La saga de Crepúsculo pertenece a Setephanie Meyer.

Mi hermanastro

Resumen:

Tengo grabada su cara de fastidio en mi cabeza en el momento en que me vio. Realmente era un tipo frío y apartado de la sociedad, pero para mi mala suerte, era el hombre más guapo que había visto en mi vida; Mi hermanastro.


Su casa

Su corazón parecía de hielo, como si nada le doliese, pero, en lo más profundo de su ser él guardaba un secreto.

Hacía unos minutos que había picado a aquel timbre costoso, sin recibir respuesta alguna. Por lo que se veía desde a fuera, parecía que en esa casa no residía nadie –sin contar el cuidado de aquel jardín-, volví a alzar la mano, con intención de llamar de nuevo, pero no llegué a cumplir mi acción; el telefonillo había sido descolgado y una voz ronca y terciopelada, salió de aquel aparatito minúsculo.

- ¿Quién? – contestó con sequedad, sin buenos modales.

Me costó unos momentos reaccionar – Bella, soy… Bella – y a los instantes la gran verja se abrió sin hacer el más mínimo ruido, en esa casa todo parecía perfecto.

Pasé por el ancho camino de piedra para llegar a la puerta principal –no me sorprendí en absoluto que Edward no saliera a ayudarme, total era un amargado- llegué al final de camino, donde había tres grandes escalones, los subí con sumo cuidado, y me asombré al ver la puerta marrón, desde lejos parecía una puerta normal y corriente; pero, esta, era grande, costosa, bien cuidada, ¡Y tenía hasta cámara de vigilancia!

Aún no había visto a Edward y ya me estaba comenzando a caer mal, ¿Qué más me faltaba? ¿Que abriera la puerta sin camisa, con pantalones largos, el pelo desordenado y que se viera condenadamente sexy?

Y como si hubiese sido un deseo, se cumplió. La puerta se abrió dejando ver una figura –digna de admirar- sin camiseta mostrando su perfecto torso, con pantalones largos un poco caídos, haciendo que se viera el borde de su ropa interior, el pelo con un extraño color dorado –tal y como recordaba- desordenado, y por si fuera menos, esa cara de fastidio que me dirigía al acabar de explorarme con su mirada, no suavizaba las cosas.

Intenté fijar mi vista en sus ojos que me hipnotizaron por completo, eran los ojos más perfectos que en mi vida había visto, ¡Diablos! ¡Ese hombre lo tenía todo! Belleza, dinero, fama…

- En el momento en que entres a mi casa, deberás seguir unas normas.

Pero, todo lo que parece perfecto de fuera, tiene una fuga en su interior… Era un ser amargado, frío, antisocial y sin corazón.

Una persona normal y con amabilidad hubiese dicho "Cuanto tiempo" o en todo caso, siendo un antisocial como él, hubiese dicho "Hola". Pero él era así; parecía que la palabra amabilidad no existía en su vocabulario, y no iba a existir para mi.

- De acuerdo – pude titubear sin perderme en su cuerpo.

Se hizo a un lado para darme paso a su casa; entré sin pensármelo mucho. Me quedé en el umbral de la puerta, observando, ¿Cómo…? ¡Esa casa era enorme! Nada más entrar a unos pocos metros de la entrada había unas escaleras que conducían al piso de arriba, a la derecha había un ancho camino donde se situaba un gran comedor, que, en una parte estaba los sofás y una enrome televisión de pantalla plana, ¿Para qué ir al cine teniendo esa tele? En el mismo comedor algo alejado de los sofás, había una gran mesa con un montón de sillas –no se para qué, si él vivía solo-. A la izquierda había una puerta, que al estar cerrada no sabía lo que había dentro. Moví un poco la cabeza para encontrarme con que detrás de las escaleras habían más puertas, apostaría que era la envidia de todo el barrio…

- ¿Vas a estar ahí todo el día o vas a venir para que te enseñe tu habitación? – su voz aterciopelada me sacó de mis pensamientos, di un respingo y lo comencé a seguir, con toda mi mala suerte que no me di cuenta que al metro y medio de la entrada, habían dos pequeños escaloncitos, con los que me tropecé y caí.

- Ay… - me incorporé un poco aún en el suelo y me sobé el brazo, había sido una caída torpe y estúpida, pero me había hecho daño.

