Mis chicas queridas, debo decirles que este es el final de este fic, dije que sería de tres capitulos y cumplí.

estoy muy triste la verdad, hubo una ola de plagios en fanfic y comenzaron a publicar en amazon esas historias.

lo lamento por las autoras a las que les robaron las obras y yo estoy con un ataque de miedo por eso.

ustedes saben que mi bebé es "Deseo Irresistible" y moriré si si alguien me lo roba. es por eso que les pido su ayuda porque sé que solo ustedes pueden denunciar a las que roban las historias de otras autoras.

Les pido una disculpa por la tardanza y por molestarlas de alguna manera.

Un beso enorme


Estaba de pie frente a ella. Kagome me miraba con deseo y su aroma dulce estaba más intenso y delicioso. Ella había llevado mis manos a sus pechos y me miraba fijamente, gimiendo con suavidad y subiendo la intensidad cuando yo masajeaba más fuerte. La podía ver agitada, con sus mejillas sonrojadas por la pasión. Me acerqué a ella e hice lo que hace tanto tiempo deseaba con todas mis fuerzas: la besé.

Kagome parecía sorprendida en un principio, pero enseguida correspondió a mi beso. La abracé contra mí, aplastando sus pechos contra mi propio pecho, sintiendo los latidos de su corazón que latía con fuerza a la par con el mío. De un momento a otro los dos estábamos desnudos, y extrañamente no estaba avergonzado por eso. Kagome acariciaba mi torso y me miraba con esos ojos brillantes, que ahora podía reconocer como ojos llenos de deseo. Acaricie la espalda de Kagome, sintiendo su infinita suavidad y la calidez de su piel, mientras que ella me recorría con sus manos. Gruñía preso de la lujuria, pero no era solamente eso lo que me tenía en un estado de euforia, era el hecho de que ella estaba conmigo y que iba a estar más cerca de ella que nadie. Íbamos a estar unidos, porque solo los dioses sabían que nadie podría separarme de ella, ni ahora ni nunca.

—Te quiero…—me dijo ella besándome en los labios. Colocando una de sus manos sobre mi corazón, mientras que la otra estaba en mi cabeza, tocando una de mis orejas, algo que solo podía hacer ella, algo que representaba su aceptación a mi lado youkai.

No pude responder sus palabras ni su gesto. Enseguida un nudo se me hizo en la garganta, el mismo que jamás me permitía decirle mis verdaderos sentimientos hacia ella. Kagome me miraba fijamente, pero de pronto sus ojos se fueron apagando, poco a poco, hasta volverse blancos. La vi desvanecerse ante mí y yo no pude hacer nada más que ver como ella palidecía y caía de mis brazos.

— ¿Kagome? —la llamé. Ahora estábamos ambos vestidos. Ella con su uniforme manchado de sangre y yo con las manos manchadas con su sangre. Kagome tenía la vista perdida, no miraba nada, pero tenía una expresión asustada, que quedó grabada en su rostro. Un sudor frío corrió por mi espalda cuando me vi a mi mismo parado junto a su cuerpo, pero como youkai. Veía la imagen como si fuera un mero espectador de la escena que se reproducía ahí frente a mí. Ambos estábamos manchados de sangre, él con una expresión desquiciada y yo con una expresión de pánico— ¿Qué hiciste? —le pregunté. Él solo me miró, para luego mirar sus garras. Levantó a Kagome en sus brazos, mirándola y lamiendo la sangre de su mejilla— ¡¿Qué hiciste?! —insistí, a punto de ponerme a llorar, deseando matarlo, matarme a mí mismo por aquello.

—No pude salvarla…—me dijo él, con su voz distorsionada por un gruñido. Lo vi acariciar la mejilla de Kagome con su propia mejilla y llorar. La imagen era tan dolorosa: Kagome muerta en mis brazos, pálida y fría. Nunca había llorado, jamás hasta que pensé una vez que la había perdido. Pero el pensar en que ella estaba muerta, era demasiado doloroso— nunca le dije que la amaba…

—Kagome… —ella estaba ahí en los brazos del Inuyasha youkai, pálida y sin vida— oh Kagome… lo siento…—fue lo único que pude decir mientras me acercaba a ella, intentando de alguna manera alcanzarla.

—no pude cuidarla… no pude…—mi yo youkai rugió por el dolor y Kagome se desvaneció en el aire, con la brisa del viento. Yo grité y mi yo youkai rugió perdiendo la consciencia, transformándose completamente y perdiendo la razón.

—No le dije que la amaba…—dije a la nada, viendo como ella desaparecía— ¡Kagome! —sentí como yo me transformaba, como el dolor y el sentimiento de fracaso se apoderaba de mí. Rugí de dolor y de rabia por no haber podido cuidarla, porque el no haberla protegido era como si yo mismo la hubiera matado.

— ¡amo Inuyasha! —la voz la pulga Mioga me sacó de la pesadilla espeluznante. Miré al viejo Totosai quien me miraba de la misma forma preocupada de Mioga— ¿qué ha sucedido amo? —Me preguntó la pulga— ha gritado el nombre de Kagome…

— ¿acaso en tu sueño murió? —la voz de Totosai hizo que me estremeciera y que el terror me invadiera. Apreté la empuñadura de mi espada que palpitó intentando sellar mi sangre demoniaca— voy a tomar esa acción como un sí…

—No seas así —lo reprendió la vieja pulga. Llevé ambas manos a mi cara y solté un suspiro tembloroso— amo Inuyasha, debo decirle que huele demasiado a miedo, si me permite el atrevimiento…

—Que delicado eres Mioga, solo dile que apesta a terror y ya —miré a ambos ancianos y me pregunté cómo fue que mi padre no los asesinó en el pasado— ¿Qué ha sido lo que ha pasado con la chica humana que tienes tanto miedo? —cerré los ojos al recordar todo lo que había pasado. Llevaba cuatro días lejos de ella y la extrañaba, pero necesitaba tranquilizarme antes de volver.

—Casi muere —fue lo que le dije. Mioga quiso saber los detalles y yo le conté todo lo que había pasado. Ambos se quedaron con expresiones pensativas y me miraron fijamente después.

— ¿Cuándo es que tienes pensado irte? —la voz del viejo Totosai sonaba curiosa, mientras trabajaba en una espada.

—Debería haber vuelto —fue lo único que dije. Mioga soltó una risita.

