Perdon por la tardanza...
Un padre eterno.
Si aún circulase aire en sus pulmones, su respiración sería lo único que se habría escuchado en ese momento, la enorme sala de estar de la que hubiese sido la casa de Lugonis tiempo atrás, daba una apariencia lúgubre, fría y sola, los cuadros que se mantenía colgados en la pared, se sumaban a la indiferencia que recorría cada rincón marmolado del lugar y la imagen de los tres vampiros que se mantenían inmóviles, con su vista fija uno en el otro, sin pronunciar una sola palabra, podría haber sido en ese momento casi un cuadro realista, solo la poca brisa que se infiltraba por las enormes ventanas semi abiertas movía el largo vestido de la joven rubia que en ese momento se encontraba tratando de convencer a su hermano mayor y su seguidor de un hecho del que ni ella misma podía convencerse aún.
Los parpados de Eri se cerraron una vez más al terminar su declaración, como si se tratase de un juicio donde lo más importante era convencer a un duro juez.
—Así que… muerto—dijo Cardinale, no apartó la vista de su hermana que se mantenía de pie ante él y Amor, quien la dibujaba con una sonrisa sardónica en su rostro—me estás diciendo que… Lugonis se suicidó junto a la mujer en su cabaña y no quedó rastro de él ¿cierto?— murmuró casi con un contenido pesar.
—Yo misma lo vi…—dijo Eri abriendo lentamente sus ojos y levantando su mirada para clavarla en los de su mayor— se lanzó al fuego a pesar de que traté de detenerlo… vacío, sin esperanza—murmuró desviando sus orbes hacia el piso de nuevo, tratando que sus palabras se tiñeran de nostalgia.
—Es una lástima ¿sabes? —dijo Cardinale poniéndose de pie y caminando en dirección a la joven, levantando su mano y dejándola reposar sobre su hombro— el tipo no era tan malo, era poderoso pero terco…
Eri por su parte tenía su rostro cabizbajo y cruzaba sus dedos en espera que el mayor reconociera que ella decía la verdad, tal vez era esa una de las ventajas de ser un vampiro, se repetía incesantemente, no poder demostrar con facilidad las emociones humanas, o a decir verdad, carecer en su totalidad de ellas.
—Lo es…—dijo finalmente la chica levantando su mirada y buscando la de su hermano una vez más— pero ya lo hecho, hecho está, no hay manera de regresarlo y… ¿si no me crees? Puedes mandar al perro de Amor a revisar los restos de la cabaña—aclaró, viendo con una sonrisa al joven que la observaba con ira, el rostro de su hermano le demostraba que creía en sus palabras— ahí podrás encontrar sus huesos, destruí su cabeza para evitar que la gente del pueblo reconociera sus colmillos…
—Excelente trabajo hermana—sonrió Cardinale e inmediatamente se giró rumbo a su habitación, no sin antes detenerse para dar la última orden del día — no me molesten hasta el anochecer…—dijo con su mirada fija en el alba que rayaba las montañas y teñía el cielo con colores más claros.
—Así será…—dijeron tanto Eri como Amor mientras se veían de reojo, ella con una sonrisa y el con furia.
Ambos quedaron en silencio hasta verlo perderse entre las sombras del enorme castillo anglosajón, y una vez que no hubo señal de su presencia se encararon con rapidez.
—Esa sonrisa no te durara toda la eternidad y lo sabes Eri… no sé por qué pero, no creo en una sola de tus palabras… —dijo el chico entrecerrando sus ojos— no soy como tu hermanito que cree en todas las estupideces que le dices…
—Me tiene sin cuidado lo que dure esta sonrisa en mi rostro y todavía más lo que pienses de mí, y si… tienes razón no te pareces en nada a mi hermano, cuando logres superarlo Amor… solo entonces tus palabras podrán preocuparme… mientras tanto sigues siendo el perro fiel de Cardinale… — la joven le dio la espalda y caminó sin temor hasta su habitación— ahora si no te importa tengo cosas que hacer y de paso descansar... — dijo y siguió su paso con tranquilidad, ocultando cualquier ápice de desesperación que pronto se haría evidente.
Amor se quedó en silencio, aun incrédulo por todo lo que había pasado, y con su orgullo todavía más herido que antes, con varias preguntas rondando su cabeza que ahora le hacían dudar de Eri ¿Lugonis había muerto realmente? ¿Había acabado su vida por una simple humana? ¿Le había quitado de sus manos la venganza de su orgullo? ¿Le había ganado de nuevo?, cerró sus puños hasta palidecer sus nudillos y sus dientes se presionaron con fuerza hasta escucharse casi chirrear.
