En carne propia
De: Valerie Sensei
Capítulo III
Candy estaba desesperada: quería volver a su cuerpo. El hecho de estar en un cuerpo ajeno era muy incómodo, y aún más el hecho de que era un hombre. Había momentos en los que sentía que quería salir corriendo e ir a la feria a implorarle a la gitana que por favor la volviera a su estado normal. Sólo había pasado unas cuantas horas en ese primer día y ya parecían muchos. Esto era más evidente cuando Candy necesitaba ir al baño e iba corriendo con ganas de caer sentada sobre el retrete y aliviar su necesidad. Pero qué dura realidad encontraba cuando allí llegaba y no le costaba más remedio que pararse frente a uno de esos extraños aparatos, pegados a la pared, así como hacían los demás chicos y sacarse "esa" parte de su nuevo cuerpo en presencia de otros y orinar. La verdad es que le tomó un buen rato en dominar la destreza de orinar. No lograba concebir el hecho de tener que agarrarse el miembro masculino para orinar. ¡Qué distintos eran los cuerpos de los hombres y las mujeres! ¡Qué vergüenza verse a ella en esa situación y ver a los demás chicos haciendo sus necesidades!
Era importante averiguar lo antes posible cuándo saldrían de la maldición que aquella gitana les había echado. A pesar que los chicos del colegio habían invitado a Candy (a Neal) a jugar un poco de rugby, deporte que estaba poniéndose de moda entre los adolescentes, ella declinó la invitación. Pretextó un dolor de cabeza para no decir que realmente iría la biblioteca, cosa que levantaría sospechas entre los amigos de Neal, que sabían que éste no había pisado nunca aquel lugar, ni tampoco lo haría jamás. Quería aprovechar un poco de su tiempo libre para investigar sobre las fases de la Luna. Ella estaba convencida que ésa era la clave para resolver el misterio.
Candy caminó por entre aquellas innumerables filas de libros viejos y llenos de polvo, que estaban ubicados allí quién sabe desde cuándo. Pasó por muchas aéreas, mas no encontraba la de astronomía. Justo al final de todas las filas, en un rincón lúgubre, aparecieron los libros, tal y como la Hermana Soledad, la bibliotecaria, le indicó. Sacó unos de los pesados libros y encontró la información que tanto buscaba: las fases de la Luna. Éstas eran, a saber, cuatro fases: la Luna Nueva, Cuarto Creciente, Luna Llena y Cuarto Menguante. El ciclo lunar dura unos 28 días. Y lo más importante que encontró Candy de esta investigación fue que del Cuarto Creciente a la Luna Llena sólo habían siete días de por medio. Entonces, con este pequeño dato, la rubia debía investigar en qué fase lunar se encontraban en ese momento. Así sabrían cuánto tiempo estarían en el cuerpo del otro.
La chica fue directamente donde la Hermana Soledad para que le indicara en qué fase lunar se encontraban.
-Justo anoche, la Luna entró en su Cuarto Creciente. ¡Qué bueno que se interese por estos temas, joven Leegan!- añadió la monja, con una sonrisa que iba de oreja a oreja.
-Sí, -respondió Candy entre dientes. Ella sabía perfectamente el por qué de la alegría de la monja. La Hermana Soledad pasaba días sin ver seres humanos. Digamos que su nombre le hacía honor. Era notable la soledad que allí reinaba. La mayoría de los estudiantes estaban apáticos a la idea de pasar horas muertas estudiando en la fría y olvidada biblioteca. Éstos preferían estudiar en sus respectivos dormitorios o debajo de algún árbol.
La monja comenzó una larga disertación sobre las fases de la Luna y lo importante que era el estudio de la astronomía, ciencia a la que se le daba poca importancia. La terrible verdad era que la Hermana Soledad estaba más sola que un cactus en medio del desierto, y al menor atisbo de conversación que se le presentaba, trataba de recuperar todo el tiempo perdido sin hablar con nadie. Candy estaba tratando de no bostezar de sueño y aburrimiento, pero a la vez estaba loca por irse corriendo para poder pensar un poco más sobre la maldición de la vieja, el tiempo en el que estarían así, sobre ella en el cuerpo de Neal y viceversa; en fin, toda esta situación que por ratos la parecía sacar de sus casillas.
Después de tres horas y media, en la que la Hermana la trató de convencer de encaminarse por una profesión orientada a la astronomía, Candy se fue a su cuarto (en realidad el de Neal) a profundizar un poco más sobre el tema. Si en la noche anterior la Luna había entrado en Cuarto Creciente y esta fase duraba sólo siete días, quería decir que la maldición terminaría el próximo domingo justo a la media noche. Un torrente de felicidad invadió el espíritu femenino de ese cuerpo masculino. Quería ir corriendo donde Neal a contarle todo lo que sabía. Pero se calmó, primeramente, ya era tarde, casi de noche; además, ella había quedado con él de verse al siguiente día, sino sería muy obvio que algo estaba pasando entre ellos.
Candy se fue a acostar cuando llegó Fred, su nuevo compañero de cuarto.
-¿Dónde estuviste metido en todo el día?- le preguntó Fred.
-Ya te había dicho que me sentía mal- sentenció Candy.