—el amo no puede estar demasiado tiempo lejos de Kagome y creo que menos ahora que tiene tanto miedo de que le pase algo —miré amenazadoramente a Mioga que enseguida soltó un carraspeo y dejó de reír.

—Pues no importa lo que digan, Inuyasha, eres un tonto —solté un gruñido y le fruncí el ceño al youkai herrero que me miraba tranquilamente—. No me mires así. A estas alturas de tu vida ya deberías tener claras las cosas. Si estás interesado en la mujer solo ve y tómala. Ya sabes que si se hacen compañeros podrás cuidarla mucho mejor…

—el amo tiene miedo de ser demasiado duro con ella —dijo Mioga sentado y con una expresión sabia— además no es como si solo estuviera interesado, está totalmente enamorado de Kagome, tanto que se vuelve tonto en su presencia…

—Tonto es todos los días. El que esté enamorado no hace ninguna diferencia —replicó Totosai.

—Pero se vuelve aún más tonto —contestó Mioga. Ambos parecían haberse olvidado de que estaba ahí escuchando y viendo todo— además el amo Inuyasha no tiene idea de lo que debe hacer, a pesar de que hace ya mucho tiempo maduró, recién ahora están despertando sus instintos carnales y no sabe qué hacer con ellos. Pero creo que el amo no sabe que solo debe hacerles caso…

—Como si fuera tan fácil —les dije gruñendo, fastidiado de que me ignoraran.

—A tu padre, el gran Inu no Taisho no le costó demasiado… —dijo Totosai sopando sobre la espada que estaba arreglando.

—Yo no soy mi padre —repliqué.

—Eso es cierto, de ser él ya estarías emparejado con la humana —respondió con simpleza— pero tu padre tuvo el mismo miedo, porque Izayoi era humana y era muchísimo más delicada que tu humana. Pero tu padre confiaba en sí mismo como confiaba en que tu madre no le tenía miedo y lo aceptaba. Ten claro que tu padre era un youkai y sus instintos eran muchísimo más fuertes que los tuyos…

—pero mi padre ya tenía los suficientes años como para tener control sobre sí mismo. Mioga me dijo que mi padre era un demonio con muchos años a cuestas —miré la espada que me dejó de legado mi padre y la apreté con mi mano.

—Eso es cierto, amo Inuyasha —respondió Mioga— pero aunque haya sido un demonio legendario, también sintió miedo. Usted sabe que su madre fue asesinada el día que le estaba dando a luz, pero aunque su padre no dudo ni un instante al usar a colmillo sagrado, estuvo todo el día lleno de pánico porque a la señora Izayoi no le pasara nada, pensando en llegar a tiempo para poder cuidarle a ella y a usted —me contó— así que no debería cuestionarse tanto amo… todos han pasado por lo mismo que usted.

—Además Inuyasha —dijo Totosai— eres muy afortunado, encontraste a tu compañera siendo joven. Muchos pasan años y nunca la encuentran. El aroma que dices que tanto te vuelve loco no es más que el aroma de tu compañera destinada que fue hecho precisamente para que no pudieras resistirlo y la reconocieras. Así que deja de ser un tonto y ve con tu mujer. Si tienes miedo de que le pase algo, pues hazte más fuerte y cuídala. Además tu mujer no es una mujer débil, es una sacerdotisa. Deberías aprender a confiar más en ella…

—Y ya tranquilícese amo —Mioga dio un salto y se puso sobre mi rodilla— siempre que usted tenga confianza, nada le va a pasar. No deje que el miedo lo supere. Quizás cuando combatió con Kaguya, Kagome estuvo a punto de morir, pero no fue así porque ella es fuerte y porque usted también lo es y llegó a tiempo. Piense en eso y solo crea… sería bueno ya que Totosai y yo pudiéramos ver a sus cachorros, ya que no vamos a vivir para siempre… —me sonrojé de solo pensarlo y me levanté de golpe, dándoles la espalda.

—Inuyasha —me detuvo Totosai cuando comencé a caminar. Me voltee y esperé a que me dijera algo— toma… —me lanzó un pequeño objeto y yo lo quedé mirando con sorpresa. Se me hacía familiar el pequeño colgante dorado con forma de flor, que tenía una pequeña piedra de color rojo— lo mandó a hacer tu padre para tu madre hace años…—miré el objeto y una profunda nostalgia me llenó— tu madre me lo entregó antes de morir para que lo cuidara por ti. Izayoi sabía que encontrarías a tu compañera. La piedra fue un regalo de tu padre por tu nacimiento. Es una piedra de fuego. Una vez que se lo regales a tu compañera nunca podrá quitárselo y siempre cuidara de ella…

—gracias… —fue lo único que pude decirle con un nudo en la garganta.

—Bueno, vete de una vez —Totosai siguió arreglando la espada y yo me di la vuelta.

— ¡espero que esta vez sea valiente y se confiese, amo! —gruñí al escuchar el grito de Mioga, pero decidí ignorarlo, escuchando tras de mí la risa de Mioga y de Totosai.

—Ya me las pagará esa maldita pulga —le dije a la nada.

Llevaba demasiados días lejos de mi grupo, pero creo que ya estaba mejor, al menos en lo que respecta a mis miedos. Ya Miroku y los viejos me lo habían dicho. Tenía que creer, en ella y en mí, tenía que decirle que la quería. Aunque ahora que la idea estaba en mi cabeza me temblaban las manos y me sudaban. Estaba aterrorizado. Me detuve en mi carrera y me apoyé en un tronco, con la respiración acelerada por el terror. Cerré los ojos y me puse a pensar en cómo demonios le iba a decir a Kagome que la quería. Decírmelo o reconocerlo ante mí era relativamente sencillo, pero ante otros no y mucho menos ante ella. Mi corazón se aceleró al imaginármela enfrente. ¿Cómo diablos iba a decirle? Nunca he sido bueno con las palabras, nunca. Estaba acostumbrado a actuar más que a pensar y decir las cosas. Solo de imaginármela enfrente y mirándome me hacía temblar de miedo y se me cerraba la garganta. Mi corazón se aceleró aún más y temblé de pies a cabeza sonrojándome. Miré el colgante de mi madre y pensé en ella. No creo que estuviera muy orgullosa de tener un hijo cobarde. Apreté el colgante en mi puño, intentando calmar mis temblores y relajarme. Respiré profundo y miré hacia adelante empezando a correr en la dirección a donde ellos estaban.

