En carne propia
Capítulo 6
De: Valerie Sensei
Los labios se apretaban unos contra otros, sorbiendo por instantes el néctar de lo obsceno, de lo libidinoso. El chico con cuerpo femenino no supo con exactitud cuánto duró el beso que le dio Terry. No fue el hecho que Terry le diera un beso lo que lo hizo temblar, sino la pasión que sintió. Jamás tuvo un momento tan intenso en su corta vida. Con los labios pegados del otro chico, reaccionó. Fue entonces cuando se despegó bruscamente y le dio un empujón que lo hizo al pelinegro caer sentado. Una nube de confusión y de temores acechó la mente de Neal, el cual reaccionó gritándole al otro.
-Escúchame una cosa: no vuelvas a besarme nunca más. ¿Me escuchaste? NUNCA MÁS,- vociferó con todos sus pulmones y echó a correr, como toda una mujer. Sintió cómo las lágrimas le bajaban por los ojos, un síntoma femenino del cual ya se estaba acostumbrando. Fue corriendo a su dormitorio y allí se encontraban sus dos nuevas amigas, Annie y Patty, quienes lo socorrieron y le dieron un fuerte abrazo grupal para contenerlo. Allí lloraron las tres, mejor dicho… los tres. Después de calmarse un poco, éste pudo contarles que Terry tuvo la osadía de besarlo. Las chicas reaccionaron alteradas, pues pensaron que los varones estaban muy excitados últimamente y faltando el respeto a las chicas sin ton ni son.
Luego de sentirse más reconfortado en manos de las chicas, tomó una ducha fría. Se pasó el jabón una, cinco y hasta diez veces. Quería borrar de su alma el evento del beso. Fue un momento en donde quiso sacarse afuera todas las tendencias femeninas que había adquirido. Además, sintió con profundo pesar el haberle correspondido el beso a Terry. Se preguntó si al fin y al cabo terminaría gustándole los hombres; no obstante, concluyó que no. Volvió a recordar el factor de pasión que fue lo que le capturó. Con estos pensamientos en mente, quedó mucho más tranquilo de lo que estaba en la Segunda Colina de Pony.
Por otro lado, un Terry, lleno de celos y rabia, seguía sentado debajo del árbol que se imponía en la pequeña colina. Lloraba con lágrimas de odio. Sentía que había perdido a su mono pecoso para siempre. Le achacó la culpa a aquel chico antipático, que por alguna misteriosa razón la conquistó. Se preguntaba una y mil veces cómo Candy era capaz de enamorarse de un "sátrapa" como ése. Juró vengarse de Neal y recobrar el amor de su chica. No podía permitir que le arrebataran la única fuente de felicidad en su ennegrecida vida. Pasó el tiempo allí, maquinando las mil y una formas de volver todo a su cauce.
Mientras el rebelde se quemaba en odio y rencor, Candy se personó a la Segunda Colina de Pony para encontrarse con Neal. Fue grande la sorpresa cuando se encontró con Terry, quien tenía los ojos hinchados de tanto llorar. El chico se puso en pie, listo para buscar un poco de paz en el alma a través de la violencia.
-¡Maldito hijo de puta! ¿Quién te crees que eres? ¡Me has quitado a la mujer de mi vida!
Candy quedó perpleja. ¿Qué pudo haberle hecho Neal para que Terry estuviera con esos ánimos?
-No… no sé de lo que me hablas- respondió la rubia con miedo. Era la primera vez que lo veía tan lleno de malos sentimientos. De él se desprendía un vaho de hostilidad.
-Ah, con que te haces el tonto. Bien sabes que me quitaste a Candy,- dijo mientras se le abalanzaba a Candy con una sarta de puñetazos en la cara, que la hicieron caer sentada en un estado de confusión y dolor corporal.
-¡Párate, gallina! Enfréntate a mí. ¡Así resolvemos esta mierda ya!
La rubia pensó rápidamente qué hacer. Tenía la opción de levantarse y seguir corriendo o enfrentar a Terry. Si escogía la primera opción, sabía que la reputación de Neal se iría por el suelo, luego de que ella misma contribuyera a que subiera, después de "El Gran Agarrón". Por otro lado, si se enfrentaba a éste, pensaba que no sería tan sencillo vencerlo, pues nunca peleó de hombre a hombre.
-Vamos, ¿qué esperas? ¿Ya te quedaste con la perra de Candy?- Lo que sentía Terry era tan adverso que incluso le profirió insultos a ella. En el interior del Granchester había una tempestad emocional que lo enloquecía de tal manera que estaba enceguecido. Muchos días después de este encuentro, un Terry arrepentido se dio cuenta de todo lo que dijo.