—Maldito seas Lugonis… y tu también Eri…—siseo con rabia rumbo a su habitación.
—x—
Los cálidos rayos de sol poco a poco se fueron infiltrando entre la madera de los viejos pinos, los pájaros ya comenzaban su canto entre los arboles ya iluminados por el suave brillo de la mañana y los animales le daban inicio a sus actividades cotidianas. El corazón de aquel bosque oscuro ese día lucía radiante, en medio de su flora espesa, una pequeña cabaña sobresalía en uno de sus claros más escondidos, no cualquier cabaña, sino una donde los gorgoteos de un pequeño infante comenzaban a llenar de vida el olvidado lugar, a pesar de eso, las ventanas se mantenían herméticamente cerradas, de la misma forma su puerta y cada hendija que existía en la madera, aunque afuera el sol fuese cada vez más abrazador, en su interior reinaba solo la claridad de una vela y los ojos vigilantes y expectantes de un legendario vampiro.
Lugonis se mantenía a una distancia prudente cerca de un improvisado encierro que había construido durante la madrugada, aprovechando que Eri había dormido de una manera casi mágica al infante y este apenas se venía despertando, le parecía fascinante como el niño de unos profundos ojos celestes era tan idéntico a su madre, pero debía será cauteloso, pues cada vez que el bebé lograba verlo un llanto se apoderaba de sus pequeños labios y él aun ignoraba como calmarlo, era tan pequeño no así inútil pues ya se podía parar sostenido de las orillas de su cautiverio. Su cuerpecito regordete le hacía ver adorable, pero su llanto lo hacía insoportable ante los delicados oídos del vampiro.
Él solo debía ser paciente, y esperar que Eri regresara con algo de comida para Albafica, pero la espera se estaba volviendo insoportable, el niño lloraba cada vez más y más y se tentaba a cargarlo entre sus brazos copiando lo que la rubia había hecho durante la madrugada rogando tener el mismo éxito ¿Por qué no?, de todas formas no podía salir a cazar algo, o siquiera asomarse, sus energías estaban agotadas y la sed comenzaba a asediarlo, finalmente se acercó hasta el encierro y con suavidad tomó al pequeño para sacarlo y casi de inmediato hizo silencio, Lugonis sonrió victorioso y decidió sentarse junto a él en una pequeña mecedora de madera pero de nuevo el llanto sumado a un desagradable olor le hicieron al pelirrojo arrepentirse de inmediato.
—Por todos los cielos…—dijo Lugonis con una mueca de asco mientras se ponía de pie con rapidez para colocar al niño de nuevo en su improvisada cuna y se alejaba para sentarse a su lado pero en una vieja cama— Eri… ¿Dónde estás? —Se preguntó sujetando su cabeza para luego voltear hacia el niño —Realmente pensé que esto sería más fácil ¿sabes?…—le dijo al pequeño que se había puesto de nuevo de pie sujeto de las orillas con sus mejillas bañadas de lágrimas y su pañal sucio.
Albafica se quedó en silencio por un momento sin perder de vista al hombre frente a él que le hablaba, asustado, de ver al desconocido que lo había apartado de la mujer que lo alimentaba, a sus ocho meses las imágenes de su familia estaban compuestas por la mujer de cabellera larga que le hacía cosquillas en su nariz mientras le cambiaba, y un pequeño que a diario se asomaba a su cuna y le sacaba a recibir el sol de la mañana, pero ese día ninguno de los dos había llegado, nadie se había preocupado por cambiarle su pañal o darle de comer, y aparte, la noche aun no terminaba, estiró su manita moviendo sus deditos hacia el pelirrojo, dejando caer de nuevo un par de lágrimas gruesas y dejando ver su encía totalmente limpia sin ninguno de sus pequeños dientes.
—No tienes ni dientes…—murmuro Lugonis con una media sonrisa— ¿qué te puedo dar de comer… si no puedes ni morder?
Albafica se rindió incomodo de su propia suciedad y continuó llorando, intensificando cada pequeño llanto, convirtiéndolo en un grito fino y chillón.
—No… —el pelirrojo trató de nuevo de consolarlo, pero esta vez el niño le negaba los brazos, suspiró acongojado poniéndose de pie y caminando de un lado a otro alborotando su cabellera para suavizar la impaciencia que se le acumulaba tras su nuca.
