Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto

Hola, gracias por entrar n.n

Este es un capi muy especial, o al menos intenté que lo fuese. Como dice una conocida modelo de mis pagos: "Lo dejo a tu criterio." XD

Agradezco los anónimos de Eda, jajajaja! Creo que esos días ya se acabaron, ahora a Sasuke le toca madurar n.n kds, Hinata lo admitió, sí *o*

Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D


20 de abril

Sasuke insiste


Un domingo maravilloso amaneció ese día, el cielo lucía despejado y el reconfortante sol de abril lo iluminaba todo con su tibieza. La brisa soplaba cálida, los pájaros cantaban alegres y se veía el cotidiano trajín de las personas un poco más vivaz que de costumbre.

Parecía una composición escolar, pero así estaba el día. Hinata, de pie en el balcón, contemplaba el panorama con toda la buena voluntad del mundo para impregnarse de aquello. Había dormido bien, se sentía mucho mejor que durante los días anteriores y agradecía con el alma ese beatífico regalo dominical de la naturaleza, aunque le parecía que algo faltaba.

El taller mecánico permanecía cerrado, cosa extraña, porque solía abrir incluso los domingos por la mañana. Al divisarlo, recordó que el día anterior no había visto a su propietario y eso le inquietó. Para que Sasuke deje pasar un día sin buscarla, tenía que haber un motivo importante.

O al menos eso creía… Aunque, ¿qué diablos le importaba a ella? La relación que tenían, o que intentaban tener, sea de la especie que sea, todavía no la habilitaba para maquinarse ideas raras o para andar pidiendo explicaciones, así que se encogió de hombros, le echó un último vistazo a la persiana metálica y volvió a entrar.

¿Qué haría el día de hoy? Los últimos domingos había tenido citas, pero ése lo había reservado exclusivamente para ella sola porque casi olvidaba la sensación. Sasuke alzaría una ceja si supiera que pensaba así, pero ni él ni nadie estaban allí para reprocharle su necesidad de un rato de soledad, y lo disfrutaría. Ese domingo amaneció límpido y soleado, por lo que podría recorrerlo sin ninguna clase de agobios existenciales.

Empezaba a trazar sus planes cuando el timbre sonó. Hinata exhaló un suspiro, resignada, y fue hasta el portero automático para preguntar quién era.

-Sasuke –dijeron del otro lado.

La joven se sobresaltó como si lo hubiera descubierto viviendo adentro del aparato.

-¿Quién? –exclamó.

-Tu vecino –corroboró el otro.

-Ah, hola –improvisó.

-¿No bajas?

-¿P-Por qué lo haría?

-Pues porque tienes visitas.

-Sasuke-kun…

-Baja, Hyuuga, o iré por ti. Y sabes que lo haré.

El tono de voz empleado le sugirió hacer a un lado las reacciones absurdas.

-Ya bajo –musitó.

Tomó las llaves y salió. Se sintió tan contrariada por esa inesperada visita (aunque a esas alturas la categoría de lo "inesperado" ya no tenía validez tratándose de Sasuke) que no pudo fijarse en qué fachas bajó hasta que abrió la puerta de calle y se topó con una ceñuda mirada inquisidora.

-¿Siempre recibes a tus visitas vestida así? –dijo él mientras entraba.

Hinata se llevó el pelo tras la oreja y se inspeccionó a sí misma. Todavía llevaba puesto el pijama, un abrigo de lana fina y sus pantuflas-conejo, todo de colores tan diversos que no amalgamarían ni siquiera por caridad. Se sonrojó de inmediato.

-¿Y tú siempre vas a ca-casas ajenas sin avisar? –contraatacó.

-Traje el almuerzo –informó él alzando la cesta que llevaba para que la viera.

-¿El almuerzo?

-Sí, el almuerzo.

-¿P-Por qué?

-¿Para comerlo? –insinuó él con obviedad.

-Na-Nadie te ha invitado.

-Lo sé, por eso invito yo.

-¡Sasuke-kun!

-¿Vas a tenerme discutiendo todo el día aquí o subiremos?

La joven se crispó. Lo miró con los brazos en jarra, ceñuda, tratando de parecer amenazante. Y si no fuera por el pijama, el abrigo gastado y las pantuflas-conejo tal vez lo hubiese logrado, pero todavía tenía que vérselas con Sasuke, quien jamás perdía en un combate de testarudez.

