Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer, y la historia es otra pequeña novela que me ha cautivado. De la misma autora de Robando un corazón, los personajes Edward & Bella no dejan de desaparecer de mi mente, asi que aqui estoy otra vez compartiendo con ustedes esta magistral novela. Solo he cambiado ciertos detalles para que se adapte mejor a ellos. Al Final mencionaré quien ha sido la excepcional autora y así podamos mantener el misterio jeje. Espero lo disfruten mucho, como yo lo hice!

Oh Cielos amo este capitulo... Edward es tan... arrogante? provocador?... sexy? no lo se simplemente basta que sea él... jajaja de verdad que los comentarios de Edward en este capitulo son... rayos! no tengo palabra para calificarlos... disfrutenlos ustedes mismos y califiquenlo, yo me he quedado sin palabras jajaja


Capitulo 4: "¿Negocios o placer?"

—¿A qué hora llegaremos a Nueva York?

—¿Qué te ha hecho pensar que vamos a Nueva York? —preguntó él con cierta cara de asombro.

—Bueno… creí que era allí donde están tus oficinas… —respondió sin saber a qué atenerse.

—Así es, están allí. Pero eso no significa que estemos yendo hacía allí…

—Entonces, ¿adónde estamos yendo? —preguntó Bella, con aprensión.

—A Italia. Concretamente, a la Toscana.

—¿A la Toscana? —repitió Bella como un eco, mientras la aprensión se le disparaba por momentos.

—¿Hay alguna diferencia entre que vayamos a uno u otro sitio? —preguntó él al ver su consternación.

—Bueno, parece un destino raro para un viaje de negocios.

—Es que éste no es un viaje de negocios normal y corriente.

—Y si no es un viaje de negocios normal y corriente, ¿para qué necesitas una secretaria personal? —preguntó Bella, ahora ya seriamente alarmada.

—He dicho sólo que no era normal y corriente, pero en cierta medida sí es un viaje de negocios. Hay varias cosas que he ido dejando de lado, y ahora tengo ya que meterme con ellas. Y tu presencia es fundamental.

Había algo en su voz, un cierto tonillo, un cierto retintín, que sonaba a… ¿qué?

¿A amenaza?

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero inmediatamente intentó reponerse, y se dijo que estaba dejando su imaginación ir demasiado lejos.

—Me pareció que sería una buena idea que nos conociéramos mejor antes de empezar a trabajar en serio, así que decidí que podría ser un viaje de negocios y de placer, todo en uno, y la Toscana es un lugar ideal para ello.

—Ah —exclamó Bella por toda respuesta.

—Ya sé que compartimos el gusto por Abruzzi, pero aparte de eso, ¿conoces algo sobre esta región?

—No demasiado, la verdad… pero por los cuadros y las fotografías que he visto parece realmente preciosa —contestó tratando de aparentar la mayor normalidad posible.

—Lo es. Preciosa y pintoresca, llena de viñas y de olivos, y con miles de campos de girasoles. Y luego están todas las maravillosas localidades históricas, Florencia, Pisa, Lucca, Siena… Precisamente en Siena es donde se encuentra la famosa arcilla amarillo rojiza de donde sale el pigmento Burnt Siena tan usado por los pintores renacentistas… pero ya al margen de las ciudades históricas y famosas, lo realmente fabuloso, son los pueblecitos, las localidades medievales con sus murallas…

Bella estaba encantada de oírle contar todo aquello con aquel entusiasmo, que en gran medida lo volvía mucho más humano, y sin darse cuenta empezó a relajarse.

—Espero tener oportunidad de ver todo eso.

—Sin duda alguna la vas a tener.

—Entonces… exactamente, ¿adónde nos dirigimos?

Esperaba que fuera Florencia, o alguna otra ciudad de las que había nombrado.

—¿Has oído alguna vez hablar de Montecino? —le preguntó Edward, clavando sus bellos ojos verdes en ella—. Es una de esas preciosas localidades medievales que te acabo de nombrar, justo en la cima de una montaña…

Por supuesto que Bella no había oído nunca ni el nombre.

—¿Quieres decir que nos vamos a quedar en ese sitio?

—No exactamente. Mi villa está a unos dos kilómetros, por un camino de tierra… está rodeada de un paisaje extraordinario.

¿Qué podía hacer ahora?

Malo habría sido si se hubieran quedado en un hotel en Florencia, aunque por lo menos habrían estado rodeados de gente. Pero quedarse a solas con él, en un pueblecito perdido en lo alto de una montaña, eso ya era superior a lo que Bella podía aceptar en ese momento.

—Tampoco te creas que está tan aislada. La villa más próxima está a sólo un kilómetro bajando hacia el valle… Y tienes unas vistas espectaculares, estoy seguro de que te va a gustar… era una casa fortaleza del siglo XVII, pero yo la he remodelado completamente con todo tipo de comodidades, incluida una piscina —dijo sin poder refrenar un cierto sentimiento de orgullo.