Cuando llegué al lugar donde había estado el campamento y no los vi, entrecerré los ojos con extrañeza. Pensé que seguramente al ver que no volvía, habían decidido seguir el viaje confiando en que yo los alcanzaría. Seguí el aroma del grupo y corrí hacia el este a donde mi nariz me llevaba. Me paralicé al sentir el olor a sangre. Escuché el gritó lleno de terror de Shippo y desenvainé a colmillo de acero dando un saltó. Un demonio que apestaba a Naraku me dio la bienvenida. Posiblemente era otra de sus extensiones. Lancé el viento cortante, pero el bastardo lo esquivó, solo hiriéndose en el brazo. Cuando llegué al suelo di una mirada rápida a los muchachos y vi a Sango montada en Kirara eliminando a unos youkais que estaban en el cielo. Miroku hacía lo mismo desde tierra eliminando a los que se veían más fuertes. Busqué a Kagome con la mirada y no la vi. Un temblor me recorrió al no olerla en ninguna parte.

— ¡¿Dónde está Kagome?! —pregunté a cualquiera de ellos que pudiera responderme.

— ¡se la llevaron! —Me gritó Shippo detrás de Miroku— ¡ese demonio horrible se la llevó!

— ¡¿Naraku?! —grité llenándome de rabia.

— ¡no! ¡Ese demonio que tienes enfrente! —me contestó Shippo.

— ¡es una extensión de Naraku que puede replicarse! —Me gritó Sango, mientras lanzaba su boomerang a los demonios— el original fue el que se la llevó.

— ¡era una trampa! —Me gritó Miroku llegando junto a mí, mientras me deshacía con mi espada de los youkais que venían hacia nosotros— nos separaron a todos y se la llevó cuando nos empezaron a atacar…

—ese maldito…—vi a la réplica y le rugí lleno de rabia.

— ¡toma Inuyasha! —vi como Shippo corrió hasta mí para darme el haori que le entregué a Kagome antes de irme. Sin perder de vista al youkai me lo puse y el reconfortante aroma de Kagome me dio la bienvenida.

—voy a acabar contigo —le dije al youkai frente a mí. El maldito bastardo no hablaba, solo me miraba con burla. Cuando tronó los dedos una imagen de Kagome apareció. Sango gritó al igual que Shippo y Miroku ahogó uno. Yo rugí de rabia y de miedo. La imagen de Kagome la mostraba herida completamente.

—la pequeña perra no se quedaba quieta…—cuando él río, sentí mi youki crecer y me lancé contra él con un rugido de rabia, cortando su risa y su cuerpo.

—basura…—le dije cuando lo vi desaparecer al ser cortado por mis garras. Mi voz sonaba más ronca y tenebrosa, mi poder sobre natural había aumentado considerablemente. La imagen de Kagome desapareció al instante. Mi espada palpitaba intentando contener mi sangre demoniaca, pero mi rabia era más fuerte. Seguí el suave rastro del aroma de Kagome y corrí en esa dirección. Escuché que mi grupo se quedaba atrás combatiendo con el resto de los gusanos que Naraku había enviado, pero confié en que ellos podrían contra ellos.

Corrí a toda velocidad, lleno de pensamientos deseosos de sangre y de venganza. Cuando llegué vi a Kagome apoyada sobre una rodilla; mientras que apuntaba una flecha al youkai que se la había llevado. Gruñí al verla herida por todas partes. Su sangre era lo único que podía oler. La extensión de Naraku tenía tentáculos que salían de la punta de sus dedos y era de ahí de donde salía el olor a sangre de Kagome. Varias partes de su cuerpo lucían agujeros por donde supuse habían herido las flechas de Kagome. Ella parecía tener dolor pero su mirada firme y desafiante, aun en mi estado youkai, me llenó de orgullo. Cuando el bastardo lanzó un ataqué contra ella, me atravesé en su camino y le mostré mis garras con su sangre cuando lo corté. Escuché un gritó de sorpresa de Kagome pero la ignoré, fijándome en el maldito frente a mí.

Fue así que comencé a pelear con el bastardo. Disfrutando plenamente cada vez que lo hería, ignorando el dolor de las pocas heridas que me había causado. Vi una flecha pasar junto a mí y darle en el corazón al youkai y aproveché de terminarlo. Cuando mis pies tocaron el suelo, vi como caía esa pequeña basura que no había sido suficiente rival para mí, sonreí con malicia e hice sonar mis garras. Miré a Kagome y la vi mirar al youkai caído. Caminé hacia ella lentamente mostrándole mis garras manchadas con sangre y un poco de la carne del youkai. La vi mirarme con sorpresa y quedarse paralizada, pero enseguida sus ojos se agrandaron al mirar lo que sea que había detrás de mí. Yo estaba a un metro de ella y me tensé al verla correr hacía mí, le gruñí como advertencia, rogando que no se me acercara, pero ella me tomo de los brazos y me dio la vuelta. Cuando entendí lo que había pasado, rugí: Kagome había visto como el youkai, con sus últimas fuerzas, había lanzado un ataque hacia mí y se había interpuesto, aun cuando yo estaba transformado. La vi dar un grito ahogado, mientras me daba un apretón a los brazos, intentando sostenerse. Su aroma a sangre, que era bastante fuerte, se intensificó, delatando que la herida era mucho más profunda. La tomé en brazos, todavía convertido en youkai, viendo la herida de su estómago. Las lágrimas llenaron mis ojos y rugí con fuerza. La pequeña mano de Kagome me tocó en la mejilla y me dio una débil sonrisa, mientras me daba una pequeña caricia tranquilizadora.

—Calma… —me dijo su voz débil y suave, sin perder esa sonrisa. Le gruñí sin dejar de llorar, intentando pensar en algo para ayudarla— tranquilo, Inuyasha…—me dijo consolándome con su voz suave, cuando yo debería consolarla a ella.

—Kagome…—le dije con mi voz distorsionada por mi transformación— qué hago… —dije en un gruñido. Kagome comenzó a cerrar los ojos— no te mueras… no te atrevas…—la amenacé. Ella se abrazó a mí y escuché como sus latidos disminuían. La desesperación me inundó y vi que la blusa de su uniforme se manchaba más y más de su sangre. Preso de la desesperación dejé que mis instintos me dominaran por completo.