- Parece que sigues en tu línea de atraer los accidentes, ¿No? – apreté los dientes, tragándome todas mis ganas de gritar, que podía haberme avisado ya que sabía que habían dos escalones en la entrada. Pero, me mordí la lengua.

- Más o menos – mascullé, levantándome del suelo y cogiendo mi maleta. Me paré a los pies de la escalera, mirándolo con la cabeza alzada, ya que él había subido cinco escalones más que yo.

- ¿Qué? – me preguntó al ver como no subía las escaleras.

- ¿No vas a ayudarme a subir la maleta? – pregunté con incredulidad, ¡Podía tener al menos un poco de modales!

Gruñó algo por lo bajo, mientras bajaba los escalones ya subidos para coger mi maleta.

- Gracias – dije con los ojos entrecerrados.

- No te acostumbres a que te ayude – me dijo colocando mi maleta de ruedas, en su hombro para comenzar a subir las escaleras.

- Maldito antisocial – murmuré por lo bajo.

- ¿Has dicho algo? – preguntó parándose en mitad de las escaleras.

- ¿Yo? Que va… - comencé a subir las escaleras hasta posicionarme a su lado. Cuando me paré a su lado me miró, otra vez, con cierto fastidio y comenzó a subir de nuevo las escaleras, conmigo detrás.

Cuando llegamos al segundo piso –cabe saber que yo estaba bastante cansada de haber subido esas escaleras- giramos a la derecha, y en la tercera puerta nos paramos. Dejó la maleta en el suelo y se volteó a mirarme.

- Esa es tu habitación – dijo señalando al puerta – la de al lado es el lavabo y la otra mi habitación. El resto de habitaciones no tienes por qué entrar – me avisó con los ojos entrecerrados – solo has de saber que a bajo hay otro lavabo – comenzó a caminar, esquivándome, mientras mis puños se cerraban dentro de los bolsillos de mi chaqueta – Por cierto… - me giré, para verle su bien formada espalda – eres independiente de mi, si ensucias algo lo limpias, si quieres limpiar tu cuarto lo limpias, si quieres comer te preparas tu comida, ¿Entendido? – me dijo entrando a su cuarto y dando un portazo.

Me mordí el labio inferior. Cogí mi maleta y entré rápidamente en mi cuarto, cerrando la puerta con ansiedad. Me apoyé en ella, observando mi cuarto. Tenía una cama, un escritorio, un armario, un balcón por el que entraba bastante claridad, tenía bastantes cosas pero estaba vacío. Como el resto de la casa.

A caso Edward, ¿No se sentía solo? Puede que yo también pasase la mitad del día sola, en mi cuarto, pero no es lo mismo, yo vivía en compañía. Él vivía solo en una casa tan grande que estaba vacía.

Di unos cuantos pasos para llegas a mi cama y me tumbé, dejando caer todo mi peso en ella. Era cómoda. Al menos había tenido la sensatez de poner sábanas y una colcha. Me puse más cómoda quitándome mis bambas con los pies y colocándome de lado, dando la espalda a la puerta. Debía dormir, había sido un día muy largo, y cuando despertase lo sería aún más.

Desperté por el escandaloso y costoso timbre de la entrada, que no paraba de sonar. Coloqué la almohada encima de mi cabeza, intentando suavizar el sonido, sin conseguirlo. Grité en mi fuero interno, levantándome y sacando la cabeza por la puerta. Vi como la silueta de Edward bajaba las escaleras y a los segundos, no se oyó nada, fruncí el ceño, ¿No iba a abrir la puerta? Salí de mi cuarto, y me apoyé en la barandilla de lo alto de las escaleras.

- Es de mala educación no abrir la puerta a la gente – dio un pequeño, minúsculo respingo del susto que le había causado, se giró con el entrecejo fruncido, y me mató con la mirada.

- Es de mala educación meterse en asuntos ajenos – me dijo para volver a poner su ojo en la mirilla.

Di un bufido y me senté en las escaleras.

- ¿No tienes nada mejor qué hacer? – me asustó escuchar su voz romper el silencio, pero lo intenté disimular.

- Si, pero el timbre – que seguía sonando, por cierto – me ha despertado, y como no se calla me desconcentra.

- ¿Ya has arreglado todo?

¿Se estaba interesando en mi? ¿En lo qué había hecho o no?

- No, he de deshacer la maleta, y hacer algunas compras y…

- Entonces deja de molestarme – fruncí el ceño y me levanté de las escaleras molesta para encerrarme en mi cuarto.