Finalmente se rindió. Ese enfrentamiento fue como retroceder veinte casillas en el tablero, ella haciendo lo posible por mantenerse a flote mientras el otro la provocaba con la mayor naturalidad del mundo. Como si se conociesen de toda la vida.

No obstante, Hinata entendía por fin las razones por las que Sasuke la abordaba de esa manera: porque, precisamente, tenía que abordarla de alguna manera para establecer una relación, o lo que sea que estuviesen construyendo. Y ese descubrimiento, aunque la emocionaba, la inquietaba profundamente debido a la conciencia de su insistencia. ¿Qué clase de chico hacía lo que él hacía?

Sin duda, uno de temer.

Le hizo una seña para que la siguiera hasta el elevador, subieron en relativa calma y entraron al apartamento sin decir palabra. Sasuke enfiló hasta la cocina y empezó a desempacar el contenido de la cesta.

-¿Y eso? –preguntó Hinata viendo los paquetes de rebanadas de pan, fiambres variados, aderezos, tomates, frutas, bebidas y otros aperitivos.

-El almuerzo –informó él-, pero hay que prepararlo. ¿Te gustan los emparedados? Espero que sí.

-¿Qué tenías pensado?

-Supuse que sería más romántico si los preparábamos con nuestras propias manos. –Hinata lo miró con las cejas levantadas-. O algo así. El día está demasiado bueno para quedarse adentro, así que también traje una manta para ir a comer a la plazoleta.

-¿Estás bien? –le preguntó Hinata, que lo veía más humano de lo habitual.

-Perfectamente.

-¿Por qué no abriste tu taller el día de hoy?

-¿Bromeas? –replicó él, mirándola con ironía mientras desenvolvía algunos de los comestibles-. ¿Con este día? Sería un desperdicio. Además me lo merezco, ¿quién tiene la culpa de que haya estado trabajando también los domingos?

Hinata lo miró con creciente desconcierto.

-¿Yo?

El silencio de Sasuke fue más que revelador. Por supuesto, debía haberlo sabido, para que el tipo la buscase todos los días en horario laboral por fuerza tenía que abandonar su taller, por lo que de seguro se atrasaría en su trabajo. Y luego todas esas tardes que pasó con ella… Por eso trabajaba los domingos, para recuperar el tiempo perdido.

Se sintió una tonta por no haberse percatado antes. Ella sólo asistía al trabajo de mañana, luego podía diagramar las labores de estudio, planificación de clases y corrección de exámenes según su conveniencia, porque lo hacía en casa. Pero él tenía que transitar la jornada entera en el taller, no podía llevarse un automóvil para repararlo en su propio domicilio. De alguna manera, el tiempo que pasaba con ella tenía que compensarlo.

No supo qué decir. Por otro lado, tampoco se decidía a sentirse halagada o culpable, a pedir disculpas o agradecer. Su turbación fue tan evidente, que el propio Sasuke tuvo que intervenir para rescatarla.

-¿Te quedarás ahí parada o me ayudarás?

La chica volvió en sí.

-P-Primero iré a cambiarme de ropa –balbuceó, realmente aturdida. Una cosa más con la que tendría que lidiar en sus pensamientos. Luego se dio la vuelta y se encerró en su cuarto.

Sasuke, a solas, esbozó una semisonrisa. Hinata no tenía remedio. Aun así le gustaba, no tenía ningún inconveniente en tratar con esa atolondrada e insegura forma de ser. Porque era más inteligente, sensible y modesta que cualquier otra mujer que haya conocido, y más misteriosa y atrayente de lo que jamás entendería.

Era de allí, precisamente, de donde lo tenía enganchado. Hinata era una persona vulnerable, pero, a la vez, tenía una fuerza dentro de sí de la que sólo una mirada ajena podría percatarse, y él sabía cómo mirar. En su alma había una zona arcana, inaccesible, una que ella jamás discerniría, pero que él había visto desde el principio y lo había atraído irremisiblemente. Siempre la consideró como un bello desafío, por eso nunca llegó a asustarle su indecisión. Si las relaciones fueran fáciles no tendrían ningún valor.