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Inuyasha se llevó a Kagome a lo profundo del bosque, mirando hacia todos lados asegurándose de que no había nadie. Cuando se detuvo, dejó a Kagome recostada en la hierba y comenzó a desvestirla a toda velocidad, teniendo cuidado de no lastimarla con sus garras, con toda la delicadeza que en su estado podía tener. Kagome respiraba cada vez más lento y el youkai frente a ella comenzó a lamer las heridas, dándole especial atención a la herida de su estómago. A pesar de que sus movimientos era tranquilos y certeros. Sus ojos seguían derramando lágrimas, delatando que en su interior el miedo y el dolor seguían presentes dentro de su corazón. Kagome abrió los ojos, débilmente, fijándose en el Inuyasha youkai que estaba lamiendo sus heridas. Si no hubiese sido por el terrible dolor que sentía en todo su cuerpo, y por sobre todo en su estómago, se hubiera avergonzado de sentir la lengua de Inuyasha pasar por su cuerpo. Se sobresaltó cuando vio a Inuyasha morderse una muñeca hasta sacarse sangre, vio y sintió la sangre de Inuyasha caer sobre la herida de su estómago. Un profundo escozor fue lo que llegó a sentir cuando este se transformó en un dolor demasiado parecido a una quemadura.

Gritó al sentir el ardor e Inuyasha la hizo mirarlo a los ojos. Tembló, sintiendo un poco de miedo al ver las marcas violetas y esos ojos azules aterradores mirarla tan fijamente. Se sorprendió al ver una gota de sangre caer desde la boca de él, pero quedó aún más impactada al sentir los labios de Inuyasha sobre los suyos, intentando que abriera la boca. Solo del shock, Kagome la abrió, degustando el sabor metálico de la sangre de Inuyasha en su propia boca. Intentó escupirla, pero la boca de Inuyasha sobre la suya se lo impidió, obligándola a tragar. Cuando la sangre llegó a su estómago, la sensación de ardor se hizo todavía más fuerte y solo pudo gritar, sintiendo como le ardía todo el cuerpo. Inuyasha se separó de ella viendo como convulsionaba sobre la hierba, gimiendo y hasta gritando del dolor. Como youkai, se quedó estático mirando como poco a poco la herida del estómago se cerraba, mientras ella gritaba; su corazón de humano y de hanyou sufrió al verla sufrir, pero en el fondo sabía que si quería que viviera ella tenía que pasar por ese dolor.

Kagome sentía que le iba a estallar la cabeza y el cuerpo, el ardor la consumía y se sentía como si se estuviera quemando viva sobre lava ardiente. Por un segundo sintió que se moría solo por el dolor que sentía en el cuerpo. Gritó y maldijo todo lo que se sabía, arrancando de paso algunas hierbas.

—"Dios voy a morir" —pensó mientras las convulsiones se hacían cada vez más seguidas y fuertes. De un momento a otro todo se detuvo, sorprendida por ya no sentir más dolor se sentó, poco a poco, temerosa de hacerse un daño innecesario, y se vio el estómago. Lo primero que notó fue que ya no tenía ninguna herida en el cuerpo, lo que la sorprendió; lo segundo que pasó fue que se dio cuenta de su estado de desnudez, pensando que estaría completamente desnuda si no fuera por su ropa interior. Se sonrojó hasta la raíz del cabello y llevó sus piernas a su pecho intentando cubrirse. Miró al Inuyasha youkai que la miraba como si fuera un depredador, y aun así logrando parecer curioso, observando todo lo que hacía sin tener la más mínima intención de atacarla o hacer algo. Kagome no lo perdió de vista mientras que él la observaba y la recorría entera con los ojos— Inuyasha…—lo llamó ella un poco asustada— emm gracias…—fue lo único que pudo decir.

—Estás… viva —dijo él con su voz gutural. Kagome se estremeció sin poder evitarlo. Aunque confiaba ciegamente en él, eso no quería decir que su propio instinto de supervivencia no funcionara. Podía sentir su fuerza sobrenatural y mentiría si dijera que a veces no se asustaba, pero era Inuyasha y ella lo aceptaba con todo lo que eso implicaba, incluso su faceta más aterradora.

—Gracias a ti —dijo ella no atreviéndose a levantar una mano en su dirección, por miedo a que se pusiera a la defensiva.

—Eres... —Inuyasha gruñó, intentando darse a entender, viendo que ella lo miraba interrogante—… mía…—Kagome abrió los ojos sorprendida al escucharlo. Le dio la mirada más impactada que tenía y se estremeció. Vio a Inuyasha sacar algo de la manga de su haori y se asustó cuando llevó esa mano en su dirección con brusquedad. Él detuvo la mano, como esperando a que ella se acercara, y ella estiró la suya poniéndola debajo de él. Inuyasha abrió la mano y dejó caer el colgante en la mano de ella. Kagome miró con sorpresa y fascinación la pequeña pieza de oro con una piedra roja— tuya… —fue lo único que él dijo. Kagome sintió sorpresa, para luego sentir como sus ojos se llenaban de lágrimas. Dio una pequeña sonrisa temblorosa en su dirección, llevando el colgante hasta su corazón, feliz de que él le diera un regalo y más estando en ese estado.

Había pensado en esos días que él se había ido a ver a otra persona o que quizás le había pasado algo malo, el miedo no la había dejado dormir muy bien en esos días. Se había ido tan apresuradamente luego de lo que había pasado en el lago. Lo miró sintiendo una calidez profunda en su corazón. Nunca le había dado un regalo y el hecho de que se lo diera como un youkai, que era la faceta más peligrosa que él tenía, tenía un significado demasiado importante. Él la reconocía y sabía que el objeto que le dio era para ella. Kagome se puso el colgante en el cuello, bajo la atenta mirada de Inuyasha, y por un segundo vio resplandecer la piedra roja, pero solo fue eso: un segundo. Ella llevó ahora su mano sin temor hasta la mejilla de Inuyasha que se había acercado a ella cuando la vio ponerse el colgante. Kagome se arrodilló con cuidado, intentando a toda costa no hacer un movimiento brusco que lo alterara y lo abrazó por el cuello, aspirando su olor a hombre y bosque. Sintiendo la calidez del cuerpo de él contra el suyo.

—Te extrañé…—le dijo, abrazándolo. Inuyasha gruñó, pero el sonido sonaba más como un ronroneo que como algo amenazante. Él correspondió a su gesto y poco a poco se fue transformando hasta volver a ser un hanyou. Cuando volvió a su estado normal, Inuyasha la olfateo y dio un suspiro de felicidad al tenerla entre sus brazos.

—creí por un segundo que ibas a morir…—fue lo primero que dijo cuándo pudo ordenar sus pensamientos, ignorando ya el terror y la pena que hace poco tiempo atrás lo había embargado.