La testosterona del cuerpo de Neal fue in crescendo y Candy experimentó unas terribles ganas de partirle la cara a su oponente. Se levantó con el pecho que le subía y bajaba con velocidad. Sintió como el corazón bombeaba sangre más rápido de lo normal. Trancó su quijada, cerró los puños, puso un pie más adelante que el otro, se cuadró… Estaba lista para pelear como un macho. En esos momentos no pensó en que iba a pelear con el chico que le gustaba, iba a pelear con el tipo que tuvo la osadía de insultarla. Se acercó lentamente, Terry por su parte también estaba con los puños frente a su rostro, cubriéndolos de cualquier posible ataque. Por fin había llegado el momento (para Terry) en que Neal pagaría por haberle arrebatado el amor de su vida.
Candy no quiso tirar ningún puño hasta saber realmente qué debía hacer. Examinó todos los movimientos de Terry y quería ver si en algún momento podía someterle un poderoso puñetazo en las sienes. Quería noquearlo lo antes posible e irse de allí. El Grandchester tiró un puño, el cual la rubia esquivó con sutil gracia. Al ver cómo lo evitó, tomó más confianza y tiró uno que cayó justo en la nariz del otro. Un hilo de sangre bajo por las fosas nasales de Terry y esto avivó más las ganas de Candy de seguir peleando. Por alguna misteriosa razón, ella necesitaba verlo machacado a golpes. Mientras el oponente se limpiaba la nariz con la mano derecha, Candy le dio una dura zurda por el hígado. El chico cayó de rodillas quejándose profundamente del dolor. Una vez así, la rubia lo remató con el golpe que siempre quiso darle en las sienes. Terry se desplomó desmayado en el suelo y presa del miedo, la rubia se fue corriendo al dormitorio de los varones.
De camino al dormitorio, Candy no pudo suprimir las ganas de llorar. Su parte femenina se había compadecido de la paliza que ella misma le había dado a Terry. Rogó a Dios que esta pelea no pasara a mayores consecuencias; tanto por Grandchester, que no saliera mal del combate, y de que no llegara a oídos de las "amorosas" monjas.
Por algún misterioso designio, una hora después del encuentro entre Terry y Candy, una monja fue a buscar a la rubia al dormitorio. Ésta la llevó de inmediato ante la presencia de la Hermana Grey. En una esquina de la oficina estaba el agredido, con un pañuelo en la nariz para detener la sangre. La chica entró con temor que expulsaran a Neal, eso no era una opción. De alguna manera, ella debía buscar la forma que se quedara en la escuela, con el castigo que fuese. Si era necesario, ella cumpliría el castigo con él después que cada uno recuperase su cuerpo.
La Hermana Grey se dirigió a Candy con su acostumbrado y estreñido semblante.
-Nos han informado que usted y el joven Grandchester se enfrascaron en una pelea.
Candy asintió.
-Como verá, este tipo de comportamiento se penaliza con la expulsión de este sacro santo colegio.
La rubia volvió a asentir.
-Pero esta vez debo hacer una excepción. Ustedes dos son estudiantes de buenas familias y entiendo que sus padres no estarían de acuerdo con esta penosa actuación de ustedes. Voy a darles una oportunidad. –En realidad, la vieja no quería deshacerse de las cuantiosas donaciones que la familia Grandchester y la familia Leegan hacían al colegio. –He decidido dejarlos castigados en la alta torre de castigos desde esta noche hasta mañana en la tarde.
Los chicos (Candy y Terry) se miraron un tanto aliviados, pero con una tirria que cargaba el ambiente. Era un hecho que esta situación la iban a resolver a su manera más adelante.
Mientras los conducían a los cuartos de castigos, las miradas escrutadoras de algunos estudiantes los seguían. Así como otros chismes que recorrieron la escuela en menos nada, la pelea entre Neal y Terry estuvo en boca de todos hasta muchos días después. Ya habían muchos que aseguraban que Neal y Candy eran novios y que Terry era un loco celoso y no aceptaba su derrota amorosa. También se comentaba que la pelea fue bastante desventajosa, ya que Leegan era un oponente superior de Clase A. Desde ese día, muchos quedaron intimidados ante un Neal que peleaba como todo un campeón.
Cuando Neal se enteró por boca de Annie todo el chisme, que a su vez le fue contado a ella por Archie, el chico no pudo menos que gritar de emoción. Esta reacción causó sorpresa entre las chicas, quienes esperaban que Candy siguiera del lado del pelinegro. Patty miró con ojos de borrego a Annie, haciéndole señas para que preguntara lo que ella no se atrevía…
-Candy… eh, eh…Queremos preguntarte algo.
-Dime, ¿qué quieres saber?- preguntó Neal, ajeno a la interrogante que las chicas tenían en su cabecita.
Annie inhaló y exhaló fuertemente. Sentía cómo las manos le sudaban, por tanto no quería enfrentarse a una respuesta que no quería.
-¿Eres novia de Neal?
El chico quedó de media pieza. De ninguna forma se esperaba esa pregunta. Tampoco sabía qué contestar. Si contestaba que no, entonces de alguna manera indirecta promovería la posible reconciliación y futuro noviazgo entre Terry y Candy. Esta idea no era para nada grata para él. Por otro lado, si le decía que sí, era seguro que la reacción de las chicas sería maligna, pues la imagen de Neal ante ellas era diabólica. El chico tardó en segundos en contestar, pero fueron los segundos más agotadores de su vida.