No es que Bella dudara de la espectacularidad de las vistas, pero si hubiera sabido, ni por lo más remoto, adonde la iba a llevar, no hubiera subido al avión ni a la fuerza. ¿Cómo iba a pasar tanto tiempo con Edward Cullen y, encima, a solas?

Las cosas no podían haber salido peor. Nada más aterrizar, se compraría un billete de vuelta con la tarjeta de crédito.

Estaba a punto de decírselo a él, cuando el sentido común le aconsejó callarse. Y no era por cobardía. O por lo menos eso intentó decirse a sí misma. Pero mejor no decir nada al respecto, menos cuando él había insistido en que la necesitaba junto a él.

¿Necesitarla para qué? En un sitio como ése tendría que hacerlo todo por ordenador. ¿Para qué iba a necesitar tener con él a su secretaria personal?

Mejor no dejar que la imaginación se le disparara, y ponerse a pensar en cómo le iba a comunicar que había cambiado de idea. No iba a ser fácil, y menos saber cómo reaccionaría él. En cualquier caso, según recuperara su equipaje y su pasaporte, si las cosas se ponían feas, simplemente se negaría abiertamente a ir con él.

—El comandante Giardino me comunica que vamos a tomar tierra en unos diez minutos, en caso de que desee realizar la maniobra usted mismo —le anunció el auxiliar de vuelo.

O sea, que Edward era, además, piloto. Debía habérselo esperado.

—Gracias, Jarvis. Dile, por favor, que continúe él al cargo.

Con la mayor neutralidad posible en la voz, Bella aprovechó la ocasión para preguntar:

—¿Vamos a aterrizar en Pisa o en Florencia?

—En ninguna de las dos.

—¿En Bolonia, entonces?

—Vamos a aterrizar en Voste, en un pequeño aeropuerto particular que hay en las inmediaciones de…

Sus palabras, «…un pequeño aeropuerto particular que hay en las inmediaciones de…», llegaron a los oídos de Bella como si se tratara de la explosión de una bomba, y una profunda congoja se apoderó de ella.

—No tienes por qué poner esa cara de susto. Las instalaciones están perfectamente supervisadas, el personal es altamente profesional, y todo lo concerniente a seguridad ha sido cuidado al extremo —intentó tranquilizarla Edward al ver su cara de horror.

Bella suspiró sin decir palabra, dejándole creer que era su miedo a volar lo que le preocupaba de aquella forma mortal.

—Siempre que vengo a la Toscana, aterrizo en Voste, porque está cerca de mi villa, y también porque Lorenzo da Voste y su mujer Lucía son buenos amigos míos. Me hubiera gustado presentártelos, a ellos y a sus tres hijos, pero desgraciadamente están ahora mismo en Capri de vacaciones.

Edward parecía decidido a no parar de hablar durante toda la maniobra de aterrizaje, probablemente con la intención de ayudarle a poner la mente en otra cosa.

A pie de escalerilla, un coche los estaba esperando, y sin dilación su equipaje fue transferido al mismo.

Edward, sin separarse en ningún momento de su cartera, indicó a Bella que esperara en el coche, y se acercó a hablar con un grupo de hombres que se encontraba a escasos metros. Como era de esperar, les habló en un italiano fluido. El comandante Giordino también se dirigió a reunirse con ellos.

Si por lo menos el comandante tuviera intención de acompañarlos y de quedarse en la villa con ellos, sería una salvación.

Entre el cálido sol que brillaba en ese momento en un cielo azul intenso, lo temprano que se había levantado, y la tensión vivida a lo largo del día, Bella estaba a punto de quedarse dormida cuando oyó la voz de Edward que volvía al coche, hablando por su teléfono móvil:

—Sonó qui in vacanza… Si… Quando?… Si, si, bene… Ciao, Paolo.

Tras guardar el móvil en el bolsillo de la americana, metió su cartera en el maletero, y se dirigió hacia el coche.

—Siento haberte despertado, es el primer instante del día que te he visto relajarte —le dijo por la ventana del coche.

—No importa, sólo estaba disfrutando del sol.

—Excelente idea, creo que voy a hacer lo mismo —respondió.

Sin pensárselo dos veces se quitó la chaqueta, la echó en el asiento de atrás, y se enrolló las mangas de la camisa.

—Esto está mucho mejor, ahora sí que me siento de vacaciones. Y bien, ¿qué te parece la Toscana por el momento?

—Un sitio realmente precioso para vivir —contestó Bella con toda sinceridad.

—Lucia y Lorenzo piensan igual. Por eso prefieren vivir aquí y no en sus inmensas casas de Florencia o de Roma. A los dos les encanta esta vida sencilla y tranquila, y eso que Lorenzo es descendiente del Gran Duque de la Toscana. Y a Lucía le encanta cocinar, a pesar de que tienen no sé cuántas personas a su servicio. Hace una sopa típica de aquí que es de lo mejorcito que yo he probado nunca.