Había una sola cosa que sí lo asustaba, y lo había dejado en claro: que conociera a alguien más. Él se sentía bien con ella, sin presiones, podía comportarse como en realidad era y no tenía que obligarse a ser demostrativo o comunicativo más allá de lo que ameriten las circunstancias, cosa que su familia siempre le había reprochado. Hinata, en cambio, fuese de su agrado o no, nunca le había dicho nada al respecto y eso para él significaba mucho, por eso le temía a la aparición de un rival más digno que los que hasta ahora se habían presentado.

¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido? El verso resonó nuevamente en su memoria y se obligó a tener fe y a recordar que debería buscar el poema completo más tarde.

Al poco rato la joven salió del cuarto vestida con simpleza: jeans, zapatillas y un sweater tejido a crochet bastante amplio debajo del cual se veía una camiseta blanca sin mangas. Sasuke también iba simple, por lo que Hinata no quiso afanarse demasiado en la elección.

Se colocó junto a él y empezó a preparar emparedados. Entre los dos fueron bastante rápidos, hablaron lo necesario, hicieron lo necesario y se pusieron de acuerdo en todo lo necesario, para asombro de ambos, que por primera vez producían algo juntos.

Cuando los arreglos finalizaron, recogieron las cosas y salieron. Recorrieron las tres calles hasta la plazoleta sin ningún apuro, disfrutando del sol y del paseo, comentando alguna que otra novedad intrascendente. No sólo eran buenos para conversar sino también para compartir el silencio, y eso les dio algo nuevo en que pensar.

Para cuando Hinata quiso darse cuenta, estaba en su cuarta cita con Sasuke.

-o-

Debía admitirlo, fue la mejor idea que se le pudo ocurrir para invitarla a salir. Abril estaba regalando muchos soles agradables y eso era algo que no debía desaprovecharse.

A diferencia de otras, la conversación adquirió un tinte trivial que al principio la desconcertó un poco, pero que luego la animó. Nada mejor que esos rodeos insustanciales para conocer a las personas, para entrever los recovecos de su pensamiento y la perspectiva que tienen de las cosas. Sasuke era sencillo, carecía de prejuicios e iba por la vida sin amargarse más de la cuenta ni lamentándose por lo que no tenía.

Aunque en apariencia parecía apático, a Hinata le resultó evidente que estaba disfrutando del momento. La mayor parte del tiempo se lo veía indiferente, pero tenía una postura tomada con respecto a diferentes temas y, aunque fuese poco afectivo, había cosas que lo conmovían, que atraían su atención y le preocupaban. De esa forma, Hinata descubrió que la clave para conocerlo de veras era observarlo del modo correcto.

Así se les fue la hora del almuerzo, compartiendo una comida simple pero agradable bajo el cielo de un mediodía apacible, hablando de esto y aquello y cómodamente silenciosos cuando ya no tenían nada que agregar. De pronto Hinata fue conciente del paso del tiempo y anheló que ese instante durase mucho más.

Quizás a Sasuke le ocurriese otro tanto, porque después de guardar las sobras y los enseres en la cesta sacudió de migajas la manta y le propuso recostarse un rato. Todavía era temprano y el sol se lucía en todo su esplendor, por lo que una buena siesta les vendría de maravilla. Hinata no se hizo rogar y se acomodaron uno junto al otro de cara al cielo protegidos por el bamboleante ramaje del nogal en cuyo cobijo se habían acomodado.

Sasuke cerró los ojos y parecía dormir. La joven dejó pasar los minutos sin lograr alcanzar ese bendito estado de reposo, entonces rebuscó en su cerebro algo en qué meditar, sin éxito, y empezó a impacientarse. Movió las piernas hacia un lado, hacia otro, lo miró por si lo molestaba, luego volvió a enfocarse en el cielo. Trató de contar los nogales, los esporádicos transeúntes, las veces que el sol titilaba entre las ramas. Luego se puso a contar en francés, para no olvidarse, y más tarde a repasar las reglas del béisbol, deporte que se daba el lujo de entender.

-¿Qué pasa? –preguntó Sasuke, porque dormido o no podía detectar su zarandeo.

-¿Eh? Oh… Lo-Lo siento, ¿dormías?

-Pues desde que estás así de inquieta, no.

-Lo siento –musitó ella.

-Olvídalo –dijo él, irguiéndose para sentarse a lo indio. Luego husmeó en la cesta-. Aún tenemos unos refrescos para beber –dijo extrayendo las botellas en cuestión, y le tendió una. Hinata se sentó, la tomó, desenroscó la tapa y bebió-. ¿Te incomoda no hacer nada?

