Disclaimer: Naruto y sus personajes son propiedad de Masashi Kishimoto
Hola, gracias por entrar n.n
Ahora que fue revelado el asunto del orden alfabético, algunas lectoras ya pueden pronosticar con acierto quién es el siguiente en la fila XD Advierto que habrá alguna fecha donde esto no será aplicable, lo verán en su momento.
Como siempre, agradezco y saludo a los anónimos Guest, me gusta que la historia y los personajes sean complejos, si no las historias de amor terminan siendo repetitivas y pretendo que, aunque le falte originalidad, al menos sea lo más entretenida posible, muchas gracias a vos por leer y comentar n.n kds, no creo que se vuelvan a pelear... a menos que sea en son de burla o jugando jejeje, besos y gracias!
Disculpen por los posibles fallos y gracias por leer :D
23 de abril
Sasori
Cuando le dijo su oficio, Hinata se quedó de piedra. El mundo era demasiado pequeño y no dejaba de asombrarle.
-¿Marionetista? –repitió, porque necesitaba estar segura de que había oído bien.
-Marionetista –corroboró Sasori.
-Conocí a un marionetista hace poco.
-¿Cuál es su nombre?
-Kankuro.
-Lo conozco.
Sólo entre los innúmeros contactos de Ino podrían aparecer dos personas con el mismo singular oficio. Internet existía para eso, pensó, pero de todos modos empezó a calcular las posibilidades y, por más que lo intentase, el cómputo siempre le quedaba corto. Era lo más insólito que le hubiese ocurrido, y eso que ya le habían acontecido varias cosas insólitas.
Sasori, a diferencia de Kankuro, era mucho más retraído. Al igual que él había heredado el oficio de su familia, pero parecía sufrirlo en lugar de agradecerlo, y era como si le deprimiera en lugar de disfrutarlo. Desde su perspectiva un marionetista también era una especie de artista, por lo que le pareció raro que careciese de esa inclinación.
-Creo que es un oficio interesante –se atrevió a comentar para animarlo.
-Lo único interesante es que aprendes a manipular –repuso él, sombrío.
-Su-Supongo que eso tiene sus v-ventajas –concedió Hinata, nerviosa ante lo siniestro de la idea.
-Ni te imaginas.
La joven tomó de un trago el resto del refresco. Otro tipo raro, concluyó, y se puso a pensar en una excusa para poder liberarse pronto de su tenebrosa compañía.
Era un chico lindo, debía admitirlo, con un rostro de niño conmovedor. Sin embargo, le bastó con oír algunos de sus pensamientos para terminar de comprobar la veracidad de la sabiduría popular: "No es oro todo lo que reluce." Sasori parecía transitar por la vida con resentimiento y desilusión, como si nada de lo que hiciera valiese la pena realmente.
Cuán distinto era de Kankuro, que disfrutaba de su oficio por considerarlo especial. Sasori, en cambio, parecía ejercerlo desapasionadamente, casi resignado, indiferente a las cosas bellas que podrían sucederle en retribución. Hinata sintió algo de pena por él, hubiera querido ofrecerle algún consuelo para su desazón, pero el lúgubre aspecto que a veces adquiría su mirada la hizo desistir de cualquier intento.
Para su fortuna, ambos dieron con una respetable excusa para terminar la reunión. Salieron del café y se despidieron con educación, enfilando en direcciones opuestas para siempre.
-o-
Esta vez encontró a Sasuke trabajando en una motocicleta.
-¿Qué tal tu cita? –preguntó él luciendo su templanza habitual.
-Extraña –admitió Hinata.
-Suele pasar.
-Pero a mí ya me pasó demasiadas veces.
-¿Y qué esperabas? Has conocido a una veintena de sujetos, al menos uno iba a ser raro.
-Resultaron ser más de uno –dijo Hinata, mirándolo con intención.
Sasuke bufó, evadiendo la indirecta. Para raros estaba hecho el mundo, así que podría permitirse serlo también si así lo quería, y ninguna profesora de Literatura le negaría ese derecho.
-Lo dicho: cuando se trata de molestarme, jamás tartamudeas.
Hinata sonrió. Recordó con cierta nostalgia las primeras y extrañas pláticas que sostenían cuando se cruzaban en la calle después de la cita, o durante la propia cita, y debió admitir que había sido divertido. La relación que tenían –aunque el término relación siempre le resultaba problemático- había llegado ya a una instancia donde las primeras impresiones se habían quedado lejos, y ese pensamiento la llenó de melancolía.
El joven mecánico registró el repentino cambio en su actitud. Tal vez debería haber sido menos burlón en su respuesta, o más amable… Diablos, ojalá tuviera un poco de la espontaneidad del molesto de Naruto.
-¿Estás bien? –indagó-. Cuando termine aquí te llevaré a cenar.
-No, Sasuke-kun, no te preocupes. Estoy bien.
-Pareces triste. -Hinata negó con la cabeza, reservándose que se trataba de una nostalgia dulce nacida de sus recuerdos con él. Sasuke no le creyó-. Mira quién se queja de los extraños… Anímate: estoy dispuesto a soportar todas y cada una de las condenadas citas que te quedan sin pensar que todos y cada uno de esos desconocidos son unos completos imbéciles.
Ahora Hinata volvió a sonreír.
-Entonces p-prometo que me reuniré con todos y cada uno de los sujetos que me quedan por conocer sin pensar que todos y cada uno de ellos tiene alguno de tus pe-peores defectos.
Sasuke arrugó la frente, crispado.
-Eso espero –le advirtió-, eres muy capaz de enamorarte de cualquiera de ellos antes que de mí.
-Me marcho –anunció ella, divertida con la reprimenda.
-Sí, claro –ironizó él. Aprovechando que tenía la guardia baja, tiró de ella, la arrinconó y la besó apasionadamente, sin darle tiempo a sorprenderse.
Cuando la soltó la chica estaba roja como un tomate.
-Recuerda esa promesa, Hyuuga –musitó Sasuke muy cerca de su boca.
Conmocionada, Hinata balbuceó una afirmación y se retiró como pudo. Aunque omitiera decirlo en voz alta, el mecánico había calado muy hondo en su corazón, demasiado, o por lo menos lo suficiente para quererlo con todo y ese singular temperamento. Se quejaba de los raros, pero lo cierto es que le gustaba el más raro de los hombres que había conocido.
Por su parte, Sasuke repasó mentalmente la conversación. Sin duda Hinata ya correspondía a sus sentimientos, aunque todavía le costaba entender que persistiera en trazar una línea entre ellos cuando a esas alturas deberían estar ocupados organizando planes en común. Si quería borrarla definitivamente, tendría que apresurarse.
Le echó un vistazo al almanaque de la pared. Una semana, sólo una maldita semana más y eso que venían entretejiendo tan esforzada como maravillosamente de seguro conocería su verdadero comienzo. De sólo pensarlo se sintió tan ansioso que apenas pudo concentrarse en terminar de reparar la motocicleta.
Después, guiado por su profundo interés en la joven, fue hasta internet para buscar una vez más el poema cuyas reminiscencias acontecieron en cuanto la conoció. Cuando por fin lo encontró se decidió, lo imprimió y lo leyó varias veces. De pronto fue mucho más fácil comprender la incertidumbre del poeta que cuando le tocó estudiarlo en la escuela.
