ECOS PASADOS

El siguiente paso lógico eran, por supuesto, los besos de buenos días y de buenas noches…

Pero con Kyoko hay que ir despacio. Muuuy despacio. O saldrá corriendo. Ren todavía no puede creer su suerte. Toda la noche estuvo pensando que los besos de ayer, los piquitos inocentes, se quedarían en algo puntual. Pero no. Sin darse cuenta, inconscientemente, se habían convertido en norma.

Hoy él la había alcanzado al estudio en el que rodaba, y allí sentados en el coche, volvió a ocurrir. Se encontraron a medio camino para su 'muac' de despedida. A su alegre 'Buen día, Ren', le correspondió un deslumbrante 'Buen día, Kyoko'. Se tuvo que morder decir un 'cariño' o 'amor'. Esos términos los empleaba en las ocasiones públicas y no quería que hubiera errores o confusiones. Esto que estaba pasando entre ellos, era solo para ellos. Ni testigos, ni prensa. Nadie. Solo Kuon y Kyoko. Si Kyoko le estaba aceptando poco a poco, válgale Dios que no pensaba fastidiarla de ninguna manera…

Ahora estaba entrando en el estudio para recoger a su esposa, ya al final de la jornada. Oyó los gritos desde lejos. Reconoció esa voz. Torció el gesto.

Fuwa Shotaro estaba dando vueltas alrededor de una indignada pero silenciosa Kyoko en medio del set. Parecía un gato que estaba decidiendo si su juguete era comida o no. Kyoko simplemente le seguía con la mirada. El resto de los trabajadores del estudio asistían mudos al espectáculo.

- ¡Salgo del país por tres meses y al volver, te encuentro casada! ¡Casada! ¿Pero cómo te atreves? ¿Y precisamente con él? -casi escupió al decirlo-. No puedes casarte con nadie. Eres mía, Kyoko. Me perteneces…

Kyoko hizo ademán de marcharse, pero él la interceptó.

- Sabes que has perdido, ¿verdad? Sí… Has perdido.

Una nueva voz tronó en el estudio.

- ¡Deja a mi mujer en paz!

Ren se colocó entre Fuwa y Kyoko. Los puños prietos a sus costados, el rictus fiero, el fuego de la ira ardiendo en sus ojos… Listo para saltar en cualquier momento…

- Aléjate de ella…

- Oooh. Mirad… El afortunado esposo… -Ren le lanzó una mirada venenosa. Usó su altura para cernirse sobre él. Pero Shotaro rió. Y su risa provocaba escalofríos-. Entiéndelo ya, hombre… Ella siempre será mía…

- Te equivocas. Es mi mujer. Mía.

- No, no, no… -canturreó con burla-. Kyoko siempre ha sido y será mía.

- ¡BASTA! -los dos hombres se giraron sorprendidos hacia la pequeña mujer. Kyoko estaba roja de cólera, los ojos brillando con furia…-. Yo, y escuchen bien, yo no soy de nadie. No soy una cosa… -puso un dedo sobre el pecho del cantante-. Tú, cucaracha inmunda… Sho-ta-ro. Lárgate. Y no vuelvas a menos que estés buscándote una orden de alejamiento. Lanzaré contra ti los mismísimos perros del infierno. No quiero verte jamás… -ni se dignó a dedicarle un segundo más de su atención. Se giró hacia su marido-. Y tú… Contigo hablaré cuando estemos en casa…

Y se fueron... Atrás quedó Fuwa Shotaro, solo e ignorado. En medio de una marea creciente de susurros que empezaba a oírse por todo el plató. Olvidado.