-En absoluto.

-¿Entonces?

Hinata no supo qué responder, ni podría definir la sensación. Pasaba mucho tiempo de su vida abstrayéndose de la realidad, pero por algún motivo en ese momento no pudo conseguirlo y se sintió avergonzada.

O intimidada por su cercanía, o insegura, o expectante… ¿quién sabe? Sasuke respetó sus gestos de no es nada importante y dejó de preguntar.

Habían dejado sus móviles en el apartamento de Hinata, la mejor idea que se haya concebido en el mundo contemporáneo, y tampoco llevaban relojes. El tiempo pasa volando, se repitió la joven, y con saber eso ya tenía bastante. Se sorprendió pensando que tenía toda la tarde por delante para compartir con él antes de que llegue un nuevo día para citarse con un extraño.

Y entonces lo notó. Como si emergiera de las aguas de los escrúpulos y las aprensiones, entre el oleaje de su decoro y la brisa de su honestidad, surgió por fin, en su interior, el promontorio que le alertaba que ya no debería hacerlo más, que debería detenerse, que sería absurdo continuar con eso. Lo vio, vio la roca sólida que debería abstenerse de rodear aunque se muriese por conocer lo que había del otro lado.

Sasuke bebía en silencio, concentrado en vaya a saber qué asuntos. Hinata se le quedó mirando no muy conciente de que lo hacía, escrutando entre sus rasgos por si allí encontraba la respuesta. ¿Debería seguir con las citas o debería detenerse? ¿O debería frenar a Sasuke? ¿Era Sasuke lo que necesitaba? ¿Le gustaba lo suficiente para animarse a aceptarlo? ¿Y desde cuándo era tan guapo?

-Si sigues mirándome de ese modo me saldrán callos –dijo él.

Hinata se sobresaltó. Abochornada, lamentó haberse comportado como una maleducada.

-Lo-Lo siento, Sasuke-kun, no me di cuenta. No vayas a creer que…

-¿Sucede algo? Es la tercera vez que te disculpas.

La joven abrió y cerró la boca sin emitir vocablo. ¿Qué podría decirle? Compartir la clase de incertidumbre que la embargaba la hubiese expuesto aún más, y estaba cansándose de quedar siempre como una boba. Simplemente desvió la vista y se limitó a beber de su refresco tratando de parecer relajada, sin éxito alguno.

Sasuke la observó con ojos entrecerrados intentando descubrir qué le sucedía ahora. Venían transitando una jornada más que agradable, se sentía feliz por tenerla para él solo y ya estaba empezando a recargarse de confianza cuando advirtió de nuevo esa maldita nube negra pasando por sus ojos.

-Eres más inaccesible que el Finis Africae –comentó.

Del asombro Hinata, que en ese preciso instante se había llevado el refresco a la boca, casi arroja la bebida. Tragó como pudo pero de todas formas se atragantó y empezó a toser, acalorada por la falta de aire, el esfuerzo y la vergüenza.

Sasuke se inclinó de inmediato para darle golpes en la espalda, alarmado, mientras ella alzaba los brazos como le había enseñado su abuela de niña. Fue muy cómico. Tosió un poco más, trató de tranquilizarlo con ademanes atolondrados y cuando la molestia comenzó a menguar se ocupó de inspirar y expirar con ahínco para liberar sus vías respiratorias de la obstrucción. Cuando se sintió mejor, bebió un sorbito del líquido traicionero.

-¿Ya pasó? –inquirió él mientras todavía le masajeaba la espalda.

-Estoy bien –dijo ella con voz rasposa, apartándolo con amabilidad. Vaya salida romántica… El calor persistía y tenerlo tan encima no le facilitaba las cosas-. ¿C-Cómo sabes del Finis Africae?

Sasuke se sentó mejor y le ofreció de su bebida porque la de ella ya se había agotado.

-Bebe de a sorbos pequeños –pidió todavía preocupado. Luego añadió-: Porque lo leí.

-¿Leíste El nombre de la rosa? ¿En qué momento?

-Durante la semana.

-Imposible.

-¿Por qué?

-¡Porque es muy largo!

-Supongo que sabes mejor que yo que cuando un libro te atrapa, nunca es lo suficientemente largo. Me gustó mucho más que el otro, me quedaba hasta la madrugada leyéndolo.

