Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Hola, gracias por entrar n.n
Avanzamos un poquiiiiito más, lo importante es ir hacia adelante, ¿no? Estuve espiando los próximos capis (porque nunca me acuerdo qué diablos escribí) y sí, puedo asegurarles que esto avanza.
Como siempre, quiero abrazar y agradecer los amables anónimos de: kds, claro que sí, ¡ya era hora además! XDD Dark Amy-chan, sí señorita, iremos en esa dirección *mira hacia el horizonte* XD PrincessOFKonoha, ¡juro que tenía al menos 995 y no más de 1000, como de costumbre! Lo juro, lo juro *mirada obsesivo-compulsiva* XD
También saludo y agradezco a todos aquellos que siguen o favoritean la historia, gracias por el apoyo n.n
Disculpen por los posibles fallos, espero que les guste :D
13 de abril
Kiba
Con Kiba el diálogo fluyó con facilidad, pues pronto encontraron un tema en común.
-¿Cuántos? –se exaltó Hinata.
-Así como lo oyes: tengo dieciocho perros.
-¡Es increíble!
-Algún día tienes que venir a conocerlos.
-Me encantaría.
Fue sincera, porque desde niña se apasionó por los animales. Los gatos eran sus preferidos pero los perros le venían en zaga, y ni bien veía uno en la calle se inclinaba para acariciarlo y dejarse hechizar por su característica mirada. Los animales eran su debilidad, junto con los libros, el helado y los chocolates.
¿Y los chicos?, le habrían preguntado las pícaras de sus amigas. Ella lo hubiese negado de plano.
-Algunos son de raza, pero la mayoría son sólo perros comunes que recogí de las calles –explicó Kiba-. No me fijo en esas cosas.
-Yo tampoco, y de verdad me gustaría conocerlos a todos.
-Serás bienvenida.
Lo dicho, se había conectado con el fanático de los canes sin ningún tipo de problema. Además, a su estilo, era bastante atractivo, y sintió curiosidad acerca de con cuál de sus perros se habría mimetizado, una característica frecuente entre amos y mascotas.
Otro simpático sujeto con el que no iría más lejos de una simple discusión sobre la conducta del dóberman, la nerviosidad de los caniches, la dulzura de los collies y uno de los enigmas más grandes del universo: las razones por las que los siberianos son los que más se extravían. Porque aunque a ninguno le interese las razas, resultó ser la forma más fácil de identificarlos para poder hablar sobre ellos.
Qué sería del hombre sin la dulce y fiel compañía de esos bodoques peludos con patas cuyos húmedos hocicos existen con el único fin de quebrantar el corazón de su dueño hasta convertirlo en un monigote emisor de sonidos guturales. "Ay mi coshita", "Ay mi bebucho", "Ay mi pipipín"… A qué vergonzosa entelequia de ser humano se reduce uno al caer en el hechizo de estas impertérritas –y adorables- mascotas.
Así, entre recomendaciones sobre garrapaticidas y las mil y una formas de entrenarlos para que se porten bien en el hogar, la reunión transcurrió entretenida, edificante y… monotemática. "El mejor amigo del hombre" nada tendría para decir al respecto, pero sí Hinata, que una vez más volvió a su casa muy poco convencida de la efectividad de las citas.
-o-
Al anochecer se dio cuenta de que la nevera y la despensa aparecían vacías, por lo que tomó su billetera, un abrigo y bajó a la calle. De camino al minimercado se cruzó con Sasuke, que venía de esa dirección.
-¿Vas de compras? –le preguntó él. Hinata asintió-. Cena conmigo –sugirió con simpleza.
La joven, perpleja, a modo de defensa psicológica prefirió tomarse la abrupta invitación como una broma y negó con la cabeza.
-Gracias, Sasuke-kun, no puedo, de todos modos tendré que abastecer mi alacena.
-Puedo acompañarte, he olvidado comprar aceite de oliva. Luego cocinaré para ti –insistió él.
Hinata volvió a cohibirse con la sola idea. Tan inusual pero, a la vez, atrayente propuesta la puso más nerviosa de lo que podía manejar, entonces, a riesgo de parecer una tonta, sonrió como si el otro siguiera de broma.
-Gracias, p-pero es tarde.
-Al contrario, recién estamos empezando –dijo Sasuke antes de poder sopesar sus palabras.
-¿Q-Qué dices? –preguntó Hinata, no muy segura de cómo interpretar sus palabras.
Sasuke murmuró algo ininteligible, quizá reprochándose el descuido.
-Que todavía es temprano –logró articular. Al ver la distensión en el rostro de Hinata supo que había salido del apuro-. Insisto –terminó por decir.
La joven volvió a excusarse. Adujo, como de costumbre, trabajo atrasado, se despidió y siguió adelante inflexible y raudamente, huyendo como laucha por tirante, cada vez más desconcertada con la nueva actitud del mecánico para con ella.
Sasuke suspiró y enfiló hacia el taller. Aunque había cerrado, mientras los fideos se cocinaban ordenó las herramientas y armó el cronograma de trabajo del día siguiente, estando solo trataba de organizarse para poder lidiar con todos los frentes que su negocio demandaba. Podía resultar agotador, pero el cansancio lo gratificaba.
Por eso, a veces, se quedaba hasta tarde y preparaba algo simple para comer. Ordenaba, daba vueltas, pensaba en Hinata, limpiaba, renegaba de tener que regresar solo a casa, se permitía ilusionarse con el día en que ella le correspondiera… A solas consigo mismo, no tenía reparos en sacrificar su impasibilidad habitual en aras de analizar sus verdaderos sentimientos.
Había decidido mejorar ante sus ojos, había decidido ser paciente y perseverar con más sutileza. Pero le costaba, tenía un carácter demasiado impositivo y difícil de gobernar.
-Al menos no se ofendió –murmuró para sí, resentido con su imprudencia.
Cuando los fideos estuvieron listos, los escurrió en la cacerola y de allí mismo empezó a comer, lamentando de nuevo el olvido del aceite. Decidió que la próxima vez compraría comida hecha.
Al principio no los registró, luego los ignoró y a lo último tuvo que aceptar que estaban dando golpecitos en su persiana. No lo podía creer. Miró el reloj y masculló maldiciones contra la persona que se negaba a entender que el taller estaba cerrado.
Tanto insistían –la luz se filtraba por las rendijas, por lo que sabían que había alguien-, que se vio obligado a suspender la comida. Irritado, alzó la cortina metálica para decirle un par de cosas al fulano, cuando a los pocos centímetros divisó unos zapatos de mujer.
Siguió alzando la persiana hasta que estuvo a la altura suficiente para que Hinata se incline y entre. Sasuke se quedó de piedra.
La joven sonrió aliviada, dijo algo sobre lo bueno que era que todavía estuviese allí y lo tonta que se sentía por irrumpir de ese modo y a esa hora, todas cosas que al chico le llegaron de lejos y con poca claridad. Lo siguiente que supo fue que tenía una botella de aceite de oliva en la mano, una vecina yéndose por donde había venido y un estupor de proporciones interestelares.
