. Bella sintió que se derretía sólo de sentir su mano en su brazo, su poderosa mirada sobre ella, y de volver a oír su voz.

—Supongo que sí tendrás un par de minutos para contarme de qué se trata todo esto.

—En el sobre hay una carta de Rose que lo explica todo —dijo desesperada por marcharse.

—Prefiero que me lo cuentes tú.

Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba en el recibidor de la casa, y él ya había cerrado la puerta detrás de ella.

—Pasa por aquí —dijo señalando la puerta del salón.

Él se quedó de pie contemplándola, mientras ella se acomodaba en un sillón.

Aunque la atención de Bella estaba estrictamente concentrada en él, no pudo dejar de notar, como en la penumbra de su cerebro, que el salón estaba muy preparado con luces tenues, y discreta música de fondo, y la mesa puesta para una romántica cena para dos.

Edward, por su parte, iba vestido a tono con la velada que esperaba pasar.

Con una mirada penetrante, que la ponía todavía más nerviosa, preguntó:

—Bien, ¿todo esto de qué va?

El pánico se había apoderado de Bella. El corazón le latía a toda velocidad, y la mente se le había quedado en blanco. La proximidad de él tenía un efecto demasiado potente sobre ella, y no logró articular palabra. Se limitó a mirarlo con ojos atemorizados y suplicantes.

—No tienes que estar tan asustada. No soy el lobo feroz, ni un vampiro hambriento ¿sabes?

Lo dijo intentando suavizar el tono de voz, pero Bella pudo oír que esa imperativa autoridad que tanto le imponía seguía presente.

Viendo que no había forma de hacerla hablar, Edward se sentó enfrente de ella, e intentó darle a la conversación un tono más relajado.

—¿Por qué no empiezas por decirme por qué has venido tú y no Rose?

Bella hizo un esfuerzo por recuperar el habla, y entrecortadamente empezó:

—Como yo paso cerca de aquí para ir al teatro, Rose me pidió que…

—Querrás decir, te ordenó, como si no conociéramos a Rose…

—… que metiera la carta por debajo de…

—¿Por qué una carta?

—Porque ella no puede venir esta noche. ¿Y por qué no me llamó por teléfono y me lo dijo?

—Rose dijo que habías perdido tu tarjeta Amex anoche —explicó evitando repetir exactamente las palabras de Rose, aunque poniéndose igualmente sonrojada sólo de acordarse—, y quería devolvértela.

Él pareció darse cuenta de por qué exactamente se había sonrojado, y la miró con cara cómplice y divertida.

—Ya. ¿Y por qué no puede venir ella?

—Porque… —Bella tuvo que hacer un esfuerzo para continuar—, porque está mal.

—Anoche estaba perfectamente —respondió consciente de que Bella se sentía culpable de tener que mentirle así—. ¿Qué tiene?

—No… sé, yo no sé…

—Tendrás alguna idea de qué es lo que le pasa…

—No… no lo sé… no me lo ha dicho…

Bella vio claramente en aquellos ojos verdes intenso que Edward sabía perfectamente que estaba mintiendo. Para intentar salir de aquella vía muerta, dijo:

—Seguro que lo pone en la carta. ¿Por qué no la lees?

Él tomó el sobre, sacó la tarjeta y luego la carta, que ojeó a gran velocidad.

Bella aprovechó la oportunidad, y se puso de pie inmediatamente con intención de dirigirse hacia la puerta. No había dado más que un par de pasos, cuando él dejó la carta sobre la mesa, y exclamó:

—Menuda patraña todo esto.

No parecía preocupado en absoluto, pero sí enfadado. Bella intentó alcanzar la puerta y desaparecer, pero él siguió:

—¿No te parece?

Para salir del paso como fuera, respondió:

—Yo no sé lo que pone la carta.

—Que ha pillado no sé qué tipo de virus, y está en la cama sin poderse mover. Y que ya me llamará ella cuando esté mejor.