Hinata no lo podía creer. Lo haría, el sujeto en verdad lo haría. Cuatro libros le había mencionado la vez que le preguntó por sus novelas favoritas y el muy testarudo ya había leído dos. Lo dicho: Sasuke era de temer.

Y de nuevo comenzó a zozobrar en el mar de la vacilación. ¿Debería sentirse halagada o irritada? ¿Debería pedirle que deje de hacer eso, o debería abalanzarse sobre él y besarlo hasta perderse? ¿El tipo estaba verdaderamente enamorado o era un psicópata sin retorno? El nombre de la rosa, ¡había leído El nombre de la rosa! Casi nunca encontraba a alguien que lo hubiese leído o que sintiese la misma pasión que le había generado, por lo que nunca tenía con quien hablar.

Se sentía emocionada y turbada a la vez. Su perplejidad fue tan evidente que Sasuke tuvo que seguir hablando por ella.

-Al menos éste tenía crímenes y sangre –comentó-, por eso me gustó más, sin olvidar la parte histórica y policial.

-Me co-comparaste con el Finis Africae –dijo Hinata en un hilo de voz.

Sasuke advirtió el reproche.

-¿Me equivoco?

La joven desvió la vista, entre ofendida e incómoda. Intuyó por dónde venía el asunto, y aunque temió preguntar, de todos modos lo hizo, quizá más para terminar de corroborar que el mecánico lo había leído que para que le explique por qué la comparaba con ese recinto.

-Es simple –respondió él con naturalidad-. Los dos monjes protagonistas están investigando una serie de crímenes en la abadía y sus pesquisas los llevan hasta la biblioteca del lugar. Allí, luego de un tiempo, descubren una habitación sellada, el Finis Africae. –Sasuke hizo una pausa, la miró y vio que ella seguía atentamente su explicación-. Fue difícil descubrirla y acceder a su interior, pero tenían que hacerlo porque allí adentro estaba la clave para saber la verdad sobre los crímenes. Esa escena simboliza muchas cosas, entre ellas la búsqueda del conocimiento.

-¿Quién fue la primera víctima? –inquirió Hinata, que había activado el Modo Profesora.

-Podemos considerar a Adelmo como la primera –respondió él automáticamente.

-¿Quién era el traductor de los textos en griego?

-Venancio.

-¿Y el bibliotecario ciego?

-Jorge de Burgos.

-¿Y la disposición arquitectónica de la biblioteca?

-La de un laberinto. ¿Algo más, profesora?

Hinata lo miró con estupor, recelosa y algo atemorizada. Ese chico sabía demasiado.

-Continúa –le pidió.

-Ya te lo he dicho, a veces me resultas tan inaccesible como el Finis Africae –dijo él-. Aun así, al igual que el protagonista, no quiero rendirme. –Sasuke hizo una breve pausa para verificar que ella lo hubiese entendido, lo cual corroboró por la bonita gama de tonalidades que adquirió su rostro-. Ahora dime qué te preocupaba hace un rato.

A decir verdad, Hinata ya lo había olvidado. Era algo relacionado con sus citas, pero en todo caso no podía compartirlo con él, no todavía. Le ofreció una excusa cualquiera y esperaba que con eso diera por terminada la cuestión.

Sin embargo, Sasuke no era ningún tonto y de inmediato supo que se trataba de algo que tenía que ver con él, directa o indirectamente. Hinata era demasiado transparente, aunque callase sus verdaderos pensamientos. Lo único que le molestaba era que se empeñe en mantenerlo alejado, que persistiera en su silencio, que nunca quisiera transmitirle claramente sus dudas cuando ambos sabían que todo se trataba de eso.

Pero así como era de transparente también era inaccesible, o al menos cuando tenía que ver con él. Su misterio lo fascinaba, lo atraía, pero en la instancia en la que se encontraban hacía más difícil las cosas, parecía que la montaña que escalaba no hacía más que crecer y crecer y ahora él también comenzaba a experimentar una gran incertidumbre. ¿Podría conquistarla, realmente podría hacerlo?

Esa chica era el desafío más grande con el que se hubiese topado. Sasuke era perseverante, no se desanimaba fácilmente, pero hubiera querido entrever más señales de su parte para continuar recorriendo ese camino. Había visto algunas, como cuando se besaron por segunda vez, pero él era un hombre y necesitaba más.