—Pero me salvaste y te doy las gracias por ello —le dijo ella, separándose de su cuello y apoyando su frente contra la de él— ¿Dónde estuviste? —preguntó.

—fui a buscar a Mioga, donde Totosai —contestó, disfrutando del aroma de ella que lo rodeaba al estar tan cerca— tenía que salir de dudas…

— ¿sobre qué? —preguntó ella con curiosidad mirándolo a los ojos. Sintiendo un profundo amor por él al notar que la veía como si fuera lo más hermoso sobre la tierra.

—Que te importa…—apenas dijo eso se arrepintió. Vio como la mirada de ella se tornaba herida y la detuvo por las mejillas cuando ella comenzó a alejarse de él— lo siento… es solo que… es difícil decírtelo cuando me estás mirando así…

—Lo siento, tienes razón, no debería preguntar nada —Kagome intentó separarse de él para darle su espacio, pero él la mantuvo firme de las mejillas, intentando calmar el acelerado ritmo de su corazón.

—Fui porque necesitaba un consejo, o más bien para que me repitieran lo que Miroku ya me había dicho —Kagome lo miró con curiosidad y él tomó aire— yo no soy bueno con las palabras. Nunca lo fui y posiblemente jamás lo seré —Kagome asintió comprendiéndolo, preguntándose internamente qué era lo que lo tenía tan nervioso e inquieto, ya que todos sabían que el fuerte de Inuyasha no eran las palabras. Todos lo habían asumido y lo aceptaban así, lo que él deberías sabe ya. Pero el hecho de que quisiera hablar la sorprendía y le daba más curiosidad.

—"¿Qué será lo que lo tiene así?"—se preguntó ella.

— Pero quiero que me escuches porque quizás nunca lo vuelva a decir… —sintió como su corazón se aceleraba al pensar en cómo iba a decírselo. Ella lo miraba expectante y dándole su tiempo. Se mordió el labio inferior, intentando ignorar el miedo y la vergüenza— he sido un idiota contigo, todo el tiempo —le dijo apresuradamente—. Pero sé cuando tienes razón. No puedo evitar ser así y pelearme contigo, no sé por qué, pero así es. Posiblemente en el futuro siga lastimándote y me siga peleando contigo, aunque no quiera y aunque me duela tanto como a ti lo que te digo, no es lo que verdaderamente pienso, porque la verdad es que… —su corazón se aceleró aún más. Su respiración se aceleró y al mirarla a sus expresivos ojos sintió deseos de salir corriendo y decir alguna estupidez para librarse— la verdad… la verdad es… es que…—Kagome lo miraba con paciencia, sin presionarlo, sin insistir. Se enfadó consigo mismo por esa actitud de ella con él. Era natural que ella no dijera nada y que, quizás, lo viera como si fuera un imbécil sin cerebro; sin embargo, ella siempre respetaba su espacio y lo dejaba ser, además que era obvio que ella no se imaginaba lo que iba a decirle. Cerró los ojos un momento, tomando valor y los abrió fijando la vista en los ojos de ella.

—Tranquilo Inuyasha…—le dijo ella con una sonrisa— si no puedes hablar no lo hagas… ya puedes decirme después…—la miró fijamente enojado. Solo a ella se le ocurría darle un escape cuando lo que debería hacer era presionarlo para que fuera un hombre de una vez por todas y le dijera lo que tenía que decirle, pero no. Ella le restaba importancia, segura de que él no tenía nada importante que decirle porque lo consideraba un idiota que no sabía decir nada más que estupideces. Gruñó y junto todo el valor posible diciéndole de golpe:

— La verdad es que te amo… —Kagome aguantó la respiración, sin poder creerse que él le dijera algo así. Esperaba cualquier cosa, menos que él le dijera eso— hace mucho tiempo que es así… y aunque la mayoría del tiempo no lo parece, ni lo parecerá en el futuro, es así y esa es la verdad. No sé amar, no sé hablar de mis sentimientos… pero eso… pero eso no quiere decir que te ame menos… eres lo más valioso que tengo y… y… perderte no lo soportaría…—Kagome seguía mirándolo alucinada. Creyendo que era un sueño demasiado maravilloso para ser verdad, pensaba que era una ilusión causada por un demonio que jugaba con los deseos de los corazones. Pero al ver que Inuyasha tenía los ojos cerrados y estaba todo sonrojado, pudo sentir que era real. A ella nunca le había parecido más hermoso que en ese momento.

—Inuyasha…—lo llamó para que la mirara. Él lo hizo y ella le sonrió tan sonrojada como él, pero tan feliz como nunca se había sentido— yo tampoco soportaría perderte… prometimos estar siempre juntos, ¿recuerdas? —Inuyasha asintió sonriéndole suavemente, avergonzado, y Kagome pensó que si se podía morir de amor.

—Lo hago… todos los días —Inuyasha se irguió, aun estado en el suelo y soltó su típico "keh" para aligerar el ambiente— bueno ya te dije lo que tenía que decir —su tono arrogante desmentía lo sonrojada que tenía las mejillas, porque a pesar de ello se notaba todavía avergonzado. Kagome soltó una risita e Inuyasha le dirigió una mirada enojada— no es gracioso…

—Para mí lo es —dijo ella llevando su mano a su mejilla dándole una ligera caricia, como pluma, en su rostro. Inuyasha se estremeció y se sonrojó aún más. Kagome sonrió al notar ese gesto. Caminó de rodillas a él y se acercó lo suficiente como para estar cara a cara. Inuyasha se sonrojó e intentó decir algo, pero Kagome, previniendo que de su boca iba a salir algo tonto, lo calló con un beso. Inuyasha estaba tan sorprendido. Miro de cerca la cara de Kagome y poco a poco cerró los ojos correspondiendo a su beso. Kagome frunció el ceño al sentir los labios de Inuyasha, no porque no lo gustara el contacto, sino porque él no hacía nada. Recordó lo que casi pasó en el lago e inevitablemente lo comparó con la situación actual— ¿qué te sucede? —le cuestionó con curiosidad.

—Yo… no me sucede nada —le respondió él sonrojado— "se sentía tan bien… ¿Por qué se detuvo?" —se preguntó, mientras la veía mirarlo con fijeza. Se sonrojó más si era posible al ver que ella lo observaba detalladamente— ¿Por qué me miras así, Kagome?