De repente sus ojos viajaron a través de la habitación, buscando algo que pudiese servirle de consuelo al menor, alguna mamila, alguna fruta traída por las ardillas, pero su mirada recayó en su capa negra que colgaba tras la puerta, entonces analizó, salir al exterior podría significar su muerte, el sol les debilitaba, les envejecía de manera acelerada hasta ocasionarles la muerte, incluso hasta calcinarlos, pero era un sacrificio que posiblemente valiese la pena, tal vez y pensándolo bien, si lo dejaba al lado del camino más próximo algún humano podría llevárselo. Sin dudarlo más la tomó y se la coloco tapando lo más que podía su piel, luego se acercó al niño y lo cargó saliendo por la puerta de atrás hacia el bosque.
—x—
Cuatro caballos negros como una noche sin luna guiados por un jovencito tiraban de un carruaje oscuro, la velocidad con la que estos eran llevados permitía que una nube de polvo se levantase bajo sus patas y ruedas, haciendo que su figura luciera aún más fantasmagórica contra la luz del sol que apenas se atrevía a aventurar entre el espeso paisaje. Las calles que rodeaban el pequeño pueblo anglosajón, eran lugares que nadie se atrevía a transitar a altas horas de la noche o aun de madrugada, y eran perfectas para que Cardinale y los suyos viajaran de un lugar a otro casi como seres humanos ordinarios, o bien pudiesen alimentarse de algún forastero sin provocar tanto terror en el lugar donde vivían.
Pero esta vez no se trataba de trasladarse de un pueblo a otro, o de ir de cacería, esta vez se trataba de un plan bien armado por parte de Eri, exclusivamente para poder ayudar a Lugonis con el pequeño humano, esta vez la joven necesitaría de toda la astucia que pudiese para poder llevar a cabo tan elaborado plan y que ni su hermano ni el fastidioso de Amor o bien el resto de vampiros de otros pueblos pudiesen darse cuenta de lo que pasaba en el claro más profundo del bosque y su primera parte ya estaba completada con éxito. Entre sus pálidas manos, llevaba una canasta de mimbre con frutas y algo de leche que logró conseguir de una mercader que apenas abría su negocio, la madre del joven que esta vez y con rapidez la llevaba hasta el misterioso punto sin hacer una sola pregunta, cabe resaltar que tanto Eri como su hermano y los demás eran vistos como personas de la alta sociedad que solo salían de noche por padecer una extraña enfermedad fotosensible, por lo tanto su presencia entre los habitantes no era de temer, además de que solían contratar sirvientes que fuesen extranjeros para evitar rumores y cambiarlos con regularidad, quienes mantenían su lado humano a flote dándole al castillo una apariencia menos terrorífica y abandonada durante el día.
El camino se extendió entonces por casi por una hora saliendo del pueblo, el sol, cada vez más fuerte amenazaba con filtrarse entre el cobertor del amplio carruaje, pero las bestias que lo jalaban parecían no quererse detener, evitando a toda costa que su pasajero sufriese algún daño debido a la alta exposición de la luz. La rubia levantó apenas un poco de aquella gruesa y oscura cortina para verificar que se encontrase en el mismo punto donde podía adentrarse hasta la abandonada cabaña, de una seña, jalando una pequeña campanilla, detuvo su transporte y cubierta con una capa se atrevió a salir bajo el fuerte astro, hizo señas a su acompañante para que este se bajase e instruirlo antes de comenzar su travesía.
—Cuando veas que el sol comienza a esconderse tras las montañas vendrás a este mismo lugar… ¿queda comprendido Yato?
—Si señorita… —sonrió el inocente joven castaño— ¿pero está segura que no quiere que la acompañe? —Preguntó apartando una pequeña boina para secar el sudor y ver hacia la dirección que pretendía tomar la chica— este bosque es peligroso…
—Estaré bien, no debes preocuparte por mí, solo le daré de comer a unas personas pobres que conocí días atrás… ¿de acuerdo?
El chico de no más de dieciséis años sonrió afirmando con su cabeza, sabía que no debía hacer más preguntas, su madre le había aconsejado mantenerse al margen de toda situación y regresar a casa con el primer lucero que pintase en el cielo del anochecer, sus ojos verdes mostraban el brillo jovial de todo adolecente y su sonrisa estaba llena de sinceridad.
—Si señorita… — dijo finalmente subiendo de nuevo para partir lejos del lugar.