—Ah…

—O sea, que ella me dice que está muy malita en la cama, y tú me dices que no sabes por qué no puede venir. Digo yo, que si estuviera muy malita en la cama tú lo sabrías. ¿O no? Claro que, si todo esto es una patraña, ¿cómo puedes saber tú lo que pone la nota?

Bella permaneció callada todo el rato, mirando al suelo.

—Porque te dijo que metieras la carta por debajo de la puerta y salieras zumbando, ¿verdad?

Bella hizo intención de dirigirse hacía la puerta, temblando de pies a cabeza, pero él le ordenó:

—Vuelve aquí y siéntate.

Lo dijo con voz calmada, pero con absoluta firmeza.

Haciendo de tripas corazón, Bella continuó andando hacia la puerta.

De un salto, él llegó a la puerta y se puso delante de ella.

—Te he dicho que te sentaras.

—No puedo. Tengo una reunión en el club.

—Mala suerte. ¿Te sientas tú sola, o te tengo que sentar yo?

Su tono de voz no dejaba lugar a dudas de que estaba muy dispuesto a hacerlo, y Bella, aterrorizada ante su amenaza, decidió volver al salón y sentarse, pero al ver que él estaba disfrutando de lo lindo con aquella situación, le echó una mirada fulminante.

—Vaya, o sea, que sí tienes algo de agallas después de todo. Estaba empezando a creer que Rose llevaba razón cuando dijo que… Para empezar, ¿Rose está mala sí o no? —preguntó inclinándose hacía ella y dejándola literalmente acorralada en el sillón.

—¿Por qué iba a decir que lo está si no lo estuviera?

—Buena pregunta. Vamos a ver si descubrimos la respuesta.

—No tengo nada más que responder. Y tengo que irme en este momento porque voy a llegar tarde a la reunión.

—Te irás cuando me hayas contado exactamente la verdad de lo que está haciendo Rose.

—No sé de qué me estás hablando —contestó Bella a punto de echarse a llorar.

—Lo sabes perfectamente. ¿Qué es lo que está escondiendo Rose?

—No tengo ni idea —contestó intentando que sonara a verdad, pero consciente de que su tono de voz no dejaba lugar a dudas de que mentía descaradamente.

—No se te da muy bien lo de mentir, que digamos. Así que a ver si ahora me dices de una vez la verdad, y acabamos ya con esto.

No tenía alternativa. Llegados a este punto, o lograba salir de allí inmediatamente, o tenía que pensar en algo rápidamente.

Así que Bella decidió pasar al contraataque. Poniéndose de pie, e intentando aparentar la mayor seguridad posible en sí misma, dijo:

—No tengo ninguna intención de seguir aquí, o de contestar ninguna otra pregunta. Me voy a marchar en este momento, y si intentas impedírmelo, me voy a poner a chillar.

—No tienes tú agallas para eso.

—Inténtalo.

Cuando se vio a punto de abrir la puerta de entrada, Bella sintió tal liberación, que un sentimiento de triunfo se apoderó de ella.

Justo en ese momento, sintió que la agarraban por detrás y le daban la vuelta. Abrió la boca para empezar a chillar pero él, rápido y diestro como nadie, la besó con firmeza en los labios antes de que pudiera hacer nada por impedirlo.

Al principio intentó resistirse, pero él siguió besándola y abrazándola de tal forma que, instantes después, Bella sólo sabía que todo le daba vueltas, y que su cuerpo se había convertido en algo muy parecido a la gelatina.

Él la tomó en sus brazos, y la llevó al sofá del salón, donde la recostó, y se sentó a su lado sin dejar de besarla, aunque era evidente que ella ya no tenía intención de ponerse a chillar.

Finalmente, él levantó la cabeza, y apartó su boca de la de ella. Bella, tras unos instantes para intentar recuperar las consciencia, abrió unos ojos que miraban como si hubiera vuelto de otro mundo, y pudo ver que Edward la miraba con una extraña expresión en su cara.