—Pensé que ibas a responder mi beso —le dijo ella sin apartar la vista de él. Inuyasha se sintió avergonzado y un tanto fascinado por la expresión de Kagome, quien tenía la cabeza un poco ladeada y un dedo en su labio inferior, haciéndola ver adorable.

—"¿adorable? ¿De dónde carajos salió ese pensamiento?" —Se preguntó, entrecerrando los ojos para que la fuerza de la expresión de ella no le afectara todavía más—. Eso hacía —contestó en un gruñido avergonzado. Kagome sonrió con malicia y tomó la cara de Inuyasha entre sus manos dándole otro beso. En un principio Inuyasha no quiso responder porque se sentía enfadado, pero un temblor que recorrió su cuerpo entero hizo que deseara seguir sintiendo aquello.

— Haz lo que yo haga… —dijo con una voz insinuante y seductora—. Solo tienes que dejarte llevar… —las palabras de Kagome parecían estar hipnotizándolo por lo que hiso exactamente lo que ella le pidió. Cerró con fuerza los ojos y se dejó llevar. Kagome abrió la boca y movió la lengua sobre los labios de él, que sorprendido, abrió su propia boca recibiendo la intrusa lengua de ella.

—Kagome… —suspiró en la boca de ella. Tembló de excitación cuando Kagome lo abrazó por el cuello, presionando sus pechos contra su pecho, e invadió con más fuerza su boca. Sus propios deseos fueron liberados. La presionó contra él, escuchando de fondo el gemido de ella que no hizo más que incitarlo. Sintió su dureza contra el pantalón de su traje rojo, presionando, buscando una salida. Embistió contra el estómago de ella y gimió al sentir un poco de alivio y placer al crear una fricción— tócame… —pidió, mientras el aroma de ella se hacía más intenso y enloquecedor. Se tensó al decir aquello y se separó de ella, a causa de su petición pervertida. Se sonrojó y cerró los ojos, intentando poner distancia entre ambos, pero Kagome no lo dejó. Se presionó contra él, llevando su mano a la entrepierna de él, apretándola. Inuyasha gruñó y embistió la mano de Kagome, avergonzándose de inmediato, pero sin poder dejar de sentir placer— Kagome…

—No estés nervioso… —le dijo ella con una confianza que nunca había tenido, pero es que saber que él la amaba y que además la deseaba era una especie de aliciente. Inuyasha la miró con la expresión más avergonzada y vulnerable que le había visto en todo el tiempo que llevaban viajando juntos. La hizo pensar en cosas perversas — No estás haciendo nada malo… yo también quiero tocarte… y quiero que me toques… siempre lo he querido—. Verlo así de vulnerable, cómo nunca lo había visto antes la hizo imaginarse que era la profesora seductora de un alumno ingenuo, pero lo más grandioso era el saber que en cierto modo esa pequeña fantasía era cierta… aquella certeza no hacía más que motivarla más y más. No era que ella tuviera demasiada experiencia, pero al parecer tenía muchísimo más conocimiento que él. Verlo jadear y tener las mejillas sonrojadas, más esa expresión avergonzada y esos ojos nublados… lo único que la hacían pensar era en hacer cosas pervertidas con él y ya que Inuyasha había reconocido que la quería, no había ningún límite para llevar a cabo los deseos que hace tanto tiempo tenía guardados en su interior. Tenía que recuperar todo el tiempo perdido por su inseguridad y el desconocer los sentimientos del otro— voy a tocarte, Inuyasha… quiero hacer que te sientas bien…

—hacerme… ¿sentir bien? —preguntó con la voz jadeante e insegura. Vio la expresión de Kagome y sintió como su corazón se aceleraba. Estaba más hermosa que nunca con esa mirada picara y esa sonrisa seductora. Jamás se hubiera esperado una actitud semejante de parte de ella. Nunca pensó que decirle sus sentimientos la pondría así, por algún momento llegó a pensar que ella estaba poseída, pero no sentía peligro alguno, incluso se llegó a preguntar la razón tras la cual no le había dicho antes, pues de haber sabido que ella iba a actuar así: lo hubiera dicho desde un principio. Suspiró al sentir las manos de ella sobre sus hombros y gimió suavemente cuando ella llevó sus manos poco a poco a sus orejas. Su respiración se hizo más rápida y fuerte, gimiendo con intensidad cuando ella llevó sus labios a su oreja derecha. Sintió la humedad de la lengua de Kagome pasar por un lugar especialmente sensible y dio un pequeño grito cuando sintió una de las manos de ella ir a su entrepierna, por dentro del pantalón, para cambiar luego a la otra oreja— Kagome qué… ¿qué estás haciendo? —quiso saber, nervioso y excitado. Kagome succionó su oreja y se olvidó de pensar. Inuyasha solo podía gemir cada vez más fuerte mientras sentía como ella apretaba su miembro, frotando la punta para después mover la mano de arriba hacia abajo, variando la presión que ejercía su mano— Kagome… —gruñó mientras se acercaba a algo que no entendía. Ella soltó con una risita complacida en la oreja de Inuyasha, sin soltar su miembro. Lo miró con fascinación, orgullosa de ver como poco a poco se entregaba a la pasión que ella le otorgaba. Inuyasha gemía y embestía la mano de ella, gruñendo y sintiendo un intenso calor en el cuerpo, como si estuviera en un horno. Entreabrió los ojos viendo a Kagome lamerse el labio superior, muy lentamente, con lujuria. No pudo evitarlo y gimió ante aquella imagen— te… te deseo… Kagome… —dijo jadeante. Kagome le sonrió y decidió que ya que estaba probando cosas nuevas, debía aprovechar su racha de buena suerte. Inclinó su cuerpo hacia abajo, asegurándose que Inuyasha la veía bien, y con que la viera bien se refería a que no perdiera la vista de sus pechos; y sin dejar, además, que sus ojos se alejaran de la expresión de su rostro, porque al parecer le gustaba mirar su cara. Se lamió los labios bajo la atenta mirada apasionada de Inuyasha, y llevó su boca a la cabeza de su miembro— ¡qué carajo! —gritó él cuando sintió la lengua juguetona de ella lamerlo. Apretó los puños, intentando con todas sus fuerzas no llevar sus manos a la cabeza de ella y apretarla contra su miembro, y embestirla, cuando sintió que ella se metía todo su miembro en la boca— ¡mierda! —exclamó él cuando Kagome lo succionó. Gruñó con fuerza, sin poder evitar una pequeña embestida— no lo soporto, Kagome… —le anunció sin saber la razón. Kagome soltó una risita y lo succionó más fuerte, lamiendo todo lo que podía el miembro de Inuyasha dentro de su boca. Soltó un aullido que sonó muy canino cuando Kagome lamió la punta, dándole especial atención, para darle un pequeño mordisco con sus labios, terminando por darle una fuerte succión que acabó con toda su resistencia— ¡Kagome! —. Kagome sintió cómo Inuyasha se endurecía más si era posible, hinchándose en la base, como un verdadero perrito. El pensamiento le sacó una risa a Kagome, que tragó despacio la liberación de Inuyasha, mientras que él todavía sentía los temblores y sacudidas de su liberación.