El lado maquiavélico de Neal ganó y contestó, - Sí, somos novios. Desde hace una semana somos novios.
Las chicas se llevaron las manos al rostro llenas de terror.
-¿Por qué, Candy? ¿Por qué mejor no te hiciste novia de Terry? A pesar que es un antisocial, un rebelde sin causa, apesta a cigarrillo, ¡es mejor que el estúpido de Neal!- gritó Patty indignada.
El chico sintió que un volcán estaba a punto de explotar cuando escuchó a Patty.
-Para que lo sepas, ¡prefiero estar con Neal que estar con el BASTARDO de Terry!- el chico vomitó las palabras sin medir las consecuencias. Las dos chicas quedaron absortas, sin decir media palabra. El chico pensó que lo mejor que podía hacer era irse inmediatamente de allí. De otra manera podía meterse en más líos.
Cuando Neal se fue sin decir media palabra, Annie y Patty se miraron. No daban crédito a las palabras de Candy. Sólo Patty pudo decir "eso es algo que hubiera dicho Neal", a la vez que limpiaba sus empañados anteojos con la falda de su uniforme.
Por la noche, en el dormitorio de las chicas, se notaba un ambiente cargado. Ni Patty, ni Neal cruzaron media palabra. Éste no tenía idea de cómo resolver este nuevo problema. Y la verdad era que le hacía falta la acostumbrada conversación nocturna que siempre sostenía con su provisional compañera de cuarto. Pero como siempre, tuvo que dañarlo todo. Él y sólo él con su grandota boca. Se acostó pensando en cómo hacer las paces con las chicas, sin aparentar que estaba arrepentido del todo, pues muy dentro de él, lo que dijo lo dijo con el corazón. Su último pensamiento, antes de dormirse por completo, lo mereció Candy. Se preguntaba cómo la rubia pasaría la noche en la torre. Decidió que lo primero que haría por la mañana sería ir a visitarla, para que le contara con detalles todo lo que sucedió entre ella y Terry.
Los débiles rayos matutinos interrumpieron el sueño de la rubia. La noche anterior se la paso dando vueltas y vueltas en el catre, maloliente a orines y a toda clase de fluidos corporales, que estaba en el cuarto de castigos. Ya era sábado, por fin, y lo único que eso podría significar era que solamente le quedaba un día en aquel cuerpo. Sólo quedaba un día para decirle adiós para siempre a la vida masculina, a afeitarse la barba casi todas las mañanas, a la testosterona, a las erecciones y los pensamientos verdes, a los sueños mojados, etc, etc, etc.
La rubia dio un grito de terror cuando vio su propio rostro pegado contra el cristal de la ventana. Cualquiera que la hubiera escuchado, hubiera puesto en entre dicho su hombría. La verdad es que el grito pareció estos gritos que se dan las mujeres cuando ven una rata o una sucia cucaracha… Neal fue tempranísimo a verla.
-¿Cómo pasaste la noche?- preguntó Leegan, mientras entraba por la minúscula ventana. Se notaba que era hombre por la forma brusca en que entraba. No tuvo el menor pudor de agarrarse la falda y evitar que se le viera todo.
-¡Neal!- alcanzó a gritar Candy. –¿No estás usando ropa interior? –gritó histérica.
-No, -respondió tranquilamente,- es que no sé por qué la ropa interior que usas es muy apretadita. Me siento bien incómodo. Tampoco estoy usando los sostenes.
La rubia comenzó a hiperventilarse. Pensó en cuántas chicas se habrían dado cuenta de este detalle. Además, si Neal no usaba ropa interior y dejándose llevar por las pocas maneras femeninas del chico de caminar, sentarse y moverse, ¿habría alguna posibilidad de que alguien le hubiera visto sus partes íntimas? Toda esta situación era demasiado absurda para Candy. No pudo menos que tirarse en el catre y tratar de calmarse. Cuando hubo pasado un rato, que la rubia se serenó, ésta le preguntó a su interlocutor:
-Ok. Cambiemos de tema antes que me termine de volver loca. Cuéntame, ¿cómo están las chicas, Annie y Patty? Me hacen tanta falta en estos momentos y no las tengo a mi lado. No tengo a nadie, -su rostro palideció y Neal se sintió mal por ella. Él sabía perfectamente lo que significaba sentirse solo. Candy lo estaba experimentando.
-Pues, eh… no sé cómo decirte que…- suspiró…- las chicas y yo nos peleamos.
-¿Qué? ¿Y ahora por qué?
-Porque les dije una pequeña mentirita.
-¿Cuál?- inquirió apretando su mandíbula.
-Que tú y yo somos novios- se lo dijo de sopetón, causando en la rubia una reacción terrible. Neal luchaba contra su propio cuerpo, para que Candy le soltara el cuello y lo dejara respirar...
Continuará…
cuadró (cuadrar): ponerse en posición de pelea.