—Vaya, detrás de esa pinta de colegiala parece que tenemos a una mujer hecha y derecha, quién lo diría mirándote, con muchas ganas de besar y que la besen…

Bella hubiera querido negarlo todo, pero se sintió incapaz. Por más que había querido contenerse, le había resultado imposible, desde el instante que sus labios rozaron los suyos.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete —contestó deseando poder decir que era mayor.

—Y virgen, me imagino.

Numerosas compañeras de clase de Bella habían hecho de todo para perder la virginidad, y se habían acostado con el primer chaval que les había salido al paso, pero Bella nunca había sentido ni siquiera la tentación, aunque varios chicos lo habían intentado, lo que le había valido el apodo de señorita Estalactita.

Pero en la situación en que se encontraba en aquel momento, tumbada en el sofá con la cara de él a escasos centímetros de la suya, con expresión, según ella, de no estarla tomando en serio en absoluto, respondió:

—¿Con diecisiete años? ¿Virgen? No me hagas reír.

Él se enderezó, y levantando las cejas, contestó:

—Quién lo hubiera pensado con ese aspecto tan virginal que tienes. Me lo debía haber imaginado, con los tiempos que corren. Habrás tenido todo tipo de muchachos detrás de ti.

—Por favor, no hay ninguna necesidad de que te rías de mí.

—Si no me estoy riendo de ti. Lo digo en serio. Al contrario de Rose, tú eres de esas chicas que no se desarrollan hasta tarde, pero ya verás dentro de un año o dos…

Mientras iba diciendo aquello, se puso de pie, y tomando a Bella por las manos la ayudó a levantarse también. Ella, muy digna y muy tímida a la vez, empezó a arreglarse la falda y la blusa que se habían desacomodado un poco por lo audaz del momento pasado, pero sin levantar la mirada del suelo.

—Bueno, pues ahora que ya sabes lo que te va a pasar si vuelves a amenazarme con chillar, vamos a ver si podemos volver a lo nuestro, y me contestas finalmente a mi pregunta. ¿Qué es lo que Rose me está escondiendo?

—Que va a pasar el fin de semana en un yate —contestó a toda velocidad y muy asustada.

—Pues si es todo, me lo podía haber dicho. ¿De quién es el yate?

—De Royce King —contestó ella de mala gana.

—Maldita sea. No me extraña que no me lo dijera. Bueno, siempre y cuando se cuide de estar siempre rodeada de gente, y de no quedarse a solas con él…

Bella intentó mantener una expresión neutra, pero Edward no pudo evitar darse cuenta.

—No me lo digas. Lo adivino yo sólito. Va a ser un fin de semana para dos.

Bella se quedó callada.

—Maldita sea —repitió—. Pero si King le dobla la edad, además de tener fama de ser un auténtico canalla.

Dio un paso más cerca aún de ella, y con voz de mando, exigió:

—¿A qué hora tiene pensado salir?

—Se fue esta tarde.

Luego, viendo la cara de preocupación de él, Bella añadió:

—Pero ella sabe cuidarse muy bien sola.

—No. Ella da la pinta de saberse cuidar muy sola, que es distinto, pero para algunas cosas es todavía una inocente ¿qué pasa? ¿Por qué pones esa cara? Supongo que debo entender que no estás de acuerdo conmigo.

—No —contestó Bella muy bajito.

—Claro, tú y yo vemos las cosas de diferente manera. A ti Rose te parece muy sofisticada y mundana, pero en el fondo sigue siendo una chica que depende enteramente de su padre. Por eso le sentó tan mal que su padre volviera a casarse, porque sentía celos de su nueva mujer, y de ti, porque tenía miedo de que su padre no se ocupara ya de ella. Y ahora se va con el sinvergüenza de King sin darse cuenta de en la que se está metiendo.

—Sí se da cuenta.

—¿Y entonces por qué demonios se ha ido con él?

Edward se iba poniendo más preocupado y tenso por momentos. Bella se mordisqueó un labio durante unos segundos, y finalmente dijo:

—Quiere un marido rico, y…

—¿Quiere qué? —estalló él, lleno de furia.

—Un marido rico —repitió Bella asustada.

—¿Cómo Royce King?