Cuando Bella vio que daba la vuelta, se sentaba al volante, y hacía intención de arrancar el coche, no pudo reprimirse y preguntó:

—¿Y el comandante Giardino?

—¿Qué le pasa?

—¿Dónde… se queda?

—En la villa.

Menos mal. Bella sintió un claro alivio.

Pero al ver que Edward arrancaba el coche igualmente, volvió a preguntar:

—Pero ¿no viene con nosotros en el coche?

Edward pareció entender por fin.

—No, no me refiero a mi villa. Me refería a la de Lorenzo y Lucía —dijo señalando la ladera de la montaña—. Cario es familiar de Lucía, y siempre se queda allí aunque no estén ellos.

—Aja —fue todo lo que Bella acertó a responder.

—Y en cuanto a Jarvis, por si te interesa también lo que va a hacer ahora, se vuelve con uno de los mecánicos a Montecino donde tiene una buena amiga, cosa que espero que no te parezca mal.

Bella permaneció muda.

Tras despedirse amigablemente del personal del aeropuerto, Edward tomó una estrecha y tortuosa carretera que bordeaba el valle. Todo era pura paz y tranquilidad, y la brisa les acariciaba el rostro y les alborotaba el pelo.

Bella se quedó mirando a Edward, y comprobó con sorpresa que el hombre de negocios duro y severo, el magnate sin sentimientos que ella creía que era, había desaparecido, y había dado paso a un hombre, casi un chiquillo, relajado y tranquilo, que parecía disfrutar al máximo de aquella situación.

Viéndole así, no pudo reprimir un nudo en el corazón, y suspiró pensando en todo lo que podía haber sido y nunca fue.

Cuando empezaron a subir montaña arriba en dirección a la cima, Bella notó que su aprensión retornaba, y volvió a sentirse incapaz de relajarse y admirar la belleza del paisaje.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Edward, a quien nunca parecía pasársele nada.

—Nada.

—¿Cómo que nada? Llevas así desde esta mañana —dijo sin mucho miramiento.

Bella no contestó.

—¿Por qué tenías tanto interés en trabajar para mí?

La pregunta la pilló completamente desprevenida, y dio un respingo en el asiento.

—Necesitaba… un trabajo.

—Me sorprende que Black Group no te ofreciera uno.

—No había ninguno libre para secretaria personal en ese momento.

—¿Y tú cómo te enteraste de que yo necesitaba a alguien?

—Me lo dijeron… en la agencia —contestó intentando mantener la calma.

—Y entonces fuiste a ver a la señora Rogers que, por cierto, me informó de que tenías un interés extraordinario en conseguir el trabajo.

—Así… es.

—O sea, que te habrás llevado una gran alegría al conseguirlo…

—Sí…, claro.

—Entonces, ¿por qué llevas todo el día con los nervios de punta?

Negarlo, hubiera sido tonto por parte de Bella.

—No estoy totalmente segura de que haya sido una buena decisión aceptar el trabajo.

—¿Por qué? ¿Por qué no te hice una entrevista al uso como tú esperabas?

—En parte. Pero, además, todo ha ido tan rápido, tener que viajar inmediatamente, sin darme ni siquiera tiempo a adaptarme un poco a la nueva situación…

—Bueno, pero ya tomaste la decisión, y ahora es tarde para dar marchar atrás. Lo mejor será que te relajes…

Llevaba razón. Era tarde para dar marcha atrás.

Y lo último que Bella deseaba era que sospechara de ella, así que, en la medida de lo posible, debía comportarse como una auténtica secretaria personal.

Llegaron a la cima, y delante de ellos apareció una enorme verja de hierro forjado abierta de par en par. La atravesaron, y tras serpentear por un frondoso y colorido camino rodeado de bellos arbustos y esplendidas flores, finalmente allí, delante de ellos, pudieron ver la casa.

Bella contuvo la respiración.

Era la mansión más preciosa que había visto nunca. Y no tenía, como ella había temido, ese aspecto de edificio que acaban de renovar y cubrir de estuco para hacerlo parecer más antiguo. Todo en ella mantenía un aire de autenticidad que reflejaba el esfuerzo realizado para preservar su aspecto medieval original, su inmensa entrada, en forma de arco como las ventanas, y sus altísimos techos sobre paredes de piedra. Construida sobre diferentes niveles, tenía los tejados, algunos provistos de chimeneas, en diferentes ángulos, y una torreta en un extremo del edificio. El conjunto se asemejaba más a un castillo que a una casa.

—¿Qué te parece?

—Una auténtica maravilla. Debes de haber tenido aquí trabajando a los más brillantes arquitectos del mundo, imagino.

—Para nada. Lo diseñé todo yo sólito, bueno con la ayuda de una serie de dibujos antiguos que tuve la suerte de encontrar, donde se veía cómo había sido el edificio originalmente. Donde sí se lució mi arquitecto fue en realizar los planos a partir de mis modestos bocetos.