-¿P-Por qué no me buscaste ayer? –preguntó de pronto ella con timidez para cambiar de tema.

Ahora, Sasuke se quedó de piedra. Como si el cielo lo hubiese escuchado… Más que aceptar ese día bajo el sol, más que preparar emparedados juntos e incluso más que quedarse mirándolo largamente, esa simple pero a la vez significativa pregunta hizo que su corazón se acelere, que olvide los reparos anteriores y que recobre fuerzas.

-Lo intenté, salí a buscarte pero no te encontré –admitió, ridículamente emocionado por tener que darle explicaciones.

-Ah, quizá fue p-porque me reuní con mi primo. Nos quedamos hablando hasta tarde en mi casa.

-¿Me echaste de menos, Hyuuga? –preguntó él con tono burlón.

Como toda respuesta Hinata le lanzó la tapita de la bebida por la cabeza, aunque con muy poco impulso para herirlo. Sasuke sonrió.

-o-

El tiempo vuela, entonces, y esa bella tarde de abril también pasó. Cuando el sol empezó a caer ya no hizo tanto calor y la declinación de la luz los obligó a tomar sus cosas y marcharse.

Había sido una jornada muy significativa y podía decirse que les dejó mucho en que pensar. A partir de allí dependería exclusivamente de ellos, de la perspectiva desde la que analizaban su relación, la forma como interpretarían los gestos y las palabras, y si había servido para avanzar o si sólo los había estancado.

Pensando en eso caminaron de regreso, pensando en eso Hinata subió para buscar el móvil de Sasuke y pensando en eso lo acompañó al taller para dejar la cesta y ayudarlo a ordenar. Él le dijo que se quedaría allí unas horas para encargarse de los pedidos especiales, aunque permanecería cerrado. Como le había endilgado sin comedimientos la responsabilidad de sus demoras laborales, la joven no dudó en ofrecerse para colaborar al menos alcanzándole las herramientas, ya que de automóviles no entendía ni pizca. El mecánico, sorprendido, aceptó.

Hinata, entonces, se quedó un poco más en su compañía, en parte porque después de tan bello día no quería aburrirse en su casa el resto del domingo y en parte porque quería prolongar el tiempo junto a él. Para evitar conflictuarse por ello adujo lo de sentirse responsable, pero bien sabía ella que se trataba de otra cosa.

Fue así que, al rato, estaba en cuclillas junto a un Megane sosteniendo la llave inglesa hasta que Sasuke se la pidiera desde las entrañas de la criatura mecánica, pues yacía debajo. Anochecía y el frío se hacía sentir, por lo que lamentó no haber traído consigo un abrigo extra.

-La llave –pidió Sasuke y extendió la mano hasta encontrar la herramienta que Hinata le tendía.

Pasó otro rato y el único ruido que se registraba en el taller era el de las misteriosas maniobras que el mecánico realizaba. Al permanecer tanto tiempo quieta, Hinata se enfrió más y cuando ya no lo soportó se puso de pie y empezó a vagar en derredor dando esporádicos saltitos para entrar en calor.

Momentos después Sasuke anunció que ese automóvil ya estaba listo y se deslizó hacia afuera impelido por el artilugio cuyo nombre Hinata continuaba olvidando preguntar. Cuando la vio en esas friolentas tribulaciones, fue hasta el radiador con la intención de encenderlo.

-No es necesario, Sasuke-kun –se apresuró a decir ella.

-Pero tienes frío.

-Lo soportaré si no te falta mucho.

-Tienes la piel de gallina –dijo él, acercándose con el ceño fruncido por la preocupación.

-Estoy bi… -A Hinata la frase se le quedó por la mitad, pues de pronto tenía a Sasuke casi encima frotándole los brazos para ayudarla a entrar en calor.

Intentó completar el enunciado, de verdad que lo intentó, aunque sea por decoro, pero no pudo. Lo tenía tan próximo, ceñudo e intranquilo, que las palabras se le murieron en la boca y empezó a sentir, además de calor, un aturdimiento demasiado inconveniente como para no delatarse. Se le quedó mirando embobada, encogida, inerme, mientras él continuaba con su afán protector.

-¿Mejor? –indagó Sasuke, mirándola a los ojos por fin. Recién entonces el muy tonto advirtió el verdadero estado en el que había sumido a la pobre chica gracias a sus afanes de caballero andante, además de la proximidad de su rostro, e inconcientemente desaceleró el movimiento, un poco turbado también.