-Bueh, por un simple dolorcillo de cabeza te perdiste el partido de esta tarde. Estuvo buenísimo.
Candy no le estaba prestando mucha atención al chico.
-Hubieras visto- continuo Fred,- el inadaptado social de Grandchester quiso jugar hoy con nosotros.
La rubia se sentó se un solo tirón a la cama y se interesó por lo que su compañero de cuarto le decía.
-¿Qué tal jugó?- preguntó Candy con una terrible curiosidad.
-No lo hace nada mal…No es un mal tipo después de todo. Lo único que lo jode es que es un bastardo y está enamoradito de la huérfana esa… ¿Cómo es que se llama?
-No sé a quién te refieres- dijo Candy tratando de disimular las ganas que tenía de matarlo.
-Eh… sí que debes saber. Es esa chica que trabajó como mucama en tu casa… Eh… Candy, sí, Candy. Hermano, qué pedazo de mujer. Es una lástima que sea huérfana.
La rubia hizo todo lo posible por contenerse. Le tocaba asumir el papel de Neal, por lo tanto tenía que actuar como él. Mientras el chico hablaba, Candy se dio cuenta de los prejuicios tan grandes que los chicos tenían. No importaba si provenían de familias ricas, como era el caso de Terry. El hecho de venir de una familia disfuncional o no haber nacido en cuna de oro era motivo de desprecio por parte de todos.
-¿Has visto las tetas que tiene tu mucama? Está buenona.
Candy se enrojeció. Le dio mucha vergüenza. No podía decir ni "sí".
-Ah, también te perdiste el momento en que nos fuimos a observar a las chicas del colegio. Uh, no sabes qué pasó. Todos retamos a Stevenson a que le tocara el trasero a Helen. El maldito se acobardó al final,- el chico continuó comentando sobre lo que había ocurrido en la tarde. Fue en ese momento en donde la rubia se hizo de la idea que los chicos del colegio estaban pensando siempre en sexo. Realmente, se sentía perdida en este nuevo mundo varonil en donde la testosterona dirigía los pensamientos y las acciones de los chicos.
-¿Y qué me dices, Leegan? ¿Estás dispuesto a aceptar el reto? ¿Leegan…?
Candy volvió en sí, después de haber meditado en todo esto. –Perdóname, ¿qué decías?
-Que si aceptas tocarle el trasero a Annie Britter- repitió Fred impaciente.
La mente de Candy se nubló. Estaba metida en un problema. ¿Cómo sería posible que ella anduviese por ahí tocando traseros de mujeres? No. Esto estaba en contra de sus principios y de sus gustos. Y menos de su gran amiga Annie. Sintió náuseas. Por otro lado, no podía negarse. Seguramente los chicos se burlarían de ella y le harían la vida imposible. Todavía le quedaba seis días en el cuerpo de Neal. Además, era absurdo que Candy fuera donde Annie a decirle que en realidad no era él, sino ella con los cuerpos cambiados, a prevenirla que debía darle una buena agarrada de nalgas. Jamás le creería. ¡Qué confuso era todo!
-Leegan, no me digas que no quieres. No me digas que ahora eres maricón.
Candy sólo pudo contestar en medio de tanta confusión: "Está bien. Lo haré. Pero, por favor, déjame por ahora en paz que me sigue doliendo la cabeza."
Su cabeza parecía estallar. Hacía sólo un rato ella pensaba que las cosas serían diferentes, mucho más sencillas de lo que pensó. Contestó que sí porque se sintió presionada por Fred. Pero qué mal rato pasaría cuando fuere el momento de tocarle las nalgas a Annie.
"Y esto que es sólo era el primer día. ¿Cómo serán los demás?", se preguntaba. "Qué sea lo que Dios quiera…", se durmió a duras penas, con este pensamiento en mente.
Al otro día, martes, Neal se levantó con muy mal humor. Su día había comenzado terriblemente. Le dolía la cabeza, sentía el vientre y los senos hinchados. No tenía ganas de ir a clases, pero no le costó más remedio cuando Patty la despertó y le insistió que debía ir a clases sin importar cómo se sintiera. Neal sintió unas terribles ganas de mandarla a la mierda, pero se contuvo. Así que, se vistió como pudo y luego de desayunar, fueron él y Patty a clases.
Cuando llegaron al salón, Elisa estaba junto a otras amigas en la puerta. No hizo más que entrar Neal por la puerta, cuando Elisa comenzó a gritar desaforadamente: "Candy está en menstruación, está toda manchada. Miren. ¡Qué bruta, por Dios! No sabe ni ponerse un protector femenino".
Las risas de su hermana, junto a las demás chicas, inundaron el salón de clases. Confundido, Neal miró por detrás de su uniforme y lo vio terriblemente teñido de sangre. Las carcajadas parecían alfileres que penetraban en los oídos del chico. Éste se agarró desesperadamente el rostro y por primera vez, entendió lo odiosa que podía ser su hermana y a la vez se compadeció de Candy. Sin pensarlo dos veces, Neal cerró su mano y le propinó un fuerte derechazo en el rostro de su hermana. Elisa cayó inconsciente en el suelo.