Edward volvió a poner el coche en marcha, y se dirigió hacia la parte de atrás de la casa, donde había una inmensa puerta de tachuelas, también abierta.

Nada más parar el coche y bajarse, apareció una mujer en el umbral.

—Buonasera, signor Cullen —exclamó María nada más al verlos.

—Buonasera, María. Comesta?

—Va bene, signor Cullen…

—Te presento a María Colasanti —dijo Edward—, mi guardesa, ama de llaves, y brazo derecho para todo.

Morena y regordeta, María tenía más pinta de campesina que de ama de llaves.

Como si le hubiera leído el pensamiento a Bella, Edward añadió:

—El marido de María, que era campesino, murió justo cuando estábamos terminando la casa, y le ofrecimos a ella el trabajo. Ha resultado ser una auténtica joya.

—María, le presento a la señorita Swan…

Justo en ese momento, apareció un joven fuerte y de apariencia tímida que se dirigió al coche a sacar el equipaje.

—Éste es Angelo, el hijo mayor de María. Aparte de encargarse del transporte, hace de todo aquí también.

Edward sacó las cosas del maletero, cuidándose de llevar él en todo momento su cartera y su americana.

—Los dormitorios están en la torre, la biblioteca despacho en la planta baja, el cuarto de estar en el piso de arriba, debajo del dormitorio principal, tu dormitorio está justo al lado del mío, María te lo enseña ahora —terminó de decir antes de meterse en el despacho.

Bella siguió al ama de llaves y a Angelo con el equipaje, escaleras arriba. Hasta llegar a su habitación, pasaron por una serie de descansillos, todos con inmensos ventanales de madera maciza desde donde se podía contemplar la magnífica vista, y por donde entraba un aire cálido que olía a lavanda y romero.

María le mostró su enorme dormitorio, justo al lado de la torre, con baño propio, mobiliario moderno, y una espléndida cama doble. Sin teléfono.

A Bella se le cayó el alma a los pies.

Habría algún teléfono en la casa, seguramente en la planta baja. Después de todo, Edward había dicho que había adecuado la casa con todo tipo de comodidades.

Y ella tenía que ponerse en contacto con Jake, y contarle lo que había pasado.

Sacó las cosas de la maleta, y las metió en el armario.

Después entró en el lujoso baño, donde todo estaba preparado para ella hasta el mínimo detalle: albornoz, toallas, y todo lo que pudiera necesitar para arreglarse.

Bella decidió no tocar ni uno solo de aquellos caros productos, y tomando su modesto gel de baño de fresa y fresias se dirigió a tomar una ducha.

Por muy agradable y refrescante que la misma le pareció, pensar que todavía tenía que pasar toda la tarde con Edward, la ponía sumamente preocupada.

Estaba arreglándose cuando oyó el sonido de una Vespa, y tras dirigirse a la ventana pudo ver que Angelo se marchaba, presumiblemente a pasar la noche en otra parte. Menos mal que quedaba María. Era reconfortante saber que por lo menos había otra persona en la casa.

Una vez terminó de prepararse, con el maquillaje reducido al mínimo, se miró en el espejo y se convenció de que tenía el aspecto neutro y profesional que esperaba que impregnara el resto de la tarde.

Con todo, como para darse ánimos, tomó la cadena con el anillo de Jake, y la guardó cuidadosamente en el interior de su sujetador.

Luego, se dirigió hacia la planta baja donde se encontraba el amplio y lujoso cuarto de estar con una inmensa chimenea de piedra llena de flores al fondo.

Edward la estaba esperando al final de las escaleras, alertado de su venida por el ruido de sus altos tacones al bajar la escalera de castaño macizo.

Iba vestido de manera informal, con unos pantalones de color crudo, y una camisa con el botón de arriba desabrochado. Recién afeitado, y con el pelo todavía húmedo después de la ducha, estaba tan increíblemente seductor, que el corazón de Bella, nada más verlo desde las escaleras, empezó a latir furiosamente.

Cuando llegó abajo, Edward extendió la mano para tomar la de ella. Como si se tratara de un sueño, o de algún otro tipo de situación en la que no existe alternativa, Bella puso su mano en la de él.

De inmediato, lo lamentó.

Una especie de calambre le recorrió el cuerpo, y le hizo retirar la mano como si se hubiera quemado.

Inmediatamente, lamentó haber hecho eso también.

La causa resultaba demasiado evidente.

Él sonrió, la tomó delicadamente por la cintura, y la llevó hacia el balcón. Allí, se inclinó hacia ella hasta tal punto que Bella pudo sentir su respiración en su cuello, y casi sus labios rozándola.

—Me encanta tu olor, me vuelve loco. Fue lo primero que noté esta mañana cuando te vi. Hace mucho tiempo, conocí a una chica que usaba ese mismo perfume.

Bella, horrorizada, se preguntó si todo aquello no sería más que un juego, si él lo habría sabido todo desde el principio, y si estaría pensando vengarse de ella.