Hinata se quedó muda, ¿pero quién podría culparla? Ruborizada, desencajada, por más que se esforzó en reactivar el cerebro lo cierto es que se sentía en una nube de voluptuosidad. Se estaba perdiendo en él, se estaba perdiendo otra vez, del mismo modo en que se perdió cuando la besó en el medio de la calle, y no podía hacer nada al respecto. Lo único que sabía era que no podía dominarse ni cambiar lo que el otro de seguro ya estaba interpretando.

Y lo corroboró cuando sus brazos se deslizaron hasta envolverla, hasta atraparla. Siguió dándole masajes en la espalda mientras la presionaba contra su pecho, meciéndola y cobijándola en su calor y, a la vez, reteniéndola, buscando disolver cualquier barrera que los distanciase. Hinata ya no pudo, ni quiso, rechazarlo, sino que cerró los ojos y se dejó hacer.

Sasuke, al notar la entrega, descansó la frente sobre la de ella, luego le buscó el aliento y la besó. Había sido un día asombroso y demasiado íntimo como para dejar escapar la oportunidad que se le ofrecía, y aunque cuando se trataba de Hinata trataba de pensar bien antes de obrar, su contacto y su permiso minaron por completo su voluntad. Quería estrecharla contra sí y lo hizo; quería tocarla y lo hizo; se moría por besarla, y lo hizo.

Allí solos, a salvo de miradas ajenas, se atrevió a requerir más de ella. Profundizó el beso, fue más vehemente, exigió y obtuvo una maravillosa respuesta. Ninguno de los dos lo había buscado pero eso era lo que se generaba entre ambos, un cálido torrente en el que podían deslizarse y encontrarse al final, quedarse, solazarse y afirmar lo que sentían.

La vehemencia fue en aumento, a veces torpe, a veces arrolladora, por momentos entrecortada, por momentos subyugadora. Hinata tenía la mente tan embotada que ni siquiera fue capaz de percibir que se movían buscando un lugar donde apoyarse, hasta que Sasuke presionó su cuerpo con el suyo y fue más dificultoso para ella entender adónde habían llegado o qué pretendían hacer.

Cuando Sasuke se desprendió de su boca para besarle el cuello, encontró tiempo para respirar y mirar en derredor. La había conducido hasta el pequeño y recargado escritorio del taller. Era una locura, los dos estaban completamente locos, pero el cielo sabía cuánto le gustaba estar así con él a pesar de su larga lista de inquietudes.

-Sasuke-kun –musitó para traerlo a la realidad.

Nunca había llegado tan lejos, por eso al principio le costó bastante atender a su llamado y luego tuvo que hacer un gran esfuerzo para frenar. Pero, atento, lo hizo. Abrazándola aún, Sasuke apoyó la cabeza sobre la suya, el único lugar seguro donde podría darse tiempo para apaciguarse.

Permanecieron así durante un lapso impreciso hasta que el corazón les latió con normalidad. Ya no podrían quejarse del frío, pero ahora tenían más cosas en que pensar, como si esa jornada no les hubiese provisto más que suficiente.

-Me gustas, Hyuuga –dijo él sin moverse un ápice de donde estaba.

-Lo sé –murmuró ella contra su pecho.

-¿Y sabes lo que quiero decir cuando digo que me gustas?

Hinata inspiró profundamente. Luego se apartó, se sentó derecha y lo encaró con dulzura.

-Lo sé –repitió.

-¿Entonces qué nos falta?

He ahí la pregunta del millón. Sin embargo, por primera vez en esos últimos días, Hinata no creyó necesitar una respuesta. Tal vez allí anide la clave, quizá no fuesen sus dudas o temores los que la mantenían indecisa, sino al contrario, la ausencia de motivos. En ese instante, después de un día increíble y desbordante, cayó en la cuenta de que en realidad nada le impedía estar junto a él, que sólo había necesitado tiempo y que quizás ese tiempo estaba tocando su fin.

Tiempo, de nuevo esa palabra. Los sentimientos no pueden digitalizarse y los ritmos de los seres humanos no son como los de la tecnología. El amor, probablemente, se trate de eso, de una sucesión que nace, se desarrolla y florece, de un acontecer que madura hasta asentarse. Y debía admitir que eso le sucedía precisamente ahora y precisamente con Sasuke, sólo con Sasuke.