Por su parte, Eri lo vio partir y cuando este se perdió por el angosto camino, entre los gigantes árboles, ella se recogió el vestido y sin perder más tiempo se adentró entre los arbustos, jalando a cada paso el oscuro encaje, sintiendo un poco de malicia, pues para ella salir de día era un suicidio, aferró contra su pecho aún más los comestibles y avanzó entonces a un paso más veloz. Sus manos recubiertas por guantes negros sobresalían entre su ajustado y descotado vestido, sus rizos rubios salían uno que otro bajo la capucha y sus ojos de un celeste casi transparentes iban fijos en la tierra viendo o buscando las huellas que ella misma dejase esa madrugada luego de dejar al pelirrojo con el bebé.
Se detuvo frente a la vieja cabaña, algo deteriorada ahora que la observaba a plenitud, totalmente de madera con musgo nacido sobre su tejado y algunas enredaderas en la pared, las ventanas aun cerradas y una que otra hendija descubierta por donde apenas y se dejaba ver la luz de las velas encendidas, por un momento sonrió con tranquilidad viendo que no había rastro de algún enfrentamiento, todo estaba tal y como ella lo había dejado a excepción de una cosa, había silencio, mucho silencio, demasiado para que a esas horas de la mañana un niño tan pequeño estuviese callado.
—No…—murmuró dejando caer la canasta en el suelo y acercándose a toda velocidad para abrir la puerta con brusquedad, esperando lo peor— ¡Lugonis! —Gritó casi exasperada viendo la soledad de la vivienda, las ropas del niño voladas por el piso y su pequeño encierro volcado— no puede ser Lugo…—susurró Eri entrando y sosteniendo entre sus manos la pequeña batita — no pudiste soportarlo… —dijo dejándose caer en la cama, recorriendo el piso y cada centímetro de la casa, buscando indicios que le permitieran saber que había pasado, sus ojos buscaron en cada rincón hasta dar con la pequeña mamila del niño y su liquido derramado, luego las huellas de las botas de Lugonis llevándola a la puerta trasera que se mecía suavemente por la brisa. Entrecerró sus ojos poniéndose de pie y caminó lentamente hasta abrirla en su totalidad, no sin antes colocar su capucha para luego quedar totalmente sorprendida.
Tras la cabaña, un pequeño riachuelo había formado un inusual lago y en medio de este, el pelirrojo cubierto con la capa, quien mecía al infante totalmente desnudo entre sus brazos mientras este gorgoteaba de tranquilidad intentando tocar los mechones rojos que le caían sobre su frente
Eri dio un suspiro de tranquilidad llevándose la mano al vacío pecho, sonrió y caminó hasta la orilla apartando su capucha antes de arrodillarse hasta tocar el agua con sus dedos.
—Lugo…
—Shhh…—siseó el vampiro—mira… le gusta el agua del lago…seguro su madre lo solía bañar en el todas las mañanas —murmuró, sin perder de vista los ojos celestes del menor que abría y cerraba sus manitos con ansias tocándole el cabello.
—Eso veo…—dijo Eri poniéndose de pie— pero lo enfermaras si no lo sacas ya…—ensanchó su sonrisa abriendo sus manos para recibir el niño— anda… dámelo…
Lugonis vio de uno a otro casi con pesar, le había costado tanto contentarlo y ahora debía escucharlo llorar de nuevo.
—Pero…
—Anda… te mostraré como calmarlo y darle su comida.
—Eri…
—Lugo… en serio— sonrió con ternura viendo como el mayor lo pensaba para cargar al niño de nuevo hacia ella — te felicito…
— ¿Por qué?
—Eres un excelente padre vampiro— rio con gracia tomando al pequeño para envolverlo en su capa— ahora a poner un pañal
Lugonis se detuvo un momento antes de salir del agua, viendo como la rubia mecía suavemente al niño haciéndolo reír por un momento mientras entraba a la casa y cerraba la puerta tras ella.
—Plantare un rosal…—murmuró para sí mismo con una media sonrisa en su rostro— padre vampiro…
—x—
Más allá de aquella escena tan dulce, un pequeño de cabellera celeste, se escabullía entre los puestos de verduras para conseguir algo de comer, luego de la noche anterior, luego que su hermano fuese robado por el extraño hombre que había matado a su madre y la extraña mujer quemado su casa, el pequeño Fraileen había quedado por su cuenta como uno más de los huérfanos que vagaban por las orillas de las iglesias pidiendo limosna, su estómago rugía con fuerza ante los exquisitos olores que despedían los puestos de comida, tenía frio, miedo, había querido llorar pero se había tragado todas sus lágrimas, el coraje que su corazón había tomado como escudo se hacía cada vez más poderoso. Una roca que sobresalía del suelo le hizo tropezar haciéndole caer con rudeza en el piso y golpearse los codos, aun así tragó grueso para no llorar.