—No me extraña, es un perfume muy corriente —logró articular.

Salieron a la terraza, desde donde la vista era todavía más impactante que desde el dormitorio.

Dos exquisitas tumbonas, y una mesita baja con todo tipo de bebidas les estaban esperando.

—¿Qué te apetece beber? —le preguntó Edward.

Si no hubiera sido por aquel comentario de él sobre su perfume, Bella seguramente se habría mantenido firme y en control de la situación, pero aquello le había caído como un jarro de agua fría, y le había echado a perder su muy trabajada compostura. Lo mejor sería que bebiera algo que la ayudara a calmarse.

—Un gin tonic, por favor.

—¿Con hielo y limón?

—Sí, gracias.

Mientras él preparaba las bebidas, Bella intentó poner la mente en otra cosa, y se dedicó a observar el paisaje.

El sol estaba a punto de ponerse, y la luz rojiza de última hora de la tarde añadía todavía más intensidad a la belleza del entorno. Una suave brisa, y unas ligerísimas nubes que teñían el cielo con unas delicadas pinceladas de rosa pálido completaban el cuadro.

Si no fuera por las circunstancias que la rodeaban, aquél hubiera sido el más perfecto marco para una tarde de ensueño. Pero la cruda realidad era que habría dado la mano derecha por encontrarse a millones de kilómetros de allí, por cambiar toda aquella belleza por el ruido y el humo de cualquier gran ciudad.

Intentó convencerse de que cuando hablara con Jake, y hubiera logrado recuperarse tras dormir una noche entera, se encontraría con muchas más fuerzas para enfrentarse al hecho de que se encontraba allí, sola con Edward, en Villa Severo.

—Aquí tienes tu gin tonic. Espero que esté como a ti te gusta —dijo Edward acercándose a ella.

—Gracias —respondió Bella, intentando volver al presente y mantenerse en control de la situación pese a la proximidad de él.

Edward, como si estuviera dispuesto a acabar con todos sus intentos de mantener la calma, aprovechó el momento para recogerle un mechón de pelo que la brisa acababa de alborotarle, y colocárselo detrás de la oreja.

Así no había quien mantuviera la calma.

El intento de probar un traguito con discreción, se convirtió involuntariamente en un supertrago, y se atragantó.

—No está demasiado fuerte, ¿no? —preguntó con cara inocente Edward.

—No… no… está bien —contestó Bella cuando terminó de toser, con más que recelo ante su candida sonrisa.

Definitivamente, pensó Bella, tenía que andarse con cuidado.

Con extremo cuidado, incluso, concluyó cuando vio que Edward se sentaba a su lado, y estirando las piernas para ponerse cómodo, empezaba a beber su whisky mirando al paisaje como ella.

—Aquí se hace de noche enseguida —dijo contemplando la puesta definitiva del sol—. Me ha llevado su tiempo prepararlo todo, pero hace mucho tiempo que sueño con esto.

—¿Con qué? —preguntó Bella abruptamente, demasiado abruptamente.

—Con tener vacaciones.

Era evidente. ¿O qué había pensado ella?

—Es asombroso el calor que hace incluso después de ponerse el sol —dijo ella, intentando desesperadamente borrar el impacto de su pregunta anterior, y aparentar estar lo más relajada posible.

—Sí, y lo bueno es que aquí, en Severo, no tenemos la humedad de Florencia, que no te deja ni dormir… aquí puedes incluso estar tumbado desnudos y abrazados después de hacer el amor…

—No he visto la piscina, antes dijiste que había piscina… —dijo ella rápida sin pensar en lo que él acaba de decir, no quería que su mente la traicionara con un mapa mental del cuerpo de Edward desnudo.

—Está dos pisos más abajo, no se ve desde aquí. Hay también un jacuzzi al aire libre… ¿tú has estado alguna vez en alguno?

—No.

Silencio.

—Es impresionante estar allí metido mirando a las estrellas, con las luciérnagas volando alrededor, y el olor a mirto que sale del agua, si no te incomoda quitarte la ropa, podríamos bañarnos luego…

«Ni muerta», pensó Bella.

¿Qué habría querido decir Jake con eso de que Edward Cullen no acostumbraba a mezclar placer y negocios? No era exactamente lo que parecía, con los dos allí sentados en aquel romántico enclave, y con una tensión sexual en el ambiente que saltaban chispas, por mucho que Bella estuviera dispuesta a negarlo.

Seguro que Edward, como había dicho Jake, no tenía problema alguno en conseguir compañía nocturna, eso era evidente, pero allí, que ella supiera, sólo estaban María y ella. ¿Le estaba tirando los tejos con aquella invitación?

—Aunque hay que reconocer que ha sido un día intenso, si prefieres irte a descansar temprano…

—La verdad es que sí —respondió Bella rápidamente.

