LA INSPECCIÓN
Veinte días.
Veinte días llevaban casados cuando una mañana sonó el timbre bien temprano. No eran ni las ocho. Kyoko estaba en el dormitorio, en bata y pijama, recién levantada y con las greñas disparadas; Ren en el baño, recién duchado, con la toalla a la cintura. Se asomaron los dos a la puerta del dormitorio. Se miraron. Volvieron a mirar al pasillo, como temiendo que apareciera alguna criatura demoníaca. Lo saben. Son ellos…
- Abro yo… -dijo ella.
- Espera… -dijo él. Le atusó el pelo, peinándolo con sus dedos-. Ya.
- Gracias -no quiso ni pensar en lo que sintió ni en cómo lucía la piel mojada de Ren…-. Date prisa. No me dejes sola mucho tiempo.
- Jamás.
Ya se habían dado la vuelta, cuando Kyoko le susurró:
- Las lentillas, las lentillas… No te olvides.
Ren asintió vigorosamente y salió corriendo a vestirse.
El corazón de Kyoko iba a mil por hora. Inspiró, se obligó a serenarse y abrió la puerta.
La mujer que estaba allí parpadeó dos veces.
- ¿Tsuruga Kyoko? Sí, usted es Tsuruga Kyoko… -revisó sus papeles-. Disculpe. Debe haber un error. Estaba buscando a los Hizuri.
- Yo soy Hizuri Kyoko. Tsuruga es el apellido artístico de mi marido -la invitó a entrar-. Comprenderá que no queramos divulgar su nombre real.
- Por supuesto. No se preocupe, todas nuestras investigaciones son confidenciales…
Tres o cuatro minutos más tarde, cuando Ren se incorporó a la conversación, Kyoko le estaba diciendo a la inspectora:
- El problema con Inmigración de mi marido simplemente aceleró nuestros planes. Hubiéramos preferido esperar un año más, para asentar más mi carrera, pero ya que ambos teníamos claros nuestros sentimientos…
Bueno, hay que decir que los encantos del siempre caballeroso Tsuruga Ren se dieron de bruces contra la inspectora. Como si fuera una pared…
Y por supuesto, ocurrió lo que Kyoko predijo el día que volvieron de su viaje de novios. La inspectora pidió que se le indicara el lavabo. Ya que la tipa iba a fisgonear en sus vidas, más vale que, mientras, preparara un té, piensa Kyoko.
Ren, a su lado, en la cocina, le susurra:
- Tienes que sentarte más pegada a mí.
Ella asiente, y le dice:
- Y tú ser menos encantador. Pensará que quieres coquetear con ella.
- ¿Coquetear? -se sorprende Ren-. Pero Kyoko…, soy un hombre casado… -le replica con indignación fingida. Ella ahoga una carcajada.
Un 'ratito' después, a resultas del interrogatorio (perdón…, entrevista), la conversación se va calentando…
- Eh, Kyoko, yo no hago eso…
- Sí. Sí que lo haces… Ya podrías tener algo del apetito de tu padre.
- Pues bastante hago con comerme lo que me pones.
- Es que comes como un pajarito, Ren.
- Culpa de mi madre, lo sabes.
- Sííí. Y de ella aprendiste tus 'deshabilidades' culinarias… Terribles…
- Pues tú bien que te lo comiste.
- Para no hacerte un feo… Podrías haber aprendido de tu padre.
- ¿Para qué, si tú cocinas mejor que él?
- ¿Eh? -Kyoko se para en seco- ¿De veras piensas eso?
- Pues claro.
- Pues nunca me lo habías dicho, Ren.
- Te lo he dicho mil veces, Kyoko.
- Creí que era por pura cortesía.
- Nop. Tu comida siempre me ha encantado.
- Oh, pues en ese caso, muchas gracias, Ren…
- No hay de qué, cariño.
Y este es el momento exacto en que Kyoko se ruboriza adorablemente. Eso puso la guinda final. La entrevistadora, que llevaba un rato mirándolos discutir como si estuviera en un partido de tenis, la misma inspectora que antes se autodeclaró inmune a los encantos desplegados por el matrimonio Hizuri, ahora se derritió de puro moe.
Juego, set y partido.