Ya no quería negarlo, ni lo haría, porque al aceptarlo alcanzaba por fin el equilibrio que creyó haber perdido cuando se le declaró. Sin embargo, tenía un asunto que terminar: la última etapa de abril y los últimos candidatos. Las personas tienen su propio ritmo, su propia sinuosidad, y la sabiduría reside en verlo, entenderlo y aprender a esperar. Y vaya si Sasuke tendría que ser sabio.

-Faltan algunas citas –respondió con timidez.

Sasuke farfulló una maldición y la tomó de los hombros para mirarla a los ojos.

-¿Qué?

-Las citas –repitió Hinata en un hilo de voz, encogida.

-Estás loca. Ni lo sueñes.

-Tú lo has dicho antes, ¿recuerdas? –se defendió ella, mirándolo con súplica-: "las relaciones son difíciles y por eso tienen valor." Todavía no puedo aceptarte, Sasuke-kun, no hasta que termine con esto.

El chico frunció el ceño, evidentemente disgustado.

-Cuando quieres molestarme no tartamudeas, ¿eh? –gruñó.

Hinata se soltó de su abrazo, lo tomó de las manos y le sostuvo la ceñuda mirada con picardía e inocencia, tal y como la niña que ruega por un juguete nuevo.

-Es un compromiso con mis amigas –intentó.

Ahora fue Sasuke el que se soltó, dio un rodeo nervioso y después la señaló acusadoramente con el dedo, irritado.

-Ni lo pienses, Hyuuga. –Ella lo miró con cara de ternero degollado-. No… ¿Crees que soy idiota? ¿Crees que arriesgaré todo lo que llevo ganado por un puñado de desconocidos?

-Si tienes tanta confianza, ¿cuál es el problema?

-¿Cuál es el pro…? –Sasuke se cortó, superado por la situación, y luego profirió una desagradable exclamación-. ¿Acaso piensas que permitiré que asistas a esas absurdas citas hasta el final, y que me limitaré a esperar como si nada sucediera? Pues tengo noticias para ti, jovencita: en tu almanaque abril acaba de terminar.

Entonces Hinata lo miró con resolución. Lo único que le faltaba, ¡ahora era ella la determinada a seguir con sus propósitos! Sasuke, indignado, caminó de un lugar a otro mascullando maldiciones y no parecía que fuera a detenerse sino hasta que consiguiera cavar un surco en el suelo. Llevaba más de veinte días enamorado de esa chica y así era como la muy ingrata pensaba retribuírselo.

Ella, en cambio, había tomado la posta de asumir el rol de la paciencia. Lo miró ir y venir, toleró su lenguaje y su comprensible indignación ante el panorama que todavía les quedaba por delante y hasta consintió en sentir un poco de piedad por el pobre pretendiente eternamente postergado, pero no pensaba claudicar. Si los roles se habían invertido, debía persistir con su palabra hasta el final, igualito que hacía él.

Después de otro intervalo de vaivenes, miradas adustas, ojitos rogadores e intentos disuasivos, a Sasuke no le quedó más remedio que resignarse a permanecer, una vez más, en stand-by. Lo hizo bajo amenaza de muerte, pero cedió porque entendía que Hinata había dado su palabra y porque le contaron por fin el origen del plan y sus motivos para llevarlo a cabo. Tratándose de superar sus limitaciones, hubiese quedado como un idiota si insistía en detenerla.

Maldito sea su destino de galán relegado. Aun así, lo asumió. Volvió a quejarse y a gruñir, al menos para desahogarse, además de imponer condiciones, restricciones y horarios de salidas y regresos junto con el correspondiente rendimiento de cuentas.

Y aunque le costó bastante, no quiso dejarse doblegar tampoco por el cariñoso y frenético abrazo que Hinata le obsequió espontáneamente a modo de agradecimiento y demostración de afecto. Al demonio con las formas de manipulación femenina, por más que se prive de disfrutarlo.

Más tarde la acompañó a su edificio, donde les costó separarse y dar por finalizado un día tan especial, hasta que finalmente lograron despedirse. Sasuke, más feliz de lo que recordaba –y rumiando la inconformidad por la extendida moratoria de sus deseos-, volvió a su casa embargado de una dicha nueva, placentera y vivificadora.