¿Sería sólo producto de su imaginación lo de que se respiraba una tensión sexual entre ellos, en el ambiente? Lo cierto era que Edward había dicho todo con el tono más natural y relajado del mundo. A lo mejor, sólo ella sentía tan intensamente el fuego entre ellos, quizás recordando todo aquel episodio del pasado.

Lo cierto también era que lo que Bella sentía en aquel momento, sólo con estar al lado de él, era mil veces más fuerte e intenso de lo que había sentido nunca con ninguna otra persona y, desde luego, con el hombre con el que se iba a casar.

Pero eran dos cosas muy diferentes. Lo de ese momento era una atracción puramente sexual, un instinto animal. Con Jake, sin embargo, había amor y una relación madura. Eso era lo que intentaba decirse con firmeza, cuando se dio cuenta de que no había vuelto a acordarse de Jake, y de que él, seguramente, llevaría todo el día preocupado por ella. No pudo evitar sentirse culpable.

¿O no estaría preocupado por ella? Por supuesto que sí, intentó convencerse Bella. Jake la quería, y se iba a casar con ella. Tenía incluso su anillo de prometida.

Claro que, si de verdad la quería, ¿cómo es que la había obligado a hacer todo aquello contra su voluntad? Ni siquiera esa misma mañana, al verla tan preocupada, había dado la menor muestra de nada que no fueran sus ganas de venganza.

Pero ése no era el momento de empezar a acusar a Jake. Además, él no sabía realmente lo ocurrido entre Edward y ella, ni lo traumático que había resultado todo para ella.

Pobre Jake. Sin falta esa noche, cuando se hubieran acostado todos, bajaría a llamarlo al móvil. Bueno esa vez, incluso lo llamaría a casa si era necesario, aunque él desde el principio le había dejado claro que lo llamara siempre al móvil, nunca a casa. Pero dadas las circunstancias, estaría deseando saber de ella…

—¿Por dónde andas? —preguntó Edward.

—¿Perdón?

—Que por qué galaxia andabas perdida… se te ve muy embebida en tus pensamientos… y hablando de bebida… ¿te apetece otro gin tonic?

—No, gracias.

—Entonces, ¿en qué estabas pensando?

—En nada que pudiera interesarle a otra persona.

—Da igual. Creo que me imagino perfectamente por dónde podrían haber ido los tiros —contestó él sin mostrar mayor interés en el tema.

La sola posibilidad de que fuera cierto hizo que Bella sintiera un nudo en el corazón.

—¿Qué? ¿Cenamos? —preguntó con una sonrisa que sólo contribuyó a alimentar las sospechas de Bella.

Mientras antes empezaran a cenar, antes terminarían, y antes se podría ella ir a la cama.

Según andaba en dirección al comedor, Bella iba buscando ansiosamente un teléfono por cada habitación que pasaban. Ni uno. Ni siquiera en el cuarto de estar.

Llegaron al comedor, donde la mesa había sido exquisitamente preparada para dos, aunque no había ni rastro de otra presencia humana que no fuera la de ellos. Bella dudó si debía sentarse al ver que Edward se disponía a preparar las bebidas.

—¿Quieres que sirva yo los platos?

—No, por supuesto que no. Tú eres mi invitada. Por lo menos no hasta que… digamos… nos conozcamos mejor.

Bella prefirió no pararse a pensar qué había querido decir exactamente con aquello, y se limitó a sentarse y ver cómo él le servía un delicioso plato toscano de pollo con polenta.

Durante la cena, él habló relajadamente sobre la Toscana, su gente y su cultura. Luego, inesperadamente, le preguntó:

—¿Qué ciudad te gustaría ver primero?

—Francamente, no me importa. Siempre he querido conocerlas todas, Florencia, Pisa, Siena…

—Siena está considerada como la ciudad medieval mejor conservada de toda Italia. Y el Campo, su pista para carreras de caballos, en forma de concha, una de las plazas más bellas del mundo. Se llama el Palio, y los tres distritos de la ciudad compiten…

La normalidad y el relax en que se desenvolvió toda la conversación durante la cena hicieron que Bella, de forma inesperada y a pesar del estrés vivido ese día, se relajara hasta tal punto que incluso disfrutó aquella exquisita cena.

—Realmente delicioso. Todo, absolutamente todo, ha estado delicioso.

—Son platos sencillos, pero María, además de ser una excelente cocinera como todas las campesinas, sólo utiliza ingredientes naturales y frescos. Aunque cuando vengo aquí, normalmente, a partir del segundo día o así, me cocino yo solo.

—¿Es que te gusta cocinar? —preguntó Bella sorprendida.

—Me resulta muy relajante después del ajetreo de semanas enteras dedicadas enteramente a los negocios.

—¿Y qué tal se te da la cosa?

—Dicen que bien. Si te apetece probar por ti misma qué tal se me da la cosa, será un placer ofrecerte una pequeña demostración —contestó él sonriendo maliciosamente.

Bella se sonrojó hasta la raíz del cabello al darse cuenta de la ambigüedad de su pregunta.