—Niño…
La voz de un adolecente le hizo levantar la mirada, y un par de ojos celestes le vieron con soberbia.
—Aquí los huérfanos extraños no son bien recibidos… —completo otro moreno que se acercaba— ¿de dónde te escapaste? Deberías irte por dónde has venido…
—No es su problema… —murmuró el pequeño poniéndose de pie mientras sostenía su brazo— ¡déjenme en paz! — gritó con fuerza y sonrió cuando los otros chicos bajaron su mirada y dieron un paso atrás.
—Así que escapando del orfanato— dijo una voz a sus espaldas tomándolo por sus hombros con sorpresa— eso se castiga con unos cuantos azotes ¿cierto pequeñas ratas?
—Si señor Guilty…—murmuraron sin levantar la vista.
El hombre soltó una fuerte carcajada, pero aun así Fraileen no se inmutó, mantuvo silencio mientras su captor lo volteaba para verle la cara sosteniéndole de su camisa.
— ¿Cómo te llamas mocoso? — preguntó dando una cachetada sobre las rosadas mejillas.
El pequeño peliceleste buscó con la mirada entre la gente que murmuraba al pasar a su lado, en las paredes de piedra y las calles llenas de rocas algún nombre para no ser reconocido por sí mismo, vio la mujer que vendía rosas y sobre la mesa la diosa que su madre mantenía como regalo de alguna tía abuela lejana y de la cual escuchaba historias fantásticas que su madre llamaba mitología, Afrodita era hermosa, pero al mismo tiempo poderosa y temida.
— ¡He dicho que como te llamas niño! — Guilty abofeteó con más fuerza al menor, hasta escucharlo gemir.
—Afrodita…—murmuró casi inaudible, tapando su rostro con las manos — ¡mi nombre es Afrodita! — gritó dejando al fin escapar un par de lágrimas sobre sus mejillas.
—Bueno, Afrodita… te iras en un barco esta noche, hay demasiados huérfanos en la ciudad como para que uno más llegue a robar otro plato de comida en la mesa.
Fraileen ahora Afrodita, se mantuvo callado, sereno, no hizo algún esfuerzo por liberarse y salir corriendo, al contrario, solo cerró sus ojos, para él no quedaba nada en esa ciudad o en su vida misma que valiese la pena, asintió y el hombre moreno y alto lo lanzó con brusquedad al piso polvoso.
—Ustedes dos, llévenlo a la casa, aséenlo y denle un poco de leche y pan, que la nodriza corte su cabello, no puede llevar parásitos ni hambre en el barco o lo tirarían por la borda…
—Si señor…—murmuraron al unísono viéndolo partir— te dijimos que mejor te fueras por donde habías venido niño…— dijeron una vez a solas mientras lo recogían del piso— ¿acaso de verdad no tienes algún familiar en este lugar? — El peliceleste negó cojeando al lado de los más grandes — tienes suerte de que te mandaran a algún orfanato en las afueras de esta maldita ciudad sabes, la gente se está desapareciendo…— Afrodita levantó su mirada y se detuvo por unos instantes.
—Mi madre fue asesinada y el asesino se llevó a mi hermano…. —murmuró antes que uno de los chicos le empujara con suavidad para que no se detuviera.
—Mi madre decía que había demonios nocturnos tras las mujeres que trabajaban de noche, ella era una prostituta… y desapareció…
— ¿Por qué nadie hace nada? — preguntó con frustración.
—Por qué somos hijos de la nada Afrodita… nuestros padres tienen trabajos degradantes, si mueren más bien hacen un favor al mundo…
—Eso dice el cura que visita el orfanato constantemente…
—Juro que cuando regrese, buscare al asesino de mi hermano y madre y lo hare pagar con sangre.
Los chicos se tiraron miradas y risas y negaron lentamente con su cabeza.
—Vaya que tienes esperanzas Afrodita…
— ¿Por qué lo dices?
—Nadie a regresado a este pueblo, los niños que alguna vez se van nunca regresan, nadie desea hacerlo…
—Pero yo lo haré… se los prometo.
Los jóvenes alborotaron su cabello y lo observaron con resignación, señalando el camino hacia la casa que llamaba orfanato, abriendo la puerta y cerrándola a sus espaldas en dirección a un futuro incierto.
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