—Sí —respondió Bella de forma casi inaudible.

—Pero ¿es que no sabe que King se deshace de sus mujeres en menos tiempo que otros tardan en deshacerse de sus amantes?

—Sí, sí lo sabe.

—¿Y tú cómo estás tan segura?

—Me lo dijo ella.

—Dime exactamente qué fue lo que te dijo.

Bella que había vuelto a sentarse se puso de pie, nerviosa:

—Yo no… no…

Él se levanto también, y amenazadoramente, le dijo:

—Repite exactamente lo que te dijo Rose.

Era imposible negarse. No tenía sentido ni siquiera intentarlo. Bella suspiró profundamente, y empezó a contarle todo lo que Rose le había dicho, intentando ser lo más fiel posible a la verdad.

Edward la escuchó con semblante serio, de pie delante de ella, sin interrumpirla en ningún momento. Cuando ella terminó de hablar, con una mezcla de enfado, dolor y profundo desencanto en la voz, dijo:

—Yo convencido de que lo nuestro era para siempre, y ahora me entero de que me ha estado usando mientras se encontraba un marido rico…

Bella sintió pena por él, y por primera vez, se dio cuenta de que lo que él sentía por Rose iba más allá de la estricta atracción sexual. Apenada de haber sido ella la que le había desvelado la realidad, murmuró:

—Ojalá me hubiera callado…

—Tarde o temprano me hubiera enterado de que sólo he sido un mamarracho todo este tiempo.

Bella estaba a punto de echarse a llorar, de verlo tan humillado y dolorido.

—Lo siento, de verdad que lo siento mucho —dijo, y con un valor desconocido hasta ese momento incluso para ella misma, se puso de puntillas e hizo intención de besarlo en la mejilla a muestra de consuelo, pero él retiró la cara a tiempo, y ella sólo logró rozarle ligeramente la mejilla.

Avergonzada de sí misma, se echó para atrás rápidamente, y habría caído directamente al suelo si él no la hubiera sujetado, pues el tacón se le había quedado enganchado en la alfombra.

Sentir sus brazos sujetándola y su cuerpo pegado al suyo, fue más de lo que Bella podía soportar. No podía respirar, ni mantenerse de pie. Sólo sabía que estaba locamente enamorada de él, y que quería consolarlo como fuera. Sin pensar en nada, ni presente, ni futuro, se pegó a él con fuerza, y levantó la cara para besarlo de verdad.

Sólo tocar sus labios, una especie de fuego recorrió todo su cuerpo.

Él se quedó deliberadamente tieso y falto de reacción, lo que en lugar de aplacar su deseo, como él había esperado, valió para todo lo contrario. Bella le echó los brazos alrededor del cuello, y lo besó con tal pasión que le transmitió a él el mismo deseo.

—Va a ser mejor que te vayas ya —dijo él retirando la cara e intentando separarse de ella—. Yo también tengo mi corazoncito, así que, si no estás dispuesta a acabar conmigo en la cama, es mejor que te vayas en este momento.

—No quiero irme, quiero quedarme aquí —respondió Bella todavía aferrada a él.

—Eso es una chiquillada. Mañana te vas a arrepentir.

—No, no es una chiquillada. Yo te quiero.

Como si hubiera perdido el control sobre sí mismo, y olvidando completamente que se trataba de una chica de diecisiete años, Edward empezó a quitarle la ropa con desesperación pero sin llegar a ser brusco, y luego a desvestirse él mismo. Después la tumbó en la alfombra, y empezó a acariciarla de arriba abajo. Bella se estremeció, y empezó a suplicarle que le hiciera el amor allí mismo y en ese momento.

Movido más por la furia que por la pasión por primera vez en su vida, se limitó a cumplir estrictamente lo que ella le pedía sin preocuparse de nada más allá.

Aun así, Bella, arrebatada por sus besos y sus caricias, sintió un éxtasis desconocido para ella hasta ese momento.

Fue nada más terminar, cuando sintió dentro de ella una especie de tristeza y pérdida, porque sabía que para él no había significado nada, que él no sentía ningún cariño por ella.