Edward le tocó la mejilla con un dedo y, en tono burlón, dijo:

—Uf, estás ardiendo. Vas a tener que tener más cuidado con cómo haces las preguntas, si no quieres tener que seguir poniéndote como un pimiento morrón.

La tensión sexual se volvía a disparar, y esta vez, sin ningún lugar a dudas, el sentimiento era mutuo, de eso no le cupo ninguna duda a Bella con sólo mirar a Edward a los ojos.

—¿Cuánto hace que terminaron de construir esta villa? —preguntó Bella con clara intención de distraer la situación.

—Hace dieciocho meses.

—Y cosas como el agua o la electricidad… ¿no tuviste problemas para instalarlas? —siguió Bella decidida a llevar la conversación por otros derroteros.

—No —contestó él consciente del juego, pero decidido a ver hasta dónde podía llegar—. Y si no hubiera sido por la piscina, con un generador y el manantial que tenemos más arriba hubiera sido suficiente. Pero tuve suerte, y las dos conexiones pasaban bastante cerca, así que no hubo problema. Lo único ha sido el teléfono. Todavía estoy esperando que pongan la línea.

—¿No hay teléfono en la casa?

—No. Pero hoy, con los móviles, no es ningún problema.

—¿E Internet?

—Como éste es mi lugar de vacaciones, y siempre estoy deseando desconectar del mundo, no me importa lo más mínimo no tener Internet. Con el móvil tengo más que suficiente.

—Pues a mí se me ha desaparecido el mío.

Lo dijo sin intención de que sonara como una acusación, pero a eso es exactamente a lo que sonó.

—¿No me digas? Qué rabia, ¿no? Si quieres, puedes usar el mío.

Sí, claro, con él escuchando lo que ella decía.

Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Edward dijo enigmáticamente:

—Porque tú no tienes nada que esconder, me imagino…

Bella decidió ignorar el comentario, y haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma por encima de todo, volvió a la carga con su anterior estrategia de dirigir la conversación por derroteros lo más neutros posibles.

—Dijiste antes que desde el principio supiste exactamente qué aspecto querías que tuviera el exterior de la villa, y que fue básicamente diseño tuyo. ¿Y el interior? ¿Lo diseñaste tú solo también?

Edward la miró casi admirando su capacidad de autocontrol, y decidió seguirle el juego.

—Mi arquitecto y yo trabajamos en equipo. Cuando quiero algo, yo le digo cómo lo quiero, y él me orienta sobre la mejor forma de conseguirlo.

—¿Incluidas las habitaciones del servicio?

—Cuando vi que todo el servicio que necesitaba, como ama de llaves, jardineros, guardianes y demás, los podía conseguir en la zona sin necesidad de que vivieran aquí, decidí no construir una zona de servicio. Cuando estoy de vacaciones, prefiero prescindir del servicio interno, y tener la casa para mí solo, y así si me apetece andar por la casa desnudo, o tomar el sol como mi madre me trajo al mundo… no tengo que estar pendiente de nadie…

—Entonces… ¿María y su hijo no viven aquí? —preguntó Bella con serias dificultades para tragar saliva.

—No. María vive con Angelo y sus otros tres hijos en su casa del pueblo. Como te comenté antes, es mi brazo derecho porque se encarga de todo cuando yo no estoy aquí, de que vengan a limpiar, a cuidar la piscina, el jardín… ella sólo se pasa un par de veces a la semana a echar un ojo, y ver que todo está en orden.

—¿Y cuando estás aquí? ¿Tampoco se queda en la villa?

—No. La trae Angelo en su Vespa cada día, hace lo que haga falta hacer, y luego se la baja otra vez a casa.

—O sea que, aparte de nosotros, no hay nadie más en toda la casa.

—Ni un alma. ¿Por qué? ¿Te preocupa? —dijo con una mezcla de inocencia y malicia en la voz que no dejaba lugar a dudas sobre su hipócrita pregunta.

—En absoluto —respondió Bella secamente, notando que ahora el corazón dejaba de latirle aceleradamente, y pasaba a latirle a un ritmo preocupantemente bajo.

—Estás mintiendo—contestó él sonriendo—, y lo sabes. Estás asustada de muerte.

—¿Hay alguna razón por la que debería estarlo? —preguntó con una resolución y un tono de voz que ella misma no se esperaba ser capaz de sacar en ese momento.

La sorprendida cara con que él la miró la animó a seguir en tono triunfante:

—Que yo sepa no eres un paranoico peligroso, ni un asesino en serie. Eres un exitoso y prestigioso hombre de negocios.

—Exactamente, llevas toda la razón en cada una de esas apreciaciones —respondió Edward con franca admiración por su renovado valor.

Bella estaba dándose una palmaditas en el hombro de pura satisfacción por su actitud, cuando, con voz particularmente suave y una enigmática sonrisa, Edward le preguntó:

—Entonces, ¿no hay ninguna otra cosa que te preocupe?, ¿ningún otro tipo de peligro?