- ¡El muy estúpido…! – quise gritar, pero solo me salió en un susurro.

Recuerdo que cuando nos conocimos, seis años atrás; se comportaba un poco extraño, callado, sin relacionarse mucho con la gente, pero al menos, era un poco cariñoso ¡Y no me hablaba así de mal! Realmente ahora era un egoísta sin preocupación hacía los demás. ¡Y yo me preguntaba por qué estaba tan solo! Si nadie le aguanta, es solo culpa suya…

Suspiré derrotada. Fijándome en mi maleta en mitad de la habitación cerrada. En fin debería deshacerla y luego ya vería lo que hacer. Porque esta no es mi casa, y me han prohibido entrar en ciertos sitios. Si con todas las visitas era así, acabaría solo, más solo de lo que esta.

Me dediqué a organizar mi habitación a mi gusto; colocando algunos pósters que me había traído de mí casa, sobre algunos cantantes favoritos.

Tardé un poco más de media hora en arreglar mi nuevo cuarto. Me senté en mi cama y resoplé.

Me aburría. Me aburría y mucho.

Si salía de mi cuarto, no sabría dónde ir. Si me quedaba en mi cuarto, no sabía que hacer. ¡Todo era culpa de ese antisocial de pacotilla!

Miré la hora; eran nada más que las cinco y media de la tarde. No me había dado cuenta de cuando había llegado a aquella casa. Preferiría estar en la universidad, antes de este mortífero aburrimiento.

Decidí salir del cuarto e ir a comprar algunas cosas que necesitaría dentro de una semana, cuando comenzara la universidad. Bajé las escaleras con precaución, mientras me ponía el abrigo, y me dirigía a la puerta de entrada.

- ¿Dónde vas? – dijo la voz de mi querido hermanastro. Giré la cabeza y lo vi recargado en el marco de la puerta de lo que supuse que era la cocina, ya que Edward tenía un bocadillo entre sus manos a medio comer.

- Voy a comprar algunas cosas que necesitaré para la uni… - pero al parecer no le gustó mi idea y me cortó a la mitad de la frase.

- No – dijo para darse la vuelta y volver a entrar a la cocina.

Fruncí el ceño y le seguí, ¿Cómo se atrevía…?

- ¿Cómo que no? Necesito esas cosas – espeté nada más entrar en la cocina.

- Me da igual. Debería llevarte yo, y no me apetece salir hoy - ¿A qué alguna vez sale? Me mordí la lengua obligándome a callar y no dejar soltar aquella frase que hubiese puesto nuestra enemistad a más peligro, del que corría.

- ¿No decías que yo era independiente de ti? Porque debería hacerte caso… - dije frunciendo aún más el ceño, viendo como él bebía zumo de su vaso.

- Eres independiente de mi dentro de casa, si sales a fuera he de… vigilarte – dijo aflojando el volumen de voz en la última palabra dicha.

- ¿Vigilarme? ¿Qué te crees que soy un perro? Sé cuidarme sola… - dio un golpe con su puño en la mesa, con los ojos fuertemente cerrados.

- Mañana te acompañaré donde quieras, ahora, solamente, estate en casa y no me molestes, ¿Quieres? - lo miré con los ojos entrecerrados y asentí.

Salí de la cocina, me quité la chaqueta y la colgué en el perchero -en ese momento poco me importaba si no le gustase que hubiera puesto ahí la chaqueta- y me fui para el comedor, me senté en unos de los mullidos sofás y encendí la televisión, ¿Eso me estaría permitido hacerlo, no? Quizá ahora vendría y me apagaría la televisión por no haber pedido permiso o por hacer algo prohibido.

- Patético… - susurré para mí, mientras dejaba una serie, que antes veía y por supuesto ahora no sabía que la hicieran.

Eso iba a ser una estadía muy larga.

Y a mi parecer, Edward, no quería firmar el tratado de paz, y yo no iba a dar mi brazo a torcer.

Eso lo tenía seguro.


Hasta aquí el capítulo. Espero que os haya gustado. Ya veis más o menos como van a ir las cosas! Acaba de iniciarse una pequeña guerra! Ninguno de los dos dará su brazo a torcer xD

Por cierto, muchas gracias a todas las personas que dejan review y se entretienen en leer mi fic, de verdad :)

Reviews,,!!

Nos leemos en el próximo capi!

Cuidensee!

Marinilla14