¿Y cómo podía haber sido de otra manera? Se había literalmente abalanzado sobre él, que despechado por lo que le había hecho la mujer que quería, se había limitado a cumplir sus deseos y a tomar lo que ella le ofrecía sin condiciones.

Y encima en el suelo, como si ella no tuviera derecho a usar la cama que Rose había ocupado.

Humillada y avergonzada, sin poderse creer que hubiera actuado de una forma tan absolutamente ajena a su forma de ser, e incapaz de mirarle a la cara, se quedó acurrucada en el suelo tal como estaba, y deseó morirse.

Al verla allí en el suelo, con aquel aspecto tan infantil y vulnerable, Edward recordó el grito de dolor que ella había lanzado cuando él había hecho el primer intento de penetrarla, y se sintió cruel y miserable.

Pero cuando él había intentado retirarse y dejarlo, ella había insistido en seguir, y se había aferrado a él diciendo: «Está bien, está bien»

Ahora, viendo las lágrimas que corrían por sus mejillas, se dio cuenta de que no, no había estado bien en absoluto, y se maldijo a sí mismo.

Furioso contra ella, por haberlo engañado y haber perdido la virginidad de una forma tan estúpida, y contra él mismo por haber dejado que las cosas siguieran ese curso, empezó a vestirse de nuevo.

Finalmente ella, temblando de frío y de vergüenza, se levantó también. Al ver los ojos de él clavados en ella, instintivamente cruzó los brazos para cubrir sus incipientes pechos.

A él le pareció ridículamente tierno que después de cómo se había comportado, quisiera ahora taparse, lo que le puso doblemente furioso contra sí mismo.

Empezó a recoger las ropas de ella esparcidas por el suelo, y lanzándoselas por el aire, dijo en tono cortante:

—Vístete y vete de aquí.

Con toda la dignidad que pudo, Bella empezó a vestirse. Él, al ver cómo le temblaban las manos, e incapaz de controlar su rabia, no pudo refrenarse:

—Supongo que debería darte las gracias por intentar consolarme.

Consciente de lo fatal que había salido todo, Bella susurró:

—Lo siento.

—No sé por qué lo tienes que sentir —contestó él, incapaz de controlar su crueldad—. Era lo que querías, ¿no? Pero si te crees que vas a sustituir a Rose en mi corazón, estás muy equivocada. A mí no me van las colegialas inexpertas con ganas de emociones fuertes.

Sin poder controlar las lágrimas, ni la angustia que sentía, Bella terminó de vestirse, agarró su chaqueta, su bolso, y se fue.

No podía ir al club en aquel estado, así que se limitó a andar por las calles sin rumbo hasta que, mucho rato después, logró rehacerse mínimamente.

Estaba empezando una tormenta de verano cuando se dio cuenta de que, como guiada por un piloto automático, se había dirigido hacia su casa, y se encontraba frente a su portal. Sacó la tarjeta que abría la verja de fuera, y entró.

Estaba cruzando el hall de entrada para dirigirse hacia los ascensores, cuando vio que al fondo había tres hombres.

Se quedó paralizada cuando reconoció a Edward, totalmente enfurecido, flanqueado por Patrick y un fornido policía.

—Señorita Bells, la estábamos buscando. Este hombre dice que se llama Edward Cullen y que es amigo de su hermana Rose. Le hemos pillado merodeando por el exterior de su piso.

O sea, que no se había creído lo que ella le había contado, y había venido a comprobar si Rose realmente estaba enferma o se había marchado.

—Cuando le hemos preguntado que cómo había entrado en el edificio, ha contestado que su hermana le había dado una llave pero que no la tenía consigo, por eso estábamos intentando que algún miembro de su familia nos confirmara los hechos.

Haciendo acopio de lo poco que le quedaba de paciencia, Edward interrumpió al guardia de seguridad:

—Ya le he explicado que ahora mismo no sé dónde la he puesto, pero que los guardias de seguridad que están siempre aquí me conocen perfectamente.