—¿Qué quieres decir?

—¿Qué si no te impone que estemos aquí solos los dos con toda esta química sexual que se respira en el ambiente?

—Yo no veo que se respire ninguna química sexual en el ambiente —contestó intentando mantener el tono resolutivo que tan bien le había salido antes.

—Entonces, ¿por qué saltas como saltas sólo con que te roce ligeramente?

—Porque tú eres mi jefe, y no me gustan las familiaridades fuera de lugar —dijo con la mayor dignidad del mundo—. Y no hubiera aceptado el trabajo si no me hubieran asegurado de antemano que tú no mezclabas negocios con placer.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó él arqueando las cejas.

—No me acuerdo en este momento —respondió ella lamentando haber dicho lo anterior.

—Porque tú sólo hablaste del trabajo con la señora Rogers, ¿no?

—Pues entonces debió de ser ella la que me lo comentó.

—Lo dudo en extremo —respondió él.

—Da igual quién me lo dijera —contestó Bella dando muestras de irritación.

—Dará igual siempre que sea verdad, supongo…

—Evidentemente.

—¿Y si no fuera verdad? ¿Te impondría que estuviéramos aquí los dos solos?

—Sí.

—¿Por qué? Con una boca como la tuya no creo que seas una chica fría y sin pasión, y como, según me has dicho, ya no tienes novio ni estás enamorada de nadie, ¿qué problema puede haber en divertirse un poco?

—Ese tipo de diversión no me va en absoluto.

—Pues entonces no entiendo cómo es que te vas de vacaciones con un amigo.

—Porque eran sólo unas vacaciones, y además no era mi jefe.

—¿Y eso que más da?

—No creo en mezclar placer y negocios.

Tenía que acabar con todo aquello de una vez, tenía que salir de allí como fuera.

—Si me disculpas, anoche no dormí demasiado, y preferiría acostarme temprano.

—Por supuesto. Te acompaño —dijo con especial cortesía.

—No es necesario. No te molestes.

—No es ninguna molestia. Lo cierto es que a mí también me vendría bien acostarme temprano esta noche.

Escaleras arriba, con él a escasos centímetros de ella, Bella iba pidiendo a todos los santos que ni la rozara.

—Dijiste que no creías en mezclar placer y negocios. ¿Lo dijiste porque lo piensas en general, o porque crees que te pondría en una situación comprometida?

—Por los dos.

—¿O sea, que a ti el acostarse con el jefe no te parece un triunfo para ir luciendo por ahí?

—En absoluto. De las relaciones de trabajo lo único que espero es que sean exactamente eso, relaciones de trabajo.

—¿Y si yo te dijera que para mí esto no es exactamente una relación de trabajo, sino que espero muchísimo más de ella?

—¿Qué quieres decir? ¿Qué quieres compañía para las vacaciones?

—Es una forma de decirlo.

Animada por el hecho de que ya prácticamente había llegado a su habitación, contestó resueltamente:

—Pues sugiero que te vayas a la localidad más cercana, y la busques allí.

Antes de que pudiera terminar la frase, él se puso delante de ella, la apoyó contra la pared, y puso una mano a cada lado de su cabeza, literalmente inmovilizándola.

—¿Debo entender entonces que no me encuentras ni lo más mínimamente atractivo? —preguntó clavando sus ojos en los de ella.

—No… —contestó Bella con voz temblorosa—, ni lo más mínimo…

—No me digas… Pues yo te puedo probar exactamente lo contrario. La tensión sexual entre nosotros es prácticamente tangible. Si se me ocurriera besarte ahora mismo, saltarías por los aires de deseo.

—Te equivocas. Soy perfectamente capaz de controlar mi deseo sexual.

—¿Está segura?

—Totalmente.

Con un tono particularmente seductor, continuó:

—Una lástima. Cuando llevo a una chica a la cama me gusta que lo esté deseando, o por lo menos, que se muestre con ganas.

—Pues eso me descarta, porque ninguno de los dos es mi caso.

—No sabes cómo lo siento.

Sin poder creerse que aquello hubiera quedado zanjado por fin, estaba preparándose para lo que pudiera venir, cuando él retiró las manos de la pared, y dando un paso hacia atrás dijo:

—En ese caso, buenas noches.


No puede ser! Como Edward la dejó asi? a mi me hubiera dado un patatú... Ese hombre me tiene trastornada jajaja no digo... dice cada cosa, cada palabra esta cargada de tanta fuerza, sin dudarlo esa atracción entre ellos me despeluca el cuerpo OMG! no creen lo mismo?

Gracias a todos los favoritos, alertas y reviews Crosero, Irisadriani, Horbak, Meli8114, patty 69, joliCullen, LauCullen18... gracias por sus comments...

Diganme que este capitulo no ha estado buenisimo... espero sus reviews con sus opiniones... que les parece este Edward?

Un abrazo,

Vivitace