— ¿te sientes bien? —preguntó sintiéndose más segura y sensual que nunca antes. Inuyasha tenía los ojos cerrados, intentando recuperar la respiración. Jamás había sentido algo parecido en su vida. Abrió los ojos lentamente, intentando entender lo que Kagome le estaba diciendo. Se sonrojó al ver una gota de color blanquecino deslizarse desde la comisura de la boca de Kagome hacia abajo. Sabía lo que era, olía a él intensamente y además ya antes había visto cómo era su liberación. Reconocer porque razón lo sabía era demasiado vergonzoso, pero tenía que admitir para sí mismo que una vez, después de luchar contra el falso ermitaño, había tenido la imagen del cuerpo desnudo de Kagome tan presente que fue su propio instinto lo que lo llevó a tocarse hasta sentir su cuerpo tan tenso y envuelto en placer que había explotado. Se acercó impulsivamente a Kagome dándole un beso, aprovechando de limpiar el rastro de su liberación, separándose con la misma velocidad con la que se había acercado a ella— eres igual a un perrito… —dijo la voz de Kagome, con una sonrisa seductora— te veías tan lindo…

—demonios no —dijo él pensando que ella se estaba burlando de él por lo que había hecho siguiendo un impulso. Kagome lo besó en la nariz juguetonamente, dejándolo sorprendido y sonrojado, sin poder decirle absolutamente nada— yo… ¿Por qué me comparas con un perro?

—Te hinchas… en la base —le dijo ella, intentando explicarse de una manera que no lo confundiera más ni que lo hiciera enojarse. Inuyasha se sonrojó al escucharla y cerró los ojos, muerto de vergüenza, pero enseguida se recuperó, contraatacando.

— ¿y qué sabes tú? —Kagome lo miró sorprendida por su arrebato. Él siguió hablando—: No debo ser tan diferente de otros hombres —la mirada enojada de Inuyasha hizo que ella lo abrazara y se riera.

—no lo eres…—contestó ella—… pero a la vez eres diferente. Los humanos no se hinchan en su base y no sé si todos los demonios lo hacen. Pero si sé ahora que tú lo haces. Debe ser porque eres un mitad demonio perro —Inuyasha cerró los ojos y gruñó avergonzado.

— ¿y cómo demonios es que sabes tanto? Acaso tú… ya… antes —el solo pensar en que ella hubiera compartido una experiencia como esa con otro hombre lo enloquecía y le daban ganas de matar a alguien. La risa alegre de Kagome lo sacó de sus pensamientos homicidas y lo hicieron mirarla.

—Inuyasha… en mi época es fácil hablar de estos temas… no es necesario haber vivido la experiencia para tener conocimientos acerca de lo que pasó. Pero la práctica ha resultado fascinante, más que cualquier cosa que haya escuchado o que yo misma haya imaginado —Inuyasha se sonrojó y puso una expresión avergonzada al ver el brillo lujurioso en los ojos de Kagome.

— ¿ya… habías imaginado algo así antes? —preguntó curioso y emocionado de no haber sido el único que se imaginaba cosas pervertidas.

—Desde hace mucho tiempo —contestó provocativa—. Pero ¿sabes? todavía hay cosas que quiero saber… claro —dijo ella coqueta y juguetona—… si no te importa, y si te sientes capaz para aumentar la intensidad…—el desafió en su voz lo excitó.

—Pienso que puedo con eso… —la sonrisa de Kagome lo desarmó.

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Había disfrutado desvestirla poco a poco, pero eso no había evitado que se avergonzara y que en el proceso se sintiera frustrado por su propia torpeza y sus nervios. El verla totalmente desnuda había hecho que todos sus momentos de torpeza habían valido la pena. Inuyasha se sentía alucinado por verla de esa manera, seguro de que nadie más la había visto así completamente y que desde ese momento sería el único que lo hiciera. No habría ningún Koga que se pusiera a estorbar reclamando a su mujer, porque ahora Kagome sería, sin duda alguna, su mujer. Ya no sería una ilusión de la mente ni un sueño maravilloso del que tuviera que despertar. Esa ilusión y ese sueño ahora: sería real, y no un mero deseo provocado por su amor. Sonrió al verla a horcajadas sobre él, tocándolo y contemplándolo como si él fuera lo más hermoso que había visto en su vida. Se sintió tan aceptado y amado como nunca antes se había sentido en su vida. Kagome tocaba su pecho y su cuello, besando de manera juguetona su garganta, robándole suspiros y estremecimientos de placer. Sentir el cuerpo bien formado de Kagome sobre y contra él lo tenía en un estado completamente de excitación y de lujuria, sin perder ese toque pícaro y juguetón propio de ella, pero además de eso había un toque de ternura en su modo de tocarlo y de mirarlo que lo dejaba sin aliento.

Inuyasha se sentía nervioso y emocionado. Intentando impresionarla antes de que todo pasara, había dejado su haori en el césped para recostarla sobre él mientras la desvestía, torpemente. No había durado mucho en esa posición. Kagome le había dicho que si estaban frente a frente ella podría controlar su propio dolor y podrían abrazarse mutuamente. No lo había entendido en ese momento, pero ahora veía que la posición era lo suficientemente cómoda para abrazarla contra él y poder sentirla completamente.

Llevado por sus propios deseos, hizo lo que hace tanto tiempo quería: lamer su piel para sentir el sabor que acompañaba ese olor magnifico que siempre lo tenía envuelto en una ola de emociones.