Ignorando completamente lo que acababa de decir, Patrick siguió hablando:

—Dijo que había entrado a la vez que otro vecino, y que venía a visitarla, pero como yo sabía que usted había salido…

—Por todos los santos —intervino Edward—, diles ya de una vez que me conoces.

—¿Lo conoce usted, señorita Bells? —preguntó Patrick con tono de incredulidad.

Dolida y humillada todavía por cómo la había tratado él sólo horas antes, y con sus palabras de desprecio todavía resonando en sus oídos: «A mí no me van las colegialas inexpertas con ganas de emociones fuertes», Bella vio la oportunidad dorada de tomarse la revancha. No sin cierta dificultad, logró articular:

—No, me temo que no lo conozco.

La mirada furibunda que él le había lanzado permanecería en su mente durante mucho tiempo.

Para cuando, a duras penas, logró llegar hasta la puerta de su piso, arrepentida de lo que acababa de hacer, temblaba de tal manera que, materialmente, no podía meter la llave en la cerradura.

Se fue derecha a su habitación, sintiéndose enferma y asqueada. Incapaz de sentarse o quedarse quieta en aquel estado, se puso a dar vueltas por la habitación, recordando escena por escena todo lo que había sucedido.

Edward no era un tipo al que se le podía tratar como ella lo había hecho, y tarde o temprano tendría que vérselas con él, y quién sabe si pagar por lo que le acababa de hacer.

Casi se le paró el corazón al oír que la puerta de entrada se abría.

¿Se la abría dejado ella mal cerrada?

Cuando reunió suficiente valor para salir de su habitación, e ir a ver quién era, se encontró con su madre.

—Qué temprano has vuelto… —dijeron las dos al unísono.

Al ver que su madre tenía un par de contusiones en la cara, Bella preguntó preocupada:

—¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te has hecho eso?

—Phil se pasó por el grupo de los sin techo esta tarde. Iba bebido, y me hizo una escena de mucho cuidado. Cuando le dije que no pensaba irme de allí, perdió completamente los estribos y… —contestó la madre con los ojos llenos de lágrimas—, hicieron falta tres hombres para echarlo de allí. El padre Delaney me ha traído a casa. He decidido separarme. Nos volvemos a Inglaterra.

—¿Y dónde vamos a vivir?

—Harriet siempre ha sabido que teníamos problemas, y siempre me ha dicho que, si alguna vez lo necesitábamos, podíamos quedarnos con ella el tiempo que hiciera falta…

Hacía años que Bella no había visto a su tía, pero sólo pensar en ella y en la vuelta a Inglaterra le hizo sentirse mejor.

—…y yo puedo encontrar un trabajo como sea…

—Y yo también —añadió Bella.

—Tú lo que tienes que hacer es terminar tu educación que todavía te queda un año.

—Pero mamá…

—No te preocupes, nos las arreglaremos…

—¿Seguro que lo mejor es volvernos?

—Sin ninguna duda. Y tú tampoco quieres quedarte aquí, ¿o sí?

—No. Me gusta Nueva York, pero nunca he sido feliz aquí.

—Lo sé, corazón, ya lo creo que lo sé. Este matrimonio ha sido un error desde el principio, y las dos lo hemos pagado muy caro. Nunca debí haberme casado con Phil. Pero estaba tan sola, y él era tan encantador al principio…

—¿Y cuándo nos vamos a ir?

—Lo antes posible. De hecho, podríamos hacer las maletas en este momento, y salir derechas para el aeropuerto, antes de que vuelva él a casa y las cosas se nos compliquen todavía más.

—Por mí, salimos ya mismo —contestó Bella, para quien poder dejar todo aquello detrás, tantos traumas y tantas malas experiencias, era como que se le abrieran las puertas del cielo.

Una hora más tarde se encontraban en un taxi camino al aeropuerto.

Justo en ese momento, oyó la voz de Edward dirigiéndose a ella y pegó un brinco. Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo por volver al presente, y recordar dónde y con quién estaba.

