—Calor—

Día VI


Resumen: Una ola de calor aparece y sus sentimientos de deseo se disparan. Y aunque queden aplacados...


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Era un terrible día de calor. Demasiado para su gusto. Pese a ir sin camiseta y con pantalones cortos, sentía que era demasiado exagerado como para poder soportarlo. Y la culpa, desde luego, era de Natsu.

Al su grupo se le había asignado una misión importante en unas montañas cercanas y al señor dragón Slayer de fuego, no se le ocurrió nada más divertido que quemar la mitad de la montaña, creando un calor insoportable en toda la ciudad.

Natsu había sido castigado junto a su equipo, para erradicar el mal que habían hecho. Pero mientras lo llevaban a cabo, ellos tenían que sufrir esa terrible carga de calor. Encima, Gray no estaba para utilizarlo como nevera.

Claro que él no lo haría.

Pese a todo, el calor traía buenas consecuencias.

Las mujeres también se aligeraban de ropa para soportar un poco más el clima. Ya había advertido al resto que no se atrevieran a mirar demasiado a sus hermanas, pero él mismo era un hombre y como tal, caía en las garras del erotismo.

Y es que existía una condenada mujer en todo el gremio que era capaz de crear mil cosas en él. Revolverle el estómago como si unas mariposas invernaran en él y desearan salir. Que su corazón bombeara terriblemente rápido y que su entrepierna se hinchara de una forma muy molesta y, para su desgracia, muy llamativa.

Y ahí estaba, la mujer que causaba todos esos problemas en su cuerpo, sacudiéndose la ropa, acentuando sus perfectos senos mientras abanicaba dentro del escote con un abanico de encajes.

Sus miradas se encontraron durante un instante y como si estuvieran totalmente de acuerdo, ambos se levantaron y buscaron el lugar más fresco y escondido.

Bien. No era lo idóneo. Desde luego que no amainaría el calor ambiental, pero existía otro calor diferente que necesitaba apaciguar y como no era de hombres hacerlo delante de todo el mundo, por más que a los demás les gustara alardear de ello, se mantenían alejados, lejos de las miradas curiosas o que pudieran causarle problemas.

Porque todavía recordaba aquella frase de Laxus de "Si le haces daño, te sacaré hasta el tuétano a base de rayos" y se estremecía.

—Elfman— murmuró ella llamando así su atención.

Bajó la mirada hacia sus ojos y de ahí, a su escote. Ever se encargó de provocar que uno de sus senos quedara a su visión y con un gentil roce de su mano, no tardó en invitarlo a acariciarlo.

El hombre suspiró un ronroneo agradable y sintió como el calor continuaba creciendo por su cuerpo. Ever alargó la mano hasta la cubitera que había conseguido sacarle a Mira sin que esta se diera cuenta. Elfman frunció el ceño, algo dudoso. Ella subió en sus caderas con el hielo en su boca, dando pequeños lametones.

Demonios, esa mujer era capaz de hacerle arder. ¡Arder como un hombre!

El cubito resbaló de su boca a su torso, mojando su piel morena, surcando un camino hacia sus pantalones. Soltó un gruñido contra su boca y meneó sus caderas.

Pero algo helado le llegó desde la espalda. Una ola de frio total que le obligó a rechinar los dientes terriblemente. Ever tiró el cubito hacia atrás y le miró con los ojos abiertos como platos, rechinando los dientes en su pequeña boca.

Ambos, temblorosos, asomaron la cabeza para ver como Makarov había crecido de golpe y todos intentaban retenerle.

—¡GRAY! — Fue todo el grito que llegó por su parte.

Ambos se miraron y suspiraron.

La ola de calor había terminado. Pero ahora comenzaba otra de frio. Ever le miró con diversión, subiéndose las gafas.

—Creo va siendo hora de que acepte la invitación a tu casa. Elfman— susurró mirándole con diversión. Cuando él puso aquel gesto de confusión, acercó su boca a su oreja, dándole un pequeño lametón en el punto justo—. Siempre podemos continuar esto allí.

Y Elfman, por mucho que los gritos tras ellos indicaran que había una ola de frio esa vez, sentía un tremendo calor que no podía esperar a apagar, fuera bajo mantas, enrolladas en ellas o sin ellas.

Porque ese calor, insistía, solo podía calmárselo esa mujer.


n/a

Ya el sexto día, madre mía. Y como es sábado, sabadete, pues subiré prontico el séptimo y esto habrá terminado.

¡Muchas gracias por leer! ¡Ya nos contaremos cosas!