Besó sus mejillas, pasando su lengua suavemente por la piel. Gimió al sentir que el sabor era igual o aún más asombroso que el aroma, muy similar a la ambrosía. Bajo por su cuello, lentamente, saboreando y disfrutando de la respiración acelerada de Kagome cada vez que bajaba hacia el valle entre sus pechos. Su curiosidad y su deseo lo llevaron a deslizar la lengua en las cúspides de sus montes, escuchando un suspiro que hizo que se tensara aún más su entrepierna, como si su anterior liberación no hubiera sido hace tan poco tiempo. Cuando succionó la punta Kagome gimió y lo abrazó contra su pecho como si no quisiera dejarlo escapar, cómo si él pudiera escaparse de ella o cómo si él quisiera alejarse alguna vez de ella por propia voluntad.

Siguió jugando con sus pechos hasta sentir y olfatear el deseo de Kagome aumentando. Podía verla mecerse contra él, frotarse como si fuera un gato contra él. Inuyasha solo podía sentir la piel de ambos ardiendo en mil llamas de fuego. Se sentía agitado, excitado, emocionado. No podía controlar su respiración jadeante. Kagome le dio un beso que terminó por sacar todo el aire de sus pulmones, pero se sintió feliz de eso. Siempre pensó que este deseo que sentía por ella se quedaría siempre como una mera ilusión de su mente, un sueño que nunca alcanzaría, pero verla moverse contra él, buscando algo que él ahora conocía y que solo él podía e iba a darle para siempre, lo hacía pensar en que ahora todo era posible.

Kagome tomó el miembro de él en su mano frotándolo contra su entrada femenina, encendiendo más el deseo como si fuera posible. El aroma de ella lo tenía mareado, pero sus aromas mezclados creaban una especie de sincronía, juntos, como si siempre debiesen haber estado juntos. Tomó su miembro con su propia mano, quitando con suavidad la mano de ella, y comenzó a deslizarse en su interior.

—Kagome… estás… —Inuyasha gimió a medida que la estrechez y la calidez de ella lo quemaba, tensándose y sintiendo como su lado youkai poco a poco quería tomar parte de la acción— tan… apretada… me quemas… —Kagome gimió y negó con la cabeza al sentir el pequeño dolor de el desgarro de su virginidad sumado al placer de sentir como él se hacía uno con su cuerpo.

—Inuyasha… —gimió ella al sentirlo completamente dentro. Lo abrazó por el cuello, deteniéndose para sentir su unión, disfrutando de por fin tenerlo como nadie antes lo había tenido.

Inuyasha tenía sentimientos parecidos a ella. Desfrutaba de la sensación de estar dentro de ella, de estar unido a Kagome como sabía que nadie lo había hecho. Por fin podía sentir que pertenecía a un lugar. No importaban los años que habían pasado para conocerla, porque habían valido la pena, cada segundo de ellos lo habían valido. Abrió los ojos, que hasta ese momento se daba cuenta que estaban cerrados, y la miró maravillado. Siempre le había parecido la mujer más hermosa que había visto —aunque jamás se lo iba decir ni se lo dijo en el pasado—. Disfrutó de verla sonrojada y con pequeñas gotas de sudor recorriéndole el cuerpo. Se aferró a las curvas de sus caderas, cuidando de no lastimarla con sus garras, y la levantó para luego dejarla caer sobre su miembro. La corriente de placer recorrió todos sus sentidos y ya después era lo único en lo que podía pensar. Kagome se aferró a sus hombros, enterrándole las uñas, meciéndose contra él con brusquedad, gimiendo y gritando cada vez que el placer se hacía incontrolable. Inuyasha gemía y gruñía cuando Kagome se apretaba contra él. Sintió como comenzó a hincharse en la base y vagamente registro en su mente que posiblemente a Kagome le molestaría, pero al verla tan perdida en el placer de inmediato olvidó esa preocupación. Podía sentir todo el cuerpo de Kagome con claridad como si fuera su propio cuerpo. Deslizó una mano por su espalda hasta que esta llegó a la cabeza de ella, moviéndola hacia un lado, mientras que su otra mano seguía aferrada a la cadera de ella dándole impulso. Acercó su boca, descubriendo sus colmillos que habían crecido durante el frenesí del acoplamiento, y la mordió sin miramientos. Kagome gritó al sentir la mordida, gimió cuando sintió el hormigueo y luego gritó de placer cuando el placer de la mordida la mandó al borde. Inuyasha aulló su placer cuando el interior de Kagome se contrajo tanto que pensó que quedaría atrapado dentro de ella. Kagome tenía los ojos cerrados, viendo luces multicolores tras sus parpados, disfrutando del miembro hinchado de Inuyasha que no la dejaría escapar ni separarse de él hasta que bajara la hinchazón. Sonrió complacida y lo abrazó para apegarlo aún más a ella. Era suyo ¡por fin! Estaban unidos. Soltó una risa cansada y relajada al escuchar la respiración entrecortada de Inuyasha. Estaba tan feliz que si muriera en ese momento no le importaría.

—Te amo tanto… —soltó sin poder contener la felicidad. Sus palabras sonaron agotadas, pero no por ello con menos felicidad y satisfacción.

—Keh —dijo él intentando recordar como respirar. Se avergonzó por esa expresión tan espontanea, pero decidido a no joder la experiencia más increíble que había tenido, decidió que era necesario decirle algo— yo… también… te… amo —le dijo avergonzado. Gruñó por lo tonto que sonó decirlo de esa manera tan nerviosa.

—Debemos buscar a los chicos… —comentó Kagome sin dar indicios de querer salir de encima de él. Sonrió al sentir como bajaba poco a poco la hinchazón del miembro de Inuyasha.

—Espera un poco más —pidió él sintiendo que los espasmos del sexo de Kagome se detenían y era rodeado por un sopor que lo dejó casi adormilado.

—solo un poco…—dijo ella, feliz. Kagome se meció sin querer contra él al buscar una posición más cómoda e Inuyasha gimió excitándose otra vez.

—Kagome… —dijo mirándola con la lujuria pegada al semblante— quiero hacerlo otra vez… —la voz seria de Inuyasha y llena de deseo despertó sus propias necesidades.

—pero los chicos… —su voz sonó nerviosa pero no menos excitada con la idea de volver a hacer el amor con él. Todavía tenía muchas fantasías que involucraban un bosque y los dos solos y desnudos.

—Pueden encontrarnos más tarde —dijo él dándole la vuelta a Kagome y poniéndola bajo él.

—Pero pueden estar heridos… —dijo jadeante cuando él comenzó a moverse otra vez contra ella.

—Que se jodan…—dijo en un gruñido. Kagome gimió al verlo transformarse en youkai— te quiero ahora… —Y ya Kagome no pudo discutir más con él.

Fin