—¿Perdón? Se me había ido la mente a otra cosa…

—¿Recordando el pasado? —preguntó él.

Tenía una forma de actuar que daba la impresión de que leía su mente, lo que la ponía fuera de sí.

—No, para nada —respondió Bella rápida.

—¿Planeando el futuro, entonces?

—No. Estaba simplemente pensando en los viajes en general.

—Sí, esta mañana me dijiste que habías viajado por Europa —contestó él, consciente en todo momento de la tensión que la atenazaba.

—Bueno, la verdad es que sólo fueron un par de típicos viajes organizados…

—¿A la playa?

—A Francia y Suiza en un par de ocasiones, y a Austria otra vez.

—¿Sola?

—No, con otra persona.

—¿Hombre o mujer?

—¿Y eso qué importa?

—Importa a los que toman parte…

—Por eso pregunto, a ti qué puede importarte…

—Siempre te da una idea de la personalidad… a mí me gusta conocer a mi secretaria personal como la palma de mi mano, qué tipo de mujer es, sus gustos, su actitud hacia el otro sexo…

Bella reprimió un cierto estremecimiento ante la idea de ser tratada cual bichito objeto de análisis y experimentos científicos en un laboratorio.

—¿Hombre o mujer? —insistió él.

—¿Cómo sabes que te voy a contestar la verdad? —respondió Bella, sin dar crédito a su arrogancia.

—Porque se te nota perfectamente en la cara cuando mientes… ¿hombre o mujer?

—Hombre —respondió Bella secamente.

—No sé, no sé si creerte —dijo Edward sonriendo maliciosamente.

—Dado que mi vida privada me concierne sólo a mí, francamente, no me… —contestó furiosa sin terminar la frase.

—Sigue —insistió él—, dilo, dilo.

—…francamente, me importa un pimiento que me creas o no.

—¡Así me gusta, sí señor! ¡Con todas las letras! —contestó él entusiasmado.

Luego, sin transición, continuó:

—¿Hablas algún otro idioma?

Tan repentino cambio de registro dejó a Bella ligeramente desorientada.

—Aprendí francés y alemán en los últimos años de colegio.

—¿Italiano?

—No.

—¿Has estado en Italia?

—No. Me hubiera gustado, pero no he estado nunca. Nunca íbamos a sitios donde hiciera demasiado calor…

—Sí, la verdad es que hace mucho calor en verano en Italia…

—Pero en Nueva York también… según tengo entendido.

—Sí, y mucho —admitió él—. Aun así, es uno de mis lugares preferidos.

Bella empezó a preguntarse cuánto tiempo más tendría que soportar aquella situación, cuánto tardaría un jet particular en cruzar el Atlántico…

—¿A qué hora llegaremos a Nueva York?

—¿Qué te ha hecho pensar que vamos a Nueva York? —preguntó él con cierta cara de asombro.

—Bueno… creí que era allí donde están tus oficinas… —respondió sin saber a qué atenerse.

—Así es, están allí. Pero eso no significa que estemos yendo hacía allá.

—Entonces, ¿adónde estamos yendo? —preguntó Bella, con aprensión.

—A Italia. Concretamente, a la Toscana.


me imagino que estan PLOP como Condorito... yo tambien... que fuerte la historia del pasado que se traían Edward y Bella... la verdad mi chiquito se porto mal mal mal... hay que darle tas tas jaja Rose sin comentarios... mala, mala, mala y la pobre Bella... admiro a esta mujer... fuerte frente al hombre que le causó tanta pena!

En fin cuentanme que tal les ha parecido... este si es el último del dia ...

Agradecimientos como siempre para las alertas y favoritos pero especialmente para las que dejan review, LauCullen 18, horbak, y muy especialmente para JOLI CULLEN que también sigue todas las historia que publico en especial el fic que si esta siendo escrito palabra tal palabra por mi INTRIGA DESMEDIDA... echense una vueltica por alli, está a punto de llegar a su descenlace, a ver si ustedes descubren el misterio!

un abrazo para todas

Vivitace